dimecres, 29 de febrer de 2012

David Hume (1ª part: teoria de les idees, la realitat exterior)


https://sites.google.com/site/cavernicoles/le-bon-david

Conspiranoic.


¿Puede estar Bin Laden vivo? ¿Mataron los servicios secretos británicos a Lady Diana? ¿Organizó la CIA los ataques contra las Torres Gemelas? Que existen millones de personas dispuestas a creer todo tipo de teorías conspiratorias no es ninguna novedad. Al fin y al cabo, la historia está llena de conspiraciones exitosas. Menos frecuente es sin embargo que se investigue científicamente cómo funciona la mente conspiratoria.

Detengámonos por un momento en el 11-S. Según las encuestas, decenas de miles de personas están convencidas de que la CIA organizó los atentados contra la Torres Gemelas para justificar el posterior ataque de Estados Unidos contra Afganistán e Irak. El problema de esa teoría no es la teoría: como nos recuerda el hundimiento del acorazado Maine en el Puerto de la Habana o el incidente con el USS Maddox en el Golfo de Tonkín, no sería la primera vez en la historia que EEUU simula un ataque para justificar una acción militar. El problema de esta teoría no es, pues, la teoría, sino la realidad: teniendo en cuenta que Bin Laden y sus lugartenientes han reivindicado públicamente en numerosísimas ocasiones dichos atentados, mostrándose satisfechos y orgullosos por lo logrado, extraña sobremanera que ese núcleo de creencias perviva. Esos musulmanes radicales que creen que la CIA organizó el 11-S, ¿están llamando mentiroso a Bin Laden?

El hecho de que las personas proclives a las teorías de la conspiración (también llamados “conspiranoicos”) sean inmunes a la evidencia empírica que desmontaría sus creencias conspiratorias tiene ahora una explicación. Un reciente estudio de tres profesores de la Universidad de Kent publicado en “Social Psychology and Personality Science” examina en detalle la capacidad de los conspiranoicos de mantener creencias incompatibles entre sí. En dos grupos de estudio separados con más de cien individuos se observó que la gente que creía que Bin Laden todavía seguía vivo era también proclive a pensar que ya estaba muerto antes de la operación de las fuerzas especiales estadounidenses. Y de la misma manera, un gran número de las personas que pensaban que Lady Diana había sido asesinada por los servicios secretos británicos (el MI-6), pensaban a su vez que todo era un montaje y que la Princesa Diana seguía viva.

¿Cómo es posible, se preguntan los autores, que la gente crea que las personas puedan estar a la vez vivas y muertas? Porque los “conspiranoicos” no funcionan inductivamente, es decir, no examinan los datos disponibles y luego construyen una explicación plausible de los hechos, sino deductivamente: en su sistema de valores, la desconfianza hacia la autoridad ocupa un lugar central. Con ese supuesto de partida, los hechos son secundarios: precisamente porque la autoridad manipula los hechos, lograr conocerlos es imposible, lo que explica que se puedan creer cosas contradictorias entre sí.

Por tanto, cuando un “conspiranoico” examina la realidad, no busca datos que confirmen o refuten su teoría, sino pistas, por fragmentarias que sean, que confirmen su sistema de valores preestablecido, que exige desconfiar de la autoridad. Por tanto, que Bin Laden reivindicará los atentados del 11-S en numerosas ocasiones es lo de menos: ¿quién nos asegura que la CIA no sabía que los atentados iban a ocurrir y en lugar de detenerlos, decidió dejar que ocurrieran? ¿Y quién nos asegura que Lady Diana no pactó con el MI-6 la simulación de su muerte para quitarse de en medio antes de que los enemigos de Dodi AL Fayed la liquidiran? ¿Y quién nos dice que Bin Laden no murió en Tora Bora pero que los talibanes usaron durante años un doble para seguir emitiendo videos que alentaran la Yihad? Y así, sucesivamente.

José Ignacio Torreblanca, Claves para entender la mente conspiratoria, Café Steiner, 29/02/2012

Déu és només una idea creada pel cervell.


Dios es solo una idea sin contrapartida alguna en la realidad sensorial. El hombre es un producto evolutivo. No parece necesario acudir a nada sobrenatural para explicar que estemos aquí. Esto lo comparten la mayoría de los científicos y, particularmente, los biólogos. Toda nuestra interacción con el mundo es a través del cerebro. No hay nada que no haya sido producido por nuestro cerebro y sus códigos. Dios es una idea, como todas, construida por los códigos cognitivos. Incluso la realidad que vemos es producida, en parte, por nuestro cerebro. Son los códigos que traes de serie en el cerebro los que construyen para ti el mundo solo con un objetivo: de mantenerte vivo!

Nuestro cerebro tiene la capacidad de construir ideas. Usted sabe que tiene una idea de caballo que no concuerda con ninguno de los caballos que existen. Después de ver muchos caballos y por el aprendizaje, los códigos neuronales del cerebro son capaces de crear una especie de patrón en el que encajan todos los caballos. Esto es un abstracto, una idea, esa esencia inteligente, como la llamaría Platón. Ahora bien, esa idea de caballo cobra realidad cada vez que ve un caballo concreto, que cada vez es diferente. Y lo mismo pasa con todo. Nacemos con patrones que crean esas ideas, que constituyen la esencia del lenguaje humano. Y, gracias a ellas, podemos comunicarnos tan rápidamente con los demás sin bajar 'a los concretos', utilizando los abstractos.

Como todas, la de Dios es una idea creada por el cerebro; pero nunca cobra realidad porque Dios no está en el mundo. Si tratamos de encontrar en la realidad un reflejo de la idea de Dios, nos damos cuenta de que no existe. El mundo no alberga nada que encaje con la idea de Dios que tengo en mi cabeza. Por eso, Dios es solo una idea.

La única manera que han tenido las religiones de sustanciar la existencia de Dios es hacerlo real, traerlo al mundo. ¿Cómo? Haciéndolo renacer tras la muerte, como en el cristianismo, o con apariciones sobrenaturales en tiempos bárbaros de la Historia, como diría David Hume. Respecto a los libros sagrados, ¿quién los ha escrito sino un ser humano? Los dioses, únicos o no, son el corazón de la identidad de los pueblos en su nacimiento. ¿Qué es lo que cuentan los libros sagrados? Que Dios estuvo en la Tierra, o apareció, o le dijo a alguien algo... Y así cada dios fue cobrando una identidad y una realidad a través de la memoria de los pueblos. Libros escritos en los tiempos del pensamiento mágico. Hoy, la Biblia no tiene ningún valor como prueba fehaciente de que haya existido una divinidad. Una cosa es evidente, si hoy entra alguien por la puerta y dice que acaba de hablar con Dios o que por la noche le visita, sin duda, pensarás que sufre algún problema mental.

Dios se ha diluido ante el análisis y la aplicación del método científico. Hemos pasado del pensamiento mágico al crítico. Pensamiento mágico es el que no relaciona de modo riguroso causa y efecto. Hay un ejemplo que lo explica muy bien. Llega un explorador a una tribu, le reciben bien, y se desata una tormenta que mata a varios miembros de la tribu. Al cabo de un tiempo, regresa y vuelve a pasar lo mismo. Pero, a la tercera visita, el jefe se para a pensar y manda matar al explorador nada más asomar la cabeza. ¿Por qué? Porque trae consigo espíritus malignos que provocan tormentas que matan a gente de la tribu. Eso es pensamiento mágico. Causas que no son tales. Lo sobre natural nace porque traemos en el cerebro códigos que alimentan la idea de la sobrenaturalidad.

(La evolución parece que ha favorecido estas explicaciones). Si a un niño le explicas que las flores surgen de las semillas, no te preguntará luego qué hace o cómo se hacen las semillas, sino 'quién' las hace. Eso es pensamiento animista. A lo largo de la evolución, se ha seleccionado el animismo porque ha tenido un valor para la supervivencia. Cuando surgen la agricultura y la ganadería, el hombre comienza a tener tiempo para charlar y preguntarse por el origen del rayo, por ejemplo. Y empieza a pensar que esa fuerza tan tremenda, que está fuera de él y él no ha hecho, solo puede haber sido hecha por alguien como él, pero que no se ve, que está escondido, que es sobrenatural. O ahí está el caso del Sol, que, de repente, se esconde durante días o semanas, y la cosecha se pierde. ¿Quien dudaría sin más referencias de que el Sol es un ser sobrenatural que está castigando a los hombres?

El mundo hasta hace unos 5.000 años fue claramente politeísta. El dios universal es una idea que no tiene más de 4.400 años, cuando Akenatón instituye a Atón como única divinidad. Ahí entró el monoteísmo, la idea de un dios universal, en la Historia. Luego, posiblemente, los autores del Pentateuco se apropiaron de ella porque un grupo unido por un solo dios es más fuerte, más cohesionado y más capaz de defenderse. Ése es el gran valor de la religión. ¿Pero cuál es su sustrato último?

