dimarts, 31 de març de 2015

Contra la fada padrina que portem dintre.


Empecemos con un cuento. El de La Cenicienta. Pero no nos fijaremos ni en el zapato de cristal, ni en la calabaza que se convierte en carruaje, ni en el príncipe azul. Vamos a poner nuestra atención en la cantidad de tareas que debe hacer Cenicienta antes de ir al baile. Fregar, limpiar, planchar, ordenar, cocinar y volver a fregar, limpiar, ordenar… Lógicamente, cuando llega la hora de ir al baile, que es lo que realmente le hace ilusión y lo que de verdad cambiará su vida, está tan cansada que necesita la mágica ayuda del Hada Madrina para conseguirlo. Sin ella, Cenicienta se hubiera quedado en casa, cansada y pensando con ansiedad en todo lo que aún le queda por hacer y en todo aquello para lo que no tendrá tiempo.

Pues bien, nosotros no somos muy diferentes a ella. Antes de poder asistir a nuestros bailes, es decir, a aquello que realmente nos hace ilusión, nos motiva y quién sabe si también puede cambiar nuestras vidas, nos vemos inmersos en un sinfín de quehaceres: la casa perfectamente ordenada, la lavadora tendida, el niño apuntado a cuatro actividades extraescolares; hay que ser, por supuesto, tremendamente productivos en nuestros trabajos, excelentes e imaginativos amantes con una vida social rica, activa y variada… y tener actualizado Facebook. ¡Ah!, y sería bueno comer cinco piezas de fruta al día y correr diez kilómetros y no tener ojeras y… Hacer, hacer y hacer. Al final de nuestro cuento, lo que sucede es que el baile siempre queda relegado a mañana, a “cuando acabe esto…”. Y así pasan los días.

Como mínimo, Cenicienta tiene una excusa, o dos. Las malvadas hermanastras la obligan y la maltratan. Una fuerza externa la presiona, somete y explota. Pero hoy las hermanastras somos nosotros mismos. Byung-Chul Han, en su célebre libro La sociedad del cansancio, nos advierte de que vivimos en una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones y laboratorios genéticos. Es decir, en la sociedad del rendimiento, del multitasking(multitarea). Y una de las características de esta sociedad es que el individuo se autoexplota con la coartada de la obligación. Tenemos a las hermanastras dentro, diciéndonos todo aquello que debemos hacer en una continua y excéntrica carrera en espiral. Porque hoy el único pecado es no hacer nada. Hasta los momentos de ocio o los periodos de vacaciones se han convertido en una conjunción inagotable de tareas que nos dejan más cansados que cuando empezamos.

Además, como señala el filósofo surcoreano, al no haber un explotador externo al que podamos enfrentarnos y oponernos con un rotundo ¡no!, la lucha resulta más complicada. Sin embargo, también es verdad que basta con querer para vencer a las dos hermanastras que nos tiranizan y desatar la magia del Hada Madrina que llevamos dentro.

Admitamos pues que nos rodea el afán de productividad, que quien más quien menos se deja seducir por esas insoportables apps que nos alertan de todo aquello que nos queda por hacer. O por las libretas preparadas para que podamos hacer listas que cumplir. O por libros que nos explican cómo hacerlo todo, cómo llegar a todas partes y que el tiempo nos cunda más. Pero llega el momento de abandonar esa locura, porque en el fondo, y paradójicamente, no hay nada menos productivo que el afán de productividad. Byung-Chul Han asegura que el multitasking nos conduce a un estado de atención superficial y debemos tener en cuenta que los logros de la humanidad se deben a una atención profunda y contemplativa. 

Gabriel García de Oro, La vida es más que una lista de tareas, El País semanal, 27/03/2015

Què és la Teoria de jocs.



La teoría de juegos se origina en la aplicación de modelos matemáticos al comportamiento de un determinado número de actores y combina de esta manera el estudio del comportamiento humano con los cálculos matemáticos. Puede ser definida como un enfoque interdisciplinario cuyo propósito es el estudio el comportamiento de los seres humanos y de las diversas interacciones sociales que estos efectúan; estudia las posibles combinaciones y resultados que se pueden dar en cualquier juego siempre y cuando sus protagonistas actúen en forma racional.

Se le denomina teoría de juegos porque en tales interacciones, como en los juegos, la decisión individual es esencialmente estratégica y el resultado de la interacción depende de las estrategias escogidas por cada uno de los participantes; un aspecto que es importante mencionar es que se enfatiza en el uso de la racionalidad por parte de los actores cuando éstos toman decisiones. Aunque, precisamente esta noción de racionalidad, ha configurado una de las críticas hechas a la teoría de juegos, ya que se concibe a los individuos como seres híper-racionales que toman decisiones siguiendo un patrón matemático preestablecido.

La teoría de juegos es también conocida como “teoría de las decisiones interactivas” y se vincula con la toma de decisiones en situaciones de conflicto sobre la base de la construcción de una matriz formal que permite comprender el conflicto y sus posibles soluciones, esa matriz de pagos o premios se detallará con mayor detenimiento más adelante.

Dentro de los mayores representantes de la teoría de juegos se encuentra el matemático húngaro John Von Neumann y el economista y matemático austriaco Oskar Morgenstern, quienes en 1944 publicaron el libro: Theory of games and economic behaviour (Teoría de juegos y comportamiento económico). Estos autores investigaron el planteamiento estratégico no cooperativo de la teoría de juegos, el cual consiste en un juego de dos jugadores en donde ambos presentan intereses opuestos y en los cuales se requiere especificar muy detalladamente lo que los jugadores pueden y no pueden hacer durante el juego, y después buscar para cada jugador una estrategia óptima. En este contexto a los juegos se les llama competitivos o de suma cero, debido a que la ganancia de uno implica la pérdida del otro.
Fuente: blog.netsharkes.com
Es importante tomar en cuenta que los elementos de todo juego son:
  • Agentes: individuos, empresas, grupo de personas, países, etc.
  • Estrategias: son los planes de acción como las decisiones previstas con respecto al futuro.
  • Estrategia dominante: da el mejor resultado independientemente de lo que haga el adversario.
  • Estrategia dominada: da el peor resultado independientemente de lo que haga el adversario.

En un juego, cada jugador debe adoptar una acción o una estrategia; cuando los jugadores hayan escogido sus estrategias cada uno obtiene victorias dependiendo de las estrategias que escogió y aquellas escogidas por el otro o los otros.

  • Tipos de juego:
  • Según el número de jugadores:
  • Unipersonales
  • Bipersonales
  • De “n” número de jugadores
  • Según la información con la que se cuenta:
  • De información perfecta: en donde los jugadores conocen los movimientos que han efectuado previamente los demás jugadores. Ejemplo: el ajedrez.
  • De información imperfecta: el póker, en donde los jugadores desconocen las cartas que poseen los otros jugadores.
Otras clasificaciones:
  • Juegos de suma cero: lo que un jugador gana es lo que el otro pierde.
  • Juegos de suma no cero: la ganancia de un jugador no necesariamente implica la pérdida del otro, por ejemplo, el conocido “Dilema del prisionero”.
  • Juegos cooperativos: los jugadores pueden comunicarse y hacer arreglos negociados de antemano, por ejemplo, un vendedor de automóviles y un cliente (ambos son parte de un juego cooperativo); y en política pueden mencionarse las alianzas entre los partidos políticos con el fin de obtener mayor cantidad de votos. En estos juegos las estrategias se escogen en forma conjunta y no individual.
  • Juegos no cooperativos: los jugadores no llegan a acuerdos previos.

