divendres, 30 de setembre de 2011

La mort de la socialdemocràcia.

Un género literario no menos aburrido que el de la muerte de la novela es el de la muerte de la socialdemocracia (aderezado con muchas citas de Tony Judt). Los lamentos que se entonan parten todos del supuesto de que la socialdemocracia, tal como la conocemos, está acabada y necesita refundarse, repensarse, renovarse, revisarse y re… no sé cuántas cosas más. Pero igual que la novela no acaba de morir por muchos funerales que oficien los teóricos de la literatura, tampoco la vieja socialdemocracia será enterrada en el corto plazo a pesar de los negros augurios de tantos analistas.

Resulta extraño que la derecha nunca padezca esa angustia existencial. Los liberales no se rasgan las vestiduras por el fracaso estrepitoso de sus recetas económicas ni reclaman una nueva elaboración de sus principios. Esta curiosa asimetría quizá se deba al hecho de que mientras la derecha, con mejor o peor fortuna, es siempre capaz de llevar a cabo sus políticas, la socialdemocracia se ha encontrado, sobre todo durante la crisis, con que las circunstancias le impedían desarrollar su programa. La frustración resultante propicia ese ánimo introspectivo y melancólico que ya es marca de la izquierda.

A mi juicio, el problema de la socialdemocracia no deriva de que sus políticas estén mal diseñadas o anticuadas, ni de que carezca de propuestas para enfrentarse a los desafíos actuales. Algo de eso habrá, sin duda, al igual que lo hay también en la derecha, pero no radica ahí la dificultad principal. Tampoco creo que se trate de que la modernización haya diluido las clases sociales que conforman el tradicional electorado socialdemócrata. Aunque hoy pueda ser más complicado construir coaliciones de apoyo, la socialdemocracia ha logrado sobrevivir a los enormes cambios económicos y sociales que se han producido en el último siglo. La clave está, en mi opinión, en que los partidos socialdemócratas se han olvidado de la cuestión del poder y de las barreras que este opone a la realización de ciertos proyectos políticos. Las resistencias al proyecto socialdemócrata, que se han agudizado enormemente durante la crisis, son de tres tipos.

El poder financiero es sin duda el que impone mayores restricciones. En las últimas dos décadas, el crecimiento de los países desarrollados se ha logrado a partir de una expansión insólita del crédito, que ha hipertrofiado el sector financiero. Puesto que, además, el capital tiene total movilidad, los gobiernos evitan medidas que puedan hacer huir a los inversores. Este tipo de crecimiento basado en el crédito no sólo genera desigualdad, sino que otorga un poder enorme a un pequeño grupo formado por las grandes fortunas.

En segundo lugar, el medio institucional es muy adverso. Los gobiernos europeos han aceptado de forma acrítica la pérdida de poder discrecional en beneficio de instituciones no representativas. Bancos centrales independientes, las reglas del pacto de estabilidad del euro, tribunales constitucionales y agencias reguladoras configuran una tupida red institucional que impide que los gobiernos gobiernen como lo hacían en el pasado. La Unión Monetaria fue diseñada por los gobernadores de los bancos centrales con la aquiescencia, y a veces el entusiasmo, de gobiernos socialdemócratas. Así se creó un Banco Central Europeo con máxima independencia, cuya actuación irresponsable está poniendo ahora en peligro los logros del modelo social europeo.

Por último, se encuentra el poder que procede de las ideas; en concreto, la hegemonía del pensamiento macroeconómico liberal. Es muy común que, cuando los socialdemócratas llegan al gobierno, se rodeen de economistas liberales que se resisten a considerar políticas económicas alternativas a las dominantes en la profesión. A esto hay que sumar la influencia ambiental de los economistas a través de think-tanks, universidades, lobbies, instituciones supranacionales y prensa. Son los guardianes de una ortodoxia que los gobiernos socialdemócratas no se atreven a romper por su excesiva dependencia del saber técnico.

Es verdad que es muy difícil luchar contra las restricciones que impone el capital financiero en estos momentos. Desde luego, no se puede hacer nacionalmente. Las soluciones (reglas más estrictas y tasa a las transacciones financieras) sólo pueden ser acordadas globalmente. En la actualidad, no parece haber consenso suficiente entre los países para avanzar en esa dirección. Ahora bien, los partidos socialdemócratas siguen teniendo algún margen para modificar las resistencias institucionales e ideológicas a sus políticas. Dichas resistencias no son parámetros inmutables. Pueden llegar a vencerse, pero eso requiere una reflexión profunda, no sobre cómo llegar al poder político, sino sobre cómo crear las condiciones para que desde el poder político se puedan hacer políticas progresistas.

Sin esa modificación de la estructura de poder, los partidos socialdemócratas no podrán materializar sus políticas. Y eso acabará teniendo consecuencias sobre las posibilidades mismas de llegar al poder y de mantenerlo. Cuando los gobiernos progresistas no pueden hacer su política, el electorado fiel se desanima y se refugia en la abstención o en partidos minoritarios que no tienen que tomar decisiones incómodas. Por su parte, los electores más volátiles y menos ideologizados optan no por el partido que mejor propuestas pueda hacer, sino por aquel que creen que tiene mayor capacidad para resolver los problemas económicos. Y ahí la derecha lleva ventaja.


Ignacio Sánchez-Cuenca, La socialdemocracia y el poder, Público, 30/09/2011

Converses amb Leo.

És força freqüent que els columnistes cerquem la inspiració entre les pàgines dels diaris. En el meu cas, dels diaris i també de qui me’ls ven. Leo és el meu quiosquer. Fa anys que, troni o llampegui, s’està palplantat, com Simeó Estilita, al cim de la columnata de paper de diari, despatxant notícies i suggerint-ne el peu de foto. Ell no ho sap, però sovint els seus comentaris, formulats amb simplicitat i una ingènua sornegueria, revelen observacions i detalls d’una gran profunditat, que després manllevo amb traïdoria i nocturnitat en els meus articles.

Una cosa semblant em consta que feia, sense traïdoria i nocturnitat, un cèlebre escriptor i col·laborador del Corriere della Sera, on anys enrere ressenyava les novetats editorials més interessants a partir dels suggeriments i els comentaris d’una recepcionista d’hotel. L’escriptor en qüestió, que solia passar llargues temporades fora d’Itàlia, de tornada a casa acostumava a fer passada per aquell hotelet de poques estrelles on lluïa, brillant rere el taulell de recepció, una lectora estel·lar, àvida, sensible i curiosa, la qual posava l’escriptor al dia de les novel·les italianes més rellevants aparegudes durant la seva absència. Ell, l’endemà, des del seu escriptori de treball les ressenyava i les valorava amb ull crític i, sovint, profètic.

Com ella, Leo també és curiós i oracular. Res del que diuen els diaris i els lectors dels seus diaris és aliè al seu particular sentit de l’humor. Més que entaular converses, pensa en veu alta. Comenta, qüestiona, bromeja. Comparteix inquietuds, contrasta parers. I així, el meu quiosc, a més de ser un lloc situat a la via pública destinat a la venda de diaris esdevé també, gràcies a Leo, un brollador d’idees incisives i profètiques.    

Jordi Estrada

dijous, 29 de setembre de 2011

Violència i detonants.

Lo surgido este verano en Tottenham sucedió ya en Brixton en 1981; en ambas en 1985; en Saint-Denis y Clichy-sous-Bois en 2005; en España hubo amagos en Amate y Los Pajaritos (Sevilla) en 2002; en Estados Unidos podrían buscarse paralelos con Newark en 1967 o Los Ángeles en 1992. Un déjà vu, un guion con pocas variaciones. Una acción policial vivida como provocación por jóvenes de un barrio particularmente castigado por la crisis, el desempleo y la falta de oportunidades. El incidente en sí no importa mucho: puede tener todos los visos de un crimen policial, como el acribillamiento de Mark Duggan; puede ser todo lo contrario, como el malentendido en torno a la prestación de socorro por la policía a Michael Bailey, herido en una pelea, en Brixton en 1981; o puede tener mucho de fatalidad, como la electrocución accidental de tres jóvenes (dos muertos) huyendo de un control policial en Clichy-sus-Bois, en 2005.

En última instancia, los detalles -aparte del drama humano- importan poco, tanto si son reales como si son maniqueamente desfigurados, pues lo que hace de ellos la gota que colma el vaso es un escenario continuado de arbitrariedad policial. En 1981 fue la Operación Ciénaga (swamp... ¡ay, las palabras!) de la policía inglesa contra la delincuencia juvenil, amparada por la sus law (por suspected), que permitía parar, registrar y arrestar a cualquier sospechoso de violar ¡la sección 4 de la Ley de Vagabundeo de 1824! En Francia, Sarkozy, entonces ministro del Interior, acababa de proclamar la tolerancia cero, anunciando que usaría la kärcher (limpiadora de agua a presión) contra la racaille (escoria, chusma), a raíz de unos incidentes previos en Saint-Denis, y la policía había aumentado los controles preventivos (o abusivos) sobre los jóvenes de las periferias urbanas.

En Tottenham no se daba la brutalidad policial de 1981, aunque sí un aumento de los controles; la historia que se repitió fue más bien la de 1985, cuando Cynthia Jarret murió de un golpe durante un registro policial en su domicilio; una semana antes otra mujer había recibido un disparo policial en Brixton, cuando buscaban a su hijo en el domicilio familiar. En ambos casos, la policía no supo en los primeros días dar una explicación convincente de lo sucedido, como demandaban la familia y la comunidad, y el clima se enrareció hasta estallar. En Tottenham, la policía ni siquiera confirmaba la muerte de Duggan a la familia cuando los titulares de prensa y los informativos no hablaban de otra cosa, lo que se interpretó como desconsideración y racismo (es norma de Scotland Yard no comunicar una muerte a la prensa antes que a los familiares).

