divendres, 29 de març de 2013

L'enfocament freudià i la neurociència actual.

Freud by Dalí


Al mismo tiempo que Charles Darwin publicaba su revolucionario libro El origen de las especies, un niño de tres años nacido en Moravia se trasladaba a Viena con su familia. Este niño, Sigmund Freud, crecería con una flamante visión darwiniana del mundo, según la cual el hombre no era distinto de cualquier otra forma de vida, y la atención científica podía dirigirse sobre el complejo tejido del comportamiento humano.

El joven Freud asistió a la Facultad de Medicina, atraído más por la investigación científica que por la aplicación clínica. Se especializó en neurología y pronto abrió un consultorio privado para tratar los trastornos psicológicos. Tras examinar atentamente a sus pacientes, Freud comenzó a sospechar que las variedades del comportamiento humano eran explicables sólo en términos de procesos mentales invisibles, de la maquinaria que actuaba entre bastidores. Freud observó que, a menudo, en la mente consciente de esos pacientes no había nada evidente que impulsara su comportamiento, y así, al concebir ahora el cerebro como una maquinaria, concluyó que debían de existir causas subyacentes a las que no podíamos acceder. Desde esta nueva perspectiva, la mente no era tan sólo equivalente a la parte consciente con la que convivimos familiarmente; más bien era como un iceberg, la mayor parte de su masa quedaba oculta.

Esa idea sencilla transformó la psiquiatría. Anteriormente, los procesos mentales aberrantes resultaban inexplicables a no ser que uno los atribuyera a una voluntad débil, la posesión demoníaca, etc. Freud insistió en buscar la causa en el cerebro físico. Como Freud vivió varias décadas antes de las modernas tecnologías cerebrales, sólo podía recoger datos desde «fuera» del sistema: hablando con los pacientes e intentando inferir sus estados cerebrales a partir de sus estados mentales. Desde esa perspectiva, prestó mucha atención a la información que contenían los lapsus de la lengua, los lapsus de la pluma, las pautas de comportamiento y el contenido de los sueños. Postuló la hipótesis de que todo esto era el producto de mecanismos nerviosos ocultos, una maquinaria a la que el sujeto no tenía acceso directo. Al examinar los comportamientos que asomaban por encima de la superficie, Freud confiaba en poder hacerse una idea de lo que se ocultaba debajo. Cuanto más consideraba la chispa procedente de la punta del iceberg, más apreciaba su profundidad, y cómo la masa oculta podía explicar algo de los pensamientos, sueños y pulsiones de la gente.

Aplicando este concepto, el mentor y amigo de Freud, Josef Breuer, desarrolló lo que pareció una estrategia fructífera para ayudar a los pacientes histéricos: les pedía que hablaran, sin inhibiciones, de las primeras manifestaciones de sus síntomas. Freud amplió la técnica a otras neurosis, y sugirió que las experiencias traumáticas sepultadas de un paciente podrían ser la base oculta de sus fobias, parálisis histéricas, paranoias, etc. Intuyó que esos problemas quedaban ocultos para la mente consciente. La solución consistiría en atraerlos al nivel de la conciencia para poder enfrentarse a ellos directamente y arrancarles su capacidad de provocar neurosis. Ese enfoque sirvió como base del psicoanálisis durante el siglo siguiente.

Mientras que la popularidad y pormenores del psicoanálisis han cambiado un poco, la idea básica de Freud proporcionó la primera exploración de cómo los estados ocultos del cerebro participan en el pensamiento y el comportamiento motrices. Freud y Breuer publicaron conjuntamente su obra en 1895, pero Breuer se fue alejando progresivamente del énfasis que ponía Freud en los orígenes sexuales de los pensamientos inconscientes, y al final cada uno siguió por su lado. Freud acabó publicando su importante estudio del inconsciente, La interpretación de los sueños, en el que analizaba su propia crisis emocional y la serie de sueños provocados por la muerte de su padre. Su autoanálisis le permitió sacar a la luz sentimientos inesperados acerca de su padre; por ejemplo, que su admiración se mezclaba con odio y vergüenza. Su idea de que existía una inmensa presencia bajo la superficie le llevó a meditar acerca de la cuestión del libre albedrío. Razonó que si las elecciones y decisiones derivan de procesos mentales ocultos, entonces el libre albedrío es una ilusión, o está, como mínimo, mucho más constreñida de lo que se consideraba anteriormente.

A mediados del siglo xx, los pensadores comenzaron a darse cuenta de que sabemos muy poco de nosotros. No estamos en el centro de nosotros mismos, sino más bien –al igual que la Tierra en la Vía Láctea, y la Vía Láctea en el universo– en un borde lejano, y nos enteramos muy poco de lo que ocurre.

Las intuiciones de Freud sobre el cerebro inconsciente fueron acertadas, pero vivió décadas antes del moderno florecer de la neurociencia. Ahora podemos escudriñar el cráneo humano a muchos niveles, desde los picos eléctricos en células aisladas a pautas de activación que atraviesan los vastos territorios del cerebro. Nuestra tecnología moderna ha conformado ya ajustado nuestra imagen del cosmos interior.

David Eagleman, Incógnito. La vida secreta del cerebro, Anagrama, Barna 2013

L'art de buscar: l'heurística.

 
La Heurística es el arte de buscar. El término (emparentado con ¡eureka!) es uno de los muchos derivados artificiales del griego (como fonógrafo) para dar nombre a cosas que no lo tuvieron o ni siquiera existían en los tiempos clásicos. Según Alain Rey (Le Robert historique), los alemanes lo inventaron en latín (heuristica), como si proviniera del griego (heurisko) en 1734, y luego lo germanizaron (heuristik) en 1750. Un siglo después pasó al inglés (heuristic) y el francés (heuristique).

