dimecres, 30 de novembre de 2011

La història del 'corralito'.



Cualquier parecido de esta historia con la realidad griega, española o italiana no es pura coincidencia. Es la historia del corralito, la congelación de depósitos por 66.000 millones de dólares que atrapó a millones de argentinos el 3 de diciembre de 2001, hace casi 10 años. La paralización de 18 millones de cuentas acabó con un Gobierno que hacía todo para pagar la elevada deuda pública: rebajar la nómina a los funcionarios, las pensiones y mantener una moneda fuerte que restaba competitividad y destruía empleo. El corralito no fue el lado más trágico de la crisis argentina de 2001 y 2002, sino las muertes de niños por desnutrición, pero incendió la protesta social, desde los ahorradores que destrozaban los escaparates de los bancos hasta los pobres que saqueaban supermercados en una economía detenida por la falta de efectivo. La revuelta terminó con el Gobierno del radical Fernando de la Rúa el 20 de diciembre de ese año y abrió paso a dos semanas en las que se sucedieron otros presidentes, Argentina suspendió pagos y devaluó su moneda después de casi 11 años de paridad con el dólar, la llamada convertibilidad.

"No enganchamos a ningún cliente", comentaba una prostituta tras el inicio del corralito. "¿Te imaginás cobrando con cheques?", se preguntaba. El Gobierno de De la Rúa había establecido que se podían retirar en efectivo hasta 250 pesos (250 dólares de entonces) por semana y que el resto del dinero se podía mover con cheques o tarjeta de débito. "No es tan difícil de aprender (el uso de tarjeta de débito)", dijo el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, según el libro El corralito. Así se gestó la mayor estafa de la historia argentina, de Lucio di Matteo. "No se van a tocar los depósitos", prometió. "Las medidas no son recesivas, todo lo contrario", añadió el ministro. En un país en el que aún muchos comercios no aceptan tarjetas, algunos de ellos pasaron a vender la mitad.

En 1999, los argentinos habían terminado con la era del peronista neoliberal Carlos Menem en el Gobierno y votaron en su lugar a De la Rúa, un conservador que dirigía una coalición progresista. De la Rúa prometía acabar con la corrupción y continuar con la convertibilidad. El 97% de la deuda pública estaba en dólares, lo que hacía difícil que Argentina devaluara como Brasil, su principal socio comercial. El abaratamiento de la producción brasileña provocó una marcha de inversiones desde Argentina hasta el gigante sudamericano y el paro llegó al 18,5%. Algunas fábricas cerradas eran reabiertas por sus obreros. Las ciudades eran invadidas por las noches por cartoneros que revolvían los residuos. Entre los desempleados estaban los procedentes de las empresas privatizadas por Menem, que a finales de los años noventa comenzaron a bloquear carreteras. Eran los piqueteros y varios murieron en represiones policiales.

De la Rúa denunció que Menem había maquillado las cuentas fiscales para aparentar un déficit menor al real. Así inició una serie de ajustes exigidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) como condición para refinanciar deudas o para conseguir rescates como los que recibió en diciembre de 2000 y agosto de 2001. En diciembre de 1999 elevó el IRPF, el IVA y otros impuestos internos. En abril del año siguiente, recortó entre un 12% y un 15% la nómina de los funcionarios, aumentaron los impuestos al consumo, se eliminaron dependencias del Estado, se paralizaron obras públicas y se suprimieron programas sociales. El Congreso sancionó una ley de flexibilización laboral ante el alza del paro. Cuatro meses después, el vicepresidente, Chacho Álvarez, renunció porque De la Rúa no investigaba una denuncia por presuntos sobornos a senadores para aprobar la norma. La prima de riesgo de la deuda argentina se disparó.

En diciembre de 2000, el entonces ministro de Economía, José Luis Machinea, anunció un rescate del FMI y del que participó España, cuyos bancos (BBVA y Santander) y empresas (Repsol, Telefónica y Endesa) iban a verse afectados en caso de devaluación y suspensión de pagos. En marzo de 2001, Ricardo López Murphy reemplazó a Machinea y anunció recortes del presupuesto de las universidades, la nómina de los maestros, las becas y las transferencias a las provincias, y anticipó que despediría a 40.000 funcionarios. López Murphy duró dos semanas y fue sustituido por Cavallo, el padre de la convertibilidad. Cavallo creó un impuesto a las transferencias bancarias y rebajó las contribuciones patronales a la seguridad social.

Unos meses después, en julio, Cavallo promovió la ley de déficit cero, por la que el Estado no gastaría ni un peso más de lo que ingresaba. Eso implicó, para empezar, una rebaja para los funcionarios, las pensiones y las asignaciones por hijo del 13%. Organizó un canje de deuda para postergar pagos hasta 2012, pero a cambio se elevaron los intereses en 38.400 millones de dólares y el capital, en 2.250 millones. En agosto, el Estado transfirió fondos a las provincias con bonos que circulaban entre la población, aunque con una cotización menor al peso. Unas 15 provincias imprimieron sus propios títulos para pagar nóminas.

Los ajustes profundizaban la recesión y los rescates financiaban la fuga de capitales. En 2001 salieron 14.976 millones de dólares del país. Los ahorradores menos informados quedaron en el corralito. Los parados formaban largas colas donde se ofrecía un empleo y los hambrientos esperaban a la noche que los McDonald's arrojaran las bolsas de residuos, mientras altos funcionarios dimitían en desacuerdo con los ajustes. En octubre, el peronismo derrotó al radicalismo en unas elecciones legislativas con un elevado porcentaje de abstención y de votos en blanco o nulos.

Con el argumento del salvar al sistema bancario, Cavallo instauró el corralito. El libro El fin de la ilusión. Argentina 2001-2011. Crisis, reconstrucción y declive, de Martín Kanenguiser, recuerda que un depositante llamado Norberto Roglich llevó una réplica de una granada al banco y amenazó con volar a todos los presentes si no le devolvían el dinero. Consiguió sus 22.000 dólares, pero después cayó preso. -

Alejandro Rebossio, En el espejo del 'corralito' argentino, Negocios. El País, 27/11/2011
http://www.elpais.com/articulo/economia/global/espejo/corralito/argentino/elpepueconeg/20111127elpnegeco_1/Tes?print=1

Socialdemocràcia i irresponsabilitat.



Alexis de Tocqueville (1805-1859) va visitar els Estats Units l'any 1831 perquè el govern francès li havia encarregat un informe sobre el seu sistema penitenciari. Aquella experiència el va portar a escriure La democràcia a Amèrica, una de les teoritzacions polítiques més importants de la modernitat. El sociòleg francès feia algunes prediccions que en aquell moment del segle XIX devien resultar força desconcertants, com ara que els Estats Units i Rússia estaven condemnats a enfrontar-se, tal com va acabar passant durant la Guerra Freda. De fet, els dos anys que Tocqueville va romandre a Amèrica li van servir essencialment per a albirar com podria ser el món del futur. En general, va demostrar unes capacitats profètiques més que considerables. Mai no va tenir cap dubte que el model social i polític dels Estats Units representava el futur, mentre que l'Europa d'on provenia era, en molts sentits, un vestigi del passat.

Tocqueville pensava que els americans acabarien disposant d'una situació hegemònica a nivell mundial perquè "actuaven per si mateixos", és a dir, perquè el nervi central de coses tan variades com l'activitat econòmica productiva, les associacions filantròpiques o la premsa no depenien de l'estat. Gairebé al final de Sobre la llibertat (1859) John Stuart Mill, que és exactament de la mateixa generació que Tocqueville, es pregunta honestament: i per què hauria de ser millor, això? És a dir, per què és preferible que aquest tipus de coses sorgeixin justament de la societat civil i no pas de l'estat. Mill dóna tres arguments que fóra una mica llarg de desplegar en aquest context, però que podríem resumir en dues paraules: eficàcia i emancipació. El primer concepte forma part del tòpic liberal, i és prou conegut. El segon és molt més interessant, perquè enllaça tota aquesta història amb la idea fonamental de la Il·lustració. De quin tipus d'emancipació estem parlant? D'aquella que, des de la perspectiva il·lustrada, transformaria les masses de l'Ancien Régime en ciutadans individuals i els faria sortir de la seva "minoria d'edat", en feliç expressió de Kant.

En tant que derivada directament de plantejaments marxistes, la socialdemocràcia té el seu principal referent en l'estat i, en conseqüència, entén la iniciativa privada com un fenomen necessari però alhora pertorbador. L'encaix és complicat en la mesura que l'estat socialdemòcrata aspira a ser un mecanisme reordenador, i fins i tot rector, del teixit social, especialment per la via de la redistribució (és a dir, de la transformació dels impostos recaptats en subvencions per a determinades iniciatives que es consideren positives). El model suec entrà en crisi als anys 80 i resultava ja insostenible a començaments dels noranta, amb tres anys seguits de creixement negatiu i un elevat índex d'atur. L'envelliment de la població va fer llavors la resta: el manteniment del sistema esdevingué impossible. Qui ha explicat millor aquests assumptes, per cert, és el polític suec d'origen xilè Mauricio Rojas, que ha visitat diverses vegades Catalunya. La ignorància, sempre tan atrevida, fa que alguns es pensin que allí les coses encara són com en temps de Pippi Làngstrump, aquella nena lliure i feliç.

Tal com vaig provar d'explicar fa una setmana, la socialdemocràcia només va funcionar bé en un context especialíssim i probablement irrepetible, que lligava una piràmide poblacional atípica, derivada de la Segona Guerra Mundial, amb una activitat econòmica frenètica encaminada a reconstruir tot un continent. Aquell èxit va generar unes fortes inèrcies, i per això he començat parlant precisament de Tocqueville. A diferència de la societat emergent que ell va veure l'any 1831, els països que, com Suècia, van experimentar aquest sistema deixen d'"actuar per si mateixos com a societat", seguint amb la fórmula de La democràcia a Amèrica. En aquest sentit, l'estat-providència esdevingué una garantia, però també quelcom que convidava a la inacció i fins i tot, en el pitjor dels casos, a la irresponsabilitat. Aquesta inèrcia s'ha donat tard o d'hora en qualsevol lloc on l'ideal socialdemòcrata ha estat assumit transversalment, tant des de posicions esquerranes com des d'altres molt més conservadores. En l'actualitat, és el cas de la majoria dels estats del sud d'Europa, inclòs l'espanyol. El món que succeirà al de la socialdemocràcia no tindrà probablement res a veure amb el liberalisme clàssic, sinó amb una cosa encara inèdita que neix associada a aquests temps de vaques magríssimes.

