dilluns, 30 de juny de 2014

Temporalitat lenta, temporalitat ràpida.

forges

… la antigüedad no es antigua solamente por ese criterio extrínseco y arbitrario que consiste en que “viene antes” (antes, por ejemplo, que la modernidad), sino que los tiempos antiguos son aquellos en los cuales se experimenta el tiempo como volcado hacia un antes a partir del cual comienza la de cadencia (por esa razón “cualquier tiempo pasado fue mejor” por definición, y por ello mismo los jóvenes carecían en la antigüedad de un valor futuro comparable al que ostentan en la modernidad). Así como los viejos –que necesariamente, por muy modernos que sean, siempre son algo antiguos. Caminan despacio, la antigüedad es una temporalidad lenta: quiere retrasar todo lo posible el alejamiento de lo mejor y la llegada de lo peor, por el mismo motivo que la modernidad es de suyo una temporalidad histórica rápida y acelerada, pues tiene prisa por superar la adversidad y llegar a lo mejor tan pronto como se pueda (ya que, por definición, cualquier tiempo futuro será mejor). (pág. 36)


José Luis Pardo, Eso no es música, Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores, Barna 2007

diumenge, 29 de juny de 2014

Fascinats pel cervell.

Hace ya tiempo que la dualidad mente-cerebro dejó de ser tal. Hay una estructura compleja, lo más complejo que conocemos, en la que reside el pensamiento, lo que nos hace humanos, y no hay una dualidad inexplicada sino una ficción largamente alimentada. Los cien mil millones de neuronas que se calcula que hay en nuestro cerebro, más o menos el mismo número de estrellas que se considera que hay en nuestro barrio cósmico, en la Vía Láctea, son aún un continente por descubrir completamente, como el universo. Son las dos grandes regiones de conocimiento que aún nos retan, las grandes lagunas de ignorancia que aún tenemos que rellenar. Pero los abundantes ensayos que sobre el cerebro aparecen en las librerías ya dejan claras algunas cuestiones, entre ellas que el cerebro es una máquina muy compleja, ni más ni menos, y que seguimos fascinados por él, sobre todo porque seguimos fascinados por nosotros mismos.

El neurólogo holandés Dick Swaab, director del Instituto Holandés de Neurociencias, lo tiene claro: La mente es el resultado del funcionamiento de nuestros cien mil millones de neuronas, y el alma, un malentendido. El uso universal del concepto de alma parece estar basado solamente en el temor que el ser humano tiene a la muerte, el deseo de volver a ver a los seres queridos y la errónea y arrogante idea de que somos tan importantes que algo de nosotros debe quedar a nuestra muerte”. En su Somos nuestro cerebro, un ensayo que ha tenido un notable éxito internacional, explora la esencia humana viajando a los entresijos del órgano de pensar, ese poco más de kilo y medio de sesos que hacen posible que apreciemos la magia de un cuento de Cortázar o que derramemos alguna lágrima escuchando un cuarteto de Mozart. Un kilo y medio cuya manera de actuar nos hace distintos de cualquier otro ser vivo sobre el planeta. No en vano es, que sepamos, el objeto más complejo del sistema solar.

Lo sabemos, entre otras razones, porque hemos aprendido más sobre las funciones del cerebro en los últimos 15 años, gracias a las técnicas de imagen de resonancia magnética y a sus sucesoras, que en toda la historia precedente. Hasta entonces el cerebro se estudiaba directamente y comparándolo con el de otros animales, diseccionando cerebros humanos dañados en autopsias y mediante electrodos. La física hoy, sin embargo, permite ver los pensamientos, tal y como relata el físico teórico y divulgador Michio Kaku. Sabemos más de la mente gracias a la física y a la biología que a la filosofía o la psicología”.