El Diccionario de la Real Academia lo registra en 1936, definiéndolo como “Arte de inventar”. Pero triplica las definiciones en 2001: “Técnica de la indagación y del descubrimiento.” “Busca o investigación de documentos o fuentes históricas.” “En algunas ciencias, manera de buscar la solución de un problema mediante métodos no rigurosos, como por tanteos, reglas empíricas, etcétera.” La mejor hubiera sido: “Arte de buscar.”

La creación del tecnicismo parece un homenaje a Arquímedes (c. 287 - c. 212). Su admirador Vitruvio (c. 75 - c. 15), en su tratado De arquitectura, empieza el libro noveno lamentando que los grandes autores no reciban los mismos homenajes y prebendas que los campeones olímpicos. Los campeones hacen cosas admirables con su cuerpo, pero son hazañas efímeras, y no mejoran el cuerpo de los espectadores; mientras que los grandes autores hacen cosas admirables con su mente que mejoran la mente de los lectores, no solo aquí y ahora, sino en todas partes y de manera perdurable. Pone como ejemplo los libros de Arquímedes y relata una de sus hazañas legendarias:

El tirano de Siracusa mandó hacer una corona de oro puro, pero dudó de la honestidad del orfebre y le encargó a Arquímedes determinar si estaba adulterada con plata. Arquímedes sabía que una pieza de oro pesa casi el doble que una pieza de plata del mismo volumen. Podía pesar la corona, pero ¿cómo medir el volumen? Un día, al sumergirse en una tina de los baños públicos y observar que el agua subía de nivel, tuvo la inspiración de que midiendo el agua desplazada podía medir el volumen del cuerpo sumergido. En el caso de la corona, bastaba con pesarla y sumergirla para calcular su densidad y compararla con la densidad del oro puro. Se emocionó tanto con la idea que saltó de la tina gritando ¡Eureka, eureka! (¡Lo encontré, lo encontré!); y, sin perder tiempo en vestirse, se fue corriendo a su casa, para aplicarla. Así pudo calcular la cantidad de oro faltante.

A partir de un problema práctico, había descubierto un método general para medir volúmenes indirectamente. Pero, ¿descubrió ese método siguiendo algún método? La inspiración repentina ¿es un método científico?

En griego, heurisko es encontrar, descubrir, inventar, imaginar, discurrir, obtener, en circunstancias de todo tipo: encontrar lo que se busca, hallar por casualidad, inventar un aparato, discurrir la solución de un pleito, conseguir un  buen precio.

También la palabra heurística tiene usos variados. El concepto puede retroleerse en la práctica del diálogo socrático que ayuda a dar a luz verdades en la conciencia. Pero Sócrates no usó el verbo heurisko para nombrar lo que hacía. Con sentido del humor (y en la tradición oral que vio la boca del varón como vientre capaz de dar a luz ideas), usómaieutikós (mayéutica, el nombre del oficio de su madre, que era partera) para su propio arte de ayudar a dar a luz conversando (Teetetes 151 c).

Según Mauricio Beuchot (Heurística y hermenéutica), la tradición filosófica ha contrastado la heurística (buena) y la erística (mala): el arte de los peleoneros que refutan para lucirse llevando la contraria. Erística sí viene directamente del griego. Sócrates se burló de los erísticos: Primero te demuestran que solo aprende el que no sabe; y, una vez que lo aceptas, te demuestran que, en realidad, solo aprende el que ya sabe (Eutidemo 275).

En la creación de ideas se conjugan tres artes: el de encontrar conexiones significativas (heurística), el de interpretarlas (hermenéutica) y el de formular textos, ecuaciones o mapas (el arte del autor). Son artes que dependen de la inspiración y de la buena suerte, aunque no parezca muy científico. Significativamente, en las nuevas definiciones del drae desaparece la palabra arte y aparecen técnica, investigación, “métodos no rigurosos”, como calificando la dignidad del arte de buscar. Y, sin embargo, un siglo antes, Henri Poincaré había llamado la atención sobre el carácter intuitivo de la investigación científica (Ciencia y método). La creatividad está en el centro del saber que se busca, aunque no se note en el saber encontrado. Nadie sabe cómo surgen las ocurrencias inspiradas. Las recomendaciones de los que han tenido la buena suerte de atrapar un milagro pueden ser útiles para los novatos, pero no son un método.

También se llama heurística a la pedagogía de espíritu socrático: la que estimula la creatividad del niño para que descubra cosas por sí mismo. Ejemplo extremo: Sugata Mitra entrega a niños campesinos (de 10 a 14 años en la India) una computadora empotrada en la pared de un salón vacío para que descubran cómo usarla, dejándolos solos, después de darles instrucciones mínimas. Los niños intentan lo que se les ocurre, lo discuten y acaban aprendiendo por sí mismos (British Journal of Educational Technology, vol. 41, núm. 5,  pp. 672-688, septiembre de 2010, “Limits to self organising systems of learning –the Kalikuppam experiment”).

La investigación que consiste en documentarse: buscar en libros, artículos y documentos lo que hay sobre un tema se llama heurística. Llamarle “recuperación de información” (information retrieval) es un pochismo innecesario. Ahora que existe Google, lo práctico es empezar buscando ahí. Pero buscar en Google es todo un arte: la mismísima heurística. Obtener un millón de páginas sobre un tema es lo mismo que nada. Hacen falta inspiración y buena suerte para acotar y encontrar rápidamente lo que interesa (si está ahí).