Otro aspecto es el recorte de los servicios y prestaciones dirigidos a los jóvenes. En 1981 y 1985 campaba por sus fueros Margaret Thatcher, estrenando políticas neoliberales. En 2005 gobernaban Francia Chirac y Villepin. Ahora gobierna el Reino Unido una coalición conservadora-liberal dedicada a recortar los servicios sociales, sobre todo los no asociados a la necesidad abyecta y demostrable que suele requerir el modelo británico de bienestar. Aunque esto ha sido ignorado y hasta negado por la prensa y eludido por los políticos británicos, es indiscutible. Se ha suprimido, por ejemplo, la EMA (Education Maintenance Allowance), pequeña asignación para jóvenes de familias pobres que siguen estudiando más allá de la edad obligatoria (como las becas-salario andaluzas, pero más modesta), a la vez que han subido fuertemente las tasas académicas. Recientemente, el condado de Haringey (donde está Tottenham) cerró ocho de sus 13 clubes de juventud, dejando a muchos jóvenes en la calle: una semana antes de los disturbios, un vídeo (The Guardian: http://goo.gl/rvKA4) mostraba a varios vaticinando el aumento de la actividad de las bandas y advirtiendo, proféticos: "Habrá disturbios".

En suma, una fórmula infalible: menos servicios sociales, más presión policial y un detonante. Faltan los alborotadores, pero siempre los hay, en acto y en potencia, como hay gente extremadamente pacífica y otros muchos que se inclinarán por una u otra actitud según sople el viento o según las opciones en presencia. El trasfondo más amplio a nadie se le oculta: una juventud que no ve futuro en una sociedad que ofrece incontables atractivos pero los traduce en pocas oportunidades, lo que en términos inmediatos se llama abandono escolar, desempleo juvenil, dependencia familiar, pobreza... 

Mariano Fernández Enguita, Mejor Sol que Tottenham, ¿verdad?, El País, 28/09/2011
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Mejor/Sol/Tottenham/verdad/elpepiopi/20110928elpepiopi_11/Tes?print=1

La cultura del no treball.

Los millones de desempleados en España y hasta los 50 millones que se esperan en toda la Europa comunitaria para los próximos años han hecho comentar a un alto funcionario del Ministerio de Finanzas de la Unión Europea que sería un milagro "evitar una guerra en los próximos 10 años".

Guerras parciales, súbitas y sorprendentes, guerras civiles, guerras que llegan de mafias o del mundo oriental, guerras balcanizadas, guerras por la energía escasa, guerras diseminadas por las barriadas y las avenidas de la ciudad.

Guerras de todos los tipos que claman contra un enemigo relativamente abstracto, tal como son hoy los enemigos y que brotan en el ámbito vacío cargado de energía negativa donde cunde la precariedad y el paro.
El paro rampante o solar arrasado de todo valor humano donde a la cultura laboral no sustituye la vieja cultura del ocio, ni al tiempo regulado le sucede el júbilo del tiempo libre. Más bien, el paro por decenas o centenares de millones de personas alude a una extraña parálisis del tiempo y de la vida.

Porque el hueco corazón del desempleo radica no ya en la pérdida de una ocupación domiciliada, sino en la errática pérdida de sentido. Este sinsentido ampliado en millones alcanza hasta los cimientos de la sociedad y en esa tesitura la sociedad y su cultura voltean sobre sí.

De una cultura productiva aparece una fantasmal cultura sin producto, de un ser humano marcado por su actividad a un ser que duda de su entidad, su dignidad y su pertenencia, quieto y ciego.

En todo el siglo XIX el trabajo fue el sí y el no del valor. En el siglo XX el trabajo se extendió y amplió en Occidente como una segura plataforma, base socialdemócrata de todas las demás plantaciones eróticas, económicas y culturales. ¿Cómo imaginar por tanto, ahora, un futuro inmediato sin ese suelo y sin ese vuelo? ¿Cómo pensar, en suma, un edificio con su arquitectura ausente?

Se decía en Estados Unidos (con menos del 10% de desempleo) que esta sería la primera generación de niños que ya no verían a su padre volver a casa después del trabajo. Ir y volver del trabajo compuso una cadencia diaria tan integrada en los modos de vida que cuando ese péndulo se detiene o se avería pasamos a una etapa sin significación alternativa.

Tampoco vale, siquiera, el teletrabajo y otras alternativas semejantes. Todos los teletrabajos han corregido o atenuado su alejamiento del puesto laboral para recobrar el sentido de salir y entrar en la casa tras un intervalo donde, en las afueras, se "producía".

En casa se amaba, se lloraba, se discutía, se cenaba más o menos. En el trabajo se atendía a otra clase de obligación cultural que decidía el equilibrio personal del deber cumplido.

El hogar y su privacidad, el ocio y su liberación temporal, el salir y el entrar tanto para producir como para comprar, han ido cayendo, binomio tras binomio, con la creciente pérdida de la intimidad, la abolición de los periodos estancos y las mil adquisiciones o gestiones a través de la red. Una a una, las cópulas cotidianas de la producción del mundo, el ojal su botón por donde se abrochaban las culturas, del ocio, del trabajo, del quehacer y del perecer van perdiendo función y el vestido, "la piel que habitamos" -que antes habitamos- se descama al compás que se despieza el soñado castillo que fue fundándose tras la II Guerra Mundial.

¿Otra guerra para reordenar el mundo? No parece posible imaginar unas circunstancias tan propicias como estas para que se subleve aparatosamente el mal.

Vicente Verdú, La cultura del castillo, El País, 29/08/2011

dimecres, 28 de setembre de 2011

Les emocions i l´ètica.



Per què és tan difícil que la llei moral dirigeixi efectivament les nostres vides? Per què, entre les nombroses raons que condicionen la conducta, les raons ètiques tenen tan poca influència? Hi ha una resposta senzilla i ràpida a aquestes preguntes i és la següent: no n´hi ha prou conèixer el bé, cal desitjar-lo; no n´hi ha prou  conèixer el mal, cal menysprear-lo. Si la resposta no és equivocada, se´n dedueix que el desig i el menyspreu, el gust i el disgust són tan essencials per a la formació de la personalitat moral com ho és l´habilitat en el raonament.

Victoria Camps, El gobierno de las emociones, Herder, Barna 2011

Louann Brizendine: el cervell masculí.

La nova noció de poble.

La idea de pueblo no remite hoy simplemente a la de “la mayor cantidad”, a la existencia de una masa positiva i determinada. Lo que podemos llamar “el pueblo· ahora aparece también con la forma de una suma negativa, perpetuamente en movimiento de negaciones de reconocimiento, de privaciones de derechos, de situaciones de precariedad. Por eso resulta menos directamente representable, al remitir a una especie de generalidad invisible. El pueblo es la imagen virtual que dibujan las múltiples negatividades de lo social, reflejo de todos los abandonos, desprecios y desvalorizaciones. Se destaca en este nuevo sentido de la noción aritmética y monolítica de mayoría. A la inversa, hoy se comprende el pueblo, a menudo, a partir de la noción de minoría. Es la suma sensible de situaciones de minoría de toda naturaleza, una forma nueva de presentación de lo social en la era de las singularidades. Este nuevo “pueblo invisible” no existe como cantidad; es entendido más bien, como un hecho social, que constituye un conjunto de historias, situaciones y posiciones. Es un pueblo-relato, lleno de vidas, y no el pueblo fijado en un bloque electoral. (…)

La vieja argumentación sociológica de los liberales del siglo XIX para defender los derechos de la minoría contra los riesgos de la “tiranía de la mayoría” vuelve a encontrar así, paradójicamente, toda su pertinencia mediante un sesgo inesperado. Si bien había sido propuesta para justificar el derecho moral de las élites y los acaudalados a contener el poder popular, hoy en día sustenta la reivindicación del “pueblo social” de que los gobernantes no le opongan únicamente la razón del “pueblo electoral” que los instituyó legalmente. (…) El cuerpo electoral-mayoritario continúa siendo el insoslayable árbitro práctico de la vida democrática; siempre le da su fundamento legal. Pero ahora sólo confiere a los gobernantes una legitimidad instrumental. Mientras que el apoyo del poder administrativo se ha reducido simultáneamente, la necesidad de volver a fundar la legitimidad de los regímenes democráticos se ha hecho  sentir, pues, de forma confusa, pero con intensidad, en todos lados. (107-109)

Pierre Rosanvallon, La legitimidad democrática, Paidós, Madrid 2010

dimarts, 27 de setembre de 2011

Frans de Waal: altruisme animal

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Col.lapse simbòlic d´Espanya.

Temps de ressaca. Primer ja va ser la fi de la festa immobiliària, ara toca la de la festa nacional. No patiu, que no entraré pas en cap dels dos debats que ens han ocupat el cap de setmana. Ni l’animalista ni l’identitari. Sí que hi va haver, però, un petit detall que em va cridar l’atenció. Van gaudir a la Monumental de la presència de l’exministra de Cultura del PSOE Carmen Calvo, que ja havia afirmat el 2007 que: “Ni per la via de la pressió ni per les lleis desapareixeran les corrides”. Diumenge va afinar encara més aquest argument dient: “El Tribunal Constitucional podrà posar les coses al seu lloc”.