Kaku hace, pues, un viaje que comienza con un accidente, el que sufrió en 1848 Phineas Gage, trabajador de los ferrocarriles en EE UU al que una barra de hierro atravesó el cerebro; no sufrió daños demasiado graves y, de hecho, pudo seguir trabajando, pero le cambió bastante el carácter. De la anécdota a la categoría, El futuro de nuestra mente revisa de manera exhaustiva lo que sabemos del cerebro, las técnicas que nos han permitido llegar hasta aquí, y trata de atisbar, mirando desde la física, hasta dónde puede llegar gracias a la combinación de conocimientos y destrezas, de la ingeniería a la neurociencia, para hacer aún más potente esta máquina de pensar. De momento, dice Kaku, ya hemos conseguido que la telequinesis, el mover objetos con la mente, empiece a ser una realidad, no como anunciaban los profetas de las falsas ciencias, con el poder de la mente de uno, sino gracias al poder de la mente de muchos, gracias a la tecnología. Y estamos solo al principio, dice este físico.

No hay que tener miedo a las ideas y a las novedades, los productos del cerebro (en puridad, encéfalo; el cerebro es solo una parte del todo que supone el conjunto de sesos, aunque siempre se toma la parte por el todo). Eso dice al menos una de las personas que a lo largo del siglo XX más se han destacado en la comprensión de su funcionamiento, la investigadora italiana Rita Levi-Montalcini, nacida en 1909, en plena época gloriosa de Cajal, y muerta en 2012. Poco antes de morir terminó de repasar los pequeños ensayos que componen este libro póstumo, Atrévete a saber, en el que repasa los temas que durante tanto tiempo le han sido tan queridos, como las razas no existen, existe el racismo”, y que fue publicando en la revista Newton. Es, en todo caso, una delicia encontrarlos aquí reunidos y comprobar la vitalidad y la frescura de la mente de Levi-Montalcini, premio Nobel en 1986, que terminó de revisarlos a los 95 años.

Era una prueba de que no es una fatídica e inexcusable realidad el que el cerebro, pasada una edad, se deteriore hágase lo que se haga. Es verdad que es común encontrar problemas cognitivos en muchas personas de edad avanzada, pero muchas otras mantienen la lucidez sin lagunas. A estudiar esto dedica Elkhonon Goldberg su ensayo La paradoja de la sabiduría. Lejos de los libros de autoayuda —que no haya equívocos entre nosotros—, Goldberg, catedrático de la Universidad de Nueva York y director del Laboratorio de Neuropsicología y Funcionamiento Cognitivo, refuta, como tantos otros desde hace pocas décadas, una de las pocas afirmaciones de Cajal que el tiempo ha superado: Las vías nerviosas son algo fijo, acabado, inmutable. Todo puede morir, nada renacer”. Hoy sabemos que las neuronas conservan la plasticidad y la capacidad de cambiar su uso dependiendo de diversos factores. Otra cita de Cajal avala también esta visión: Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”.

Así, dice Goldberg, las estaciones de la mente no implican un declive en todos los aspectos, al envejecer se consiguen algunas importantes ganancias mentales”. Pese a que el cerebro, al igual que el resto del cuerpo, envejece y pierde facultades, gana lo que se denomina pericia cognitiva, que tiene la extraña habilidad de resistir los efectos indeseados del envejecimiento” y que se relaciona con la competencia y la sabiduría. Al envejecer, parece que no todo sean malas noticias”. El escritor húngaro Sándor Márai lo expresa de otra manera en sus Diarios 1984-1989: No es bueno dejarse envejecer por la vejez”.

De fisiología al día a día y a la manera de Stephen Jay Gould, o más propiamente, dado el tema, de Oliver Sacks o de Vilayanur Ramachandran, El escritor que no sabía leer y otras historias de neurociencia nos lleva a través de breves ensayos a descubrir el cerebro por el camino de hechos concretos, pequeñas historias en las que se muestran comportamientos, sucesos o personajes singulares, de cada uno de los cuales se extrae una lección sobre nosotros mismos. José Ramón Alonso, catedrático de biología celular y director del Laboratorio de Plasticidad Neuronal y Neurorreparación del Instituto de Neurociencias de Castilla y León, es un divulgador entusiasta y eficaz que une el sentido del humor con el rigor, la sencillez con la hondura y la precisión con la elegancia. En este libro sabremos de la importancia de la siesta para el cerebro, la memoria temprana, la frenología, Gulliver y otras muchas cuestiones que no nos dejarán indiferentes. Este libro fue, además, premio Prisma Casa de las Ciencias del Ayuntamiento de A Coruña al mejor texto inédito en el año 2013.

