dimecres, 30 de setembre de 2015

Contra el brainstorming.



Fa uns quants anys, Alex F. Osborn (1888-1966), fundador d’una empresa de publicitat, descobrí un procediment per generar solucions que ha gaudit d’una gran popularitat fins avui: la turmenta d’idees (brainstorming). En petits grups de treball, cada participant exposa totes les ocurrències possibles que li vinguin al cap sobre un tema concret. Només existeix una limitació: estan prohibides les crítiques. Osborn sostenia que la por a una retroalimentació negativa podia obstaculitzar l’associació lliure d’idees, la qual cosa conduïa a que les persones es quedessin per a si mateixes les millors respostes.

El mètode d’Osborn no trigà a trobar adeptes dins del món de l’economia. Tanmateix, aviat generà dubtes sobre el seu funcionament. Nombrosos estudis han revelat que els equips que practiquen la turmenta d’idees produeixen un nombre menor de bones propostes que la mateixa quantitat de persones pensant en solitari. Dit d’una altra manera: el grup rendeix menys que la suma dels seus membres.

La psicòloga Charlam Nemeth, de la Universitat de Califòrnia en Berkeley, sospita que justament la prohibició de criticar altres idees debilita l’estratègia, ja que discutir de forma oberta les ocurrències podia afavorir el flux d’idees, o fins i tot argumentar-les. En 2004, junt amb altres investigadors de la mateixa universitat, Nemeth comprovà LA SEVA HIPÒTESI. Plantejà a un seguit de voluntaris la qüestió següent: Quina és la millor manera d’evitar els embussos circulatoris en la badia de San Francisco? Dividits en grups de cinc persones, els participants disposaven de 20 minuts per desenvolupar tantes solucions com els fos possible. Alguns equips empraren la turmenta d’idees clàssica (inclosa la prohibició de criticar); altres, pel contrari, debatien idees i criticaven les propostes que no els semblaven adequades. Els altres grups no reberen instruccions concretes per operar.

Els individus que havien emprat el mètode de la turmenta d’idees amb prou feines puntuaren millor que els que buscaren solucions sense basar-se en cap estratègia determinada. En comparació, els grups als que se’ls havia aconsellat que criticaren les propostes que no els semblaven adequades obtingueren millors resultats.


Daniela Zeibig, Estrategias para un pensamiento creativo, Mente y Cerebro 70, 2015

dimecres, 23 de setembre de 2015

Contes nacionalistes.

El Roto
Me hubiera gustado sentir entusiasmo ante la movilización ciudadana que conmemoraba, el pasado 11 de septiembre, la fiesta nacional de Catalunya. Viendo los rostros alegres e ilusionados, intenté esbozar yo también una sonrisa. Pero sólo me venían ganas de vomitar al ver tantas banderas. Lo siento. Es algo que nos sucede a algunos.
 

Viendo los rostros alegres e ilusionados, intenté esbozar yo también una sonrisa. Pero sólo me venían ganas de vomitar al ver tantas banderas
Evidentemente, como catalán prefería una calle Meridiana llena capaz de desafiar al gobierno español, aunque este desafío fuera un remake de los Juegos Olímpicos del 92. Manifestarse no consiste en inscribirse y participar. Lo confieso: estoy tan desorientado como un extranjero.
Algunos somos extranjeros entre los extranjeros, pero nos acordamos muy bien de que un día el president Mas tuvo que entrar en helicópteroa un Parlament bloqueado por unos impresentables que gritaban "Nadie nos representa".
Ahora el president Mas, protegido en una lista electoral, ha renacido puro e inmaculado habiéndose desprendido de recortes y corrupción. Es lo que C. Schmitt, el gran inventor del decisionismo ahora tan en boga, llamaría "el milagro de la política". Nosotros, porque no olvidamos, hemos podido subsistir en la burbuja.
En el interior de la burbuja nacionalista falta aire. Voy a explicar qué es la burbuja nacionalista. Esta maldita burbuja tiene la forma lógica de un doble vínculo, es decir, se trata de una situación en la que dos mensajes contradictorios chocan entre sí, y en su retroalimentación, impiden cualquier posibilidad de salida. El discurso nacionalista español y el discurso nacionalista catalán.
¿España o Catalunya? "Defínete". "Tienes que mojarte, no valen las excusas". La violencia se hace íntima, asfixiante.
¿España o Catalunya? "Defínete". "Tienes que mojarte, no valen las excusas". La violencia se hace íntima
El españolismo moviliza los legalismos más estúpidos y las pasiones más bajas. Hay que respetar la LEY como si la ley fuera algo sagrado, cuando es la plasmación de una correlación de fuerzas.
"Lo que queréis es imposible", afirman tranquilamente, cuando luchar por hacer lo imposible real es lo que dignifica a una lucha. Y, finalmente, el españolismo apela al miedo que es el argumento más revelador de la impotencia.
Por su parte, el catalanismo independentista, ignorando completamente a la mitad de la población, se empeña en construir la voluntad de un pueblo. En este caso, se movilizan las pasiones altas como la esperanza, pues son las que mejor funcionan en un relato épico.
Pero, en realidad, todo vale. Desde la manipulación de la historia a la llamada más descarnadamente razonable: "tendremos más dinero para nosotros". En definitiva, a la burda y sempiterna prepotencia española se responde desde una afirmación que tiene mucho de resentimiento y de engaño, a pesar de vestirse de sonrisa ilusionada.
El discurso nacionalista simplifica, despolitiza todo lo que toca, y siempre es conservador. Su afirmación es pobre, siempre lastrada de victimismo. "Tú eres malo, luego yo soy bueno". No sabe salir de ahí. Necesita imperiosamente un Otro como chivo expiatorio.
El otro día fui a comprar el periódico, y el kioskero muy serio estaba diciendo a un cliente: "Ya tengo ganas de que entren los tanques por la calle Diagonal...". Como no quería discutir, no le pregunté si él saldría a detenerlos.
Porque lo que ahora está sucediendo es que el cuento de hadas independentista se topa con el cuento de horror españolista. Cada vez queda menos aire en la burbuja. ¿Cómo romper este doble vínculo tan absurdamente agotador? Existía una posibilidad, seguramente incierta, porque casi ni llegó a existir.
Que Catalunya se constituyera en una anomalía, en una verdadera anomalía capaz de contagiar a los demás pueblos. Una anomalía y no una unidad política. Fue durante el 15M y por unos instantes.
Una Catalunya integrada en otra España que, quizás, abandonaría su nombre. Ciertamente, no supimos hacerlo, y a muy pocos interesó pensar esta unión sin unidad. España prefirió hacerse ridículamente fuerte en su extrema debilidad.
No supimos hacerlo, y a muy pocos interesó pensar esta unión sin unidad. España prefirió hacerse ridículamente fuerte en su extrema debilidad
Catalunya se conformó con un Estado propio pegado en el culo. Su mayor sueño. ¡Qué triste destino! En aquel entonces desde Espai en Blanc habíamos sacado una revista cuyo título era: "Catalans un esforç més!" (¡Catalanes un esfuerzo más!). Nos quedamos solos aunque todo el mundo se mostró muy comprensivo.
Franz Fanon, el gran luchador por la independencia de Argelia, ya nos avisaba: "No rindamos tributo a Europa creando Estados, instituciones y sociedades que se inspiran en ella... La humanidad espera de nosotros alguna otra cosa que una imitación, algo que sería una caricatura obscena".
Este intento de una experimentación política seria y consecuente no existe. Los partidos del sistema con su nueva lista tramposa, la marca blanca de los antiguos comunistas que jamás romperán un plato porque siempre son los primeros en venderse.
Sr. Coscubiela (tercero de la lista): ¿se acuerda de cuando sujetaba con fuerza la puerta de CC OO para dar tiempo a la llegada de la policía y así detenernos, mientras sus esbirros nos golpeaban ferozmente?
Sí, a nosotros, a aquellos impresentables que en el año 1999 tan solo queríamos leerles un pequeño manifiesto de homenaje en agradecimiento por los muchos sacrificios que han hecho siempre por la clase trabajadora. Al día siguiente, en la prensa nos acusaron de ser un grupo fascista.
Y quedan los amigos independentistas que creen poder ser, a la vez, anticapitalistas; que creen que el Estado propio es simplemente un paso necesario. Cierto, no hay tanto cinismo. Sin embargo, creen demasiado.
Por ejemplo, creen que aquí la lucha nacional coincide con la lucha de clases. A estas alturas de la historia, no sé muy bien qué es la lucha de clases, aunque puedo imaginármelo ya que la estamos perdiendo. Pero sé muy bien que no tiene nada que ver con una lucha nacionalista.
Viendo la ambigua relación de la CUP con el nacionalismo catalán hegemónico, me recuerda exactamente el papel de la extrema izquierda respecto a la izquierda del Estado de los Partidos. Y no digo más.
El hilo musical no cesa dentro de la burbuja: "El voto de tu vida", "Gobernémonos", "Sí, se puede"... La irrupción de categorías de la política moderna - Estado nación, el pueblo como unidad política, la construcción de una identidad - en un marco postmoderno, tiene el extraño efecto de crear un gran simulacro, en el que nada es lo que parece.
Se trata de un bluf extremadamente serio, y a la vez, totalmente risible y patético. Se agota el tiempo y hay que hablar claro. Tienes que definirte. ¿Vas a votar a favor o no de la independencia de Catalunya? ¿Sí o No?
Como no existe una respuesta colectiva que rompa el doble vínculo, la única que se me ocurre y sirve como una moral provisional a la cartesiana, es: "Preferiría no hacerlo".
"Preferiría no hacerlo", que es lo que respondía Bartleby cada vez que era acuciado. Pero yo no me quedaré como él en la oficina hasta morirme de hambre. De acuerdo. Defiendo el derecho a decidir.
Yo quiero mi derecho de fuga. Quiero fugarme, y no tener que responder a una pregunta que no me interesa
Yo quiero mi derecho de fuga. Quiero fugarme, y no tener que responder a una pregunta que no me interesa. Ser un apátrida que al no estar ligado a nada, a nada debe reverencia.
Ensayar un internacionalismo imposible, porque por este imposible si me vale la pena luchar. ¿Qué se trata de una salida personal? Quién lo piense es que no me ha entendido.
"No soy nada y debería serlo todo", afirmaba Marx. Nunca sabrán cuántos somos ni jamás podrán contarnos.
En la soledad del apátrida se encuentran la fuerza del anonimato y la del dolor. Por eso es inaccesible a la mirada del poder
En la soledad del apátrida se encuentran la fuerza del anonimato y la fuerza del dolor. Por eso es inaccesible a la mirada del poder.
Odiamos a todos los tertulianos. En el día a día, no nos perdemos en necedades, vamos a lo esencial. Y los domingos soñamos... que un movimiento subversivo barrerá por fin este escenario de cartón piedra. 