También se llama heurísticos a los procedimientos de medición o cálculo indirectos. Cuando proceder directamente es difícil, tardado, costoso o imposible, se puede proceder indirectamente, como Arquímedes para aquilatar la corona. Y si el procedimiento se vuelve rutina puede mecanizarse. Naturalmente, idear y construir una máquina de laboratorio o un programa de computación para rutinizar el procedimiento requiere inspiración y buena suerte.

Desde hace siglos, se han inventado rutinas heurísticas para diversos cálculos. Por lo general consisten en adivinar el resultado y ver si atinaste, probando una y otra vez. Por ejemplo: obtener la raíz cuadrada de un número a mano (ya no se diga la raíz cúbica) es complicado. Pero se puede proceder por tanteos. Si quieres obtener la raíz de 7, sabes que tiene que estar entre 2 y 3, porque 7 está entre 4 y 9 (que son los cuadrados de 2 y 3). Prueba 2.5 x 2.5. No llega a siete. Ahora sabes que la solución está entre 2.5 y 3. Prueba 2.7 x 2.7. Se pasa de siete. Entonces la solución tiene que estar entre 2.5 y 2.7. Prueba 2.6 x 2.6, etcétera. Y, cuando termines, saca tu calculadora para que la agradezcas.

Herbert A. Simon propuso en 1957 el desarrollo de programas de computación heurística para que las máquinas tomen decisiones, a partir de criterios mecánicos (The new science of management decision). George Pólya estudió las prácticas heurísticas de los científicos y de quienes no lo son; y acabó escribiendo un libro(How to solve it) que ha vendido más de un millón de ejemplares.

Gabriel Zaid, Heurística, Letras Libres, marzo 2013

Acadèmies d'espanyolitat?

Me parece muy bien eso de sacarse el título de español, pero no entiendo que al examen sólo tengan que presentarse extranjeros. Por supuesto, la medida no incluye a españoles de nacimiento ni tampoco a archimillonarios con mal gusto, estrellas del deporte y narcotraficantes con reuma. Esta exclusión geográfica presupone la existencia de una entidad metafísica, la españolidad, genuina de la Península Ibérica (Portugal sólo es una Galicia irredenta, ya lo advirtió el poeta). Como casi siempre, la naturaleza es sabia y hace que los españoles nazcan todos en España, los franceses en Francia, los italianos en Italia y así sucesivamente, porque de otro modo sería un lío. El astronauta Pedro Duque dijo que desde el espacio no hay fronteras pero eso es porque estaba demasiado lejos y no se fijó bien.

Curiosamente, los españoles se crían en ciertas zonas mejor que en otras, igual que los buenos vinos. En Madrid, Extremadura y en las dos Castillas, la españolidad prácticamente brota a flor de tierra: pegas una patada a un pedrusco y te saltan dos españoles encima. En la periferia ya abundan menos. Para el nacido en el lado correcto de la Península la españolidad es como el valor para el soldadito español: viene de fábrica. Cuando hice la mili, me sorprendió descubrir que allí se evaluaban no sólo cualidades empíricamente verificables sino también cuestiones más vaporosas. El valor, por ejemplo. En mi cartilla militar, en la casilla del valor, ponía S.S. Le pregunté al sargento si aquello quería decir “sobresaliente”, como en el colegio, o era que pensaban trasladarme a una unidad de élite alemana. “Se le supone” fue la escueta y sabia respuesta. No iban a enviar a unos reclutas a una refriega de verdad ante la posibilidad de que no regresara ninguno. En asunto de valor, los sargentos hacían lo mismo que el Quijote después de rehacer su casco de guerra: darnos por probados. El Quijote no le metió otro mandoblazo al casco porque lo mismo lo rajaba de nuevo.

Volviendo a los certificados, el Quijote sería un gran tema para distinguir a un español de verdad de uno de pega. Obligas a los aspirantes a leer el libro y al final les preguntas con qué personaje se sienten más identificados. Si no dicen de inmediato “con Sancho Panza”, suspendidos. Es una suerte que el examen no tenga carácter retrospectivo porque entonces la mitad de los políticos nos iban a salir suizos. Al final únicamente se trata de jurar lealtad al rey, una asignatura que a Corinna le ha quedado para septiembre, con lo bien que llevaba los servicios secretos de España en el extranjero. Un tío mío me explicó una vez: “Hijo, nunca vayas por ahí presumiendo de ser español. No todo el mundo tiene la suerte de haber nacido aquí”. Al poco tiempo, para dar ejemplo, emigró a Alemania.

David Torres, La españolidad, Público, 29/03/2013

Insolidaritat en el treball.

 
El distanciamiento entre los altos ejecutivos de una empresa y los trabajadores ha sido una de las prácticas calculadas de la economía neoliberal. Resultaba necesario cortar de raíz cualquier sentimiento de unidad para introducir la crueldad como códigos de comportamiento. La solidaridad de los colectivos humanos, incluso en los proyectos de carácter económico, está fuera de razón cuando se quiere explotar, usar y tirar a la gente en nombre de los beneficios. Los grandes sueldos de los ejecutivos, la firma de indemnizaciones millonarias para las cúpulas y la deslocalización de los centros de poder han servido para establecer una distancia tajante entre los intereses directivos y los trabajadores. Donde no existen vínculos sólo es posible la insolidaridad. Nadie puede tener mala conciencia al aplicar un recorte, una degradación de derechos laborales o un despido multitudinario. No hay que mirar a los ojos.

Luis García  Montero, El conflicto, la democracia y la violencia, Público, 28/03/2013
 http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/407/el-conflicto-la-democracia-y-la-violencia/

La correspondència de Darwin en format digital.