El mismo autor, José Ramón Alonso, que fue rector de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar Neurozapping, un repaso a las series de televisión desde el punto de vista de la neurociencia. Desde el conocido síndrome de Asperger que sufre el protagonista de The Big Bang theory, Sheldon Cooper, hasta House y la mentira, Porky y la tartamudez, Pokémon y la epilepsia, y las chicas de oro y la buena vejez, entre otros, el repaso es extraordinariamente sugestivo por lo próximos que nos resultan los personajes y lo poco que les hemos mirado desde el punto de vista neurológico.

Este libro nació tras una entrada en su blog UniDiversidad (www.jralonso.es) precisamente sobre Sheldon Cooper. Para muchos lectores que de una forma o de otra tenían relación con personas aquejadas del síndrome de Asperger, fue la primera vez que leían explicaciones claras y, sobre todo, en un entorno positivo. Tras el éxito de esa entrada, difundida por todo el mundo de habla hispana, Alonso decidió ampliar el tiro y ocuparse de más problemas neurológicos encarnados por personajes de series televisivas. La divulgación, como es sabido, encuentra su materia prima en cualquier lugar, porque en cualquier lugar al que miremos hay ciencia, incluida la mecánica del propio acto de mirar. Así, con materiales próximos, el trabajo de Alonso, que parte de más cerca, llega más lejos. Y nos ayuda a conocer mejor la maravillosa máquina de pensar, ese órgano que con el 2% del peso del cuerpo consume el 20% de la energía. Aunque luego no se puedan pesar los pensamientos, ni la conciencia.

Antonio Calvo Roy, Esculpir el propio cerebro, Babelia. El País, 28/06/2014

Els perdedors de Silicon Valley.



La historia la escriben los vencedores. Por eso Silicon Valley es el sitio de los millonarios menores de 30 con intelecto para cambiar el mundo desde un MacBookPro –hay cosas que no se consiguen desde un PC–.

Pero hay un submundo en el valle, no digamos de perdedores, llamémosles almas en pena que flotan en el limbo de las rondas de financiación. Lo conforman genios llegados de todas partes para buscar su oportunidad, y codearse con otros nerds. Porque entre nerds se decide el futuro, el resto somos basura genética. Todos creen que su idea es disruptive porque quien no aspire a la disrupción no merece pisar San Francisco. Son aspirantes a emprendedores, el peldaño más bajo de Silicon Valley, fundadores de startups sin clientes. Chicos de 20 entregados al insaciable dios de las startups, una deidad que pide sangre joven.

Conocí a algunos en una Hackers House de SOMA (San Francisco) mientras ayudaba con la mudanza a mi amigo Nick. Estuve cuatro horas y nunca cambiaron de actividad: aporreaban sus ordenadores sin hablar. Era un piso reconvertido en hostal para estancias de entre cuatro semanas y dos años.

Nick, programador y antiguo empleado de la NASA, hubo de superar tres entrevistas para ser aceptado en la casa. La última con un experto que evaluaba la viabilidad de su proyecto. Los aspirantes no techies son rechazados sistemáticamente por la capitana, una chica que me aclaró: “En realidad no rechazamos a nadie, solo le hacemos muchas preguntas hasta que desisten”.

Por 40 dólares por noche, Nick alquiló una litera en una habitación compartida con 10 personas. Era feliz. El trastorno de compartir ducha, lavadora y retrete se diluía ante el plan de estar bien acompañado, en términos intelectuales. Un mes después se refería a su comuna como si fuera la Universidad de Stanford: “La estimulación intelectual es única. Hay que rodearse de la gente correcta si realmente pretendes cambiar el mundo”.

