dijous, 31 de maig de 2012

Per un contracte social amb els absents.


Daniel Innerarity
Lo que no entiendo es cómo no nos mandan a paseo las generaciones más jóvenes tras haber descubierto que nuestra burbuja inmobiliaria la vamos a pagar con su educación, eso me parece terrible. Nos pagamos la vivienda, nuestra vivienda, con su educación. Alguna vez lo he llamado la dictadura del nosotros o la consideración del futuro como el basurero del presente. Las basuras que generamos, las hipotecas que no podemos pagar, el exceso de riesgo, el consumo irresponsable… ¿Quién lo está pagando? Las generaciones futuras. El contrato social, tal como lo pensaban Hobbes o Rousseau, estaba pensado fundamentalmente para contratantes que vivían en el mismo tiempo, y una de las grandes revoluciones que tenemos que hacer es pensar cómo se hace un contrato con los ausentes, porque nuestros hijos todavía no pueden votar, pero tendríamos que pensar como si ellos votaran. Todavía no se manifiestan, no protestan dependiendo la edad que tengan, pero tendríamos que ser capaces de anticipar, aunque fuera hipotéticamente, el interés de estos ausentes.

Daniel Innerarity, "Hemos hecho del futuro el basurero del presente", entrevista de Maribel Martín, El País, 31/05/2012
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/05/30/actualidad/1338378160_674621.html

La cultura de la irresponsabilitat.


La negativa del Gobierno del PP a investigar el caso Bankia y a pedir responsabilidades a sus dirigentes es una ruptura en toda regla del pacto social. Una sociedad democrática es un espacio de responsabilidades compartidas. Está regulada por unas leyes y por unos principios que, en parte, se plasman en los textos constitucionales. Pero se funda sobre un pacto no escrito en torno a los límites que garantizan la mínima cohesión necesaria para poder hablar de una comunidad. Las democracias en las sociedades capitalistas se basan en la aceptación de la desigualdad económica con el contrapeso de la igualdad política y de derechos. Es un equilibrio precario que requiere ciertas dosis de equidad, si se quiere evitar una fractura que solo puede conducir al conflicto o a la indiferencia.

Con la decisión de dedicar 23.000 millones de dinero público al rescate de Bankia sin la contrapartida de exigencia de responsabilidades a los autores del desastre, el Gobierno rompe cualquier principio de equidad, se coloca descaradamente contra la inmensa mayoría de los ciudadanos, que pagan los impuestos con los que el banco será rescatado, y abre una fractura en la sociedad de consecuencias de todavía imprevisibles. La proximidad de los gestores de Bankia con el PP hace todavía más siniestra la actitud del Gobierno. En una situación de crisis extrema, cuando se están pidiendo sacrificios enormes a la ciudadanía, un rescate bancario de estas magnitudes requiere explicaciones muy claras sobre el por qué y sobre el cómo, y actuaciones muy decididas para esclarecer las responsabilidades tanto en el campo político como en el judicial. La parcialidad del presidente Rajoy quedó patente en el insólito gesto de dar la conferencia de prensa sobre Bankia desde la sede de su propio partido y no desde el palacio de gobierno, un gesto que habla por sí solo. ¿Para quién gobierna el PP?

Las consecuencias económicas del caso Bankia están a la vista: la intervención del sistema financiero español, que Rajoy negó rotundamente, parece hoy más cercana que nunca. Una vez más el presidente está condenado a desmentirse a sí mismo, un ejercicio al que incomprensiblemente parece haberle encontrado gusto. El Gobierno se ha quedado sin credibilidad, después de una semana en que las necesidades de recapitalización de Bankia subían unos cuantos miles de millones cada día. Y la ciudadanía no puede entender que no se encuentre dinero para cuestiones que afectan ya no solo al bienestar sino incluso a la supervivencia y no falten nunca recursos cuando se trata de salvar a un banco. Las consecuencias políticas, sociales y morales del caso Bankia serán enormes. Treinta años de hegemonía conservadora han abierto una fractura grande entre las élites y la ciudadanía. La democracia, para usar una imagen de Tocqueville, se nos está disolviendo en el individualismo. La crisis económica ha sido la gran coartada para todo. En nombre de ella se han justificado ajustes salvajes y arbitrariedades tremendas. Después de Bankia, la coartada se desvanece.


El caso Bankia es el icono de una profunda crisis de responsabilidad en las élites españoles. Una crisis que viene de mucho antes de que estallara la crisis económica de 2008 y que es una de las causas del gran desastre económico. En Bankia convergen político y dinero. Los miles de millones que se esfumaron entre fanfarrias madrileñas y valencianas y la nula voluntad política de esclarecer el desastre la convierten en enseña de los años en que todo estaba permitido.

Pero esta cultura de la irresponsabilidad no es exclusiva de Bankia. La vemos extendida por algunas de las más importantes instituciones del país. La corona, el Banco de España, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, el propio sistema financiero y el Gobierno han dado y están dando muestras de esta cultura y están contaminados por una manera nada ejemplar de hacer las cosas, que hace que la sociedad viva entre el aturdimiento, la indignación y la indiferencia. Negándose a investigar Bankia, el Gobierno y las fuerzas políticas que le apoyen –la actitud del PSOE, de momento, es pacata– rompen el pacto social y dejan a la democracia en los huesos. Si no exigen justicia los responsables políticos, tendrán que exigirla los ciudadanos. Es lo que ocurre cuando se abandona la función representativa por la defensa de espurios intereses de casta. Después de Bankia, ¿este Gobierno tendrá vergüenza para pedir más ajustes a los españoles? En democracia solo debería caber una opción: denunciar a los responsables del desastre de Bankia o dimitir.

Josep Ramoneda, La ruptura del pacto social, El País, 30/05/2012

La utopia d'una justícia universal.


Chumy Chumez
La noche del jueves 31 de mayo de 1962, Otto Adolf Eichmann, nacido en Solingen, Alemania, de 56 años, subió al patíbulo en la prisión de Ramala, a 15 kilómetros de Jerusalén. Rechazó la capucha negra que quiso colocarle el verdugo y pronunció sus últimas palabras: “¡Larga vida a Austria, larga vida a Alemania, larga vida a Argentina, nunca los olvidaré!”.

Eran las 11.45 cuando la trampa de la horca se abrió.

Así terminaba, hace 50 años, el proceso contra Adolf Eichmann, principal organizador del exterminio de seis millones de judíos. Un juicio que apasionó al mundo y provocó airadas polémicas. La televisión israelí transmitía en directo las sesiones que, debido a la diferencia horaria, se veían en Estados Unidos a la hora de la cena. Todo había comenzado dos años antes, cuando Ben Gurión, creador del Estado de Israel y entonces primer ministro, ordenó a un comando del Mossad, o servicio secreto, secuestrar a Eichmann y llevarlo a Israel. El antiguo oberstandartenführer vivía en Argentina desde 1950, con identidad falsa. En noviembre de 1959, la Corte Suprema de Buenos Aires había rechazado la extradición, pedida por un land de Alemania, de otro nazi, el doctor Joseph Mengele, médico en Auschwitz, campo de exterminio donde realizaba crueles experimentos genéticos. Argumentó el máximo tribunal que la Constitución argentina vedaba la “extradición por causas políticas”. Ese fallo cancelaba toda posibilidad de extraditar a Eichmann. Pero Israel necesitaba juzgar al arquitecto del genocidio judío, porque los crímenes del nazismo se estaban olvidando y Estados Unidos por entonces se interesaba sobre todo en su enfrentamiento con la Unión Soviética.