Dilema del prisionero:

Este es un modelo de conflictos estudiado por la teoría de juegos. Según las clasificaciones mencionadas con antelación, se puede decir que el dilema del prisionero es un juego bipersonal, de información imperfecta, de suma no cero y no cooperativo lo cual se refleja en la siguiente descripción:

Dos individuos son acusados de robo y encerrados en celdas de aislamiento de manera que no pueden comunicarse entre sí. El dilema consiste en las siguientes alternativas: a) si ambos confiesan los dos serán sentenciados a cinco años de cárcel; b) si uno de ellos confiesa éste quedará libre mientras que el que ha permanecido en silencio es sancionado con 10 años de prisión; c) si ambos permanecen en silencio sólo pueden ser sancionados por portación de armas y reciben una pena de un año de prisión. El prisionero “A” no sabe cuál será el comportamiento de “B”. Obviamente la mejor alternativa desde el punto de vista de cada uno, por ejemplo de “A” puede ser culpa a “B” para que si éste permanece callado será condenado a 10 años de prisión, mientras “A” queda en libertad; pero “B” podría optar por esa misma estrategia, entonces ambos obtendrían 5 años de prisión cada uno por acusarse mutuamente. Sin embargo, la mejor alternativa sería si los dos prisioneros guardan silencio y no se culpan, puesto que la pena para ambos sería menor (1 año de prisión)[1].

Fuente: BBC
Las alternativas para cada prisionero pueden representarse en forma de “matriz de pagos” la cual es una tabla en donde se muestran las posibles estrategias que los jugadores elegirán. Además, en este dilema, se puede encontrar un equilibrio conocido como el “equilibrio de Nash” el cual se ubica en el punto en que ambos prisioneros se traicionan ya que aquél es definido como un modo de obtener una estrategia óptima para juegos que involucren a dos o más jugadores; si hay un conjunto de estrategias tal que ningún jugador se beneficia cambiando su estrategia mientras los otros no cambien la suya, entonces ese conjunto de estrategias constituye un equilibrio de Nash. En el dilema del prisionero ese equilibrio se encuentra en la condena de 5 años de prisión para cada uno, debido a que ya no pueden cambiar la jugada al condenarse mutuamente; en cambio si los dos guardan lealtad uno de ellos todavía puede traicionar.

Aplicaciones de la teoría de juegos

La teoría de juegos tiene una importante interrelación con la economía, la sociología, la ciencia política, las relaciones internacionales, la historia, la psicología.

TEORIA DE JUEGOS

· Economía oligopolios
· Sociología maras (pandillas juveniles dedicadas a delinquir)
· Ciencia Política partidos políticos 
· Relaciones Internacionales guerras y negociaciones 
· Historia lucha de clases
· Psicología juegos infantiles (conflicto y cooperación)

A la teoría de juegos se le suele relacionar estrechamente con la teoría del conflicto sobre todo en su aplicación en relaciones internacionales porque ha sido aplicada al estudio de los conflictos y la forma más adecuada de resolverlos, es decir, a través del diálogo y la negociación sin usar la violencia.

En el campo publicitario también se ha convertido en una forma sistemática de pensar acerca de las estrategias; ya que las estrategias publicitarias utilizadas correctamente pueden constituirse en una de las mejores armas para mantenerse en el mercado y se convierten en el medio más idóneo para darse a conocer y obtener óptimos resultados.


Susan Ileana Gómez Guerra, Introducción a la Teoría de juegos, Ssociólogos, 30/03/2015

Bibliografía consultada:
Binmore, K. (1994). Teoría de Juegos. McGraw Hill.
Instituto de Relaciones Internacionales e Investigaciones para la paz. (1992). Teoría de las Relaciones Internacionales. La investigación sobre el conflicto y la paz. Guatemala. 153 – 157.
Torres Rivas, E. (compilador). Política: teoría y métodos. Editorial Universitaria Centroamericana – EDUCA. 305 – 345.
www.libros.universia.es/…TEORIA-DE-JUEGOS-Binmore-Ken/…/60423
www.scielo.org.ve/scielo.php?pid=S1315…sci..: Revista de Ciencias Sociales Teoría de los juegos.

[1] Es importante considerar que la narración de este dilema puede variar no en esencia, sino en cuanto a los años de cárcel.

La història d'Hipàtia segons Carl Sagan.

L'aconfessionalitat d'Espanya.

El Roto
"Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones [Artículo 16.3. Constitución Española]".

España es un país muy curioso. Lleno de contradicciones y desigualdades. Una escandalosa tasa de paro pero uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Grandes ciudades y pequeñas aldeas a punto de desaparecer. Tiene islas y montañas, valles y extensas llanuras. Lo que sí parece un consenso compartido por todos es lo que dice nuestra Constitución en torno a nuestro credo: España es un país aconfesional.

Sin embargo para ser un país aconfesional, el Consejo de Ministros de la decimotercera economía mundial se reunió el pasado viernes 27 (Viernes de Dolores) para conceder 11 indultos a reos comunes a petición de 11 cofradías de Semana Santa para "mantener la tradición".

Para ser un país aconfesional y tener la duodécima esperanza de vida, se mantienen capillas católicas en todos los hospitales públicos incluso en aquellos de nueva construcción nombrados como los bebes con sangre real. Para ser un país aconfesional y ser el tercero en número de monumentos Patrimonio de la Humanidad, dejamos que la Iglesia Católica se apropie de uno de ellos, cambie su nombre, la Mezquita de Córdoba, y lo registre para su uso comercial.

Para ser un estado aconfesional, la educación concertada, en su mayoría confesional, supone el 25% del total de centros del sistema de educación no universitaria y ya alcanza los 2.000.000 de alumnos. En la Comunidad de Madrid la concertada es mayoritaria, pero no sólo por la decisión de los padres sino por las ingentes ayudas del gobierno regional en la construcción de nuevas escuelas concertadas. Un ejemplo sencillo: en el Ensanche de Vallecas, en el sureste de Madrid, construido casi en su totalidad en el siglo XXI, se inauguraron cinco centros de Educación Primaria. Tres son concertados católicos y dos son públicos. Si a los padres no les queda plaza en la pública, dos opciones tienen: llevarlos a la concertada en su mismo barrio o a la pública en el quinto pino.