Al poco tiempo fue evidente que los compañeros de Nick pasaban la fase más traumática de una startup, conocida como Series A crunch. Después de un año habían conseguido algún dinero, 500.000 dólares, lo suficiente para desarrollar el producto, pero ahora ningún inversor potente ponía los millones –“the real money”– para seguir adelante. La consecuencia es “un cruel goteo de prometedoras startups que no van a ninguna parte”, según TechCrunch. Un informe de CB Insights asegura que más de mil acabaron así sus días en 2013.

En la habitación de Nick todos debían dinero y aparentaban diez años más. Alguno sufría ataques de ansiedad. En tres meses habían mandado miles de correos electrónicos y asistido a cien reuniones con potenciales inversores de las que volvían con las manos vacías. Muchos ya habían tenido que despedir a su único empleado. Mi amigo estaba empezando. Todavía le hacía ilusión conseguir 500.000 dólares.

“Aquí es fácil más que nunca conseguir medio millón, lo difícil es cinco millones”, explica a Wired Paul Martino, fundador de Bullpen Capital. “Los cinco millones que en 1999 iban a una empresa de 10 personas se dividen ahora entre 10 startups”. Según Martino esto es otra burbuja: “No de dinero como en 1999, sino de startups que no deberían estar naciendo”. En su opinión, lo mejor para un novato como Nick es no conseguir esos primeros miles de dólares y volver a su trabajo de ingeniero, con menos ambición pero más alegría, y sin quedarse atrapado un año más en el limbo.

Un limbo que garantiza de modo orgánico el éxito de Silicon Valley. Una masa crítica sacrificada para que unas cinco empresas zarandeen el mundo. Alex Payne, un exingeniero de Twitter, opina que estas startups representan “una fuerza de trabajo montada por grandes inversores que corren con sus gastos mínimos para que no desaparezcan, pero que nunca las dejarán ser autónomas”. Unos pocos se harán millonarios, el fracaso del resto es una cuestión de diseño.

Karelya Vázquez, Todos no van a ser Mark Zuckerberg, El País semanal, 29/06/2014

Una vida sotmesa a la qüantitat (Ignacio Castro Rey)

¿Dónde quedan las humanidades bajo el paradigma económico imperante? ¿Cuál crees que es su futuro?

En principio, se trata de un mero adorno. Las “humanidades” han de aprender a ser agresivas, mucho más duras que las ciencias. Tienen una relación con la noche que a la ciencia le asusta y, para salir de esa reserva india a la que se las condena, deben aprender a infiltrarse en el cuerpo social diurno, a dejar ahí sus cargas de profundidad. Si se refugian en la Universidad, aceptan su papel subsidiario.

¿Ya no queda otra alternativa en la universidad que especializarse? ¿Crees que es prescindible estudiar hoy en la universidad?

La Universidad, que es manifiestamente mejorable (aquí y en todas partes), es de todas formas una maldición si uno cree en ella.  Es aconsejable reservar las creencias para otras cosas. Con todo, uno puede especializarse (técnica, profesionalmente) y negarse a una especialización integral, digamos, anímica. Es imprescindible resistir a este nuevo tipo de clonación integral que se nos promete, aquello que el bueno de Ortega llamaba la “barbarie del especialismo”. Es necesario mantenerse sin especializar frente a la vida y la muerte, frente a lo que de común, de único e intransferible tiene cada existencia. De otro modo nos convertimos en monstruos, para los otros y para nosotros mismos. Alguien especializado integralmente, ¿con qué órgano va a amar, cómo va a odiar? ¿Cómo va a tener amigos y enemigos, en qué va a creer y por qué va a luchar hasta el fin de sus fuerzas? Sin todo esto, que no se puede especializar, aunque la información nos diga otra cosa, no es concebible la humanidad, sea cual sea el “nivel de vida”.