Ferran Sáez, Socialdemocracia (i II), Ara, 30/11/2011

Pensament únic.

El Roto

dimarts, 29 de novembre de 2011

La societat terapèutica.


Se puede afirmar que la característica definitoria de la época global en la que estamos consiste en que realidad y capitalismo se han identificado. Esta identificación se produce después de una Gran Transformación de más de treinta años que ha visto desaparecer lo que antiguamente se llamaba ³la cuestión social´. No hace falta insistir, una vez más, que la derrota política del Movimiento Obrero está en la base de estas consideraciones. La coincidencia entre capitalismo y realidad significa antes que nada, que ya no hay afuera. Más exactamente, que ya no hay afuera del capital. Todavía dentro del marxismo clásico si bien renovado se ha querido aprehender esta transformación como una subsunción de la sociedad en el capital, y a la vez, como una generalización del trabajo a todos los ámbitos de la sociedad. Aquí es donde entra la vida en tanto que problemática. Subsunción implicaría que la vida (subjetividad, afectos…) es puesta directamente a trabajar para el capital. Este análisis aunque cierto, es insuficiente porque desconoce justamente esa multiplicidad de sentidos que contiene la relación entre vida y política, por lo que nos acaba empujando hacia una posición política equivocada.

Consecuentes con este planteamiento creemos que tendríamos que pasar de un paradigma de la explotación a un paradigma de la movilización global. Evidentemente, este tránsito no implica el fin de la explotación capitalista sino justamente, al contrario, su máxima exacerbación. Desde esta nueva perspectiva, no es que la vida sea puesta a trabajar, es que la vida misma deja de ser un dato objetivo para convertirse en algo subjetivo: vivir es ³trabajar´ nuestra propia vida, o dicho más claramente, vivir es gestionar nuestra propia vida.

Se ha dicho muchas veces que el trabajo era la mejor terapia para tener controlados a los enfermos mentales, especialmente, a los más violentos. “Coged a un furioso, introducidlo en una celda, destrozará todos los obstáculos y se abandonará a las más ciegas embestidas de furor. Ahora contempladlo acarreando tierra: empuja la carretilla con una actividad desbordante, y regresa con la misma petulancia a buscar un nuevo fardo que debe igualmente acarrear: es verdad que grita, que jura a la vez que conduce la carretilla… Pero su exaltación delirante no hace más que activar su energía muscular que se encauza en beneficio del propio trabajo.” (S. Pinel: Traité complet du régime donataire des aliénés. Paris 1836)  Pues bien, hoy habría que afirmar que la vida misma es esa terapia. Una terapia de control y de dominio.

Aunque pueda parecer inusitado, el efecto represivo que jugaba la obligación del trabajo se reformula como obligación de tener una vida. Ahora se entiende porque la tesis central a la que llegamos – y se trata simplemente de un corolario de la definición que establecíamos de la época global – puede resumirse así: hoy la vida es el campo de batalla. La vida, en este sentido, no consiste más que en una actividad privada cuya finalidad es producir una vida privada. No somos más que vidas (privatizadas) movilizadas para reproducir esta realidad hecha una con el capitalismo. Esta movilización global reserva un destino diferente a cada vida. A unas las convierte en vidas hipotecadas, a otras en residuales, a otras en emprendedores de sí mismos. El resultado es, sin embargo, común por cuanto en todas ellas el estado que prima es el del “estar solo”. Porque en la sociedad-red, en definitiva, estar conectado paradójicamente es estar solo. El malestar social será el nombre de este no-poder, de esa imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora frente a las nuevas condiciones de la realidad. El malestar social no es más que el bloqueo del camino hacia una subjetivización política capaz de enfrentarse al mundo.

Pero para que la movilización funcione este malestar social tiene que encauzarse, y ese encauzamiento debe comportar, en última instancia, su inutilización política. Para ello toda dimensión colectiva del malestar tiene que ser borrada: el malestar social será reconducido a una cuestión personal. Así cada vida se adapta e integra en la propia movilización. El querer vivir del hombre anónimo funciona entonces dentro de la movilización, y como su principal impulsor. De esta manera, vivir acaba siendo sinónimo de movilización. Es por eso que el poder tiene que ser fundamentalmente un poder terapéutico dirigido a mantener funcionando una sociedad enferma. El poder terapéutico no pasa tanto por el internamiento como por la intervención sobre toda la sociedad. Su intervención no perseguirá curar, sino prevenir, evaluar riesgos, chequear aptitudes, y sobre todo, tratar cada caso como particular. Este es el secreto del modo terapéutico de ejercicio del poder.

Es importante describir sociológicamente este malestar, y así dar cuenta de las múltiples enfermedades del vacío (estados de pánico, depresiones…) que, surgidas por doquier, gestiona el poder terapéutico. Pero lo verdaderamente importante, y es lo que en verdad nos interesa, es politizar ese malestar social. De aquí que la reflexión sobre la sociedad terapéutica tenga que ir acompañada de un análisis del estatuto de lo político en la actualidad. Que la vida es actualmente el campo (político) de batalla nos obliga a pensar nuevamente qué significa politizarse, ya que la politización parece ser esencialmente un proceso de autotransformación personal. Si toda politización tiene que arrancar de la propia vida, y habrá que ver lo que eso comporta, ocurre que una política que se ponga como objetivo la politización de la existencia adopta, paradójicamente, la forma de una terapia. Este resultado tiene mucho de autocontradictorio y es inaceptable, por cuanto la “forma” terapia implica la existencia de un experto, y en definitiva, una relación jerárquica. Pero no es fácil salir del atolladero. Si forzosamente estamos obligados a acercar nuestra política – la política que impulsa la politización de la existencia – a una terapia, entonces hay que pensar una políticaterapia que se libere de la terapia misma. No sabemos cuál es el camino, pero estamos convencidos de la necesidad de apuntar más lejos del horizonte terapéutico.

El malestar social en una sociedad terapéutica, Prólogo de la revista Espai en Blanc nº 3-4, La sociedad terapéutica, 16/02/2008
http://www.espaienblanc.net/El-malestar-social-en-una-sociedad.html

Resposta d´un ciutadà grec.


Querido Walter

Me llamo Georgios Psomás. Soy funcionario público y no “empleado público”, como despectivamente, como insulto, se refieren a nosotros mis compatriotas y tus compatriotas… Mi sueldo es de 1.000 euros. ¿Por mes, eh? No vayas a pensar que son por día, como te quieren hacer creer en tu país. Desde 1981, tienes razón, pertenecemos a la misma familia.

Solo que nosotros os hemos concedido en exclusiva un montón de privilegios, como ser los principales proveedores del pueblo griego de tecnología, armas, infraestructura (dos autopistas y dos grandes aeropuertos internacionales), telecomunicaciones, productos de consumo, vehículos, etc. Si me olvido de algo perdóname. Te señalo que dentro de la UE somos los mayores importadores de productos de consumo elaborados en las fábricas alemanas.

La verdad es que no hacemos responsables solo a nuestros políticos por el desastre de Grecia. Han contribuido mucho algunas grandes empresas alemanas, las que pagaron enormes sobornos a nuestros políticos para asegurarse los contratos, para vendernos de todo, incluso unos cuantos submarinos viejos que, puestos en el mar, han quedado tumbados de costado.

Sé que no te impresiona lo que escribo. Ten paciencia, espera, lee toda la carta y si no llego a convencerte, te autorizo a que me eches de la Eurozona, ese lugar de la VERDAD, de la PROSPERIDAD, de la JUSTICIA y de lo CORRECTO.

Cordialmente
Georgios Psomás

Esta es la respuesta a Walter Wuellenweber, publicada a la portada del diari atenenc Athens Plus

El Viejo Topo, nº 287
http://www.elviejotopo.com/web/revistas.php?numRevista=287

El llibre més perillós.


¿Cuál es el libro más peligroso del mundo? El Mein Kampf, contestarán muchos rápidamente. La Biblia; el Corán; el Malleus maleficarum, el gran manual para la caza de brujas; El manifiesto comunista; algún grimorio como el ficticio Necronomicón, Madame Bovary, Kamasutra... Las respuestas pueden ser muy variadas, pero a pocos se les ocurriría seriamente considerar peligrosa una obrita como la Germania de Tácito, poco más de 30 páginas de tratado étnicogeográfico con intencionalidad moralizante escritas a finales del siglo I de nuestra era por un historiador romano. Y sin embargo, ¡diablos, qué daño ha hecho el librito de marras!

Para los nazis fue una biblia de su causa: consideraban que probaba la superioridad alemana y se lo citó para justificar las leyes raciales de Núrenberg. Himmler tenía una fijación con esa obra, y ya se sabe a lo que conducían las fijaciones del reichsführer. En 1943 envió un destacamento de las SS a Italia para hacerse con el más antiguo manuscrito que se conserva del librito de Tácito, el Codex Aesinas. Curiosa empresa nazi: conseguir un libro para venerarlo y no para quemarlo, como era lo habitual. Himmler le otorgaba al manuscrito de la Germania un poder tan grande como el de otras de sus reliquias favoritas: el Grial, la lanza de Longinos o el martillo de Thor. A diferencia de esos objetos legendarios, el libro era bien real, y el mal que hizo, también.

A explicar la asombrosa historia de Germania y su impacto en las mentalidades -desde los humanistas al movimiento völkisch pasando por los románticos- hasta llegar a ocupar lugar privilegiado en las mesitas de noche de los mayores criminales de la historia, ha dedicado un ensayo apasionante el profesor de Clásicas de la Universidad de Harvard Christopher B. Krebs, especialista en Tácito. Bajo el elocuente título de El libro más peligroso (Crítica), agarrándose a la consideración del gran Momigliano de que Germania merece ocupar un lugar destacado entre los cien libros más peligrosos que jamás se hayan escrito, Krebs nos lleva en un viaje fascinante de la Roma imperial a la Alemania hitleriana pasando por monasterios, cortes y bibliotecas, en un recorrido por la historia de las ideas que tiene mucho de trabajo detectivesco y parece a ratos una novela de intriga.