Lo que sí está claro es que la ciencia no da ninguna respuesta. Por eso, la religión tiene todavía un puesto muy prominente en la vida del ser humano. Desde la ciencia solo nos queda hacer lo que el bíblico Moisés: andar el camino con la única meta de hacerlo lo mejor posible para el grupo. El sentido de la vida, de la tuya y de la mía, está en el grupo. Desde que el hombre es hombre, fuera del grupo está muerto.


Francisco Mora, "Dios es solo una idea creada por el cerebro", extracto de la entrevista realizada por L. A. Gámez, El Correo, 23/02/2012

dimarts, 28 de febrer de 2012

La veritat és una cosa terrible.



No hace mucho, una profesora me contaba que había perdido la fe. No la fe religiosa, sino la fe en su profesión, la fe en las asignaturas que impartía. Se daba cuenta de que daba las clases mecánicamente, que declamaba una lección repetida y archisabida, y se preguntaba qué entenderían los alumnos de aquella retahíla de teorías, qué aplicación práctica le encontrarían, si es que le encontraban alguna, qué importancia le adjudicarían a aquellas discusiones eruditas, si es que le adjudicaban alguna. Se daba cuenta de que dar clase constituía una relación triangular, con el profesor y los alumnos en dos de los vértices y la materia en el tercero, de modo que la relación del docente con la materia era percibida de modo determinante por aquéllos: si no había ahí una relación de atracción, de entusiasmo incluso, difícilmente podría suscitarlo en los alumnos. Se daba cuenta, por último, de que a veces fingía o exageraba ese interés ante ellos, de que les vendía una mercancía en la que no creía, ni conseguía recordar si había creído de verdad alguna vez. Aunque sabía, no obstante, que tenía que esforzarse en cumplir con su deber.

Como San Manuel Bueno, mártir, le dijimos. Como San Manuel Bueno, mártir, nos respondió. El cura de la novela de Unamuno había perdido la fe, pero la seguía predicando. Más aún, la seguía predicando con un fervor, una dedicación y una caridad tan alabadas que le hacían merecer fama de santo. Una actividad permanente que le impedía recrearse en las dudas o, más bien, en las crudas certezas que ocultaba a sus fieles: “La verdad es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella”. Así que él se encargaba de hacer llevadera y aún feliz la vida de sus feligreses, haciendo que se soñaran inmortales, pues lo importante es que “vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían”. A Don Manuel, en realidad, no le quedaba más que una certeza: “consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío”.

En qué profesiones no pululan descreídos así, gente sin fe pero no cínica, gente cruzada de dudas o de certezas contrarias a las causas que han de defender, gente que aparenta y a veces aparenta tan bien y durante tanto tiempo que hasta se creen su propia representación. Imagino al empleado de banca que encaja a sus clientes un paquete de acciones o un plan de pensiones no muy seguros, pero cuyas virtudes ha de ensalzar; mientras se escucha a sí mismo se pregunta cuándo dejó de creer en todo eso. Imagino al político repitiendo las consignas del argumentario que le han pasado esa mañana; quiere estar de acuerdo con lo que dice, aunque a veces le importuna la duda de ser un farsante. Seguramente todos creen que el orden al que contribuyen es necesario y consuela a los demás, 'aunque el consuelo que les dan no sea el suyo'.

Belén Altuna, San Manuel bueno, mártir, El País, 26/02/2012

No n´hi ha prou amb indignar-se.


Decía Adam Smith que la admiración acrítica de la riqueza es “la causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales”. Y John Stuart Mill remachaba: “La idea de una sociedad sostenida solo por las relaciones y sentimientos surgidos del interés económico es básicamente repulsiva”. Ahora que está tan de moda tomar la gran tradición liberal en vano para hacerla cómplice de un neoliberalismo que nada tiene que ver con ella, he querido acudir a estos dos clásicos para defender la necesidad de la reflexión moral ante el descalabro que la crisis y las medidas anticrisis están provocando en las sociedades europeas. Por mucho que se niegue, la crisis europea ya no es sólo económica, es profundamente moral, cultural y política.

Días atrás, me choqué con un grafiti que decía así: “Indignarse no es suficiente”. Y vi una foto de una pancarta de una manifestación en la que estaba escrito: “Indiferencia igual a arma de destrucción masiva”. La insuficiencia que el grafitero constata es la dificultad de encontrar transformación política a la indignación ciudadana. La indiferencia expresa la crisis cultural; la indignación, los arrebatos morales de una sociedad desconcertada y asustada. La primera no va a ninguna parte, la segunda no sabe adónde ir. La indiferencia es letal porque equivale a la aceptación de la fatalidad: “Es lo que hay”. Terrible expresión de claudicación e impotencia que últimamente se oye demasiado. La indignación, por lo menos, tiene la virtud de recordar que seguimos vivos. Y ambas nos recuerdan que sin alternativas políticas reales y sin un sentido que la anime, la democracia está herida. Entre la indignación y la indiferencia, ¿qué vemos? Una política perdida en el marasmo de los intereses económicos, incapaz de dotar de sentido a unas políticas que se ejecutan por imperativo superior. Y lo más preocupante es que entre estos ejecutores algunos parecen disputar una insultante carrera: quién consigue más recortes y menos irritación social. La sádica actuación de la policía en Valencia contra los estudiantes expresa la voluntad de segar de raíz cualquier esbozo de conflicto social. Y sin conflicto no hay sociedad libre.


La indiferencia sirve de argumento a los gobernantes para decir que la mayoría de los ciudadanos apoya sus políticas. A los gobernantes siempre les ha gustado dejarse engañar por lo que quieren creer en cada momento. Frente a una indignación que no se concreta y frente al silencio ensordecedor de la indiferencia, la política institucional cada vez está más desconectada de la sociedad y más conectada con unas élites cerradas que solo se escuchan a sí mismas. Y así se va avanzando por la senda que marca la economía, que es la palabra mítica que sirve de eufemismo de las relaciones de fuerza reales. ¿Quién es esta economía que todos tenemos que obedecer? Un ente compuesto, formado por los que tienen poder económico y lo usan para influir en beneficio de sus intereses; un sinfín de expertos rendidos al dinero, que en esta crisis han puesto en evidencia a los más famosos departamentos universitarios y escuelas de negocios; unos tecnócratas con viaje de idea y vuelta entre el capital y la política, y unos conversos que creen que solo de pan vive el hombre. En este contexto, ¿dónde está la discusión sobre la sociedad que queremos?

No hay sociedad, solo problemas económicos. Hay que cuadrar los números, dicen, cuando de lo que se trata es de cuadrar a las personas. Los debates políticos se desdibujan. Y van apareciendo nuevas formas de impostura ideológica: primero fue el discurso de los excesos: hay que pagar la fiesta; después el anhelo virtuoso de austeridad; ahora está apareciendo el populismo, en una fórmula nueva: tomar a los parados como coartada para forzar la caída de salarios. Además de oportunista, es bastante inmoral.

Pero para completar la tarea, para aprovechar la crisis para hacer un traje jurídico nuevo al capitalismo que consagre legalmente los privilegios de los que más tienen, es necesario decretar la suspensión de la política por imperativo económico, porque para determinados proyectos la cuestión del sentido —¿qué país queremos?— es un estorbo. Y la gran mayoría de la izquierda calla y otorga. Así se prometen dinero y privilegios a un señor de Las Vegas que viene con el cuento de la lechera para trasladar aquí una franquicia de las excrecencias del peor capitalismo. Ahora que el modelo valenciano está en quiebra económica y moral, ¿nuestro soberanismo particular va a hacerlo suyo? Nadie protesta, salvo un cachito de PSC y la irredenta Iniciativa.

Josep Ramoneda, La suspensión de la política, El País, 27/02/2012

Estimados banqueros de Wall Street.


L´home mutilat.


Como todo animal, el hombre tiende a desplegar todas las capacidades con las que se halla dotado por naturaleza. El asunto es determinar bien cuáles son las que le caracterizan en el seno de la animalidad, pues si es frenado en estas, el eventual desarrollo de otras, no impedirá que ese animal quede mutilado en su humanidad.

Se ha dicho muchas veces que los niños dan muestras de gran curiosidad analítica  e inclinación a explorar y descubrir, las cuales a menudo quedan ulteriormente paliadas, o simplemente abolidas. Me atrevo a conjeturar que cuando mostraba tal disposición  el  niño no hacía otra cosa  que responder a su naturaleza , a esa modalidad propia de la physis, que al decir de Aristóteles le llevaba a eidénai, es decir a subsumir el entorno bajo conceptos y símbolos. Pues el animal humano tiende a nutrir  y desplegar sus facultades cognoscitivas, ni más ni menos  que como  el águila o el caballo tienden a activar sus capacidades de vuelo o de galope.