Sant tornem-hi. L’afició que demostren els poders (fàctics i polítics) a utilitzar els alts tribunals com a sanció a debats polítics i d’encaix nacional comença a ser tendència. A mi em sembla (només és una percepció personal) que llisquem cap a una judicatura a la turca. M’explico.

A Turquia la Constitució vigent és la del 1982, supervisada pel cap del cop militar del 1980, el general Kenan Evren. La República Turca, però, neix a partir d’una idea, d’un esperit particular i únic, el d’Atatürk, que estableix com a dogmes el laïcisme i la unitat nacional. La protecció d’aquests esperits va quedar a càrrec de l’exèrcit i de la judicatura. Anys abans, Espanya va seguir un procés similar. Ens vam dotar d’una constitució pactada amb els hereus colpistes. Com a Turquia, l’exèrcit i els jutges van quedar a càrrec de preservar les idees sacres que, a despit de la voluntat popular, mai no podien ser qüestionades. L’article 145.1, que prohibeix la federació entre autonomies. L’article 155, i el 8, que habiliten l’exèrcit per aturar qualsevol secessió o distracció similar, són exemples d’aquestes essències. A Espanya el 1981 i a Turquia aquest mateix any, l’exèrcit ha estat desbancat com a garant de les essències. Queden els jutges.

Quan les Canàries, amb la Llei 8/1991, van prohibir els toros, ningú no va pensar que fos inconstitucional. Perquè el 1991, a un any de la glòria olímpica, Espanya es veia amb prou força per ser generosa amb la diversitat. D’aquella època magnànima tenim també la resolució del TC que permetia a la Generalitat calcular el grau d’immersió en català (any 1994).

Però Espanya es troba avui en col·lapse. Econòmic, sens dubte, però també simbòlic i aquí entra la judicatura a fer el turc. En la defensa d’una idea eterna d’Espanya que rau en la Consti però que restava adormida. El fet que en la sentència de l’Estatut aparegués 16 vegades la paraula indissoluble només té dues explicacions: o els manca un bon diccionari de sinònims o és que estem assistint a l’emergència d’aquest fantasma del Cid, del subtext obscur de la Constitució. Les resolucions sobre llengua i la propera sobre toros són dues oportunitats més de treure a la llum aquest disc dur, aquest troià de la Carta: la vella unitat nacional a l’estil segle XIX: llengua, símbols, fiscalitat. Calvo, involuntàriament, va verbalitzar aquesta darrera barrera de l’Espanya eterna: “Les coses al seu lloc”. El text que va néixer amb un clar (i superficial) esperit de concòrdia i respecte a la voluntat popular serveix ara per tombar o escurar lleis aprovades en referèndum o fruit d’una ILP, cosa que és especialment trista. Crec que, en un sentit gairebé literal, i amb metàfora tèxtil que fa molt català, els estem tocant el voraviu.

Antonio Baños, Corrides a la turca, Público, 22/09/2011

Malaltia i pecat.

Entre las dolencias del espíritu y las del cuerpo siempre nos hemos hecho un poco de lío. Lo cual tiene su lógica, porque no hay como obstinarse en buscar al uno para tropezar con el otro. Ya nos advirtió Pascal que quien quiere hacerse el ángel suele acabar haciendo el bestia (no hay nada más peligroso que un santo suelto) y supongo que también es cierto lo opuesto, porque nadie más angélico que quienes se empeñan en ser animales como los demás. De modo que solemos hacer diagnósticos clínicos sobre los vicios, mientras que reprochamos las enfermedades como síntoma o castigo del desorden moral. Lo dicho: un lío.

El fogoso Dominique Strauss-Khan ha vuelto a Francia, donde uno de los santones de su partido -Michel Rocard- le ha calificado nada menos que de "enfermo mental" por su falta de control en los negocios sexuales. Sin embargo, las acusaciones contra el referido no fueron tanto por una concupiscencia insaciable como por falta de respeto a la libertad del prójimo: no es lo mismo tener buen apetito que ser antropófago. Seguramente la arrogancia y la prepotencia pueden corregirse (a base de sustos como el que se ha llevado DSK, por ejemplo) pero dudo que puedan curarse con tratamientos médicos. Sin duda hay quien obtiene ganancias de gestionar los antiguos vicios como "adicciones" y convertirlos en trastornos psicosomáticos: lo que está por ver es si ese paso de la moral a la higiene mejora realmente a las personas además de modificar a veces sus conductas. Yo soy de los que prefieren ser malo a estar malito, aunque me quede en minoría.

Pero aun así, me molesta la indebida moralización de las enfermedades, que es el reverso de lo que acabo de comentar. Algunas de las mujeres que más me han querido y a las que he querido más, empezando por mi madre, me han desesperado convirtiendo cada uno de mis resfriados o de mis indigestiones en el justo castigo de mi mala conducta: "Claro, como vuelves a las tantas...", "si te hubieras quedado en casa estudiando en lugar de ir al hipódromo...", "si no te empeñases en tomar bacón en el desayuno...", "si no te hubieras bañado con sirimiri para impresionar a esa chica...". Inevitablemente, la recuperación de la salud pasaba a su entender por privarme de placeres: "Pues no fumes", "pues no bebas", "pues no comas esto o lo otro", "pues no salgas o no vayas adonde te apetece", "pues no...", en fin, pues no hagas lo que quieres hacer. Resumen: goza, peca y te pondrás enfermo; sufre, renuncia y mejorarás. Según estas celosas guardianas del orden cósmico, no hay dolencia inocua ni inocente: todas son síntomas de culpabilidad. Para ser ecuánime, aclaro que también hubo mujeres en mi vida que alentaron mi afán de transgresiones: con ellas casi siempre me puse malo, pero nunca me sentí mal.

¡Qué le vamos a hacer! Los límites del cuerpo y del espíritu son borrosos, sus malestares se confunden, sus trastornos se interfieren. La higiene es una forma de moral y viceversa. Los promotores de la mens sana in corpore sano no están proponiendo un bello ideal sino formulando un axioma culpabilizador. ¿Quién se atreve hoy a negar que la obesidad es un pecado y la ambición una dolencia? Consideramos un atraso que los pueblos primitivos declaren que cualquier patología se debe a la animadversión de un hechicero, que todo mal es mal de ojo y que nadie muere por causas naturales sino por haber pisado la raya roja, aunque sea inadvertidamente. Pero también en el siglo XX hubo quien declaró que el sida era un castigo divino contra los viciosos... Ser consecuentemente morales nos resulta difícil, pero pretender ser naturales es sencillamente imposible.

Fernando Savater, Malestar general, El País, 27/09/2011

Un ciutadà, una despesa.


La semana pasada, y les prometo que fue sin querer, me convertí en gasto público. Algo que hoy equivale a decir que eres un peligro público. Entré en un hospital para un asunto menor y acabé recorriendo varias plantas durante una semana. Me convertí en gasto público desatado, un arañazo en los presupuestos, varias milésimas más de déficit.

No me dieron la factura “en la sombra” ésa que ya reparten en algunos sitios, pero si me hubieran echado la cuenta sería cuantiosa, pues fue una semana de barra libre, atención médica a todo trapo, entre pruebas diagnósticas (con esas máquinas carísimas), estancia (a pensión completa, imagínense), tratamientos y tantos trabajadores pendientes de mí (y para colmo eran muy atentos, incluso cariñosos, en vez de limitarse a cumplir con lo mínimo, que el tiempo es oro). Tumbado en la cama, imaginaba que me colocaban sobre el cabecero un contador digital que sumase euros a medida que pasaban las horas.

Y en esto que, mientras estoy ingresado, oigo que Esperanza Aguirre inaugura en Torrejón un hospital 100% privado (“de titularidad pública”; qué consuelo cuando hasta el personal médico está en manos de una empresa). Y mientras recorre las instalaciones, Aguirre ve en cada habitación un juego de sábanas para la cama del acompañante, y exclama eufórica: “Eso es lo que quiero. Que en las públicas la gente esté igual que en las clínicas privadas.”

Me contuve la carcajada no fuera a ser que se me soltasen los puntos y acabase generando más gasto. Aunque en realidad es para llorar. Aguirre quiere (y lo está haciendo ya en los nuevos centros) que los pacientes estemos en manos de empresas cuya prioridad, por mucha propaganda corporativa que hagan, nunca será nuestra salud sino ganar dinero. Que estemos al cuidado de médicos sometidos a presiones laborales, como ya ocurre en algunos centros. Que nos curemos en hospitales donde la factura no quede en la sombra, sino en la mesa de un contable preocupado por gastar menos para ganar más.

Yo lo tengo claro: el trabajo impresionante del personal sanitario (y aprovecho para dar las gracias de corazón a todos los de Vascular, Cardiología y UCI Coronaria del Ramón y Cajal), que mantiene el tipo entre presiones y recortes, hace que vea el deseo de Aguirre como una amenaza, y los tijeretazos presentes y futuros como una declaración de guerra.

Isaac Rosa, Soy un gasto público, Público, 27/09/2011

dilluns, 26 de setembre de 2011

Cosmologia aristotèlica.