Cuando uno toma en sus manos Germania, tan pequeñita que normalmente se edita con otros dos libros breves de Tácito, Agrícola y el Diálogo sobre los oradores (en la edición de la Biblioteca Clásica Gredos, por ejemplo, con introducciones, traducción y notas de J. M. Requejo), no alcanza a imaginar cómo se puede comparar esa obrita, rápida panorámica de la geografía, los usos y costumbres de los germanos, con una pistola humeante. Y sin embargo, cuando Krebs lo señala, ahí están las consideraciones que harían furor a lo largo de la historia hasta su utilización por los nazis. "Estoy casi convencido de que los germanos son indígenas y que de ningún modo están mezclados con otros pueblos [...]. Al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante solo a sí misma; de ahí que su constitución física, en lo que es posible para un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios".

Para los nazis y sus precursores, Tácito demostraba la continuidad de un pueblo en una tierra y justificaba la política racial. "Volveremos a ser como éramos", anotó Himmler en su diario, emocionado por "el señorío de nuestros antepasados" tras leer Germania. El reichsführer hasta estudió ejecutar a los homosexuales como Tácito señalaba que hacían los antiguos germanos: ahogándolos en las ciénagas. Sencillos, valerosos, leales, puros, honorables y hasta castos: así se veían retratados muchos alemanes en Germania. Y los SS se identificaban con aquellos guerreros -reencarnados en el arquetipo del ario-, para los que supuestamente la lealtad era su honor.

Era, claro, la que hacían los nazis de la Germania una lectura sesgada. El historiador romano no se refería en su librito a los supuestos antepasados ejemplares de los alemanes modernos. El concepto germanos no aludía a un pueblo homogéneo, indígena y puro, susceptible de continuidad étnica, sino a una amalgama de tribus de identidad y destino incierto pululando en las nieblas del pasado. Había además observaciones poco agradables de Tácito sobre los germanos y su patria. Esas simplemente eran ignoradas. Por ejemplo, considera Tácito que como sitio para vivir, Germania es un asco; señala que los germanos practican los sacrificios humanos (esto a los nazis, curiosamente, les molestaba mucho, aunque ellos se entregaran con fruición al Holocausto); que cuando no guerrean pasan la mayor parte del tiempo sin ocuparse de nada, entregados al sueño y la comida; que crecen desnudos y sucios, que beben y riñen entre ellos continuamente. Llega a decir de una de sus tribus, los catos, que "para lo que son los germanos tienen mucha capacidad de raciocinio". Nada de esto impidió que el pobre Tácito, el gran Tácito, pasara a formar parte del discurso autolegitimador de los nazis. Hubiera sido mucho pedir que supieran leer bien a los clásicos.


Un cónsul romano abducido por Himmler


Fue un proceso de siglos el que llevó a Germania a ser un libro peligroso. Es a partir de su redescubrimiento en el siglo XV cuando comenzó la difusión que lo convertiría en un terrible instrumento ideológico. Krebs, en un recorrido que sugiere a veces El nombre de la rosa o El código Da Vinci y en el que aparecen cazadores de manuscritos y papas bibliófilos, nos muestra cómo el texto va cargándose de significados e interpretaciones, a veces con simpáticos disparates como considerar a los germanos descendientes de Noé o de los troyanos, para darles pedigrí.

Única crónica de los pueblos germánicos legada por la antigüedad, se tendió a considerarla, en un salto mortal, una fuente histórica y un retrato fehaciente del pasado alemán, cuando lo que describe -con ánimo moralizante y político de comparar al buen salvaje, no adulterado, con el corrupto y decadente romano- es un batiburrillo de observaciones apócrifas y leyendas.

Lo más probable es que Tácito, aunque viajó en función de sus altos cargos y parece haber permanecido un tiempo en la Galia belga, no visitara nunca personalmente Germania. Quizá el librito fuera una manera de incitar a Trajano a conquistarla de una vez, proceso paralizado tras la aniquilación de las legiones de Varo en Teutoburgo por Arminio el año 9. Ignoramos muchas cosas del historiador, entre ellas su origen (parece que en la Galia Narbonense) y las fechas exactas de nacimiento y muerte. Sabemos que fue yerno del gran general Agrícola -al que consagró una encomiástica biografía-, que fue legado y llegó a senador, cónsul y posiblemente procónsul de Asia. Todo ello sin duda menos importante que su tarea como historiador, el mejor de Roma en opinión de muchos y como prueban sus Historias y sus Anales. Krebs destaca cómo los nazis trataron de convertir el relato de Tácito en una realidad, "pasado en futuro". En el epílogo apunta que el peligro no ha pasado. Y que la culpa no es de Tácito, sino de sus lectores.

Jacinto Antón, El libro más venerado por las SS, El País, 28/11/2011

dilluns, 28 de novembre de 2011

Carta oberta d´un ciutadà alemany.


Queridos griegos

Después de que Alemania haya tenido que salvar a los Bancos, ahora debe salvar también a Grecia. Los griegos, que primero han hecho alquimias con el Euro, ahora en vez de hacer economías, hacen huelgas.

Queridos griegos: desde 1981 pertenecemos a la misma familia. Nosotros, los alemanes, hemos aportado más nadie al Fondo común, cerca de 200 mil millones de euros, mientras que Grecia ha recibido cerca de 100 mil millones, o sea, la mayor suma per cápita que ningún otro pueblo de la UE ha recibido.

Hasta ahora, jamás ningún pueblo había ayudado a otro voluntariamente hasta tal grado y durante tanto tiempo. Sinceramente, sois los amigos más caros que tenemos. El caso es que no solo os engañáis a vosotros mismos, sino que también nos habéis engañado a nosotros. En esencia, nunca habéis demostrado ser merecedores de nuestro Euro.

Desde vuestra incorporación a la moneda única, nunca habéis logrado cumplir con los criterios de estabilidad.

Dentro de la UE sois el pueblo que gasta las mayores sumas en bienes de consumo. Como sois vosotros los que descubristeis la Democracia, debéis saber que se gobierna gracias a la voluntad del pueblo, en quien finalmente radica la responsabilidad. No digáis entonces, que solo los políticos son responsables del desastre. Nadie os obligó a evadir impuestos durante años, a oponeros a cada iniciativa política coherente tendente a reducir el gasto público y nadie os obligó a elegir los gobernantes que habéis tenido.

Los griegos sois quienes nos han mostrado el camino de la Democracia, de la Filosofía y los primeros conocimientos de una Economía Nacional. Pero ahora han seguido un camino equivocado. Y habéis llegado a su final.

Cordialmente,
Walter Wuellenweber

Aquest és un extracte de la carta, signada per Walter Wuellenweber, que va aparèixer a la publicació alemanya Stern.
(El Viejo Topo, nº 287)
http://www.elviejotopo.com/web/revistas.php?numRevista=287

Història de l´euro.


by Erlich
Últimament sento molt sovint una paraula: tecnòcrata. De vegades es fa servir en sentit pejoratiu: els creadors de l'euro -ens diuen- eren uns tecnòcrates que no van tenir en compte els factors humans i culturals. De vegades es fa servir en termes laudatoris: els nous presidents del govern de Grècia i Itàlia són uns tecnòcrates que se situaran per damunt de la política i faran el que cal fer.

No hi estic d'acord. Conec els tecnòcrates, de vegades jo mateix faig de tecnòcrata. I aquesta gent -els que pressionaven Europa perquè adoptés una moneda comuna, i els que pressionen Europa i els Estats Units perquè apliquin mesures d'austeritat- no són tecnòcrates. Ben al contrari, són uns romàntics molt poc pràctics.

No cal dir, però, que són uns romàntics especialment avorrits que, en lloc de fer poesia, utilitzen una prosa molt ampul·losa. I les coses que exigeixen en nom de les seves visions romàntiques solen ser cruels i impliquen enormes sacrificis per als treballadors i les seves famílies. Però el cert és que aquestes visions neixen d'uns somnis sobre la manera com haurien de ser les coses, en lloc de partir d'una freda anàlisi de com són en realitat.

I per salvar l'economia mundial hem de derrocar aquests perillosos romàntics dels seus pedestals.

Comencem per la creació de l'euro. Si algú es pensa que va ser un projecte inspirat per un càlcul acurat de costos i beneficis, està molt mal informat.

La veritat és que el procés d'adopció d'una moneda comuna europea va ser, des de bon començament, un projecte dubtós des del punt de vista de qualsevol anàlisi econòmica objectiva. Les economies del continent eren massa diferents per funcionar sense problemes amb una única política monetària, i massa propenses a experimentar xocs asimètrics en què alguns països es desplomarien mentre que d'altres prosperarien. I a diferència dels estats que constitueixen els EUA, els països europeus no formaven part d'una sola nació amb un pressupost unificat i un mercat laboral unit per una llengua comuna.

Així doncs, ¿com és que aquests tecnòcrates van insistir tant en l'adopció de l'euro, sense tenir en compte les advertències de molts economistes? En part, pel somni de la unificació europea: l'elit del continent el trobava tan seductor que va fer cas omís de les objeccions pràctiques. I en part, per un acte de fe econòmica: l'esperança -impulsada per la voluntat de creure-s'ho, malgrat l'existència de nombroses proves en sentit contrari- que tot sortiria bé sempre que els estats practiquessin les virtuts victorianes de l'estabilitat de preus i la prudència fiscal.

Sap greu haver-ho de dir, però les coses no han anat com ens havien promès. Tanmateix, en lloc d'adaptar-se a la realitat, aquests pretesos tecnòcrates han redoblat l'aposta, insistint, per exemple, que Grècia podria evitar la fallida amb unes mesures d'austeritat salvatges, quan de fet qualsevol que sàpiga fer números és conscient que això no és veritat.

