dilluns, 21 de març de 2016

Utilitarisme o dignitat.

El Roto
El utilitarismo no admite absolutos. Nada está prohibido. Todo está potencialmente permitido de acuerdo con las circunstancias. En la obra Utilitarianism: For and Against (1973) el filósofo ingles Bernard Williams (nacido en 1929) propone un experimento mental para sacar a la luz dichas dificultades. Imagínese que está viajando por un país que tiene unos antecedentes poco envidiables con relación a los derechos humanos. Llega a un poblado situado en un claro de la selva y se encuentra a diez campesinos aterrorizados ante un pelotón de fusilamiento. El capitán del pelotón le ve aparecer y, preocupado por el hecho de que un extranjero sea testigo de los hechos, duda al dar la orden de disparar. Usted le pregunta qué ocurre. Él le explica que los aldeanos son sospechosos de esconder a un líder de la oposición. Hasta ese momento se han negado a revelar el paradero del disidente, pero él cree que si mata a diez de ellos el resto posiblemente cambiará de parecer. Le dice que no es algo corriente pero que, puesto que usted es un invitado de su país, hará una excepción en este caso: perdonará la vida a los diez aldeanos con la condición de que usted ejecute a uno solo de ellos. También le asegura que si trata de hacer algo heroico sus hombres le matarán y luego también a los aldeanos. Se encuentra atrapado a pesar de no haber cometido falta alguna. Le han pedido que cometa un asesinato. Es un dilema moral terriblemente complicado. No obstante con el cálculo utilitarista resulta “fácil” de solucionar: puesto que la muerte de uno resulta menos dolorosa que la muerte de diez, no solo puede disparar a un hombre inocente sino que tiene la obligación de hacerlo y sería moralmente censurable si no lo hiciera. Quizá no le parezca justo que le pidan que acepte ser el responsable de la muerte de diez aldeanos cuando usted no ha escogido esa situación, pero eso, como diría de nuevo un utilitarista, es cuestión de mala suerte.

Independientemente de si dispara o no, quizá le resultaría más fácil decidirse si la muerte de uno fuera para salvar cien, mil o diez mil vidas inocentes. El ejemplo nos obliga admitir que estamos preparados para considerar una vida a favor de otra. Y sin no lo admitimos el utilitarista seguirá aumentando la cifra hasta que nos rindamos y aceptemos que la regla contra quitarle la vida a otro no es un absoluto moral. Y al hacerlo habríamos reconocido también que los sufrimientos y placeres de los distintos individuos pueden oponerse los unos a los otros. Sin embargo, librarse por completo de los absolutos morales no resulta tan sencillo. (…)

Los absolutos morales deben incorporarse al sistema en algún punto. Cuando consideramos las consecuencias de nuestras acciones la naturaleza ética de los propios actos forma parte de la situación que creamos. Así, si mentimos a nuestra esposa para disimular el adulterio quizá podamos seguir siendo felices. Pero ello degrada todavía más la relación. Si tomamos drogas con el fin de batir un récord mundial de atletismo y no nos pillan quizá lleguemos a ser famosos en todo el mundo y, en cierto modo, felices, pero dicha fama no vale la pena si no somos capaces de olvidar ni por un instante que somos unos tramposos. Los valores morales, tales como la honestidad o los derechos humanos, deben aunarse a cosas como el placer y la felicidad en un cálculo ético, ya que no podemos lograr la verdadera felicidad a costa de nuestra dignidad moral.


Nicholas Fearn, Zenón y la tortuga, Grijalbo, Barna 2003