dimecres, 30 de març de 2016

Redes nº 81. Els 12 pilars de la intel.ligència.

El mite de la competitivitat.


Que no eres competitivo es lo peor que alguien te puede decir hoy en día. Vaya, que eres un don nadie, que no eres nada. La competitividad se ha convertido en el gran valor moral de nuestro tiempo: se aplica por igual a empresas, personas, instituciones….Es el gran argumento que se utiliza para justificar solemnemente cualquier barbaridad. Y ay!! de ti si no aceptas compungido tu culpa si has fallado. Estás acabado¡ 

En medicina y psicología, por ejemplo, la competitividad es ciega, extrema, y ha hecho auténticos estragos. Según diversas revisiones, el 85% de los artículos científicos en estas materias no aportan nada, están carentes de valor. Eso sí, están basados en las más feroces reglas de la competitividad en una batalla sin fin con otros miles y miles de artículos que necesitan también ser publicados a cualquier precio. “Publish or perish” (publica o perece). Esta es la regla. 

Por suerte, está ese otro 15% de artículos que profundizan en las realidades, estudian aspectos nuevos, aportan algo a la comunidad….….artículos que muchas veces tienen problemas para ser publicados porque justamente por ser innovadores cuestionan aspectos del statu quo y de los modelos dominantes. Así, el famoso artículo sobre la simbiogénesis de Lynn Margulis, que planteó nuevas perspectivas muy importantes en biología, fue rechazado por 18 prestigiosas revistas científicas y tardó muchos años en ser publicado. Lamentablemente los enormes esfuerzos personales de los investigadores y los cuantiosos gastos económicos que suponen ese 85% de los artículos que no aportan nada quedan ahí. Entristece pensar en todo lo que se podría hacer con ese tiempo y dinero. 

En la vida existen obviamente muchos problemas, conflictos, dificultades. Y por supuesto, competir es una opción a tener en cuenta y que en determinados contextos, es interesante, incluso inevitable. Pero la ideología que considera que todo se arregla compitiendo ciegamente va contra toda lógica y la más mínima observación de la realidad.

Que la competitividad es la gran solución a todo no es más que una falacia vinculada al modelo social dominante, que justifica exigir siempre más y más a los de abajo, generándoles además una gran inseguridad porque siempre se plantea que no lo están haciendo suficientemente bien y que deben ir más allá. 

Los propios estudios matemáticos sobre la teoría de los juegos, las ecuaciones de Axelrod sobre el famoso “dilema del prisionero”, nos muestran cómo a la larga la competición no es la mejor estrategia para resolver los conflictos, por otra parte inevitables en la convivencia entre los seres humanos. A la larga es más adaptativo, más inteligente, procurar buscar soluciones cooperativas e innovadoras que gastar energía peleando y compitiendo ciegamente. Porque, a diferencia de lo que el sistema pretende hacernos creer, los seres humanos no somos lobos solitarios y lo que ha permitido nuestro desarrollo como especie es, en gran parte, nuestra capacidad de colaborar y crear.

Joseba Achotegui, La falacia de que los conflictos se resuelven peleando y competiendo, Público 27/03/2016

La creativitat i el mite dels dos hemisferis.


Es común en nuestros días escuchar la clásica frase: “Si eres creativo utilizas más el hemisferio derecho y si eres analítico entonces utilizas más el hemisferio izquierdo del cerebro” así también nos encontrarnos con una variedad de cursos, aplicaciones y documentos que nos enseñan a lograr una perfecta armonía entre ambos hemisferios. Pero, ¿utilizamos realmente un hemisferio más que otro según la tarea que desempeñamos?

Se ha convertido en conocimiento general para la mayoría de las personas que el hemisferio izquierdo es dominante para el lenguaje y el hemisferio derecho, por otra parte, está implicado con mayor profundidad en el procesamiento emocional y representa los estados emocionales de las demás personas. Sin embargo, las diferencias entre estos hemisferios no son tan claras como nos hace pensar el tan difundido mito. Por ejemplo, el hemisferio derecho está involucrado en el procesamiento de algunos de los aspectos del lenguaje, como la entonación y el énfasis.

La información que tenemos sobre las diferencias funcionales del cerebro provienen de notables estudios sobre el cerebro dividido a inicios de los años 70, en pacientes a los que se le tuvo que cortar el cuerpo calloso (las fibras de conexión entre los dos hemisferios) como último recurso para el tratamiento para la epilepsia. Entre los más reconocidos investigadores encontramos a los psicólogos Roger Sperry y Michael Gazzaniga, quienes presentaban estímulos a un solo hemisferio a la vez, y descubrieron que las dos mitades del cerebro actuaban como entidades independientes con estilos de procesamiento diferentes.

Pero es importante recordar que en las personas sanas los dos hemisferios cerebrales están bien conectados y se han desarrollado para funcionar en conjunto, compartiendo información a través del puente al que llamamos cuerpo calloso. Los neurocientíficos que trabajan hoy en día en este campo están interesados en conocer cómo se produce esta coordinación.

También tenemos que tener en cuenta que el tipo de tareas de la vida cotidiana que requieren de un hemisferio en específico, no se ajustan perfectamente a este tipo de categoría Izquierdo-derecho. Tomemos el ejemplo de la creatividad. Podemos encontrar útil la simple explicación de dividir las tareas creativas y repetitivas, pero en la realidad estas tareas son más complejas y existen muchas maneras de ser creativo.

Algunos estudios han demostrado que el hemisferio derecho parece estar más involucrado cuando tenemos un destello de intuición. Por ejemplo, un estudio encontró que la actividad era mayor en el hemisferio derecho cuando los participantes resolvían una tarea a través de una visión y no por partes. Otro estudio mostró que la exposición breve a una pista de rompecabezas era más útil para el hemisferio derecho que el izquierdo, como si el hemisferio derecho estuviera más cerca de la respuesta.

Pero el insight es sólo un tipo de creatividad. Contar historias es otra. Una de las ideas más fascinantes de los estudios del cerebro dividido era la forma en que el hemisferio izquierdo participada en el proceso de inventar historias mientras que el hemisferio derecho buscaba la explicación, era como lo denominó Gazzaniga, el “fenómeno intérprete”. Por ejemplo, en un estudio, un paciente debía completar una tarea de coincidencia de imanes utilizando su mano izquierda (controlada por el hemisferio derecho) para que coincida una pala con una imagen de una tormenta de nieve (que se muestra sólo en el hemisferio derecho). Luego se le preguntó al paciente por qué había hecho esto. Pero su hemisferio izquierdo (el origen de la palabra), no admitió saber. En su lugar, se confabulo diciendo que había llegado a la pala para limpiar el gallinero (la imagen que se le mostró en el hemisferio izquierdo era de una pata de ave).

En una descripción general del cerebro dividido en el 2002 Gazzaniga concluyó en un artículo para la revista Scientific American, basado en el fenómeno intérprete y otras conclusiones, que el hemisferio izquierdo “inventa e interpreta”, mientras que el hemisferio derecho del cerebro es “veraz y literal”. Esto refuta el clásico mito inventado.

Si la evidencia científica contradice el mito del hemisferio izquierdo como lógico y el hemisferio derecho como creativo, entonces, ¿por qué se mantiene vigente hoy en día apoyado por diversos profesionales? Una posible explicación es que este mito tiene una simplicidad seductora. La gente busca preguntarse ¿qué tipo de cerebro tengo? Pueden buscar información en Internet y comprar aplicaciones para orientar y mejorar su mitad más débil. Es difícil luchar contra ese sistema de creencias diciendo que en realidad el funcionamiento de nuestro cerebro es mucho más complicado, pero como profesionales de la salud mental debemos informar y eliminar un mito tan simplista como es el de la forma en que nuestros cerebros realmente funcionan.

David Aparicio, Los hemisferios cerebrales, mitos y verdades, Psyciencia 26/12/2012

Quan el físic es fa metafísic.

