dissabte, 31 d’agost de 2013

Pintar el melig d'Adam.


E

En el territorio fronterizo donde se encuentran las tres grandes formas de conocimiento (ciencia, arte y revelación) florecen jugosas contradicciones. Basta pronunciar las palabras el ombligo de Adán para caer en la cuenta de una de ellas. Dios dicta la escena en el Génesis (revelación), Miguel Ángel la pinta en el techo de la Capilla Sixtina (arte) y así aparece Adán luciendo su ombligo, una cicatriz inevitable en todo humano nacido de madre (ciencia). 

El encargo es directo de Julio II a Miguel Ángel y quizá el artista llegara a murmurar una consulta al Papa sobre tan incómodo detalle: ¿lo pinto o no lo pinto? Y lo pintó. Pero la revelación divina no es compatible con su decisión de glorificar la belleza del cuerpo humano. Estamos en pleno Renacimiento, tiempos de sabios interdisciplinarios como Leonardo da Vinci, que fue pintor, escultor, científico, músico, arquitecto, ingeniero, filósofo, inventor, matemático… ¿Hubiera pintado Leonardo el ombligo? Pues también, probablemente. El mito de Adán y Eva es recurrente en la historia de la pintura, pero todos apuestan por el ombligo en flagrante contradicción con el Génesis: el renacentista alemán Albert Durero (1471-1528), el flamenco Hugo van der Goes (1440-1482), el pintor de la escuela veneciana Palma Vecchio (1480-1528), el precursor del barroco y manierista Jacopo Robusti Tintoretto (1518-1594); el holandés Martin van Heemskerck (1496-1574), el español Salvador Viniegra (1862-1902), el francés Claude Marie Dubufe (1790-1864), el ilustrador bíblico (!!) Jaques Joseph Tissot (1836-1902), el colombiano Fernando Botero (1932)... No hay excepciones significativas: Adán y Eva muestran ostentosamente sus ombligos a través de todas las épocas, culturas y tendencias. 

¿Cuestión banal o relevante paradoja? ¿Merece la pena dedicar un segundo más a este asunto? La discusión entre teólogos se dilata durante siglos, pero los artistas no esperan para tomar partido, ni siquiera esperan a Darwin. La opción de Adán y Eva sin ombligo es inaceptable para el arte porque un cuerpo humano sin ombligo es levemente monstruoso, indigno representante de la humanidad entera. Pero la ausencia de ombligo inquieta también a los teólogos ¡y por similares razones!: un primer humano sin ombligo evoca la imperfección, un detalle que salpica el prestigio de perfección atribuido al Creador. 

La segunda opción es la universalmente adoptada: pintamos el ombligo, vale, pero ¿cómo hacer la vista gorda ante tamaño desafío a la inteligencia? Las justificaciones disponibles son a cual más hilarante: el primer humano fue creado con ombligo a) como una licencia estética (para no desentonar con el resto de la humanidad), b) para poner a prueba nuestra fe (es lo que piensan algunos creacionistas ante la evidencia del registro fósil), c) para medir nuestro margen de tolerancia frente a lo irracional... Sin embargo cualquiera de estas alternativas equivale a admitir que el Creador miente o bromea. Por lo tanto, la opción de Adán y Eva provistos de ombligo también es inaceptable desde el punto de vista teológico. Ahora bien, si no se puede aceptar el ombligo ni se puede aceptar el no ombligo, siempre queda la gödeliana alternativa de aceptar su indecidibilidad: la presencia del ombligo insinúa su ausencia y la ausencia del ombligo sugiere su presencia. No se trata de que el ombligo no esté ahí sino de que no se vea si está o no está. Esta solución se logra con una postura más o menos forzada del cuerpo o con ramas u hojas que, casual y causalmente, caen sobre la zona donde debería estar el ombligo. Después de todo tal es el socorrido recurso que usan algunos cursis para ocultar los genitales (a pesar de que en este caso nadie dude de que están allí). Pero esta tercera opción no deja de ser una solución innoble para un noble problema. El arte cumple aquí con la tarea de representar, de modo que representar la no representación también supone una contradicción artística. 

En síntesis, la presencia del ombligo de Adán en el arte plantea un singular desafío lógico: no vale A, no vale no A y tampoco vale ni A ni no A. Estamos atrapados: pintar a Adán con ombligo es contradecir la revelación, pintar a Adán sin ombligo es contradecir la ciencia y pintar a Adán con el ombligo oculto es contradecir el arte. El mito de Adán y Eva no logra zafarse pues de alguna clase de contradicción y nos obliga a elegir entre contradecir la ciencia, contradecir la revelación o contradecir el arte, fastidioso trilema. Los artistas han optado por salvar la coherencia de la ciencia y del arte en detrimento de la coherencia de la religión, curiosamente, aunque se diría que con el alivio cómplice y secreto de esta última. Después de todo, el conocimiento revelado nunca ha presumido de coherencia y para eso está el misterio. Sin embargo sorprende que el arte se haya aferrado a una solución única y que se le hayan pasado los siglos sin ver, en el ombligo de Adán y Eva, una oportunidad impagable para la originalidad, la innovación del lenguaje y la ironía. 

Jorge Wagensberg, El ombligo de Adán, Babelia. El País, 31/08/2013

divendres, 30 d’agost de 2013

El realisme físic i la radicalitat cartesiana.

Procedente o no de la física, el metafísico contemporáneo parece abocado a revivir la aventura cartesiana, a preguntarse de nuevo  si el mundo físico,  que fue su punto de arranque,  no tiene en realidad el mismo estatuto que las representaciones de los sueños, muchas de las cuales además de diferenciarse de lo que sentimos como propia  identidad, muestran  esa  irreductibilidad  a la misma que nos parecía ser una de las marcas de lo físico (pareciendo  moverse y ocupar posiciones, distinguiéndose así de líneas, superficies, intervalos tridimensionales carentes de densidad,  y otras entidades puramente abstractas).
 
Y lo que nos llevará a este replanteamiento del problema de la realidad del mundo no será ya exactamente la lectura de Descartes (que seguirá sin embargo siendo un gran punto de referencia), sino la reflexión sobre los principios que regulan nuestra concepción de la naturaleza y nuestro ordinario trato con ella. Interés  por los principios reguladores que obliga al metafísico a acercarse al trabajo del fisico, a menos que la aproximación sea en sentido contrario:

El físico, por definición, trata de una dimensión del ser  que no coincide fenomenológicamente con la dimensión del pensamiento, y no se ocupa del problema metafísico relativo a cuál es la auténtica relación entre ambos dominios; o si lo hace es en paralelo, como el Einstein interesado por las tesis de Kant a las que había sido introducido desde la adolescencia por Max Talmey, un joven universitario que frecuentaba su domicilio paterno en Munich. 

Y sin embargo...el físico puede verse por su propia tarea científica, y precisamente  para mantener la fidelidad a la misma, conducido a plantearse el problema metafísico. Esto le ocurrió a Einstein en relación al problema de la significación física del tiempo y el espacio,  y le ocurrió  a los  físicos Antón Zeilinger y John Bell en relación al principio de localidad,  y le ocurre a todos ellos y  a muchos otros cuando  se trata  del realismo, problema en el que  la cual confluyen de hecho casi todos las demás. Objetivo de estas notas es abordar con cierto carácter  sistemático estos problemas. Terminaré hoy recordando esta interrogación de Husserl 

"Todo esto nos dice Descartes. Pero, ¿vale la pena realmente intentar descubrir un sentido presente tras tales ideas? ¿Pueden aun conferir a nuestro tiempo nueva y potente energía?" 

Víctor Gómez Pin, Asuntos metafísicos 6: hacer propia la radicalidad de Descartes, El Boomeran(g), 29/08/2013

risc digital (Ulrich Beck).


El escándalo de la red de escuchas Prisma ha abierto un nuevo capítulo en la sociedad del riesgo mundial. En los decenios pasados hemos conocido una serie de riesgos globales: el cambio climático, el riesgo nuclear, el financiero, el terrorismo... y ahora el riesgo digital global que amenaza a la libertad. Todos estos riesgos (con excepción del terrorismo) en cierto modo forman parte del desarrollo tecnológico, pero también cristalizaban temores que se habían expresado durante la fase de modernización de estas nuevas tecnologías. Sin embargo, ahora se produce un acontecimiento en el que un riesgo se constituye de golpe en un problema mundial, como ocurre en la amenaza para la libertad que han puesto en evidencia las revelaciones de Edward Snowden. Estamos ante una lógica del riesgo completamente distinta.

En el caso del riesgo nuclear, los accidentes de Chernóbil y de Fukushima han suscitado un debate público. En el caso del riesgo para la libertad, por el contrario, lo decisivo no fue el caso catastrófico, puesto que aquí la catástrofe sería la hegemonía del control impuesta en el nivel global, es decir: en realidad, la desaparición del riesgo tal como lo entiende la hegemonía informativa impuesta. Dicho de otro modo: la catástrofe habría ocurrido, pero nadie se habría dado cuenta. Eso supone una completa inversión de la situación, que puede verse de otro modo: al principio, todos los riesgos globales compartían varias características. Todos revelaban en las experiencias cotidianas la interdependencia global. Todos son, en un sentido especial, globales, esto es: no se basan en accidentes espacial, temporal y socialmente delimitados, sino en catástrofes que carecen de límites en cualquiera de estas dimensiones. Y todos son efectos colaterales de los éxitos de la modernización, que, a su vez, ponen retrospectivamente en cuestión las instituciones de modernización existentes. En el caso del riesgo para la libertad, lo que se pone en tela de juicio son las posibilidades de control de los propios Estados nacionales democráticos; en los demás casos, los cálculos de probabilidad, la protección de las compañías de seguros, etcétera.

También tenemos que vérnoslas con una inflación de las catástrofes que se ciernen sobre nosotros, en la que cada nueva catástrofe amenaza con degradar a la siguiente: el riesgo financiero eclipsa el riesgo climático. El riesgo del terrorismo eclipsa los riesgos digitales para la libertad. Esto último es, por lo demás, uno de los obstáculos centrales que impiden reconocer públicamente y convertir en objeto de acción pública ese riesgo para la libertad.