Para ser un país aconfesional, la Agencia Tributaria ejerce de recaudador de impuestos para uno de los credos y que en 2014 ascendió a 249 millones vía casilla del IRPF. El resto de credos no pide su casilla no siendo que lo que les corresponda sea inferior a la subvención final por otras vías. Con todo, somos cada vez más los católicos que nos negamos a que se destine el 0,7% de nuestros impuestos directamente a la Iglesia Católica y que esta pueda discrecionalmentecontratar este otoño para su radio a Carlos Herrera por 8 millones de euros al año. Según la Agencia Tributaria, en 2013, sólo el 34% de los contribuyentes (6,7 de 19,4 millones) marcaron la casilla de financiación de la Iglesia Católica. Teniendo en cuenta que según el CIS en 2011, el 73% de los españoles se autodefinía como católico, algo falla a la hora de pasar el cepillo. Lo cierto es que sólo el 10% de los españoles vamos a misa los domingos y esta cifra va en descenso. La mayoría no son ni de misa ni de Cristo, sino de Messi y de Cristiano. Según el CIS, el 52,5% de los españoles fue a ver un partido de fútbol al estadio el año pasado, a misa sólo fue una vez el 28,1% incluyendo bodas, bautizos y comuniones. El año pasado escribía en eldiario.es que España ha dejado de ser católica practicante. Quizá debía haberme referido no tanto a España sino a los españoles. Lo que sí podemos afirmar que España es un Estado aconfesional, pero lo disimula muy bien. Imaginad qué pasaría si lo fuésemos.

Julio Embid, Para ser un país aconfesional, el diario.es, 30/03/2015

Viu el foc de la mort de la terra ...



"Vive el fuego la muerte de la tierra; también el aire vive la muerte del fuego; el agua vive la muerte del aire, la tierra la del agua". Una persona con la que he tenido ocasión de hablar de estos asuntos metafísicos me hace llegar este fragmento de Heráclito ( en versión de Agustín García Calvo) pensador del que ha venido el último tiempo ocupándose. Fragmento al que se añade este otro más difícil quizás de interpretar: "Vueltas de fuego, lo primero mar, y de mar a su vez, la una mitad tierra y la otra mitad tormenta"

Vuelvo a la tesis dialéctica según la cual la identidad sólo es posible al precio de la diferencia, la cual a su vez supondría oposición y finalmente contradicción. Señalaba que esta concepción alcanza su cenit en la Ciencia de la Lógica de Hegel: la contradicción, verdad de toda diferencia, sería como el aceite del motor del mundo, motor identificado por Hegel a lo que el llama razón. Aplico en esta nota la idea general a la determinación misma de las especies.

El hombre es un animal bípedo, mientras que el caballo no lo es. En el seno de la animalidad las diferentes especies se distinguen precisamente por lo que Aristóteles llamaba "diferencias específicas", las cuales en la clasificación contemporánea se expresan en términos de diferencias genéticas sin que conceptualmente el asunto cambie gran cosa: el hombre tiene tal determinada mutación en el gen Fox P2, mientras que el bonobo o el macaco tienen una mutación diferente en ese mismo gen.

Ahora bien: nadie ha visto jamás el animal, lo que vemos es el animal en tal o tal especie, es decir nadie ha visto el animal sin diferencia específica. En consecuencia las polaridades del tipo mutación x versus mutación y que distinguen al hombre del bonobo (o las análogas para otros ejemplos) son inherentes a la idea misma de animalidad. Mas entonces la conversión de la diferencia en oposición y de esta última en contradicción afecta a la animalidad misma. 

El género animal engloba las especies, es como el todo de las partes que serían las mismas. Mas si animal se percibiera como agotándose en el conjunto de polos de oposiciones que constituyen bípedo ycuadrúpedo, vertebrado e invertebrado etcétera; si recíprocamente, estos polos de oposiciones no fueran disociados de la animalidad (u otro concepto genérico) en la que se suprimen sus diferencias y así se pierden...; si así fuera, la escisión que para la unidad del género, supone concretizarse en especies aparecería como verdad única del género mismo: esa animalidad en la que el bonobo y el hombre coinciden, llevaría ya dentro una quiebra.

Víctor Gómez Pin, Asuntos metafísicos 91, El Boomeran(g), 31/03/2015

Les forces del mercat i la força del destí.

by Maravillas Delgado
La desigualdad económica es posiblemente el fenómeno más perturbador al que se enfrentan en este inicio del siglo XXI los sistemas políticos democráticos de nuestros países, así como también el propio sistema de economía de mercado, el capitalismo.

La razón es que la desigualdad es un poderoso disolvente del pegamento que una sociedad pluralista y una economía de mercado necesitan para poder funcionar de forma eficaz. La materia de ese pegamento invisible es la confianza social. Esa confianza es la que facilita la cooperación tanto en el seno de la sociedad como en el de las empresas. En la medida en que disminuye la confianza, la desigualdad impide la cooperación y la existencia de un proyecto de futuro compartido.

En este sentido, quienes se deberían preocupar más por la desigualdad son los partidarios de la libre empresa. Tienen que recordar que el núcleo moral que legitima el sistema de economía de mercado no es la rentabilidad ni la eficiencia, sino las oportunidades de progreso social que es capaz de ofrecer, especialmente a aquellos que más las necesitan.

Para aquellos para los que este argumento moral no sea suficiente, hay que recordar que la desigualdad también perturba el crecimiento económico. La investigación académica y de instituciones como el FMI o la OCDE de los últimos años es concluyente: la desigualdad daña el crecimiento y hace al capitalismo más volátil, más maniaco depresivo de lo que ya lo es por naturaleza.

Sin embargo, la desigualdad no está en la agenda política de los Gobiernos. Este es un hecho sorprendente y hasta intrigante.

¿Cómo explicar este desinterés del sistema político tradicional por la desigualdad?

Existen dos posibles explicaciones, no excluyentes entre sí.

La primera es que, conscientes o no, las políticas de los Gobiernos están respondiendo más a las preferencias de los muy ricos que a las del resto de la sociedad. A medida que la desigualdad ha ido aumentando a lo largo de las tres últimas décadas, la capacidad de influencia política de los muy ricos ha ido aumentando. Un ejemplo paradigmático es la agenda fiscal mínima que, desde EE UU, se ha ido imponiendo en todos los países desarrollados. Pero hay otros muchos ejemplos.

Es un hecho que los ricos son más influyentes a la hora de introducir sus intereses y preferencias en la agenda política. Lo que no está claro es cómo lo consiguen. La vía parece ser la desigualdad en la representación política. De la misma forma que los economistas calculan el índice de Gini para medir la desigualdad económica, algunos politólogos han buscado calcular un índice de Gini de la desigualdad de representación política. Los resultados son muy ilustrativos. Cuanto menos representativas son las cámaras altas de un país, mayor es la desigualdad.

La segunda explicación es que los Gobiernos han aceptado sin más la idea de que la desigualdad es una consecuencia inevitable del juego de las fuerzas del mercado frente a la que no se puede luchar. Esta creencia está muy extendida, especialmente entre los economistas y las élites. Por un lado, las nuevas tecnologías y la robótica inteligente producirían una inevitable desigualdad de ingresos entre los más y menos capacitados en el dominio de estas tecnologías. Por otro, la globalización, en la medida en que pone a competir a los trabajadores de distintos países, reduciría de forma inevitable los ingresos de los trabajadores de países con salarios altos. Las fuerzas del mercado actuando como la fuerza del destino en la tragedia griega clásica.