 

La famosa carta en la que el naturalista Charles Darwin le comenta al botánico Joseph Hooker en 1844 que cada día aumenta su convicción de que las especies "no son inmutables", y después añade humorísticamente que la afirmación implica algo así como "confesar un asesinato", será publicada por la Universidad de Cambridge en formato digital dentro del Darwin Digital Project que pondrá al alcance del público el archivo del científico.

El Darwin Digital Project será presentado en los próximos días como otro de los proyectos de la universidad inglesa de difundir los archivos y bibliotecas, heredados de algunos científicos o adquiridos por el centro académico, y colocarlos al acceso del público a la distancia de un click de ordenador. La publicación de los legajos documentales de Charles (1809-1882) sigue la tónica de lo hecho ya con el archivo de Sir Isaac Newton Project, que ha sido visitado por millones de usuarios globalmente y que incluye la documentación del matemático que formuló la ley de la gravedad.

En total se publicarán unas 9.000 cartas del autor de El Origen de las especies entre las cuales unas 1.400 constituyen la correspondencia entre él y el botánico Joseph Hooker (1817-1911), director del Royal Botanic Gardens, de Kew, suroeste de Londres, amigo y colaborador del naturalista, además de proveedor de plantas y especies vegetales. Los dos estudiosos de la época victoriana se cartearon durante casi 40 años, desde 1843 hasta la muerte de Darwin en 1882.

Joseph sucedió a su padre en el puesto de director del Royal Botanic Gardens. Charles Darwin mandó a Joseph Hooker el manuscrito de su obra magna para que lo leyese y le hiciese los comentarios pertinentes, y con el manuscrito le adjuntaba la misiva en la que comparaba la concluyente afirmación de que el hombre viene del mono a la confesión de un asesinato. El Origen de las especies fue publicado hace en 1859 tras agrias polémicas con la Iglesia y con algunos científicos de la época. Los Hooker, en cambio, atendían las razones del naturalista.

Las cartas no forman la única documentación del archivo digitalizado, sino que publicarán también los múltiples borradores que precedieron al manuscrito final del libro que escandalizó a la sociedad victoriana de la época porque minimizaba el papel de Dios en la creación del hombre así como los cuadernos y notas en los que Darwin analiza la teoría de la evolución y la formación de las especies por selección natural.


Más de 300 cartas inéditas

Junto con las cartas cruzadas con Hooker se incluye también la correspondencia con los científicos del momento, y también libretas sobre la expedición Beagle. 'The voyage of the Beagle' (El viaje del Beagle) es el primer libro publicado por Darwin, en 1839, que le dio fama como riguroso científico y naturalista.

El barco 'Beagle' partió de Plymouth, sur de Inglaterra, el 27 de diciembre de 1831 con la intención de que el biólogo se embarcaba en una expedición de dos años a parajes lejanos para estudiar la flora de otros lares. El viaje se prolongó cinco años durante los cuales Darwin escribió sus Journals & Remarks (Diarios y Observaciones) que resultaron ser pozos de información sobre bilogía, geología y antropología.

La directora del proyecto para digitalizar y poner al alcance del público el archivo de Charles Darwin es Alison Pearn, quien manifiesta que el contenido de muchas cartas es conocido, pero "hay más de 300 que son inéditas". A su parecer, la publicación de los documentos dará a conocer también aspectos personales del biólogo como el dolor por la muerte de sus hijos o de su nuera de parto. Estas trazas privadas emergen también en la correspondencia con Joseph Hooker con quien comparte el dolor de perder hijos pequeños. Alison Pearn considera que Darwin "no pudo ser más franco con nadie más que con Hooker".

El director del Royal Botanic Gardens vio morir a una hija de diez años y a un hijo bebé mientras que Darwin enterró a una hija de 6 años. El naturalista expresa un profundo dolor informando a su amigo de la muerte de su nuera Amy, otra de las personas que le apoyaba en sus investigaciones proveyéndole de plantas. "Nos vas a compadecer cuando sepas que Amy […] afectada de contracciones que duraron varias horas hasta que sucumbió, su vida se apagó esta mañana a las siete", escribe el científico explayándose en torno a las virtudes de su nuera Amy, esposa de Francis. Del parto en el que murió ella, sobrevivió su hijo Bernard, quien creció con su padre y con sus abuelos paternos.

Conxa Rodríguez, Las 'confesiones' de Darwin, a golpe de clic, El Mundo, 29/03/2013

Som els 'untermenschen' del sud d'Europa.