Permeteu-me que em refereixi en particular al Banc Central Europeu (BCE), que teòricament és el súmmum de les institucions tecnocràtiques i que s'ha caracteritzat per refugiar-se en fantasies quan les coses van mal dades. L'any passat, per exemple, el banc va fer una nova professió de fe en la fada de la confiança; és a dir, va afirmar que en una economia deprimida les retallades pressupostàries promourien l'expansió perquè augmentarien la confiança d'empresaris i consumidors. Per estrany que sembli, però, això no ha passat enlloc.
I ara, amb una Europa en crisi -una crisi que no es podrà frenar si no és que el BCE intervé per aturar el cercle viciós de la fallida financera-, els seus dirigents encara s'aferren a la idea que l'estabilitat de preus cura tots els mals. La setmana passada, Mario Draghi, nou president del BCE, afirmava que "contenir les pressions inflacionistes" és "la millor contribució que es pot fer per promoure el creixement sostenible, la creació d'ocupació i l'estabilitat financera".

És d'allò més delirant fer una afirmació com aquesta en un moment en què la inflació europea prevista és, si de cas, massa baixa, i en què el que està causant les turbulències dels mercats és la por d'una fallida més o menys immediata. I és més una proclama religiosa que no una anàlisi tecnocràtica.

Vull que quedi clar que no estic fent una diatriba antieuropea, perquè aquí als EUA ja tenim els nostres propis pseudotecnòcrates per pervertir el debat polític. En concret, els grups de suposats experts no partidistes -el Comitè per un Pressupost Federal Responsable, la Coalició Concord, etc.- han aconseguit segrestar el debat de política econòmica, que ara se centra en el dèficit i no en l'ocupació.

Els autèntics tecnòcrates es pregunten quin sentit té això en un moment en què la taxa d'atur és del 9% i el tipus d'interès del deute nord-americà és només del 2%. Però igual que en el cas del BCE, les nostres veus de la consciència fiscal tenen les seves pròpies idees sobre el que és important, i s'hi aferren amb independència del que diguin les dades.

Així doncs, ¿estic en contra dels tecnòcrates? No, ni parlar-ne. Al contrari, m'agraden els tecnòcrates: són amics meus. I els seus coneixements tècnics ens són necessaris per fer front a les nostres tribulacions econòmiques.

Però una colla d'ideòlegs somiadors -uns romàntics avorrits i cruels- que es fan passar per tecnòcrates estan distorsionant de mala manera el nostre discurs. I ja és hora de posar fi a les seves pretensions.

Paul Krugman, Els avorrits i cruels euroromàntics, Ara, 27/11/2011

Missatges subliminals.


by José Luis Agreda
Si, como explica bien Raúl Eguizábal en Industrias de la conciencia (una ‘Historia social de la publicidad en España’ muy recomendable), la industria publicitaria no nos vende objetos, sino significados, aquí van unos cuantos que estos días circulan, y que dan la medida de en qué nos estamos convirtiendo.

Una caja de ahorros (ex caja, más bien) ofrece planes de pensiones con la iconografía habitual: ancianos de muy buen ver que juegan al golf, manejan el timón de un yate o toman el sol. Hasta ahí, todo normal. Luego leemos los eslóganes, uno por cartel: “Jubílate como los alemanes”, “Jubílate como los holandeses”, “Jubílate como los finlandeses”. El subtítulo es nítido, sin disimulo: “No vayas a jubilarte como un español, con una pensión de mierda.”

Otro ejemplo: una aseguradora vende un seguro sanitario, producto que poca publicidad necesita con la que está cayendo en la sanidad pública. Tras enumerar las ventajas, añade al final: “y sin copagos”. También aquí se entiende todo: “En la sanidad pública, además de estar de pena, acabarás pagando dos veces cuando llegue ese copago del que tanto se habla.”

Uno más: un fabricante de coches (alemán, para más señas, por si quieren culpar a Merkel) anuncia una furgoneta: “el trabajador perfecto”, pues según el anuncio nunca pide una baja ni un ascenso, siempre está a disposición de la empresa, 24 horas al día, 7 días a la semana, y remata: el trabajador “con el que todo empresario sueña”. Podían estirar más la broma: obedece sin rechistar, trabaja sólo por la manutención, no hace huelga … Tal vez el spot se dirige también a los trabajadores, para que se nos vaya haciendo el cuerpo a las fantasías patronales.

Pensaba hablar también de ese banco que en sus anuncios para clientes jóvenes presenta a unos famosos vampiros, pero no sé cómo interpretarlo. ¿Es una muestra del humor que gastan nuestros financieros? Teniendo en cuenta que es el mismo banco punki que hace meses, cuando peor reputación tenía el sector, nos invitaba a convertirnos en ‘bankeros’, ya me creo cualquier cosa. Hasta que se rían de nosotros.

Isaac Rosa, La crisis en cuatro anuncios, Público, 28/11/2011

Ser home és viure en el llenguatge.


by Max
Acojamos el tiempo tal como él nos quiere", esta es la cita de Shakespeare que Stefan Zweig elige como pórtico de su libro de memorias, El mundo de ayer; un libro en el que habla de esa generación que vivió entre las dos guerras haciendo suyo el sueño de una Europa unida por el arte y la cultura. La última generación capaz de creer en el ser humano, como se afirma en la contraportada del libro.

¿Es verdad esto? ¿Podemos afirmar que la crisis de la razón y de la cultura es tan grande hoy en día que ya no es posible un sentimiento así? Vivimos en un mundo convulso y complejo, lleno de flagrantes injusticias, pero no es peor que el que le tocó vivir a Stefan Zweig, y basta leer su libro para ratificarlo. Puede que exista, sin embargo, una diferencia esencial. Leyendo a los escritores de ese tiempo, se tiene la impresión de que en el nuestro hemos dejado de creer en el valor de las palabras. Stefan Zweig pertenece a un mundo que pensaba que los escritores tenían algo que decir y que, por lo general, contribuían con sus libros y artículos a mejorar las cosas; mientras que hoy día no me parece que nadie piense nada parecido.

Zweig era un heredero de la Ilustración e, influido por el psicoanálisis, estaba convencido de que bastaba con nombrar los problemas para que estos empezaran a resolverse. Su libro está escrito en el año 1942, cuando el nazismo extiende su red fatal sobre toda Europa, y, a pesar de todos los horrores que narra, está lleno de esperanza. Es cierto que unos meses después de terminarlo se suicidará con su mujer en Brasil, pero no lo es menos que cuando tiene que elegir las palabras que van a cerrar sus memorias, y su propia existencia, elige unas que afirman el poder sagrado de la vida: "Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo ese ha vivido de verdad".

Es cierto, sin embargo, que muy pocas veces las palabras han valido menos que hoy. Se trata de una paradoja, puesto que cuanto más hablamos y escuchamos hablar menos parece valer lo que decimos. En nuestro tiempo, el lenguaje no solo se utiliza para ocultar la realidad, sino que nadie se hace responsable de lo que dice, por lo que ha dejado de extrañarnos que alguien pueda afirmar hoy justo lo contrario de lo que opinaba unos días atrás.

Y es en la política y en los medios de comunicación donde estos vicios han adquirido un descaro mayor. Miguel Delibes escribió hace años que la misión del escritor era la convocatoria de la palabra, y convocar la palabra es algo más que una actividad estética, tiene un valor moral. Al hablar o escribir buscamos hacer posible un espacio de conocimiento, responsabilidad y alegre locura, un espacio deencuentro con los demás. Son las palabras las que vuelven habitable el mundo.

Ser hombre es vivir en el lenguaje, alimentarse de palabras. Símbolo, según Covarrubias, viene de symbolum, que significa señal para reconocerse, aludiendo a una tablilla que, repartida entre dos o más personas, estos debían completar al encontrarse para identificarse entre sí. El origen de nuestro pensamiento es esa falta. O dicho de otra forma, hablamos con los demás, y les hacemos hablar, tratando de recibir de ellos lo que nos completa. No creo que hoy día muchos esperen algo así de los escritores. Se espera, a lo sumo, que amenicen las sobremesas de los políticos y de los medios de comunicación. En estos últimos años hemos asistido a una pérdida indiscutible del prestigio del universo del libro. Los cambios se han sucedido a una velocidad de vértigo, y el hombre actual apenas ha tenido tiempo para asimilarlos. No me refiero solo al hombre que podríamos considerar común. También entre el hombre culto de hoy y el de hace unas décadas hay diferencias esenciales. Hoy día, por ejemplo, sería difícil encontrar a un hombre, por muy culto que fuera, que conociera el latín y el griego, que pudiera recitar de memoria a Homero o a Virgilio, o ciertos monólogos de Shakespeare.

Las lecturas se suceden, pero nadie parece interesado en demorarse más de la cuenta en un libro, ni en aproximarse por tanto a ese ideal de lectura que le hacía afirmar a Joyce que el libro verdadero era aquel que exigía al lector que entregara su vida a la tarea de leerlo. El lector que alimenta con su elección las listas de libros más vendidos en nada se parece a ese misterioso lector del que hablara Lezama Lima, que llega a tener para una sola lectura la presencia y esencia de todos sus días.

Las mismas páginas de cultura de los periódicos, como hace poco denunciaba con lucidez Juan Goytisolo, cada vez se parecen más a las páginas de ocio o a las revistas del corazón, como si todo su afán fuera complacer a los que no leen en vez de a esos discretos lectores de los que hablaba Joyce. La abundancia de novedades, la inserción decidida en una cultura de la compra y el desecho, hacen incluso de esa figura improbable del lector de hoy algo bien distinto de lo que podía ser hace años. Es uno de los nombres más de ese acumulador insaciable en que se ha convertido el hombre occidental. Nunca este se ha movido más por lo que ve, lo que puede poseer de manera inmediata. "El materialismo, ha escrito Borges, dijo al hombre: hazte rico de espacio. Y el hombre olvidó su propia tarea. Su noble tarea de acumulador de tiempo. Quiero decir que el hombre se dio a la conquista de las cosas visibles. A la conquista de personas y de territorios. Así nació la falacia del progreso. Que el hombre vuelva a capitalizar siglos en vez de capitalizar leguas. Que la vida humana sea más intensa en lugar de ser más extensa".

La pérdida de prestigio y autoridad de la institución literaria parece indiscutible en nuestros días. Pero ¿y si esto no fuera tan malo? ¿Y si favoreciera el nacimiento de una relación distinta con los libros, aquella que por otra parte es la que siempre han tenido con ellos todos los verdaderos lectores? ¿Y si ese olvido general les estuviera favoreciendo, si favoreciera a los escritores, que olvidados de ese papel social pueden concentrarse de una forma más decisiva en su propia tarea, ocuparse tan solo de escribir mejor, de hacerlo como forma extrema de resistencia frente al mismo olvido y la muerte del pensamiento? ¿No fue visto en muchos círculos de vanguardia el éxito mismo como un signo de corrupción artística?