Este fatalismo de la desigualdad inevitable no tiene fundamento. Los Gobiernos pueden influir en las pautas que siguen el progreso técnico y la globalización. Esas fuerzas ya operaron en el pasado y, con la ayuda de políticas e instituciones sociales y regulatorias adecuadas, fueron fuentes de progreso social y de aumento de oportunidades para todos. Las fuerzas del mercado se comportan como un caballo de carreras, que dejado a su libre albedrío puede ir hacia cualquier lugar, pero embridado puede llevarnos a la meta que deseemos.

Las causas fundamentales del crecimiento de la desigualdad no están en las fuerzas del mercado, sino en los cambios políticos que tuvieron lugar a partir de finales de los años setenta. Esos cambios no eran inevitables. Y son reversibles.

De hecho, la fotografía de la evolución de la desigualdad en los países desarrollados ofrece caras muy diferentes. Allí donde las políticas operaron en la dirección adecuada, esas fuerzas del mercado no han producido mayor desigualdad. Al contrario, se ha logrado reducirla. Por desgracia, ese no es el caso de España, que se ha puesto a la cabeza de la desigualdad en la UE.

No hay ningún fatalismo en las fuerzas del mercado. El crecimiento de la desigualdad no es una tendencia inevitable.

Pero que no sea inevitable no significa que vaya a ser fácil revertirla. Se necesitarán políticas y acciones de muy diferente tipo. Probablemente lo más importante es lograr que las preferencias del conjunto de la sociedad pesen más que las de los muy ricos en las prioridades de las políticas públicas. Para ello, la representación política en nuestras instituciones tiene que reflejar mejor las preferencias de las clases medias y trabajadoras.

Tengo para mí que ese es el sentido de la fuerte demanda de cambio político que hay en España. Por eso, la próxima legislatura debería ser profundamente reformista. 

Antón Costas, El fatalismo de la desigualdad inevitable, El País, 29/03/2015

El nou ordre amorós (Eva Illouz).

Eva Illouz

A Eva Illouz (Fez, 1961) la llaman a menudo “socióloga de los sentimientos”. Profesora franco-israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que además dirige la prestigiosa Academia de Arte de Bezalel, Illouz lleva dos décadas investigando los efectos del modelo capitalista en nuestra forma de sentir y de amar, a menudo utilizando la cultura pop como objeto de estudio. Igual que el filósofo alemán Theodor Adorno trabajó sobre Beckett y Antonioni, Illouz aplica la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort a programas televisivos, comedias románticas y libros de desarrollo personal. Su último ensayo se titula Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico (Clave Intelectual / Katz). En él analiza el éxito de la trilogía erótica de E. L. James, hasta descubrir que es cualquier cosa menos un subproducto anodino. En ella, encontramos condensadas las relaciones de género actuales, el progreso feminista y las consecuencias del capitalismo en el plano sentimental.


Pregunta. ¿Qué información nos da esta trilogía erótica sobre nuestra época?

Respuesta. Primero, que la sexualidad se ha vuelto un asunto ineludible en la sociedad actual. En la novela, como sucede en la vida real, el sexo precede al amor. En la era premoderna existía una secuencialidad inalterable, donde el sexo llegaba al final de todo, coronando el proceso después del matrimonio. Significativamente, Christian y Anastasia actúan de la manera contraria: primero se acuestan y luego aprenden a amarse. En segundo lugar, es interesante analizar qué rol tiene el movimiento feminista en su relación. En el plano de la relación sexual, el feminismo parece obsoleto, puesto que ella es la dominada. En cambio, fuera de la cama, su relación es igualitaria. Anastasia se resiste a ser sometida y comunica sus deseos en voz alta, llevando razón e imponiéndose en la mayoría de las peleas.

P. La trilogía presenta al masoquismo como algo escandaloso y subversivo. ¿No se trata, en realidad, de lo más reaccionario de su relación, siendo el lugar donde los roles de género se ajustan a lo que dicta la tradición?

R. Sí y no. Lo que dice es cierto, pero olvida que no se trata de una dominación real. Es más bien una performance, una puesta en escena, una especie de ficción. Anastasia decide vivir esta relación poco convencional por voluntad propia. Hacerlo no le impide seguir adelante con su aprendizaje de lo que son la independencia y la individualidad. En ese sentido, no es una criatura prefeminista o antifeminista. No es como la protagonista de Historia de O, porque nunca renuncia a su soberanía.

P. ¿Qué simboliza entonces el sadomasoquismo en el libro? ¿Es solo una forma de atenuar por un momento la inquietud provocada por la emancipación de la protagonista?

R. Exacto. Es una dominación de ficción, pero enmarcada en la fuerte nostalgia que experimentamos hoy respecto a unos roles de género más binarios y bien definidos, en el marco de una relación más clara, organizada y regulada. La incertidumbre del presente perjudica la implicación y la intensidad emocional de cada individuo. Pasamos mucho tiempo preocupándonos por cómo debemos actuar respecto a lo que se espera de nosotros. Nos preguntamos sin cesar cuál es la regla de género y si deseamos o no ajustarnos a ella. Esto es fuente de un tipo de ansiedad que antes no existía.

P. Si comparamos esta trilogía con otros productos de éxito en las pasadas décadas, como El diario de Bridget Jones o Sexo en Nueva York, ¿qué evolución se ha producido?

R. Tienen parecidos superficiales, aunque sean fundamentalmente distintos. Los fenómenos que cita se interrogaban sobre la dificultad de establecer relaciones heterosexuales en tiempos marcados por una gran abundancia sexual, pero también por una enorme escasez y sequía emocional. En otras palabras, ¿por qué cuesta tanto encontrar un hombre cuando el sexo se ha vuelto tan asequible? El primer volumen de Cincuenta sombras de Grey comparte esa misma reflexión –es el clásico “él quiere sexo, ella quiere algo más”–, pero termina emprendiendo un camino distinto, abriéndose a una reflexión sobre la igualdad.

P. Usted sostiene que el capitalismo ha provocado una “asimetría en el modelo sentimental y sexual” entre hombres y mujeres. ¿A qué se refiere?

R. Hasta el advenimiento del capitalismo, la familia era igual de importante para ellas que para ellos: constituía un instrumento de supervivencia social y económico para ambos. El hombre solía ejercer su dominación en el espacio doméstico, por lo que cortejar y casarse con una mujer resultaba esencial en la construcción de la identidad masculina. Cuando los hombres accedieron al ámbito laboral capitalista, la familia se convirtió en una simple opción dentro del menú de la masculinidad. En una opción importante, pero no única ni obligatoria. La identidad masculina se configuró a partir de entonces en el espacio laboral: los hombres ya no querían dominar solo a mujeres, hijos y personal doméstico, sino a otros hombres de idéntico estatus. Las mujeres, en cambio, han seguido siendo dependientes de la familia y de la definición social de la feminidad, que casi siempre pasa por la maternidad.