¿Qué hay detrás de la calidad? ¿Por qué abunda tanto este concepto? ¿Qué es una vivienda de calidad o una educación de calidad?

Asistimos a una inflación de la palabra “calidad” porque vivimos inmersos en el modelo global (un poco infantil, pero consolador) del tamaño, de la cantidad y lo numérico. Es así que nuestra cultura, ahogada por el puritanismo de la escala, enloquece con el mito de la cualidad real. En la vida cotidiana ha de ser cercada, acosada, maltratada. A cambio, el mercado juega con su ilusión privada, con su simulacro de elite. Lo grave es que éste es el destino de la misma vida humana, considerada en conjunto. Hablamos de “calidad de vida”, pero en el fondo todos sabemos que se trata de una vida sometida a la cantidad (dinero, bienes, consumo, longevidad), una cultura esclava de lo numérico.

¿A qué es debido este fomento mediático contradictorio de la pérdida de las jerarquías, y al mismo tiempo, de la nostalgia ilusoria del retorno a las mismas? Como si hoy todo valiese y las fronteras jerárquicas se difuminaran. De ahí, supongo, de la añoranza a un pasado donde la autoridad y los valores estaban más marcados.

No sé si hay tal nostalgia o es una mera pose. La horizontalidad es nuestra demagogia, el índice de una voluntad de convertir la democracia (el “menos malo” de los regímenes conocidos) en una nueva metafísica. En este punto la hipocresía social ha dejado en pañales a las formas teatrales de antaño. Se nos llena la boca con la palabra “igualdad”, pero todos sabemos que ni siquiera una vida humana es igual a sí misma. El día que yo sea igual a yo (digamos, que mi existencia sea igual a mi identidad), se acabó, soy un zombi, estoy muerto. Como no confiamos en la singularidad de vivir, en la potencia de sus sombras, la igualación aritmética es la única manera que tenemos de soportar al otro. Pero entonces, reducido a un esquema general, ya no queda tal otro, ni siquiera en el interior de nosotros mismos. La soledad de un individuo que flota en el limbo de lo igual es el destino de una cultura, la nuestra, que ya no puede aceptar la diferencia real. Una prueba externa de ello es la ferocidad con que nos lanzamos sobre cualquier otro (sea persona o nación) que queda sin cobertura, al descubierto, en una singularidad sin canon y sin armas de ningún tipo para defenderse.

La crítica y el arte se han democratizado hasta el punto de que cualquiera puede ser crítico y artista sin apenas tener formación. El resultado es una sobrecarga de opiniones y oferta artística. ¿Cuál crees que debería ser el papel del arte y la crítica en esta situación?

Es posible que el problema no esté tanto en la “formación”, que siempre es un valor relativo y discutible, como en el coraje y la honestidad personales para afirmar y sostener algo distinto, que no necesite mendigar un lugar reconocible de antemano.Cualquiera puede ser crítico o artista, creo. La única condición es haber pasado una temporada en el infierno y haber vuelto de ahí con una forma, un poco perturbadora. Los seres humanos que persisten en nuestra memoria (sean van Gogh, Ribera, Chéjov, Rilke o Cage) han sido cualquiera, hombres “del subsuelo” según decía Deleuze, antes y después de ser alguien reconocido. Para ello es condición necesaria, aunque tal vez no suficiente, haber aguantado la tempestad abstracta del afuera, un tipo de mal que no es imputable a ningún verdugo conocido. Creo que el dilema es sencillo, como todo lo que importa. Para sobrevivir, a una vida amenazada mortalmente por dentro, una mujer o un hombre han tenido que volver a nosotros con una obra que les rebasa absolutamente. Una obra que ha salido de sus manos, para la cual sólo han sido médiums. La crítica sólo puede estar a la altura de esa irrupción, que tiene algo de inhumano, volviendo a reproducir con palabras esa singularidad sin equivalencia. Parece que me estoy poniendo muy metafísico, pero intento hablar del colmo del delirio que llamamos sentido común.