La concepció aristotèlica del món combinava la quietud, on dipositava l´ideal de perfecció, amb l´inevitable moviment on està immersa la vida humana i el medi on aquesta es desenvolupa. Per a ell, com per als grecs en general, l´univers celest, el cel, podríem dir, era un espai diví el tret essencial del qual en tant que diví era precisament o bé la quietud o bé la uniformitat i estabilitat del moviment, l´expressió màxim del qual s´expressava en els cossos celestes. En la seva cosmologia, compartida més enllà de les diferències en cada sistema filosòfic, el món celest, anomenat supralunar, era aquest món estable i ideal en contraposició al món anomenat sublunar, de moviments irregulars i imperfectes. L´univers sencer s´organitzava així en esferes concèntriques en el centre de les quals estava el nostre món terrestre. Però, atès que la quietud era la perfecció, el moviment de cadascuna de les esferes i del que depenia el moviment en el nostre món, exigia una última realitat a la que anomenava motor immòbil, que era perfecta però ella mateixa no podia moure´s i a la que Aristòtil anomenava déu, tot i que en un sentit força diferent al Déu de la cultura cristiana. De fet aquesta divinitat filosòfica, l´atribut de la qual era precisament la immobilitat, no era un déu personal en el sentit del Déu cristià i ni tan sols tampoc en el sentit en que ho eren les divinitats de la mitologia grega. La seva funció era més aviat la d´explicar l´univers i alhora la d´expressar l´ideal de perfecció al voltant del qual s´organitzava el món.

Vicente Serrano, La herida de Espinoza, Anagrama, Barna 2011

El taló és una arma de guerra.

"Para estar bella hay que sufrir". Cuántas veces oí esa cantinela en mi infancia mientras me desenredaban el pelo para hacer trenzas (conc rueldad innecesaria, por cierto). Así, inocentemente, nos llegan esas lecciones perversas de las que una tarda una vida en librarse. El tacón no alto sino altísimo es un pequeño icono que se reiste a entrar en razón, a colaborar con nuestra naturaleza, a aceptar las leyes més elementales de la física, la salud, incluso de la supervivencia. En aproximadamente 60 años ha pasado a ser un requisito del concepto de feminidad dulce e inocente, que floreció en los años 50 inspirado en las pin-up que consolaban a los soldados americanos en el frente, a ser un instrumento de poder utilizado por las supuestamente emanciapadas mujeres del siglo XXI. Parece que los hombres caen indefensos sin remedio ante una mujer elevada, parece que las mujeres, poco confiadas en alcanzar otras formas de poder más allá del sexual, siguen recurriendo a sus innegables encantos para apuntalar sus ambiciones personales y su autoestima. Porque si no, fuera del cuadrilátero de la seducción (en el que se resuelven y la física, la salud, la razón y todo lo demás se pueden ir a tomar viento fresco), ¿qué sentido tiene que nos impongamos este suplicio a nosotras mismas? El tacón es un arma de guerra. Cada una decide cuál es su batalla.

Christina Rosenvinge, ¿Tacones de 12 centímetros?, SMODA. El País, 24/09/2011

diumenge, 25 de setembre de 2011

Una mica d´història per a economistes.

Franklin Delano Roosevelt
La historia puede servirnos de guía en este punto. La recaída en la recesión que sufrió la economía norteamericana a mitad de los años treinta como consecuencia de la retirada de los estímulos públicos, cuando había comenzado a repuntar después de la depresión provocada por el crash del 29, fue lo que convenció al presidente Franklin Delano Roosevelt de la necesidad de abandonar su inicial política de austeridad por una nueva estrategia apoyada en un intenso programa de inversiones públicas para fomentar la recuperación y el empleo. Ese programa fue conocido como New Deal (nuevo acuerdo o pacto social) y salvó la economía y la democracia norteamericanas.

Sin embargo, Europa no supo poner en marcha un New Deal similar y mantuvo a toda costa las políticas de austeridad. La consecuencia fue una larga depresión y un desempleo masivo. Bajo la promesa de crear empleo, esa situación facilitó la llegada al poder de gobiernos populistas y fascistas que utilizaron las inversiones y las acciones militares como mal remedo del New Deal roosveltiano. El resto es conocido.

Antón Costas, La `conversión´de Christine Lagarde, Negocios. El País, 25/09/2011
http://www.elpais.com/articulo/primer/plano/conversion/Christine/Lagarde/elpepueconeg/20110925elpneglse_5/Tes?print=1

Les infraestructures necessàries.

Després de la Segona Guerra Mundial, els alemanys es van trobar amb el problema de legitimar un estat nou. Hi havia poques bases polítiques per fer-ho. El passat era el règim totalitari. No existia resistència que pogués fer sentir la seva veu. Ni ningú capaç de dotar-la de doctrina i liderar-la com va fer el general De Gaulle per reconstruir l'Estat francès de les cendres de Vichy. Els economistes de l'escola de Friburg van subministrar a Konrad Adenauer i Ludwig Erhard la idea que necessitaven: si no tenim bases polítiques, podem legitimar l'estat pel creixement econòmic. I així va néixer la ideologia del "miracle alemany". El creixement com a fonament de la Nova Alemanya. L'any 1978 Michel Foucault, a Naissance de la biopolitique , va traçar la genealogia d'aquest acte fundacional d'una manera de governar que ell va anomenar neoliberal. Ningú no utilitzava llavors aquesta paraula que ara fa vergonya fer servir perquè s'ha convertit en un comodí que val per a tot.

A poc a poc, el model de legitimació pel creixement va fer fortuna a tot Europa. Els acords de Lisboa de la Unió Europea són, en certa manera, la culminació del procés que va començar l'any 1948 a Alemanya. Per això els estats europeus entomen tan malament els moments de crisi. Quan les economies no creixen, els governs es queden sense projecte. I senten com si els fallés la legitimitat. Durant els anys d'expansió, els governs van tirar de grans infraestructures sense gaire miraments. Se'n van fer de molt útils i d'absurdes i es van oblidar de fer-ne d'altres, però semblava que hi ha hauria temps per a tot. Ara que el creixement s'ha esfumat, potser seria el moment de pensar en la reconstrucció de les infraestructures de la vida cívica. Es a dir, de les que realment serveixen per afavorir la relació i la trama social, que estimulen l'aprenentatge i la imaginació, la curiositat i l'empatia, les que apropen més que no aïllen el personal. Potser guanyaríem dues coses: milloraria la convivència i la política recuperaria la seva legitimitat, sense haver de dependre del creixement. Potser fins i tot esvairíem una mica el pessimisme de la crisi.

Josep Ramoneda, Infraestructures de la vida cívica, Ara, 25/09/2011

Els nostres gens neandertals.


El pasado agosto ha sido pródigo en noticias sobre los neandertales, nuestros primos hermanos, cada vez más cercanos a nosotros; y ya no tanto por sus capacidades tecnológicas, como las que se han demostrado en el yacimiento del Abric Romaní (Capellades, Barcelona) con el hallazgo de una herramienta de madera de manufactura extraordinariamente compleja, sino por su legado genético. En 2010, las comparaciones entre el genoma de Homo neanderthalensis y el de Homo sapiens revelaban hibridación con descendencia fértil en el Corredor Levantino, donde unos y otros mantuvieron contacto durante milenios. Aquel estudio sugería que las poblaciones humanas de Eurasia teníamos entre un 2% y un 4% de genes procedentes de los neandertales.

En apariencia, la cifra parece muy exigua y poco significativa. Las diferencias entre los rasgos anatómicos esqueléticos de los neandertales y los de nuestra especie permiten una distinción muy neta entre ellos y nosotros. No es necesario ser un especialista para diferenciar con probabilidad uno de acierto entre un cráneo neandertal y un cráneo sapiens. La herencia más interesante que recibimos de los neandertales resulta invisible a los ojos de los paleontólogos, según ha demostrado el equipo de Peter Parham, de la Universidad de Stanford. Las investigaciones de este equipo se han centrado en los antígenos leucocitarios humanos (HLA), el sistema inmune que permite a las todas las células del organismo reaccionar en contra de la invasión de agentes extraños.

Los neandertales tienen raíces europeas que llegan a los 600.000 años de antigüedad. Su adaptación a los hábitats que frecuentaron, desde las estepas de Eurasia, hasta el extremo más occidental de Europa o el Corredor Levantino, era perfecta. Los miembros de nuestra especie compartíamos con ellos un ancestro común de aproximadamente medio millón de años de antigüedad. Cuando nos volvimos a encontrar, procedíamos del África subsahariana y no estábamos tan capacitados para hacer frente a los patógenos propios de hábitats del hemisferio norte. El contacto genético entre las poblaciones de sapiens y neandertales produjo híbridos portadores de una nueva combinación de genes productores de antígenos del sistema HLA. En apariencia, los mestizos portadores de genes neandertales estaban mejor capacitados que los no portadores y generación tras generación transmitieron esos genes hasta la actualidad. Resulta una verdadera paradoja que los neandertales nos dieran las “armas biológicas” necesarias para controlar el planeta y terminar con su predominio milenario de buena parte del hemisferio norte.


José María Bermúdez de Castro, El legado neandertal, Público, 25/09/2011

Defensar l´ensenyament públic i el futur de la democràcia.

Charles Koch
En un artículo sobre la insensatez de unas políticas de austeridad que en lugar de remediar la crisis lo que hacen es perpetuarla, Paul Krugman señalaba que la parte fundamental de los recortes en gasto público recae sobre la educación, aunque “dejar sin trabajo a cientos de miles de maestros no parece el mejor modo de conquistar el futuro”.