P. De hecho, la tasa de fertilidad ha bajado, pero no el deseo de maternidad. Según datos de 2013, solo un 5% de los adultos estadounidenses no desean tener hijos, un punto más que en 1990. En Francia son solo el 4% de las mujeres.

R. Eso confirma que la norma de la maternidad sigue siendo muy robusta. De ese fenómeno surgen nuevas neurosis y angustias. Los bebés se siguen teniendo mayoritariamente en el seno de familias heterosexuales, con hombres ejerciendo de padres. La mujeres viven con la ansiedad de no encontrar un compañero, de no ser escogidas para la procreación. En cambio, los hombres tienen más tiempo, biológica y culturalmente. Ahí se encuentra la asimetría.

P. Anthony Giddens sostiene que el amor romántico se convirtió, a partir de los siglos XVIII y XIX, en un agente de emancipación, ya que permitió que la mujer se transformara en un sujeto más autónomo gracias a la expresión de sus sentimientos. ¿Está de acuerdo?

R. Giddens confunde, a mi entender, el ideal amoroso y su institucionalización en la estructura familiar. Es cierto que el proceso de individualización de hombres y mujeres les hizo volverse más conscientes de su interioridad emocional, sin la interferencia de agentes externos. Pero eso no equivale a la génesis de un lenguaje político de emancipación. No hay que olvidar que el amor también fue un instrumento de dominación masculina, un espacio donde las mujeres no escapaban a la dependencia y al sentimiento de inferioridad. Fíjese en Madame Bovary y descubrirá la tragedia de muchas otras mujeres. El personaje aspira a escapar a su vida de pequeñoburguesa de provincias gracias a un amor que dará sentido a su existencia, pero termina humillada y anulada. Esa fue la experiencia del amor para muchas mujeres: una falsa promesa de igualdad.

P. “Considero el amor como un microcosmos privilegiado para dar cuenta de los procesos de la modernidad”, escribió en su anterior ensayo, Por qué duele el amor, donde atribuía el sufrimiento sentimental al propio sistema económico. ¿Cómo lo provoca?

R. El amor ha contribuido a configurar la modernidad, puesto que, a través de una determinada manera de practicarlo, el individuo puede distanciarse de las normas y prescripciones marcadas por el grupo social. Pero también sucede al revés: el modelo económico de la modernidad incide en la práctica del amor. Si antes se vivía como una fatalidad o una predestinación, ahora se practica a través de la libre elección. Internet y la mercantilización del yo han acelerado este proceso. El neoliberalismo ha acentuado esa tendencia a la autogestión del yo, porque en el sistema neoliberal todo somos individuos solos ante una sociedad que nos exige un gran numero de competencias, cognitivas como emocionales. Cuando algo falla, el individuo solo puede acusarse a sí mismo.

P. Defiende que, con la llegada de internet y las redes sociales, el amor se ha convertido en un mercado. ¿Qué consecuencias tiene esta transformación?

R. Uno de los factores determinantes para predecir la durabilidad de una relación es la percepción que tiene uno sobre las alternativas de las que dispone. Cuando uno vive una relación no excesivamente satisfactoria y se presenta una alternativa más tentadora, las posibilidades de que termine son muy altas. Con internet y las redes sociales, la percepción de la alternativa se ha acrecentado de una manera artificial, inducida por la tecnología. Esto explica el actual incremento de divorcios pasados los 50 años. Antes, la gente de esa edad sentía que no tenía otra elección que seguir casada.

P. El éxito de la aplicación Tinder, que propone encuentros geolocalizados para heterosexuales, ha normalizado una práctica que, hasta ahora, era minoritaria. ¿Cómo lo explica?

R. Se trata de una variación de otra aplicación de éxito, Grindr, que proponía esos encuentros, pero solo para homosexuales. La cultura homosexual se encuentra en la vanguardia respecto a la heterosexual. La superación de las prohibiciones y las normas que regulan las relaciones, la multiplicación y la brevedad de los encuentros sexuales o la reafirmación del individuo en el placer erótico son formas sociales inventadas o perfeccionadas por los homosexuales. Los heterosexuales no han hecho más que seguirles.

P. Es crítica con su primer ministro, Benjamin Netanyahu. En una entrevista concedida a Der Spiegel en 2014, afirmaba: “Israel se ha vuelto insensible. No solo al sufrimiento de los demás, sino también al suyo propio”. ¿Qué repercusiones puede tener su reelección respecto a lo que dice?

R. La ocupación de los territorios [palestinos] ha conducido a un embrutecimiento de los comportamientos. Netanhayu ha liquidado buena parte de las estructuras socialistas del país, ha pauperizado a las clases bajas y medias, ha incrementado la desigualdad y ha aislado a Israel del resto del mundo. Si no ha sido castigado por los ciudadanos, es porque la propia ocupación ha difuminado los puntos de referencia morales y éticos de los israelíes, lo que explica su ceguera ante algo que en el fondo les hace daño. Un pueblo no puede dominar a otro sin que eso tenga efectos en su propia capacidad de juzgar lo que es aceptable y lo que no lo es.

Alex Vicente, entrevista con Eva Illouz: "La sexualidad es ineludible: hoy el sexo precede al amor", El País, 28/03/2014

La ignorància posmoderna.

by Nicolás Aznárez

No me quedó otro remedio que enterarme porque lo proclamaba a voz en grito desde la mesa de al lado. La muchacha, que, a la vista de sus modales, su manera de hablar y su forma de vestir parecía pertenecer a una clase social acomodada, intentaba disuadir de su idea de llevar a cabo un crucero por los fiordos noruegos como viaje de novios a una de las amigas con las que compartía mesa. Ella, explicaba, ya había hecho tiempo atrás ese mismo crucero con su familia y había regresado decepcionada. El motivo de su decepción no podía ser más concluyente: “Visto uno, vistos todos”, sentenciaba a modo de resumen de su aburrida experiencia.

La sentencia de la chica me recordó la de aquel fontanero que apareció un día por casa para arreglar un escape y que, al comentarle yo que le había llamado con urgencia porque estaba a punto de salir de viaje hacia Roma, me hizo saber que él no conocía la ciudad, pero que ello era debido a que, afirmó textualmente, “a mí Roma no me llama”. Supongo que he asociado las dos situaciones porque en ambas sus protagonistas se movían con análogo desparpajo, con una similar seguridad. Sin embargo, vale la pena constatar una importante diferencia entre ellos. El fontanero era, de manera manifiesta, un hombre de escasos estudios, mientras que mi vecina de mesa con toda probabilidad había cursado alguna carrera universitaria. Sin embargo, sus afirmaciones resultaban perfectamente intercambiables: “Los fiordos no me llaman”, podía haber dicho él; “¿ciudades con monumentos? Vista una, vistas todas”, podía haber declarado ella.

No deja de ser significativo (y preocupante) que en nuestros días empiecen a parecerse tanto, a reaccionar de maneras tan intercambiables, personas con estudios superiores y personas que apenas han superado los niveles educativos más básicos. Probablemente la semejanza sea el resultado de la generalización de un modelo de lo que debe ser la educación y del valor de la cultura que ha terminado por convertirse en el nuevo sentido común dominante.