El 11 de mayo de 1960, el Mossad secuestró a Eichmann en una calle del barrio de San Fernando, al noroeste de Buenos Aires, y lo transportó a Israel, eludiendo a la policía argentina. El secuestro provocó un gran debate, tanto en la prensa mundial como en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que finalmente emitió una inocua resolución exhortando a Israel a “indemnizar” a Argentina por la violación de su soberanía. Opinaron, entre otros, Bruno Bettelheim y Erich Fromm. Hannah Arendt, ensayista judía nacida y criada en Alemania, donde había sido alumna de Karl Jaspers, fue a Jerusalén como enviada especial de la revista The New Yorker. Debía escribir cinco artículos sobre el proceso. Tras presenciar las primeras sesiones, algo muy profundo se removió en la conciencia de la autora de Los orígenes del totalitarismo. Su memoria recreó la persecución padecida por tantos judíos, incluida su propia familia y ella misma, que había escapado de Alemania con la Gestapo pisándole los talones. Hannah Arendt volvió a Nueva York, donde vivía, pero cayó en una crisis personal y un bloqueo. Solo en 1963 consiguió reponerse, y entonces, además de los artículos prometidos a The New Yorker, escribió las casi 500 páginas de su Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal, uno de los más importantes ensayos del siglo XX. Ese libro, que es también un vívido reportaje sobre el proceso de Jerusalén, introdujo una idea desde entonces instalada en el lenguaje del mundo. Sostiene Hannah Arendt que el mal no necesariamente encarna en psicópatas delirantes como Hitler. Puede también presentarse en envases “cotidianos”, por ejemplo bajo la forma de un señor normal como Adolf Eichmann, buen padre de familia, ciudadano ejemplar y funcionario cumplidor. Estos hombres banales quizás son los peores. ¿Cuántos asesinos de escritorio hemos visto desde 1962?

Comenzó el juicio. Fue reconstruido el exterminio planificado de los judíos y el papel que en la solución final desempeñó Eichmann. Algunos dijeron que el juicio era una farsa y que encubría un mero acto de venganza. Otros dijeron que no podía edificarse un proceso justo sobre un delito previo, ya que el secuestro de Eichmann en Argentina había violado leyes locales e internacionales. Se adujo que Israel no tenía jurisdicción para procesar a Eichmann, pues los crímenes que se le imputaban habían sido cometidos en Alemania u otros países europeos. En todo caso, como sostenía Karl Jaspers, ¿no debió Eichmann ser juzgado por un tribunal internacional, y no por un tribunal judío? Eichmann adujo que las acusaciones contra él habían prescrito.

El tribunal halló culpable a Eichmann de por lo menos 15 crímenes contra la humanidad. En el juicio comparecieron más de 100 testigos y se probó que Eichmann había sido el organizador de un operativo criminal minuciosamente preparado, cuya finalidad era el exterminio total de los judíos del mundo, según un modelo que Adolf Hitler ya había explicado y fundamentado en su libro Mi lucha (1925).


Eichmann pudo defenderse. Contrató a un reputado abogado criminalista, el suizo Robert Servatius, cuyos honorarios pagó el Estado de Israel. Eichmann, durante el proceso, desplegó varias líneas defensivas. Una de ellas fue la obediencia debida. Él, Eichmann, se había limitado a cumplir las órdenes que recibía, toda vez que no era sino un funcionario del Estado. Además de reclamar la prescripción, impugnó el proceso porque se pretendía aplicarle leyes que no regían al cometerse los hechos juzgados. Eichman negó las imputaciones. Negó los hechos. Negó la veracidad de cada uno de los testimonios.

Finalmente, el tribunal halló culpable a Eichmann de por lo menos 15 crímenes contra la humanidad y lo condenó a muerte. Fue la única vez que en Israel se aplicó esa pena, que no existe en la legislación del país. La ejecución de Eichmann también levantó polvareda. Hasta el último momento se esperó la gracia, que el presidente Ben-Zvi no concedió. Uno de los patriarcas del Israel moderno, el teólogo Martin Buber, quien desde 1939 vivía en Palestina, pidió que no mataran a Eichmann y que en cambio lo condenaran a labrar la tierra de Israel, en un kibutz, hasta que falleciera de forma natural.

El proceso de Jerusalén no es solo un hecho histórico. Aún incide en nuestras vidas. Sentó principios básicos. Por ejemplo, que la obediencia debida no es eximente cuando se juzgan crímenes de lesa humanidad. Los crímenes como los que se imputó a Eichmann no prescriben porque el olvido no puede lavar el horror. Los dictadores argentinos de los años setenta fueron sentados en el banquillo en 1985 —hoy siguen allí, tras anularse su amnistía— porque antes existió el proceso de Jerusalén. Otros sangrientos tiranos, como Augusto Pinochet o los asesinos de la Serbia de Milosevic, pudieron, con suerte varia, ser juzgados porque antes existió el proceso de Jerusalén. Los intentos de Baltasar Garzón para castigar crímenes del franquismo se basaban en aquel proceso. La utopía, aún en construcción, de una justicia multinacional que persiga los crímenes contra la humanidad, se debe en buena parte al proceso de Jerusalén. Es necesario recordarlo porque a pesar del medio siglo transcurrido, aún parte del mundo niega el Holocausto y una suerte de esvástica flamea nada menos que en el Parlamento de Grecia, la cuna de la civilización occidental.

Álvaro Abos, Eichmann en la horca, El País, 31/05/2012

Ciutadania sense afany de lucre.

Martha C. Nussbaum
El tiempo tiene sus paradojas, como el espacio, y en el mismo momento coinciden a veces instancias opuestas. Un par de días después de enterarnos que Martha C. Nussbaum había ganado el Premio Príncipe de Asturias, se filtraron en la prensa los detalles de las modificaciones que el Ministerio de Educación va a imponer al temario de la maltratada asignatura de Educación para la Ciudadanía, que entre zarandeos varios ha perdido hasta el nombre. La paradoja de esa coincidencia estriba en que Nussbaum es una decidida propugnadora de la formación cívica que debe incluir la educación en nuestras democracias. Frente a quienes pretenden (sobre todo ahora, en época de crisis) que la educación debe centrarse solamente en la instrucción en materias de aplicación práctica con perspectivas laborales, ella sostiene que “no nos vemos obligados a elegir entre una forma de educación que promueve la rentabilidad y una forma de educación que promueve el civismo. La prosperidad económica requiere las mismas aptitudes necesarias para ser buen ciudadano”. Una observación tanto más pertinente cuando estamos viendo hasta qué punto la ciudadanía deficiente, tanto la de los especuladores financieros como la de quienes rehúyen los impuestos o malbaratan los servicios públicos, se convierte en causa de desastre social. El libro en que Nussbaum hace esta constatación se llama: Sin fines de lucro (ed. Katz), pero podemos decir también que la carencia de formación cívica es tan dañina para la riqueza social como para los demás aspectos de nuestra convivencia.