Lo más grave es que estos recortes se nos presentan como una medida transitoria, como una consecuencia obligada de la crisis, superada la cual todo volverá a ser como antes, cuando en realidad hay motivos fundados para sospechar que de lo que se trata es de aprovechar la crisis para realizar una “reforma de la educación” en la que sólo se mantenga como gratuita una enseñanza destinada a formar peonaje, mientras la formación superior se reservará a quienes puedan costearse las elevadas tasas que habrán de exigir unas universidades que recibirán cada vez menos recursos públicos.

Esto se ha podido ver con claridad en el caso de Estados Unidos, donde el movimiento de “reforma” comenzó mucho antes de la crisis, con el objetivo declarado de reemplazar la educación pública por la concertada. Como ha declarado Teri Adams: “Nuestro objetivo final es cerrar las escuelas públicas y dejar tan solo escuelas privadas, devolviendo la responsabilidad por el pago a los padres y a organizaciones privadas de beneficencia”.

Estas “organizaciones privadas” son fundaciones “benéficas” como la Bill and Melinda Gates Foundation, que figura en primera línea en la lucha contra la escuela pública y a favor de escuelas gestionadas con criterios empresariales, donde los profesores, sometidos a unas condiciones de contratación precarias, están destinados a la tarea de comunicar unos contenidos previamente fijados, en una enseñanza que aspira tan solo a transmitir conocimientos puntuales, cuya adquisición pueda controlarse con exámenes y pruebas. Muchas de estas escuelas concertadas confían a empresas especializadas las tareas de contratar al profesorado, desarrollar los programas de estudio y mantener la disciplina.

Con programas semejantes actúan la Walton Family Foundation (de los propietarios de los almacenes Wal-Mart, la mayor empresa privada del mundo por el número de sus empleados, que se ha distinguido siempre por su oposición a los sindicatos), la Broad Foundation (ligada a AIG) o la Dick and Betsy DeVos Foundation (de los propietarios de Amway; Betsy DeVos es hermana de Erik Prince, el fundador de la empresa militar Blackwater, responsable de numerosos crímenes en Irak y Afganistán).

Que el propósito de la “reforma de la educación” sea desarrollar un sistema eficaz de adoctrinamiento de valores resulta todavía más visible en la universidad, donde la escasez creciente de los recursos públicos favorece la actuación de fundaciones empeñadas en realizar el programa, que la Universidad de Cervera defendía ya en 1827, de combatir contra “la peligrosa novedad de discurrir”.

En este terreno destaca la actuación de Charles Koch, propietario de una de las mayores fortunas de Estados Unidos, que rechazó la sugerencia de Warren Buffett de que los ricos pagasen más impuestos, porque prefiere emplear su dinero en actividades como las de financiar candidatos de derechas en las elecciones o influir en la enseñanza superior de la economía y en combatir desde la universidad los estudios acerca del cambio climático, para evitar que se implanten unos controles ambientales que perjudicarían a sus industrias, que figuran entre las más contaminantes de Estados Unidos.

Se ha dicho que controla en la práctica la George Mason University, donde el vicepresidente ejecutivo de Koch Industries, Richard Fink, enseña en la facultad de Economía, y se sabe que financia proyectos y becas en otras muchas. En Troy University, por ejemplo, participó en una donación de 3,6 millones de dólares destinada a crear un centro de economía dedicado a combatir la idea de que las crisis económicas se pueden evitar regulando los mercados.

En el caso de la Florida State University consta que la Fundación Charles Koch ofreció millones de dólares para el departamento de Economía, a condición de que los candidatos contratados para enseñar debían ser aprobados por un comité designado por la fundación (que rechazó a un 60% de los sugeridos por la universidad) y de que podría retirar los fondos si no estaba de acuerdo con los resultados alcanzados.

A lo que conduce una evolución semejante de la enseñanza se puede advertir en lo ocurrido en Chile, donde la privatización realizada por Pinochet, que los gobiernos de la Concertación dejaron sin enmienda, ha dado lugar a que lo que empezó como una protesta de los estudiantes, quejosos de una educación que “se sigue reduciendo al entrenamiento de habilidades funcionales para el mundo laboral y debilita la formación de personas que puedan convertirse en ciudadanos y ciudadanas activos y críticos”, ha acabado transformándose en un conflicto social de gran amplitud.

Que las cosas se están planeando entre nosotros con las mismas intenciones lo revelan las palabras de Esperanza Aguirre, que anuncian un futuro en que, con crisis o sin ella, “no toda la enseñanza” va a ser gratuita.

Defender hoy la causa de la enseñanza pública contra una reforma disfrazada de austeridad es una condición necesaria para preservar mañana la democracia.


Josep Fontana, Enseñanza pública y democracia, Público, 25/09/2011

divendres, 23 de setembre de 2011

L´obsessió de créixer quantitativament.

¿Recorden quan van parar de créixer? Va ser acabada l'adolescència. Un bon dia ja no els va caldre una talla més gran que l'any anterior. Van quedar enrere els vestits «de creixença», aquella roba massa folgada que la mare comprava en previsió de noves estirades. Durant anys, la família celebrava l'increment continuat del pes i l'alçada de l'infant. Però tothom va entendre que allò s'acabés. És més: ningú no hauria entès que durés indefinidament. Als 30 anys, hauríem arribat als dos metres i mig, i als tres metres en complir els 40... El celebrat creixement de la infantesa hauria esdevingut malaltia a l'edat adulta.

De fet, sí que hem continuat creixent. Però no pas de mida. Hem crescut en destreses i habilitats, en capacitat per a gestionar situacions, en mà esquerra i en coneixements. El creixement quantitatiu ha cedit el pas al creixement qualitatiu. La nostra capacitat perceptiva ha sabut apreciar-ho. Ningú no acut al metge més alt, sinó al més competent. Però en el camp socioeconòmic, en canvi, continuem encallats en la dèria ponderal, en l'obsessió de créixer quantitativament. Si el PIB no augmenta, les coses van malament. Una bona bestiesa quan l'adolescència productiva fa temps que ha quedat enrere.

Els massai mesuren la riquesa pel nombre de vaques que tenen. No pel rendiment del bestiar en llet, o per la venda de carn, o per la capacitat del bous per llaurar, sinó pels caps de bestiar amb què compten. És una forma primitiva d'avaluar la riquesa. El cas és que nosaltres fem igual, ben mirat. No hem desenvolupat procediments per a avaluar la felicitat, el benestar, la saviesa, la qualitat ambiental o l'equitat redistributiva com a béns econòmics. Som rics si creixem, baldament siguem infeliços, injustos o visquem en un entorn degradat. És penós.

La crisi actual ens hauria de fer pensar. Però no. Els analistes econòmics tenen la mirada clavada en els mercats financers (que tenen poc a veure amb l'economia productiva, l'única digna d'aquest nom) i clamen per tornar als índexs de creixement d'abans (com si això fos físicament possible). No és maldat, em sembla. És incapacitat. Incapacitat d'adonar-se que iteren una manera d'avaluar passada a la història. Pensen com els economistes del segle XVIII. Ja fóra hora que s'adonessin que la situació ha evolucionat en aquests tres segles de civilització industrial, que ara créixer és una altra cosa. Però no saben com mesurar-ho, ni com comptabilitzar-ho, ni com gestionar-ho. Potser és per això que prefereixen ignorar-ho i continuar acumulant vaques.

L'any 1856, Rudolf Clausius definí el concepte d'entropia; uns anys més tard, Ludwig Boltzmann trobà la manera de calcular-la matemàticament. L'entropia expressa la progressiva incapacitat dels sistemes per a tornar al seu punt de partida. Podem mesclar fàcilment pintura blanca amb pintura negra, però resulta molt difícil, per raons entròpiques, separar el blanc del negre en la pintura grisa resultant de la mescla. Les idees de Clausius permeteren consolidar el segon principi de la termodinàmica (l'entropia d'un sistema creix amb el temps, de manera que els processos tendeixen a donar-se espontàniament només en un sol sentit) i entendre que no podem fer i desfer sense aturador. Ignorar-ho en l'organització de la producció de béns en ple segle XXI comença a no tenir perdó: fa 150 anys que se sap.

L'acadèmia econòmica hauria de considerar aquestes coses, em sembla. Els físics o els ecòlegs podem, educadament, fer notar que no es pot anar pel món amb idees econòmiques caducades, però no tenim formació ni capacitat per a formular les noves. La nostra desaprovació no censura els sabers econòmics, sinó la seva obsolescència. Més que mai cal la destresa dels economistes, però per crear models per al segle XXI, no per reiterar els ja obsolets. Els béns lliures ja no existeixen a la pràctica, hem de saber computar-los en els balanços. Ara que ja hem posat preu de mercat a un no-bé econòmic com és el diòxid de carboni, ¿com podem ignorar en els balanços l'aigua potable, l'aire respirable, el sòl edàfic o el clima, per exemple? Perquè, si no figuren en els balanços, deteriorar-los no semblarà un problema econòmic. Però ho és, i tant que sí.

UNA EMPRESA que maquilla balanços ampliant capital i alienant patrimoni és una empresa mal gestionada. Això fa l'actual model econòmic: creix per tenir liquidesa i no computa costos de reposició dels recursos naturals alienats (petroli irreversiblement consumit, per exemple). La llista de febleses comptables o d'incoherències conceptuals és llarguíssima. ¿De quina globalització econòmica parlem, si de fet només ens limitem a mundialitzar alguns mercats captius? Per començar: ¿tenim tots una única moneda global? Rescatem Grècia o Irlanda perquè compartim l'euro, però el Marroc és només un d'aquests mercats falsament globalitzats, per exemple. La contaminació és una agressió econòmica perquè en un sistema global no es por funcionar en cicle obert, però cap analista sembla adonar-se'n. I així, ad nauseam. Si tot el que se'ns acut davant de l'actual crisi és que hem de créixer, és que no sabem què dir.