Pensemos, sin ir más lejos, en la forma en la que tiende a plantearse hoy eso que antes se denominaba proceso educativo. Ha pasado a ser considerado como una antigualla completamente obsoleta sostener que, en su conjunto, dicho proceso debería ser pensado en términos de formación integral del ciudadano o cosa semejante. Frente a tamaño anacronismo, se nos repite hoy por todas partes —de hecho, se han incorporado al coro de los repetidores incluso nuestras propias autoridades ministeriales—, se trata de plantearlo como una gran formación profesional destinada a preparar a los individuos para una más eficaz inserción en el mercado de trabajo. El nuevo planteamiento tiene sus efectos sobre la vida de los individuos, entre otras cosas porque, en este nuevo diseño, el criterio para valorar el éxito personal ha pasado a ser no solo haber alcanzado el objetivo de la inserción, sino, de acuerdo con la misma lógica economicista, haberlo hecho en las mejores condiciones, esto es, obteniendo el máximo rendimiento económico, lo que equivale a decir ganando el máximo dinero.

Desde esta perspectiva, se entenderá un fenómeno muy característico de nuestro tiempo, y es que los ignorantes anden crecidos. Si antaño se avergonzaban de su ignorancia, ahora es frecuente que saquen pecho e incluso alardeen de lo que han conseguido sin saber apenas. Y es que, en efecto, no sostiene nada que contravenga este discurso, hoy hegemónico, quien hace ostentación de haber obtenido el mismo resultado —el único que se declara importante: el enriquecimiento, a ser posible rápido— por otras vías, sin necesidad de haber seguido el recorrido convencional del estudio y la preparación académica. De ahí la llamativa seguridad con la que determinados personajillos de celebridad efímera hacen en público (preferiblemente, en televisión) un reconocimiento explícito, carente de toda pesadumbre, de su completa ignorancia. Se trata de una seguridad de idéntica matriz, en el fondo, que la de la muchacha o el fontanero de las anécdotas iniciales.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: al margen de que, por las razones indicadas, los ignorantes actuales (ignorantes posmodernos, podríamos denominarlos) se hayan sentido liberados del superyó tutelar tradicional, según el cual era necesario tener cultura (o, en su defecto, aparentarla) si se aspiraba a alguna forma de prestigio social. ¿En qué se funda esa llamativa seguridad de la que aquéllos han pasado a hacer gala?

Conviene plantear una primera observación. Probablemente el hecho de que la seguridad del ignorante nos llame tanto la atención revele un error de interpretación por nuestra parte. Un error consistente en dar por descontado que el tipo de personaje que estamos diseccionando debería experimentar algo parecido al horror vacui por el hecho de no saber, cuando, en realidad, el ignorante consecuente es aquel que no sabe que no sabe; entre otras razones, porque ese profundo vacío que le constituye está ocupado por un espeso engrudo, por una densa y turbia papilla de tópicos, banalidades, convencimientos sin el menor fundamento y otros materiales de desecho.

De lo que se desprende que el planteamiento precedente necesitaría ser reformulado, incorporando un matiz sustancial. El problema de nuestros ignorantes de hoy (en otros aspectos, idénticos a los de siempre, claro está) no es tanto que no se den cuenta de la cantidad de información y conocimientos de los que no disponen, como que se les escapa el valor de los mismos; o, tal vez mejor, que atribuyen un valor por completo equivocado tanto a lo que ignoran como a lo que creen saber. No solo porque consideren que esto último se encuentra en idéntico plano que lo que desconocen y, más en concreto, con la cultura en el sentido más clásico, sino porque atribuyen rasgos equivocados a ambas esferas.

Así, sigue siendo, por desgracia, muy frecuente que estos ignorantes consideren que la persona culta, ilustrada, leída o refinada es alguien que verdaderamente no está en el mundo, sino, en el mejor de los casos, en su mundo. Mientras que ellos, por lo que respecta a sí mismos, están persuadidos de pisar con los pies en el suelo y enterarse efectivamente de lo que pasa, en su más concreta y tangible materialidad. Sin embargo, repárese en que los protagonistas de nuestras anécdotas iniciales testimonian exactamente lo contrario. Para ellos lo real desfila ante sus ojos plano, monótono, perfectamente inerte e insustancial. La relación de sus desdenes podría prolongarse casi hasta el infinito. En el ámbito de la cultura sin duda dirían: “Visto un museo [a fin de cuentas, un conjunto de salas llenas de obras de arte], vistos todos”, “escuchado un concierto de música clásica, escuchados todos”, etcétera. Y si se prefiere pasar a los registros por los que empezaba este artículo, a buen seguro afirmarían: “Vista una playa, vistas todas”, “vista una selva, vistas todas”, etcétera. Y así, en todos los planos.

Su realidad, esa respecto de la cual tanta ostentación hacen de mantener una relación sólida y privilegiada, es una realidad plana, sin fondo, carente de toda profundidad o densidad. Lo que nos permite señalar la segunda parte de su error, la inadecuada valoración que llevan a cabo de cuanto ignoran. Porque existe otra realidad o, mejor dicho, lo real es mucho más rico de lo que estos ignorantes alcanzan a vislumbrar. Pero para acceder a dicha riqueza se requieren determinadas herramientas y destrezas, que son las que, precisamente, proporciona ese tesoro heredado que denominamos cultura.

Las cosas son, pues, exactamente al revés de como las planteaba el tópico aludido en el párrafo anterior. No es cierto que la persona culta, en sus ensoñaciones espiritualistas, vea lo que no hay. Lo cierto es justo lo contrario: que la persona inculta, ignorante, no ve lo que hay. Así, por no abandonar los ejemplos citados, la belleza —la del mundo y la del alma— pasa por delante de sus ojos constantemente sin que sea capaz de percibirla. O si prefieren decirlo con diferentes palabras: la persona culta no solo dispone de un mundo interior más rico, sino que penetra en el interior del mundo. De la otra persona, hemos dicho antes que no sabe que no sabe, lo que significa, en resumidas cuentas y a la luz de todo lo que hemos planteado a continuación, que lo que de veras no sabe es lo que se pierde.

Manuel Cruz, Visto uno, vistos todos, El País, 30/03/2015

El viatge de l'ull.

La Trinitat d'Andrei Rubliov

Sens dubte el moment culminant d'una visita a la galeria Tretiakov de Moscou és la contemplació de La Trinitat d'Andrei Rubliov. No sabem gaire coses del pintor d’icones del començament del segle XV Andrei Rubliov, però el que sabem ha arribat amb contundència a la sensibilitat contemporània gràcies a l’extraordinària pel·lícula que li va dedicar Andrei Tarkovski. Encara que en no sabéssim res, la impressió seria, segurament, la mateixa perquè La Trinitat de Rubliov té un poder únic sobre l’espectador: el fa més bo, o, almenys, li dóna un instant de conciliació. Em refereixo, esclar, a l’espectador que és capaç de mirar -i no únicament consumir- una obra d’art. Aquest espectador còmplice es deixarà portar pel moviment circular de la pintura i potser també es deixarà engolir pel vòrtex espiritual que proposa. L’ull viatja cap a l’interior.