En esta obra, Nussbaum pasa revista a centros escolares y universitarios de diferentes latitudes. Hace especial mención de la India y de las sugestivas teorías educativas de Rabindranath Tagore, de cuyo nacimiento acaban de cumplirse precisamente 150 años. Hablando de las deficiencias de formación en ese país, recoge un testimonio que bien podría también asignarse al nuestro: “La mayoría de ellos (los escolares) fueron criados con la idea de que conseguir un buen trabajo es el objetivo principal de la educación. El concepto de que las personas deben aprender cosas que las preparen para ejercer su ciudadanía de manera activa y reflexiva es una idea que jamás se les cruzó por el camino”. En un libro anterior y más extenso, Cultivar la humanidad, la autora sostiene la importancia para el civismo de combatir los prejuicios sexistas y rechaza expresamente la acusación de “adoctrinamiento” que suele darse a tales planteamientos. Más allá de que sus opiniones puedan y deban ser discutidas, puesto que como se exponen argumentadamente buscan serlo, uno no puede por menos de felicitar a la profesora Nussbaum por su precaución de nacer en Nueva York y dar clases en Chicago. Gracias a ello su reputación, por polémica que sea, la ha merecido el Príncipe de Asturias. Si por descuido hubiese nacido aquí y diera clases en un instituto de Leganés, ahora quizá lamentase que no le hubieran renovado el contrato por subversiva…

Con la Educación para la Ciudadanía, el problema es que en España todo el mundo ha boicoteado la asignatura. Como soy de los que lucharon por una educación cívica desde mucho antes que Zapatero y su gobierno estuviesen en la mente del Señor, puedo asegurarles que la izquierda se oponía a ella con no menos empeño que después la derecha clerical. ¡Cuántas veces hemos tenido que oír esa memez de que iba a ser una nueva versión de la Formación del Espíritu Nacional! Según ese razonamiento, debería haberse suprimido la asignatura de historia del bachillerato, puesto que la profesada por el franquismo era tendenciosa… Lo que por lo visto resulta inaceptable en este país es formar ciudadanos no de izquierdas o de derechas, sino capaces de saber lo que necesaria y constitucionalmente todos compartimos para después ser capaces de elegir razonadamente sus preferencias políticas.

Cada cual tacha de “ideológicos” los aspectos del posible temario que le contrarían: ya se sabe, ideología es lo que tienes tú, mientras que lo mío es razón. Intentar convencer a políticos o medios de comunicación sectarios de que tan reaccionarias son las “sensibilidades” que se ofenden por la denuncia de la homofobia como la de quienes se sublevan al oír hablar de “nacionalismos excluyentes” es tiempo perdido. Cada cual tiene su Iglesia y nadie va a apearse de su superstición favorita…y favorable. Y peor si intentamos —como sería imprescindible en esa asignatura bien entendida— decir algo sensato sobre cómo funcionan las leyes y los tribunales que, con aciertos y errores, deben aplicarlas. ¡Pero si entre nosotros figurones políticos o mediáticos admiten que las sentencias deben atenerse al clima político del momento y no a las circunstancias legales de cuando se cometieron los delitos o infracciones! No hay mejor argumento a favor de la Educación para la Ciudadanía que los debates en que se discute su verosimilitud o sus contenidos. Pero también dejan claro que ya la asignatura llega demasiado tarde y que no hay modo de salvarla de sus variopintos adversarios. Sólo cuenta con una mísera hora semanal y con una plétora temática recargada hasta el absurdo de detallismos maniáticos, que además cada Comunidad parece dispuesta a interpretar a su modo, es decir de acuerdo con los prejuicios de quienes la gobiernan. Ante esta situación, sólo cabe repetir la opinión clásica: “imposible la dejasteis, para vos y para mí”.

No es solo la dificultad de consensuar los temarios: hasta los métodos mismos de evaluación conspiran actualmente contra la educación para la ciudadanía. Si a unos alumnos ya conformados para la fragmentación por el záping de imágenes y el apócope de twitter (cuyos modelos, como diría Cioran, son el telegrama y el epitafio) se les imponen pruebas tipo test, que excluyen la argumentación y los matices razonados, el resultado es bloquear el discurso cívico de corte “socrático”, según la nomenclatura de Martha Nussbaum. Como dice la laureada profesora norteamericana, “en tanto los exámenes estandarizados se convierten en la norma para evaluar el desempeño de las escuelas, los aspectos socráticos de los programas curriculares y de los métodos pedagógicos corren riesgo de quedar atrás”. Más bien tienden a desaparecer, diría yo.

Pero es de suponer que todo forma parte de un mismo proceso en el que los aspectos objetivos de la instrucción descartan o minimizan los elementos que predisponen a la persuasión y por tanto preparan para el debate. Hay que evitar la confrontación a fin de respaldar una unanimidad de criterio, impuesta de antemano y no resultado del equilibrio entre razones contrapuestas. Es aquí donde el ciudadano se extingue, como una fastidiosa reliquia del pasado improductivo. Ya no cuenta, ya no vale. Es muy significativo que sean las dos Comunidades que abiertamente han solicitado la retirada completa y definitiva de la Educación para la Ciudadanía —Madrid y Cataluña— las que se disputan el privilegio de dar albergue a ese proyecto de “Eurovegas” que alguien ha calificado con poca finura pero indudable precisión como “casa de putas”. En efecto, la formación de ciudadanos pareció por un momento una buena idea pero se ha revelado fuente de discordias, de modo que apostemos ahora por las putas. A ver si hay más suerte…

Fernando Savater. Los adversarios de la ciudadanía, El País, 31/05/2012

dimecres, 30 de maig de 2012

L'objectiu últim de la traducció sempre és el poder


"Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo".
Ludwig Wittgenstein
El capitalismo obliga a la gente a competir implacablemente por cuotas de mercado, recursos naturales, y capital humano. Menos obvio es que también batalla por terminologías. Es llamado lingüismo...

Filosofía, religión, y ciencia son conceptos ideológicos que sirven las necesidades de Occidente dominante, y que en el pasado casi nunca eran cuestionados. En este siglo, sin embargo, esto podría cambiar.

Debido a la antigua conquista europea del mundo, la mayoría de los pueblos avasallados adoptaron vocabularios europeos. El resultado es un nutrido grupo de “estudiantes internacionales” que ya no tienen otros conceptos disponibles fuera de filosofía, religión, y ciencia, para explicar toda la gama del pensamiento humano. Es un poco intelectualmente árido.

La reducción de todos los vocabularios del mundo a unas pocas palabras inherentemente europeas hace que la composición de una “Filosofía de China” sin utilizar un solo término chino original sea fácil para nuestras elites.

La palabra “filosofía” incluye todo lo extranjero, mientras está firmemente arraigada en la tradición occidental. Al mismo tiempo la palabra carece de todo extranjerismo cuando nos referimos solamente a nosotros mismos. Por lo tanto, un libro titulado ‘Historia de la Filosofía’ puede incluir un capítulo sobre Confucio o no – en ambos casos no dejaría de convertir en realidad la promesa de su título.

Si preguntásemos a un estadounidense, ¿cuál es el mayor sindicato del mundo? probablemente respondería que son los sindicatos, la Cosa Nostra, los masones, o tal vez los anarquistas. En realidad, no es ninguno de ellos – son los filósofos.

Lo que comenzó en Grecia como la escuela de filosofía de Platón eliminó a todos sus competidores, conspiró con la religión, y es ahora una especie de proyecto de membresía obligatoria para todas las sociedades humanas del mundo. Ningún gran pensador de cualquier cultura puede escapar a nuestra etiqueta de “filósofo” aunque no lo sea, y ningún hombre de letras saldrá de nuestras universidades sin un PhD –un doctorado en filosofía–, aunque no tenga nada que ver con ella.