Isaac Newton

Se quejaba Newton de no haber logrado deducir de los fenómenos  la razón o causa de la gravedad. Ello no le impide describir matemáticamente los fenómenos gravitatorios y efectuar una generalización por inducción a la que, para gran escándalo de algunos, califica de Filosofía, aunque añade la coletilla experimental, es decir, filosofía natural experimental y que no es otra cosa que una física experimental.
Una parte del trabajo de la física consiste en efecto en una descripción genérica de fenómenos, es decir generalización de lo reiteradamente constatado, que una vez formalizada e inserta  en un conjunto consistente vienen a formar parte de  una teoría. En función de esta teoría la física hace previsiones relativas a lo que puede acontecer. Ejemplo canónico: mediante generalización por inducción,  Newton concluye que los cuerpos carentes de soporte en el entorno de la Tierra se aproximan a la misma de tal suerte que en un primer segundo recorren 9.83 metros,  en el segundo posterior doblan ese recorrido, en el tercero tres veces,  y generalizando: cada segundo incrementan su velocidad en una magnitud de  9.83 metros por segundo.  Erigido este comportamiento en regla de los graves en torno a la Tierra podemos efectuar una previsión sobre el lugar en el que se hallará por ejemplo dentro de cinco segundos   un cuerpo queahora abandonamos en "libre" caída. Esta generalización a partir de la experiencia era al decir de Newton suficiente para esa  "filosofía experimental" a la que se refería.
Ya he indicado que Newton soslayó la pregunta fronteriza sobre  la causa o razón que mueve a los graves a ser tales, y además a serlo  con tal determinación precisa (9.83 metros por segundo cada segundo). La renuncia de Newton a incluir tal interrogación en el compendio de la ciencia física, suponía de facto soslayar la aporía siguiente: la gravedad newtoniana parecía dar testimonio de la existencia de una fuerza que opera en la distancia, contrariamente a lo que por doquier se muestra como condición de posibilidad de que se ejerza una fuerza.
Pues como bien constatamos en la relación cotidiana con las cosas del entorno, la influencia de un objeto A sobre un objeto B, o bien se efectúa por directo contacto de A sobre B, o por contacto con una tercera entidad  C que a su vez está en contacto con B. No sólo constatamos esto una y otra vez,  sino que hemos generalizado tal constatación hasta el punto de vivir como si se tratara de un principio general de la naturaleza, un principio que no hay que explicar sino que sería presupuesto no susceptible de ser puesto en tela de juicio por explicación alguna.
Vemos pues que si Newton se hubiera decididamente abierto a la interrogación sobre la  sorprendente caída de los graves ello le hubiera conducido a interrogarse sobre la legitimidad  del principio por el cual estamos seguros de que (salvo las artes de un mago) no se conseguirá que lo que acontece en la distancia nos afectedirectamente  (es decir sin la mediación temporal exigida por las cosas que se interponen entre nosotros y lo que pretende afectarnos). Si no hubiera renunciado a explorar el curioso fenómeno de la aparente acción a distancia con el tremendo argumento de que la ciencia natural no exige aventurar conjeturas al respecto (Hypothesis non fingo), Newton se hubiera en suma visto obligado a enfrentarse al problema de la universalidad de un postulado o presupuesto que rige nuestro lazo cotidiano con el entorno natural. Y haciendo tal cosa no sólo hubiera respondido mayormente a su condición de físico sino que (por el hecho mismo de haberse enfrentado a los presupuestos de la física) hubiera devenido metafísico.  
Hay aquí como una especie de paradoja: al no interrogarse sobre un caso de aparente acción a distancia, al soslayar el problema de la "razón de la gravedad", Newton está fallando a la exigencia de inteligibilidad que es la marca misma de la ciencia. Renuncia... a su pesar (como lo muestran múltiples textos en los que se queja de su impotencia), pero renuncia fin y al cabo, es decir: lo que él llama "filosofía experimental", que se satisface  con la generalización por inducción, no es propiamente esa filosofía natural que se confunde con la física, la cual,  en palabras de Leibniz,  "busca siempre la razón". Pero como aquí vengo mostrando el término filosofía es  equívoco y de hecho en tiene arranque allí mismo dónde la física encuentra una aporía que le hace reflexionar sobre sus propios cimientos. En síntesis:
1) La física da por supuesto la exigencia de un principio  de continuidad-localidad que excluye la acción a distancia y otorga inteligibilidad a los fenómenos, mostrando que obedecen al mismo. Tal cosa ocurre con todos y cada uno de los principios ontológicos. La filosofía no puede ser meramente experimental porque entre su vocación está el escarbar en los cimientos que sustentan toda experimentación posible. Estos cimientos son los principios ontológicos asumidos por el físico y van incluso más allá  incluyendo  también los relativos a la matemática, como por ejemplo el principio de no contradicción, axioma fundamental de esta disciplina, pero del cual el matemático jamás se ocupa explícitamente (salvo para denunciar que algo lo contradice), dejando tal tarea para el filósofo
2) La física entra en crisis cuando el principio de contigüidad- localidad  (o cualquier otro de los principios ontológicos) parece fallar. En el caso de la gravitación newtoniana se trataba sólo de un fallo aparente (que la teoría del campo gravitatorio o las ondas gravitatorias de Einstein vendrá a superar). Es decir, el problema es resuelto por la propia física.
3. En ocasiones se dan fenómenos (así el comportamiento de los fotones en el experimento de Aspect) en los que indiscutiblemente queda en entredicho que la localidad sea un principio ontológico universal, es decir algo a lo que la naturaleza necesariamente obedece. Es entonces cuando el físico se ve conducido a hacer inmersión en sus cimientos, forzado a pensar la localidad (como Aristóteles pensaba el "principio más firme", es decir el principio de contradicción que el matemático asumía sin reflexión); es entonces cuando el físico se hace metafísico. 
Por el hecho mismo  de intentar explicitar los principios rectores del orden natural,  de intentar  ponerlos sobre la mesa, la disposición del físico ha cambiado, ha tomado una distancia sobre su propio quehacer, ha traspasado hacia la filosofía: aun escrupulosamente  respetuoso  de la física, y  estudioso de esta disciplina, no se contenta ya con la tarea de la física.
Pues la mera la descripción,  archivo y racional intelección de los fenómenos físicos de no exige en absoluto abordar la cuestión de las evidencias y principios fundamentales que posibilitan todo lo anterior. Basta con someterse a los mismos y repudiar toda conjetura que los contradiga.
Víctor Gómez Pin, Física experimental, física que da razón, meta-física, El Boomeran(g) 29/03/2016

El dilema del tramvia.


Un tranvía corre sin frenos hacia cinco trabajadores que, ajenos a la desgracia que les espera, arreglan unas traviesas. Si nadie lo remedia morirán arrollados. Por fortuna, alguien lo puede remediar, usted, que presencia la escena: basta con que cambie las agujas para desviar el vagón hacía una vía muerta en la que solo hay un trabajador. Es cierto que ese trabajador morirá, pero se salvarán los otros cinco. ¿Cambiaría las agujas sabiendo cuál es el resultado de su decisión?

Si considera que salvar a cinco personas es la mejor opción en este caso, coincidirá usted con la mayoría de la gente: en efecto, el 90% dice que cambiaría las agujas. Sin embargo, imagine que se encuentra ante una situación similar a la anterior, pero ahora en lugar de cambiar las agujas tiene que empujar a una persona muy gorda para que con su gran volumen detenga el tranvía. Esa persona también morirá sin remedio, pero las otras cinco se salvarán. ¿La empujaría? ¿Qué le dictan sus intuiciones morales en este caso?

Aunque de nuevo se trata de salvar a cinco personas a costa de una, en esta ocasión solo un 25% de la gente asegura que daría el empujón fatal: no es lo mismo matar que dejar morir; eso es lo que, al parecer, nos dicen nuestras intuiciones morales. ¿Y si el que está en la vía muerta es su padre? ¿Y si es su hijo? ¿Los sacrificaría para salvar a cinco personas? La intuición nos dicta que no tenemos por qué cambiar las agujas. ¿Y si es un niño desconocido? En tal caso, las intuiciones morales de hombres y mujeres son distintas, pues ellos dicen estar dispuestos en mayor medida que ellas a desviar el tranvía.

Las intuiciones morales –la percepción inmediata de que una acción es moralmente correcta o incorrecta– son importantes para entender muchas de nuestras decisiones, convicciones, dilemas y contradicciones. Esas intuiciones a veces son claras y la reflexión las confirma; otras, sin embargo, son confusas, poco fiables y están sesgadas por todo tipo de prejuicios. En cualquier caso, es preciso conocerlas bien, tanto su naturaleza como sus fundamentos, dado que nos sirven de guía para la acción moral. Esa es, precisamente, la tarea de una nueva rama de la filosofía denominada ‘ética experimental’. Ahora bien, ¿‘ética’ y ‘experimental’ no son términos contrapuestos? ¿Cómo puede ser experimental una disciplina que trata sobre el deber ser, sobre cómo debemos comportarnos?

La filosofía se ha considerado ajena a la producción de datos, lo que no significa que haya carecido de interés por ellos y por las ciencias que los generan. De hecho, durante los siglos XIX y XX (cuando la separación entre ciencia y filosofía ya es completa) buena parte de la mejor filosofía se apoyó en datos científicos de todo tipo, sociales y naturales, para reforzar o ilustrar sus teorías. Sin embargo, no era su misión producirlos; antes al contrario, cómodamente sentado en su butacón, el filósofo especulaba sobre los fundamentos de la realidad natural, social o política y sobre la naturaleza de la moral sin mancharse las manos con cuestiones empíricas. Con el surgimiento de la ética experimental, apenas hace diez años, ese panorama cambió por completo: como otras ramas de la filosofía, la ética se ha propuesto ahora generar sus propios datos.