El hombre ha domesticado al lobo, canalizando y utilizando las facultades naturales del mismo hasta hacer un amigo y cómplice en  su lucha contra la adversidad del entorno. Pero  el lobo es ya negado  en su animalidad específica, reducido a una condición sin forma propia cuando deja de ser el agudo vigilante de las tierras o el rebaño para  ser confinado en un angosto espacio urbano y erigido en sustituto asténico de la compañía humana, en imposible paliativo  de esa soledad para la  que solo la complicidad en la palabra y el relevo de la misma en el ciclo de las generaciones constituye adecuada medicina.

Lo tremendo es sin embargo cuando tal reducción se efectúa con el propio ser humano.

Pues un hombre para quien ha desaparecido de su perspectiva, de su ámbito de vida, el objetivo de fertilizar y desplegar las facultades que le caracterizan como animal de razón y de lenguaje, es simplemente un hombre mutilado en su esencia. Pantes antropoi tou eidena oregontai physei...,  cada ser humano desea que se actualice su condición natural en el acto cabal de pensar. Luchar contra las trabas sociales que hacen de tal proyecto una utopía  es la primera de las exigencias éticas. Y desde luego no renunciar a la propia   práctica cabalmente filosófica; no renunciar, por lo que este foro se refiere a seguir explorando las paradojas cuánticas.   

Víctor Gómez-Pin, Realizar la animalidad que nos es propia, El Boomeran(g), 28/02/2012

Cartes a la meva dona morta.


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Toyofumi Ogura daba clases de Historia en la Universidad de Hiroshima. El 6 de agosto de 1945, una mañana típica de Hiroshima, húmeda y sin viento, notó “un destello de luz blanca azulada, como el que produce la ignición del polvo de magnesio, y un fulgor inundó el cielo”. Se arrojó al suelo, luego observó una masa de humo “en forma de cumulonimbo” que hervía furioso hacia el cielo y sobre él “un hongo monstruoso del que descendía un pie muy ancho, parecido a un tornado”.

A pesar de señales tan extrañas, el profesor Ogura creyó que había estallado un polvorín. Todavía pasarían nueve días hasta que los japoneses escuchasen por vez primera, de labios de su primer ministro Suzuki, dos palabras que ya nunca separarían: bomba atómica. A Hiroshima le había tocado pasar a la Historia de la mano de una catástrofe, una de las nuevas creadas por la inteligencia humana, transportada hasta su ciudad en un B-52 llamado Enola Gay.

El fue “un superviviente casual”, el único profesor que no murió de su departamento de Historia, porque en aquel preciso instante caminaba a unos cuatro kilómetros de la ciudad. La bomba sorprendió a Fumiyo, su esposa, delante de unos almacenes. Se desmayó allí mismo y murió dos semanas después, tras una agonía dolorosa en la que los síntomas de sus lesiones se agravaban con los días sin que su marido fuese consciente hasta el final del alcance de sus heridas. No eran convencionales, no había signos externos traumáticos. Nadie sabía tampoco que existía una enfermedad por radiación, que cambiaba el grupo sanguíneo de los afectados, minaba sus glóbulos rojos y blancos y les provocaba hemorragias internas. Los enfermos comenzaban a descomponerse y pudrirse en vida: las lombrices intestinales abandonaban sus cuerpos antes de que muriesen.

Entre el carrusel de sentimientos de aquellos días Ogura experimentó un bulímico deseo: informar mediante cartas a su mujer de lo que había ocurrido tras su muerte. Durante un año escribió nota tras nota. Para ella y para él.

En 1948 aún no se había publicado ningún libro sobre la catástrofe, pese a la amplia cobertura en prensa. Un editor animó a Toyofumi Ogura a relatar su experiencia personal. Releyó sus notas, las rehizo levemente y, ese mismo año, tras sortear la censura de los aliados, vieron la luz como Cartas a mi difunta esposa. Notas sobre la bomba atómica de Hiroshima. Se imprimieron ejemplares con la frase “Printed in Occupied Japan” destinadas a la exportación. En España nunca se había publicado, según Gonzalo Pontón, editor de Pasado y presente, que acaba de lanzar el libro, titulado ahora Cartas desde el fin del mundo.

Seis décadas después el relato de la Hiroshima devastada gracias a la fisión nuclear sigue sobrecogiendo. Uno se imagina a Ogura, tras su desconcierto, subido a una colina para disponer de una vista panorámica. Y entiende su miedo al encontrar que su ciudad “había dejado de existir en tan solo tres horas. La sexta ciudad más grande de Japón, con una población de 400.000 habitantes y conocida como la ciudad del agua por estar situada sobre los deltas de siete ríos, había desaparecido”.

Ruinas, escombros, algún edificio sobresaliendo entre la desolación. ¿Y la gente? Se habían concentrado en el monte Hijiyama para ponerse a salvo. Casi todos iban descalzos, algunos con vendas en los brazos. “Casi todos permanecían callados, como si les hubieran arrancado el alma (…) eran como cadáveres vivientes”.
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Y fue solo el comienzo de las escenas del fin del mundo. Los cuerpos flotaban en el río, atascándose contra los pilares de algún puente. Algunos cadáveres tenían los músculos al descubierto y casi todos el espanto como última expresión grabada en el rostro. "A algunas personas les habían saltado los ojos de las órbitas, a otras les había explotado el abdomen y se les habían salido las entrañas".

Se calcula que murieron 100.000 personas (la cuarta parte de la población). Y según el estudio que cita Ogura, alrededor de 75.000 lo hicieron el día que cayó la bomba, en la mayoría de los casos como resultado de la destrucción física de la ciudad y de la onda expansiva. Pero otros 25.000 perecieron en los días y semanas siguientes por causa de la radiación. Y morían en mitad del caos y del desconcierto del personal sanitario que se encontraba con enfermos con temperaturas de 42 grados, vómitos de sangre y hemorragias internas y quemaduras que no respondían a lo conocido.

"Cualquier político o militar que leyera este libro perdería las ganas de hacer la guerra", escribe el escultor Kotaro Takamuro en la introducción a la actual edición. Debería ser lectura obligatoria.

Tereixa Constenla, Cartas desde Hirosima, Papeles Perdidos, 23/02/2012

Internet contra les elits intel.lectuals.

Sartre i Simone de Beauvoir
La pasión por la conversación, la inteligencia y la reflexión. Tres cualidades que definen al intelectual, un pensador que trata de influir sobre el corazón del poder o la realidad exterior, alguien capaz de ejercer el derecho de injerencia, cambiar la historia o encarnar un momento en la vida de un país. La definición en sí misma parece una reliquia del pasado. Como si la especie hubiera sido devorada por ese universo hambriento de Internet. Alain Minc (París, 1949), autor de Una historia política de los intelectuales (Duomo Perímetro), compara a la raza de los pensadores con “la diversidad de los quesos, la variedad de los paisajes o la pasión por las revoluciones, una especialidad muy francesa”.

Pero dónde situar el punto de partida de este linaje ¿Sócrates o Platón? ¿Santo Tomás de Aquino? ¿Erasmo? “Que cada uno opine lo que quiera”. Minc, ensayista y politólogo, lo tiene claro: “El intelectual moderno nace en el siglo XVIII, cuando la sociedad civil se emancipa de la omnipotencia real. Los salones son la primera manifestación de ello. Desde esta época, el intelectual se sitúa del lado del poder o en su contra”, contesta el escritor vía correo electrónico desde su oficina en la capital francesa. Entonces, las élites europeas hablaban en francés y las ideas nacían, vivían y morían en París. En su top particular, Voltaire, “tan seductor como cuestionable, tan brillante como superficial”, ocupa el puesto de primer intelectual de la historia, el primero que ejercerá sobre la sociedad un magisterio tan completo como el rey sobre el Estado y el primero que hará de la defensa de los oprimidos un valor indiscutible.
Como pensador que ha leído y releído a los intelectuales, Minc decidió atreverse con la corporación más poderosa de su país para superar la frustración que le dejó su libro anterior, Una historia de Francia. Durante la redacción sintió que la vida de las ideas aparecía al trasluz. “Necesitaba satisfacer el deseo de repasar mis jerarquías y de verificar mis simpatías y antipatías que han ido cambiando a lo largo del tiempo”. De lectura amena, el libro recorre la historia francesa desde la Ilustración a nuestros días. ¿La reflexión sobre el pasado puede ayudar a alumbrar el presente? “La historia es la mejor disciplina para comprender el presente. No porque ella señale una fatalidad o un encadenamiento sino porque es la ciencia social más global. Pienso que no hay mejor caja de herramientas, por ejemplo, para explicar el mundo de hoy que la de Braudel. Asimismo, está La extraña derrota, de Marc Bloch, libro escrito en 1940, que sirve perfectamente como un manual para comprender el funcionamiento actual de las élites”.