Si consultamos la historia real, “filósofo” no fue siquiera un concepto en el Este de Asia antes de que Nishi Armani lo tradujera al japonés tetsukagusha cerca de 1871. No existe ningún ejemplo de la palabra “filosofía” (en chino moderno: zhexue ) en ninguno de los clásicos del Este de Asia. Nuestros libros sobre “Filosofía China” son una falsificación flagrante, y nuestros “Departamentos de Filosofía Oriental” son crueles ficciones.

Es algo hermoso, la destrucción de palabras extranjeras. Hemos dado con el shengren , que es seijin en japonés, y seng-yin en coreano, y los hemos alterado, o utilizando el término oficial, traducido como “filósofos chinos”, “filósofos japoneses”, “filósofos coreanos”. Y, hablando metafóricamente, hemos aniquilado el espiritual wenming chino y el bunmei de Japón, que ahora re-imaginamos a nuestra manera como “civilizaciones” materialistas.

Empleamos a miles de eruditos, todos “doctores en filosofía”, que aseguran que nuestras “correcciones” del conocimiento humano se parezcan al original. En todo caso, el público no podría establecer la diferencia entre un shengren y un filósofo. De hecho, el público no puede saber lo que ha sido omitido de nuestros textos de estudio.

Tal vez nuestra mayor invención hasta ahora fue “ciencia”. Tal vez existan ideas igualmente admirables en los vastos dominios de sastras y sutras , o que todavía existan en China innumerables enseñanzas, jiao . Sin embargo, a la gente se le enseña que es la ciencia, una palabra y un concepto occidental, que todos debemos adorar y a la que debemos aspirar.

Tal vez “globalización” sea solo otro brillante eufemismo para esta continua destrucción de ideas no-occidentales. Queremos ‘economía’, no jingji . Queremos ‘globalización’, no tianren heyi . No son lo mismo. Exigimos ‘democracia’ en China, pero técnicamente esa palabra no puede existir en ese país.

Lo próximo es “religión”. Religión es cristianismo. Todos vivimos en el año 2012 de nuestro Señor, Jesucristo. El motivo por el cual llamamos “religión” enseñanzas como budismo o confucionismo es simplemente porque queremos extender nuestra religión sobre todo lo que tengan, digerirlos, administrar conocimientos extranjeros en nuestros libros sobre “Religiones del mundo”.

Cuesta imaginar al presidente de EE.UU. diciendo: “¡Alá bendiga EE.UU.!” O al Papa llamando a Jesucristo y San Nicolás “Buda” y “ Shengren ”. Pero afirmamos permanentemente que los musulmanes tienen un Dios y que Confucio es un santo.

A nuestros estudiantes se les dice convenientemente que hay “santos” y “filósofos” por toda Asia, pero evidentemente no hay ni un solo buda, bodhisattva , o shengren en Europa o en EE.UU. Pensad. ¿Cuál es esa probabilidad?

Cualquier lingüista que valga la pena, sabe que los vocabularios de los lenguajes del mundo se suman, no se superponen. La traducción es siempre reducción: una palabra reconocida, la otra… eliminada.

En este caso, como tan a menudo nos basamos en la potencia de nuestra flor y nata. En el pasado los conquistadores obtenían derecho al territorio ocupado. Hoy reciben contratos con algún editor de Oxford o Cambridge sobre la historia de “algo” – algo que ahora se escribe en inglés. Qué mayor obsequio se puede otorgar a un hombre de intelecto que la entrega de la soberanía sobre la definición del pensamiento extranjero.

La traducción es una forma de engaño mental, y su fin es siempre el poder. El poder reside en la apropiación de otros. Seguro, los nombres verdaderos siempre derrotan a los nombres falsos; es precisamente el motivo por el cual los chinos quieren conservar sus propios nombres, y los europeos hacemos todo lo posible por apropiarnos de esos nombres. Pensad en el hábito occidental de invertir los apellidos y los nombres chinos, lo que raya en coerción.

Qué mejor uso de un ejército de eruditos necesitados que frecuentemente viven de la caridad estatal que ayudar a Europa a llenar sus bibliotecas de falsificaciones útiles. ¡Aquí un libro “Religión de China”; allí un libro “Revolución Científica en China”; allá otro “Filosofía clásica china”! Los eruditos transmutan la historia, deforman la realidad, ocultan los nombres correctos.

Conceptos extranjeros clave como daxue (que nosotros llamamos “universidad”, shengren (que nosotros llamamos “santos”) o junzi (que nosotros llamamos “caballeros”) tienen en su uso nativo un significado heterodoxo. El pensamiento extranjero como rujiao o fojiao es pensamiento indeseado. Lo “no-europeo” obviamente existe, pero debido a sus orígenes no-europeos, conceptos extranjeros hacen que Europa se sienta incompleta e ineducada.

Un ejemplo destacado es Alemania que siempre rindió culto al poder e inició todo el asunto de Kulturwissenschaften (queriendo decir la ciencia de las culturas). A pesar del incansable estudio de culturas y lenguajes extranjeros, los alemanes solo los trataron como objetos muertos. Como un siniestro efecto secundario, Alemania, con la excepción de la tardía influencia estadounidense que le fue impuesta, siempre siguió siendo absoluta y totalitariamente libre de lo foráneo.

Por cierto, el sinólogo europeo más completo es siempre el menos chino. O, ¿habéis encontrado algún día un entomólogo que sea una mariposa?

Nada debe interferir con nuestros significados de ciencia, religión, y filosofía. Nunca debemos permitir que terminología clave extranjera –todos esos matices inútiles de significados orientales– influencie nuestra esfera pública y debilite nuestro lingüismo. Queremos esta libertad. Otra más.

Thorsten Pattberg, Mi lenguaje, tu prisión, Rebelión, 30/05/2012
……….
Dr. Thorsten Pattberg es lingüista y autor de The East-West Dichotomy (2009), Shengren (2011), e Inside Peking University (2012). Actualmente está en el consejo de la German East Asiatic Society en Tokio, Japón. Este artículo fue publicado primero en Asia Times el 24 de mayo de 2012. (Copyright 2012 Thorsten Pattberg.)
© Copyright Thorsten Pattberg, Global Research, 2012 

ER: una producció visible de l'invisible.


Paredón,
tinta roja en el gris
del ayer.
Tu emoción
de ladrillo feliz
sobre mi callejón
con un borrón
pintó la esquina.
Tinta Roja, tango (1941) de Sebastián Piana y Cátulo Castillo


En una de las primeras entradas de Minima Moralia Adorno, comentando la esquela de un hombre de negocios aparecida en un periódico alemán de los años treinta, se asombra de la exageración en la que incurren los afligidos deudos al escribir en dicha esquela que “la anchura de su conciencia rivalizaba con la bondad de su corazón”. Escribe el pensador alemán al respecto, entre otras muchas perlas dejadas caer a lo largo de toda la entrada significativamente titulada “Última claridad”, que “toda responsabilidad concreta desaparece en la representación abstracta de la injusticia universal”, para finalizar el balance que le inspiró tal glorificación al difunto con esta demoledora coda final, tampoco desprovista de un radicalismo en el juicio muy propio de los extremismos lingüísticos de la década en cuestión: “Por falta de objeto apto, el burgués apenas sabe dar expresión a su amor de otra forma que odiando al no apto, por lo que ciertamente acaba semejándose a lo odiado. Pero el burgués es tolerante. Su amor por la gente tal como es brota de su odio al hombre recto”.