Santiago López Petit, La soledad del apátrida, Diagonalpeiódico.net 22/09/2015

Què revelen les al.lucinacions sobre les nostres ments? (Oliver Sacks).

Noies al sofà.

Noies al sofà by Balthus
Vladimir Nabokov, a Lolita, va descriure amb tota la seva complexitat l’atracció poderosa i anàrquica de la sensualitat adolescent sobre una mirada adulta. Al segon volum de la seva A la recerca del temps perdutA l’ombra de les noies en flor, Marcel Proust exposa magistralment com aquella atracció marca el ritme de tota una època. Un tercer clàssic de la narrativa del segle XX, La mort a Venècia, presenta un adolescent com el protagonista i l’objecte d’un desig sense solució. El Tadzio de Thomas Mann és el representant genuí d’una fredor magnètica i sensual que causa estralls. La literatura moderna recull repetidament un escenari que ja Plató havia insinuat al Fedre: la força imbatible d’una bellesa misteriosa encara en construcció. No tinc cap dubte que el pintor que tradueix més aquesta força és Balthus (Balthazar Kłossowski). Contra l’escàndol de molts, que l’acusaven de perversió, ell sempre va assegurar que la seva pintura era sagrada i, fins i tot, religiosa. Els amics, entre ells Picasso, Miró i els surrealistes, el van defensar, reivindicant la modernitat del seu art.
Però Balthus no es recolzava en els seus contemporanis sinó en l’art religiós i eròtic del Renaixement. Les seves figures són distants i estàtiques com a Mantegna i Piero della Francesca; el seu refinament recorda Correggio. A Noies al sofà, com a la majoria de les seves teles, el poder de les protagonistes és enigmàtic i cruel. Són àngels i diablesses al mateix temps, i el seu domini es fonamenta en l’ambigua superioritat de l’instint sobre la raó.
Rafael Argullol, L'ambigua superioritat de l'instint sobre la raó, Ara 20/09/2015

diumenge, 20 de setembre de 2015

Amor liberalitzat o amor lliure?


Aquest estiu tots vam poder veure. als diaris el mapa mundial dels “infidels”. Va resultar de la filtració de les dades d’una web nord-americana de contactes per a gent aparellada i insatisfeta amb la seva relació. La imatge, amb les zones més poblades del món ben il·luminades de llumetes taronges, feia basarda de veure. Semblava un crit lluminós, el món encès demanant amor, afecte i sexe. Això sí: sota secret, fins que aquest ha estat hackejat.
Fa més de 150 anys alguns moviments feministes i anarquistes, sobretot, van començar a defensar l’amor lliure: lliure d’institucions, lliure de sagraments, lliure de pecat, lliure d’imposicions familiars, lliure de contractes econòmics, lliure de dominació de gènere, lliure de domesticitat i de domesticació. D’aleshores ençà les nostres vides, sobretot les de les dones d’alguns països i classes socials, han canviat molt. Però aquest estiu encara han mort massa dones i criatures a mans dels seus homes, i hem hagut de veure aquest mapa de la insatisfacció digitalment controlada.
L’amor lliure no comptava amb dos factors: el malestar social, que no decau, i el capitalisme emocional, que s’accentua. El primer és evident: sense igualtat social, no hi ha amor lliure que valgui. L’amor lliure formava part d’un projecte d’emancipació que no només era sexual o afectiva, sinó que era sobretot social, econòmica i política. No era un debat sobre la quantitat de sexe o de parelles que es podien tenir, com ara debaten els neurocientífics de la vida hormonalment dirigida. Era una aposta per viure i estimar en llibertat ja fos molts amors o un de sol, per tota la vida.
Precisament perquè no era un projecte quantitatiu sinó emancipatori, l’amor lliure no comptava amb la liberalització capitalista de l’amor i del sexe. Avui ja no tenim amor lliure, tenim amor liberalitzat. Com al mercat, això vol dir la imposició d’un menú de possibles, una nova forma de dominació que encadena les possibilitats de viure a les ofertes i les seves oscil·lacions. És una forma de domini que necessita la frustració personal per incentivar un desig col·lectiu capturat. Des de la sociologia, autors com Ulrich Beck, Zygmunt Bauman i, sobretot, Eva Illouz, han estudiat bé el tema. I els seus llibres fan pensar, fan sentir, fan vertigen.
Molta gent comença a preguntar-se: com podem estimar-nos bé avui? Com podem conjugar llibertat i compromís, atenció i experimentació, vincle i descoberta, cura i passió, el jo i el nosaltres? En el capitalisme emocional desregulat, les formes s’han obert, però l’amor no ha millorat. Tenim moltes opcions i massa misèria afectiva. Ja no n’hi ha prou, doncs, demolint els murs de les institucions que empresonen els nostres afectes. La situació ens demana una feina molt més fina: fer de l’amor lliure un bon amor.
Marina Garcés, Amor lliure, Ara 20/09/2015

divendres, 18 de setembre de 2015

L'evolució del model de mercat 5 (Karl Polanyi)