¿Pero qué necesidad tiene la ética de producir datos? ¿Qué busca? Busca intuiciones morales como las del ejemplo del tranvía u otras similares sobre egoísmo, altruismo, virtud, tolerancia, honradez, corrupción, crueldad, generosidad, etc. ¿Devolvería usted una cartera llena de dinero? ¿Llegaría tarde a una importante cita por ayudar a alguien? ¿Renunciaría a un soborno millonario? La ética experimental estudia las intuiciones morales de la gente para conocer su naturaleza y sus límites, propiciando al mismo tiempo que las teorías éticas sean más realistas. Supongamos que ningún ser humano estuviera dispuesto a mover las agujas del tranvía para salvar a cinco personas frente a una, ¿qué sentido tendría que una teoría nos dijera que el cambio de agujas es lo correcto? Parafraseando a Kant, podemos afirmar entonces que las teorías éticas sin intuiciones son ciegas, pues resultan ajenas a la psicología moral humana (teorías para dioses o demonios); pero las intuiciones morales sin teorías son vacías, pues nos guían de forma contradictoria en demasiadas ocasiones.

Así pues, lejos del confortable butacón, filósofos y filósofas llevan a cabo experimentos hipotéticos o reales similares a los de la psicología o la economía. En los primeros, los participantes deben expresar un juicio moral sobre una situación hipotética dada (el problema del tranvía, por ejemplo); en los reales, tienen que tomar una decisión moral, ya sea de forma individual o como producto de la cooperación. Imagínese, por ejemplo, que en el laboratorio de ética le entregan 20 monedas de un euro y tiene que decidir si darle a otra persona, elegida al azar, una moneda, o dos, o tres, o cuatro, o cinco… o todas, o bien puede no darle ninguna; esto es, se queda usted con los 20 euros. A su vez, la persona en cuestión tiene en su mano aceptar la oferta –por ejemplo, usted le ofrece 4 euros– o rechazarla. Ahora bien, si la rechaza ambos se quedan sin nada. ¿Usted cuánto ofrecería? ¿Cuál es su intuición moral en este caso? ¿Cuál sería la oferta más justa?

Experimentos hipotéticos o reales ponen a las personas, pues, frente a su concepción del bien y lo correcto; y las teorías éticas se benefician de ese conocimiento. De vuelta al butacón se puede especular de nuevo sobre principios y consecuencias morales apoyándose en bases más firmes. La ética experimental consigue así elaborar teorías normativas y empíricas a la vez; logra, en otras palabras, ser filosofía y ciencia al mismo tiempo. Démosle la bienvenida.

Fernando Aguiar, ¿Matarías a una persona para salvar a cinco? Ética e intuiciones morales, Ciencia para llevar. Blogs 20 minutos 13/01/2016



* Fernando Aguiar es investigador del CSIC en el Instituto de Estudios Avanzados (IESA).

dimarts, 29 de març de 2016

La serie 'Manhattan': "Debemos ser monstruos hoy, para detener a los monstruos de mañana".


Manhattan, la serie del canal WGN America no traslada al espectador a la Gran Manzana. El título de la segunda serie de producción propia de la cadena hace referencia al nombre del proyecto del Gobierno de Estados Unidos para desarrollar la bomba atómica en los años cuarenta. Para ello, un grupo de científicos (y sus correspondientes familias) son recluidos en una instalación militar en medio del desierto. Los científicos no pueden decir nada sobre su trabajo, ni siquiera a sus familiares más directos. En esas circunstancias, la vida no es fácil. Y menos cuando empiezan a surgir dudas morales sobre lo que se está haciendo, las consecuencias que tendrá y lo que se está dejando en el camino a cambio.

Lo que al principio parece una serie sobre científicos y sus familias, va encaminándose hacia una serie sobre científicos... en la guerra. De vez en cuando ocurren cosas que recuerda a los protagonistas que son parte de la guerra que se está librando fuera de la valla que les mantiene confinados. Los sacrificios son cada vez mayores. Con el paso de los capítulos, los personajes van evolucionando y en nada se parece la pareja recién llegada al lugar de los primeros compases a la misma pareja unos capítulos después. 

Los personajes trabajan y viven con el peso de estar construyendo el arma más mortífera de todos los tiempos. Una siniestra pizarra en el despacho de Frank Winter, una de las mentes más brillantes de EE.UU., recuerda el número de soldados americanos muertos en la contienda. Algunos personajes se tratan de convencer a sí mismos de que es lo correcto, de que en realidad evitan muertes terminando con las guerras para siempre. El secreto destruye sus vidas personales, el peso de la responsabilidad aniquila poco a poco su existencia.

Charlie Isaacs es un joven y ambicioso físico que representa mejor que nadie lo que está en juego. Es judío, como muchos de los que estaban en aquellas instalaciones de Nuevo México, tiene familia en Europa y hará lo que sea para vencer a los nazis. Y, sin intención de hacer spoilers, lo que sea significa eso mismo: traición, mentiras, utilización de tus seres queridos, lo que sea. En un momento del derrumbe continuado que es su vida personal discute con su mujer Abbie que le reprocha su mutismo y su adicción al trabajo. Él le dice: “Te estoy protegiendo” y ella le reprocha: “¿Cómo? ¿Construyendo una máquina que nos borre de la faz de la tierra?”.

El propio Winter tiene una colección de frases lapidarias para justificar las faenas, por ser fino, que hace a los de su alrededor: “Cuando llegue hasta allí a nadie le habrá importado cómo” o “Esto es un juego de suma cero y cada movimiento cuesta una pieza”.




Lo que sigue es la transcripción del discurso que Charlie Isaacs, representante científico en el Comité de Objetivos, da ante los altos mandos militares y políticos norteamericanos que deciden el futuro de la guerra, poco antes de la realización de la prueba decisiva de la que será la primera bomba atómica. Creo que vale la pena tener en cuenta para comentarlo desde un punto de vista ético.

Cuando vine a trabajar aquí, no tenía ni idea de lo que estábamos haciendo. Cuando me enteré, al principio quise marcharme. Desde que estoy aquí he hecho cosas que nunca creí que fuera capaz de hacer. Me convencí a mi mismo de que estábamos aquí para proteger a nuestros niños de la Gestapo.

Mi mujer acaba de enviar a mi hijo de vuelta al este. Fue anoche. Dice que lo protege de mí. Me ha dicho que soy un monstruo, un asesino. Quería decirle que estaba equivocada, pero … no pude.

He venido aquí con un discurso preparado. Pensaba decirles que detonaran la bomba en una isla desierta, que fuera una demostración de poder para el Alto Mando japonés. Iba a decirles que Hirohito se rendiría al instante y que se contuvieran para que nos pudieran temer y amar, y después perdonar por haber sido los primeros en traer este artefacto al mundo.

Sin embargo, la verdad es que o podemos ser amados o podemos tener la paz, pero no ambas cosas a la vez. Así que, si queremos cambiar el mundo. Y queremos de verdad cambiarlo, caballeros. Si queremos cambiar el mundo debemos aceptar lo que el mundo nos llame cuando hayamos terminado lo que hemos empezado. Monstruos, nos llamarán. Monstruos que borraron una ciudad sin avisar. Una ciudad llena de civiles. Detonaremos la bomba a una altitud que nos dé un radio de explosión lo más amplia posible con el objetivo de conseguir la máxima destrucción. La máxima destrucción de infraestructuras: casas, hospitales, escuelas … Debe ser catastrófico, de un alcance que nadie ha imaginado jamás. Si la bomba se detonase en una isla desierta, puede que detengamos esta guerra, pero no las siguientes. El arma que estamos probando, Fat Man (lo que en la realidad después será Litle Boy) no es nada. Su poder lo calculamos en kilotones de TNT. Dentro de 20 años, calcularemos el poder de las bombas en megatones. Así que les ruego por sus hijos, por sus nietos que le muestren al mundo la cara del mal al menos una vez. Vean más allá.

Como especie nos falta imaginación. No concebimos las grandes tragedias, los genocidios, las grandes hambrunas, una guerra atómica hasta que los vivimos. Tenemos que soltar nuestra bomba en una ciudad en el corazón de Japón. Porque la gente necesita algo que temer. Porque el miedo es ahora y siempre ha sido lo único que mantiene la paz. El miedo es la única cosa que cambia el mundo. El miedo lo cambia todo y a todos. Debemos ser monstruos hoy, para detener a los monstruos del mañana.


(Este discurso tiene lugar en el capítulo nueve de la segunda temporada.).

La precisió de la poesia.