Es como si el capitalismo se hubiera vuelto artista, demasiado pendiente de agradarnos de modo superfluo. Obsesionado por complacer a todos los públicos sin distinción. Atrapado en un deseo de consumo global que malogra a la larga todas sus expectativas y proyectos.

Efectivamente, estamos ante uno de los peores peligros. Un tipo de poder que se presenta como “fan de ti”, que quiere que disfrutes, que seas feliz y hagas tu vida. Si antes el modelo era el rompeolas autoritario, patriarcal y tosco (que enseguida levantaba resistencias) ahora el orden social es sonriente, materno y participativo. Como un poder uterino, un líquido amniótico que sólo quiere protegerte. ¿A qué precio? Con una sola condición: que aceptes que eres una víctima, débil y en perpetua crisis. De ninguna manera se va a tolerar que alguien sea verdaderamente libre, independiente de la hipocondría general. De ahí nuestro delirio con la “soledad”. De ahí también que Virilio insistiese en que nuestro modelo humano, en el fondo, implica parecerse lo más posible a un “inválido equipado”. Y aquí un simpático militar recordaría: ¡Y ustedes no han visto nada todavía!

Esta tendencia a indiferenciar cualquier tipo de trabajo y conocimiento, véase sociedades del conocimiento, por ejemplo, ¿a qué nos lleva?

Me tengo que repetir, a la fuerza: nos lleva a la protección de la homogeneidad y la nivelación, a lograr una auténtica selección invertida. Igual que en los partidos políticos convencionales: el que no tenga ninguna idea propia ganará en los congresos. Es todo un dispositivo para discriminar positivamente la mediocridad. Es difícil separar las loas actuales al debilitamiento, a la sensibilidad, a la inteligencia emocional de esta homologación de la materia prima humana. Cada existencia debe transferir su sangre a un clon, a un avatar que sea plenamente social. Los llamamientos a la “creatividad” son, más que nada, un recurso para conseguir esclavos que además sean felices, en otras palabras, que la humanidad elegida no se ahogue en el tedio. 

¿Tan indiferentes somos como individuos respecto a otras épocas?

Jacques Lacan decía que el inconsciente no conoce el tiempo. No sólo me gusta la idea, sino que la extendería al horizonte entero de nuestras latencias. Nada importante en el hombre tiene tiempo. Debemos por eso atrevernos a “pensar como siempre”, a “vivir como siempre”, a “crear como siempre”. Solos frente a la muerte y, por lo mismo, generando continuamente comunidad. Esto es hoy lo más subversivo del mundo. Y no significa necesariamente dejar de ducharse y volver a volver a montar solamente a caballo (aunque la huida es una salida), sino más bien atreverse a usar la tecnología actual con una mano para, con la otra, seguir viviendo una vida que no dejará de ser elemental, por mucho que los nuevos mandarines nos vendan otra cosa.

¿No crees que abunda demasiado ese discurso cultural de determinada izquierda donde se representa a la CULTURA como salvación, como lugar donde solventar los conflictos políticos y sociales?

Sí, lo dije antes. Al final la religión siempre triunfa. Pero, religión por religión, prefiero la “antigua”, que sigue subsistiendo. Habla más claro, es menos simple y logra además una tensión mítica y literaria incomparable.

Abunda la fraseología y el eslogan como pensamiento o crítica, más que las argumentaciones y los debates más profundos. Se prefiere el consenso al disenso: la cervecita, la música y el buen ambiente en las exposiciones, y ni se te ocurra decir o hacer lo contrario.

Amenazo otra vez con repetirme. Nos cuesta mucho amar u odiar. El “buen rollo” de compartir y participar es la única salida de una cultura que no puede entender más que negativamente la violencia, por eso la duplica en formas terribles (para los otros) siempre que puede. Padecemos una incapacidad patética para la ruptura, para estar a solas con ningún fantasma (y todo lo importante tiene fantasmas, espectros no definibles), por eso buena parte de nuestras iniciativas se encharcan pronto en un penoso aburrimiento.