En un cuento de los hermanos Grimm, Los seis cisnes, una niña tiene que coser seis camisas de anémonas y permanecer en silencio varios años para conseguir que sus hermanos, hechizados por una bruja, recuperen la forma humana. El lector debe ser como esa niña. La literatura no nos entrega un saber, sino un espacio de incertidumbre y espera. Tiene que ver con lo que no conocemos, es el reino del secreto. Como hace la niña del cuento de los hermanos Grimm al tejer en silencio sus camisas, leer es depositar en el mundo una verdad perteneciente al alma.

Gustavo Martín Garzo, La decadencia de las palabras, El País, 26/11/2011

diumenge, 27 de novembre de 2011

La síndrome de Berlin.


Quizá un símil con lo que ocurre en la selva me pueda ayudar en el argumento. Los mercados se comportan como los depredadores que acechan a las manadas de animales de las sabanas. Los depredadores huelen la sangre de los miembros más débiles. Pero solo se lanzan sobre la presa cuando tienen la seguridad de que el resto de la manada no vendrá en su ayuda. Antes merodean a su alrededor y hacen conatos de ataque para ver la reacción del jefe de la manada. Si ven que desarrolla un liderazgo solidario, el depredador se lo piensa dos veces antes de arremeter contra la presa, para no salir mal parado del ataque. Pero si ve que desarrolla un comportamiento oportunista, se lanzan sobre la pieza.

El comportamiento de los 17 países que componen el euro se parece al de una manada en la que el jefe no ejerce un liderazgo solidario e intimidador. En esta situación, los mercados se comportan como los depredadores. Y lanzan ataques sobre las presas más débiles. Pero a medida que estas van cayendo, se atreven con otras, hasta llegar al propio líder de la manada.

¿Por qué Alemania es remisa a ejercer como jefe solidario de la manada y utilizar su fuerza para intimidar a los depredadores? Hay varias razones.

La primera está relacionada con su incapacidad y falta de voluntad para desarrollar ese papel de líder. El excanciller Helmut Kohl dijo en cierta ocasión que Alemania era demasiado grande para ser un primus interpares, pero demasiado pequeña para ejercer de líder. Estoy de acuerdo, tanto en cuanto al liderazgo económico como político. Recuerden su renuncia a apoyar la intervención en Libia.

Pero hay una segunda razón que tiene que ver con la visión alemana de las causas y de los remedios a la crisis de la deuda. Esa visión alemana -de la que participan otros países del euro- sostiene que el sobreendeudamiento y el déficit son debidos a la prodigalidad de los Gobiernos y a la falta de disciplina laboral de sus ciudadanos. Esta es una visión equivocada. Hay que recordar una y otra vez que la madre del excesivo endeudamiento privado de estos países ha sido un espectacular fallo del sistema financiero europeo, liderado por la banca alemana y francesa. El caso irlandés es paradigmático.

El remedio que defiende la visión alemana es tan errado como su diagnóstico. Alemania es contraria a ejercer de jefe de manada porque considera que lo mejor no es ser solidario, sino dejar que la disciplina de los mercados obligue a los Gobiernos y ciudadanos a hacer los deberes. Otro error. Mientras no cambien las ideas que están detrás de esa visión alemana de la crisis, los depredadores tienen el camino libre. Hasta llegar a convertir el problema de la deuda en el problema del euro.

Pero quizá lo más intrigante es ver cómo esa visión es compartida por las élites más influyentes de los países que están sometidos al castigo de los mercados. Se está desarrollando un síndrome de Berlín, mediante el cual las élites de los países

Antón Costas, El depredador, la presa y el jefe de la manada, Negocios. El País, 27/11/2011
http://www.elpais.com/articulo/primer/plano/depredador/presa/jefe/manada/elpepueconeg/20111127elpneglse_6/Tes?print=1

Què és la ironia?


Copio mi título de hoy del de una novela de Milan Kundera donde se cuenta la historia de un profesor universitario que, en la Checoslovaquia comunista de la posguerra, arruina su vida por hacer una broma. A las mentes totalitarias no les gustan las bromas. Y es natural. Toda broma auténtica presupone ironía, y toda ironía presupone que una cosa puede ser varias cosas a la vez. Cervantes, que inventó la ironía o al menos la convirtió en un ingrediente obligatorio de la novela, mostró que Sancho Panza es un tonto, pero también un sabio, y que don Quijote es ridículo, pero también heroico. Eso es la ironía: la revelación deslumbrante de que la realidad no es unívoca, de que una cosa puede ser una cosa y su opuesto, de que existen las verdades contradictorias, por usar la fórmula de Isaiah Berlin. Y eso es lo que no puede admitir el fanático: para él, las cosas sólo son lo que son y nada más; es decir: son sólo lo que él dice que son. De ahí que odie la ironía, el humor, las bromas (y, por cierto, las novelas, que proponen una visión ambigua, irónica y poliédrica de lo real). Y de ahí que la ironía y el humor suelan ser no sólo un síntoma de decencia individual sino también de salud colectiva. Sin ironía no hay tolerancia. Y sin tolerancia no hay civilización. Ni acaso humanidad: los seres humanos bromean; los animales no.

Por supuesto, los fanáticos no viven sólo en sociedades totalitarias; el totalitarismo es la institucionalización política del fanatismo, pero no tiene su exclusiva. De hecho, las sociedades democráticas están permanentemente asediadas por bárbaros totalitarios, igual que las personas civilizadas están permanentemente asediadas por intolerantes, o igual que dentro de toda persona civilizada vive siempre un intolerante tratando de tomar el poder. Por eso es normal ponerse un poco nervioso en esos momentos en que, incluso en esta Europa tan democrática y civilizada, los bromistas parecen vivir amenazados.

Torna la doctrina de l´estat d´excepció permanent (2).



Aunque cargado de menos dramatismo, el argumento sigue siendo válido si, en lugar de una guerra, las dificultades extraordinarias que toma en consideración un parlamento para conceder el poder a un Gobierno de excepción son económicas. Si el Gobierno de excepción fracasa contra la crisis, es el régimen democrático el que fracasa. Pero si logra resolverla, la legitimidad democrática puede convertirse a partir de ese momento en un prejuicio de puristas, en un ensueño benéfico que no resiste el contraste con la realidad y al que conviene renunciar en nombre del pragmatismo o del sentido común. Es precisamente eso, el pragmatismo, el sentido común, o por mejor decir, el espejismo del pragmatismo, del sentido común, lo que ha hecho de la República gobernada por los filósofos, por la aristocracia de los sabios, una tentación irresistible desde los tiempos de Platón, a la que en España sucumbió Ortega lo mismo que, en Italia, Mosca y Pareto. Como también han sucumbido, en fechas más recientes, quienes trataron de justificar algunas dictaduras latinoamericanas, como la de Augusto Pinochet en Chile, por los éxitos económicos alcanzados bajo la influencia de los académicos de la Escuela de Chicago.
Sabios de la guerra en el pasado o sabios de la economía en el presente, sabios, en fin, de cualquier sabiduría, cuyas decisiones no están inspiradas por el objetivo de arbitrar intereses diferentes y legítimos, que es el sentido último de la política democrática, sino por un saber, por una ciencia que solo obedece a sus propias leyes y para la que la realidad, incluida la realidad social, compuesta por individuos libres, no pasa de ser un simple campo de experimentación. Si el saber, si la ciencia que aplican los Gobiernos de excepción, los sabios de cualquier sabiduría que gobiernan la República de Platón, exige esfuerzos sobrehumanos, si justifica un sufrimiento que haría retroceder de espanto a cualquier dirigente democrático, la responsabilidad no es de esos Gobiernos, no es de esos sabios, sino del saber, de la ciencia que aplican. Cuando, en Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt considera como "desesperados intentos de escapar a la responsabilidad" las múltiples ideologías que, desde mediados del siglo XIX, pretendieron encarnar "las claves de la Historia", ¿a qué se estaba refiriendo sino a esos Gobiernos cuyas decisiones no están inspiradas por el objetivo de arbitrar intereses sociales diferentes y legítimos, sino por un saber, por una ciencia que solo obedece a sus propias leyes?
Lucas Papademus en Grecia, y Mario Monti en Italia, pueden tener, como sin duda tienen, intachables credenciales democráticas. Pero no es seguro que ni siquiera dos dirigentes con esas credenciales estén en condiciones de garantizar que el procedimiento que les ha aupado al Gobierno no acabe desencadenando el bucle que conduce al estado de excepción permanente que teorizó Carl Schmitt; en este caso, a un estado de excepción económica permanente. Porque, si se demoran los resultados de las medidas contra la crisis inspiradas por su saber, por su ciencia, las dificultades extraordinarias por las que ahora los han investido los respectivos parlamentos serán aún más extraordinarias después, y la prolongación del mandato de sus Gobiernos tecnocráticos sería una respuesta consecuente. La prolongación del mandato con ellos al frente o sustituyéndolos por otros tecnócratas, por otros sabios, pero, en cualquier caso, convalidando un estado de excepción en el que podría resultar más fácil instalarse de modo permanente, al menos mientras dure la crisis, que emprender la marcha atrás, reconociendo el fracaso del sistema democrático para combatirla y abriendo la caja de Pandora de arbitrismos y populismos.
Las recientes elecciones en España han concedido una amplia mayoría al Partido Popular, que controla, además, la práctica totalidad de las Autonomías y de los Ayuntamientos de las grandes ciudades. La legitimidad democrática que le otorgan estos resultados es más que suficiente para enfrentarse a la crisis económica, y así lo ha reconocido su propio líder, Mariano Rajoy, ya presidente electo, al declararse abiertamente en contra de la formación de un Gobierno tecnocrático. Pero el peligro en estos momentos no es solo que se imponga esa fórmula como en Grecia e Italia, sino también que los Gobiernos democráticos actúen o se vean obligados a actuar como si fueran tecnocráticos. Lo harían si olvidasen que su acción debe estar inspirada, ahora más que nunca, ahora más, mucho más que en los tiempos de prosperidad, por el objetivo de arbitrar intereses sociales diferentes y legítimos, no por un saber, por una ciencia que solo obedece a sus propias leyes y que exige esfuerzos sobrehumanos y justifica todos los sacrificios.
La política económica de cortos vuelos impuesta por la Unión Europea a los países más expuestos a la crisis del euro y la deuda soberana está obligando, en último extremo, a que los Gobiernos democráticos actúen como si fueran tecnocráticos y, en definitiva, a que en Europa se establezca, con o sin declaración expresa, un estado de excepción económica permanente. A juzgar por los resultados obtenidos hasta el momento, no parece que esa política esté conduciendo a la salida de la crisis del euro y de la deuda soberana. Más parece estar degradando las instituciones democráticas de los países más expuestos, humillando a los diversos Gobiernos nacionales salidos de las urnas y haciendo de la Unión un monstruo político que genera sufrimiento y desafección, no prosperidad y libertades. De persistir en la misma dirección, el fantasma de la tecnocracia que ha empezado a recorrer Europa podría tener efectos tan amargos, tan devastadores como los demás fantasmas que le precedieron.