Es verdad que ese reconocimiento se está produciendo ahora, pero aún es muy frágil. Si se busca un actor poderoso que tenga auténtico interés en que se tome conciencia pública de ese riesgo y, por consiguiente, mueva a adoptar acciones políticas, lo primero que nos viene a la cabeza es el Estado democrático. Pero eso sería poner el lobo a guardar las ovejas. Es precisamente el Estado, en cooperación con las grandes corporaciones digitales, el que ha levantado ese poder hegemónico para optimizar su interés esencial, que es la seguridad nacional e internacional. Pero esto podría suponer un paso histórico que nos apartara del pluralismo de los Estados nacionales en dirección a un Estado digital mundial libre de cualquier control.

El segundo actor que podría movilizarse es el propio ciudadano. Al fin y al cabo, los usuarios de los nuevos medios de comunicación digital se han convertido en una especie de cyborgs. Utilizan esos medios como órganos sensoriales, forman parte de su forma de actuar en el mundo. La generación de Facebook vive en esos medios y sacrifica al hacerlo gran parte de su libertad individual y de su esfera privada.

¿Qué instancias de control quedarían? En Alemania, por ejemplo, la Constitución. Su artículo 10 consagra la inviolabilidad del correo y las telecomunicaciones en una frase que se lee como si procediera de un mundo perdido. En Europa tenemos órganos de control ejemplares, toda una serie de instituciones que intentan imponer los derechos fundamentales contra estos poderes superiores, entre las que se cuentan el Tribunal Europeo de Justicia, las agencias de protección de los datos personales o los Parlamentos. Pero todas estas instituciones, y esa es la paradoja, fracasan precisamente cuando funcionan. Porque los medios que tienen a su disposición están limitados a los Estados nacionales, mientras que aquí nos enfrentamos a procesos globales. Lo mismo puede aplicarse a los demás riesgos globales; las respuestas nacionales y los instrumentos institucionales de los que disponemos no son acordes a los riesgos de la sociedad del riesgo mundial.

Suena muy pesimista. Pese a ello, hay que ir un paso más allá y plantearse si nosotros, como científicos sociales, hombres corrientes y usuarios de estos instrumentos de información digital, ya nos hemos dotado de conceptos adecuados para describir cuán profunda y fundamentalmente se han transformado la sociedad y la política. Creo que carecemos aún de categorías, mapas y brújula para este Nuevo Mundo.

Pongamos un ejemplo, para ilustrar el riesgo que amenaza a la libertad. Hablamos sin cesar de que está surgiendo un nuevo imperio digital. Pero ninguno de los imperios históricos que conocemos tiene los rasgos que caracterizan al actual imperio digital. Este imperio se basa en señas de identidad de la modernidad que no hemos pensado a fondo. No se basa en el poder militar, ni posee la capacidad para una integración político-cultural a distancia. Pero sí dispone de posibilidades de control de una amplitud y profundidad capaz de evidenciar todas las preferencias y debilidades individuales: todos nos volvemos de cristal, transparentes. Y a esto se añade además una ambivalencia esencial: disponemos de inmensas posibilidades de control, pero al mismo tiempo estos controles digitales son de una vulnerabilidad inimaginable. Ningún poder militar ni revolución amenazan al imperio del control, sino un único y valeroso individuo: Snowden, un treintañero experto en seguridad, es capaz de hacer que se tambalee, y además lo logra volviendo al propio sistema de información contra sí mismo. Es decir, en este sistema aparentemente hiperperfecto de control, existe una posibilidad de resistencia del individuo que jamás hubo en ningún otro imperio. El ciudadano corriente dispone, en contraste con Snowden, de un conocimiento mucho más limitado de la estructura y el poder de ese supuesto imperio. Pero eso no se aplica a la generación joven, que como un Cristóbal Colón irrumpe en ese Nuevo Mundo y hace de las redes sociales una prolongación de su propio cuerpo comunicativo.

Y aquí se evidencia una consecuencia esencial. El riesgo de una vulneración de los derechos a la libertad se valora de forma diferente a la vulneración de derechos relativos a la salud, como la que se deriva del cambio climático. La vulneración de la libertad no duele, no se nota, no se experimenta como una enfermedad, una inundación o una carencia de oportunidades laborales. La libertad muere sin que las personas sean heridas físicamente. En todos los sistemas políticos, la promesa de seguridad constituye el verdadero meollo del poder del Estado y de la legitimación del Estado, mientras que la libertad siempre es o parece ser un valor de segundo rango.

¿Qué se puede hacer? Yo propongo que formulemos algo así como un humanismo digital. Debemos convertir el derecho fundamental a la protección de los datos y a la libertad digital en un derecho humano global e intentar hacer valer este derecho al igual que el resto de los derechos humanos, en contra de las resistencias. De lo que se carece es de una instancia internacional capaz de imponer estas reivindicaciones. En ese aspecto, el riesgo para la libertad no se distingue del riesgo que supone el cambio climático. No hay ningún actor en el plano internacional capaz de afrontarlos. Pero la inquietud es internacional; el riesgo global tiene una capacidad de movilización enorme. Se trataría de aunar y encauzar políticamente esa inquietud que en grados diversos corre a través de los movimientos sociales y partidos políticos de distintos países. Precisamos una invención transnacional de la política y la democracia que posibilite revivir y hacer valer los derechos democráticos fundamentales en contra del dominio de esos monopolios del control completamente emancipados.

Ulrich Beck, El riesgo para la libertad, El País, 30/08/2013

dijous, 29 d’agost de 2013

L'home és la mesura de totes les coses?

El hecho, indiscutible desde la teoría de la relatividad,  de que el espacio tridimensional, vacío y sin límites   carece  de realidad física no impide  que la intuición de tal espacio  tenga un enorme peso en nuestra configuración del  mundo, no impide que  pueda  ser considerado como una especie de universal antropológico posibilitador, entre otras cosas,  de la intuición de la geometría euclidiana,  esa geometría que hemos aprendido en la escuela y que para casi todos constituye de entrada pura y simplemente la geometría. Se establece así una suerte de doble verdad: verdad es que el mundo responde a métricas no euclidianas, pero verdad es también que, para algo tan importante como nuestro comercio con él, el  mundo es perfectamente euclidiano.

Hay muchos otros ámbitos en la intersección de la ciencia y la filosofía donde esta polaridad entre hipótesis de la razón y anclaje en nuestra percepción ordinaria de las cosas. ¿Hay o no hay una realidad física exterior, que seguirá tras mi eventual desaparición y la desaparición de todos los demás humanos, cuya percepción de esa realidad coincide  aparentemente  con la mía? Respecto a esta pregunta que en una columna anterior formulaba,  en ocasiones me he referido aquí a John Bell, el físico cuyo teorema fue el más duro golpe para los principios clásicos a los que se aferraba Einstein, en particular el principio de realismo, que afirma precisamente  la existencia de un  mundo sometido a leyes  con independencia de que se dé o no un sujeto conocedor del mismo. Pues bien, el subversivo (en términos de principios ontológicos) John Bell  es, sin embargo, el autor de la siguiente  declaración: 

«Desearíamos poder tener un punto de vista realista sobre el mundo, hablar del mundo como si realmente estuviera ahí cuando no es observado. Yo ciertamente creo en un mundo que estaba ahí antes de mí, y que seguirá estando ahí después de mí, y creo que usted forma parte de ese mundo. Y creo que la mayoría de los físicos adoptan este punto de vista cuando se los pone contra la pared (when they are being  pushed into a corner )  

Hay en  esta afirmación un aspecto emotivo: el gran físico nos dice que cuando la interrogación filosófica aprieta, la respuesta realista sería pese a todo preferible. Cabe también citar a Alain Aspect,  el físico que completó  en el plano experimental el teorema de Bell, contribuyendo así   a que éste tenga el enorme peso filosófico que se le confiere: 

"Estoy convencido de que  el físico elige hacer física porque piensa que el mundo es inteligible. Creo que el físico, a priori, cuando  imagina su vida de físico se ve como  alguien exterior que va a abrir el reloj para ver lo que pasa en el interior. Creo que, más que nadie, el físico tiene esta creencia ingenua, espontánea, de que existe un mundo independiente de él y que su papel es de descubrir la manera cómo funciona este mundo...el ideal en principio es que el mundo funciona y se halla ahí aunque el observador no se encuentre". 

Sorprendentes afirmaciones en boca de científicos  que   han contribuido  en gran medida a laminar los principios de realismo y de contigüidad (según el cual una acción sobre un objeto A separado de un objeto B no tiene efecto  sobre este,  al menos  de que haya entre ellos una cadena de objetos C, D, etc.,  en contacto, de tal forma que el efecto no es nunca instantáneo). Principios   tan caros a un   Feyman, cuando afirmaba que una onda sonora deja un resto- por ejemplo una traza en el tronco de un árbol aunque nadie lo haya escuchado. Reto para la metafísica es que la ciencia natural, de la que ha de nutrirse necesariamente, haya llegado a poner en entredicho esta apuesta de Feyman, lo cual como veremos conducirá  a actualizar  la  reflexión sobre  si el hombre es o no la medida de todas las cosas. 

Víctor Gómez Pin, Asntos metafísicos 5: Una traza en el tronco de un árbol, El Boomeran(g),  27/08/2013

dimecres, 28 d’agost de 2013

L'Església contra Galileu (I).

Esta imagen que el ilustrador belga Jean-Leon Huens realizó para la National Geographic Society apareció en la serie Cosmos de Carl Sagan y, en el libro basado en la misma, aperece la leyenda que incluimos:

 Galileo Galilei (1564-1642). En esta pintura de Jean-Leon Huens, Galileo intenta convencer a los escépticos eclesiásticos de que en la Luna hay montañas y de que el planeta Júpiter tiene varias lunas propias. La jerarquía católica no se dejó convencer. Galileo fue procesado por “sospecha grave de herejía”. Condenado gracias a un documento falsificado, pasó los últimos años de su vida bajo arresto domiciliario, en su pequeña casa de las afueras de Florencia. Galileo fue la primer persona que utilizó el telescopio en el estudio de los cielos.