Ramon Folch, Economia, creixement i entropia, El Periódico de Catalunya, 23/09/2011

Viure sense Déu.

Aunque el tiempo, que tantas cosas borra, vaya pasando, no es conveniente dejar de reflexionar sobre la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Madrid el pasado mes de agosto. El que cientos de miles de jóvenes se reuniesen respondiendo a una llamada institucional constituye un acontecimiento que se debe analizar.

No es mi intención en este artículo tratar de cuestiones tan antiguas como la propia historia de la humanidad. Cuestiones como el significado de reuniones multitudinarias. Acontecimientos similares han sido frecuentes en el pasado, bajo banderas o ideologías muy diferentes, y no hace falta ser un experto en la naturaleza de la condición humana para saber lo atractivo que es para muchos formar parte de un grupo, cuanto más numeroso mejor; afirmarse en una serie de ideas no a través del análisis y la reflexión individual, sino de la experiencia y emociones que proporcionan el sentir que otros creen lo mismo.

Tampoco merece la pena resaltar las razones vaticanas para elegir, de nuevo, España, país al que se considera clave en la lucha contra el laicismo. Como tantas otras veces, las actuaciones del Vaticano no son ajenas a motivaciones de índole geopolítica. Igualmente trivial es comprender que si alguien desea ganar el futuro, hará bien en tratar de influir en la juventud.

De lo que sí quiero tratar es de algunas de las proclamas de que fueron testigos esos jóvenes en Madrid y que los medios de comunicación publicitaron urbi et orbi, cabría muy propiamente decir (de manera particularmente generosa en España).

Una de tales proclamas, manifestada de manera implícita o explícita, que ha acompañado siempre a la religión católica (también, por supuesto, a otras confesiones), es la de que el mejor camino hacia la Verdad, el único, de hecho, cuando se trata de la Gran Verdad -la explicación de Todo, incluida la razón y sentido de la vida- es a través de la Revelación, transmitida a través de, en este caso, la Biblia, cuya custodia e interpretación tiene como máximo responsable al Papa de Roma, al que se le supone -al menos a partir de un cierto momento de la historia del catolicismo- infalibilidad.

"Hay muchos que, creyéndose dioses", manifestó Benedicto XVI en Madrid, "piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos qué es verdad o no, lo que es bueno o es malo, lo justo o lo injusto".

Son muchas, y muy diferentes, en un auténtico totum revolutum, las cuestiones que se tratan en la cita anterior. No hay que confundir la búsqueda de la verdad con decidir qué es bueno o malo, justo o injusto. La verdad es independiente de nuestros deseos o intereses; la bondad, la maldad y la justicia, no. Si se trata de decidir lo que es verdad o no, el único procedimiento contrastado es el de la ciencia. De ahí que sea legítimo entender que cuando Joseph Ratzinger hablaba de "aquellos que creyéndose dioses", se refería a los científicos. Una interpretación que se ve favorecida por otra de sus manifestaciones, en la que criticaba una "educación utilitarista que solo busca profesionales eficaces", poniendo como ejemplos desde "los abusos de una ciencia sin límites" hasta el "totalitarismo político" (resulta curioso que hablen de totalitarismo aquellos que pretenden imponer sus creencias al conjunto de la sociedad, participe esta o no de tales creencias).

La ciencia, habría que recordar, no puede tener límites, porque su objeto es la naturaleza y esta es lo que es, y no podemos mutilar una parte pensando que el resto es independiente. El mundo es una unidad y las ciencias que lo estudian constituyen un sistema interdependiente, interdisciplinar. Otra cosa es, por supuesto, lo que se pueda hacer con los conocimientos extraídos de la investigación científica, o el que para obtener tales conocimientos hubiese que emplear procedimientos que una sociedad democrática quiera rechazar. La ciencia, que de tantos mitos nos ha librado, no se debe convertir ella misma en un nuevo Dios que nos dicte sus normas. Ni los científicos en nuevos sacerdotes, transmisores de un saber impersonal.

En el anterior punto entramos en el que acaso sea nudo gordiano de todo el asunto. Si hay límites, deben ser los que imponga una sociedad democrática, no los supuestos intérpretes de unas "verdades divinas" que jamás han pasado la prueba de la comprobación y la predicción. Sin capacidad de predecir no podemos distinguir entre lo falso y lo cierto.

No es difícil comprender el origen de las religiones, la necesidad psicológica de creer en un destino más allá de la muerte, en no perder para siempre a nuestros seres amados. Sin embargo, y aunque sea duro de aceptar, es evidente que no existe ningún motivo para que exista aquello que postulamos para satisfacer una inquietud emocional. Ni que para explicar el origen de algo sea aceptable postular un ente, un Dios, cuyo origen tampoco se puede explicar.

"Creo", escribió Bertrand Russell en 1925, "que cuando muera me pudriré, y nada de mi yo sobrevivirá. No soy joven y amo la vida. Pero despreciaría temblar de terror por el pensamiento de la aniquilación. Sin embargo, la felicidad no es menos verdadera porque pueda venir y marcharse, ni el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos. Incluso aunque al principio las ventanas abiertas de la ciencia nos hagan estremecer de frío en el calor de los mitos humanos tradicionales, al final el aire fresco nos da vigor, y los grandes espacios son esplendorosos por derecho propio".

La ciencia, efectivamente, nos da si no vigor sí certidumbres y desde luego dignidad. Y ello independientemente de que sus resultados de hoy no sean seguros, pudiendo ser modificados mañana; independientemente de que podamos pensar que nunca será capaz de responder a la pregunta de "¿Por qué existe el mundo y las leyes que lo rigen?" Siguiendo los procedimientos científicos, seremos capaces de encontrar esas leyes, de desvelar, sin recurrir a ningún Dios, los caminos que siguió la energía primordial para convertirse en los seres que pueblan la Tierra, pero no de responder a esa vital pregunta, de la que se nutren, comprensible pero falazmente, las religiones. Parientes como somos, aunque lejanos, de seres como la humilde lombriz de tierra (nos lo enseñó Darwin) reconozcamos nuestras limitaciones.

En Madrid, Joseph Ratzinger también dijo que "sin Dios" sería arduo afrontar los muchos desafíos que plantea el mundo actual y "ser verdaderamente felices". Consistente con esta idea es la campaña en la que está empeñada desde hace tiempo la Iglesia católica para combatir el laicismo, al que ven como un gran mal. Pero el laicismo no es sino "la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa". ¿Por qué esto es repudiable? ¿Piensa Ratzinger, y el cardenal Rouco, que ellos tienen el monopolio de virtudes como la solidaridad, la compasión o el ansia de justicia? Espero que no, porque ofendería a quien escribe estas líneas, que aun llamándome a mí mismo, con orgullo, laico, comparte algunos de los valores morales históricos que honran la confesión católica. Su insistencia en combatir el laicismo suena a mera lucha por el poder.

Aplicar la ciencia al bienestar humano implica sin duda incertidumbres. Puede, por ejemplo, llevarnos a introducir procedimientos eugenésicos, que yo, como Ratzinger, repudio, pero también a suministrar la información para que una persona decida si desea una muerte digna, posibilidad que yo defiendo. En los convulsos océanos de la biomedicina moran intervenciones rechazables en nuestros códigos genéticos al lado de mecanismos de ingeniería genética que acaso pronto -ya están comenzando a hacerlo- ofrezcan no ya un futuro mejor, sino simplemente un futuro a, por ejemplo, los llamados niños burbuja.

Por eso mi consejo a esos jóvenes que con tanto entusiasmo y atención escucharon al Papa en Madrid es que no olviden evaluar todo tipo de respuestas y tradiciones recibidas, incluso aquellas que les ofrezcan seguridades aparentes, el calor de un hogar en el que "siempre se encuentra refugio". Que recuerden aquello que Sócrates dijo a los atenienses que le condenaron a muerte, y que Platón legó a la posteridad en su Apología de Sócrates: "Una vida sin examen no es una vida digna para el hombre".

José Manuel Sánchez Ron, Laicismo y búsqueda de la verdad, El País, 23/09/2011

dijous, 22 de setembre de 2011

Els còmplices de la mentida.

Lo que sea la verdad es algo bien difícil de dilucidar. No solo los filósofos se han aplicado durante siglos a tratar de averiguarlo sino que, de creer al Evangelio de San Juan, Poncio Pilatos hubiera debido pasar a la historia, no tanto por lavarse las manos ante la sentencia de muerte a un inocente, sino porque, en un acto de desesperación escéptica, le espetó a Cristo: ¿qué es la verdad? Quid est veritas? Una pregunta con una respuesta difícil, quizá la más difícil de todas las que podemos plantearnos. Y, sin embargo, en los últimos tiempos estamos cansados de escuchar a personajes públicos que, ante cualquier dificultad, responden machaconamente: "Nos limitamos a decir la verdad". Y también los derivados más crudos de esta afirmación: "Es lo que hay" o "así es la realidad".