El Roto
El sistema mercantilista era de hecho una respuesta a numerosos desafíos. Desde el punto de vista político, el Estado centralizado era una creación nueva, nacida de esa revolución comercial que había desplazado desde el Mediterráneo a las costas del Atlántico el centro de gravedad del mundo Occidental, forzando así a los pueblos atrasados de los grandes países agrícolas a organizarse para el comercio. En política exterior, la necesidad del momento exigía la creación de una potencia soberana; la política mercantilista suponía, por tanto, que los recursos de todo el territorio nacional fuesen puestos al servicio de objetivos de poder con miras al exterior. En política interior, la unificación de los países, troceados por el particularismo feudal y municipal, constituía el subproducto necesario de una empresa semejante. Desde el punto de vista económico, el instrumento de unificación fue el capital, es decir, los recursos privados disponibles bajo la forma de dinero atesorado y, por tanto, recursos particularmente apropiados para el desarrollo del comercio. En fin, el paso del sistema municipal tradicional al territorio más vasto del Estado proporcionó las técnicas administrativas sobre las que reposaba la política económica del gobierno central. En Francia, donde las corporaciones de oficios tendían a convertirse en órganos de Estado, el sistema de las corporaciones se generalizó por todo el país. En Inglaterra, donde la decadencia de las ciudades fortificadas había debilitado mortalmente este sistema, se industrializó el campo sin el control de las guildas -mientras que, en los dos países, oficios y comercio se extendieron por todo el territorio de la nación y se convirtieron en la forma dominante de la actividad económica-. Precisamente en esta situación residen los orígenes de la política comercial interior del mercantilismo.

El recurso a la intervención del Estado había liberado, como hemos señalado, al comercio de los límites que le imponían la ciudad y sus privilegios; se puso así fin a dos peligros estrechamente imbricados que la ciudad había afrontado con éxito: el monopolio y la concurrencia. La posibilidad de que la concurrencia derivase en monopolio era un hecho del que se era bien consciente en la época; al mismo tiempo, el monopolio era entonces más temido que lo fue posteriormente, pues afectaba con frecuencia a las necesidades de la vida y se transformaba por tanto fácilmente en un peligro para la comunidad. El remedio administrado fue la reglamentación total de la vida económica, pero esta vez a escala nacional y no simplemente a nivel municipal. Lo que para nuestra mentalidad podría pasar fácilmente por ser una exclusión a corto plazo de la concurrencia, era en realidad el medio de garantizar el funcionamiento de los mercados en las condiciones dadas, ya que toda intrusión de compradores o de vendedores esporádicos en el mercado estaba avocada a destruir su equilibrio y a contrariar a los compradores y vendedores habituales, por lo que se produciría como resultado un colapso funcional. Los antiguos proveedores ya no ofrecían sus mercancías, pues no podían estar seguros de que éstas les reportarían una ganancia justa y el mercado, abandonado, sin suficientes provisiones, pasaba a convertirse en presa fácil del monopolista. En un menor grado los mismos peligros existían también respecto a la demanda, ya que una caída rápida de la misma podía suscitar la formación de un monopolio. Cada vez que el Estado adoptaba medidas para desembarazar al mercado de restricciones particularistas, de concesiones y de prohibiciones, ponía en peligro el sistema organizado de producción y de distribución, amenazado desde entonces por la concurrencia no reglamentada y por la irrupción del comerciante fraudulento que «saqueaba» el mercado sin ofrecer a cambio ninguna garantía de permanencia. Se explica así que los nuevos mercados nacionales fuesen, inevitablemente, concurrenciales únicamente hasta un cierto punto, pues lo que prevaleció fue el elemento tradicional de la reglamentación y no el elemento nuevo de la concurrencia. El hogar autárquico del campesino que trabajaba para su subsistencia siguió constituyendo la amplia base del sistema económico, en vías de integrarse en grandes unidades nacionales gracias a la formación del mercado interior. Este mercado nacional se instauraba a partir de entonces, confundiéndose en parte con el mercado interior y situándose al lado de los mercados locales y extranjeros. A la agricultura se había venido a añadir ahora el comercio interior -sistema de mercado relativamente aislado que era por completo compatible con el principio de la economía doméstica que dominaba entonces en las zonas rurales-. Concluimos así nuestro cuadro sinóptico de la historia del mercado hasta la época de la Revolución industrial. La etapa siguiente de la historia de la humanidad vivió, como todos sabemos, una tentativa para establecer un único gran mercado autorregulador. Nada en el mercantilismo, sin embargo, presagiaba, a partir de su política particular de Estado-nación occidental, ese desarrollo único en su género. La «liberación» del comercio que se debe al mercantilismo desgajó simplemente el comercio del localismo, pero al mismo tiempo extendió el campo de la reglamentación. El sistema económico estaba entonces sumergido en las relaciones sociales generales. Los mercados no eran más que una dimensión accesoria de un marco institucional que la autoridad social controlaba y reglamentaba más que nunca.


Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Ediciones La Piqueta, Madrid 1989

dimarts, 15 de setembre de 2015

L'evolució del model de mercat 4 (Karl Polanyi).


De hecho, el comercio interior ha sido creado en Europa occidental por la intervención del Estado. Hasta la época de la Revolución comercial, lo que podría parecernos comercio nacional no era sino municipal. La Hansa no pertenecía a los comerciantes alemanes; era una corporación de oligarcas del comercio que poseían puertos de enganche en una serie de ciudades del Mar del Norte y del Báltico. Lejos de «nacionalizar» la vida económica alemana, la Hansa separó deliberadamente al país del comercio. El comercio de Amberes o de Hamburgo, de Venecia o de Lyon no era de ningún modo holandés, alemán, italiano o francés. Londres tampoco constituía una excepción: su comercio era tan poco «inglés» como Lübeck «alemán». Un mapa comercial de la Europa de esta época, para ser exacto, únicamente tendría que mostrar ciudades y dejar el campo en blanco, pues éste, en lo que concierne al comercio organizado, era prácticamente como si no existiese. Las pretendidas naciones eran simplemente unidades políticas -y aún así muy laxas- formadas desde el punto de vista económico por innumerables familias autosuficientes de todos los tamaños y por modestos mercados locales situados en las aldeas. El comercio se limitaba a las comunas organizadas que lo aseguraban, bien de un modo local, bajo la forma del comercio de vecindad, bien bajo la forma del comercio a larga distancia. Los dos tipos de comercio estaban estrictamente separados y ninguno de ellos tenía la posibilidad de penetrar en las zonas rurales.

Para el evolucionista, que piensa que las cosas siempre se engendran con gran facilidad unas a otras, puede resultar escandaloso que el comercio local y el comercio a larga distancia estén tan definitivamente separados. Y, sin embargo, este hecho específico proporciona la clave de la historia social de la vida urbana en Europa occidental y tiende a apuntalar fuertemente lo que hemos dicho acerca del origen de los mercados, deducido de las condiciones reinantes en las economías primitivas. Quizás la división neta que hemos trazado entre el comercio local y el comercio a larga distancia pueda parecer demasiado rígida, en particular en la medida en que nos ha conducido a esta conclusión un tanto sorprendente: a saber, que ni el comercio a larga distancia ni el comercio local habían engendrado el comercio interior de los tiempos modernos. Esto no nos dejaba aparentemente otra opción, para conseguir una explicación, que buscarla en el deus ex machina de la intervención estatal. Vamos a comprobar que, también en este caso, las investigaciones recientes apoyan nuestras conclusiones. Pero antes de pasar a ello, tracemos someramente la historia de la civilización urbana en la forma que adopta debido al peculiar desnivel existente entre comercio local y el comercio a larga distancia en los límites de la ciudad medieval.