  Galileo Galilei (1564-1642). En esta pintura de Jean-Leon Huens, Galileo intenta convencer a los escépticos eclesiásticos de que en la Luna hay montañas y de que el planeta Júpiter tiene varias lunas propias. La jerarquía católica no se dejó convencer. Galileo fue procesado por “sospecha grave de herejía”. Condenado gracias a un documento falsificado, pasó los últimos años de su vida bajo arresto domiciliario, en su pequeña casa de las afueras de Florencia. Galileo fue la primera persona que utilizó el telescopio en el estudio de los cielos.
Este corto párrafo, con su uso preciso de los adjetivos, y la propia ilustración, con ese gesto del cardenal, vienen a resumir la visión generalizada que hoy puede tener una mayoría respecto a las relaciones entre Galileo y la Iglesia Católica (IC) o, visto desde otro punto de vista, del inmovilismo de la IC con respecto a las novedades científicas, entonces y ahora. Pero, ¿realmente esto fue así? ¿No estaremos ante una combinación de falacia del historiador y presentismo? En esta anotación y las próximas exploraremos las circunstancias en las que se produjeron los descubrimientos de Galileo con el telescopio, la posición de la IC y cómo se desarrollaron los hechos en el contexto de la época. Dicha exploración, muy sencilla, pondrá de relieve hechos sorprendentes para algunos y, lo que puede resultar más interesante, nos permitirá reflexionar sobre cómo el conocimiento institucionalizado responde ante descubrimientos experimentales revolucionarios, aún aceptando la verosimilitud de dichos resultados experimentales. 

Empecemos por el principio, estableciendo los antecedentes. En anotaciones posteriores veremos los descubrimientos objeto de polémica y, finalmente, cómo se desarrolló ésta. 

El telescopio se inventó poco antes del año 1600 y Galileo empezó a usarlo para observaciones astronómicas en 1609. Galileo fue uno de los primeros en usarlo para este fin y, al hacerlo, descubrió muchos datos interesantes que influyeron notablemente en el debate entre los proponentes de la teoría geocéntrica (o ptolemaica) y la heliocéntrica (o copernicana). Publicó su primer conjunto de datos en 1610, y descubrimientos adicionales los años siguientes. 

Serían estos datos lo que llevarían a Galileo a verse envuelto en una disputa muy conocida con la IC, que hoy discutimos. Dicho esto veamos someramente la situación religiosa en la época de Galileo

No sorprenderá a nadie si digo que la IC prefería [la elección de este verbo no es casual] la teoría ptolemaica. Una de las razones para ello (pero no la única) tiene que ver con varios pasajes de las escrituras cristianas que sugerirían que la Tierra está estacionaria y que el Sol se mueve alrededor de ella. Por lo tanto, la disputa entre Galileo y la IC conlleva exégesis (interpretación) de los textos bíblicos. 

Lo que si puede que sorprenda a más de uno es la afirmación de que la IC tenía en esa época una dilatada historia de tolerancia (tolerancia no significa aceptación) con los nuevos descubrimientos científicos. Aquí, quizás debamos hacer un llamamiento a no confundir las actuaciones de la Inquisición en la España justo anteriores y en esta época, la de los Reyes Católicos y Carlos I, con las posiciones doctrinales de la IC en Roma. Así, por ejemplo, la IC no se oponía al sistema copernicano per se, siempre y cuando fuese visto, y enseñado, desde un punto de vista exclusivamente instrumentalista, lo que no contradecía a las escrituras. Lo que las observaciones de Galileo harían sería apuntar hacia el realismo de ese sistema. Pero lo que hemos de hacer notar es que la IC no se oponía a los nuevas ideas científicas y estaba dispuesta a reinterpretar la escritura cuando era necesario en función de los nuevos descubrimientos. 

Como lo anterior puede resultar llamativo es posiblemente conveniente también recordar que, la IC, a diferencia de los protestantes que sólo tienen las escrituras, tiene tres fuentes de doctrina: aparte de las escrituras, están la tradición y los padres/doctores. La existencia de las fuentes de doctrina adicionales le confiere a la IC cierta cintura interpretativa, extremadamente lenta, pero cintura al fin y al cabo. Es fácil comprobar cómo la IC ha ido cambiando posiciones respecto a muchos aspectos de la interpretación del universo a la vista de los nuevos conocimientos científicos a lo largo de los siglos. No es de extrañar pues que los creacionistas literalistas, por ejemplo, sean protestantes en su inmensa mayoría. 

A pesar de todo lo anterior, el comienzo del siglo XVII fue una época muy sensible para la IC. La Reforma Protestante había comenzado el siglo anterior, cuando la víspera de la festividad de Todos los Santos, el 31 de octubre de 1517, Martin Luther, siguiendo la costumbre universitaria, clavaba en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg las 95 tesis de la Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum. Desde entonces toda la maquinaria de la IC estaba dedicada a evitar la propagación de lo que consideraba posturas heréticas. Por lo tanto, los descubrimientos de Galileo llegaron en un momento en el que la IC era menos tolerante de lo que podría haber sido en otras circunstancias. 

Finalmente hay que decir que Galileo no buscaba el enfrentamiento. Galileo era un devoto católico y no pretendía en ninguna manera erosionar la doctrina de la IC. Por esto mismo no se tomó a la ligera la idea de que algunas de sus propuestas pudiesen ser heréticas. Galileo, como tendremos ocasión de comprobar, tenía auténticas diferencias de opinión sobre la exégesis bíblica, y estas diferencias jugarían un papel fundamental en el desarrollo de los acontecimientos.
 


César Tomé López, Galileo vs. Iglesia Católica redux (I): Antecedentes, Cuaderno de Cultura Científica (kzk), 27/08/2013

dimarts, 27 d’agost de 2013

La teoria del gen roig.

El marxismo se nutre de las personas menos inteligentes de la sociedad. Esta fue la principal conclusión de Antonio Vallejo Nágera, jefe de los Servicios Psiquiátricos del Ejército de Franco, quien durante la Guerra Civil y los primeros años de posguerra realizó una investigación con presos de guerra, especialmente brigadistas internacionales, para determinar "las relaciones que puedan existir entre las cualidades biopsíquicas del sujeto y el fanatismo político-democrático-comunista". Es decir, responder a los interrogantes de si el rojo nace o se hace y determinar qué malformación lleva a un individuo a adherirse al marxismo.

"La perversidad de los regímenes democráticos favorecedores del resentimiento promociona a los fracasados sociales con políticas públicas, a diferencia de lo que sucede con los regímenes aristocráticos donde sólo triunfan socialmente los mejores", explica Vallejo Nágera en los informes publicados en la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra con el título de "Biopsiquismo del Fanatismo Marxista".

Vascos y catalanes fueron especialmente interesantes en el estudio del "Biopsiquismo del Fanatismo Marxista" Para llegar a estas conclusiones, Vallejo Nágera, primer catedrático de la psiquiatría española, estudió mediante test psicológicos y mediciones antropomórficas a prisioneros de guerra durante diciembre de 1938 y octubre de 1939. Aunque el principal grupo de estudio fueron los miembros de las Brigadas Internacionales capturados, el doctor también estudió a presos españoles procesados por su participación en la República, a activistas catalanes independentistas y a vascos. Los catalanes eran especialmente interesantes porque unían el fanatismo marxista y el antiespañolismo y los vascos porque unían el catolicismo al elemento revolucionario.

Entre sus conclusiones también se encuentra la definición de la raza o espíritu español, que para Vallejo Najera se trata del "militarismo social, que quiere decir orden, disciplina, sacrificio personal, puntualidad en el servicio, porque la redoma militar encierra esencias puras de virtudes sociales, fortaleza corporal y espiritual". Por tanto, para mejorar la raza española, el régimen franquista debía -según las conclusiones de su psiquiatra- buscar "la militarización de la escuela, de la Universidad, del taller, del café, del teatro, de todos los ámbitos sociales".

La "debilidad" del equilibrio mental de la mujer

Pero si la razón que lleva al hombre al marxismo es su escasa inteligencia, peor parada sale la mujer. Para buscar una explicación a "la activísima participación del sexo femenino en la revolución marxista", el psiquiatra realizó un estudio sobre 50 mujeres prisioneras de guerra bajo el título de Investigaciones psicológicas en marxistas femeninos.

Para el psiquiatra franquista, la mujer participa en política para "satisfacer sus apetencias sexuales"  La razón de este alto grado de participación femenino, según Vallejo Nágera, hay que buscarla en "la característica debilidad del equilibrio mental" de la mujer, "la menor resistencia a las influencias ambientales y la inseguridad del control sobre la personalidad". Por ello, es fundamental que la religión católica imponga a la mujer sus estrictas normas a modo de "freno" a su tendencia animal.

"Cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer […] se despiertan en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarle las inhibiciones inteligentes y lógicas, característica de la crueldad femenina que no queda satisfecha con la ejecución del crimen, sino que aumenta durante su comisión", escribe Vallejo Nágera, que justifica la participación de las mujeres en las revueltas políticas porque en ellas tienen la ocasión de "satisfacer sus apetencias sexuales latentes".

Reeducación de los vencidos y segregación hijos

Los estudios de Vallejo Nágera fueron utilizados también para fundamentar la reeducación de los vencidos, así como la segregación de los niños en las prisiones de sus madres. "Los hombres debían ser reeducados en las prisiones donde debían asistir a misa y practicar los cánticos y saludos adoptados por el estado fascista”, explica a Público Pura Sánchez, autora del libro Mujeres de dudosa moral.

Las mujeres, además de ser sometidas al mismo sistema de "reeducación" que los hombres, intentaban ser captadas por la red de Auxilio Social y de la Sección Femenina de Falange ya que su adhesión al régimen era fundamental,teniendo en cuenta que su única funcional social era la de educar a sus hijos.