El silencio de las montañas nevadas al anochecer es significativo, aunque dé miedo. Siempre hay lenguaje, palabras, un modo u otro de lengua. Es inconcebible la existencia de seres sin lenguaje, así como una esquina de la tierra sin signos. El lenguaje es solamente la comunidad de ser y de diálogo, la profunda energía, llena de ecos, que se concentra en cada punto de materia. Hasta una piedra emite un leve rumor que atestigua su larga y accidentada biografía. Tened cuidado, las rocas no están muertas, advierten el Libro del Tao u OM, de Watts. La materia siempre es presente en una mente cualquiera, en el diálogo incesante que es la presencia. Es imposible que haya una piedra cualquiera sin que alguien no necesariamente tú, ni yo, ni ella, sino el alguien del espíritu diga alguna palabra, aunque no sea KAMEH, piedra o stone. Al principio, plegado en cualquier vértice de materia, ya estaba el verbo, por eso la relación del hombre con el mundo es tan intrincada.

Nombrar es de hecho reconocer una especie de personalidad en las cosas. Nombrar como el primer hombre, llamar a las cosas "por su nombre" al pan, pan; al vino, vino es abrir una caja de truenos. Nombrar es aceptar una hermandad con la materia, aproximarse a su ser o dejarse penetrar por él: reconocerse en el verbo común. Por eso, con razón, la gente se enfada cuando alguien se olvida o confunde su nombre. De otra manera, las cosas también "se enfadan" cuando no aciertas a nombrarlas. De hecho, si es cierto que el amor te llama por tu nombre, el odio te arranca del nombre. Nombrar no solamente designa, corona un reconocimiento. No pertenece a un género, sino que él es su propio género. Tampoco tiene ya un lugar suyo en el mundo, un instante suyo en el acontecer, sino que porta consigo su aquí y ahora. "Allí donde está, está un centro; y allí donde abre la boca, hay un principio", leemos en La estrella errante.

Correr, sentir, dormir. No existen sustantivos sin verbo, materia sin energía ni acción. El verbo, que está en todo, también indica que no hay nada sin expresión, sin lenguaje, sin movimiento. Ninguna sustancia sin accidente. Los sustantivos se declinan, se conjugan como si fueran verbos. Cada nombre tiene una tonalidad y una orientación, un clinamen. Esta mesa, por ejemplo, es de madera gastada. La sustancia es el "soporte" de los accidentes porque ya incluye todos sus accidentes, porque la sustancia es el primer accidente, el original: necesariamente contingente. El accidente -madera gastada- es la sustancia: el ser es devenir, la verdad es lenguaje. "Yo, la verdad, hablo" (Lacan): en el principio era el verbo. Dios mismo, se dijo un día, no sería nada sin descender, sin encarnarse en un verbo. De igual manera, el nombre ya incluye los adjetivos. Nombrar es hacerse cargo de todos los atributos de un ser. Cuando el amor te llama por tu nombre, tal vez te llama porque se hace cargo de tus accidentes, por tanto, también de tu nombre secreto. Y a veces para acercarse al nombre basta con los adjetivos. La adjetivación puede ya prefigurar el nombre, prepararlo. Con frecuencia la proliferación del nombre propio, con su autoridad pública, corta la llaneza del sentido. Nunca se debe pronunciar un nombre en vano.

Oímos y vemos por todas partes palabras, las sentimos como la vida misma de las cosas. Estamos rodeados por sustantivos, adjetivos, verbos, toda una gramática de la materia y sus sombras. Las palabras no cesan de bailar, pulsar o repiquetear en nuestros sentidos, como el sentido mismo de la realidad. Y esta omnipresencia del lenguaje no es siempre fácil de llevar, pues puede acabar tomando un sesgo diabólico, agotador o sagrado. La neurosis estructural del hombre puede partir de aquí, de que todo tiene sentido. Hace falta mucho silencio para soportar interpretar, ignorar o aplazar el incesante sonido del mundo. La locura, la demencia como peligro de cualquier hombre también puede apoyarse en esta omnipresencia del sentido.

Es posible incluso que el llamado argumento ontológico se apoye en esta omnipresencia del lenguaje en el mundo, en la presencia mental del mundo. Por tanto, en la circularidad de lo intelectual y lo material, de esencia y existencia: al fin y al cabo, es eso, que en cada cosa aliente una idea, lo que significa que el lenguaje se confunda con el mundo. Dios, su omnipotencia, sólo es el hecho de que la existencia es incesantemente significativa. Incluso cuando es discreta, la existencia es en sí misma la esencia, lo absoluto. El orden de las palabras es finalmente el orden de las cosas. Así, cada cosa es trascendente, cargada en sí de una esencia absoluta. Probablemente, tal argumento roza de un modo u otro la "herejía panteísta"; o un cristianismo primitivo, mesiánico, que un Tomás de Aquino no puede aceptar. No obstante, es curioso que el cristianismo originario haya sido presentado a veces, desde dentro, como lo increíble proclamado en alta voz. El hecho de que quienes aceptan el argumento ontológico Spinoza, Leibniz, Hegel tengan mala relación con los milagros, con un supuesto orden sobrenatural elevado por encima de lo ordinario, avalaría esta idea de que, para los que mantienen una fe o un amor intelectual (Spinoza) hacia Dios, ya la naturaleza es milagrosa.

¿Hablamos entonces una lengua para conjurar ese lenguaje del mundo, para que el cosmos no nos hable al oído? ¿Hablar es el único modo de "librarse" del lenguaje? Sí, igual que pensar es la única manera de librarse de la maldición que puede ser para el hombre el pensamiento. Tenemos palabras para recibir el sentido, pero también defendernos de él y seleccionarlo. Darle forma al sentido a través de lenguaje ya es amansar el sentido. Quizás necesitamos palabras para defendernos del rumor que constantemente nos asedia... del mismo modo que necesitamos aprender a subrayar para defendernos del subrayado que nos rodea. Y esto no porque vivamos en un mundo eminentemente social y cultural en el cual han desaparecido las cosas o el hombre ha perdido la relación primaria con la tierra. Todo lo contrario, porque ya la relación con el orbe más elemental es un universo sofisticado donde miles de palabras entran en juego, con matices de sentido y subrayados implícitos. El cazador necesita subrayar experimentar e interpretar para moverse bien por las montañas, no menos que el instinto del ciervo necesita subrayar para escapar de las voces y el olor temibles de los hombres. Entre los hombres, quizás sólo la poesía está a la altura de las sensaciones y del instinto animal. La poesía, que pertenece a cualquiera, sería en ese caso el modo de lenguaje que reconcilia una lengua con el sentido, un código con el referente, una cultura con la naturaleza. El cosmos de la palabra se reencuentra con el caos del origen y la articulación con lo desarticulado.

Quizás por esta razón la poesía es a la vez precisa, como la matemática no lo es siempre, y abre también la ambivalencia del mundo. Logra que nos reconciliemos con el laberinto real, con su individuación por indeterminación. "Hay tanta soledad en ese oro", recita Borges en La luna

La naturaleza es lingüística o simbólica, nunca naturalista. Pero esto también significa que el lenguaje no es un patrimonio de los hombres. Lo quieran o no, el francés, el ruso, el español y el italiano se deben a lo que dice un exterior que no habla ningún idioma conocido. Precisamente por ello el lenguaje es lo más difícil del mundo, una gigantesca pulsación que cambia sin parar, muda y se equivoca. Que la naturaleza se estructura como un lenguaje es lo que la hace imprevisible y sorprendente, incluso peligrosa. Por tal distancia, indiferente a nuestros planes, el exterior con frecuencia nos subyuga con su belleza. También a veces, por esta alteridad natural que habla y no habla en ningún idioma conocido, tememos estar a solas con el exterior. Hasta en el transitado camino de Santiago puede haber recodos y horas inquietantes.

Ignacio Castro Rey, Las palabras de las cosas, fronteraD 26/03/2016

dilluns, 28 de març de 2016

El procés de resiliència (els aneguets lletjos).



Encontrar una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el comienzo del asunto: 'Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto?'. El hecho de que el patito feo encuentre a una familia de cisnes no lo soluciona todo. La herida ha quedado escrita en su historia personal, grabada en su memoria, como si el patito feo pensase: hay que golpear dos veces para conseguir un trauma. El primer golpe, el primero que se encaja en la vida real, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, sufrido esta vez en la representación de lo real, da paso al sufrimiento de haberse visto humillado, abandonado. 'Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto? ¿Lamentarme cada día, tratar de vengarme o aprender a vivir otra vida, la vida de los cisnes?'.