Si tuviera que definir con una sola frase el ideario estético de El Roto (alias de Andrés Rábago, Madrid-1947, el mismo artista que también se oculta con otro famoso alias, OPS) no sería otra que la obsesión por que no desaparezca la responsabilidad del Poder, individual o comunitario, diluida dicha responsabilidad en la representación abstracta de la injusticia universal. Pero ER posee una tenacidad mayor, anterior a la de “responsabilidad”, que no sería otra que su preocupación, o fascinación, por el cómo de la representación cuando esta está “obligada” a ofrecer, desde el realismo más crudo e inclemente, una imagen tan revulsiva y crítica como piadosa, del ser humano en la despiadada selva en la que se han convertido las grandes ciudades occidentales –y las no occidentales, también. La obra de ER es un ejercicio radical, y por una vez otorguemos a esta cualidad su sentido más noble y más alejado de veleidades falsamente radicales, de cómo construir una producción visible de lo invisible, o mejor: de cómo hacer visible aquello que se nos es hurtado no tanto a la mirada como a la visualización crítica de toda situación establecida desde la ilegalidad y la injustica.

Baudelaire fue el primero en categorizar entidades estéticas (o conseguir que devinieran “estéticas” lo que con anterioridad a él eran simples “formas de vida”) que ayudaran al sujeto de la primera modernidad a verse y situarse en un nuevo contexto social. Pues bien es cierto que a partir de ese momento inaugural solamente sería posible vivir esa “realidad nueva” desde la experiencia traumática del shock. Baudelaire entendió que si el arte quería sobrevivir a la ruina de la tradición, y esta idea ha sido analizada por Giorgio Agamben en El hombre sin contenido, el artista tenía que intentar reproducir en su obra esa misma destrucción de la transmisibilidad que estaba en el origen de la experiencia del shock. En ER el shock no es tanto extremar una determinada corriente realista de la tradición pictórica española, o de documentalismo gráfico, como el conseguir que el sujeto que centraliza todas y cada una de sus viñetas sea el dueño de su propia historicidad; el propietario, con otras palabras, de su lugar en el mundo. Vivir en la realidad de su propia sustancia, no vicariamente bajo la presión inclemente del Poder. Que la representación de esa realidad, en definitiva, no obedezca tanto, que también, a su relación con determinada corriente estilística dentro de la figuración social española o internacional, como al deseo y voluntad de lograr una catarsis de la representación, y donde la semántica de la imagen adquiera su más pleno sentido en la eficaz interrelación de pensamiento y acción, no necesariamente correspondiendo al pensamiento la desnuda frase que aparece en todas y cada una de sus viñetas y la acción a la brutalidad expresiva del dibujo. En ER ambas cualidades se intercambian mutuamente tácticas y procederes, estilos y conductas, caracteres y formas.

En la primavera del pasado año se celebró una exposición colectiva en el CAAC de Sevilla comisariada por Alicia Murría, Mariano Navarro y Juan Antonio Álvarez Reyes, director del centro, y que llevaba por afortunado título Sin realidad no hay utopía, participando en ella ER. Que yo recuerde era la primera vez que se otorgaba a ER, desde los actores, sujetos y medios que conforman la profesión, la categoría que siempre tuvo: el ser un extraordinario artista. Resulta complicado no sustraerse a la tentación de creer y pensar que la obra entera de ER sea el destilado representativo de que sin realidad no puede haber utopía, o que sin la seguridad de un contexto social determinado, si nos asustan determinados conceptos así “utopía”, no podemos aspirar a la fantasía posible de un mundo mejor. Pero no debemos dejarnos engañar por la falsa simplicidad de las frases y dibujos de ER, pues el tratamiento que otorga a la experiencia del shock posee cualidades y complejidades menos visibles, no por ello menos valiosas. Todo lo contrario.

En un viejo artículo de Roland Barthes, 1959, comentando la primera película de Claude Chabrol, El bello Sergio, y que en castellano apareció en la recopilación de textos sueltos La torre Eiffel- Textos sobre la imagen, se pregunta, nada más y nada menos, sobre si existe un cine de derechas y otro de izquierdas. Escribe Barthes: “llamo arte de derecha a esa fascinación por la inmovilidad que hace que describamos resultados sin preguntarnos jamás, no digo por las causas (el arte no puede ser determinista), sino por las funciones”. Podemos estar de acuerdo con Barthes en que sí existe una constante inmovilista, o conservadora, en un tipo de arte que jamás se pregunta por la función concreta de esa producción estética, siendo así que una parte nada desdeñable de la producción estética contemporánea española de artistas de menos de cuarenta años producen, paradójicamente, un arte “de derechas”, en la medida que rara vez esa producción se preocupa por los fines concretos que hagan necesaria esa producción. Pero nos resulta complicado aceptar que un artista como ER no parta de una idea determinista de su propio hacer como artista, pues su constante interrogación por la causa y su función le lleva a la consideración, auténtica razón de ser de toda su producción, que la verdad está en el estilo y que tanto forma como contenido son alternativas funcionales de esa misma verdad, ya sin cualidad estética, únicamente moral. Pero también: ER no esquiva la acción devastadora de la belleza, pues la asume y se apropia de ella, la desmonta sin pudor ni caridad algunos; la reinterpreta, en efecto, así en el dolor y la crueldad. De ahí que en sus viñetas, especialmente en las más dotadas de densidad interpretativa, esté siempre presente una obvia acción performativa: se actúa y discute sobre la belleza del horror, sin jamás crearla intencionalmente. De ahí que los solitarios seres humanos que aparecen en sus viñetas no se muestran como tales, pero sí como cuerpos, o “anatomía expandida” en tanto que fisiología de la belleza.

La relación privilegiada que ER establece con el lenguaje tendría su punto de inflexión más determinante en la seguridad (implacable) de que ese flujo lingüístico, más caudaloso cuanto más escueta y desnuda es la frase, no cesa de deslizarse sobre aquello a lo que remite, pero a lo que remite es mucho menos la imagen brutal que contemplamos como a la trampa de la lógica inherente a todo “realismo”. Arte paradójico es su esencia más funcional, ER parece hacer suya la famosa definición de “paradoja” que Deleuze ya expuso en su Lógica del sentido: “La paradoja es primeramente lo que destruye el buen sentido como sentido único, pero luego es lo que destruye el sentido común como asignación de identidades fijas”. Para ER toda representación, y más allá del grado o nivel implícito en lo concerniente a la comprensión de esa “estructura de conocimiento” que en sí misma es toda representación, al menos ontológicamente hablando, supone asumir una invisibilidad (triunfo absoluto de la paradoja) cuyo resultado no sería otro que “lo visible” (si bien oculto), o lo que también podríamos definir como “el régimen ético de la palabra”. Para ER la representación es siempre un logos que hace una utilización inteligente y muy pudorosa de los atributos propios de la lengua y la palabra escrita, pero a su vez también es consciente que toda representación es siempre la puesta en práctica, abismada, de una tensión dialéctica que se debate entre el absolutismo radical que pretende toda acción que se vale del valor metonímico de la imagen, y la distancia que ER obliga al espectador a tomar con respecto a la voracidad invasora a la que aspiran todas las imágenes del mundo. En todas y cada una de las viñetas de ER la imagen enfría lo que las palabras enardecen y provocan: el pensamiento se excita al mismo tiempo y velocidad que se congela el rictus facial.