¿Cómo es que hay tanta oferta de artistas y obras, y tan poca gente que lea y las aprecie?

Porque vivimos en un mundo global que está sostenido por el narcisismo. Nuestro orden social es macro e indiscutible, como lo fueron pocas religiones de antaño, porque ha conseguido ser microfísico e infiltrarse en los tejidos de la vida. No debe ser casual que haya tantos dispositivos miniaturizados, portátiles. De este narcisismo que sostiene la “globalización” (o viceversa, tanto monta…)  proviene que cada uno haya de ser famoso al menos diez minutos a la semana. Para eso están las redes sociales, sirviendo una notoriedad a la carta. En contra de lo que se dice, la “privacidad” no está en peligro en las redes, sino apuntalada hasta el absurdo. Cada uno de nosotros es ya una estrella y, aunque se queje mucho, en el fondo está encantado de haberse conocido. Esto vale también para casi todos los submundos supuestamente alternativos, donde lo que se busca es otra identidad que nos permita escapar de lo que Arendt llamaba condición mortal. Creo que en el fondo es así de simple.

¿Qué valor le damos al tiempo? ¿Preferimos correr para no pensar?

Sí, eso es. El orden social antiguo controlaba a las poblaciones a través de los espacios. Nuestro dictado colectivo controla mucho más eficazmente a través del tiempo, que entra en cualquier espacio privado y en el mundo del ocio. Por tal razón trabajo y ocio tienden a indiferenciarse. Jamás el tiempo ha estado más milimetrado, en un orden social que funciona sin interrupción las 24 horas del día. Este “real time” del cuerpo social ha conseguido hace prácticamente imposible el instante, que es el espacio temporal en el cual se produce cualquier acontecimiento (breve y largo, rápido y lento a la vez) que nos cambia la vida. En este aspecto, la velocidad de la circulación, la rapidez del reemplazo perpetuo, es nuestro canon, pues nos libra del silencio, del temible “tiempo muerto” en el cual todavía podría ocurrir algo. Corremos para no tener destino, para que lo real no nos toque por ningún lado.

¿Si no tenemos un proyecto útil, rentable aprovechable para el futuro, no somos nada?

Ser o no ser, nada o algo, es algo que sólo cada existencia puede decidir. No tiene, en cualquier caso, nada que ver con el concepto de utilidad, que siempre está impuesto desde un modelo externo, aunque se presente como “general”. 

¿Habría que resistirse a este paradigma económico?

No es un modelo económico: Marx dejo intacta la forma de la economía, el corazón del capitalismo como cultura. Esta alianza de aislamiento y socialización, de insularidad y conexión que son la economía y la tecnología, construyen toda una metafísica. Tejen, con el pequeño relato cotidiano, una teleología de la historia que sistemáticamente favorece lo general sobre lo individual, lo mundial sobre lo local, lo masivo sobre lo singular. El problema es que al dejar atrás lo singular estamos abandonando el eje arcaico que nos mantenía vivos y también la única posibilidad que tenía lo común, de que alguna vez se produzca el acontecimiento del encuentro.

Dada la situación desastrosa, la imposibilidad de un trabajo duradero y digno, los problemas de identidad y la incertidumbre al futuro, parecemos adolescentes perpetuos. ¿Cómo puede actuar la filosofía en esta situación? ¿Cómo madurar de una vez?

Somos adolescentes perpetuos porque nos falta lo trágico, algo no elegido frente a lo cual madurar y poder ser joviales. Por todas partes se nos ha expropiado el trauma, una vía de contacto y resurrección a través del choque. Lo peor que ha hecho este sistema con el hombre es prometer ahorrarle la violencia de vivir. Al hacerlo, le ha quitado también la alegría. Constituye una catástrofe sin precedentes que lo que se llama contestación cultural se haya tragado el anzuelo.