José María RidaoEstado de excepción económica permanente, El País, 26/11/2011

Allò democràtic.


Comuna de París
Para entender el papel central que juega la figura del ciudadano ya no podemos quedarnos simplemente en el marco de lo que siempre se ha denominado democracia. La democracia, en la medida que se hacía forma Estado y dejaba de ser “la menos mala de las formas de gobierno” como tantas veces se nos decía, experimenta necesariamente una transformación total. Para dar cuenta de esta mutación proponemos el desplazamiento desde “la democracia” a “lo democrático”. De la misma manera que C. Schmitt en un momento propuso pasar de la política a “lo político” y así abrió una nueva manera de abordar la cuestión de la política, nosotros creemos que hoy es factible hacer algo semejante respecto a la democracia. Si los mismos defensores de la “verdadera” democracia tienen que añadirle adjetivos para poder caracterizarla (participativa, inclusiva, absoluta…) es que la situación ya está madura para plantear su crítica.

La democracia, como hemos adelantado, ya no es una forma de gobierno en el sentido tradicional sino el formalismo que posibilita la movilización global . La movilización global sería el proyecto inscrito en la globalización neoliberal, y como tal consistiría en la movilización de nuestras vidas para (re)producir – simplemente viviendo – esta realidad plenamente capitalista que se nos impone como plural y única, como abierta y cerrada, y sobre todo, con la fuerza irrefutable de la obviedad. Una realidad que nos aplasta porque en ella se realiza, (casi) en todo lugar y (casi) en todo momento, un mismo acontecimiento: el desbocamiento del capital. Pues bien, la función de “lo democrático” es permitir que esta movilización global que se confunde con nuestro propio vivir, se despliegue con éxito. Con éxito significa que gracias a “lo democrático” se pueden efectivamente gestionar los conflictos que el desbocamiento del capital genera, encauzar las expresiones de malestar social, y todo ello, porque “lo democrático” permite arrancar la dimensión política de la propia realidad y neutralizar así cualquier intento de transformación social.

De aquí que no sea fácil definir qué es “lo democrático”. El núcleo central del formalismo está constituido por la articulación entre Estado-guerra y fascismo postmoderno : entre heteronomía y autonomía, entre control y autocontrol. Veámoslo de más cerca. “Lo democrático” se construye sobre una doble premisa: 1) El diálogo y la tolerancia que remiten a una pretendida horizontalidad, ya que reconducen toda diferencia a una cuestión de mera opinión personal, de opción cultural. 2) La política entendida como guerra lo que supone declarar un enemigo interior/exterior y que remite a una dimensión vertical. “Lo democrático realizaría el milagro - aparente se entiende - de conjuntar en un continuum lo que normalmente se presenta como opuesto: paz y guerra, pluralismo y represión , libertad y cárcel. En este sentido “lo democrático” va más allá de esa articulación y se dispersa constituyendo un auténtico formalismo de sujeción y de abandono. “Lo democrático”, en tanto que formalismo posibilitador de la movilización global, no se deja organizar en torno a la dualidad represión/no represión que siempre es demasiado simple. En “lo democrático” caben desde las normativas cívicas promulgadas en tantas ciudades a las leyes de extranjería, pasando por la policía de cercanía que invita a delatar. O el nuevo código penal español, el más represivo de Europa, que sigue apostando por la cárcel pura y dura. La eficacia de “lo democrático reside en que configura el espacio público – y en último término nuestra relación con la realidad - como un espacio de posibles, es decir, de elecciones personales. Más libertad significa multiplicación de la posibilidades de elección, pero no puede emerger ninguna opción a causa de la cual valga la pena renunciar a todas las demás. Esta opción que pondría en duda el propio espacio de posibles, está prohibida. “Lo democrático” es el aire que respiramos. Se puede mejorar, limpiar, regenerar y los términos no son para nada casuales. Pero nada más. En este punto ya podemos adelantar un aspecto esencial. “Lo democrático” actúa, sobre todo, como modo de sujeción – de sujeción nuestra a la realidad – ya que establece la partición entre lo pensable y lo impensable. “Lo democrático” define directamente el marco de lo que se puede pensar, de lo que se puede hacer, y de lo que se puede vivir… Más exactamente: de lo que se debe pensar, hacer y vivir en tanto que hombres y mujeres que se dicen libres a sí mismos.


Santiago López Petit¿Y si dejáramos de ser ciudadanos?, El Viejo Topo, septiembre 2010, nº 272

Apologia del funcionari.



No sé si la meva por és exagerada, però sempre he cregut que una Administració ben pagada i, sobretot, socialment ben considerada és la millor arma contra la corrupció. L’orgull per a la funció pública hauria de ser, i més en un país petit i precari com és el nostre, el millor dels valors socials. Precaritzar l’Administració i, el que és pitjor, estigmatitzar-la, no és mes que obrir una porta a l’augment de la corrupció.

És precisament en temps de crisi quan més necessitem els funcionaris. Que vigilin que els maons s’aguantin, que no s’explota la precarietat dels treballadors, que el menjar que se serveix és sa i net. Que les granges no dopen el bestiar. Perquè si menyspreem aquestes funcions i les menystenim, és possible que millorem els números comptables de l’Administració però posarem en perill la seva funció bàsica: garantir que qui guanya diners ho fa de forma legal i justa.

Potser sortirem de la crisi, però el que, com a pagadors d’impostos hem d’exigir, és que en sortim com el cèlebre braç de Santa Teresa: incorruptes. Defensem el treball públic no només com a proveïdor de serveis i de benestar. Sinó com a garant de la salubritat, eficiència i justícia de tot allò que ens envolta.


Antonio Baños, Total, per mil milions, Público, 26/11/2011
http://blogs.publico.es/antonio-banos/404/total-per-mil-milions/

dissabte, 26 de novembre de 2011

Torna la doctrina de l´estat d´excepció permanent (1).


En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt consideró como "desesperados intentos de escapar a la responsabilidad" las múltiples ideologías que, desde mediados del siglo XIX, pretendieron encarnar "las claves de la Historia". El fantasma del comunismo recorriendo Europa, como después lo harían los del fascismo y el nazismo, eran la referencia implícita en la expresión "múltiples ideologías" que utiliza Arendt. Desmoronado el comunismo y derrotados militarmente el fascismo y el nazismo, se podría pensar que Europa estaba, por fin, libre de fantasmas. Y, sin embargo, durante las últimas semanas uno nuevo habría empezado a recorrerla a consecuencia de la crisis del euro y de la deuda soberana. Primero en Grecia y después en Italia, el fantasma de la tecnocracia ha hecho su aparición. El Gobierno de ambos países, cuya gestión económica ha fracasado, se ha visto desplazado por equipos de especialistas que han contado con el voto mayoritario de los respectivos parlamentos.

La fórmula, de apariencia novedosa, evoca a través de inquietantes semejanzas una constelación de respuestas a las situaciones de crisis conocidas y experimentadas desde los tiempos más remotos. En la Roma clásica, el Senado contaba entre sus atribuciones la de nombrar a un dictador para hacer frente a dificultades extraordinarias, como era el caso de la guerra. Se entendía como una medida de excepción vinculada a la situación que debía resolver la dictadura, tras la que el propio sistema político preveía el regreso a la normalidad. Los puntos débiles de este mecanismo tenían que ver no solo con la naturaleza del poder, que entonces y ahora tiende a perpetuarse, sino con la determinación del momento en el que debían considerarse superadas las dificultades extraordinarias y en el que, por tanto, debía cesar la dictadura. En teoría, la determinación de ese momento correspondía al Senado. En la práctica, el dictador disponía de no pocos recursos para hacer que las dificultades extraordinarias se prolongasen y para que, ateniéndose a la lógica estricta del mecanismo, también se prolongase su mandato.

Carl Schmitt tuvo presente el ejemplo de la dictadura romana para elaborar una de sus más controvertidas tesis jurídicas, con la que el ascenso de Hitler se justificaba como estricta aplicación de la Constitución de Weimar. El dictador clásico, lo mismo que el moderno, tenía en su mano prolongar las dificultades extraordinarias por el simple procedimiento de crear otras nuevas, que presentaba como inevitable solución de las que habían aconsejado su nombramiento. Para poner fin a una guerra, el dictador sostenía que era necesario emprender una segunda que acabase de una vez por todas con la amenaza, lo que obligaba a mantener la dictadura. Y, puesto que acabar con esta segunda guerra podía exigir emprender una tercera, y así indefinidamente, el resultado es que el que destila una experiencia larga de siglos: guerra y dictadura son dos caras de la misma moneda. Hacia el interior la dictadura se justifica por la guerra y, hacia el exterior, la guerra se emprende para justificar la dictadura. Sobre este bucle, que puede establecerse partiendo de la guerra pero también de cualquier otra amenaza, sea el terrorismo o una profunda crisis económica, Carl Schmitt construyó la doctrina del estado de excepción permanente, un sumidero por el que la democracia se precipita voluntariamente en la dictadura.