by Max
En este continente somos cada vez más pobres. No todos: pienso sobre todo en los Untermenschen —los infrahumanos— del sur de Europa, los más afectados por los designios del Führerprinzip económico de la señora Merkel. El conservador Die Welt nos echa la culpa de nuestra desgracia: nuestro pecado reside en la corrupción, en nuestra proverbial falta de disciplina, en nuestro raquítico desarrollo político comparado con el de los civilizados pueblos norteños que, gracias a su ética protestante, comprendieron tempranamente el espíritu del capitalismo; nuestras protestas callejeras (incluidas las de Nicosia) son intolerables y denotan que ni siquiera estamos capacitados para comprender lo que nos pasa, por eso deben explicárnoslo quienes han sido encargados por la Historia (en mayúsculas) de asumir la titánica tarea (nuevo avatar de la White Man’s Burden, de Kipling) de meternos en cintura. Nosotros servimos, sobre todo, para la fiesta y el despilfarro, por eso los austeros vienen a aliviarse de vez en cuando en nuestras bacanales incivilizadas (Saloufest) o a dar rienda suelta a sus reprimidos instintos en nuestras orgías religiosas, repletas de culpa, llanto, sangre y capirotes. Cuando pienso en Merkel (y en este contexto no es una persona, sino un símbolo) no puedo evitar recordar la descripción que el androide Ash hace de la letal criatura que se aloja en la nave Nostromo (Alien, Ridley Scott, 1979): “Es un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos ni las fantasías de moralidad”. Alguien más temperamental también podría acordarse de que los iusnaturalistas de los siglos XVI y XVII ya se preguntaban (respondiéndose afirmativamente) acerca de si era lícito acabar con el tirano. Ya sé que con tres millones de ciudadanos españoles en el escalón de la pobreza extrema (y a un paso del círculo infernal de la exclusión social) y los 15 ejecutivos del Ibex (por ejemplo) que se embolsaron 127 millones de euros en 2012, todo resulta demagógico, pero en el sur de Europa el Zeitgeist “es el que es”, por utilizar la redundante fórmula de nuestros políticos. De ahí que, a menudo, me vea obligado a recurrir a la literatura para buscar pistas. Charles Simic, cuyo imprescindible El mundo no se acaba (1989) ha reeditado Vaso Roto en estupenda traducción del (también poeta) Jordi Doce, se refiere a la pobreza familiar y autobiográfica cuando escribe: “Éramos tan pobres que tuve que hacer de cebo en la ratonera. A solas en el sótano, podía oírles moverse por el piso de arriba, o dar vueltas en la cama. ‘Vivimos malos tiempos, tiempos oscuros’ me decía el ratón mientras me mordisqueaba la oreja”. La política de recortes sin paliativos está funcionando como una perversa variedad de la usura de toda la vida: el maestro Josep Fontana vuelve a analizar el sistema capitalista “en su variante depredadora actual” en El futuro es un país extraño (Pasado y Presente). Y Ezra Pound, a quien nunca se me ocurriría poner como ejemplo de progresismo, ya decía en el célebre cantar XLV (traducción de José Vázquez Amaral en Cátedra) que “con usura ningún hombre puede tener casa de buena piedra”. Por cierto, pueden oír al anciano poeta enloquecido recitando el original con voz temblorosa y subtítulos en español en YouTube (With Usura, Pound). La pobreza y la miseria permeabilizan la literatura que se produce en la vieja Europa. Son el telón de fondo del estremecedor relato sin pausas Lo que yo llamo olvido, de Laurent Mauvignier (el autor de la estupenda Hombres), que acaba de publicar Anagrama: un tipo (pobre, “con los bolsillos cosidos”) entra en un súper, roba una lata de cerveza y acaba muerto por la paliza que le propinan los seguratas. Sin retórica, sin frases altisonantes. Se me olvidaba: según cálculos derivados de los datos del índice de Eurostat se considera pobre a una persona que vive con menos de 7.300 euros al año. Reconózcanme que con esos ingresos, cervezas, pocas. Sobre todo si son alemanas. 

Manuel Rodríguez Rivero, En defensa de los infrahumanos, Babelia. El País, 29/03/2013

El Gran Xantatge.

Tal vez, de acuerdo con lo que declaran quienes acostumbran a ser considerados como expertos en el asunto, resulte conveniente para evitar catástrofes sistémicas inyectar capital en los bancos. Pero lo que resulta ya no conveniente, sino directamente imprescindible para que no naufraguemos en una gigantesca desagregación colectiva es inyectar sociedad no sólo en los partidos políticos sino también en la mayor parte de nuestras instituciones públicas.Los poderosos esgrimen el dato del numeroso ejército de parados para empobrecer más aún a los que todavía conservan algún puesto de trabajo.
 
Si algún hilo conductor recorre los libros abajo mencionados es el decidido rechazo a la deriva adoptada por el mundo de un tiempo a esta parte, cegando por completo la posibilidad, no ya de continuar alimentando la expectativa de un orden más justo y equitativo, sino incluso la de que el orden existente hasta ahora fuera capaz de limar sus aristas más afiladas y dolorosas, sus injusticias más flagrantes. Hasta tal punto han caducado dichas expectativas que la consigna misma de un capitalismo compasivo —presunto hallazgo comunicativo no tan lejano de algunos partidos conservadores— ha terminado por parecer ingenuamente bienintencionada, candorosamente benefactora. 

Esta nueva y descarnada percepción de nuestra realidad colectiva va mucho más allá de la mera constatación del estado de cosas existente, para dejar en evidencia buena parte de los supuestos sobre los que descansaban las viejas expectativas (es, en ese sentido, una constatación que incluye la crítica). Así, el convencimiento de la racionalidad del sistema, aceptado en su momento incluso por los más críticos, parece haber hecho aguas, y de manera ostentosa, por todas partes. Día sí, día también, fallan de manera estrepitosa las previsiones acerca de los futuros comportamientos de los mercados, reinterpretados a toro pasado de forma descaradamente ad hoc a base de apelar a nuevos elementos no tenidos en cuenta en la primera interpretación y que nada alcanzan a clarificar. (Ha habido diarios en este país que, hace unos meses, atribuían la subida de la prima de riesgo soberana al espanto de los inversores al tener noticia de la quema de contenedores en una jornada de huelga, de la misma forma que no faltaron ministros que endosaron idéntica subida a la pitada al himno nacional en un campo de fútbol con ocasión de una final retransmitida por televisión a todo el mundo). 