Esta discrepancia estuvo en realidad en el centro de la institución de las ciudades medievales. La ciudad era una organización de burgueses. Únicamente ellos tenían derecho de ciudadanía y el sistema reposaba en la distinción entre burgueses y no burgueses, y, por supuesto, ni los campesinos ni los comerciantes de otras ciudades eran burgueses. Pero mientras que la influencia militar y política de la ciudad permitía mantener a raya a los campesinos de los contornos, esta autoridad no podía ejercerse contra los comerciantes extranjeros. Los burgueses se encontraban por tanto en una posición muy diferente, según se tratase del comercio local o del comercio a larga distancia.

La reglamentación de los productos alimenticios implicaba la aplicación de métodos tales como la publicidad obligatoria de las transacciones y la exclusión de intermediarios, métodos que servían para controlar el comercio y para evitar la subida de los precios. Esta reglamentación, sin embargo, era únicamente eficaz para el comercio establecido entre la ciudad y sus comarcas inmediatas. En cuanto al comercio a larga distancia, la situación era completamente diferente. Las especias, salazones y vinos tenían que ser transportados desde enormes distancias, lo que implicaba la intervención del comerciante extranjero y la aceptación de sus métodos, propios del comercio capitalista al por mayor. Este tipo de comercio quedaba fuera de la reglamentación local y lo máximo que se podía hacer era excluirlo, en la medida de lo posible, del mercado local. La prohibición absoluta de comerciar al detalle que se imponía a los comerciantes extranjeros pretendía justamente lograr este fin. Cuanto mayor era el volumen del comercio al por mayor del capitalista, más estricta se hacía la imposición de su exclusión de los mercados locales en donde habría podido figurar como importador.

Para los artículos industriales, la separación entre comercio local y comercio a larga distancia era aún mayor, pues, en esta clase de comercio, toda la organización de la producción destinada a la exportación estaba comprometida. Esto está en relación con la naturaleza misma de las corporaciones de oficios, en cuyo marco está organizada la producción industrial. En el mercado local la producción estaba reglamentada en función de las necesidades de los productores: se limitaba a la remuneración. Este principio no se aplicaba por supuesto a las exportaciones: en este caso, los intereses de los productores no fijaban límite alguno a la producción. De aquí se seguía que, si el comercio local estaba estrictamente reglamentado, la producción destinada a la exportación no dependía más que formalmente de las corporaciones. La industria exportadora dominante en la época -el comercio de tejidos- estaba de hecho organizada sobre la base capitalista del trabajo asalariado.

La reacción de la vida urbana ante un capital móvil que amenazaba con desintegrar las instituciones de la ciudad consistió fundamentalmente en separar de forma cada vez más estricta el comercio local y el comercio de exportación. Para evitar el peligro del capital móvil la ciudad medieval prototípica no intentó colmar el desnivel que separaba a un mercado local, controlable en sus aspectos aleatorios, de un comercio a larga distancia que resultaba incontrolable. Por el contrario, presentó cara directamente al peligro aplicando, con el más extremo rigor, esta política de exclusión y de protección que constituía su razón de ser.

Esto significaba en la práctica que las ciudades suprimían todos los obstáculos posibles para la formación de este mercado nacional o interior que reclamaba el capitalista mayorista. A partir de entonces el principio de un comercio local no concurrencial y de un comercio a larga distancia, asimismo no concurrencial y realizado de ciudad en ciudad, era mantenido y, de este modo, los burgueses impedían por todos los medios a su disposición la absorción de las zonas rurales en el espacio del comercio, así como la instauración de la libertad de comercio entre las ciudades del país. Fue esta evolución la que impulsó al Estado territorial a adoptar un protagonismo como instrumento de la «nacionalización» del mercado y como creador del comercio interior.

En los siglos XV y XVI la acción deliberada del Estado impuso el sistema mercantil al proteccionismo más encarnizado de ciudades y principados. El mercantilismo destruyó el particularismo superado del comercio local e intermunicipal haciendo saltar las barreras que separaban estos dos tipos de comercio no concurrencial, dejando así el campo libre a un mercado nacional que ignoraba cada vez más la distinción entre la ciudad y el campo, así como la distinción entre las diversas ciudades y provincias.


Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Ediciones La Piqueta, Madrid 1989

dilluns, 14 de setembre de 2015

La utopia liberal de Friedrich Hayek.

El Roto
Hayek propone un nuevo “orden político de una sociedad libre” que posee un modelo que llama “una utopía liberal” y “mí utopía política” (2000). La democracia debe ser limitada, restringida y protegida.  Niega el principio de mayoría y otorga a la minoría poder de veto, cuando esta comparte su versión del liberalismo. Friedman opina que el pluralismo político debe ser restringido, excluyendo o limitando a los sectores políticos antisistémicos; por lo tanto, es legítimo intervenir en “el mercado político” mediante el control social y la represión. En cambio, para Hayek, el Estado en la democracia liberal no debe intervenir en los procesos económicos, sino propiciar la plena libertad económica y un mercado libre de restricciones estatales.

Ya en sus primeras obras había señalado la necesidad de formular una “utopía liberal”: “Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una defensa de las cosas tal y como son ni una especie de socialismo diluido, sino un radicalismo verdaderamente liberal” (cursivas nuestras, Hayek, 2005, p. 97). Este orden sería absolutamente diferente de cualquier tipo de socialismo; sería verdaderamente liberal puesto que en este el mercado no sufriría ninguna forma de interferencia, especialmente de los sindicatos. Este orden debería ser estable o definitivo, por ello es una concepción utópica y completamente distinta al orden político actual.

Hayek propone que esta utopía democrática se realice mediante un específico sistema institucional: “Para alcanzar su objetivo en un sistema democrático, la separación de los poderes precisa de dos asambleas distintas, con funciones diferentes e independientes una de la otra” (Hayek, 2007c, p. 135). Debería haber un parlamento bicameral, en el cual una de las cámaras se asemejaría a las actuales cámaras de representantes de los sistemas parlamentarios, formadas por representantes elegidos por los ciudadanos. Esta cámara nombraría a un primer ministro quien, con su gabinete, ejercería el poder ejecutivo, gobernando y haciendo cumplir las leyes. Sin embargo, estos parlamentarios no tendrían ninguna función legislativa.

La función legislativa radicaría exclusivamente en la otra cámara: “La asamblea legislativa debería ocuparse de la opinión de lo que es justo y no de la voluntad acerca de objetivos particulares de gobierno” (Hayek, 2007c). Y en otro texto aduce: “La auténtica tarea legislativa exige que dejando al margen los intereses de las distintas personas y grupos involucrados, se intente recoger la opinión general en cuanto a cuáles sean en cada momento los tipos de comportamiento que procede considerar aceptables o rechazables” (Hayek, 1982c, vol. III, p. 196).

Los miembros de la cámara legislativa no podrían pertenecer ni tampoco haber pertenecido a un partido político. Para asegurar su independencia, ejercerían su cargo por quince años y no serían reelegibles. Los ciudadanos mediante su voto elegirían a estos legisladores, quienes deben poseer requisitos especiales. En primer lugar, ser personas que han triunfado en la vida, que fueron los “primeros de la clase”; los que han “demostrado su valía en la vida ordinaria y que tendrían que dejar sus propios asuntos personales por un cargo honorífico para el resto de sus vidas” (Hayek, 2007c). “Personas que, en el desarrollo del cotidiano quehacer, hayan alcanzado una buen reputación, que en su vida privada hubiesen puesto suficientemente de relieve su nivel de competencia” (Hayek, 1982c, p. 198). Sería necesario, entonces, crear un registro de ciudadanos que cumplen estos requisitos y que desearan ser candidatos a legisladores:

Aquí necesitamos una “muestra representativa” del pueblo, y posiblemente de hombres y mujeres particularmente apreciados por su probidad y sentido común, y no delegados encargados de promover los intereses particulares de sus electores. (Hayek, 1982c, p. 136)

Solamente esta cámara legislativa, esta “asamblea de sabios”, como la llama Hayek, podría actuar de acuerdo con el interés general. “Cuando se trata del verdadero interés público se precisa una asamblea que represente no los intereses, sino la opinión de lo que es justo” (Hayek, 1982c). Este sería un modelo democrático en el que solo los miembros de una minoría de poder podrían ser elegidos como representantes del principal poder del Estado; es decir, un sistema censitario. Hayek es consciente que este diseño institucional difiere de lo que se llama democracia: “sugiero que deberíamos llamar a dicho sistema demarquía, un sistema en que el demos no tendría poder bruto” (Hayek 2007c, p. 95).