Las teorías del psiquiatra franquista también fundamentaron el robo de niños en los primeros años de la dictadura. Su teoría del gen rojo abogaba por separar a los niños y niñas de sus madres rojas para evitar que se contaminaran del mal de sus madres como medida preventiva, así como recibir una educación "curativa" de los vencedores y auténticos portadores de la raza española. 

Alejandro Torrús, Franco, en busca del 'gen rojo' de la inferioridad, Público, 25/08/2013

dilluns, 26 d’agost de 2013

1984, una novel.la política que fa por.

George Orwell
Las lenguas muertas tienen siete vidas. En la exposición Antes del diluvio que meses atrás pudo verse en los Caixaforum de Barcelona y Madrid, llamaba la atención, entre cientos de piezas mesopotámicas, un simple papel: el telegrama que en enero de 1928 sir Charles Leonard Woolley envió al Museo Arqueológico de Pensilvania anunciando desde Basora que había encontrado la tumba de la reina Shubad. El texto, transmitido por Western Union, estaba en latín para burlar a los espías. Todo un aviso para duques con tendencia a los juegos rijosos de palabras y tuiteros con lengua desatada y sueldo público.

Con todo, el latín antiespías de los viejos arqueólogos era como ese idioma del lumpen barriobajero que consiste en pronunciar las palabras al revés de como se escriben: restos de un mundo analógico, es decir, lento y opaco. Si la NASA convirtió a Julio Verne en un escritor realista, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos ha convertido a George Orwell en un costumbrista, completando de paso —gran paradoja— la labor del KGB soviético. Los críticos que dijeron que sus novelas estarían cubiertas de óxido antes de que acabara el siglo XX han tenido que ver cómo servían primero para retratar el totalitarismo del Este y para profetizar después el control cibernético de la privacidad en el Oeste. No es, por tanto, casualidad que el caso Snowden haya disparado este verano en Estados Unidos las ventas de 1984, la novela que Orwell publicó en 1949, un año antes de morir.

En una ocasión le hablaron a Cesare Pavese de la dimensión metafísica de su obra y el escritor italiano se defendió con una concesión: “No digo que en mis libros no haya metafísica, solo digo que yo no la puse allí”. A Orwell le sucede justo lo contrario: todo lo que hay en 1984 lo puso él. Tal vez por eso alguien que fue uno de los grandes periodistas modernos se pasó la vida disculpándose por las torpezas de su obra de ficción, disculpas que algunos han aprovechado para no frecuentarla. Martin Amis, por ejemplo, contaba que durante años no pudo pasar de la expresión “facciones hermosas y endurecidas”, que en la traducción de Rafael Vázquez Zamora publicada por Destino aparece en la decimosegunda línea de la primera página.

Pese a su lastre conceptual, 1984 tiene la gran virtud de provocar algo infrecuente en una novela política: miedo. Eso fue lo que sintió su primer editor, Fredic Warburg, que la describió como “un estudio sobre el pesimismo constante, salvo por la idea de que si un hombre puede concebir 1984 también puede tener la voluntad de evitarlo”. Y ese es el efecto que provocó en muchos de los que la leyeron bajo una dictadura. La obra de orwellianos como el polaco Czeslaw Milosz o el checo Vaclav Havel da buena fe de ello al tiempo que desmiente la idea del propio Orwell de que la imaginación literaria, como algunos animales salvajes, no se reproduce en cautividad.

1984, cuyo título provisional fue El último hombre en Europa, también ha conseguido algo al alcance de muy pocas obras: convertirse en semillero de metáforas incluso para aquellos que nunca han pensado leerla. ¿Quién dice que el Ministerio de Defensa —antes Ministerio de la Guerra— no terminará llamándose un día Ministerio de la Paz? Pese a la desasosegante presencia de la Neolengua, la Policía del Pensamiento o el Ministerio de la Verdad, el gran triunfo del libro fue la creación del Gran Hermano, que de señalar a los dictadores que se presentan como padrecitos del pueblo al que someten, pasó a ser el programa de televisión que todos conocemos. Fue hace más de una década y los lectores de Orwell no daban crédito: fue como si los católicos empezaran a bautizar a sus hijos con el nombre de Caín. Pese a que Mercedes Milá y sus muchachos han conseguido que el ojo que todo lo vigila sea uno más a la mesa, con frecuencia se olvida un elemento clave en la novela: la omnipresencia del Gran Hermano en telepantallas instaladas por todos los rincones. Lo ve todo y todos lo ven. Solo por eso alguien debería decirle a Mariano Rajoy que limite sus apariciones vía plasma: no solo tiene mala reputación literaria sino que alguien podría pensar que no habla él sino un imitador, algo no tan reservado a los regímenes totalitarios —Sadam Husein fue de los últimos en tenerlo— como podría creerse. Aunque trabajó en la BBC, Orwell nunca supo que algunos discursos radiofónicos de Churchill los leía alguien que imitaba su voz.

Precisamente, en la sede de la BBC en Portland Place había una sala destinada a las reuniones de los Servicios Orientales de la emisora. De ellos formaba parte Orwell, políglota, nacido en la India y antiguo miembro de la policía británica en Birmania, un cargo que le vacunó para siempre contra el imperialismo. Irónicamente, el número de aquella sala terminaría bautizando el elemento más escalofriante de 1984: la Habitación 101. Más que las consignas —“la ignorancia es la fuerza”—, los neologismos —lo contrario de bueno no es malo sino inbueno— y más que el mismísimo Gran Hermano, la Habitación 101 es, pese a lo poco que se habla de ella, el momento culminante de una pesadilla: la de la ausencia total de intimidad. ¿Qué hay en la Habitación 101? Imposible contarlo sin destripar la novela pero digamos que es el lugar más horrible de la literatura universal, un infierno a la carta. Ni siquiera Dante llegó tan lejos. Toda alusión al Gran Hermano debería tener presente esa sala.

Cualquier gobierno con acceso a nuestras comunicaciones digitales podría darnos en la 101 un tratamiento personalizado. O sea, cualquier Gobierno con dinero para pagar por nuestros datos a Google y compañía. Convengamos en que no se lo ponemos demasiado difícil, sobre todo por el lado de las redes sociales, esa pasarela que en las manos adecuadas bien puede convertirse en una ratonera. No obstante, la esperanza es más vieja que la desconfianza: si las cosas se ponen difíciles, siempre nos quedará el latín.

Javier Rodríguez Marcos, El peor sitio del mundo, El País, 25/08/2013

L'erudició ha de precedir al dubte?

 
Un eminente físico de nuestros días, a cuyo nombre se asocian experimentos de un tremendo peso a la hora de  intentar entender realmente los mecanismos que rigen el orden natural, confesaba  su ignorancia en relación a algunos  de las referencias clave de la historiografía  filosófica., entre ellas algún pensador pre-socrático del que (tras la   vacua información recibida en los años escolares) había olvidado casi hasta el nombre. Ello no  fue óbice para que se sintiera inmediatamente interesado cuando se le dijo que las preocupaciones  del pensador griego no eran muy alejadas de sus propias reflexiones   sobre las consecuencias de sus  descubrimientos  en física, y que con una suerte de inocencia le llevan a responder a una interlocutora: "Me gusta decir, que hay dos libertades: nuestra libertad y la libertad de la naturaleza. Nosotros somos libres de preguntarle a la naturaleza lo que queramos, pero la naturaleza también tiene la libertad de darnos las respuestas que quiera, sin olvidarnos que nuestra pregunta limita las posibles respuestas que la naturaleza puede darnos". 

Lo que homologa al físico austriaco  Anton Zeilinger con algunos de los pensadores de la Grecia presocrática es de alguna manera la manera ingenua de abordar las cuestiones más tremendas, las cuestiones literalmente metafísicas,  convencido como está de que "siempre es más importante la pregunta de nuestros hijos que nuestra respuesta",  y siendo obvio que tras el niño que se interroga no se esconde la motivación del erudito

El planteamiento ingenuo de interrogaciones está mal considerado por el mundo cultural y desde luego por el académico. Se ha instalado subrepticiamente la idea de que para tener derecho a avanzar  alguna de las interrogaciones que ocupan a filósofos,  científicos, artistas,  o  a todos a la vez, hay ya de entrada que estar bien informado. Más que ser una persona tensada por lo desconocido e inquieta sobre su ser y su entorno, se exige de entrada ser una persona culta y hasta una persona erudita. Esto alcanza, desde luego, al mundo académico: un especialista en genética, por ejemplo,  no sólo se siente incompetente para emitir una opinión sobre algún interrogante de interés  general pero  técnicamente objeto de la  física, sino para formular el interrogante mismo, siendo obviamente cierta la recíproca, es decir, el temor a meter la pata del físico tratándose de uno de los abismos filosóficos a los que conduce la genética. 

Se presupone que la información ha de preceder a la interrogación...incluso tratándose de las interrogaciones más  universales, cuya temática concierne a todos y cada uno de los humanos (otra cosa es que-como hemos visto-  se hayan visto forzados a repudiar de sus vidas tales interrogaciones). Ante este estado de cosas, se impone tomar posición:

Cabe eventualmente sentirse abrumado por la complejidad de los instrumentos con los que  especialistas  de una u otra materia (también curiosamente los filósofos, que no son especialistas de materia alguna, aunque deban alimentarse de muchas) abordan ciertos problemas cuyo origen es sin embargo muy elemental, pero no hay en absoluto que sentirse abrumado ante la cuestión misma, que no sólo todo el mundo está en condiciones  potenciales de abordar, sino que probablemente ya  ha abordado alguna vez. La formulación de una interrogación cabalmente filosófica nunca puede ser sofisticada en los términos. Ejemplo:

¿Hay o no hay una realidad física exterior, que seguirá tras mi eventual desaparición y la desaparición de todos los demás humanos, cuya percepción de esa realidad coincide  aparentemente  con la mía? Los instrumentos para responder en uno u otro sentido a esta pregunta cubren hoy miles y miles de páginas de sesudas revistas filosóficas o científicas  y han sido esgrimidos como armas por algunos de los científicos más importantes del siglo veinte...pero la pregunta sigue siendo sencillísima y todo el mundo es susceptible de sentirse interpelado por la misma,  hasta el punto quizás de que, si su vida material y social se lo permitiera, acuciado por tal interrogación, empezaría a ahondar en los escritos eruditos, y se dotaría de los argumentos  para entenderlos. Disposición de espíritu por la cual la erudición misma alcanzaría un sentido, pues se mostraría como instrumento para lo que realmente importa y no como fin en sí. Reitero la tesis, clave en esta reflexión: la información es no sólo válida, sino imprescindible cuando constituye un  arma para abordar un objetivo esencial; pero disponer de información por el hecho de estar informado  no tiene más interés que el que tiene para un saco estar lleno de patatas o de piedras. Pero el espíritu humano no es un mero recipiente, esa tabula rasa   a la que se refiere críticamente Steven Pinker. El espíritu humano es una estructura en la que se articulan  múltiples facultades que pugnan por desplegarse y el primer objetivo ha de ser precisamente el  de vencer la inercia que impide tal despliegue. 