Para curar el primer golpe es preciso que mi cuerpo y mi memoria consigan realizar un lento trabajo de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento que produce el segundo golpe hay que cambiar la idea que uno se hace de lo que le ha ocurrido, es necesario que logre reformar la representación de mi desgracia y su puesta en escena ante los ojos de los demás. El relato de mi angustia llegará al corazón de los demás, el retablo que refleja mi tempestad les herirá y la fiebre de mi compromiso social les obligará a descubrir otro modo de ser humano. A la cicatrización de la herida real se añadirá la metamorfosis de la representación de la herida. Pero lo que va a costarle mucho tiempo comprender al patito feo es el hecho de que la cicatriz nunca sea segura. Es una brecha en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que siempre puede reabrirse con los golpes que la fortuna decida propinar. Esta grieta obliga al patito feo a trabajar incesantemente en su interminable metamorfosis. Sólo entonces podrá llevar una existencia de cisne, bella y, sin embargo, frágil, pues jamás podrá olvidar su pasado de patito feo. No obstante, una vez convertido en cisne, podrá pensar en ese pasado de un modo que le resulte soportable.


Esto significa que la resiliencia, la resistencia al sufrimiento el hecho de superar el trauma y volverse bello pese a todo, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social. (...) Todo estudio de la resiliencia debería trabajar tres planos principales:

1. La adquisición de recursos internos que se impregnan en el temperamento desde los primeros años, en el transcurso de las interacciones precoces preverbales, explicará la forma de reaccionar ante las agresiones de la existencia, ya que pone en marcha una serie de guías de desarrollo más o menos sólidas.

2. La estructura de la agresión explica los daños provocados por el primer golpe, la herida o la carencia. Sin embargo, será la significación que ese golpe haya de adquirir más tarde en la historia personal del magullado y en su contexto familiar y social lo que explique los devastadores efectos del segundo golpe, el que provoca el trauma.

3. Por último, la posibilidad de regresar a los lugares donde se hallan los afectos, las actividades y las palabras que la sociedad dispone en ocasiones alrededor del herido ofrece las guías de resiliencia que habrán de permitirle proseguir un desarrollo alterado por la herida.

Este conjunto constituido por un temperamento personal, una significación cultural y un sostén social explica la asombrosa diversidad de los traumas. Cuando el temperamento está bien estructurado gracias a la vinculación segura a un hogar paterno apacible, el niño, caso de verse sometido a una situación de prueba, se habrá vuelto capaz de movilizarse en busca de un sustituto eficaz.

El día en que los discursos culturales dejen de seguir considerando a las víctimas como a cómplices del agresor o como a reos del destino, el sentimiento de haber sido magullado se volverá más leve.

Cuando los profesionales se vuelvan menos incrédulos, menos guasones o menos proclives a la moralización, los heridos emprenderán sus procesos de reparación con una rapidez mucho mayor a la que se observa en la actualidad.

Y cuando las personas encargadas de tomar las decisiones sociales acepten simplemente disponer en torno a los descarriados unos cuantos lugares de creación, de palabras y de aprendizajes sociales, nos sorprenderá observar cómo un gran número de heridos conseguirá metamorfosear sus sufrimientos y realizar, pese a todo, una obra humana.

Pero si el temperamento ha sido desorganizado por un hogar en el que los padres son desdichados, si la cultura hace callar a las víctimas y les añade una agresión más, y si la sociedad abandona a las criaturas que considera que se han echado a perder, entonces los que han recibido un trauma conocerán un destino carente de esperanza. (...)

La emoción traumática

Hoy, esta patología afecta a cientos de millares de niños, víctimas de los bombardeos de los kibutz israelíes antes de la guerra de los Seis Días, a los desterrados por las deportaciones ideológicas de Pol Pot y de los jemeres rojos, a los desgarrados por la guerra en la parte meridional de Líbano, a los que padecieron las explosiones que han sacudido África, a los sometidos a las agresiones crónicas que sufren los palestinos, a los irlandeses, a los perjudicados por la violencia colombiana, a los damnificados por las incesantes represalias que se producen en Argelia y a los afligidos por otras mil violencias de Estado.

¡Las personas más afectadas por esta inmensa violencia política son los niños! ¡Varios millones de huérfanos, dos millones de muertos, cinco millones de minusválidos, diez millones de traumatizados, doscientos o trescientos millones de niños que aprenden que la violencia es una de las formas de las relaciones humanas! (...)

Las consecuencias psíquicas de estas inmensas agresiones se hallan bien descritas: los trastornos debidos al estrés postraumático constituyen una forma de ansiedad que se incrusta en la personalidad como consecuencia del impacto de la agresión. El agente estresante obliga a tener que codearse con la muerte y, por efecto del espanto, se impregna tan poderosamente en la memoria del niño que toda su personalidad se desarrolla en torno a esta aterradora referencia. La reviviscencia organiza la continuación del desarrollo cuando el recuerdo y el sueño hacen que el psiquismo reviva la memoria del tormento.

El niño, para sufrir menos, debe descubrir estrategias de adaptación que pertenezcan al tipo de evitación: puede aletargarse con el fin de no pensar, esforzarse por sentir desapego, tratar de evitar las personas, los lugares, las actividades e incluso las palabras que evocan el horror pasado, aún vivo en su memoria. Y como nunca ha podido expresar tanta negrura, porque era demasiado duro y porque le hacían callar, nunca ha aprendido a dominar esta emoción, a darle una forma humana, una forma que pudiera ser compartida en sociedad. Entonces, sometido a un afecto ingobernable, alterna el embotamiento con las explosiones de cólera, la amabilidad anormal con una repentina agresividad, la indiferencia aparente con una hipersensibilidad extrema.

Catástrofes y guerras

Sin embargo, dado que no se puede decir que un trauma produzca efectos predecibles, es importante analizar las variables de dichos efectos.

La primera variable que salta a la vista es que somos asombrosamente indulgentes con las agresiones de la naturaleza. A menudo perdonamos lo que nos hacen las catástrofes naturales, tal como las inundaciones, los incendios, los terremotos y las erupciones volcánicas. Construimos hospitales en Nápoles, sobre las laderas del Vesubio, reconstruimos ciudades cerca del monte Pelado en la Martinica, allí donde sabemos que volverán a ser destruidas. Tratamos de seducir al agresor y de canalizar su furia por medio de ofrendas o erigiendo diques y elevadas paredes. Le perdonamos porque nos seduce. Experimentamos tanta belleza ante un cielo teñido con los colores de un incendio, tanta fascinación ante el empuje de un torrente que arranca las casas, tanta admiración ante un volcán que arroja su lava, que deseamos, pese a todo, codearnos con el agresor. La multitud bloquea las carreteras ante un incendio, se aglutina a lo largo de las riberas inundadas y escala en procesiones familiares las laderas de un peligroso volcán.

En cambio, cuando se trata de relaciones humanas, el agresor pierde su poder de seducción. Nos reunimos para contemplar el incendio que nos transmite euforia, pero si asistiéramos a una escena de tortura, a una escena en la que un grupo de hombres humillara a otro, nos identificaríamos hasta tal punto con uno de los dos que la indignación haría que nos sublevásemos.

(...)

Los mayores agresores de niños, hoy y en todo el planeta, son los Estados que hacen la guerra o que provocan derrumbamientos económicos o sociales. Las agresiones familiares físicas, morales o sexuales son el segundo factor, y su efecto dañino es mucho mayor que el de las agresiones debidas a la mala suerte.

Las cifras de la agresión son obscenas. Decir que hay 30 millones de huérfanos en la India, y que, de ellos, 12 millones se encuentran en situación de extremada miseria, que hay cinco millones de niños discapacitados y 12 millones de niños sin cobijo provoca un cierto embotamiento intelectual, como si la enormidad de los números conllevara una imposibilidad de representación, como si la distancia del crimen inhibiera la empatía: 'Está demasiado lejos de nosotros, no nos podemos ocupar de todas las desgracias del mundo'. De hecho, 'estos grandes acontecimientos planetarios hipotecan, de por vida, el desarrollo de cientos de millones de niños en la actualidad, y el peso de este azote es lo suficientemente pesado como para ralentizar el desarrollo social y económico de numerosas naciones'.

Desde los bombardeos de Londres en 1942, sabemos que las reacciones psicológicas de los niños dependen del estado de los adultos que les rodean. Pero el bombardeo, peligroso en la realidad, no es lo que produce más trastornos subjetivos. El trauma es la asunción de la intersubjetividad. Cuando, durante los bombardeos, los niños estaban rodeados por adultos ansiosos, o cuando la inestabilidad del grupo, las evacuaciones, las fugas, las heridas o los muertos impedían la puesta en marcha de guías de resiliencia, una gran proporción de esos niños manifestaban trastornos que a veces eran duraderos. Sin embargo, cuando se encontraban rodeados por familias serenas, lo que no siempre era fácil, no manifestaban ningún trastorno psíquico. E incluso los niños solos conseguían salir mejor parados cuando, lejos de sus padres, experimentaban el placer de subirse a los tejados para asistir al maravilloso espectáculo de las deflagraciones, de los incendios y del derrumbamiento de las casas. (...) Lo que calma o perturba al niño es la forma en que las figuras de su vínculo afectivo traducen la catástrofe al expresar sus emociones. (...)