Según Hayek, solo las personas exitosas que hayan triunfado en el mercado, que hayan mostrado mediante su éxito “su valía en la vida ordinaria” y un alto nivel de competencia, poseen el saber necesario para legislar. Esta creencia se funda en su teoría de las masas y las elites. Hace suya la postura de Schumpeter que rechaza el principio de la igualdad básica de los seres humanos, y asevera que la mayoría está movida por impulsos inmediatos y es incapaz de una acción reflexiva (Schumpeter, 1983).

Las elites, en cambio, son la minoría que posee en plenitud las capacidades intelectuales y de carácter personal de que carecen las masas, y, por tanto, manifiestan una gran capacidad de adaptación al mercado que se manifiesta en su éxito económico (Schumpeter, 1983). Así, el saber político par excellence es el económico. Hayek cree que esta propuesta institucional aseguraría la plena realización del Estado de derecho pues la legislación que se dictase estaría exenta de toda excepcionalidad basada en el mito de la justicia social y estimularía la competencia económica. Esto generaría, necesariamente, el bienestar de todos. Asimismo, se produciría la definitiva subordinación de la política al mercado, evitando completamente el riesgo de la democracia ilimitada. Este modelo democrático se funda en el supuesto de la tendencia espontánea al equilibrio de los factores del mercado que no ha sido probado y que, quizá, no sea posible demostrar, como dice Hinkelammert (1970, cap. A.1.3; 2000, cap. 2).



Jorge Vergara Estevez, Mercado y sociedad. La utopía política de Friedrich Hayek, Corporación Universitaria Minuto de Dios, Bogotá 2015, pp. 215-218

L'evolució del model de mercat 3 (Karl Polanyi).


Puede parecer natural que, existiendo los trueques individuales, éstos con el tiempo hubiesen conducido a la formación de mercados locales que, una vez en funcionamiento, conducirían casi por desarrollo natural a la creación de mercados interiores o nacionales. Ninguna de estas dos suposiciones, sin embargo, está fundada. Por regla general, se ha comprobado que los trueques o cambios individuales no conducen a la creación de mercados en las sociedades en las que predominan otros principios de comportamiento económico. Actos de este tipo son corrientes en casi todas las variantes de las sociedades primitivas, pero se los considera como secundarios, pues no proporcionan aquello que es necesario para vivir. En los vastos sistemas antiguos de distribución, actos de trueque y mercados locales no tenían por lo general más que un papel subalterno. Esto es válido también allí donde regía la reciprocidad: en este caso los trueques quedan habitualmente enmarcados en relaciones a largo plazo que suponen la confianza, situación que tiende a hacer olvidar el carácter bilateral de la transacción. Los factores limitativos provienen de todos los puntos del horizonte sociológico: costumbre y ley, religión y magia contribuyen también al resultado, que consiste en limitar los cambios relativos a las personas y a los objetos, el momento y la ocasión. Comúnmente quien realiza el trueque entra simplemente en un tipo específico de transacción en el que los objetos y el equivalente de su valor constituyen un punto de partida. Utu, en la lengua de los Tikopia , designa este equivalente tradicional en tanto que parte de un cambio recíproco. Lo que, en el pensamiento del siglo XVIII parecía ser el rasgo esencial del cambio -el elemento voluntarista de la negociación, y el regateo que traducía también el supuesto móvil del trueque-, únicamente desempeña un pequeño papel en la transacción real. Suponiendo que este móvil esté en el origen del procedimiento, raramente se pone de manifiesto.

El procedimiento habitual es más bien el de dar libre curso a la motivación opuesta. El donante puede simplemente dejar caer el objeto sobre el suelo y el receptor hacer como si lo recogiese por azar, es decir, dejar a uno de sus acólitos el cuidado de hacerlo en su lugar. Nada sería más contrario al comportamiento socialmente aceptado que examinar lo que se acaba de recibir a modo de contrapartida. Podemos sospechar con toda verosimilitud que esta actitud refinada no responde a una auténtica falta de interés por el aspecto material de la transacción, por lo que cabría pensar que, en realidad, el ceremonial del trueque responde a un fenómeno de neutralización destinado a limitar la amplitud de las transacciones.

A decir verdad, y si tenemos en cuenta los datos disponibles, sería temerario afirmar que los mercados locales nunca se desarrollaron a partir de trueques individuales. Por muy oscuros que sean sus inicios se puede sin embargo afirmar que, desde el comienzo, esta institución ha estado acompañada de unas determinadas garantías destinadas a proteger la organización económica dominante de la sociedad contra la ingerencia de las prácticas del mercado. La paz del mercado quedaba asegurada a costa de rituales y ceremonias que restringían su radio de acción, a la vez que garantizaban su capacidad de funcionar en los estrechos límites que le eran asignados. El resultado más importante de los mercados -el nacimiento de las ciudades y
de la civilización urbana- fue, en realidad la consecuencia de una paradójica evolución, pues las ciudades, vástagos de los mercados, fueron no solamente su parapeto protector sino también el instrumento que les impedía extenderse al campo y ganar así terreno en la organización económica dominante de la sociedad. Posiblemente son los dos sentidos del verbo «contener» lo que expresa mejor esta doble función de las ciudades en relación a los mercados, la de protegerlos y la de impedir su extensión.

La disciplina del mercado era aún más estricta que la del trueque, rodeado a su vez de tabúes destinados a impedir que este tipo de relaciones humanas usurpase las funciones de la organización económica propiamente dicha. -Veamos un ejemplo tomado del país Chaga: «Hay que ir regularmente al mercado los días de mercado. Si cualquier suceso impide que el mercado se celebre en un día determinado o en más, los negocios no podrán reiniciarse hasta que el lugar en el que se celebra el mercado no haya sido purificado (...). Cada afrenta que acontezca en el mercado y lleve consigo efusión de sangre precisará una expiación inmediata. A partir de ese momento ninguna mujer podrá abandonar el mercado, ni tocar a ninguna de las mercancías, que deberán ser lavadas antes de llevarlas y de utilizarlas para alimentarse. Como mínimo, una cabra deberá ser sacrificada inmediatamente. Una expiación más costosa y más importante sería necesaria si una mujer pariese o abortase en el mercado. En este caso, sería preciso el sacrificio de un animal que dé leche. Además de esto, habría que purificar la granja del jefe con la sangre sacrificial de una vaca lechera. Todas las mujeres del país, distrito por distrito, debían de ser asperjadas» . Parece claro que reglas de este tipo no facilitaban la extensión de los mercados.

Resulta sorprendente comprobar que el mercado local típico, en el que las mujeres de su casa se procuran lo que necesitan a diario y donde los productores de granos y de legumbres, así como los artesanos locales, ofrecen sus artículos a la venta, no varía cualesquiera sean la época y el lugar. No es solamente en las sociedades primitivas donde las aglomeraciones de este tipo se han generalizado, sino que subsistieron casi sin cambios hasta la mitad del siglo XVIII en los países más avanzados de Europa occidental. Constituyen una característica de la vida local y difieren muy poco unas de otras: en poco se diferencian los mercados que responden a la vida tribal de África central, los de una cité de la Francia merovingia o el de un pueblo escocés de la época de Adam Smith. Lo que es verdad para los pueblos lo es también para la ciudad. Los mercados locales son esencialmente mercados de vecindad y, por mucha importancia que tengan para la vida de la comunidad, nada indica, en todo caso, que el sistema económico dominante se modele a partir de ellos. Estos mercados no han constituido el punto de partida del mercado interior o nacional.


Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Ediciones La Piqueta, Madrid 1989

diumenge, 13 de setembre de 2015

Percepció, acció i passat evolutiu.


Este vínculo entre la acción y la percepción ha quedado especialmente claro en la última década con el descubrimiento en los lóbulos frontales de una nueva clase de neuronas denominadas canónicas. En algunos aspectos, estas neuronas se parecen a las neuronas espejo […] Como las neuronas espejo, cada neurona canónica se activa durante la ejecución de una acción específica, como extender el brazo para coger una ramita o una manzana. Pero la misma neurona se activará también ante la “visión” de una manzana o una ramita. En otras palabras, es como si la propiedad abstracta de la “agarrabilidad” estuviera siendo codificada como un aspecto visual del objeto. En nuestro lenguaje corriente existe la distinción entre percepción y acción, pero se trata de una distinción que según parece el cerebro no siempre respeta.
V. S. Ramachandran, Lo que el cerebro nos dice

Hay que descartar de una vez por todas la idea de que la percepción consiste en hacer una simple fotografía realista de lo que tenemos delante de nuestros ojos. Existen múltiples factores que inciden en la percepción de un objeto que van más allá de la clásica impresión de formas y colores. Si pensamos en el ejemplo de Ramachandran, cuando vemos una manzana, rápidamente, la percibimos como “agarrable”, una propiedad pragmática no presente ni en el objeto ni en el sujeto, sino en la relación entre ambos. Seguramente que también la percibimos como “comible”, “lanzable”, “pateable”, “rompible”… es decir, percibiremos muchas de las posibilidades de acción que podemos realizar con el objeto en cuestión. Pero, es más, esta percepción lleva emparejado también un impulso a la acción. Cuando vemos una manzana colgando de la rama de un árbol… ¿quién no siente el impulso de arrancarla de la rama? Lo mismo nos pasa cuando vemos un botón cualquiera… ¿quién no desea pulsarlo?

Evolucionamos para manipular el entorno, para sobrevivir en él. Así, la idea de manipulación, de manejar el entorno y de moverse en él, debe ser central a la hora de entender la percepción. Además, no puede entenderse de modo aislado como si de una cámara de fotos se tratase. Percibimos a la vez que nos movemos en un entorno cambiante de luz y objetos, según una serie de objetivos: obtener alimento, huir de un depredador, etc. La percepción ha de estar integrada en este sistema de acciones y no verse como algo aislado.

Veamos un ejemplo con una curiosa ilusión óptica que nos ofrece Ramachandran.

Imatge 1

Imatge 2 (Imatge 1 invertida)

Al observar estas circunferencias coloreadas siguiendo una gradación perfecta del blanco al negro ocurre un hecho muy interesante. Si nos fijamos, nuestro cerebro interpreta unas circunferencias como cóncavas (como huecos) y otras convexas (como salientes) ¿Qué criterio utiliza para decir que unas son de una manera y otras de otras? Si el lector voltea la pantalla de su ordenador de modo que gire la imagen 180 grados (o, menos bruto, que copie la imagen y la gire en el visor de imágenes de Windows), comprobará que los círculos convexos ahora son cóncavos y viceversa. La interpretación de la imagen se ha invertido completamente ¿Por qué?

Porque nuestro cerebro tiende a interpretar las imágenes como si el foco de luz siempre estuviese arriba. Si ahora volvemos a mirar la imagen comprobamos que los círculos con la parte blanca arriba son siempre interpretados como convexos, mientras que los que tienen la parte blanca abajo lo son como cóncavos. Nuestro cerebro evolucionó durante cientos de miles de años en entornos en los que la gran mayoría del tiempo la luz provenía del astro rey, es decir, de arriba, por lo que es más probable acertar si siempre interpretas cualquier fenómeno dudoso como iluminado desde encima de ti.

Este ejemplo sirve muy bien para ilustrar cómo es imposible entender la percepción sin nuestro pasado evolutivo, o sin comprender la función perceptiva en ese mismo marco. En cualquier fenómeno biológico, origen, estructura y función son tres aspectos completamente inseparables.

Santiago Sánchez-Migallón Jiménez, La máquina de Von Neumann 10/09/2015

Adolescència i violència de gènere.

El control, la posesión y la violencia arraigan en las parejas de adolescentes
by Getty
Revisar el móvil del otro, decirle con quién puede hablar, controlar lo que hace ... hasta llegar también a la agresión física. La violencia se ha instalado en las relaciones de parejas de los más jóvenes, en la franja de los 14 a los 19 años, según el estudio presentado ayer por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud. Bajo el título ¿Fuerte como papá?¿Sensible como mamá? se analizan las identidades de género de los más jóvenes. La conclusión: la igualdad avanza lentamente, los estereotipos siguen pesando demasiado y tienen consecuencias tan negativas como esta laceración de la libertad.

En una encuesta realizada entre 2.514 adolescentes y jóvenes escolarizados, el 80% conoce o ha conocido actos de violencia de género en las parejas de su edad. No sólo uno, sino una media de cinco. "Nos ha llamado la atención este alto porcentaje, un porcentaje que supone una normalización de los comportamientos agresivos hacia la pareja, con actos de control absoluto", indica Elena Rodríguez Sanjulián, coautora de la investigación. De todas maneras, considera que esto no sólo ocurre entre los más jóvenes.

Son mayoritarios y generalizados los actos vinculados la vigilancia, como la revisión del móvil, en que las chicas aparecen como más controladoras. Aunque el estudio subraya que es más frecuente y grave la violencia ejercida por ellos hacia ellas: la intimidación, el control emocional, la violencia física o verbal. Como se observa en el gráfico, de los jóvenes encuestados, el 28,4% conoce algún caso de agresión física de chico a chica, y un 16% a la inversa. Esta articulación de las relaciones de pareja en torno a la posesión y control da lugar a comportamientos agresivos por ambas partes, indica el director general de la FAD, Ignacio Calderón.

Hay que vincular estos datos con el pálpito general del estudio, donde si bien la igualdad avanza lo hace lentamente. Los estereotipos de género siguen arraigados, con una descripción que suena a antigua pero que ahí está al preguntar cómo entienden que ellos y ellas son diferentes según el género. Las cualidades para ellas son "sensibles, tiernas, trabajadoras y preocupadas por la imagen", y para ellos "dinámicos, activos..., superficiales". Los adjetivos que acompañan a las chicas pueden sonar positivos, pero en las conclusiones ya se advierte que esto se utiliza en muchas ocasiones para cargarlas de obligaciones. Es preocupante también, indica Rodríguez Sanjulián, que a ellos se les niegue el componente emocional. O sea, que se mantenga una definición de la masculinidad aún cerrada aunque entre estos y estas jóvenes aparece formalmente una voluntad de cambio. Las chicas apuntan una sensación de "inferioridad" por parte de ellos como respuesta al rol que se espera que desempeñen, que en los casos más graves puede desembocar en violencia machista. Los chicos indican que los estereotipos también son culpa de las "mujeres machistas" y los modelos que reproducen los medios y la publicidad.

El estudio indica que el promedio de edad en la que se tiene la primera pareja es a los 13,7 años y a la hora de preguntar por los conocidos tópicos sobre las relaciones se concluye que un 59,4% (el 67% de ellos, el 52,6% de ellas) considera que los chicos deben proteger a "su chica". Aunque en porcentajes más bajos también se ve "normal" la existencia de celos (un 32%). En cuanto a las relaciones sexuales, el 66% de los varones les da una elevada importancia, frente al 45% de ellas.