Víctor Gómez Pin, Asuntos metafísicos 4: "libres de preguntar a la naturaleza", El Boomeran(g), 22/08/2013

La dreta mediterrànea i els ideals del supermercat.



Fuera de Italia, Berlusconi ha sido siempre tomado un poco a broma. Pero haríamos mal en desdeñar el impacto de Berlusconi y de lo que representa para otras democracias. Como recuerda Alexander Stille, otros tres fenómenos incubados en Italia también fueron minusvalorados inicialmente. La mafia, el fascismo y el terrorismo de izquierdas (Brigadas Rojas) parecían unas excentricidades italianas, intransferibles a democracias más serias. Sin embargo, esas tres supuestas rarezas se convirtieron, con o sin cambios cosméticos, en pesadillas en muchos otros países. Igualmente, el berlusconismo es exportable y, si nos centramos en sus características centrales, veremos que, de hecho, lleva bastante tiempo entre nosotros.

¿Cuáles son los componentes del berlusconismo? ¿Cuál es la esencia de la superficialidad política? Creo que la clave no son sus aspectos más reconocibles: las velinas, la televisión como espectáculo desinformador, el control casi monopolista de los medios de comunicación para alcanzar el poder. Nos podemos reconfortar con la idea de que el enorme poder político de Berlusconi ha sido el resultado de una persona excepcional (un ciudadano Kane dicharachero) en unas circunstancias extraordinarias (el colapso del sistema de partidos italianos en los noventa). Pero Berlusconi es simplemente la punta visible de un iceberg enorme que se pasea por el Mediterráneo: la derecha sin principios. Una derecha sin Dios, si por Dios entendemos algo que está por encima de nuestro interés egoísta.

Es cierto que es una derecha con Iglesia, pero una Iglesia que ha dejado de lado la promoción de la moral social. Como explicó Miguel Mora para este diario, el apoyo del que ha gozado Berlusconi en la Iglesia se ha basado en la doctrina, inconcebible en otras confesiones cristianas, del pensador católico Vittorio Messori: “Mejor un putero que haga buenas leyes para la Iglesia que uno catoliquísimo que nos perjudique”. La Iglesia, pues, tiene mucho que hacer para convertirse en un faro moral y esperemos que el papa Francisco se ponga a ello rápidamente.

Mientras, la derecha del sur de Europa promueve un laissez faire sin restricciones sobre el comportamiento individual. Casi cualquier cosa vale para enriquecerse o ganar elecciones. Esto se observa en la tolerancia que los partidos de derechas han mostrado ante la proliferación de todo tipo de actividades ilícitas u opacas: desde la manipulación de las estadísticas griegas hasta el entramado Gürtel-Bárcenas, pasando por todos los escándalos alrededor de Berlusconi. Los partidos de izquierda han tragado sus buenas dosis de corrupción también, pero en la derecha no hay visos ni de introspección profunda ni de propuestas de regeneración.

Pero no es en las prácticas ilícitas, sino en las lícitas, donde el sinDiosismo de nuestra derecha se percibe con más claridad. Si miramos a otros países de la OCDE, vemos unos programas políticos de derecha regidos por unos principios, surjan de las universidades (de economistas liberales) o de las Iglesias (de intelectuales luterano-cristiano-demócratas), que aspiran a construir una sociedad más virtuosa y justa. Así, el laissez faire económico queda atemperado por un conservadurismo cívico (en Reino Unido), compasivo (en EE UU) o socialcristiano (en la Europa continental), además de por un ideal de movilidad social.


La altura intelectual de la derecha británica es un ejemplo. El conservadurismo de Cameron parte de un diagnóstico de su país como una sociedad rota y propone, junto a medidas dinamizadoras del mercado, una combinación de principios paternalistas y de devolución de poder a las comunidades locales y barrios que bebe directamente de Edmund Burke, considerado el padre filosófico del conservadurismo occidental moderno. Bueno, del nuestro no, claro, pues Burke dedicó su vida a denunciar el “capitalismo de amiguetes” y el individualismo rampante destructor del tejido social —dos tendencias bien estimuladas en nuestras latitudes—.

Por su parte, el thatcherismo y el reaganismo estaban fundamentados en las ideas de intelectuales —como Milton Friedman, Friedrich Hayek o William Niskanen— que consagraron su vida a pensar cómo podemos tener sociedades mejores. La vida política para muchos conservadores europeos implica un diálogo permanente con intelectuales y, en muchos casos, son los propios políticos quienes escriben panfletos o libros (y no solo esas listas de buenas intenciones llamadas programas electorales) proponiendo una nueva narrativa ideológica. En lugar de ese esfuerzo intelectual creativo, los de aquí suelen entrar en política ganando una oposición y luego a esperar su turno en la cadena ascendente de nombramientos administrativo-políticos. Podemos discutir obviamente qué es lo que entienden otros conservadores europeos por una sociedad más justa y si sus propuestas generan más costes que beneficios. Pero, y aquí radica la cuestión, no podemos discutir con nuestras derechas qué es justicia social —ni tan siquiera cómo activar el ascensor social o la compasión— porque sencillamente son conceptos fuera de su discurso habitual.

Mientras los políticos de derechas continentales y anglosajones buscan inspiración en universidades e iglesias, los nuestros parece que se inspiren en un supermercado. El objetivo no es construir un relato que mezcle individualismo capitalista con unas virtudes morales y sociales. El objetivo del supermercado conservador del sur de Europa es satisfacer las necesidades del mayor número posible de clientes. Así, en una estantería, exhiben leyes al gusto de la jerarquía de la Iglesia, Opus, Legionarios de Cristo y otros grupos católicos. En la de enfrente, pero es que en la mismísima estantería de enfrente, ofrecen Eurovegas y trajes legales a medida para quien traiga negocio al país, aunque sea a costa de fomentar vicios. En la estantería de más allá, metros y trenes para satisfacer el ego de cualquier alcalde o mandamás provincial que se precie. Da igual que endeudemos a las generaciones venideras con proyectos de infraestructuras megalómanos y de dudosa rentabilidad —algo impensable en las derechas del norte de Europa, donde la responsabilidad fiscal se antepone al electoralismo cortoplacista—.


Pero la derecha mediterránea se mueve básicamente para ganar elecciones. No hay proyecto transformativo de la sociedad detrás. Eso une a Berlusconi y a Rajoy, a pesar de que sus estilos sean diametralmente opuestos. Carlos Cué comenzaba uno de sus análisis más recientes sobre nuestro presidente diciendo que “Rajoy suele presumir en privado de su profundo conocimiento de las leyes de la política. En 30 años él ha visto ya de todo, repite. Y esa experiencia y su particular forma de ser casi siempre le dicta que lo mejor es esperar”. Es toda una declaración de intenciones. Para Rajoy, la política no parece que sea una lucha de ideas para transformar el mundo, donde cada segundo cuenta; la política parece más bien una lucha de personas por ocupar puestos y, como en la guerra, la inacción puede ser una gran aliada.

Me diréis que la izquierda también cojea ideológicamente, incapaz de formular un mensaje innovador. Que lleva años inmersa en una larga travesía por el desierto, sin encontrar la ideología prometida. Pero la diferencia es que intelectuales y políticos de izquierda —en el sur como en el norte de Europa— siguen buscando sin cesar. No pasa semana sin que leamos algún artículo con propuestas sobre cómo vigorizar el proyecto socialdemócrata o de izquierdas. Los hay más o menos prometedores, más o menos fundados en trabajos académicos sólidos, más o menos pragmáticos. Pero es indudable que hay una constante lucha intelectual detrás.

La izquierda, pues, sigue caminando, inspirada por unos ideales que trascienden el interés individual (una sociedad sin pobreza, con igualdad de oportunidades); o sea inspirada por su Dios. El desierto es duro, pero Dios da fuerzas para seguir. Nuestra derecha mediterránea, por el contrario, parece como si, renunciando a caminar, hubiera decidido acampar en un confortable supermercado, entregándose a la adoración del becerro de oro, entre casinos, sobres marrones y confetis.

Víctor Lapuente Giné, La derecha sin Dios, El País, 26/08/2013

diumenge, 25 d’agost de 2013

Les xarxes socials escriuen la història.

Los ciudadanos reclaman en todo el mundo un cambio del modelo económico y político; lanzan mensajes con sus demandas a través de nuevas plataformas; y urgen un cambio en el ecosistema de los medios de comunicación.

En Madrid las personas congregadas en la puerta del Sol desde los primeros momentos del #15M clamaban contra los medios tradicionales que, a su modo de ver, no estaban destacando lo que sucedía en las calles. Sol se había llenado de manera inesperada para los políticos, la policía y… muchos periodistas.

Mientras que las protestas de la capital española ocupaban espacio en los informativos de los principales sitios web y televisiones tradicionales extranjeras, los medios locales apenas hacían ligeras menciones sobre aquel fenómeno que aparecía de improviso ante sus ojos y que incluso fue recibido por muchos comunicadores con aspereza.