Visto desde el presente, el pasado suena apasionante. Una revolución, dos guerras mundiales, la adhesión al comunismo y su rechazo posterior en 1968, tras la invasión de Praga y el reconocimiento de los campos de trabajo, Minc cree que la historia de los intelectuales franceses está marcada por grandes choques: “La Revolución y, como reacción, la contrarrevolución; el caso Dreyfus; la relación en el siglo XX entre los dos totalitarismos: fascismo y comunismo. Hoy la escena es más llana: ya no hay un elemento primordial susceptible de provocar guerras civiles intelectuales”.

Capítulo aparte merecen en este ensayo las mujeres (George Sand, Flora Tristan y Louise Michel), “auténticas revolucionarias”, o el caso Dreyfus, en cuyo origen se sitúa el nacimiento del término intelectual. André Gide emerge como “la figura emblemática del pensador comprometido” y Sartre como el experto en el balanceo ideológico: “Cazar en manada siempre es una ventaja. Sin Beauvoir y sin la corte no habría podido llevar a cabo semejantes idas y venidas políticas con tan mínimo coste”.

Chateaubriand, Balzac, Zola, Maupassant, Victor Hugo, Goethe, Kant, Gide, Malraux. ¿Quiénes ocupan hoy la vanguardia de la sociedad? “Ya no existe la figura del intelectual magistral a la antigua usanza. Sartre es el último de ellos. Bourdieu intentó reinventar el papel, pero no ha conseguido más que ser un pálido imitador. Bernard-Henri Lévy se cree un Malraux contemporáneo y él llega a mezclar la reflexión y la acción con el caso de Libia como punto culminante. Pero su magisterio no puede compararse con el de Sartre y Malraux; no por un fallo suyo sino porque la sociedad ha cambiado. ¡Todas las autoridades están debilitadas: la política, la religiosa y también la intelectual!”.

—Durante el Mayo Francés los intelectuales dirigieron la movida. ¿En un mundo tan dominado por los mercados, los economistas pueden sustituir a los filósofos?

—Los economistas jamás serán sabios. Ellos son expertos que la opinión pública quiere abusivamente transformar en profetas. Pero son expertos que carecen de un pensamiento global sobre la sociedad. Hasta Keynes, el más grande entre ellos, no se interesa en el funcionamiento de la sociedad. Él no es capaz, como lo hizo Marx de forma extraordinaria, de volver indisociables la economía y la sociedad.

La irrupción de Internet lo cambia todo. Su tesis es que ya no existe monopolio de la información, “no más jerarquías, no más circuitos privilegiados. En el reino del buzz todo el mundo se mete en los asuntos de los demás”.

—¿En qué medida la Red transformará el funcionamiento de la esfera intelectual?

—Ya no existe la vanguardia de la sociedad. Internet crea un gran baño democrático que anula todas las jerarquías, incluyendo a los intelectuales. El sistema de poder intelectual —libros, críticas, debates mediáticos— está atacado por la Red. Nada está dado de antemano. Dicho esto, este inmenso espacio tiene un mayor inconveniente: desvalora al experto y al erudito. En la Red, todo vale: la opinión emotiva tanto como el razonamiento deductivo. ¿Cómo se recrearán nuevas legitimidades? Nadie lo sabe.

El futuro, vaticina Minc, será de los e-intelectuales. Esa nueva especie emergerá de este inmenso guirigay, pero es imposible definirlo hoy. “En todo caso, no será el pensador magistral que reflexionará como un clásico internetizado”.

—¿Cuál debería ser la hoja de ruta para una nueva Europa en este ciclo histórico que ahora sin duda comienza?

—Europa debe estar orgullosa de sí misma. Es el espacio más libre del mundo en términos de habeas corpus, de libertades individuales, de derechos humanos. Estados Unidos es mucho más restrictivo. Existe un modelo europeo, tanto en términos de derechos como en términos económicos. ¿Acaso hay un modelo más equilibrado que la economía social de mercado? En cuanto a la construcción política, esta avanza a su manera, a pesar de que lo haga con torpeza. ¡Habría que otorgar el Premio Carlomagno a los mercados! Estos últimos nos han obligado, en solo dos años, a dar pasos hacia delante que eran inimaginables. ¡Y otro premio a los intelectuales por ser los portavoces del milagro europeo!

—¿Siente que la crisis de valores actual es, en realidad, la crisis del pensamiento europeo?

—No existe una crisis del pensamiento europeo. La anulación de los sabios es testimonio de una madurez creciente. El intelectual “a la antigua” representaba para el pensamiento lo que los reyes representaban para la autoridad: una autoridad superior. Los eruditos se han multiplicado; el nivel cultural ha aumentado. Del mismo modo que los sistemas de poder político apoyan cada vez menos la autocracia, la sociedad no quiere saber más de “tótemes intelectuales”. De Gaulle ya no es posible pero Sartre tampoco. Es la prueba de que hemos progresado.

Alain Minc, El arte de la persuasión, articles i entrevista de A. Castilla, Babelia. El País, 25/02/2012

dilluns, 27 de febrer de 2012

Localitzar el punt F en el cervell.


La prosperidad económica se hizo tan extensa y duradera que a los largo de los años anteriores a la crisis, desde 1995 a 2007, aproximadamente, que brotaron como setas de temporada miles de libros editados con el tema de la felicidad en sus contenidos. Libros que se dedicaban a enseñar cómo ser feliz, como evitar el sufrimiento, como prolongar la vida dichosa sin importar la estatura, el sexo, o la edad.

En un hermoso paralelismo histórico, mientras de un lado aumentaban los ingresos de otro crecían las recetas parea sacar provecho al nuevo estatus de  la personalidad.

Desde manuales para saber  vivir  o tratados para disfrutar mejor  unas semanas, las editoriales cultivaron un bosque de publicaciones destinadas a abrillantar la riqueza, a personalizar el bienestar y a escoger una vida mejor, dinero aparte.

De hecho no pocas  investigaciones sobre el  proceder del cerebro se encaminaban a localizar un punto Fde felicidad como correlato al punto G de la sexualidad, ya pasado de moda. El placer cerebral base primordial del saber lo comprendía prácticamente todo pero, en primer lugar hacia presagiar que atendiendo bien esa área inteligente la vida alcanzaría un nivel superior. No habría de bastar pues ser listo en los negocios sino que fue cada vez más relevante estar avisado para lograr una vida feliz. Y sin que una cosa excluyera a la otra.

Prepararse para ser feliz llevó a vender más libros que cualquier otro manual orientado a ser más ricos. De hecho, nunca en ka Historia de la especie  se vivió con tal intensidad la obsesión, la obstinación y hasta la obligación de ser feliz. Mientras la religión cristiana tuvo relevancia lo chic era el dolor. Lo prestigioso, como decía Nietzsche era declarar que se padecía horrendas jaquecas y que siempre se dormía mal. El sentirse mal o muy mal en este mundo  podría ser una señal de un gusto espiritual exquisito puesto que lo realmente elegante radicaba en ir al cielo.

De otra parte, la Historia de la Humanidad, con o sin capitalismo salvaje, no ha dejado de presentar motivos trágicos y consecuencias tan sangrantes como desgarradoras. A la reiterada tristeza de la crónica mortalidad infantil, se unía la amargura de las pandemias, las plagas de langostas y las bombas atómicas.  Sólo estos quince años desde finales se los noventa a comienzos del siglo XXI permitió tratar de pensar en la felicidad como una de las mercancías a incluir en el sistema personista del capitalismo de ficción. La felicidad o el bien que se ofertaba entre muchísimos otros como una insólita propuesta de los tiempos en los que ha apestaba la saturación hiperindividualista.

Sin duda buscar la felicidad, soñar con ella o dar unos sorbos de ella , fue un asunto de toda la vida y de todas las vidas, fauna y flora incluidas. Lo significativo, sin embargo, de aquellos años previos a esta Gran Crisis es que se perfilara la dicha como un bien accesible, un artículo posible si se posee la debida enseñanza para cazarlo.