En todos los ámbitos estudiados y por los que se ha preguntado se detecta que queda mucho por hacer y que es importante que la sociedad sea consciente de ello. Un 17% de las chicas indica que las diferencias en la adolescencia son "grandes o muy grandes" y esto impacta de forma transversal en los análisis a futuro. Hay coincidencias en señalar que ellas tendrán más dificultades para ocupar puestos de responsabilidad y obtener un buen salario. Asimismo, y aunque son más los y las que piensan que es necesario trabajar fuera de casa para ser independiente, una minoría significativa opina que el trabajo externo empeora la vida familiar. "Me gustaría que un día no se tuviese que hablar de las diferencias de género -señala Calderón-, pero hay que ser conscientes de la situación actual".

El control, la posesión y la violencia arraigan en las parejas de adolescentes, Vida. La Vanguardia, 11/09/2015

Què hem de fer quan les muses ens abandonen?


A lo largo de la historia, los genios han encontrado la inspiración en sitios muy dispares. Las ideas los sorprendían en el retrete, los zarandeaban por la noche para despertarlos o los requerían en el momento más inoportuno.

Los pensadores e investigadores no han dejado de perseguir la poción mágica (o, más bien, científica) que permita tener mejores ideas. Si no lo han conseguido, se han acercado bastante. Ahora tienen algunas pistas sobre qué hábitos o costumbres son más susceptibles de atraer buenas ideas. Por ejemplo, según un estudio realizado por el profesor Epstein en la Universidad de San Diego (California) y publicado en el Creativity Research Journal, es posible aumentar la creatividad si se atienden estos cuatro consejos.

1- Escribir las buenas ideas para que no se escapen

Tan sencillo como acostumbrarse a llevar un cuaderno en el que apuntarlas. Ahora, con los smartphones, lo tenemos más fácil que nunca: siempre podremos grabar una nota de voz o de texto con las palabras clave para que nuestra idea no se escape. Es mejor hacerlo en el momento que pensar en apuntarlo más tarde.

Escribir las ideas puede ser también un buen truco en el caso de pensamiento colectivo. En oposición al omnipresente brainstorming («tormenta de ideas»), sobre el que muchos expertos son escépticos (ya que algunos de los presentes no se atreven a exponer sus propuestas por miedo al rechazo); el psicólogo Paul Paulus de la Universidad de Texas sostiene que es muy efectivo hacer brainwriting, es decir, escribir las ideas en vez de decirlas para que el siguiente añada su opinión en el mismo papel. Este método también puede utilizarse por correo electrónico, según el investigador.

2- Emplear tiempo también en cosas inútiles

No hace falta que el cerebro siempre se dedique a tareas que lleven a alguna parte. Si se ocupa con retos desafiantes que seguramente no se consiga ni siquiera terminar, por el camino él irá haciendo espacio para nuevas ideas. Es frecuente dejar de hacer algo porque quita tiempo de tareas realmente «productivas». Pero alejarse de la mesa de trabajo o de la hoja en blanco hará que se vuelva a ellos con las manos cargadas de pistas. Si se tiene un trabajo creativo, apuntarse a clases de baile o emplear una tarde en tratar de aprender a reparar un mueble no es perder el tiempo.

Incluso hacer tareas aburridas durante quince minutos, como por ejemplo copiar números de teléfono, aumenta la inventiva, según unos investigadores de la University of Central Lancashite (UCLan).

3- Abrir la mente a otros campos

El profesor recomienda no dejar de formarse. Apuntarse a un curso gratuito sobre un área que no esté directamente relacionada con tu actividad, leer revistas de otros campos… La interconexión entre distintas formas de vida y conocimientos es, en su opinión, la base del pensamiento creativo. En una ciudad grande con numerosos estímulos aumenta hasta un 15% la capacidad de generar patentes.

4- Rodearse de gente interesante

Las relaciones definen y construyen a las personas, por lo que una cena cotidiana con gente inteligente puede ser un buen alimento para la creatividad. El profesor Epstein también recomienda trasladarse a espacios nuevos y rodearse de objetos fuera de lo común, dado que estos te ayudarán a desarrollar ideas más originales.

El investigador cree firmemente que la creatividad se puede convertir en un hábito, y que «no hay realmente ninguna evidencia de que una persona sea inherentemente más creativa que otra».

Antes que este profesor, muchos otros estudiosos se han esforzado por localizar esas actitudes o circunstancias que hacían a las personas ser más creativas. Aunque hay una gran diversidad de autores y de opiniones, por regla general los consejos para tener mejores ideas coinciden con las prácticas que se asocian al bienestar y la calidad de vida.

Por ejemplo, dormir sirve tanto para resolver problemas como para tener buenas ideas. Así lo demostró la psicóloga Deidre Barrett en 1993 en la Harvard Medical School, y posteriormente unos investigadores de la Universidad de Lübeck (Alemania) en 2004. En sus pruebas, descubrieron que los alumnos que dormían durante un descanso en el estudio aprendían mejor la lección y que muchas de las personas que pensaban en un problema concreto antes de irse a la cama encontraban una solución más fácilmente al despertar. La idea es que la mente descansará mejor después de un descanso.

Pasar tiempo en la naturaleza también espolea la creatividad. Lo dice entre otros Janetta Mitchell McCopy, de la Universidad de Washington, que añade que las personas tienen mejores ideas en espacios con luz natural y decorados con madera que en otros que solo cuenten con materiales manufacturados.

En contraposición con aquellos que piensan que «la desesperación inspira más que la alegría», Karen Gasper, de la Penn State University, cree que la tristeza inhibe la creación de ideas, y sugiere que puede ser porque cuando estamos tristes cometemos más errores, o porque cuando estamos alegres es cuando se nos ocurren asociaciones de palabras, diagnósticos o respuestas a dilemas.

Hacer ejercicio físico (no solo deporte, sino incluso simplemente salir a caminar) también estimula distintas partes del cerebro.

El color azul, el humor, convivir con niños… Existen tantos trucos para alimentar la creatividad como personas. Quizá, en realidad, todo se resuma a uno: el que te sirva a ti, ese es el truco más válido, lo diga un estudio o no.

Isabel Garzo, Trucos demostrados contra los bloqueos creativos, yorokobu.es 10/09/2015

L'evolució del model de mercat 2 (Karl Polanyi).



El paso de los mercados aislados a una economía de mercado, y el de los mercados regulados a un mercado autorregulador, son realmente de una importancia capital. El siglo XIX -que saludó este hecho como si se hubiese alcanzado la cumbre de la civilización o lo vituperó considerándolo una excrecencia cancerosa- imaginó ingenuamente que esta evolución era el resultado natural de la expansión de los mercados, sin darse cuenta de que la transformación de los mercados en un sistema autorregulador, dotado de un poder inimaginable, no resultaba de una tendencia a proliferar por parte de los mercados, sino que era más bien el efecto de la administración en el interior del cuerpo social de estimulantes enormemente artificiales a fin de responder a una situación creada por el fenómeno no menos artificial del maquinismo. No se reconoció entonces que el modelo de mercado en cuanto tal era por naturaleza limitado y poco proclive a extenderse, como se deduce claramente de las investigaciones modernas sobre este tema.

«No se encuentran mercados en todas partes. Su ausencia, a la vez que indica un cierto aislamiento y una tendencia de las sociedades a replegarse sobre sí mismas, no permite concluir que el mercado sea un producto de la evolución natural». Esta frase neutra tomada de Economics in Primitive Communities de Thurnwald, resume los resultados más importantes de la investigación moderna obre esta cuestión. Otro autor repite a propósito de la moneda lo mismo que decía Thurnwald de los mercados: «El simple hecho de que una tribu utilizase moneda la diferenciaba muy poco, desde el punto de vista económico, de otras tribus situadas al mismo nivel cultural que no la utilizaban». Podemos intentar extraer de tales afirmaciones algunas de las consecuencias más llamativas.