Comprender y actuar

Esto explica que los guerrilleros libaneses que presentaron menos síndromes postraumáticos, pese a haber padecido en ocasiones pruebas terribles, fueran aquellos a los que se vitoreaba, cuidaba y adulaba cuando regresaban a casa. Y también explica, por el contrario, que los veteranos estadounidenses de Vietnam se alteraran profundamente, ya que nada más regresar a su propio país fueron blanco de las críticas. (...) Durante mucho tiempo revivieron cada día los dramas en los que habían participado sin comprenderlos, sin dominar la acción ni su representación. Cuando una prueba carece de sentido nos volvemos incoherentes, puesto que, al no ver con claridad el mundo en el que vivimos, no podemos adaptar a él nuestras conductas.

Es necesario pensar un desastre para conseguir darle algún sentido, y es igualmente necesario pasar a la acción afrontándolo, huyendo de él o metamorfoseándolo. Hay que comprender y actuar para desencadenar un proceso de resiliencia. Cuando falta alguno de estos dos factores, la resiliencia no se teje y el trastorno se instala. Comprender sin actuar da pie a la angustia. Y actuar sin comprender produce delincuentes.

Durante las guerras, los que ven el drama sin actuar, los que observan pasivamente, forman el grupo de los que presentan el más elevado número de síndromes postraumáticos. 'Restricción en el empleo de las armas, ausencia de enemigo designado, pérdida del sentido de la misión; todos estos elementos se reúnen en la situación de pasividad, que constituye un factor de vulnerabilidad eminentemente desestabilizador y doloroso'. Según como sean las guerras, el número de casos de estrés traumático varía enormemente. La variabilidad de estos trastornos depende del contexto, que en unos casos concede a algunos soldados una posibilidad de resiliencia, mientras que en otros los hace vulnerables.

Actuar sin comprender tampoco permite la resiliencia. Cuando la familia se derrumba y el entorno social no tiene nada que proponer, el niño se adapta a ese medio sin sentido mendigando, robando y a veces prostituyéndose. Los factores de adaptación no son factores de resiliencia, ya que permiten una supervivencia inmediata, pero frenan el desarrollo y con frecuencia generan una cascada de pruebas.

En un medio sin leyes ni rituales, un niño que no fuera delincuente tendría una esperanza de vida muy breve. El hecho de poner su talento, su vitalidad y su desenvoltura al servicio de la delincuencia prueba que está sano en un medio enfermo. Cuando la sociedad está loca, el niño sólo desarrolla una estima de sí mismo teniendo éxito en sus correrías y riéndose de las agresiones que inflige a los torpes adultos. Cuando el mundo se cae en pedazos y desaparece la familia, la aprobación paterna ya no sirve al niño como modelo de desarrollo y cede el sitio 'a la aprobación de los iguales como elemento apto para la predicción de su propia estima'. Ahora bien, los 'primeros pasos de la estima de uno mismo se dan siempre bajo la mirada del otro'. Cuando, por causa de un hundimiento social, las relaciones se reducen a la fuerza, el niño se siente seguro desde el momento en que ha conseguido robar o ridiculizar a un adulto. Ésta es su manera de adaptarse a una sociedad enloquecida, pero esto no es un factor de resiliencia, ya que no le permite ni comprender ni actuar: no tiene sentido, es sólo una victoria miserable en lo inmediato. (...)

Cuando este proceso de resiliencia verbal, emocional y cerebral no se puede poner en marcha, el herido queda prisionero del acontecimiento pasado. (...) Sin embargo, el herido sólo se ve sometido a la impresión traumática cuando no tiene posibilidad de poner en marcha algunos factores de resiliencia.

El proceso de resiliencia permite a un niño herido transformar su magulladura en un organizador del yo, a condición de que a su alrededor haya una relación que le permita realizar una metamorfosis. Cuando el niño está solo, y cuando se le hace callar, vuelve a ver su desgracia como una letanía. En ese momento queda prisionero de su memoria, fascinado por la precisión luminosa del recuerdo traumático.

Sin embargo, desde el momento en que se le concede el uso de la palabra, del lápiz o de un escenario en el que pueda expresarse, aprende a descentrarse de sí mismo para dominar la imagen que intenta producir. Entonces trabaja en su modificación adaptando sus recuerdos, haciéndolos interesantes, alegres o hermosos para volverlos aceptables. Este trabajo de recomposición de su pasado le resocializa, precisamente a él que se había visto expulsado de un grupo que no soportaba oír semejantes horrores. Pero el ajuste de los recuerdos, que asocia la percepción del acontecimiento a la imagen deliberadamente borrosa del contexto, le prepara para la falsificación creadora que transformará su sufrimiento en obra de arte. (...)

Recursos internos

La adquisición de recursos internos ha dado al resiliente la confianza y la alegría que le caracterizan. Estas aptitudes, adquiridas fácilmente en el transcurso de la infancia, le han dado el vínculo afectivo de tipo protector y los comportamientos de seducción que le permiten permanecer al acecho de toda mano tendida. Sin embargo, y dado que hemos aprendido a considerar a los hombres mediante la palabra devenir, podremos constatar que aquellos que se han visto privados de estas adquisiciones precoces podrán ponerlas en marcha más adelante, aunque más lentamente, con la condición de que el medio, habiendo comprendido cómo se forja un temperamento, disponga en torno a los heridos unas cuantas guías de resiliencia.

Cuando la herida está en carne viva, uno siente la tentación de recurrir a la negación. Para ponerse a vivir de nuevo es preciso no pensar demasiado en la herida. Pero con la perspectiva del tiempo, la emoción que provocó el golpe tiende a apagarse lentamente y a no dejar en la memoria más que la representación del golpe. Ahora bien, esta representación que se construye tan trabajosamente depende de la manera en que el herido haya conseguido dar un contenido histórico al acontecimiento. A veces, la cultura hace de ello una herida vergonzosa, mientras que en otras circunstancias se muestra dispuesta a atribuirle el significado de un acto heroico.

Transformarse en cisne

El tiempo dulcifica la memoria y los relatos metamorfosean los sentimientos. (...) Se acepta sin esfuerzo la idea de que la guerra de 1914 a 1918 fue una inmensa carnicería cenagosa, pero, ¿quién se acuerda de los sufrimientos de las poblaciones durante la guerra de Troya? La estratagema del colosal caballo de madera ha ejercido el efecto de una fábula, ya no evoca la hambruna de diez años de sitio, ni las masacres con arma blanca, ni las quemaduras del incendio que siguieron a esta hermosa historia. La realidad se ha visto transfigurada por los relatos de nuestra cultura, enamorada de la Grecia antigua. El sufrimiento se ha apagado, sólo queda la obra de arte. La perspectiva del tiempo nos invita a abandonar el mundo de las percepciones inmediatas para vivir en el de las representaciones duraderas. El trabajo de ficción que permite la expresión de la tragedia ejerce entonces un efecto protector.

Y esto equivale a decir que hablar de resiliencia en términos de individuo constituye un error fundamental. No se es más o menos resiliente, como si se poseyera un catálogo de cualidades: la inteligencia innata, la resistencia al dolor o la molécula del humor. La resiliencia es un proceso, un devenir del niño que, a fuerza de actos y de palabras, inscribe su desarrollo en un medio y escribe su historia en una cultura. (...) No es tanto el niño el que es resiliente como su evolución y su proceso de vertebración de la propia historia. (...)

Se indica siempre el encuentro con una persona significativa. A veces basta con una, una maestra que con una frase devolvió la esperanza al niño, un monitor deportivo que le hizo comprender que las relaciones humanas podían ser fáciles, un cura que transfiguró el sufrimiento en trascendencia, un jardinero, un comediante, un escritor, cualquiera pudo dar cuerpo al sencillo significado 'es posible salir airoso'. Todo lo que permite la reanudación del vínculo social permite reorganizar la imagen que el herido se hace de sí mismo. La idea de 'sentirse mal y ser malo' queda transformada tras el encuentro con un camarada afectivo que logra hacer germinar el deseo de salir airoso. (...) La vida es demasiado rica para reducirse a un único discurso. Hay que escribirla como un libro o cantarla. (...) Basta una minúscula señal para transformar al patito feo en un cisne.Encontrar una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el comienzo del asunto: 'Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto?'. El hecho de que el patito feo encuentre a una familia de cisnes no lo soluciona todo. La herida ha quedado escrita en su historia personal, grabada en su memoria, como si el patito feo pensase: hay que golpear dos veces para conseguir un trauma. El primer golpe, el primero que se encaja en la vida real, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, sufrido esta vez en la representación de lo real, da paso al sufrimiento de haberse visto humillado, abandonado. 'Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto? ¿Lamentarme cada día, tratar de vengarme o aprender a vivir otra vida, la vida de los cisnes?'.