No pasa día en que alguna de estas tres frases -y a menudo las tres- sea pronunciada por consejeros, alcaldes, presidentes autonómicos, ministros y jefes de Gobierno. A partir de ahí el dominio de lo que es la verdad, presentada asimismo como revelación de lo que era la mentira, justifica cualquier acción, pues el responsable público, amparado por lo inevitable de la situación, acaba presentándose, ya no como un servidor sino como un salvador de la comunidad o, para los que prefieren una mayor grandilocuencia, como salvador de la patria. Una de las más grotescas paradojas de la situación actual es que la "verdad sobre lo que hay" (arcas vacías, deudas insostenibles) sea el argumento para agredir los dos territorios más sensibles de la sociedad, la educación y la salud.

El embuste implícito a esta verdad con que ahora se nos abruma está originado, cuando menos, en dos fuentes: quiénes son los albaceas de aquella supuesta verdad y cómo se forjó la mentira de la que ahora quieren liberarnos. No obstante, ambas fuentes confluyen en el hecho de que quienes ahora dicen revelarnos la verdad son los mismos que estaban en condiciones, durante años, de desentrañar la mentira. Me cuesta encontrar un solo responsable político actual de envergadura que no haya estado comprometido con aquella ocultación, ni en el partido del Gobierno ni en los principales de la oposición. Esta complicidad en la mentira o, si se quiere, en el mantenimiento de una opacidad culpable, es la que ha creado un clima moralmente inquietante, en el cual no solo hemos contemplado la corrupción de políticos sino de amplias capas de la ciudadanía, que han premiado la corrupción con vergonzosos respaldos electorales. En las próximas elecciones la mayoría de los candidatos están atrapados en aquella complicidad pues, a pesar de los desastres económicos de los que venimos hablando desde hace unostres años -pero no antes, el detalle es importante-, no se ha producido autocrítica real ni catarsis colectiva. Es fácil tener la verdad hoy; lo auténticamente difícil era denunciar la mentira ayer.

Y no denunciaron la mentira. Este verano, y como noticia de un par de días y sin seguimiento, apareció la información de que España no estaba en condiciones de pagar lo que había adquirido en material militar en los últimos 15 años, primero con Aznar y luego con Zapatero: creo recordar que eran unos 30.000 millones de euros, los suficientes quizá, de no haber sido gastados, para que ahora no hubiera que recortar el presupuesto de educación. De acuerdo con la información, lo peor y lo más frívolo es que no estaba claro en absoluto el destino de estos productos más bien siniestros por los que habíamos contraído una deuda tan abultada. No recuerdo ninguna explicación de Zapatero o Rubalcaba, de Aznar o de Rajoy. Ni las recuerdo ni las espero porque forman parte de la omertà en la ocultación de la mentira por parte de los que en la próxima campaña electoral se nos presentarán como fervientes amantes de la verdad. Y, sin embargo, por ese lado hubiéramos podido salvar nuestros presupuestos educativos.

Y acaso también podrían salvarse los presupuestos sanitarios si el Estado español presentara una demanda masiva contra la banca por negligencia, como ha hecho Estados Unidos. La Agencia Federal de la Vivienda espera una indemnización multimillonaria tras su demanda contra Bank of America, JP Morgan Chase, Deutsche Bank, HSBC, Barclays y Citigroup, entre otros. Acusación: vender hipotecas de baja calidad y faltar a la obligación de comprobar la excelencia de los activos. ¿Les suena? Durante años y años asistimos al esperpéntico espectáculo de la especulación inmobiliaria, sin apenas denuncias por parte de los grandes partidos. Tuvo que ser una diputada danesa del Parlamento Europeo la que, a instancias de Greenpeace y otros grupos similares, denunciara el caso con la resistencia activa de la mayoría de los diputados españoles. También aquí funcionó la ley del silencio, a la que lamentablemente se sumaron muchos grupos de comunicación. Eran los días en que los tentadores ofrecían créditos e hipotecas de alcance casi celestial y los tentados aprendían a vivir como aspirantes a nouveaux riches en medio de un simulacro general. Primero, se educó para la estafa, y cuando la estafa ya era demasiado evidente, en lugar de castigar a los estafadores se marchó a su rescate con dinero público. Si los que ahora se presentan a las elecciones se atrevieran a pedir cuentas a los saqueadores, como intenta hacerse por parte de algunos en Estados Unidos, tal vez no sería necesario recortar en sanidad, pues la devolución del dinero del saqueo cubriría muchos déficits. Pero ninguno de los que puede ganar lleva en el programa la exigencia de la restitución. En consecuencia, nadie devolverá el dinero robado, ni los delincuentes confesos, de Roldán a Millet, ni aquellos banqueros corruptos que nunca serán declarados delincuentes.

En esta tesitura es de una hipocresía inaguantable que tantos responsables públicos, alentados muchas veces, como corifeos, por economistas sin escrúpulos, aleguen que se limitan a expresar "la verdad" que exige sacrificios, nada menos que en educación y sanidad, los fundamentos, precisamente, de una sociedad justa. Los mismos, exactamente los mismos, que cerraron los ojos y las bocas cuando la mentira crecía sin cesar.

Rafael Argullol, La verdad de los mentirosos, El País, 22/09/2011

dimecres, 21 de setembre de 2011

Desigualtat i incivisme.

Este verano ha sido pródigo en acontecimientos mediáticos cuyo denominador común fue la ocupación del espacio público. El menos interesante, por su previsible redundancia, fue el montaje por el catolicismo oficial de un incruento auto de fe (la JMJ), en el que una supuesta juventud global se congregó para manifestarse como fan enfervorizada de un increíble ídolo de masas cuyo nombre artístico es Benito 16. Como espectáculo de masas, aquello resultó de lo más anacrónico, pues por mucho que se vendiese como una efímera Disneylandia, no dejaba de recordar al género fosilizado de Lourdes o Fátima. Y mientras tanto, la caverna mediática cantaba las candorosas excelencias de esa inocente juventud, que en lugar de estar pervertida por el laicismo materialista se atrevía a hacer profesión de fe en el carisma del santo padre. Pero ¿qué clase de juventud es esa que se deja conducir como un gregario rebaño de mansos corderos que obedecen ciegamente a sus pastores jerárquicos? ¿Dónde estaba su espontaneidad, su capacidad de iniciativa, su espíritu emprendedor, su libertad de conciencia, su propia autonomía?

Frente a esa pretendida juventud modélica, teledirigida por el catolicismo eclesiástico, hubo otras ocupaciones juveniles del espacio público que, estas sí, resultaron mediáticamente sorprendentes tanto por su espontaneidad como por su imprevisibilidad. Aquí destacan el movimiento de los indignados en Israel (para proseguir la ocupación de las plazas públicas inventada por la primavera árabe, después replicada por el movimiento español del 15-M), y la insurrección de los barrios en el protestante Reino Unido, que derivó en incendios y saqueos generalizados de pequeños y medianos comercios. Y esta última ocupación del espacio público ofrece especial interés no solo en términos informativos, por cuanto fue noticia inesperada e imprevista, sino también en sentido sociológico, porque a diferencia de las demás manifestaciones juveniles que vengo comentando no resulta nada fácil de explicar. ¿Cómo se entiende que una protesta contra la violencia policial degenerase en una súbita epidemia de saqueos de tiendas en la que participaron jóvenes de todas las edades, culturas y clases sociales, y ello en el civilizado Reino Unido que inventó la democracia representativa?

Las explicaciones ofrecidas por las autoridades británicas, con el premier conservador Cameron en cabeza, no resultan convincentes, pues su única obsesión fue descartar como causa posible el efecto negativo de los salvajes ajustes presupuestarios. Y para camuflarlo culpó primero a las bandas de los barrios (teoría de la conjura o la conspiración), después al multiculturalismo (cuando no hubo esta vez conflictos étnicos, sino al revés, una sorprendente cooperación intercultural),más tarde a los padres (por falta de autoridad) o a las madres (especialmente a las solteras) y por último a la manoseada crisis de valores (coincidiendo en esto con el Papa católico que vino a Madrid a decir lo mismo). Pero todos esos factores se dan igual en Reino Unido que en los demás países europeos, donde los jóvenes no se dedican a saquear tiendas. ¿Cuál es la diferencia específica de Reino Unido que podría explicarlo? Enseguida aduciré una posible hipótesis al respecto.

Pero antes quiero comentar otra interpretación del creciente éxito que tienen estas ocupaciones gregarias del espacio público. Se recordará que a la primavera árabe se la llamó revolución Facebook, en la medida en que las manifestaciones eran convocadas desde los móviles a través de redes digitales. Es la versión política o activista de las llamadas flash mobs o smart mobs (Rheingold): movilizaciones instantáneas de multitudes convocadas por ordenador o teléfono (portátiles y móviles). Y de estas smart mobs hay versiones tanto profanas, convocadas por placer (según parece haber ocurrido con los saqueos de Reino Unido), como sagradas, convocadas por deber: ya sea este un deber religioso (la JMJ de Madrid) o un deber cívico (primavera árabe, 15-M, los indignados de Israel). Ahora bien, el común denominador de todas estas movilizaciones es la compulsiva propensión a documentarlas con testimonios gráficos: los manifestantes se dedican sobre todo a fotografiarse a sí mismos participando en la manifestación, para poder colgar en sus redes sociales las pruebas gráficas de que ellos formaban parte del happening. De este modo, la fotografía consigue hacer real lo que de otro modo parecería una participación imaginaria. Así se produce una performance: una ejecución escénica que al ocupar el espacio público logra convertir en reales a las redes virtuales. Es la forma de manifestación actual que adquiere la efervescencia colectiva de Dürkheim, a la que Jeffrey Alexander ha denominado giro performativo: la construcción de una nueva realidad social a partir de la catarsis creada por la ocupación escénica del espacio público. Lo cual exige despertar el interés unánime de los medios mediante la suspensión extraordinaria del orden cotidiano habitual, pues solo así se logra convertir en acontecimiento histórico lo que sin el refrendo mediático resultaría un acto privado y ficticio.