La obra entera de ER posee cualidades morales propias de la imagen fotográfica: un mismo abandono melancólico, la misma paciente espera ante una catástrofe inminente, o la desolación cuando ésta ya ha sucedido, su falta de atributos en tanto que imagen “primordial”, pero también como territorio donde se lleva cabo el experimento de un sujeto sin consistencia ontológica, o la infinita duda entre la apariencia y la aparición. Por supuesto, todo ello vendría en un a posteriori de la gran cuestión que sobrevuela toda la obra de ER: lo Real y su compromiso con lo Social, y dónde poner el límite para que ambos estamentos no se anulen mutuamente, e incluso dónde trazar la demarcación donde “lo real” y “lo social” mantengan ambos la economía del discurso foucaltiano en torno al “poder-decir” existente en toda manifestación de arte, sea un lienzo, una viñeta o la página en blanco. Un “poder-decir” que se extiende por toda la ciudad a modo de una pintada infinita por desmontes, baldíos y paredones. Las obras de ER reintroducen en la crítica cultural aquella acción que para Lukács era función esencial de toda cultura en tanto que universo vivo: la insubordinación de lo concreto contra el reino brumoso de la Abstracción. La mirada de ER, heredera directa de la mirada triste (y convulsa) de Benjamin, desea hacer suya la célebre frase de Freud de que “la cultura es el producto de un crimen cometido en común”, frase, por cierto, que prologa, o directamente es la misma con otras palabras, la no menos célebre afirmación benjaminiana de que todo documento de cultura es también un documento de barbarie.

ER, al igual que Marlowe en el fondo negro de la selva, también grita ¡El horror, el horror!, y siendo ésta la respuesta (real, cultural) a la angustiosa idea de Freud de que “la verdad tiene siempre estructura de ficción”. Parece mentira, nos oímos decir a nosotros mismos casi siempre que vemos una imagen de ER, parece mentira que existan tantas formas de mostrar la devastación que ocasiona todo naufragio. Tinta roja para significar el gris del ayer y más roja aún para alertar del inmoral y triste gris del presente.

Luis Francisco Pérez, El Roto y su lugar en el realismo crítico español, Salonkritik, 27/05/2012

Atrevir-se a escoltar.


Se diría que no nos escuchamos. No es tan fácil hacerlo. Ni tan frecuente. Ni personal, ni social, ni políticamente. Todo parece predispuesto para desarticular la escucha y para hacer un uso interesado de lo que se habla. La forma más rudimentaria consiste en tratar de imponer la propia voz. “Me van a oír” es una caracterización apropiada de una cierta enfermedad del oído, que socialmente tanto nos invade. Muy singularmente parece afectado el oído interno, que no es sólo un laberinto, y que no deja de ser simbólico que se encuentre en un hueso que se llama temporal, lo que supone que sin él la palabra no nos llega ni nos alcanza. Saturados de vibración, el oído interno es determinante para el equilibrio, pero no siempre estamos dispuestos a vernos afectados.

Escuchar no es abrir los oídos mientras mantenemos clausuradas y a buen recaudo las decisiones, adoptadas con independencia de lo que se nos diga. No es un ejercicio misericordioso o de condescendencia para atender a quien habla, a fin de poder decir que ya se ha cumplido el requisito de hacerlo. No es una cortesía, es un elemento fundamental para el reconocimiento del otro y para que haya realmente diálogo. Es estar dispuesto a cuestionar lo que uno propone, defiende, o ya piensa. El objetivo no es poder decir que ya se ha hablado, como coartada para permanecer impasible en la propia posición.

Precipitados a apropiarnos de lo que se dice, para hacérnoslo asequible o asumible, comenzamos por reducirlo a lo que resulta soportable. Desconsideramos no pocas veces la intención o las circunstancias, hasta ignorar incluso lo propiamente dicho. Por lo visto, necesitamos aceptarlo o rechazarlo. Rigurosamente, y en líneas generales, se trata de dominarlo y de no ser alcanzados por ello. Parecería que hemos de convertirlo en un eslogan, en una consigna o en un titular, algo que sea llevadero, citable, que no nos incomode o nos obligue. El proverbio, el verso o el haiku resultan peligrosos, empeñados siempre en darnos que pensar. Y que sentir. O en producirnos un efecto que Nietzsche atribuye a los aforismos, que son como un baño de agua fría, en el que se trata de entrar y de salir con alguna celeridad. Y con algún efecto.
Tener oído es algo más que la capacidad para percibir sonidos. Comporta la posibilidad de unas ciertas dotes para la musicalidad, que no es solo oír lo que suena o nos suena, y para reiterar lo percibido. La precipitación, el miedo, la prisa y algunas urgencias no crean buenas condiciones para escuchar, para demorarse. Y, en definitiva, para comprender o para hacernos comprender. Es preciso oír para entender, pero es imprescindible escuchar para comprender.


Conminados por la necesidad, no encontramos las condiciones para tratar de hacernos cargo de algo. Como Deleuze señala, preferimos deslizarnos en una suerte de surf sobre las olas, que vérnoslas en la necesidad de nadar. La tabla lisa acaba siendo la tabla rasa y es cuestión de dejarse llevar. No negamos mérito y dificultad al hacerlo, pero la inmersión en lo que otro dice, nos dice, supone comprender que siempre que viene el otro, nos viene diciendo, y sólo diciéndonos viene. La palabra es la venida del otro y no escucharlo es clausurar su llegada. Así que si se trata de evitarlo, lo mejor es que cerremos los oídos. Y los corazones. Y a lo nuestro.


En cierto modo, educar es también enseñar a escuchar. Y escuchar conlleva asimismo aprender a callar, lo que no significa ocultar. Aunque no únicamente. Es determinante hablar y hacerlo abierto al decir del otro. Se trata de atender no solo lo que alguien dice, sino lo que le hace decir. Escuchar de verdad es tratar de hacerse cargo de las razones del otro. En realidad, se escucha deliberando, no simplemente asintiendo. De ahí que la escucha sea una acción emprendedora, no una pasiva receptividad.


Pero cuando ya parecemos sabérnoslas todas, oímos lo que ya conocemos, ignoramos lo que nos disloca y ratificamos lo que ya pensábamos, de tal modo que nuestro selectivo oído afina para asentir ante lo que no cuestiona cuanto ya parecemos saber. Muchas veces saber de oídas es tanto como no escuchar.

En una sociedad de paradojas y de perplejidades no faltan quienes se apoyan en nuestras incertidumbres razonables para proceder sin demasiados miramientos. Escucharnos y vernos dudar no es que les desconcierte, es que les resulta cómodo, ya que se desenvuelven agazapados al amparo de un murmullo incesante que aún no se formula ni se pronuncia de modo incontestable. Quienes no escuchan se amparan en nuestras vacilaciones. Pero oír sólo hasta encontrar un rótulo en el que enmarcar y clausurar la palabra ajena no es escuchar. Entonces, en lugar de deliberación hay dominio. Ante la falta de consideración, procedemos sin ton ni son y esta falta de sintonía impide que concordemos.