Para curar el primer golpe es preciso que mi cuerpo y mi memoria consigan realizar un lento trabajo de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento que produce el segundo golpe hay que cambiar la idea que uno se hace de lo que le ha ocurrido, es necesario que logre reformar la representación de mi desgracia y su puesta en escena ante los ojos de los demás. El relato de mi angustia llegará al corazón de los demás, el retablo que refleja mi tempestad les herirá y la fiebre de mi compromiso social les obligará a descubrir otro modo de ser humano. A la cicatrización de la herida real se añadirá la metamorfosis de la representación de la herida. Pero lo que va a costarle mucho tiempo comprender al patito feo es el hecho de que la cicatriz nunca sea segura. Es una brecha en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que siempre puede reabrirse con los golpes que la fortuna decida propinar. Esta grieta obliga al patito feo a trabajar incesantemente en su interminable metamorfosis. Sólo entonces podrá llevar una existencia de cisne, bella y, sin embargo, frágil, pues jamás podrá olvidar su pasado de patito feo. No obstante, una vez convertido en cisne, podrá pensar en ese pasado de un modo que le resulte soportable.

Esto significa que la resiliencia, la resistencia al sufrimiento el hecho de superar el trauma y volverse bello pese a todo, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social. (...) Todo estudio de la resiliencia debería trabajar tres planos principales:

1. La adquisición de recursos internos que se impregnan en el temperamento desde los primeros años, en el transcurso de las interacciones precoces preverbales, explicará la forma de reaccionar ante las agresiones de la existencia, ya que pone en marcha una serie de guías de desarrollo más o menos sólidas.

2. La estructura de la agresión explica los daños provocados por el primer golpe, la herida o la carencia. Sin embargo, será la significación que ese golpe haya de adquirir más tarde en la historia personal del magullado y en su contexto familiar y social lo que explique los devastadores efectos del segundo golpe, el que provoca el trauma.

3. Por último, la posibilidad de regresar a los lugares donde se hallan los afectos, las actividades y las palabras que la sociedad dispone en ocasiones alrededor del herido ofrece las guías de resiliencia que habrán de permitirle proseguir un desarrollo alterado por la herida.

Este conjunto constituido por un temperamento personal, una significación cultural y un sostén social explica la asombrosa diversidad de los traumas. Cuando el temperamento está bien estructurado gracias a la vinculación segura a un hogar paterno apacible, el niño, caso de verse sometido a una situación de prueba, se habrá vuelto capaz de movilizarse en busca de un sustituto eficaz.

El día en que los discursos culturales dejen de seguir considerando a las víctimas como a cómplices del agresor o como a reos del destino, el sentimiento de haber sido magullado se volverá más leve.

Cuando los profesionales se vuelvan menos incrédulos, menos guasones o menos proclives a la moralización, los heridos emprenderán sus procesos de reparación con una rapidez mucho mayor a la que se observa en la actualidad.

Y cuando las personas encargadas de tomar las decisiones sociales acepten simplemente disponer en torno a los descarriados unos cuantos lugares de creación, de palabras y de aprendizajes sociales, nos sorprenderá observar cómo un gran número de heridos conseguirá metamorfosear sus sufrimientos y realizar, pese a todo, una obra humana.

Pero si el temperamento ha sido desorganizado por un hogar en el que los padres son desdichados, si la cultura hace callar a las víctimas y les añade una agresión más, y si la sociedad abandona a las criaturas que considera que se han echado a perder, entonces los que han recibido un trauma conocerán un destino carente de esperanza. (...)

La emoción traumática

Hoy, esta patología afecta a cientos de millares de niños, víctimas de los bombardeos de los kibutz israelíes antes de la guerra de los Seis Días, a los desterrados por las deportaciones ideológicas de Pol Pot y de los jemeres rojos, a los desgarrados por la guerra en la parte meridional de Líbano, a los que padecieron las explosiones que han sacudido África, a los sometidos a las agresiones crónicas que sufren los palestinos, a los irlandeses, a los perjudicados por la violencia colombiana, a los damnificados por las incesantes represalias que se producen en Argelia y a los afligidos por otras mil violencias de Estado.

¡Las personas más afectadas por esta inmensa violencia política son los niños! ¡Varios millones de huérfanos, dos millones de muertos, cinco millones de minusválidos, diez millones de traumatizados, doscientos o trescientos millones de niños que aprenden que la violencia es una de las formas de las relaciones humanas! (...)

Las consecuencias psíquicas de estas inmensas agresiones se hallan bien descritas: los trastornos debidos al estrés postraumático constituyen una forma de ansiedad que se incrusta en la personalidad como consecuencia del impacto de la agresión. El agente estresante obliga a tener que codearse con la muerte y, por efecto del espanto, se impregna tan poderosamente en la memoria del niño que toda su personalidad se desarrolla en torno a esta aterradora referencia. La reviviscencia organiza la continuación del desarrollo cuando el recuerdo y el sueño hacen que el psiquismo reviva la memoria del tormento.

El niño, para sufrir menos, debe descubrir estrategias de adaptación que pertenezcan al tipo de evitación: puede aletargarse con el fin de no pensar, esforzarse por sentir desapego, tratar de evitar las personas, los lugares, las actividades e incluso las palabras que evocan el horror pasado, aún vivo en su memoria. Y como nunca ha podido expresar tanta negrura, porque era demasiado duro y porque le hacían callar, nunca ha aprendido a dominar esta emoción, a darle una forma humana, una forma que pudiera ser compartida en sociedad. Entonces, sometido a un afecto ingobernable, alterna el embotamiento con las explosiones de cólera, la amabilidad anormal con una repentina agresividad, la indiferencia aparente con una hipersensibilidad extrema.

Catástrofes y guerras

Sin embargo, dado que no se puede decir que un trauma produzca efectos predecibles, es importante analizar las variables de dichos efectos.

La primera variable que salta a la vista es que somos asombrosamente indulgentes con las agresiones de la naturaleza. A menudo perdonamos lo que nos hacen las catástrofes naturales, tal como las inundaciones, los incendios, los terremotos y las erupciones volcánicas. Construimos hospitales en Nápoles, sobre las laderas del Vesubio, reconstruimos ciudades cerca del monte Pelado en la Martinica, allí donde sabemos que volverán a ser destruidas. Tratamos de seducir al agresor y de canalizar su furia por medio de ofrendas o erigiendo diques y elevadas paredes. Le perdonamos porque nos seduce. Experimentamos tanta belleza ante un cielo teñido con los colores de un incendio, tanta fascinación ante el empuje de un torrente que arranca las casas, tanta admiración ante un volcán que arroja su lava, que deseamos, pese a todo, codearnos con el agresor. La multitud bloquea las carreteras ante un incendio, se aglutina a lo largo de las riberas inundadas y escala en procesiones familiares las laderas de un peligroso volcán.

En cambio, cuando se trata de relaciones humanas, el agresor pierde su poder de seducción. Nos reunimos para contemplar el incendio que nos transmite euforia, pero si asistiéramos a una escena de tortura, a una escena en la que un grupo de hombres humillara a otro, nos identificaríamos hasta tal punto con uno de los dos que la indignación haría que nos sublevásemos.

(...)

Los mayores agresores de niños, hoy y en todo el planeta, son los Estados que hacen la guerra o que provocan derrumbamientos económicos o sociales. Las agresiones familiares físicas, morales o sexuales son el segundo factor, y su efecto dañino es mucho mayor que el de las agresiones debidas a la mala suerte.

Las cifras de la agresión son obscenas. Decir que hay 30 millones de huérfanos en la India, y que, de ellos, 12 millones se encuentran en situación de extremada miseria, que hay cinco millones de niños discapacitados y 12 millones de niños sin cobijo provoca un cierto embotamiento intelectual, como si la enormidad de los números conllevara una imposibilidad de representación, como si la distancia del crimen inhibiera la empatía: 'Está demasiado lejos de nosotros, no nos podemos ocupar de todas las desgracias del mundo'. De hecho, 'estos grandes acontecimientos planetarios hipotecan, de por vida, el desarrollo de cientos de millones de niños en la actualidad, y el peso de este azote es lo suficientemente pesado como para ralentizar el desarrollo social y económico de numerosas naciones'.

Desde los bombardeos de Londres en 1942, sabemos que las reacciones psicológicas de los niños dependen del estado de los adultos que les rodean. Pero el bombardeo, peligroso en la realidad, no es lo que produce más trastornos subjetivos. El trauma es la asunción de la intersubjetividad. Cuando, durante los bombardeos, los niños estaban rodeados por adultos ansiosos, o cuando la inestabilidad del grupo, las evacuaciones, las fugas, las heridas o los muertos impedían la puesta en marcha de guías de resiliencia, una gran proporción de esos niños manifestaban trastornos que a veces eran duraderos. Sin embargo, cuando se encontraban rodeados por familias serenas, lo que no siempre era fácil, no manifestaban ningún trastorno psíquico. E incluso los niños solos conseguían salir mejor parados cuando, lejos de sus padres, experimentaban el placer de subirse a los tejados para asistir al maravilloso espectáculo de las deflagraciones, de los incendios y del derrumbamiento de las casas. (...) Lo que calma o perturba al niño es la forma en que las figuras de su vínculo afectivo traducen la catástrofe al expresar sus emociones. (...)