Paradoxalment, a l’altre extrem d’Europa, a Florència, i en els mateixos anys, Masaccio també pinta una trinitat a Santa Maria Novella. És, com la de Rubliov, una obra mestra, però la direcció elegida és la contrària. Masaccio, recorrent magistralment a la tècnica de la perspectiva, crea una finestra al món, un espai teatral on es representa el drama humà. Les figures són naturalistes, extretes de la vida quotidiana. El misteri espiritual queda incorporat a la trajectòria de la vida. L’ull viatja a l’exterior.

Masaccio representa la forma de mirar que s’imposarà en la pintura europea fins que l’abstraccionisme modern torni a reclamar el viatge cap a l’interior. Andrei Rubliov comporta una forma de mirar que la teatralitat occidental gairebé havia abolit. No obstant això, no veig com antagòniques les dues mirades. El viatge de l’ull ha de ser doble, ja que acció i contemplació són les dues cares d’una mateixa experiència vital.

Rafael Argullol, El doble viatge de l'ull, Ara, 29/03/2015

dilluns, 30 de març de 2015

Substituir el test de Turing.


El nombre que Alan Turing dio a su test para comprobar la inteligencia artificial da título a la oscarizada –aunque poco fiel a los hechos– película protagonizada por Benedict Cumberbatch en el papel del matemático. Literalmente ‘el juego de la imitación’, esta prueba se describía en un artículo científico de 1950 titulado ‘Computing Machinery and Intelligence’, que Turing publicó seis años antes de que se acuñara el término inteligencia artificial.

El test consiste básicamente en evaluar las capacidades de una máquina para hacerse pasar por una persona. Turing creyó que al ser muy difícil definir el pensamiento, este se podía medir por comparación. Si consideramos que los humanos son inteligentes, todo lo que tenga un comportamiento indistinguible de un humano será inteligente.

Con esta premisa, el matemático estableció una prueba en la que participan tres actores: un humano, una máquina y un juez. Este último debería encontrarse en una habitación aislada, mientras que la otra persona y la máquina estarían en otro lugar. Si en una conversación con los dos actores, el juez no es capaz de distinguir cuál es el humano, el sistema habría pasado la prueba y se consideraría que es inteligente.

Sin embargo, hay quien piensa que el test de Turing se ha quedado anticuado. No en vano existen formas de superar la prueba mediante ciertas estratagemas, como desviar la conversación hacia otros derroteros cuando las preguntas no se ajustan a los conocimientos del sistema. Desde 1990 se organiza el Loebner Prize, destinado a premiar con 10.000 dólares a los creadores del robot que sea capaz de superar el test. En 2010 uno de los jueces confundió al sistema Suzette, diseñado por el programador Bruce Wilcox, con un humano.

El pasado año otro algoritmo, Eugene Goostman, convenció a casi un tercio del jurado de que era un humano durante un concurso organizado en la Universidad de Reading, del Reino Unido. Lo hizo sirviéndose de tácticas de despiste, pero el hecho es que superó el test. De ahí que se estén buscando nuevos parámetros más allá de la capacidad conversacional para evaluar la inteligencia artificial.

La idea de actualizar el test de Turing o cambiarlo por otro nuevo lleva años rondando la mente de los científicos. En 2001 se difundió el test Lovelace, en homenaje a la pionera de la programación Ada Lovelace, como una alternativa que se centraba en la creatividad. Los creadores de esta nueva prueba advertían de las formas que había para engañar a los jueces con el test de Turing. Al conocer el diseñador humano el procedimiento que se va a emplear para evaluar a su máquina, la construye expresamente para que supere esa prueba.

Con Lovelace se proponía a los robots llevar a cabo tareas creativas, como pintar un cuadro, escribir un poema o una historia. Un juez humano sería el que determinara si el resultado es propio de las capacidades de una persona o no. Alberto García Serrano, autor del libro de divulgación  Inteligencia Artificial. Fundamentos, práctica y aplicaciones, destaca que el test de Turing medía parámetros más lógicos como el razonamiento, el aprendizaje y el reconocimiento del lenguaje, mientras que Lovelace mide la creatividad.

Recientemente Mark Riedl, profesor adjunto del Instituto de Tecnología de Georgia, ha propuesto una modificación a la que ha llamado Lovelace 2.0. Esta prueba introduce un elemento dinámico respecto la versión precedente. La máquina tiene que ser capaz de realizar una tarea creativa, pero el juez pide nuevas tareas para poner en aprietos a la máquina.

Al final se trata de que la máquina falle en una prueba y cuanto mejor lo haya hecho logrará más puntuación, lo que resulta en una forma de medir la inteligencia a lo largo de una escala, tal y como se hace con los test para evaluar la capacidad intelectual de las personas. “En realidad está metiendo elementos del test de Turing porque impone unas restricciones que van asociadas al lenguaje natural. El sistema no solo tiene que ser capaz de hacer la creación artística sino de razonar qué es lo que se le está pidiendo”, apunta García Serrano.

Una de las dudas que suscita este y otros test destinados a medir la inteligencia de las máquinas, es el papel del juez, según hace hincapié García Serrano “La idea es que si el sistema es creativo tiene algunas de las capacidades cognitivas del ser humano. Pero en el fondo tiene el mismo problema, entre comillas, del test de Turing. Al final es un humano el que dice si ha pasado o no el test. Una persona que ya es inteligente”.

No es sencillo encontrar una alternativa a esta forma de evaluar, más aún cuando se pretende medir un concepto tan abstracto como la inteligencia. Sin olvidar que hay otra cuestión de por medio. Se pueden comparar las capacidades de un sistema artificial con las de una persona. Pero una vez que el creador de la máquina (un humano) comprenda el problema a resolver, ya sea disfrazar una conversación o preparar su robot para hacer tareas artísticas, el test ya irá un paso por detrás.

Lo que medía Turing era cuánto se parecía la actuación de un sistema a la de un humano y sus planteamientos los publicó en la revista Mind, que recogía habitualmente ensayos filosóficos. Después de todo, como indica expresamente el nombre que Turing dio a su test, The Imitation Game, este no dejaba de ser un juego. Solo fue más tarde cuando se estableció como método práctico para comprobar la inteligencia artificial.

Pablo G. Bejerano, Actualizar o no 'The Imitation Game', el diario.es, 27/03/2015

El teorema de Tales (Les Luthiers).

Acceptar la aleatorietat de la vida.



De vez en cuando, como consecuencia de un accidente, los seres humanos nos planteamos ''cambiar los protocolos'' para eliminar la incertidumbre de nuestras vidas. Para tratar de reducir el número de accidentes, la muerte y la incapacidad. Hacemos leyes contra la -en lenguaje político- ''violencia de género'', -en español- los malos tratos a las parejas, generalmente, pero no siempre, mujeres, y esas leyes son inoperantes.