Lo propio cabría afirmar respecto a la forma, entre displicente y paternalista, con la que desde el poder se nos propone últimamente orillar determinados planteamientos, como los representados por el discurso feminista, el ecologismo o los indignados, con el pretexto de la urgencia de las cuestiones económicas por encima de cualesquiera otras. Cuando, como argumentan los diversos colectivos feministas que colaboran en R-evolucionando, Jorge Riechmann en su libro El socialismo puede llegar sólo en bicicleta o Joseba Fernández, Carlos Sevilla y Miguel Urbán en la compilación ¡Ocupemos el mundo!, son todos esos planteamientos los que se esfuerzan precisamente por intentar introducir equidad y razón en un mundo tan injusto como caótico. ¿O es que alguien puede considerar razonable poner en juego nuestra supervivencia como especie por causa de la codicia insaciable de unos pocos? 

No parece, desde luego, que lo que debamos hacer el resto, esto es, la gran mayoría social, sea ceder a ese Gran Chantaje que parece constituir el signo de estos tiempos. Chantaje por el cual los poderosos esgrimen el dato del numerosísimo ejército de parados —por recuperar la clásica expresión de Marx— para empobrecer más aún a quienes todavía conservan algún puesto de trabajo, utilizando cara a la galería el argumento de que resistirse a dicho empobrecimiento equivaldría a colocarse en el lugar del egoísta insolidario. “¿Tenéis el descaro de quejaros de vuestras penurias cuando hay gente que lo está pasando infinitamente peor que vosotros?”, viene a ser la cínica formulación presentada por quienes precisamente han contribuido en gran medida a la situación en la estamos. Por debajo de esta apelación a la solidaridad (siempre de los demás, claro), el argumento que esos mismos poderosos susurran por lo bajo a los desfavorecidos viene a ser este otro, de signo bien distinto: “Mucho ojito con pasaros con las protestas no vaya a ser que acabéis como ellos”. O, formulando esto mismo con palabras prestadas, las del filósofo esloveno Slavoj Žižek: “Se nos dice que la única manera de salvarnos en estos tiempos difíciles es empobrecer más a los pobres y enriquecer más a los ricos. ¿Qué deberían hacer los pobres? ¿Qué pueden hacer?”. 

En cierto sentido, la respuesta a tales preguntas la encontramos en el volumen de Donatella della Porta y Mario Diani Los movimientos sociales: se trata de encontrar nuevas formas de organización y de acción colectivas, orientadas a ese objetivo de inyectar sociedad al que nos referíamos al principio. Porque si, por repetir otro tópico, la inyección de dinero a los bancos garantiza que continúe fluyendo el torrente sanguíneo de la economía, la inyección de sociedad en partidos e instituciones constituye nada menos que la condición de posibilidad de que ese cuerpo común que formamos entre todos continúe vivo. 

Manuel Cruz, Inyectar sociedad, Babelia. El País, 29/03/2013

Cal defensar la societat. Michel Foucault. Prólogo de Miguel Morey. Proteus. Barcelona, 2012. 391 páginas. 24 euros. Los movimientos sociales. Donatella della Porta y Mario Diani. UCM/CIS. Madrid, 2011. 433 páginas. 28 euros. ¡Ocupemos el mundo! Joseba Fernández, Carlos Sevilla y Miguel Urbán (editores). Icaria. Barcelona, 2012. 206 páginas. 16 euros. El socialismo puede llegar sólo en bicicleta. Jorge Riechmann. Catarata. Madrid, 2012. 255 páginas. 17 euros. R-evolucionando. Feminismos en el 15-M. VV. AA. Icaria. Barcelona, 2012. 87 páginas. 7 euros.

Feyerabend: "conèixer no és poder".

Paul Feyerabend
Entre los argumentos preferidos de los periodistas está el que afirma que la ciencia es lo que hace que el avión vuele. Más aún, no solo hace que vuele sino que nos da la confianza necesaria para subirnos al aparato con la casi certeza de que, si se cae, seguro que habrá sido por algún error humano. La cultura contemporánea tiene esta creencia y esta confianza tan arraigadas a la hora de reflexionar sobre nuestra relación con el mundo que un discurso que no se ajuste a las pautas de la ciencia es inmediatamente considerado como sospechoso de superchería. Sabia y prudente generalización puesto que, desde que la ciencia domina el saber acerca de la naturaleza, el mundo es más amigable y previsible y más afín a nuestras necesidades. Lo malo es que la racionalidad tecnocientífica consigue su hegemonía al precio de liquidar innumerables hechos singulares y maravillosos que no se ajustan a sus principios, sus conceptos y su método de instrumentarlos.

Se entiende que los libros de Paul Feyerabend provoquen reserva, cuando no desprecio, entre los racionalistas y cientifistas, porque toda su obra está dedicada a desviarse del curso principal del saber técnico y del pensamiento filosófico que lo sostiene, con objeto de dar pábulo —y, hasta cierto punto, razón— a los discursos que no se avienen con la todopoderosa y ultra-convincente racionalidad técnica. 

Este (Filosofía natural, Debate, Barna 2013) es un libro póstumo (Feyerabend murió en 1994). Formaba parte de una obra mayor en proyecto, pensada como una especie de teoría general de la naturaleza, que iba a ocupar tres tomos y en la que se examinarían con detalle las distintas maneras cómo los humanos hemos reflexionado acerca de los fenómenos naturales. Lo que se ha publicado es, en gran medida, el contenido del primer tomo, con el añadido de esbozos de los restantes, más alguna documentación secundaria donde Feyerabend describe, a modo de informes previos a solicitar un año sabático, lo que tiene la intención de investigar. Feyerabend es un autor característico, en el modelo de la vieja Ilustración alemana, como Herder o Humboldt, con una inmensa curiosidad y una cultura amplísima en filosofía clásica y moderna, en ciencia y en antropología y es, además, un gran ensayista: ameno, diáfano en la argumentación, mordaz y siempre polémico, virtudes que el traductor ha sabido transportar al español con inusitada eficacia literaria. Incluso cuando, pasadas las dos primeras partes del libro, que están mejor acabadas, la obra se fragmenta por la acumulación de lecturas a medio elaborar y en ocasiones incluso se repite, el texto mantiene la coherencia y el interés del comienzo. 