La razón de fondo que explica este mecanismo, esta voluntaria transformación de la democracia en dictadura, guarda una estrecha relación con la legitimidad que funda en última instancia el poder político. El Senado de Roma que daba la orden de instaurar una dictadura, al igual que el parlamento que declara un estado de excepción como los que teorizó Carl Schmitt, parten del sobrentendido de que su legitimidad y la del Gobierno al que confieren el poder es una y la misma. En realidad, a la legitimidad inicial se añade subrepticiamente otra que es la que acaba fagocitando a la primera. En el caso de los regímenes democráticos que otorgan el poder a un Gobierno de excepción para hacer frente a dificultades extraordinarias, esa otra legitimidad es la eficacia en la consecución del objetivo para el que ha sido nombrado. Si las dificultades a las que tiene que hacer frente el Gobierno de excepción es, por ejemplo, una guerra, el general que lo dirija como especialista en el arte militar obtiene su legitimidad inicial del respaldo que ha recibido del parlamento. Pero a esa legitimidad inicial va añadiendo otra que deriva del hecho de que sea capaz de conducir el país a la victoria, y ahí es donde el régimen democrático se adentra en una zona de riesgo. Si el general es derrotado, su Gobierno cae con él y también el régimen democrático que le concedió el poder. Pero en el supuesto de que consiga la victoria, la legitimidad democrática corre el peligro de quedar devaluada frente a la legitimidad de haber ganado la guerra, frente a la legitimidad del vencedor, del hombre providencial.

José María Ridao, Estado de excepción económica permanente, El País, 26/11/2011
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Estado/excepcion/economica/permanente/elpepisoc/20111126elpepisoc_1/Tes?print=1

La bona tecnocràcia.



En sus orígenes (comienzos del siglo XX), la tecnocracia pretendía aplicar al gobierno de la sociedad los principios de eficiencia técnica y conocimiento científico que los ingenieros aplicaban al diseño y control de las máquinas en las fábricas. El inventor del término definía la tecnocracia en 1919 como “el Gobierno del pueblo a través de sus sirvientes, los científicos e ingenieros”. En aquella época al menos, la palabra tenía más resonancias progresistas que conservadoras. ¡Cuántas vueltas ha dado el mundo para que ahora la veamos como un instrumento de manipulación y de opresión del pueblo, en manos de gestores sin escrúpulos, responsables de habernos llevado a la ruina manipulando de forma irracional los mercados financieros!

El movimiento tecnocrático perdió fuelle porque no supo dar respuestas adecuadas a la crisis del 29. Fue una crisis de irracionalidad y de inmoralidad, ante la que los ingenieros no tenían mucho que decir y de la que Roosevelt ayudó a salir con su New Deal. “Rescate, recuperación y reformas”: atender a los que más sufren la crisis (no precisamente a los bancos, sino a los ciudadanos empobrecidos), animar la actividad económica con inversiones públicas y reformar el sistema para que funcione mejor. Roosevelt no era un tecnócrata, era un político. Pero estuvo bien asesorado y ayudó a ganar la batalla.

Ahora todo es distinto. Los ingenieros han sido sustituidos por gestores e ideólogos de la economía de casino, que se apuestan la vida y la felicidad de centenares de millones de personas, al tiempo que intentan hacernos creer que dominan la técnica de las finanzas, que son ideológicamente neutrales y que lo que la situación requiere es que pongamos en sus manos el control de la sociedad, en lugar de confiar en nuestros representantes políticos. No son buenos ingenieros de la economía (hay quien dice que si los ingenieros financieros diseñaran automóviles, no venderían ni uno, porque nadie sería capaz de hacerlos arrancar), pero son fantásticos manipuladores de opinión.

El problema no es que los mercados nos arrojen en manos de tecnócratas, es que no hay buenos técnicos asesorando a buenos políticos que gobiernen en nombre del pueblo soberano. Merkel no es Roosevelt.

Miguel Ángel Quintanilla, Tecnocracia, Público, 26/11/2011

divendres, 25 de novembre de 2011

Què és avui en dia ser ciutadà?



Hoy el ciudadano ya no es un hombre libre. El ciudadano ha dejado de ser el hombre libre que quiere vivir en una comunidad libre. La conciencia política que no se enseña sino que se conquista, ha desaparecido paulatinamente. No podía ser de otra manera. El espacio público se ha convertido en una calle llena de tiendas abiertas a todas horas, en un programa de televisión en el que un imbécil nos cuenta detalladamente por qué se separó de su mujer. La escuela, por su parte, no tiene que promover conciencia crítica alguna sino el mero aprendizaje de conductas ciudadanas “correctas”, variaciones de una pretendida “educación para la ciudadanía”. Las luchas políticas parecen asimismo haber desaparecido de un mundo en el que ya sólo hay víctimas de catástrofes diversas (económicas, ambientales, naturales…). Y, sin embargo, cuando los políticos se dirigen a nosotros, cuando se llenan la boca con sus llamadas a la participación, siguen llamándonos ciudadanos . ¿Por qué? ¿Por qué se mantiene una palabra que, poco a poco, se ha vaciado de toda fuerza política?

Antes que nada porque la identidad “ciudadano” nos clava en lo que somos. Nos hace prisioneros de nosotros mismos. Somos ciudadanos cada vez que nos comportamos como tales, es decir, cada vez que hacemos lo que nos corresponde y se espera de nosotros: trabajar, consumir, divertirnos… Votar cada cuatro años en verdad no es tan importante. Es mediante nuestro comportamiento, y en el día a día, como realmente insuflamos vida a la figura moribunda del ciudadano. Y, entonces, se nos concede una vida. El ciudadano es aquel que tiene su vida en propiedad, más exactamente, aquel que sabe gestionar su vida y hacerla rentable. En última instancia, un fracasado social no es un auténtico ciudadano, es un ciudadano de segunda clase. Ya no digamos un inmigrante sin papeles que sólo puede una sombra estigmatizada a nuestro servicio. Decir ciudadano significa decir creer. El ciudadano no es el que piensa, es el que cree. Cree lo que el poder le dice. Por ejemplo, que el terrorismo es nuestro principal enemigo. O que la vida está hecha para trabajar. En definitiva, es el que cree que la realidad es la realidad, y que a ella hay que adaptarse. Pero es complicado creer en una realidad que se disuelve por momentos: tenemos que ser trabajadores y no hay puestos de trabajo; tenemos que ser consumidores y las mercancías son gadgets vacíos; tenemos que ser ciudadanos y no hay espacio público. Por eso el ciudadano ha entendido perfectamente que para moverse con éxito tiene que guiarse por la antigua consigna publicitaria: “busque, compare, y si encuentra algo mejor… cómprelo”. No es cínico, es una figura triste que no tiene fuego dentro. Para ser un buen ciudadano hay que ser sobre todo comedido. Abominar de los excesos. Condenar todo tipo de violencia. De aquí que cuando nuestros representantes políticos hablen del ciudadano siempre destaquen su madurez y en eso extrañamente todos coinciden. Porque el ciudadano, en definitiva, es la pieza fundamental de “lo democrátrico” , y “lo democrático” es en la actualidad, la forma de control y de dominio más importante.

Santiago López Petit, ¿Y si dejáramos de ser ciudadanos?, El Viejo Topo, septiembre 2010, nº 272
http://www.elviejotopo.com/web/revistas.php?numRevista=272

Sobre la justícia (sofistes)


Llenguatge, creador de realitat.



Des de Humbolt i Nietzsche sabem que l´ésser humà ho és perquè significa i parla, en la mesura que erigeix la civilització sencera mitjançant símbols i paraules. I que el polifacètic discurs -amb el verb en el seu cim- no és un simple vehicle per a l´expressió d´allò ja ideat sense ell, sinó requisit del pensar i dels seus fruits. La consciència lingüística moderna ensenya que comprendre i emparaular van de bracet, i més -encara que ningú no se n´adoni- que el discurs és creador de realitat: dels seus fets, processos i circumstàncies, més enllà de la crua matèria. Ell configura en bona part la facticitat en la que vivim: el passat i la seva memòria, el present i la seva noció, el futur i el seu avançament. D´aquí la necessitat d´aturar la seva corrupció.


Lluís Lluch y Albert Chillón, La corrupción del discurso, El País, 04/11/2011
http://pitxaunlio.blogspot.com/2011/11/des-humboldt-i-nietzsche-sabem-que.html

La democràcia a Europa, entre el populisme i la desafecció.


by Erlich
En lo que parece ser una nueva y peligrosa fase de la crisis, las tensiones generadas por la crisis del euro están comenzando a desestabilizar las democracias europeas. Casi dos años de dudas y divisiones, de falta de coraje y de visión política para adoptar una solución europea están cebando la desafección ciudadana, tanto hacia las democracias nacionales como hacia el propio proyecto europeo. Como hemos visto en Grecia y en Italia, la agudización de la crisis coloca a los líderes políticos entre la espada y la pared. Por un lado, temen que si adoptan nuevas y más severas medidas de austeridad sin una contrapartida en forma de planes de estímulo que garanticen un horizonte de crecimiento económico, los ciudadanos se acabarán volviendo contra ellos y, desde las urnas, las calles o los Parlamentos, llevándoselos por delante. Pero, al mismo tiempo, saben perfectamente que si se resisten a adoptar esas mismas medidas de austeridad, los mercados les penalizarán elevando su prima de riesgo y forzando una intervención exterior, lo que desencadenará su caída, o llevará a que sus socios europeos retiren el apoyo financiero que les venían prestando, lo que también provocará su caída.