Sin embargo el movimiento consiguió una gran repercusión pública sin que, en general, hubieran funcionado los mecanismos de mediación comunicacional convencionales. Las antiguas élites que estaban siendo acusadas (políticos, sindicatos, medios), los organizadores, y las nuevas masas que protestaban así como la propia población general se empezaron a enterar de lo que pasaba en un 82% por las redes sociales frente a un 33% por la tele o un 23% por la prensa, según datos del análisis Tecnopolítica y 15M.


En las primaveras árabes los movimientos sociales habían pasado también desapercibidos para las agencias de prensa y los observadores internacionales hasta el estallido final. Los primeros y más recientes ecos de las manifestaciones apartidistas en São Paulo y resto de ciudades brasileñas solo fueron recogidos al principio por la prensa local e internacional como simples “protestas por las tarifas del transporte público”.

En Turquía ha pasado lo mismo y las masas de indignados dieron la espalda a los políticos al igual que a los medios de toda la vida: ninguno les había anticipado nada de lo que se avecinaba. La gente a falta de periodismo independiente se ha puesto a tuitear. El terreno está abonado con el hartazgo social y por el silencio cómplice de diarios, radios y televisiones con la corrupción política.

Hace pocos días leíamos en este periódico: “Al concluir la protesta, el Movimiento por el Pase Libre de São Paulo emitió un comunicado en Facebook, su gran medio de difusión, donde decía (…)”. El gran medio de difusión de los brasileños no es la poderosa Globo TV, ni el popular diario Folha de Sao Paulo, es Facebook, una red social global.

Los indignados (en una gran parte las clases medias) han venido tomando esas redes como los nuevos medios de comunicación y difusión de ideas y actividades, a la vez que desarrollan una hostil actitud hacia buena parte del colectivo de la prensa convencional, al que acusan de, como mínimo, connivencia con el poder económico y político del cual emana la situación de crisis contemporánea. En México el importante movimiento #yosoy132 se inició como contestación a la supuesta imposición mediática del candidato Peña Nieto y su primer punto reivindicativo pide la democratización y transformación de los medios.

Históricamente en cada cambio político importante algún nuevo medio de comunicación había acompañado y crecido con la nueva élite emergente que luchaba por conseguir el poder. Siempre había una radio, un periódico hermanado de algún modo con las masas reformistas o revolucionarias. Hoy ese papel apenas es asumido por algunos periodistas individuales, pequeños medios digitales, redes de blogs o incluso antiguos y nuevos foros utilizados como catacumbas en las que se preparan y discuten estrategias políticas. Las cabeceras tradicionales están en gran parte ausentes.

La labor de watchdog (vigilantes del poder) que tradicionalmente se atribuyó a los periodistas ha desaparecido del imaginario de los lectores. No hay alli lugar más que para un puñado de periodistas que aguantan como pueden su imagen de independientes, y ahora a ellos se suman blogueros, tuiteros o redes de opinión colectiva en la que no se distinguen con claridad las voces más significadas porque cada día hay oportunidad para una nueva. Un problema incluso de interlocución para el poder tradicional que no sabe con quién tiene que hablar, con quién puede negociar, a quién intentar sobornar ya que no hay líderes. Las aristocracias políticas y financieras están inquietas. Lo anticipan las letras de grupos de punk rap como Los Chikos del Maíz en su canción El miedo va a cambiar de bando. Ahora es el rap y no el rock la música de la reivindicación.

El papel de foro de la opinión pública y la democracia está siendo arrebatado a los pseudo-parlamentos de tubos catódicos y los escaños de papel impreso por las nuevas élites conectadas que se empiezan a configurar y que llevan a la calle y a las redes la discusión política, en un nuevo espacio con tremendas resonancias a bits e incomprendido por las élites antiguas, desplazadas por una marea que en cada sitio adopta un color y una red social de cabecera. Políticos, pero también periodistas, se sienten descolocados en un mundo que les cuesta comprender. Ya lo anticipó Barlow en su Declaración de Independencia del Ciberespacio en 1996: “Gobiernos… no sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos (la Red)”

Una idea antes podía ser transcrita con tinta en un papel, ser un titular, o la cubierta de un manifiesto; hoy pasa a convertirse en software y a formar parte de un nuevo mecanismo en el que la colectividad es capaz de mejorarla, moverla y discutirla a una velocidad que hubiera sorprendido a Antonio Gramsci, pensador comunista cuyas ideas sobre la lucha entre élites parecen hoy, muchas décadas después de su muerte, tan actuales.

Erdogan, primer ministro turco, hacía referencia a esta preocupación: “Hay un problema que se llama Twitter. Allí se difunden mentiras absolutas”. Una declaración que resume el sentir de muchos políticos, intelectuales…y periodistas. Hace años el punto de mira, el enemigo, en situaciones similares hubieran sido los medios de comunicación, ahora son las redes sociales, lo digital, porque tienen parte del papel que anteriormente tuvo la prensa; la opinión pública gravita sobre ellos, como si fueran una corriente, un caudal. Y los medios, sin negar el papel que siguen desempeñando en ocasiones, ven como parte de su posición social ha menguado, está siendo también desplazada. Sus propios trabajadores se acaban de manifestar en Estambul contra el autoritarismo del gobierno y la autocensura de las cabeceras para las que escriben.

El usuario de Twitter @Paktin sentenciaba: “Los medios turcos demostraron que ninguno es suficientemente valiente para hacer las noticias de hoy. La historia se está escribiendo a través de los medios sociales”.

La prensa lleva años debatiendo cuál es su nuevo modelo de negocio, incluso algunos se atreven a plantear una imprescindible transformación de producto más allá de las obvias metamorfosis a las que obliga el multimedia. La compra del Washington Post por Jeff Bezos no hace sino agitar esta polémica. Pero… y si la cuestión básica fuera ¿qué papel reclama la sociedad para los medios cuando se enfada con ellos por estar ausentes de sus cambios, de su vida? Contestando a esta última pregunta seguro que se halla la respuesta a las anteriores.

Mario Tascón y Yolanda Quintana Serrano, Revoluciones en red, El País, 24/08/2013

Filosofar avui a Atenes.



Miles de filósofos se han reunido a principios de agosto en la capital griega con motivo del XXIII Congreso Mundial de Filosofía, cuya anterior edición, cinco años atrás, tuvo lugar en Seúl, una de las ciudades faro del sistema económico mundial. Retorno pues de la filosofía a una Atenas sumergida en la penuria y la desmoralización, lo cual no hace sino resaltar el mérito de los organizadores de la Universidad de Atenas, confrontados, como lo estamos nosotros, a la brutal ruptura que supone sustituir el ideario de la paideia,la educación fertilizadora de las facultades que hacen la riqueza esencial de los humanos, por el imperativo de la instrucción, compendio de reglas y técnicas que faciliten la inserción en un mundo cuyos valores son asumidos sin previa sumisión a criterio.

En el congreso de Atenas reaparecieron cuestiones que animaban ya a los clásicos, y alguna sesión tuvo lugar en el propio marco de la Academia platónica y del Liceo aristotélico. Cuestiones para cuyo abordaje se requiere una disposición de ánimo que busca menos respuestas definitivas que nuevas formas de interrogar, ahora sustentadas en disciplinas de las que la filosofía no es nunca disociable. Así la más rigurosa filología, la física cuántica o la genética, aportaban savia fresca a problemas que han obsesionado desde Aristóteles a Einstein, entre ellos el de la realidad objetiva del mundo, o la eterna cuestión del ser del hombre. La numerosa presencia de filósofos no europeos, permitía a veces el enfoque desde muy diversos horizontes culturales, dando así testimonio de que la exigencia filosófica constituye un auténtico universal antropológico. En una sesión especial, Jürgen Habermas se veía sobre todo obligado a responder a preguntas relativas a las desventuras europeas en relación a Grecia. Y es que, efectivamente, esta vez el lugar dónde se celebraba el congreso pesaba casi tanto como los contenidos del mismo.

La filosofía, tal como suele entenderse, nace en Grecia en base a una concepción antropológica que Aristóteles sintetiza desde el arranque mismo de su Metafísica: entre las facultades animales, aquellas que habilitan para la técnica, el arte y el razonamiento, constituyen el rasgo más claramente específico del animal humano, y en razón de ello “todos los humanos se hallan naturalmente inclinados al saber”. Corolario inmediato es que un orden social que no posibilite el despliegue de nuestra potencia de intelección y simbolización nos está mutilando en lo esencial.


Pero el propio Aristóteles sostenía asimismo que manifestaciones del espíritu como la filosofía, la tragedia o las matemáticas, precisamente por ser expresión mayor de que se ha superado la genérica necesidad animal para afrontar lo especificamente humano, brotan mayormente “en los lugares dónde algunos hombres empiezan a gozar de libertad”. De ahí que el objetivo filosófico-científico de “salvar los fenómenos”, de conferir a lo que la naturaleza muestra un soporte explicativo, fuera indisociable del proyecto de “salvar la ciudad”, salvar el marco de existencia cabalmente humana de la subordinación a intereses particulares, posibilitando así que todo ciudadano pudiera sentirse concernido por aquello que sólo la comunidad política posibilita, en primer lugar las actividades del espíritu, empezando por la representación trágica. De ahí asimismo que la reivindicación de la disposición filosófica pueda sonar a sarcasmo en la actual Grecia de la penuria educativa o sanitaria, el abismo del paro y el retorno de enfermedades que se creían abolidas. Pero precisamente tal situación, en Grecia como en España, hace imperativa la interrogación: ¿está el ser humano reducido a considerar que sobrevivir ya es mucho, oscilando entre un trabajo generalmente embrutecedor, el miedo a perderlo y el consuelo (o desconsuelo) por lo aleatorio de un resultado deportivo?