¿No crees que hay mucho cinismo en las redes sociales, mucho señalar al otro, al “malo”? Si somos tan listos y críticos, ¿por qué las cosas van como van? ¿Reproducimos los modelos mediáticos de los que tanto nos quejamos? 

Absolutamente. Facebook representa la idiotez media que nos salva de las sombras, nuestros demonios familiares: la soledad, la marginación social, el no “estar al día” y no ser “popular”, etc. Encarna directamente la estupidez de un limbo ingrávido, igual que nuestra vida social media y todo lo que, echando balones fuera, llamamos “capitalismo”. Definir un perfil y asociar amigos. Aislarse y compartir imágenes o frases impactantes. No es sólo el fin de lo que llamábamos lectura, es el fin de un mundo exterior. Si hubiese una “teoría de la conspiración” plausible (no creo en ella) sería esta idiotez juvenil que se ha extendido hasta la tercera edad. Idiotez que nos ha convertido en adolescentes crónicos y, a la vez, en seniles, incapaces para el riesgo. ¿Pesimismo? No, estoy jugando (pobre de mí) a provocar algo. Es nuestro orden social el que es aberrantemente pesimista. Y sólo podemos curarnos de él recuperando una cierta dosis de violencia de la que hemos sido expropiados.

Se abusa mucho de la palabra libertad, ¿quizá antes que libertad habría que hablar de necesidad?

Sí, libertad es una palabra gastada y sobrevalorada. ¿Qué hemos elegido, en realidad? ¿Nacer? No. ¿El nombre, el tono de voz, la personalidad, el carácter? Tampoco. Creo que un ser humano se pasa la vida dándole forma, haciendo tratable y llevando al lenguaje, lo que ha recibido desde atrás, desde un pasado no decidido. Bien entendida, supongo que la libertad consistiría en atravesar la necesidad, en dialogar con todo aquello que me ha influido y se ha depositado en mí. Pero me temo que estas ideas, próximas a Freud, a Nietzsche y a Spinoza, no serían demasiado populares hoy en día. Por el contrario, nuestra mitología es la de la elección espectacular, a todo trapo. Adelante, pues, hasta el ridículo final.

¿Qué y cómo crees que debería ser hoy la escuela?

Es cierto que en esta bendita nación las cosas difícilmente podían ser peores, y no sólo por la labor de zapa de los gobiernos. Pero tampoco sé si esta cuestión tiene mucha importancia, ni si (en España o fuera) tiene remedio. La escuela debería dar entrada al viento del exterior, a la dureza de algunas irrupciones “salvajes”, en vez de a tanta medianía que ya han triunfado en la escuela… lo cual es, además, el colmo del círculo vicioso. Quiero decir, seguir más a Berger y a Handke, a Valente, Guerin o Erice, que a los Marina,  los García Márquez, los Pérez-Reverte o los Savater. Pero ya digo, no sé si esto es posible o, de producirse, si cambiaría algo en una cultura tan configurada como la nuestra. Sí sé que cuando hay algo que vale la pena, llámese Sylvia Plath, Nick Cave, Lispector o Loznitsa, no viene de la escuela… aunque haya pasado (en general, sangrando) por ella.

Y por último,  ¿qué y cómo crees que debería ser hoy un libro de filosofía?

Intenso y lapidario. Piadoso y, por lo mismo, perturbador. Breve por su intensidad, aunque sea largo como un día sin sol. Debe generar vacuolas de no-comunicación en la que podamos aprender a respirar de nuevo. Como La piel de Malaparte o algunos libros de Virilio o Pasolini. Como algunos textos de Sokurov, de Badiou, de Agamben o Han. Es necesario vivir, sentir, pensar y crear en los márgenes de nuestra asfixiante cultura de la mediación.  Como diría Baudrillard, en nombre de lo que él llamaba la operación poética de la forma, casi “todo lo malo que le pase a esta cultura me parece bien”.

Ignacio Castro Rey, Incomunicado, entrevista de Alex Serrano para Psychonauts , fronteraD, 28/06/2014