La presencia o la ausencia de mercados o monedas no afecta necesariamente al sistema económico de una sociedad primitiva -he aquí una afirmación que refuta ese mito del siglo XIX, según el cual la moneda era una invención cuya aparición, al crear mercados, aceleraba la división del trabajo y favorecía la propensión natural del hombre al trueque, al pago en especie y al cambio, por lo que transformaba inevitablemente una sociedad-. En realidad, la historia económica ortodoxa se basaba en una concepción enormemente exagerada de la importancia concedida a los mercados. Un «cierto aislamiento» o, posiblemente, una «tendencia al repliegue» es el único rasgo económico que se puede rigurosamente inferir de la ausencia del mercado; su presencia o su ausencia no ofrecen diferencias en lo que se refiere a la organización interna de una economía.

Las razones de todo ello son muy simples. Los mercados son instituciones que funcionan principalmente en el exterior y no en el interior de una economía. Son lugares de encuentro del comercio a larga distancia. Los mercados locales propiamente dichos tienen una repercusión limitada. Además, ni los mercados a larga distancia ni los locales son verdaderamente concurrenciales de donde se deriva, para ambos casos, la debilidad de la presión que se ejerce en favor de la creación de un comercio territorial, de lo que se denomina un mercado interior o nacional. Afirmar esto significa enfrentarse a una hipótesis que los economistas clásicos han considerado axiomática; y, sin embargo, estas afirmaciones se deducen de los hechos tal y como aparecen a la luz de las investigaciones recientes.

La verdad es que la lógica es casi opuesta a los razonamientos que subyacen a la doctrina clásica. La enseñanza ortodoxa partía de la propensión del individuo al trueque, de donde se deducía la necesidad de mercados locales, así como la división del trabajo. De todo ello se concluía la necesidad del comercio, hasta llegar al comercio exterior del que forma parte el comercio a larga distancia. Pero si tenemos en cuenta las investigaciones actuales nos veremos obligados a invertir el orden del razonamiento: el verdadero punto de partida es el comercio a larga distancia, resultado de la localización geográfica de los bienes y de la «división del trabajo» nacida de esta localización. El comercio a larga distancia origina muchas veces mercados, instituciones que implican trueques y, si se utiliza la moneda, compras y ventas, dando así ocasión a algunos individuos a poner en práctica su pretendida propensión a trocar y a comerciar.

El rasgo dominante de esta teoría es que el comercio encuentra su origen en una esfera exterior que no guarda relación con la organización interna de la economía: «La aplicación de los principios observados en la caza, a la obtención de bienes que se encuentran fuera de los límites del distrito, condujo a determinadas formas de intercambio que, posteriormente, nosotros tendemos a identificar con el comercio» 2. Para buscar los orígenes del comercio hay que partir de la obtención de bienes a distancia, como ocurre con la caza. «Los Dieri de Australia central hacen todos los años, entre julio y agosto, una expedición hacia el sur para conseguir el ocre rojo que utilizan para pintarse el cuerpo. (...) Sus vecinos, los Yantruwunta, organizan parecidas expediciones para ir a buscar en los Flinders Hills, a una distancia de 800 kilómetros, ocre rojo y también placas de gres destinadas a triturar, granos de cereales. En ambos casos es preciso, a veces, entablar combates para obtener estos productos, si los habitantes autóctonos de estas tierras presentan resistencia a la salida de esos productos». Este tipo de razzias o de caza del tesoro está evidentemente más próximo del bandidaje y de la piratería que de lo que nosotros solemos considerar comercio, ya que se trata de un asunto esencialmente unilateral. En muchas ocasiones, esta práctica no se convierte en bilateral -en suma, no se establece «un cierto tipo de intercambio»- más que tras los chantajes que ejercen por la fuerza los habitantes locales o mediante dispositivos de reciprocidad -como es el caso del circuito kula, de las giras de visita de los Pangwe de África occidental, o entre los Kpelle, cuyo jefe monopoliza el comercio exterior haciendo regalos a los invitados que vienen de afuera-. Bien es verdad que, estas visitas -utilizando nuestros propios términos, no los suyos- son auténticamente, y no accidentalmente, viajes comerciales. El intercambio de bienes se practica siempre, sin embargo, bajo la forma de regalos recíprocos y también a través de las visitas que se hacen unos a otros. Podemos, pues, concluir que, si bien las comunidades humanas no parecen haberse abstenido nunca del comercio exterior, este comercio no suponía necesariamente la existencia de mercados. En sus orígenes, el comercio exterior está más próximo a la aventura, a la exploración, la caza, la piratería y la guerra, que al trueque. Este comercio puede, por tanto, no implicar ni la paz ni la bilateralidad, y, aun en ese caso, se organiza habitualmente en función del principio de reciprocidad y no en función del trueque.

La transición hacia el trueque pacífico nos obliga a distinguir dos cosas, el trueque y la paz. Como hemos indicado anteriormente, es posible que una expedición tribal tenga que plegarse a las condiciones fijadas por el poder local, quien puede extraer de esta expedición del exterior algunas contrapartidas. Este tipo de relaciones, aunque no sea por completo pacífico, puede dar lugar al trueque: la apropiación unilateral se transforma en traspaso bilateral. La otra vía es la del «comercio silencioso», como el que acontece en la sabana africana, en donde el riesgo de combate es neutralizado gracias a una tregua organizada, y en donde se introduce el comercio, con toda la discreción deseable, como un elemento de paz y de confianza.

Todos sabemos que, en un estadio ulterior, los mercados ocupan una posición predominante en la organización del comercio exterior. Pero, desde el punto de vista económico, los mercados exteriores son algo muy distinto de los mercados locales o los mercados interiores. No se distinguen únicamente por el tamaño, sino que también sus orígenes y funciones son diferentes. El comercio exterior es un asunto de transporte. Lo que es determinante es la ausencia de ciertos productos en una región determinada: el cambio de paños ingleses por vinos portugueses es un ejemplo. El comercio local se limita a los bienes de la región, que no soportan el transporte por ser demasiado pesados, voluminosos o perecederos. Así, el comercio exterior y el comercio local dependen ambos de la distancia geográfica: el primero reservado únicamente a los bienes que pueden soportarla y el segundo a los que no pueden. En este sentido se puede decir que estos tipos de comercio son complementarios. Los intercambios locales entre la ciudad y el campo, el comercio exterior entre dos zonas climáticas diferentes, se fundan en este principio. Este tipo de comercio no tiene por qué implicar la concurrencia, y si esta última amenazase con desorganizarlo no existe ninguna contradicción en eliminarla. Al contrario del comercio exterior y del comercio local, el comercio interior es esencialmente concurrencial: excluidos los intercambios complementarios, implica un gran número de intercambios, en los cuales se ofrecen bienes semejantes y de orígenes diversos que entran en concurrencia entre sí. Por consiguiente, únicamente con la aparición del comercio nacional o internacional la competencia tiende a ser reconocida como un principio general del comercio.

Estos tres tipos de comercio no difieren tan solo por su función económica, se distinguen también por su origen. Hemos hablado de los inicios del comercio exterior. Los mercados nacieron lógicamente allí donde los transportes debían de detenerse -vados, puertos de mar, ríos-, o allí donde se encontraban los trayectos de dos expediciones por vía terrestre. Los «puertos» nacieron en los lugares de trasbordo. La breve proliferación de las famosas ferias de Europa es todavía un ejemplo de creación de un tipo determinado de mercado para el comercio a larga distancia; otro ejemplo es el de paños en Inglaterra. Pero mientras que las ferias y mercados de paños desaparecieron de una vez con una celeridad que debe desconcertar al evolucionista dogmático, el portus estaba destinado a jugar un enorme papel en la creación de las ciudades en Europa occidental. Y, sin embargo, incluso cuando se fundaban ciudades en los lugares de mercados exteriores, los mercados locales permanecían con frecuencia, distinguiéndose no solamente por su función, sino también por su organización. Ni el puerto, ni la feria, ni la venta de paños generó mercados interiores o nacionales. ¿Dónde debemos pues buscar su origen?




Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Ediciones La Piqueta, Madrid 1989