Cabe recordar que se ha filosofado en campos de concentración, como se ha hecho música y se han resuelto teoremas. Quiero con ello indicar que la tarea filosófica está siempre al alcance de la mano. Pues una cosa es la vana esperanza de que el pensamiento nos hará reyes pese a las cadenas, y otra muy diferente la tensión por mantener vivo el pensamiento, y en general las facultades que singularizan al humano, precisamente para que las cadenas sigan resultando insoportables. Ahí está el asunto: la filosofía es una guerra contra la estulticia, porque la estulticia hace soportable lo que es contrario a la dignidad humana. Por eso la actividad filosófica, teórica por excelencia, es ya en si misma una praxis.

La filosofía, que otorga unidad focal de significación a disciplinas que van de la matemática al canto trágico, ha sido designada como ciencia... buscada, tan intrínsecamente buscada como lo es la libertad, hasta el extremo que renunciar a la una equivale posiblemente a renunciar a la otra. Pues, como la filosofía, la libertad no se alcanza en lo instantáneo de “un pistoletazo”, sino en la continuidad de una permanente creación. De alguna manera la lucha por la libertad confiere ya libertad, como la lucha por alcanzar la intelección matemática hace ya al ser humano matemático, y en general la lucha por reducir la resistencia del símbolo, matemático o artístico, recrea la condición de ser simbólico, es decir de ser propiamente humano.

Víctor Gómez Pin, Salvar a la ciudad, El País, 24/08/2013

Pensar sobre el que tenin en comú.

Hay un tipo de gente que habla de sí misma porque constituye su tema favorito y otro tipo de gente que, cuando lo hace, se debe a que, como decía aquel, es el ejemplo que tiene más a mano. El primer grupo no ofrece mucho interés: el grueso de sus miembros está formado por sujetos (y sujetas) encantados de haberse conocido y, en idéntica medida, escasamente atractivos para nadie excepto para ellos mismos. Del segundo grupo probablemente quepa afirmar que no andan muy equivocados en su elección, puramente metodológico-instrumental en el fondo.


Casi con completa seguridad todos y cada uno de nosotros somos representativos de un sinfín de cosas. Porque todos somos síntoma, indicio o efecto de la realidad en la que vivimos en mucha mayor medida de lo que esta sociedad de nuestros pesares nos induce a pensar. En efecto, desde muy variados frentes se nos incita (se nos intenta persuadir, en realidad) para que cedamos a la tentación de creernos diferentes, únicos, excepcionales. De hecho, desde hace mucho tiempo parece que vivimos instalados en una colosal fiesta de la diferencia, en la que todos, con perfecta homogeneidad (y, por tanto, indiferencia), no hacemos otra cosa que reivindicar nuestra irrepetible especificidad como individuos, grupo, pueblo o lo que corresponda en cada momento y circunstancia. 

Sí, claro, algo tenemos cada uno de nosotros que hace que nuestros allegados nos reconozcan en medio de la multitud: una manera de andar, un gesto característico al acomodar la solapa de nuestras prendas de abrigo, una forma de sonreír a las personas amadas o una forma de fingir amabilidad con las que detestamos. También podemos ser reconocibles en otros planos por determinadas manías: en nuestros escritos por una forma de puntuar o por un uso deficiente del subjuntivo en vez del condicional, en nuestras intervenciones orales por una indisimulable querencia por el periodo largo o por una argumentación trufada de adversativas, y así hasta casi el infinito. Detalles menores, a poco que se piense, que en modo alguno alcanzan a poner en cuestión nuestras afirmaciones iniciales. 

Posiblemente por eso, porque no somos tan excelentes ni tan diferentes, sino más mediocres de lo que querríamos y, desde luego, bastante parecidos entre nosotros, es por lo que nos necesitamos tanto, por lo que, exceptuando los pobres soberbios (que bastante tienen con lo que tienen), el resto de los mortales nos pasamos la vida buscando en los demás aquello de lo que carecemos en todos los planos. En nuestros iguales encontramos el refuerzo para nuestra débil identidad (sobre todo en cuanto empezamos a tomar conciencia de la magnitud de su debilidad), al tiempo que el estímulo para la construcción de una diferencia tan propia y veraz como modesta, en vez de la vacua y ficticia que pretenden endosarnos por doquier, en vez del adolescente y bobo eres tan especial… que sólo persigue dejarnos a todos encantados con las cadenas de nuestra perfecta y seriada repetibilidad. 

Somos espejos los unos para los otros. Espejos levemente deformados, y ésa es su genuina especificidad (virtuosa o endemoniada, según se mire —… uno en el espejo, claro—). Hay espejos que estilizan nuestra figura, convirtiéndonos en más apuestos y delgados, mientras que otros pueden llegar a devolvernos una imagen absolutamente monstruosa. No otra cosa muy distinta nos ha señalado Judith Butler en alguna ocasión: los otros nos hacen, sí, pero también nos deshacen. Nos crean y nos destruyen. Nos proporcionan la mayor felicidad pero también la mayor tristeza y pesadumbre. 

Pero se trata de abordar el asunto de la amistad y la filosofía, lo que puede tomarse, por supuesto, en el sentido de que consideremos lo que la filosofía ha dicho acerca de la amistad (...), pero también en el sentido, tal vez algo más intrépido, de preguntarnos si cabe hablar de la amistad filosófica o de la amistad entre filósofos en tanto que filósofos (al margen de que pueda existir la amistad puramente personal). Porque ¿acaso es trasladable, de manera mecánica, lo que predicamos de la amistad en sentido amplio a la presunta amistad filosófica? No estoy seguro de que sea obvio. Uno puede sostener, pongamos por caso, que resulta casi impensable una vida en la que no se tengan amigos, que todos en ese sentido necesitamos de la amistad, de la compañía afectuosa de los otros. Pero, ¿no resulta una figura perfectamente imaginable la del filósofo solitario, siempre en sus cosas y solo con ellas? Imaginable lo resulta, desde luego, pero probablemente nos equivocaríamos si de ahí extrajéramos la conclusión de que el filósofo puede prescindir de la compañía de los amigos. En realidad, nunca deja de tenerla, incluso en los momentos de mayor aislamiento. Solo que en dichos momentos los amigos son, por así decirlo, amigos secretos. 

Porque el pensar es, de forma tan necesaria como aparentemente contradictoria, una actividad solitaria y compartida al mismo tiempo. María Zambrano decía aquello de que pensar es una característica manera de estar solo. La escritura muestra esta indisoluble doble dimensión de manera paradigmática. Pocas actividades hay más solitarias que la escritura, de la misma forma que no hay cosa más absurda que un texto no leído por nadie (tan absurdo como un gran avance del conocimiento del que nadie, excepto su descubridor, tuviera noticia). Si tuviera que formularlo apresuradamente, afirmaría que la amistad filosófica se produce con aquellos con quienes compartimos el pensamiento, la palabra. No es una gracia, un don, sino una profunda necesidad. No de los individuos que piensan, sino, si se me permite hablar así, del pensar mismo. 

El pensar nunca es de uno solo, sino de muchos, y el mejor pensar es el que consigue ser de todos (acaso sea ése el auténtico nombre de lo que nos empeñamos en denominar de forma abstrusa, en nuestra jerga especializada, universalidad). Tal condición colectiva habla a través de nosotros, se deja escuchar a través de nuestras necesidades. Y necesitamos el diálogo, necesitamos aprender y necesitamos compartir, esto es, hacerles saber a los demás aquello de lo que hemos tenido la primera noticia, y hacérselo saber es, de alguna manera, disfrutar juntos de lo que, en el fondo, siempre fue de todos, de lo que nunca dejó de ser de todos. Lo más importante, quizá, de lo que tenemos en común y de lo que apenas nadie habla. 

Manuel Cruz, Filosofia y anistad, Babelia. El País, 24/08/2013

dimecres, 21 d’agost de 2013

Lifehacking per poder fer la migdiada.

De todas las expresiones en boga que Silicon Valley ha ido dispensando al mundo, la de lifehacking siempre ha tenido la connotación más emancipadora. Acuñada en 2004 por Danny O’Brien, un periodista especializado en tecnología, el término se convirtió rápidamente en un elemento básico del habla técnológica. En 2011, el life hack—definido como “una estrategia o técnica adoptada para administrar el tiempo propio y las actividades diarias de un modo más eficiente”— incluso fue incorporado a Oxford Dictionaries Online, un primer paso hacia su reconocimiento mayoritario.


El pensamiento original que había tras el lifehacking era interesante. ¿Por qué no utilizar la tecnología para conseguir que las cosas se hicieran más eficazmente y tener así más tiempo para uno mismo? La semana laboral de 4 horas, el best-seller de 2007 de Timothy Ferriss, llevó esa lógica hasta el límite (“Olvídate de fichar, vive donde quieras y únete a los nuevos ricos”, prometía su subtítulo) y Ferriss se convirtió en el héroe de muchos cubículos de oficina de todo el mundo. “Bob”, el oficinista que, como se ha aireado internacionalmente a bombo y platillo, fue despedido hace poco de su bien remunerado trabajo por subcontratar a China muchas de sus tareas —lo que quería es dedicar más tiempo a sus vídeos favoritos sobre gatos—, sería un life hacker por excelencia.

En la práctica, por supuesto, las cosas son más complicadas. Mientras el lifehacking se convertía en una industria con sus propios blogs y guías de uso tan extensas como libros, una porción considerable del tiempo liberado se emplea ahora en establecer, mejorar o sustituir las herramientas que hacen posible el lifehacking. ¿Y acaso hay algo más contraproducente que utilizar la tecnología para liberar tu tiempo de manera que al disponer de él puedas aprender a hacer un trabajo mejor?

Dos nuevos libros ofrecen curiosas, si bien indirectas, perspectivas del lifehacking. Autopilot, de Andrew Smart, estudia algunas investigaciones recientes en el campo de la neurociencia (en particular el desconcertante descubrimiento de que, al parecer, mientras descansan, nuestros cerebros hacen algo que hasta ahora no se había detectado: un montón de trabajo) para sostener que dedicar tiempo a no hacer nada —literalmente permanecer quieto soñando despierto— es absolutamente necesario si queremos desarrollar plenamente nuestras facultades mentales y abordar perspectivas nuevas y originales.