De hecho, prácticamente, todos los libros de autoayuda - tan abundantes que desde hace años posee una sección propia y extensa en las librerías- son de la misma naturaleza. Directa o indirectamente, los  libros de autoayuda van encaminados a adiestrarnos e  ser felices y todos juntos, los de hallar la felicidad espiritualmente o por stretching vienen cargados de consejos,  estudios, ejercicios prácticos   o meditación a la manera de un manual del consumidor ya avezado y maduro. Porque ser  feliz en este mundo y cuánto más mejor requiere, sin duda, la relación con los demás puesto que sin ellos la felicidad nunca será posible. El superindividualismo fue la enfermedad infantil del capitalismo tardío pero hoy el "personismo" es la clave eléctrica del bienestar. La felicidad funciona bien, las luces se encienden, el fruto luce, dependiendo de las conexiones interpersonales.

De hecho, con las redes sociales el mundo se electrificó desde uno a otro confín. O como decía Lenin: socialismo es igual a electricidad más revolución.

Esta revolucionaria luminaria supuestamente "feliz", sin embargo, ha venido a chisporrotear en los últimos cinco años y si la Gran Crisis no ha reducido el grado de conectividad globalizado sí ha rebajado la bondad de las conexiones hasta llegar a este 2012, año bisiesto en que son mellizos tanto el desempleo como una orgánica oscuridad social. La vida dirigida a brillar gracias a la extensión de libros, profesores, carteles, masajes y spas ha ido perdiendo su próspera intensidad y en esta nueva atmósfera de  recesiones nacionales ha emergido un nuevo pensamiento sobre el yo y los demás. ¿Un pensamiento triste?


Vicente Verdú, Felicidad: esa luz que se apaga, El Boomeran(g), 27/02/2012 

Drac Tavus.


Mitologia, genètica i l´origen del poble basc.


El origen de los vascos -entendidos como los que hablan euskera- ha sido objeto de las especulaciones más disparatadas desde hace casi un siglo. En 1923, el prehistoriador catalán Pedro Bosch-Gimpera escribió un artículo, titulado “El problema etnológico vasco y la arqueología”, en el que sostenía que “el pueblo vasco es en realidad el descendiente del antiguo grupo de la cultura pirenaica, cuyos orígenes se remontan al pueblo indígena del norte de España del Paleolítico Superior”. A mediados del siglo pasado, basándose en la preponderancia del factor Rh negativo entre los vascos, el químico y hematólogo británicoArthur Ernest Mourant propuso que son los únicos descendientes puros de los cazadores-recolectores del Paleolítico, de los europeos originales. Con el paso del tiempo, la genética ha demostrado que esas dos hipótesis son ensoñaciones.

El sábado, el novelista y antropólogo Álvaro Bermejo situó a los primeros vascoparlantes en Atapuerca. “Una vez le preguntaron a Jorge Oteiza de donde venían los vascos. Su respuesta fue genuina: «Los vascos siempre estuvieron aquí». Es muy posible que el origen del pueblo vasco esté en Atapuerca”, decía el escritor en El Diario Vasco. Aunque, a partir de la lectura de la entrevista, da la impresión de que Bermejo afirma que los vascos son de origen europeo -de Atapuerca- mientras que el resto de los humanos son, en última instancia, africanos, el novelista ha puntualizado enCultura 3.0 que no sostiene que “la huella genética de Homo antecessor tenga nada en común con la genética vasca”. Y ha añadido: “Si en 20000 antes de nuestra era ya había una etnia protovasca asentada en esta tierra, como afirman los estudios cientificos de Forster y Oppenheimer, es muy posible que tuvieran comunicación con quien quiera que habitase entonces en Atapuerca. Posible es la palabra clave de la entrevista”.

Comparto con el filósofo Eduardo Zugasti, autor de la nota crítica que ha provocado el comentario de Bermejo, mi hartazgo por la manipulación que cierto sector del nacionalismo ha hecho de los orígenes de los vascos para arrimar el ascua a su sardina territorial. Aunque Bermejo no tenga esa intención, su afirmación es tan carente de fundamento como otras que no dudaríamos en tildar de disparatadas y que sitúan a los primeros vascos en la Atlántida y hasta en otros planetas. Y la referencia a Oteiza tiene tanto valor argumental como una a Juan José Benítez en una conversación sobre vida en otros mundos, porque una cosa es la escultura de Oteiza -que puede gustar o no- y otra sus delirios etnicistas.

Recién llegados
Aunque hubo un lehendakari, Juan José Ibarretxe, que repetía en cuanto tenía oportunidad que los vascos llevan 7.000 años donde ahora están, lo cierto es que  son unos recién llegados. No hay pruebas de la presencia de la lengua vasca en la región antes del siglo II, cuando se supone que inmigrantes de Aquitania o el Pirineo la traen a lo que hoy es Euskadi. Antes que ellos, vivieron aquí los indoeuropeos, a quienes deben sus nombres ríos como el Nervión y Deba, y, después,  los romanos, que conquistaron la cornisa cantábrica -toda- para garantizar el suministro por mar de las tropas destinadas al norte del continente y abrir rutas comerciales, y fundaron buena parte de los puertos actuales.

No hay tampoco ni una prueba que apoye la conexión entre los vascos actuales y pobladores paleolíticosde Atapuerca. En la ficción, casi todo vale y, en su novela El clan de Atapuerca, Bermejo puede incluir protagonistas con nombres vascos y hasta hacerles hablar euskera, aunque eso no significa ni los primeros ni que la lengua existieran. Entiendo que decir que “es posible que el origen de los vascos esté en Atapuerca” sirva para vender libros en Euskadi, donde parece que todavía andamos necesitados de pasados míticos; pero la historia es otra cosa. La continuidad de un linaje vasco desde la Prehistoria hasta la actualidad tiene a su favor tantas pruebas como la existencia de Astérix y Obélix. Es pura especulación; como lo de la raza vasca ansiada por José Miguel de Barandiarán, cuya contaminación se intuye en Bermejo cuando habla de una etnia protovasca hace 20.000 años.


Luis Alfonso Gámez, ¿Vienen los vascos de Atapuerca?, Magonia, 27/02/2012

La misteriosa desaparició dels neandertals.


by Sonia Cabello
Los neandertales, que fueron una especie humana específicamente europea, desaparecieron hace unos 30.000 años, mientras que los Homo sapiens se extendieron no solo por el viejo continente sino por todo el planeta, convirtiéndose en la única especie humana actual. Ambas fueron coetáneas durante unos miles de años y debieron tener contacto (sin apenas cruzarse genéticamente). ¿Qué pasó para que una especie se hundiera y la otra proliferara con tanto éxito? Es una de las grandes preguntas de la paleontología que sigue sin respuesta definitiva. Un descubrimiento ahora puede arrojar algo de luz sobre ese misterioso período de la evolución humana europea: los neandertales llegaron casi a la extinción hace unos 50.000 años, desapareciendo de la mayor parte de Europa, antes de que llegara la especie humana actual. Es más, el pequeño núcleo que sobrevivió unos miles de  años más y que logró extenderse por el centro y oeste del continente, tenía muy poca variabilidad genética, un indicador crucial de la fragilidad de una especie, de riesgo para su supervivencia. A esta conclusión llega un equipo de científicos de Suecia y España que ha analizado ADN de fósiles neandertales.


Hasta ahora se ha considerado que “la población neandertal en Europa había permanecido estable durante cientos de miles de años, hasta la llegada de los humanos modernos; y ahora ha de ser revisado este punto de vista”, explican los investigadores del Centro de Evolución y Comportamiento Humanos (Instituto de Salud Carlos III) dirigido por el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, que han realizado esta investigación junto con sus colegas del Museo Sueco de Historia Natural y de la Universidad de Uppsala. Ellos presentan su hallazgo en la revista Molecular Biology and Evolution.

“El hecho de que los neandertales de Europa casi se extinguieran para luego recuperarse, y que todo eso sucediera mucho antes de que tuvieran contacto con los humanos modernos fue una sorpresa completa para nosotros, ya que indica que los neandertales pudieron ser más sensibles a los dramáticos cambios climáticos que ocurrieron durante la última edad del hielo de lo que se pensó previamente”, señala el investigador sueco Love Dalén.

Los neandertales (Homo H. neanderthalensis) eran específicamente europeos, “una de las pocas especies de homínidos que evolucionaron fuera de África”, escriben los investigadores en su artículo. Se extendieron por el oeste hasta Siberia, donde se han encontrado restos. Tenían un cerebro grande, una cultura notable, dominaban el fuego y enterraban a sus muertos. Eran descendientes de los preneandertales, como los individuos de la Sima de los Huesos de Atapuerca, de hace casi 500.000 años, y existieron hasta hace unos 30.000. ¿Qué les pasó?

