La invisibilitat del poder.
El recorrido de la existencia social atraviesa una calle donde las miradas
del poder, un poder dividido en miles de ojos, nos unta y acribilla. Nos mata,
finalmente.
Nos mata finalmente mediante la humedad de la muerte ocular pero, entretanto,
estando vivos la profusión de los impactos sancionadores van saciando nuestro
depósito íntimo. Nos sancionan y nos modifican. Nos hacen figuras de observación
o muñecos sometidos al poder omnímodo.
Un poder que, precisamente es tal, tan omnímodo, porque no se ve.
La invisibilidad del poder le excluye de la vigilancia, la imposibilidad de
vigilarle le libra de cualquier condena, la imposibilidad de atraparlo
desarrolla su extraordinaria expansión. Finalmente, una fortaleza se erige en
nuestro entorno. Una auténtica penitenciaría.
Uno a uno, los ciudadanos, habitan el patio de ese recinto con infinidad de
torres vigías, incontables carceleros, torturadores de la vigilancia perpetua
antes incluso de llegar a la celda. Carceleros o celadores feroces de los
constantes panópticos que componen cárceles y hospitales, iglesias,
universidades, ejércitos y escuelas.
Ser vigilado desde afuera, sin saber dónde se encuentra, ese punto óptico
hace que inesperadamente por deslizamiento de lo que no se sabe desde donde ve,
el sujeto se sienta todo él un objetivo. Un objetivo en lugar de un subjetivo
capaz de pugnar contra el objeto. Un objetivo que, a la fuerza, su totalidad
llega a ser un surtido de pupilas. Él mismo, abrumado de vigilancia, crea en su
interior una pupila. La pupila que resulta del gran coito del ojo absoluto que
todo lo ve sobre el último frunce que parecería libre de su incursión. La última
y tenebrosa vagina que tampoco quedará exenta de la aguja luminosa que la
percibe.
El bien o el mal. La buena o la mala persona se cincela mediante el arte de
la mirada criminal. La mirada del vacío o el viento.
Vicente Verdú, La última vagina, El Boomeran(g), 31/01/2012
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