Incluso a veces la audiencia se resume en un modo de oír que trata de confirmar y de ratificar lo que ya sabemos. Pero esta forma de componer el oír limita el horizonte de lo que cabe escucharse y la palabra se pierde y se disuelve en los márgenes de lo que se dice. Escuchar incluso lo que uno no dice, no llega a decir, no sabe decir, no puede decir, requiere una cordialidad, una atención, un respeto y siempre un determinado silencio. Si incluso ni abrimos el espacio de lo que no parece decible, olvidaremos que lo indecible da que decir y no se reduce a lo que no oímos. Hegel insistirá en que si no se puede decir no es en realidad, pero hay demasiada sospecha de que ahí merece un repaso lo que entendemos por decir y lo que entendemos por realidad.

En todo caso, estas complicaciones no han de ocultar que, enmascarada de otras excusas, a veces simple y llanamente falta voluntad de escucha. No sea que nos alcance algo interesante, razonable o verdadero. Atreverse a pensar es también atreverse a escuchar. No nos interesa, nos incomoda y quizá nos desconcierta lo que otros puedan decir. Pero a su vez para decir en verdad es preciso un modo radical de escucha. También de lo que uno silencia de sí mismo. Y a la par de esa palabra plural, diversa, que se despliega en múltiples voces, que corre, va y viene, y busca decirnos mientras tratamos de embridarla, de domesticarla, de emplearla para que por fin diga lo que queríamos oír. Se insiste en la falta de olfato político, como una rémora para el ejercicio público. No lo es menos la falta de oído activo y permanente, la pérdida del arte, del don, del valor de la escucha.

Ángel Gabilondo, El valor de escuchar, El salto del Ángel, 28/05/2012

Explicar l'inexplicable.


¡Qué razón tenía Fraga! Somos diferentes. Aquí no hay responsables concretos de que la mitad del sistema financiero esté comprendido en la categoría de bonos basura, o que casi 800.000 millones de activos depositados en las entidades bancarias figuren bajo esa calificación de las agencias de riesgos. Aquí no se necesitan comisiones de investigación ni comparecencias públicas porque los culpables son la recesión, el desempleo, el crecimiento de la morosidad, la profundización de la crisis inmobiliaria, las dificultades de acceder a los mercados de financiación mayorista, el riesgo país o incluso los sistemas de contabilidad que permiten que una entidad pase de unos beneficios de 300 millones de euros a unas pérdidas de 3.000 millones en apenas 10 días.

Y sin embargo, alguno de los administradores del dinero público habrá de explicar alguna vez lo inexplicable. El pasado 20 de julio, Bankia salía a Bolsa. En la Red se encuentra todavía la intervención de su presidente, Rodrigo Rato, sobre una operación que afectaba, en principio, a 347.000 nuevos accionistas individuales y a 280 accionistas institucionales: “La salida al mercado de Bankia es un punto de referencia de la economía española y del sector financiero español (…) La salida a Bolsa solo es el principio de lo que tiene que llegar (…) Las autoridades de las comunidades autónomas han favorecido siempre este proceso…”. 10 meses después, la cuarta entidad financiera española está nacionalizada, hay que inyectarle más de 23.000 millones de dinero público para que siga pedaleando y muchos de esos accionistas se han arruinado.

No hay que irse tan lejos como julio de 2011 para intentar un relato hasta ahora lleno de agujeros. Hace apenas unas semanas el presidente de Gobierno y de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos, Mariano Rajoy, declaraba que no habría dinero público para la banca en dificultades; poco después, en sede parlamentaria, su ministro de Economía decía que el dinero público para la banca no superaría los 15.000 millones que había puesto el Ejecutivo de Zapatero. El nuevo presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, le desdecía el pasado sábado cuando estimaba las muletas públicas, solo a esta entidad, en casi 24.000 millones (casi dos veces y media el monto de los últimos recortes a la sanidad y la educación) y volvía a contradecir al Ejecutivo, esta vez a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que apenas 24 horas antes, al explicar los contenidos del último Consejo de Ministros, afirmó que estas ayudas eran préstamos a devolver. Goirigolzarri subrayó que de préstamos nada, que son inyecciones de capital a fondo perdido.

No es de extrañar que la declaración solemne de Rajoy en Bruselas, al acudir a la cumbre con sus homólogos europeos —“España no tiene interés ni intención, a fecha de hoy, de acudir a un rescate europeo para los bancos españoles”— goce de la incredulidad general y enfatice una vez más la sistemática improvisación del Ejecutivo en este asunto. El Gobierno siempre por detrás de la realidad. ¿Puede alguien explicar, más allá de las generalidades conocidas, dónde estamos, qué ha pasado en Bankia, por qué tantos bandazos, si es verdad que ya no va a haber subasta de las entidades nacionalizadas porque ningún comprador se fía de lo que hay en sus tripas, y si burla burlando, por efecto de todo ello, España va a disponer de una banca pública mayor de la que hubo nunca, con un Gobierno de derechas? ¿Comparte el Gobierno el diagnóstico del Instituto de Finanzas Internacionales (el lobby de la banca internacional) de que las entidades españolas requerirán 260.000 millones en pérdidas potenciales, y entre 50.000 y 60.000 millones más de capital? De los dos modelos de intervención europea (Grecia por su deuda pública e Irlanda por su deuda bancaria), España empieza a sonar más a la segunda que a la primera, por una relación cada vez mayor entre su riesgo bancario y su riesgo soberano.

¿Merecen la opinión pública y sus representantes parlamentarios el sistemático tancredismo explicativo gubernamental?¿Por qué sale en conferencia de prensa el presidente de Bankia y no el de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos, si Bankia solo supone el 10% de la cuota de mercado y, según el FMI, es el 30% del sistema financiero el que está enfermo?

Joaquín Estefanía, Por qué España es diferente, El País, 28/05/2012

La por dels polítics.


En las últimas semanas he ido a varias charlas de usuarios del 15-M. Ahí he podido observar varias generaciones no previstas —algunas, con más de tres idiomas, licenciadas en ciencias duras o sociales, muy cualificadas, y con unos conocimientos sorprendentes y en red sobre la realidad—, y que, fenómeno llamativo, hablan, en cuanto pueden, del miedo. Tienen miedo. Un miedo que viene de la observación de los cambios estructurales producidos. Brutales y que presagian una brutalidad extra a medio plazo.

El presente artículo parte de ese miedo e intenta ampliarlo. El miedo no solo existe en las personas que están poniendo palabras al cambio estructural que nos cae. Existe también en las personas que lo están traduciendo en leyes. La clase gubernamental tiene miedo. Posiblemente, mucho más de lo que parece.