¿Y cuál es la diferencia específica del predatorio flash mob de Reino Unido? ¿Por qué se dedicaron los jóvenes británicos a saquear comercios, en lugar de congregarse para rezar, indignarse o reclamar democracia real? Mi hipótesis es que puede deberse a la naturaleza peculiar del liberalismo anglosajón, fundado como está en la cultura de la desigualdad que propende a promover este tipo de atentados gratuitos contra la propiedad ajena. Ya lo vimos con las secuelas del huracán Katrina, se sigue viendo de forma recurrente en los disturbios de los guetos afroamericanos y desde luego así se ha visto en los saqueos del verano británico. En cambio, compárese con la modélica reacción de la sociedad japonesa ante la catástrofe de Fukushima, donde no hubo el más mínimo conato de saqueo, cuando hubiera resultado algo perfectamente factible ante la falta de protección policial. Frente a ese civismo ejemplar, ya se puede imaginar qué hubiera ocurrido si el maremoto hubiera anegado las costas británicas o estadounidenses en ausencia de los bobbies o la guardia nacional. Y algo parecido al caso japonés puede decirse de la ejemplar reacción del pueblo noruego ante los asesinatos masivos de un cristiano ultraderechista: ni el más mínimo disturbio incivil, al revés, una serena ocupación del espacio público para demandar concordia y reconciliación. ¿Por qué se comportan de forma tan opuesta los anglosajones frente a nórdicos o nipones? ¿Por su religión?

No, la clave explicativa reside en la desigualdad social. Y para verlo recomiendo de nuevo aquí el libro Desigualdad, de Wilkinson y Pickett, que correlaciona la magnitud de los problemas sociales con el índice de desigualdad social. Sencillamente, la nórdica y la japonesa son las sociedades más igualitarias del mundo desarrollado, y por eso allí apenas hay espacio público para la frustración y la agresividad. En cambio, los países anglosajones son las sociedades más desiguales del capitalismo occidental, y por eso en su espacio público se manifiesta ante todo la envidia, la rapacidad, el resentimiento y la ansiedad por el estatus. Son sociedades presididas por la especulación institucionalizada en sus economías financieras que hacen de la codicia posesiva su primer imperativo categórico. Si los banqueros anglosajones carecen de escrúpulos para lucrarse con la ruina ajena, y esa clase de rapacidad depredadora se pone como ejemplo de éxito social, ¿cómo sorprenderse de que los jóvenes anglosajones también se crean con derecho a disponer sin freno de los bienes ajenos, ocupando el espacio público para saquearlo a placer haciendo impune ostentación de su rapaz avidez?

Enrique Gil Calvo, La ocupación del espacio público, El País, 21/09/2011

Internet i les noves formes d´ accedir a la veritat.

by Stephanie Carter
Existen la arbitrariedad, el anonimato, la cobardía y la suplantación de identidad en Internet? Sin lugar a dudas. ¿Se trata de un fenómeno grave y alarmante que hay que denunciar y combatir? Por supuesto, tal y como se hace fuera de la Red. ¿Es, como afirmaba Juan Gabriel Vásquez en un artículo reciente en estas páginas, el "carácter de Internet" el responsable de esta lacra? Claramente, no. No solo no lo es, argumentaría precisamente lo contrario: la Red y su estructura descentralizada nos están conduciendo a un modelo de transparencia radical que, en realidad, ubica el problema en las antípodas. Lo que Lawrence Lessig, académico y activista de Harvard, denomina el problema de la "transparencia desnuda": un influjo permanente de información y revelaciones que se vuelve difícil de discernir e interpretar.

La reafirmación de la identidad individual en la era de Internet, dice Vásquez, se ha convertido en la "encarnación de nuestros peores miedos, el lugar donde nuestra vulnerabilidad es total y es total nuestra impotencia". Esa es la lectura del vaso medio vacío; en la que la multiplicación de voces y el ensanchamiento de los espacios de participación pública diluyen, necesariamente, certezas arraigadas y la seguridad moral que proporcionan las jerarquías. La otra lectura que se puede hacer -el vaso medio lleno- apunta hacia espacios de colaboración que reivindican la participación individual, la acción colectiva que pasa por la suma de voluntades individuales y la discusión de los asuntos públicos a una escala sin precedentes. Para fines tan distintos que pueden ir desde encender la chispa de una revolución a colaborar en una enciclopedia abierta, pasando por organizar a un grupo de vecinos para frenar un desahucio.

La Red está desarrollando mecanismos endógenos de participación que redefinen por completo la forma en la que se ejerce y reivindica la identidad individual; que cambian las vías a través de las cuales nos relacionamos, colaboramos y compartimos información y conocimiento. Surgen esquemas inéditos de colaboración entre personas (peer to peer) altamente eficaces capaces de hacer aflorar desde las lacras sociales más soterradas hasta desenmascarar el fraude, la impostura y todo tipo de engaños sociales. Surgen, en otras palabras, nuevas formas de acceder a la verdad.

Andy Carvin, reportero de la NPR estadounidense desconocido hasta enero, ilustra bien el fenómeno. 

Inadvertidamente se convirtió en parte de la historia de las revoluciones árabes desde la terraza de su casa en Washington. ¿Cómo lo hizo? Ocupando un novísimo espacio en la cadena de producción de información: el de curator -o curador-. Por medio de su perfil en Twitter, Carvin construyó una red de informantes sobre el terreno que le suministraban fotografías, vídeos y piezas de información inconexas. Por medio de una segunda red paralela de expertos, las informaciones eran validadas, sopesadas y difundidas a un círculo de personas más amplio. El resultado, según María Popova, de la revista Wired, es un nuevo tipo de autoría en la creación de información. Es decir, una forma nueva y omnisciente de validación y autenticación capaz de derribar y exponer bulos con la misma velocidad -o incluso mayor- de la que fueron creados.

Otro ejemplo ilustrativo tuvo lugar en 2008, cuando la agencia estatal de noticias iraní publicó una fotografía de una prueba de misiles en la que se observaba el lanzamiento de cuatro proyectiles. La fotografía apareció en la portada de varios diarios internacionales. Sin embargo, la imagen no resistió el escrutinio público un solo día. Rápidamente, diversos expertos militares en varios países demostraron que solo se habían disparado tres de los cuatro misiles y que la fotografía se había alterado digitalmente para ocultar el fallo, poniendo en evidencia ya no solamente a la agencia de prensa, sino la eficacia del Ejército iraní; qué habría pasado, me pregunto, si la inteligencia occidental que apuntaba hacia las supuestas armas de destrucción masiva en el preludio a la invasión de Irak en 2003 hubiera sido analizada con más minuciosidad y por un círculo más amplio de expertos.

En el fondo se trata del mismo mecanismo que en febrero de este año me permitió descubrir que párrafos íntegros de un artículo que publiqué en este diario y que fue reproducido por O Globo en Brasil (La calle conecta con la Red, 9 de febrero de 2011) aparecían firmados como propios en el blog de un político de Río de Janeiro.

¿Qué tiene en común esta lista disímil y variopinta de ejemplos? El poder de una nueva esfera pública conectada en red. Millones de usuarios -millones de expertise- que de manera permanente, y por razones muy diversas, validan, desmienten y colaboran en una empresa colectiva amorfa y dinámica; nuevos roles y formas de participación que no se ciñen más a los rígidos esquemas verticales que determinaban el alcance de la acción individual.

La misma Red que permite suplantar la identidad o refugiarse en el anonimato, también está desatando una fuerza mucho más potente -y esta sí, completamente nueva- en la dirección contraria. Un nuevo modelo de esfera pública bidireccional y en red que está camino de transformar ya no solo la forma en la que se manifiesta la identidad individual, sino en la que se ejerce la ciudadanía.

Diego Beas, ¿Cambiar de identidad en Internet?, El País, 21/09/2011

A l´inici, res no existia.


La imagen de un caos inicial que se metamorfosea progresivamente en universo organizado está, en efecto, en varios relatos tradicionales. Es común a numerosas creencias: la encontramos en los egipcios, en los indios de Norteamérica, en los sumerios. El caos se suele representar con una imagen acuática, un océano inmerso en la oscuridad, por ejemplo. Nada existía, a excepción del cielo vacío y el mar en calma en la noche profunda, relata la tradición maya. Toda la Tierra era mar, dice un texto babilónico. La Tierra era informe y vacía, la oscuridad ocupaba la superficie de las profundidades, y el espíritu de Dios se movía por toda la extensión de las aguas, se lee en el Génesis. También se recurrió con frecuencia a la metáfora del huevo. Un líquido aparentemente informe, en el interior del huevo, se convierte en polluelo. Es una hermosa imagen de la evolución del universo. Para los chinos, el huevo se separa en dos mitades que constiuirán, cada una por separado, el cielo y la Tierra. No obstante, en estas mitologías, el caos se relaciona con el agua y la oscuridad. En la cosmología moderna, en cambio, está constituido por calor y luz.

Hubert Reeves, La historia más bella del mundo, Editorial Anagrama, Barna 1997