Dalén, Arsuaga, Anders Götherström y sus colegas han analizado el ADN antiguo de fósiles de 13 individuos neandertales, incluido uno descubierto en Valdegoba (Burgos) de hace 48.500 años y han descubierto que la variabilidad genética de los individuos anteriores a 50.000 años es muy superior (hasta seis veces mayor) a la de los posteriores a esa fecha. A modo de comparación, explican los investigadores, los neandertales antiguos tenían una diversidad comparable a los humanos modernos, mientras que la variedad de genes de los posteriores, los más recientes, era inferior incluso a la de los humanos modernos de Islandia.


¿Cómo se interpreta esto? Los análisis genéticos y los modelos de población indican que los neandertales prácticamente se extinguieron hace unos 50.000 años y la población residual muy mermada se difundió luego por parte de Europa. Los biólogos saben que, con rarísimas excepciones, una especie que tiene poca variabilidad genética está condenada sobre todo por dos motivos. Por una lado, acumulará defectos genéticos nocivos, por otro, tendrá menos variantes genéticas a las que la evolución puede recurrir para adaptarse a situaciones cambiantes.

Los científicos no tienen una respuesta definitiva acerca de la causa de la extinción de los neandertales, y las hipótesis se van sucediendo a medida que se cuenta con más datos. Una idea en boga es que los neandertales estarían especialmente adaptados a las condiciones de bosque y serían cazadores de proximidad a sus presas, a las que alcanzarían con armas cortas. Los humanos modernos, sin embargo, procedían de terrenos africanos más abiertos y cazarían a mayor distancia. Cuando cambió el entorno y el bosque se fue abriendo, los neandertales quedarían en condiciones cada vez peores para su supervivencia.
“Este tipo de estudios interdisciplinares es extremadamente valioso para el avance de la investigación en evolución humana”, señala Arsuaga. “El ADN de los humanos prehistóricos ha aportado hallazgos inesperados en los últimos años. Es muy emocionante imaginar qué nuevos descubrimientos se producirán en los próximos años en este campo”, añade.

En los últimos años se han hecho varias investigaciones de ADN en fósiles neandertales, pero sobre todo orientadas a averiguar si hubo mezcla de genes entre aquella especie y la nuestra, pero no se había utilizado esta poderosa herramienta para conocer los cambios demográficos que pudieron sufrir, recalcan los investigadores suecos y españoles.

Alicia Rivera, Los neandertales casi se extinguieron antes de llegar nuestra especie a Europa, El País, 24/02/2012

diumenge, 26 de febrer de 2012

La ciència des de la religió.

by Forges
Tanto Oxford como Roma aceptan ahora la evolución biológica, pero no como una explicación racional del mundo, sino como una nueva ocurrencia teológica: que la evolución es la herramienta de Dios para crear al hombre. La estrategia es similar a la que ya habían ensayado con la cosmología: ningún problema con el Big Bang, siempre que lo haya organizado Dios ajustando sabiamente las constantes de la física para garantizar la aparición del Homo Sapiens 13.700 millones de años después. Incluso están dispuestos a admitir que el ser humano piense con el cerebro, siempre que rece con el alma o con alguna otra sustancia que no puedan entender los neurólogos. No es que la doctrina vaya avanzando hacia las evidencias científicas. Más bien parece retroceder de ellas.

El esfuerzo por dotarse de una cultura científica que han hecho los teólogos, o al menos el obispo de Canterbury, por lo que se vio el otro día, es encomiable y hasta conmovedor. Pero la religión no puede ser una teoría científica, porque su propósito no es entender el universo, sino colocar al hombre en su centro. Y la ciencia no ha hecho más que expulsarlo de allí desde que Copérnico tuvo que hacer sitio para colocar el Sol en esa posición, en la que por otra parte tampoco él duró mucho. La mareante inmensidad del cosmos cuadra mal con las teologías. Si Dios hizo este universo para nosotros, pudiera ser que no nos encontrara cuando tuviera que salvar nuestras almas.

El acento, Dios se pierde en Oxford, El País, 26/02/2012 

Autònom dependen, les noves condicions laborals.


El cambio en lo que entendemos por trabajo en unos pocos años ha sido tremendo. Entre mi itinerario profesional y el que están siguiendo mis hijas veinteañeras media un abismo. Acumulo más de 12 trienios de profesor universitario. Mi identidad está profundamente anclada en esa persistente, continuada y estable labor. A la mayor de mis hijas le costó recorrer 10 trabajos el acumular algunos meses de cotización en la Seguridad Social. ¿Su identidad? Hace años mis alumnos me decían que habían “encontrado un trabajo” y preguntaban qué hacer para acabar el curso. Ahora, de cuando en cuando, se acerca uno de mis alumnos y me comunica: “he pillado un trabajo, la semana que viene no vendré”. No es exactamente lo mismo “encontrar” que “pillar”, como no es lo mismo ser empleado con empleador que empleado sin empleador. Conozco, como todos, a varios “autónomos dependientes”. Bonito oxímoron de creciente popularidad. Tú trabajas para alguien; lo haces en su despacho; usas su mesa y su ordenador; tienes un horario; pero eres “empresario autónomo”, y facturas por tus servicios. Decides si quieres tener vacaciones, aunque debes preguntar primero si cuando vuelvas te volverán a contratar, y te pagas tu mismo lo que quieras por ese paréntesis. Se ha encontrado la fórmula mágica por la cual se puede disponer del trabajo de otros sin emplearlos. Y, mientras tanto, vamos cambiando el concepto de trabajador por el de emprendedor.

Es evidente que los itinerarios vitales y las identidades de cada cual no vienen ya marcadas como antes por el sitio en el que nacías y la familia que tenías. Y también es probablemente cierto que no serían mayoría los que aceptarían hoy un trabajo, siempre el mismo, por 50 años. Pero, la capacidad de aprovechar las oportunidades y navegar por ese mar de precariedad, discontinuidad, capacidad de emprender y fluidez en el que nos encontramos no resulta nada fácil, y sigue teniendo que ver con las condiciones de partida de cada uno.

Hace unas semanas oía a un grupo internacional de expertos hablando de las viejas y nuevas condiciones de trabajo a escala global. Una economista india nos aseguraba que en Occidente partíamos de un conjunto de supuestos que en el resto del mundo no se daban. Por ejemplo, que después del paro viene la ocupación, que después de la precariedad viene la estabilidad, o que después de la economía o el trabajo informal, viene su formalización. Y otro colega americano remachaba el tema diciendo que teníamos que ir sacándonos de la cabeza que a cada empleado le corresponde un empleador.

¿A qué viene todo esto? El decreto que implanta la reforma laboral supone una nueva vuelta de tuerca en un camino que parece irreversible: deconstruir el trabajo, rompiendo la relación laboral, fragmentándola y precarizándola al máximo. Y todo ello aprovechando el formidable cambio tecnológico. Capitalismo financiero desterritorializado, y producción y trabajo forzosamente anclados en un lugar, pero desprotegidos y fragilizados. A los Estados se les escapan los beneficios del trasiego financiero, pero tienen que asumir los costes y la conflictividad de lo que tienen en sus territorios, sin capacidad para poner en marcha políticas redistributivas que equilibren los impactos de tal transformación. La salida no la encontraremos en una más que improbable recuperación productiva y de estabilidad laboral de la mano de un capitalismo globalizado, y tampoco de unos Estados dependientes y empobrecidos. Lo acaba de decir Mario Draghi en el Wall Street Journal: “El modelo social europeo se ha ido para siempre”. Si queremos recuperar capacidad colectiva de trabajo y subsistencia nos deberemos buscar la vida de manera más local, creando lazos, estableciendo vínculos solidarios y redes autónomas. Reconstruyendo las pasarelas entre trabajo, actividad, labor y cualquier otra tarea personal y colectivamente útil, venga de un hombre, de una mujer, de un joven, de un mayor, de un parado o de un sin papeles. Mientras, defendamos lo que tenemos como podamos, tratemos de cambiar las cosas, pero seamos conscientes de que no será nada fácil desconectarnos de las grandes tendencias globales.

Joan Subirats, A qué llamamos trabajo, El País, 26/02/2012

Gent de paraula.


Plensa7
by Jaume Plensa





















“Son sólo palabras”. De este modo parecemos despachar el asunto anunciando (por cierto con palabras) que ellas son secundarias. Pero no estará de más detenernos ante tanta contundencia y desatención  para con su importancia.

“Sólo el ser humano, entre los animales, posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del placer; por eso la tienen también otros animales. En cambio, la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto.” Aristóteles sitúa de este modo el asunto con todo su alcance. Somos seres de palabra, que necesitamos vivir en sociedad. Quien “no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino como una bestia o un dios”.

La palabra no es un adorno, ni un ingrediente o complemento, ni un  sustitutivo de lo que existe. Ella es real y crea realidad. Produce efectos. Las palabras hacen Las palabras dicen. Y decir es más que hablar.