Feyerabend pone todo su esfuerzo argumentativo en mostrar que la racionalidad científica es solo uno de los abordajes posibles a los misterios de la naturaleza. Describe con precisión —aunque en esto no sea demasiado original— las diferencias entre el mundo arcaico homérico, la filosofía de los jonios y, tras Parménides, el nacimiento de una naturaleza interpretada según concepto a la que debemos la reducción de lo natural a unidades sustanciales cuya índole podemos estudiar sorteando los efectos de los fenómenos engañosos, así como la incómoda sensación de que el objeto de nuestra curiosidad es un ámbito extraño, ajeno y hostil: lo que los románticos describían como un mundo que los dioses han abandonado. En su esfuerzo por recuperar esta visión encantada (aunque no mágica) de lo natural, Feyerabend rechaza que la naturaleza sea un campo que se ha de dominar: “No se trata de apoderarse de la Luna sino de conocerla”, afirma. Contra el naturalismo de conceptos fijos, suscribe el animismo de Tylor, el nominalismo de Whorf, el relativismo de Einstein y muchas de las tesis del “pensamiento salvaje” de Lévi-Strauss. Celebra la reintroducción de la idea de una naturaleza inestable y caótica con la termodinámica de Prigogyne y da unos cuantos argumentos en contra de la tesis de la “mentalidad mágica” del hombre primitivo; por ejemplo, desentraña los restos megalíticos de Stonehenge como un gigantesco dispositivo pensado como observatorio astronómico. 

El libro dedica una parte importante a analizar la función epistemológica de los mitos y, como es previsible, vuelve sobre el conocido problema que los historiadores de las ideas estudian como “el paso del mito al logos”. Aquí Feyerabend se muestra desconcertante: seguro de que hay una “racionalidad arcaica” y de que nuestros ancestros, en términos de conocimiento de los fenómenos naturales, eran tan meticulosos y ordenados en sus observaciones como la moderna racionalidad científica, carga contra la interpretación simbólica o alegórica de la mitología. El mito sería, así, un lenguaje cuyo código racional se ha perdido y que es necesario reconstruir pero sin interpretar. Igualmente desconcertante se muestra cuando hace un abierto elogio del método de Aristóteles (y del mundo cualitativo del Estagirita), lo que el lector interpreta como un ataque apenas disimulado contra las consecuencias de la revolución científica impulsada por Galileo y, sobre todo, contra Descartes; lo que, sumado a otras fobias manifiestas (Kant, Popper), acaba comprometiendo el ánimo del lector. 

Es una lástima que la muerte de Feyerabend dejara incompleta esta obra estimulante e interesantísima. En cualquier caso, aproveche el lector, que no será decepcionado, porque la edición, por otra parte, es estupenda. 

Enrique Lynch, Racionalismo alternativo, Babelia. El País, 29/03/2013

Els defensors de la ignorància.

En España algo que nunca ha faltado son los defensores de la ignorancia. Tradicionalmente, solían pertenecer a los gremios más reaccionarios, y por lo tanto más interesados en la sumisión analfabeta de las mayorías. Nada como la ignorancia para asegurar la fe en los milagros y la reverencia hacia los terratenientes, y para asegurarles a estos las masas de jornaleros dispuestos a trabajar a cambio de salarios de limosna en sus latifundios, y en caso necesario a dejarse poner uniformes y a servir de carne de cañón en las guerras, marcando el paso en los desfiles ante el Santísimo y la bandera a los sones de un pasodoble patriótico. Predicadores de los catecismos socialistas utópicos del siglo XIX alentaban con una misma elocuencia las cooperativas obreras y la instrucción pública, y las primeras mujeres rebeldes que reclamaban la igualdad con valentía inaudita celebraban el aprendizaje y el conocimiento como herramientas necesarias para conseguirla.

Los socialistas y los anarquistas competían fieramente y a veces violentamente entre sí, e imaginaban paraísos obreros incompatibles, pero tenían en común una pasión idéntica por la educación. El saber mejoraba y liberaba; la ignorancia embrutecía. La reacción levantaba iglesias, cuarteles, conventos, plazas de toros; ser progresista —noble palabra liberal que en nuestra juventud quedó encogida y amputada y caricaturizada en el término “progre”— significaba, prioritariamente, levantar escuelas e institutos de enseñanza media desde los cuales irradiara el entusiasmo del conocimiento, la eficacia práctica y cívica de la racionalidad. Aprender mejoraba la vida de las personas y fomentaba la prosperidad del país, al permitir el despliegue colectivo de las formas más variadas del talento individual. En medio de las nieblas místicas del 98, inteligencias tan apegadas a la realidad de las cosas como la de Joaquín Costa, Giner de los Ríos y Santiago Ramón y Cajal proponían remedios muy semejantes para sacar al país del atraso y la abismal injusticia: escuela y despensa, regadíos, preparación técnica y científica, trabajo fértil y no humillante, estudio. A la II República le dio tiempo a hacer pocas cosas, pero algunas de las prioritarias fueron las escuelas y los institutos, y unos planes de bachillerato tan rigurosos que ni el franquismo pudo desguazarlos del todo. Que los matarifes del ejército sublevado en julio de 1936 se dieran tanta prisa en ejecutar a los maestros de escuela es el indicio de otro orden de prioridades. 