En estas circunstancias, el agotamiento de la política tradicional de partidos y la sustitución de los líderes políticos por tecnócratas añaden un elemento sumamente preocupante desde el punto de vista democrático. Tanto el nuevo primer ministro griego, Lukas Papademos, como los nombres que se barajan para futuro primer ministro de Italia, Giuliano Amato o Mario Monti, economistas con destacadas carreras en bancos centrales o instituciones europeas, representan la quintaesencia del tecnócrata. El rechazo de los políticos a someter el control de sus decisiones, pasadas o futuras, a la ciudadanía, vía elecciones anticipadas o referendos, apunta a que estos están bajando los brazos frente a los mercados, que no confían en su capacidad de resolver la crisis y, sobre todo, que sospechan que su legitimidad está agotada. Así, en lugar de asumir su responsabilidad, se apartan a un lado y llaman a técnicos que (supuestamente) carecen de ideología y que (también supuestamente) conocen las soluciones que sacarán a los países de la crisis.
El paso encierra un peligro evidente, pues supone confiar la responsabilidad de gobernar un país que se enfrenta a una grave crisis económica, con enormes e inevitables repercusiones sociales, a alguien que no deriva su legitimidad de las urnas, sino de la confianza que en él depositan los mercados y las instituciones internacionales. El problema es que, tanto en el ámbito europeo como en el ámbito nacional, los tecnócratas solo se legitiman si son capaces de obtener resultados positivos de forma relativamente rápida. Dicho de otra manera: la ciudadanía puede estar dispuesta a aceptar temporalmente y como mal menor una forma benigna de despotismo ilustrado ("todo para el pueblo, pero sin el pueblo"), pero si los tecnócratas suman su fracaso al de los políticos de partido, las sociedades tendrán la tentación de recurrir al populismo (de izquierdas o de derechas), expresado en hombres-fuertes que no se paren en procedimientos ni detalles democráticos.

El deterioro de la democracia y la amenaza del populismo no solo penden sobre algunas democracias deudoras del sur de Europa. Mientras que en los países deudores una gran parte de la ciudadanía se rebela contra la imposición desde el exterior de medidas de austeridad, simétricamente, en los países acreedores (Alemania, Austria, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos), otra gran parte de la ciudadanía se rebela contra el empeño de sus líderes en seguir financiando los planes de salvamento de los países que sufren de iliquidez o insolvencia o, muy especialmente, contra cualquier solución que implique una nueva transferencia de poder y recursos hacia la Unión Europea.

En muchos de estos países ya hay partidos muy influyentes cuya agenda antieuropea tiene cada vez más apoyo popular, así que no hay que extrañarse de que muchos políticos de esos países se debatan entre ignorar esas demandas ciudadanas, lo que les puede costar el cargo, o seguir alimentado los planes de rescate a los países del Sur, lo que también les puede costar el cargo. Las lágrimas de la primera ministra eslovaca, Iveca Radicova, en el último Consejo Europeo, abroncada por Sarkozy por resistirse a firmar el plan de rescate para Grecia, consciente de que su aprobación suponía el fin de su carrera política y la salida de su partido del Gobierno, son muy reveladores de hasta qué punto la crisis europea se ha convertido en un factor desestabilizador de la política nacional. E incluso en Reino Unido, que no es miembro del euro, se teme que las presiones hacia una mayor unión política y económica que está desencadenando la crisis del euro se resuelvan en sentido contrario, es decir, haciendo imposible evitar un referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, un referéndum que, con toda legitimidad democrática, muchos ciudadanos reclaman en nombre de su derecho a decidir sobre sí mismos y el futuro de su país, y que consideran que se les está hurtando en nombre de unas élites que saben lo que les conviene mejor que ellos.

Por tanto, la crisis está cebando el populismo y la desafección en dos direcciones: los ciudadanos de los países acreedores temen verse arrastrados a una "unión de transferencias" con los ciudadanos de los países deudores, mientras que los ciudadanos de los países deudores recelan cada vez más de unos acreedores a los que simplemente ven como policías de la austeridad sin un proyecto político alternativo que compense la erosión de su democracia. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta y que tiene importantes y evidentes consecuencias sobre el futuro de la democracia y, en paralelo, del proyecto europeo.

El sentido último de la democracia es que el pueblo se gobierne a sí mismo. Por eso, aunque un gran número de ciudadanos no entiendan al detalle las causas, consecuencias y posibles soluciones de las crisis del euro, sí que tienen clara una cosa: si democracia significa capacidad de decidir, la capacidad de decisión de nuestras democracias es hoy sumamente limitada. El debate habido en España el lunes pasado entre los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno ofrece una prueba muy evidente del dilema en el que viven atrapados los políticos nacionales en toda Europa: en la práctica, saben perfectamente que las soluciones a la crisis están fuera de nuestras fronteras. Si se crea empleo en España o se restaura el crédito a las empresas depende, entre otras cosas, del tipo de medidas que adopte el Banco Central Europeo, de los acuerdos a los que lleguemos con Alemania y otros para estimular la demanda, de si orientamos el presupuesto europeo hacia las grandes inversiones, o de si creamos impuestos sobre las transacciones financieras y las emisiones de carbono. Pero, lógicamente, para ganar el voto de sus ciudadanos, tienen que hacer creer que la solución de la crisis está en sus manos y que incluso tienen margen de maniobra para elegir qué cantidad de austeridad aplican y en qué plazos: de ahí que emplearan tan poco tiempo hablando de cómo construir una Europa que dé soluciones efectivas y duraderas a la crisis.

Al tiempo que la democracia (como capacidad de autogobernarse) se evapora del nivel nacional, no aparece por ningún lado y, especialmente, no reaparece donde debiera hacerlo: en el ámbito europeo. Más bien al contrario, en lugar de reforzar la democracia en el ámbito europeo, la crisis está sirviendo para reforzar la tecnocracia en ambos niveles: en el nacional, poniendo al mando a tecnócratas con amplia experiencia europea, y en el europeo, reforzando la capacidad de los tecnócratas, desde el Banco Central o la Comisión Europea, para supervisar a los Gobiernos de la Unión.

Como ponen de manifiesto las recientes propuestas del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, de reconfigurar las competencias del comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, el finlandés Olli Rehn, para blindarlo frente a las presiones de otros comisarios (al parecer excesivamente sensibles a los Gobiernos de sus países de origen) y darle nuevos poderes de intervenir en la gestión económica y presupuestaria de los Estados miembros, la crisis del euro está suponiendo la expropiación implícita y por la puerta de atrás de esa capacidad de decisión en la que consiste la democracia, todo ello sin debate ni análisis sobre las consecuencias. Que el siempre excesivamente prudente Barroso y su comisario Rehn se permitieran pedir en público un Gobierno de concentración nacional en Grecia sin reparar en que hasta los muy desprestigiados ciudadanos griegos tienen todavía derecho a un mínimo de dignidad democrática, refleja muy bien hasta dónde han llegado las cosas: a los ojos de muchos, esta Europa de la austeridad donde un portugués y un finlandés no respaldados por las urnas pueden sugerir quién debe gobernar un país se parece sospechosamente al Fondo Monetario Internacional que campeaba por América Latina en los años ochenta imponiendo planes de ajuste sin rendir cuentas ante nadie.

Resulta pues evidente que la crisis del euro y la crisis de las democracias están íntimamente relacionadas, y no podrán ser resueltas la una sin la otra. Aunque la crisis actual se desencadena por el choque financiero que supuso la caída de Lehman Brothers en 2008, la crisis del euro se origina en un doble error de diseño. Fueron muchos los que dijeron entonces que, además de los desequilibrios en el sector público, había que supervisar los desequilibrios en el sector financiero, y controlar la pérdida de competitividad y el deterioro de las balanzas comerciales de los Estados. Pero en tiempos de bonanza, esos errores de diseño, económico y político, fueron ignorados, porque no hay nada más legítimo que lo que funciona bien. El caso es que, desde el punto de vista económico, el euro se lanzó sin estar respaldado por un Tesoro europeo y una política fiscal común. Y en paralelo, la unión económica y monetaria nació sin un sistema político que gozara de la suficiente legitimidad para respaldarla.

La preocupación por la democracia en el ámbito europeo, que emergió tras la rebelión ciudadana contra el proyecto europeo puesta de manifiesto en el rechazo a la Constitución Europea en Francia y los Países Bajos en 2005, y por el auge del euroescepticismo, puesto de manifiesto en las elecciones europeas de 2009, fue dejada en un segundo plano y apartada como algo incómodo. El problema es que, al igual que la bonanza en la que han vivido muchos países europeos, incluido España, durante la última década, tiene que ver con esos errores de diseño del euro, que inundó de dinero barato muchas economías y alimentó los desequilibrios; la recesión en la que nos adentramos ahora también tiene que ver con el diseño de la unión monetaria, con un Banco Central Europeo centrado en la inflación, y no en el crecimiento y el empleo, y sin más capacidad que la de parchear la crisis, pero no de solucionarla definitivamente.

En una Unión Europea boyante, la preocupación democrática era más bien de carácter estético. Pero cuando los errores de diseño en la unión económica y monetaria comienzan a afectar decisivamente la vida diaria y horizontes de futuro de decenas de millones de personas, socavar su capacidad de autogobierno y deteriorar la calidad de la democracia, esa preocupación por cómo se gobierna Europa tiene que volver al centro del debate político.

Nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la democracia. Históricamente, la democracia solo ha existido en dos niveles: la polis griega y el Estado-nación. Como sabemos, no hubo transición de una a otra ni coexistencia entre ambas formas: una desapareció y la otra emergió siglos después. A lo que estamos asistiendo ahora es a la difícil coexistencia de la democracia en el ámbito nacional con la emergencia, en el ámbito europeo, de un nuevo centro de poder, una nueva pauta de toma de decisiones que afecta al núcleo central de la democracia. El problema es que al igual que los mecanismos que hicieron funcionar la democracia en la ciudad-Estado no sirvieron para gobernar los Estados-nación, las actuales democracias representativas se están mostrando incapaces de gestionar eficaz y democráticamente ese sistema que está emergiendo en el ámbito europeo.

El gran logro de Europa, su verdadero patrimonio, es haber logrado construir sociedades abiertas regidas por Gobiernos al servicio de los ciudadanos y sometidos a reglas democráticas. Por definición, toda regla es imperfecta, ya que está diseñada por humanos falibles que actúan con un conocimiento limitado e imperfecto de una realidad cambiante, así que esas reglas se han construido trabajosamente, mediante ensayo y error. Ahora, el mantenimiento del carácter esencialmente democrático de nuestras sociedades depende de qué reglas del juego nos dotemos en el nivel europeo para resolver esta crisis.

Esas reglas pueden profundizar la democracia europea o profundizar el deterioro de la democracia en el ámbito nacional. Por eso, en último extremo, esta crisis es política, y sus soluciones son políticas no técnicas, y no deben ser gestionadas por tecnócratas, ni en los Estados, ni en Europa, sino por los ciudadanos y sus representantes legítimos.

José Ignacio Torreblanca, La democracia puesta a prueba, El País, 13/11/2011