Comprender y actuar

Esto explica que los guerrilleros libaneses que presentaron menos síndromes postraumáticos, pese a haber padecido en ocasiones pruebas terribles, fueran aquellos a los que se vitoreaba, cuidaba y adulaba cuando regresaban a casa. Y también explica, por el contrario, que los veteranos estadounidenses de Vietnam se alteraran profundamente, ya que nada más regresar a su propio país fueron blanco de las críticas. (...) Durante mucho tiempo revivieron cada día los dramas en los que habían participado sin comprenderlos, sin dominar la acción ni su representación. Cuando una prueba carece de sentido nos volvemos incoherentes, puesto que, al no ver con claridad el mundo en el que vivimos, no podemos adaptar a él nuestras conductas.

Es necesario pensar un desastre para conseguir darle algún sentido, y es igualmente necesario pasar a la acción afrontándolo, huyendo de él o metamorfoseándolo. Hay que comprender y actuar para desencadenar un proceso de resiliencia. Cuando falta alguno de estos dos factores, la resiliencia no se teje y el trastorno se instala. Comprender sin actuar da pie a la angustia. Y actuar sin comprender produce delincuentes.

Durante las guerras, los que ven el drama sin actuar, los que observan pasivamente, forman el grupo de los que presentan el más elevado número de síndromes postraumáticos. 'Restricción en el empleo de las armas, ausencia de enemigo designado, pérdida del sentido de la misión; todos estos elementos se reúnen en la situación de pasividad, que constituye un factor de vulnerabilidad eminentemente desestabilizador y doloroso'. Según como sean las guerras, el número de casos de estrés traumático varía enormemente. La variabilidad de estos trastornos depende del contexto, que en unos casos concede a algunos soldados una posibilidad de resiliencia, mientras que en otros los hace vulnerables.

Actuar sin comprender tampoco permite la resiliencia. Cuando la familia se derrumba y el entorno social no tiene nada que proponer, el niño se adapta a ese medio sin sentido mendigando, robando y a veces prostituyéndose. Los factores de adaptación no son factores de resiliencia, ya que permiten una supervivencia inmediata, pero frenan el desarrollo y con frecuencia generan una cascada de pruebas.

En un medio sin leyes ni rituales, un niño que no fuera delincuente tendría una esperanza de vida muy breve. El hecho de poner su talento, su vitalidad y su desenvoltura al servicio de la delincuencia prueba que está sano en un medio enfermo. Cuando la sociedad está loca, el niño sólo desarrolla una estima de sí mismo teniendo éxito en sus correrías y riéndose de las agresiones que inflige a los torpes adultos. Cuando el mundo se cae en pedazos y desaparece la familia, la aprobación paterna ya no sirve al niño como modelo de desarrollo y cede el sitio 'a la aprobación de los iguales como elemento apto para la predicción de su propia estima'. Ahora bien, los 'primeros pasos de la estima de uno mismo se dan siempre bajo la mirada del otro'. Cuando, por causa de un hundimiento social, las relaciones se reducen a la fuerza, el niño se siente seguro desde el momento en que ha conseguido robar o ridiculizar a un adulto. Ésta es su manera de adaptarse a una sociedad enloquecida, pero esto no es un factor de resiliencia, ya que no le permite ni comprender ni actuar: no tiene sentido, es sólo una victoria miserable en lo inmediato. (...)

Cuando este proceso de resiliencia verbal, emocional y cerebral no se puede poner en marcha, el herido queda prisionero del acontecimiento pasado. (...) Sin embargo, el herido sólo se ve sometido a la impresión traumática cuando no tiene posibilidad de poner en marcha algunos factores de resiliencia.

El proceso de resiliencia permite a un niño herido transformar su magulladura en un organizador del yo, a condición de que a su alrededor haya una relación que le permita realizar una metamorfosis. Cuando el niño está solo, y cuando se le hace callar, vuelve a ver su desgracia como una letanía. En ese momento queda prisionero de su memoria, fascinado por la precisión luminosa del recuerdo traumático.

Sin embargo, desde el momento en que se le concede el uso de la palabra, del lápiz o de un escenario en el que pueda expresarse, aprende a descentrarse de sí mismo para dominar la imagen que intenta producir. Entonces trabaja en su modificación adaptando sus recuerdos, haciéndolos interesantes, alegres o hermosos para volverlos aceptables. Este trabajo de recomposición de su pasado le resocializa, precisamente a él que se había visto expulsado de un grupo que no soportaba oír semejantes horrores. Pero el ajuste de los recuerdos, que asocia la percepción del acontecimiento a la imagen deliberadamente borrosa del contexto, le prepara para la falsificación creadora que transformará su sufrimiento en obra de arte. (...)

Recursos internos

La adquisición de recursos internos ha dado al resiliente la confianza y la alegría que le caracterizan. Estas aptitudes, adquiridas fácilmente en el transcurso de la infancia, le han dado el vínculo afectivo de tipo protector y los comportamientos de seducción que le permiten permanecer al acecho de toda mano tendida. Sin embargo, y dado que hemos aprendido a considerar a los hombres mediante la palabra devenir, podremos constatar que aquellos que se han visto privados de estas adquisiciones precoces podrán ponerlas en marcha más adelante, aunque más lentamente, con la condición de que el medio, habiendo comprendido cómo se forja un temperamento, disponga en torno a los heridos unas cuantas guías de resiliencia.

Cuando la herida está en carne viva, uno siente la tentación de recurrir a la negación. Para ponerse a vivir de nuevo es preciso no pensar demasiado en la herida. Pero con la perspectiva del tiempo, la emoción que provocó el golpe tiende a apagarse lentamente y a no dejar en la memoria más que la representación del golpe. Ahora bien, esta representación que se construye tan trabajosamente depende de la manera en que el herido haya conseguido dar un contenido histórico al acontecimiento. A veces, la cultura hace de ello una herida vergonzosa, mientras que en otras circunstancias se muestra dispuesta a atribuirle el significado de un acto heroico.

Transformarse en cisne

El tiempo dulcifica la memoria y los relatos metamorfosean los sentimientos. (...) Se acepta sin esfuerzo la idea de que la guerra de 1914 a 1918 fue una inmensa carnicería cenagosa, pero, ¿quién se acuerda de los sufrimientos de las poblaciones durante la guerra de Troya? La estratagema del colosal caballo de madera ha ejercido el efecto de una fábula, ya no evoca la hambruna de diez años de sitio, ni las masacres con arma blanca, ni las quemaduras del incendio que siguieron a esta hermosa historia. La realidad se ha visto transfigurada por los relatos de nuestra cultura, enamorada de la Grecia antigua. El sufrimiento se ha apagado, sólo queda la obra de arte. La perspectiva del tiempo nos invita a abandonar el mundo de las percepciones inmediatas para vivir en el de las representaciones duraderas. El trabajo de ficción que permite la expresión de la tragedia ejerce entonces un efecto protector.

Y esto equivale a decir que hablar de resiliencia en términos de individuo constituye un error fundamental. No se es más o menos resiliente, como si se poseyera un catálogo de cualidades: la inteligencia innata, la resistencia al dolor o la molécula del humor. La resiliencia es un proceso, un devenir del niño que, a fuerza de actos y de palabras, inscribe su desarrollo en un medio y escribe su historia en una cultura. (...) No es tanto el niño el que es resiliente como su evolución y su proceso de vertebración de la propia historia. (...)

Se indica siempre el encuentro con una persona significativa. A veces basta con una, una maestra que con una frase devolvió la esperanza al niño, un monitor deportivo que le hizo comprender que las relaciones humanas podían ser fáciles, un cura que transfiguró el sufrimiento en trascendencia, un jardinero, un comediante, un escritor, cualquiera pudo dar cuerpo al sencillo significado 'es posible salir airoso'. Todo lo que permite la reanudación del vínculo social permite reorganizar la imagen que el herido se hace de sí mismo. La idea de 'sentirse mal y ser malo' queda transformada tras el encuentro con un camarada afectivo que logra hacer germinar el deseo de salir airoso. (...) La vida es demasiado rica para reducirse a un único discurso. Hay que escribirla como un libro o cantarla. (...) Basta una minúscula señal para transformar al patito feo en un cisne.

Boris Cyrulnik, La metamorfosis del patito feo, El País 13/01/200