Una de las sorpresas más desagradables de la democracia fue que la izquierda abandonara su viejo fervor por la instrucción pública para sumarse a la derecha en la celebración de la ignorancia. Y así se ha dado la paradoja de que al mismo tiempo que se cumplía el sueño de la escolarización universal triunfaba una sorda conspiración para volverla inoperante. La izquierda política y sindical decidió, misteriosamente, que la ignorancia era liberadora y el conocimiento, cuando menos, sospechoso, incluso reaccionario, hasta franquista. En otra época los argumentos contra el saber oscilaban entre un amor roussoniano por el niño como buen salvaje y una afición maoísta por convertir la mente en una pizarra en blanco en la que se inscribirían con más facilidad las consignas políticas. Ahora, como no podía ser menos, los celebradores del analfabetismo feliz echan mano de las nuevas tecnologías: ¿Quién necesita aprender nada, si todo el conocimiento está fácilmente, risueñamente disponible, con sólo teclear en un teléfono móvil? Gracias a Internet, ejercitar y alimentar la memoria es una tarea tan obsoleta como aprender a cazar con arcos y flechas. Lo que hace falta no es embutir en los cerebros infantiles o juveniles “contenidos” que en muy poco tiempo se quedarán anticuados, y a los que en cualquier caso se puede acceder sin ninguna dificultad, sino alentar “actitudes”, otra palabra fetiche en esa lengua de brujos. Que el niño no aprenda, sino que aprenda a aprender, repiten, que desarrolle su creatividad, espíritu crítico, a ser posible transversalmente, etcétera. 

Tanta palabrería de sonsonete científico encubre nociones extraordinariamente primitivas sobre la inteligencia y sobre la memoria: como si ésta fuera un fardo que pesará más cuanto más se cargue en ella, un almacén en el que los conocimientos aguardan a ser reclamados, como se recupera un archivo en un ordenador. Ni la curiosidad, ni el espíritu crítico, ni la tan celebraba creatividad se sustentan en el vacío. En los estudios más competentes sobre el funcionamiento de la inteligencia creativa se descubre cada vez más el valor de lo que se llama “working memory”: la memoria que trabaja, la memoria activa, la que compara ágilmente una experiencia inmediata con otras anteriores o con ejemplos aprendidos en los repertorios culturales, la que al poner juntos elementos en apariencia lejanos entre sí descubre conexiones y posibilidades nuevas. Es una poderosa y muy bien adiestrada memoria visual la que permite a un artista vislumbrar lo excepcional en lo común, lo semejante en lo que parecía diverso —y también a distinguir entre lo verdaderamente nuevo y la moneda falsa de la moda, y a saber que en la plena originalidad hay siempre un fondo inmemorial de experiencia del mundo—. 

El conocimiento histórico o científico no son fardos inertes que estarán esperando a ser consultados en la Wikipedia, igual que un aparador inútil que acumula polvo en un guardamuebles. Lo que sabemos del pasado sucede en el presente, porque nos ayuda en la tarea imperiosa de intentar comprenderlo, y por lo tanto nos pone en guardia contra las manipulaciones y los groseros embustes a los que son tan aficionadas las castas políticas y los ideólogos. Sin una conciencia histórica informada y activa no hay manera de valorar lo que sucede ahora mismo, porque no hay términos de comparación con lo que sucedía hace muy poco o hace mucho; y tan necesaria como la conciencia histórica es un grado solvente de conciencia geográfica: la idea tribal de que el lugar de uno es el centro del mundo tendrá menos fervorosos adeptos si en la escuela y en el instituto se enseña la amplitud y la variedad de los paisajes y de las formas de vida. 

Que tanta información sea ahora inmediatamente accesible es una razón más para instruirnos en el rigor del conocimiento, no para desdeñarlo como innecesario: igual que la sensibilidad literaria se educa leyendo, y el oído escuchando, y la mirada viendo arte, la inteligencia crítica se afila aprendiendo a distinguir la información sólida y contrastada de la propaganda, el bulo y la calumnia. El saber despierta el apetito de saber más; la ignorancia sólo alimenta ignorancia y desgana. 

En la izquierda, cualquier crítica del estado actual de la educación activa como un anticuerpo la acusación de nostalgia del franquismo. La derecha se ríe con esa sonrisa cínica del ministro de Educación: ellos van a lo suyo, a desmantelar lo público y favorecer los intereses privados y el dominio de la Iglesia, y en cualquier caso siempre tienen medios para costear estudios de élite y másteres a sus hijos. Es la clase trabajadora la que paga el precio de tantos años de despropósitos. De nuevo la ignorancia es el mayor obstáculo para salir de la pobreza. Quizás no falta mucho tiempo para que aparezcan de nuevo visionarios que vayan predicando por los barrios populares la utopía liberadora de la instrucción pública. 

Antonio Muñoz Molina, Memoria crítica, Babelia. El País, 29/03/2013

A la perifèria del cervell.






Para demostrar la interferencia de la conciencia como si fuera un truco de magia, entregue a un amigo dos rotuladores –uno en cada mano– y pídale que firme su nombre con la derecha y al mismo tiempo que firme hacia atrás (espejo invertido) con la izquierda. Esa persona descubrirá rápidamente que sólo hay una manera de hacerlo: no pensando en ello. Al excluir la interferencia consciente, sus manos pueden llevar a cabo complejos movimientos espejo sin problema alguno, pero si piensa en sus acciones, la labor se enreda rápidamente en una maraña de trazos vacilantes.

(…) La mente consciente no se halla en el centro de la acción del cerebro, sino más bien en un borde lejano, y no oye más que susurros de la actividad. 

David Eagleman, Incógnito. La vida secreta del cerebro, Anagrama, Barna 2013