Se implantan limitaciones de velocidad, radares, controles en las carreteras, leyes contra el alcohol conduciendo, pero los accidentes siguen su marcha indiferentes a los seres humanos.

Ahora queremos implantar protocolos para evitar que un posible piloto perturbado, entre decenas de miles de profesionales perfectamente sanos, cause un accidente en un avión. Recordemos que un perturbado de un país altísimamente civilizado e inmensamente rico como es Noruega, Andreas Breivik, mato a 77 personas sin necesidad de subirse a un avión, o sin haber hecho un curso de salvajismo en los desiertos de Siria.

Durante 300 años, la ciencia física vendió, a base de ignorar sus propias ecuaciones, el determinismo en la naturaleza y la posibilidad de la regulación ordenada de las vidas humanas. Y los seres humanos compraron ese artículo, 50 años después de haberse demostrado que no existe el determinismo. Lo asumieron hasta el punto de proporcionar miles de millones para tratar de vencer la incertidumbre en el movimiento de los plasmas para controlar la fusión del isótopo ''tritio'' del hidrógeno para obtener energía abundante del agua.

La física y la ciencia comenzaron en 1600 cuando Galileo cambió radicalmente la forma de preguntarse por el funcionamiento de la naturaleza. Indicó que había que dejar de lado los dogmas y sencillamente, experimentar y medir. 320 años después, en la década entre 1920 y 1930, los físicos descubrieron que, contrariamente a lo que creían, la naturaleza es incierta. La ecuación de Schrödinger en 1925 indica que los electrones, una de las dos piezas básicas de esa naturaleza, no siguen trayectorias definidas, que de hecho, es imposible hablar de "la trayectoria de un electrón". La ecuación de Heisenberg expresa que es imposible fijar con exactitud simultáneamente la velocidad y la posición de ese electrón.

Pero, curiosamente, esas afirmaciones sobre la inexistencia de la certidumbre en la naturaleza sólo hicieron más fuerte la sensación de que la ciencia, y sus derivadas, la técnica y las diferentes tecnologías, iban a ser capaces de reencontrar la certeza y eliminar la aleatorieidad de la vida de los seres humanos.

No es así, y ¡menos mal!. La naturaleza, y una de sus derivaciones, la sociedad humana, son inciertas. Son inciertas profunda e inevitablemente. Es imposible diseñar ''protocolos'' para eliminar la incertidumbre.

Podemos hacer maravillosos diseños de puertas de las cabinas de los aviones, podemos obligar a que en esas cabinas haya siempre 4 personas altamente profesionales. Podemos vigilar las cabinas desde tierra y desde el espacio. Seguirá habiendo accidentes aéreos.

Podríamos controlar a todos los conductores de las carreteras españolas (¿podemos hacerlo?). Hacer nuevas leyes, poner radares cada kilómetro, destinar decenas de satélites a vigilar el tráfico. Seguiría habiendo accidentes.

Podríamos poner cámaras conectadas a las comisarías en cada habitación de cada vivienda de España. Seguiría habiendo asesinatos.

Los electrones que componen la materia viven dentro de las interacciones de quintillones y más de ellos. Un electrón, en el espacio, a mitad de camino entre el Sol y Alpha de Centauro, esta sometido a las ondas electromagnéticas de trillones de estrellas del universo.

En la naturaleza no existe ''el átomo de hidrógeno'', sino quintillones de átomos de hidrógeno en interacción no lineal de todos con todos. No existe el apantallamiento, el aislamiento de unas partículas respecto a otras. Y esos zillones de interacciones generan movimientos irregulares, inciertos, indeterminados, según las propias ecuaciones de la física.

En el cerebro humano, las corrientes iónicas neuronales que son nuestra memoria y nuestros pensamientos son inciertas. Las redes neurales interaccionan unas con otras y el resultado es una mezcla de determinismo y aleatorieidad, donde esta última no es eliminable. 

En una mesa de billar llena de bolas elásticas de diversas masas y tamaños, por ejemplo, de bolas de billar y de rodamientos, y agitada de manera regular mediante una máquina tipo reloj, el movimiento de las bolas es indeterminado, a nivel macroscópico, sin necesidad de bajar a nivel atómico. En cada choque entre dos bolas, se conserva la energía y la cantidad de movimiento de ambas. Esto proporciona tres ecuaciones para el choque, pero hay cuatro incógnitas en el mismo: las dos componentes de la velocidad de cada una de las bolas tras el choque. Las trayectorias son indeterminadas. No hace falta ir a la mecánica cuántica ni utilizar el Principio de Heisenberg. En mecánica clásica existe el mismo principio de indeterminación.

La naturaleza es indeterminista a nivel fundamental. Y ¡ menos mal !

La alternativa sería que en la habitación, la zona del radiador estuviese a 100 grados y la pared opuesta a 0ºC. Lo que hace alcanzar el equilibrio a la temperatura de la habitacion es el indeterminismo del movimiento del aire.

La alternativa sería que no hubiese posibilidad de prosperar en la vida, que si naciésemos con una enfermedad, fuera imposible curarla. De hecho, sólo gracias a la incertidumbre en la naturaleza apareció la vida, y sólo gracias a ella aparecimos los seres humanos. Somos fruto de las fluctuaciones imprevisibles a la hora de la duplicación de las células.

La incertidumbre es inevitable, pero aceptado esto, podemos poner medios para vivir con ella. Sabemos que no es posible eliminar los accidentes de carretera. Hagamos los arcenes de las mismas bien amplios para permitir el acceso rápido al accidente de ambulancias, policías y grúas que estarán situadas en espera a poca distancia entre ellas. Sabemos que siempre habrá locos como Breivik. Tengamos preparada la respuesta para curar a los supervivientes.

Y aceptemos la realidad, el riesgo. Si pensásemos sólo en el accidente, nunca cogeríamos el coche. Mis dos peores accidentes los he tenido esquiando y en la bicicleta. ¿Debemos dejar de esquiar, de montar en bici, de coger el coche o el avión?

Lo que debemos hacer es aceptar la realidad de la naturaleza, y de una parte de ella que somos nosotros, y sabiendo que no es posible eliminar los accidentes, poner medios para minimizar sus efectos. Por ejemplo, sabiendo que inevitablemente hay crisis económicas, guardar mucha riqueza como colchón para amortiguar el golpe cuando se produce, lo mismo que tener preparadas las ambulancias a la orilla de las carreteras en amplios arcenes que permitan su acceso al herido en escasos minutos, como he dicho arriba.

Implantar, no protocolos que traten de eliminar los accidentes, sino el principio de precaución, que asume la realidad del evento improbable, y toma las medidas posibles, no para evitarlo, lo cual no es factible, sino para corregir lo mejor que sepamos sus efectos.

Y pensemos que, como he dicho también, la búsqueda de la eliminación de la incertidumbre es la implantación del ''Gran Hermano'': No la elimina, pero elimina la humanidad que queda en nuestras vidas.

Antonio Ruiz de Elvira, ¿Por qué es imposible eliminar la incertidumbre?, el mundo.es, 28/03/2015