Baste esta indicación para subrayar hasta qué punto es decisivo que cuidemos nuestras palabras. No hay cuidado de uno mismo sin cuidado del lenguaje. Es sintomático y delator que no falten quienes estiman que eso no es determinante. No sólo se descuidan a sí mismos, descuidan a los otros. Su insensibilidad para el detalle de lo que dicen y cómo lo dicen suele ir acompañada en ocasiones de una gran atención por lo que se les dice o por lo que se dice de ellos.


En definitiva, si bien una buena educación no se agota en el modo de utilizar el lenguaje, ha de excluir ciertos modos de hablar. Resulta desconcertante a primera vista que Sócrates,  al referirse a Teeteto, tras dudar de su aspecto y sin embargo gozar con lo que dice y cómo, afirme que “quien habla bien es una bella y excelente persona”. Ello confirma que tal hablar no se reduce a la forma de expresarse, importante en todo caso, sino que requiere capacidad de argumentar y de componer el discurso. Y la manera de vivirlo. Porque, efectivamente, decimos con nuestro modo de vivir. “El verdadero ser del hombre es su obrar”, señala Hegel. Éste es nuestro auténtico decir.


La verdadera mentira, lo que encierra una paradoja, no es que digamos lo contrario de lo que pensamos, es que vivamos lo contrario de lo que decimos. El buen decir, la verdadera palabra, es nuestra forma de vida. Por eso se insiste en que lo difícil es ser bello por la forma de vivir. Y por eso admiramos a quienes dicen lo que piensan, piensan lo que dicen y hacen y viven lo que piensan y dicen.

Y en esto también una palabra desajustada introduce una suerte de injusticia en el mundo, ya que el descuido desconsidera la virtud de la justicia que “consiste en la apreciación de lo justo”. De nuevo, Aristóteles.

Todo ello no evita la sospecha de que la palabra es poder y puede ejercerse asimismo con poder, como poder y como dominio, como arma arrojadiza, como fuerza de silenciamiento, como arrogancia de superioridad, como una forma de expansión del saber imperante. Un adjetivo puede hacer un daño sustantivo y comportarse como una acción. Y producir efectos. De ahí la necesaria responsabilidad. Pero, en todo caso, estas consideraciones no impiden reconocer que precisamente el conocimiento y  cuidado de la palabra es también un arma de libertad.

Amar las palabras, sentir su fuerza y su pasión, reconocer su capacidad de relación, lo que nos ofrecen, entregan y transmiten, es clave para una buena educación, que siempre incluye hablar, leer y escribir adecuadamente, con justeza, con justicia. El descuido y la desconsideración con las palabras, emboscados de supuesta franqueza, denotan insensibilidad e impaciencia, y destilan falsa eficacia y abrupta “sinceridad”. Ello afecta de modo radical al pensamiento minucioso y detallista, sencillo, que no es una forma simple de pensamiento, sino que es un modo sutil, un modo de pensar efectivamente.

La gramática, que incluye la sintaxis, o el diccionario, que incorpora el léxico, no son normas vacías para eruditos, sino posibilidades de pensamiento, de experiencias, cauces de comunicación y de libertad, espacios para el encuentro y la creación. Y, sobre todo, nuestras declaraciones, conversaciones y manifestaciones. Constituidos como seres humanos, somos seres de palabra.

Ángel Gabilondo, El cuidado de las palabras, El salto del ángel, 24/02/2012

La solució més imaginativa a la crisi: Eurovegas.


Portar l'Eurovegas als voltants de Barcelona em sembla un disbarat tan gran que em costa creure que de veritat la Generalitat estigui decidida a competir per aconseguir-lo. ¿Las Vegas, una icona del capitalisme més hortera, un símbol dels arxipèlags d'excepció del diner i del negoci, ha de salvar l'economia catalana? Creix un nou populisme consistent a utilitzar els aturats com a coartada per defensar l'indefensable. La promesa de crear llocs de treball no es raó suficient per acceptar qualsevol projecte.

Semblava que hi havia un cert acord que Catalunya ha de jugar la carta de la innovació, de la qualitat, de l'obertura a l'exterior, de la reconstrucció del teixit industrial, a partir de la idea d'una societat portadora d'un poder simbòlic cultural fort i amb ganes de demostrar capacitat per ser reconeguda al món. Ara resulta que ens ha de salvar una franquícia d'un model depredador, fet de les escorrialles de la cultura americana, portador dels valors més contraindicats amb la idea d'una Catalunya de proporcions humanes, convivencial, cohesionada i projectada a l'exterior. Només una barreja de gust hortera i tecnocratisme d'estar per casa pot arribar a presentar com un gran què un projecte invasiu territorialment, destructiu culturalment i antiquat conceptualment. Ara que el model valencià s'està ensorrant, sembla que alguns vulguin recuperar-lo per a Catalunya. ¿Algú s'ha preguntat què passaria si les prebendes, els diners i les concessions que es faran als seus promotors s'apliquessin a la nostra economia productiva?

Una taca a la imatge del país que té tots els símptomes d'acabar amb una nova frustració. El més probable és que l'Eurovegas vagi a Madrid. És perfectament coherent amb la sensibilitat cultural de la seva presidenta. ¿El Govern s'haurà mullat amb una proposta plenament contradictòria amb la idea de país que ven, perquè se l'acabi emportant un altre? ¿S'aixecaran veus per parar aquesta tonteria o, una vegada més, s'acabarà imposant l'espiral del silenci patriòtic que tants disbarats ens ha fet fer?

Josep Ramoneda, Ridícul Las Vegas, Ara, 26/02/2012

Els neutrins i el falsacionisme de Popper.


Karl Popper
El món científic s'ha commocionat amb la notícia que una partícula subatòmica, un neutrí, ha superat la velocitat de la llum, és a dir: ha corregut més que la seva pròpia ombra. Curiosament, en el seu moment va resultar molt difícil acceptar que la velocitat de la llum era una constant de la realitat d'aquest món, una barrera infranquejable per a qualsevol mòbil que transporti informació. La velocitat de la llum com a límit no és una conseqüència de la teoria de la relativitat, és una de les seves dues hipòtesis fonamentals, una columna sobre la qual s'aixeca part de la física del segle XX.

Abans que Einstein publiqués el seu famós article el 1905 ja hi havia científics que coquetejaven amb la idea. Hendrik Antoon Lorentz o Henri Poincaré són dos bons exemples que no van arribar a aventurar una hipòtesi tan estranya a la intuïció humana. Però avui, més d'un segle després, amb la teoria especial de la relativitat confirmada experimentalment una i mil vegades, amb la teoria encaixant com peces d'un fi engranatge amb la resta de les teories de la física, amb milers d'aplicacions funcionant en la nostra vida quotidiana, amb una estructura matemàtica impecable suportant tot l'edifici, ara resulta que un modest neutrí insinua que s'ha de tornar a començar. El que llavors era gairebé impossible d'acceptar avui és gairebé impossible de rebutjar. Perquè la comunitat científica és escèptica, molt escèptica. Gairebé tots els físics que conec (entre els quals m'incloc) han promès «tallar-se el guix» si el resultat es confirma (l'expressió és del físic del CERN Álvaro de Rújula).

No és la primera vegada que es parla de velocitats superlumíniques tot i que la teoria de la relativitat no ha estat mai en qüestió. Els neutrins sempre s'havien portat bé i són moltes les carreres cronometrades entre el Sol i el nostre planeta. ¿A què es deu la seva actual insolència? Poden passar tres coses: 1) l'error és un cras error i d'aquesta manera no canvia (per exemple, els neutrins que disparen el cronòmetre a la sortida no són els mateixos que els que l'aturen a l'arribada); 2) no es tracta d'un error cras, sinó de l'omissió d'un fenomen fins ara desconegut (guanyem un nou coneixement però no es requereix la reformulació de la teoria de la relativitat); o 3) no hi ha error i la teoria de la relativitat, tal com avui la coneixem, s'ensorra i se n'ha d'inventar una de nova (que amb tota probabilitat inclourà la vella per a una vigència més restringida). Aquesta tercera possibilitat crea un buit que fa vertigen, però els físics no ploraran per això, sinó que es posaran a treballar.

Observar: buscar diferències entre les coincidències. Comprendre: buscar coincidències entre les diferències. Per observar repetirem l'experiment amb altres persones en altres llocs. Després, per comprendre veurem en quines altres circumstàncies es torna a superar la velocitat de la llum. I així, d'observació en comprensió i de comprensió en observació fins a arribar a una comprensió lliure de tota contradicció: la nova teoria està servida.