Para innovar, argumenta Smart, tenemos que aprender a estar ociosos, en una época en la que la ociosidad es un pecado capital empresarial. Según la lógica de Smart, un modo de subvertir el capitalismo moderno es sencillamente estar tan ocupado como sea posible: tu creatividad se verá afectada, y serás poco más que un robot, solo que mucho menos productivo (lo que también es un modo seguro de que te despidan). “Los negocios destruyen la creatividad, el conocimiento de sí mismo, el bienestar emocional, tu capacidad de ser sociable”, sostiene, mientras opta por “ofrecer pretextos a prueba de balas en favor de la pereza”.

La celebración de la pereza de Smart podría parecer que ofrece un perfecto encaje con el movimiento del lifehacking, ya que ambos pretenden liberar algún tiempo de nuestros ya ajetreados días. En vez de ello, se queja de que ahora estamos conectados “desde las 24 a las 7 horas” y arremete contra el proto-lifehacker David Allen, el conocido autor de Organízate con eficacia (Urano), porque apenas formula, si es que lo hace, la pregunta obvia: ¿No será que necesitamos tantas aplicaciones para un mejor rendimiento sencillamente porque tenemos que hacer una cantidad excesiva de cosas, y no porque somos perezosos por naturaleza?

El lifehacking es demasiado utilitarista para la cruzada de Smart en pro de la pereza. Un buen lifehacker utiliza la tecnología para evitar los tiempos muertos y emplearlos en actividades de entretenimiento. A diferencia de él, Smart exige más tiempo muerto. “Organízate bien la vida” dice, pero de un modo que tenga menos que ver con el taylorismo y más con la contemplación budista. En lugar de “hacer más con más” tenemos que “hacer menos con menos”. Y si la ciencia de Smart es correcta, hacer menos podría ser en realidad la mejor manera de conseguir más.

Otro pensador interesado con el estilo de vida de “24 a 7” es Jonathan Crary, un eminente historiador de arte en la Universidad de Columbia, que acaba de publicar un libro titulado, precisamente, 24/7.

Crary considera el sueño como una de las pocas áreas que todavía se resisten a ser totalmente colonizadas por las ominosas fuerzas de esa quimera sin rostro, el neoliberalismo. “La gran parte de nuestras vidas que pasamos durmiendo, liberados de una montaña de necesidades artificiales, subsiste como uno de los agravios humanos a la voracidad del capitalismo contemporáneo”, escribe.

24/7 ofrece diversas anécdotas fascinantes y supuestos hechos, como que el Pentágono, siempre a la vanguardia de la innovación, está gastando millones en producir soldados que funcionen sin dormir. De todos modos, estamos muy cerca de eso: según Crary, hoy en día el adulto estadounidense medio duerme aproximadamente seis horas y media cada noche, en comparación con las ocho horas de hace una generación y las diez de hace un siglo. ¿Hay algo que no guste en el mensaje de Crary? ¡Si hasta puede uno subvertir el capitalismo moderno durmiendo más!

Curiosamente, Crary no dice nada sobre el lifehacking —una flagrante omisión, cuando precisamente uno de sus muchos apartados, el que trata del sleep hacking, se consagra a hacer una incursión por nuestro sueño—. Un objetivo común de muchos sleep hackers es el de dedicar menos tiempo a una fase conocida como “sueño ligero” desplazándolo a fases de alta calidad, tales como el “sueño profundo” o el “movimiento rápido de ojos” (o sueño REM).

Los sleep hackers se van a la cama con sensores conectados a muñecas y frente, y mantienen online unos detallados diarios sobre su sueño. Para desplazarse entre fases del sueño experimentan con diferentes dietas, con las temperaturas de la habitación y del cuerpo, y con ejercicio físico. Por ejemplo, también Tim Ferriss escribió El cuerpo de 4 horas, donde propone numerosos consejos para obtener sueño de alta calidad, desde tomar duchas más frías hasta comer huevos antes de irse a la cama.

Crary tiene razón al decir que “dentro del paradigma global neoliberal, dormir es para perdedores” pero parece no darse cuenta de hasta qué punto la cuantificación y el “auto-rastreo” al que nos sometemos, con frecuencia en su versión más agresiva y taylorista, han invadido ya nuestros dormitorios. Ese espacio ya no es tan prístino. Al investigar para la redacción de este artículo me topé con una entrada en un blog —que resultó ser característica— de un entusiasta practicante del sleep hacking. Presenta tantos gráficos y puntos porcentuales como un Power Point de McKinsey.

Al principio, el sleep hacking suena maravillosamente: ¿Por qué no hacer uso de sofisticados sensores para dormir mejor? Después de todo, no rechazamos el confort del último modelo en colchones. El problema, como indica el título del libro de Tim Ferriss El cuerpo de 4 horas, es que una vez que aceptas el argumento de que “el sueño de calidad no tiene que ver con la cantidad”, es tentador utilizar ese conocimiento para recortar el sueño por completo. Y dado que las herramientas y las técnicas del sleep hacking son baratas y universalmente accesibles, ¿cómo explicarte, a ti mismo o a tu jefe, tu irresponsable insistencia en dormir más tiempo en vez de dormir “mejor”? ¿Por qué dedicar seis horas a un sueño “mediocre” si puedes obtener iguales resultados de un “buen” sueño de tres horas?

¿Ha llegado, quizá, el momento de la revolución del lifehacking? Lo que queremos, por parafrasear a Marx, es “lifehack por la mañana, para poder echarse una siesta por la tarde y criticar después de cenar”. Lo que ahora mismo tenemos —“lifehack por la mañana, para saltarse las siestas de la tarde y trabajar después de cenar”— es un mal negocio. “Ponte a trabajar… o vete a la cama”: Ese puede ser ahora un adecuado eslogan para un movimiento revolucionario contemporáneo.

Evgeny Morozov, Ser eficientes también en el sueño, El País, 18/08/2013

Apofènia.

Spinoza decía que no existe orden en el universo, sino que es nuestra mente la que lo ordena. El llevar esta necesidad primate de encontrar pautas más allá de lo razonable es lo que se denomina apofenia. Una de sus manifestaciones es la numerología, que ha aparecido en muchas civilizaciones a lo largo de la historia, no porque encierre algo de verdad, sino porque los humanos seguimos siendo humanos. Hablábamos en un artículo anterior de que inteligencia no implica racionalidad, y la tentación apofénica es demasiado bella*, sobre todo para los matemáticos de formación y corazón como Arnold Sommerfeld, como para no caer fácilmente en sus redes. Es la tentación en la que cayó Kepler. Y nada podía ser más tentador que la existencia de relaciones de números enteros en la cuántica y en la interpretación de las líneas espectrales…

 Atombau

A finales de 1919 Arnold Sommerfeld publicaba Atombau und Spaectrallinien que rápidamente se convertiría en la “biblia” de los científicos y estudiantes que trabajaban en las teorías atómica y cuántica.

En las primeras semanas de 1920 Sommerfeld empezó a recibir cartas elogiosas con el libro. Tanto teóricos como experimentalistas parecían encantados con el texto y su utilidad. David Hilbert le contaba que había leído el “magistral” libro “con una alegría creciente día a día” o Pieter Zeeman afirmaba que se leía como “una novela apasionante”. Aunque también recibió alguna crítica menor, como la de Max Born (que señalaba cierto ombliguismo muniqués en detrimento de las aportaciones de Gotinga o Copenhague), las críticas abrumadoramente fueron positivas. Con ellas, sin embargo, llegaron algunas solicitudes; algunas que cabía esperar (conferencias, artículos técnicos, participaciones en cursos y seminarios, visitas), pero otras completamente inesperadas y sorprendentes para el autor. Veamos cuáles y por qué.

Como para tantos otros teóricos, la estética era esencial para el trabajo de Sommerfeld en la teoría cuántica de las líneas espectrales. El mismo hombre que hablaría de una aproximación anti-filosófica a la cuántica, una aproximación de “detalles prácticos”, en la misma época no pudo evitar el lirismo de hablar de la armonía de los “misterios numéricos” que el estudio de las líneas espectrales permitían vislumbrar. En este sentido el prefacio del Atombau haría sonrojar a cualquier científico, digamos, serio:
Lo que hoy oímos del lenguaje de los espectros es una verdadera “música de las esferas” en el átomo, acordes de relaciones integrales, un orden y una armonía que se hace cada vez más perfecta a pesar de la múltiple variedad. La teoría de las líneas espectrales llevará el nombre de Bohr siempre. Pero también otro nombre se asociará siempre con ella, el de Planck. Todas las leyes integrales de las líneas espectrales surgen originalmente de la teoría cuántica. Es el órganon misterioso con el que la naturaleza toca su música de los espectros, y con cuyo ritmo regula la estructura de los átomos y núcleos. 
Sommerfeld reaccionó con una furia evidente cuando el Süddeutsche Monatshefte le contactó, probablemente tras leer cosas como la anterior o artículos como “Un misterio numérico en la teoría del efecto Zeeman” publicado por Sommerfeld en Die Naturwisenschaften en 1920, solicitándole un artículo sobre astrología (no, no me he confundido con astronomía). Escribió precisamente en el Süddeutsche Monatshefte:
¿No nos choca como un anacronismo monstruoso que en el siglo XX un periódico respetado se vea impelido a solicitar un artículo sobre astrología?¿Qué amplios círculos del público educado y medio-educado estén más atraídos por la astrología que por la astronomía?¿Que en Múnich haya probablemente más gente viviendo de la astrología que activos en astronomía?
Sommerfeld aseguró tras aquello que “se enfrentaría decididamente contra la creciente marea de irracionalismo que amenaza con barrer los restos de una cultura europea que razone”. Quizás no demasiado curiosamente, casi cien años después estábamos donde estábamos. ¿Será porque seguimos siendo humanos?

*Si bien Spinoza diría, y nosotros coincidimos con su apreciación, que no existe la belleza objetivamente: algo es “bello” porque me gusta y no al revés.

César Tomé López, Los comienzos de la apofenia cuántica, Cuaderno de cultura científica, (kzk), 20/08/2013