Tots els físics són escèptics, però ni a un de sol li semblarà malament concentrar esforços per confirmar o desmentir la incoherència. La teoria de la relativitat, com qualsevol altra teoria científica, no es dóna per definitiva ni després d'un bilió de confirmacions experimentals, no obstant es dóna com a superada amb una sola refutació experimental. Que injust que semblaria una cosa així fora de la ciència. Moltes creences són compatibles amb una realitat entestada a exhibir el contrari una vegada i una altra. A vegades fins i tot es presumeix que l'excepció no només no compromet la llei, sinó que la confirma (¡!). En ciència no val fer els ulls grossos perquè la llei vigent ha fallat per molt poc o perquè per una vegada que falla... Viatjar més ràpid que la llum, encara que sigui només un mil·límetre per mil·lenni, equival ni més ni menys que a viatjar físicament al passat, una incongruència lògica. Encara que a més d'un li agradaria, no es pot canviar la història. Si falla, falla. La ciència no està blindada contra la realitat del món. Si apareix una contradicció entre el que es creu i el que es mira, o es canvia la manera de mirar o es canvia la manera de creure. La ciència no pot ser incoherent. La ciència de més solera, l'escola més prestigiosa, el científic més venerable, la teoria més contrastada, els èxits més espectaculars, res és suficient per ignorar una sola contradicció experimental com la del modestíssim neutrí. En això resideix sens dubte la grandesa de la ciència.

Diguem que l'experiment del CERN és un bon exemple del criteri enunciat per Karl Popper: una teoria és científica si és falsable, és a dir, si podem concebre un fet experimental que la desmenteixi. Dir, per exemple, demà plourà o no plourà és una proposició 100% verdadera, però no és científica perquè està blindada contra tot el que pugui passar. La teoria de la relativitat és genuïnament científica perquè un episodi com el del neutrí sempre ha estat imaginable. El que queda per saber ara és si, a més a més de falsable, resulta que també és falsa.

Jorge Wagensberg, El cas del neutrí insolent, El Periódico, 08/10/2011

dissabte, 25 de febrer de 2012

Els neutrins, els fotons i la mala connexió d´un cable.


by Francisco Ibañez
Reunió mundial de patums de la física de partícules. Algú formula la pregunta: "I si alguna partícula, com per exemple un neutrí, pogués anar a més velocitat que la de la llum?" (Aclariment de l'autor: els neutrins són unes partícules que sabem que hi són, però que ningú ha estat capaç de veure. Cada segon del dia i la nit, 100 bilions d'aquests neutrins creuen el nostre cos com si fóssim transparents i sense que ens afectin.) La resposta és unànime: "Home, si això fos així es veuria compromesa la teoria de la relativitat d'Einstein, la que ens fa entendre l'Univers i que relaciona espai i temps, però mirem-nos-ho". És d'aquesta manera com l'Organització Europea per a la Investigació Nuclear posa en marxa l'anomenat experiment Òpera, consistent a enviar un feix de neutrins a 734 km de distància en 2,4 mil·lisegons (vaja, el temps que tarda una puntada de Pepe a arribar al paladar del davanter rival). Què, fins aquí, nivell, eh? Doncs esperi's. Fan l'experiment i els surt que els neutrins van 60 nanosegons més ràpids que la velocitat de la llum. "Ohhhh!!!" exclamen tots els investigadors... "Einstein ha estat desautoritzat per la megatecnologia més puntera", afirmen els savis... "Per fi podrem retrocedir en el temps", clamen els fans de la pel·lícula Retorn al futur ...

Però, ai las, al cap de pocs dies es descobreix que la mala connexió d'un cable podria haver alterat la prova. Vaja que els neutrins havien corregut més del compte perquè el cable blanc havia estat connectat al lloc del vermell. Imagini-s'ho. Desenes de senyors amb bates blanques i ulleres polaritzades en formació observant l'experiment i apareixen Pepe Gotera i Otilio amb granota blava, llapis a l'orella i un escuradents rosegat sobresortint de la comissura esquerra de la boca, i els diuen: "Ens permeten? No, mirin, que veníem a posar bé el cable. Ah, i per cert, la factura la volen amb IVA o sense?" Sen-sa-ci-o-nal!!!

Iu Forn, Pepe Gotera, Otilio i Einstein, Ara, 25/02/2012

Atur i mort.


En Europa, superamos hoy los 19 millones de parados. Este año 2012 va a ser particularmente cruel y, al mismo tiempo, siguen por doquier las reducciones de toda índole. Un hecho poco estudiado es el aumento del número de suicidios en diferentes países en crisis. Una investigación publicada en febrero de este año por el psiquiatra y profesor de medicina legal Michel Debout, especialista en suicidios, demuestra que entre finales de 2008 y 2011, periodo en el que el auge del paro en Francia llegó a los 6.480.000 parados, hubo también 759 suicidios directamente vinculados con este aumento. Esa cifra afecta sobre todo a los que se encuentran entre 35 y 65 años. El movimiento al alza parece ineluctable: mientras el número de suicidios bajaba desde 1987, ha vuelto a subir desde comienzo de la crisis: 10.127 en 2007; 10.353 en 2008; 10.499 en 2009. Subraya el profesor que: “Se puede temer lo peor para 2012 y 2013, particularmente para los comprendidos entre 40 y 55 años” y, tras poner de relieve la ausencia de asistencia a las víctimas potenciales por parte de los poderes públicos, pregunta: “¿Por qué no se organiza un apoyo médico y psicológico a los parados? La sociedad mostraría así a esa gente que todavía cuenta. Un parado se suicida porque ya está socialmente muerto, y porque ya no tiene más sitio”.

El problema es que —tal y como lo pregonaba Margaret Thatcher alabando el hecho— para el liberalismo la “sociedad” no existe: lo que hay son individuos aislados, a menudo opuestos, y autoridades públicas organizando restricciones. El sistema político tiende, aceptando la lucha de todos en contra de todos, a volverse solo penal, “vigilante nocturno” del capitalismo liberal. Y la solidaridad, sacrificada sobre el altar de la “competitividad”, es un deseo piadoso.

Sabemos que la crisis actual es del mismo o quizá peor tamaño que la de 1929. Sus efectos se pueden medir cuantitativamente en número de parados, empleos precarios, bajada de sueldos, aumento de la competitividad entre los asalariados que sufren el chantaje al empleo. También sabemos los efectos colaterales sobre el medio ambiente (primera partida presupuestaria suprimida o drásticamente reducida por todos los poderes políticos europeos desde 2008), la reducción de inversión en todo lo que mantiene un vínculo social digno (sanidad, educación, vivienda, etcétera).

Pero lo que se mide más difícilmente y sin embargo está directamente ligado a la crisis, es la dimensión subjetiva, humana, psicológica, de la crisis sobre los seres humanos. Ya en los años treinta, el gran sociólogo austriaco Paul Hartzfeld publicó una investigación, Los parados de Marienstrasse, que ha quedado como una obra maestra sobre los daños del paro en la identidad personal del parado. Sus características son invariables: el paro de larga duración provoca el desprecio de uno mismo, la distancia respecto a (y a menudo de parte de) los demás, la devaluación del estatus en el seno de la familia, la pérdida de confianza y el debilitamiento en la competición social, la aceptación cada vez más resignada de la degradación de las condiciones de vida. Lo más importante es el sentimiento de derelicción, esto es, de desamparo, abandono, inutilidad social, que invade al ser humano así humillado. Lo más duro es el despertar diario sin nada que hacer; el vivir otro día más el fracaso social, no ver el fin del túnel, el fin del ser nada. Lo más indigno es pedir ayuda, cobrar el paro, cuando uno quiere trabajar.

Las consecuencias políticas de tal situación también pueden a veces ser desastrosas para la civilización: la exclusión social puede llevar al auge de movimientos antidemocráticos, xenófobos, y, sobre todo, a una batalla encarnizada en contra de los que tienen un empleo. Y eso no es por casualidad, sino más bien porque los responsables de la crisis hacen todo para desviar la cólera de las víctimas dirigiéndola en contra de los “privilegiados”, funcionarios públicos, familias asistidas, trabajadores inmigrantes.

Las políticas asistenciales de los poderes públicos son cada vez más restrictivas, y ahora en Europa ya hay cientos de miles de parados echados a la calle, sin ayuda ninguna. El desamparo: esa es la categoría psicosocial más adecuada para definir la patología dominante en esta crisis. Los parados europeos, tanto como, en adelante, la población activa, no tienen a menudo más que un tema de movilización: “¡Basta, no podemos más!”. No es un grito de reivindicación, sino de extenuación, salvo si uno se deja invadir por lo peor: desaparecer.

Sami Naïr, Crisis y suicidios, El País, 25/02/2012

"Esto no es crisis, se llama capitalismo".