Es un miedo perceptible: el grueso de las últimas fotografías en prensa de Rajoy y Mas son casi las mismas y en el mismo interior. Implican miedo al exterior. ¿De qué tienen miedo? En primera instancia, posiblemente, de su formación. Nuestros Gobiernos —tenemos dos—, carecen de la capacidad para analizar lo que están pasando. Un indicativo de que, tal vez, los autores materiales de lo que pasa no son los autores intelectuales de lo que pasa. Ese miedo y esa formación precaria se observan en las descripciones de la realidad que utilizan. Rajoy utiliza paralelismos entre la economía doméstica y la del Estado —muy propios de un curso del hogar en la Sección Femenina—, y Mas opta por la parábola marinera. Muy propios de Popeye. El miedo se observa también en la soledad gubernamental. En Twitter, han desaparecido los ultrasur del PP y de CiU. En el caso de CiU, los homenots que hace unos meses aplaudían cualquier medida y denunciaban incivismos de los comandos de la FAI, ahora se limitan a arrastrarse por las redes pidiendo ancho europeo. También han desaparecido los consejeros, hace un año muy activos, y que tienen poco que decir desde que han descubierto que las redes no son declaraciones, sino intercambio de conocimiento. Que no poseen. El único conocimiento gubernamental, la gestión cultural de las declaraciones, hace un año que no pita. Cuando Rajoy y Mas hablan —por ejemplo, Rajoy pidiendo intervención que luego niega, o Mas pidiendo ayuda al Estado que luego deben negar los chicos de la Pastoret Mediàtica—, sube el pan. Cosas como la pitada al himno y el pacto fiscal, sobre las que, con las debidas construcciones léxicas, antaño se hubieran edificado una o dos legislaturas, no ofrecen ahora abrigo. La otra especialidad gubernamental peninsular —el saqueo del Estado, disciplina que se ha ido renovando con cierto genio desde 1939—, ya no se podrá realizar con protección cultural. Lo que puede implicar, llegado el hipotético caso de la focalización del asunto en otro edifico modernista, más miedo.

Desde 2008 el Estado está recapitalizando la banca con dinero público, lo que obliga a cambiar la función del Estado. La recapitalización de Bankia, por ejemplo, obliga a disponer de cerca del 30% de la recaudación del IRPF. O de una cantidad superior a la recaudada por el impuesto de sociedades en 2010. Recapitalizar la banca es una opción política. No es la única posible. Es la más traumática y la única que implica un cambio de época. Mas y Rajoy niegan el cambio de época. En el último recorte, Mas aseguró, incluso, que la Generalitat no está conculcando ningún derecho. Omitiendo, por incapacidad formativa o de la otra, que el bienestar son derechos, no servicios. Es más, esos derechos son la forma de democracia en Europa. Cargarse el bienestar es cargarse la democracia. Es cargarse esa Constitución con la que nos han estado dando la brasa durante tres décadas.

El 15-M ha iniciado las acciones para llevar a juicio a Rato. Es previsible que tras esta primera iniciativa que pretende realizar, según sus promotores, un Núremberg financiero, vengan otras y más altas. Hacen bien en tener miedo.

Guillem Martínez, El miedo, El País, 30/05/2012

dimarts, 29 de maig de 2012

Amics per sempre.

Què hi ha darrera de la cultura de l'esforç?


Al setembre Josep Guardiola va rebre la Medalla d'Honor del Parlament de Catalunya. Durant el seu discurs, l'entrenador del Barça va dir textualment, entre altres coses: "Si ens aixequem ben d'hora i penquem som un país imparable". La setmana passada Joaquim Maria Puyal va ser escollit Català de l'Any 2011 pels espectadors d' Els matins de TV3 i els lectors d' El Periódico . Durant el seu discurs, el periodista esportiu va dir textualment, entre altres coses: "Hem confós la felicitat amb el diner, hem confós la crisi econòmica amb la moral, hem confós els papers, ens hem acostumat a viure bé, hem oblidat la cultura de l'esforç..." Més enllà de ser homes, vinculats al món de l'esport i idolatrats per una part de la població, el discurs de Guardiola i el de Puyal també tenen en comú l'elogi de la cultura de l'esforç. Cada vegada són més les veus que reivindiquen l'esforç com una mena de característica nacional i el reclamen com una via per superar les dificultats actuals. Sense entrar a analitzar des d'on parlen aquestes veus i per a qui parlen, sembla oportú preguntar-se què és la cultura de l'esforç.

Des d'una perspectiva sociològica, la cultura de l'esforç es pot relacionar amb el que es coneix com a meritocràcia. Es tracta d'una organització social que reconeix el talent, el mèrit, la motivació i l'esforç individual per sobre de la posició que s'ocupa en l'estructura social. És a dir, defensa les capacitats individuals més enllà de la classe social, el gènere o l'ètnia de les persones. La idea del famós Somni Americà (pots aconseguir el que et proposis) es construeix sobre el concepte de meritocràcia. Un concepte que teòricament, i només sobre paper, obre la porta a la igualtat d'oportunitats i a la mobilitat social. Una de les crítiques que s'acostuma a fer als defensors de les societats meritocràtiques és que si no es garanteix la igualtat d'oportunitats davant de la capacitat d'esforç, al final es reprodueixen les desigualtats socials. El talent, el mèrit i la motivació no són fruit d'un innatisme biològic sinó conseqüència de les condicions socials en què viuen les persones. No és casualitat que els més talentosos, meritosos i motivats siguin persones de classes més benestants. Des d'aquesta perspectiva, reivindicar i reclamar més cultura de l'esforç en un context de crisi com l'actual suggereix tres reflexions.

En primer lloc, reivindicar la cultura de l'esforç com allò que teníem, que hem perdut pel camí i que necessitem recuperar per aconseguir allò que volem suposa la individualització de l'origen del problema. S'obliga a assumir part de responsabilitat més enllà de la que pertany a cadascú. Quin grau de responsabilitat té la ciutadania de tot el que està passant? Qui ha confós el diner amb la felicitat? ¿Els que volien arribar a final de mes amb una certa qualitat de vida o els que volien arribar a final de mes amb més beneficis que l'anterior?

En segon lloc, reivindicar més cultura de l'esforç per sortir de la crisi suposa socialitzar la solució d'un problema que no ha provocat tota la ciutadania. És a dir, assumir entre tots els plats bruts d'uns quants. Per què són els ciutadans els que s'han d'esforçar a tenir més paciència quan se'ls allarga la llista d'espera per ser operats, no arriben les beques menjador o s'apuja la taxa universitària? Per què no s'exigeix esforç als que tenen més perquè acceptin l'impost de successions? Per què no s'exigeix esforç a les entitats financeres que no han actuat correctament perquè cedeixin el seu control i la seva gestió a l'Estat?

En tercer lloc, reclamar més cultura de l'esforç per recuperar el valor de les coses i la importància del treball pot ser discriminatori i, segons com, ofensiu. ¿O bé no suposa esforç a totes les dones que treballen en empreses de neteja llevar-se a les 5 del matí per anar a netejar les oficines de bancs i caixes? ¿O bé no suposava esforç a tots els homes, majoritàriament immigrants, que estaven més de 10 hores al dia posant maons durant el boom de la construcció? ¿O bé no suposa esforç a les famílies dir als seus fills que no els poden pagar les colònies de final de curs? ¿O bé no suposa esforç als treballadors i treballadores renunciar a part del seu sou quan s'adhereixen a una vaga general? Sense entrar a comparar la importància de cada feina, segur que està més motivat el que es lleva ben d'hora cada matí per anar a entrenar uns jugadors de futbol que cobren sous milionaris que el que es lleva cada matí, una mica abans, per netejar el carrers camí de l'estadi.

La cultura de l'esforç és un discurs que pot funcionar només entre els més privilegiats. D'una banda, no tothom té la mateixa capacitat d'aconseguir el que es mereix, les condicions de partida no perdonen: poder estudiar ajuda a triomfar professionalment. De l'altra, no tothom es mereix el que té: qui es mereix la pobresa? Reivindicar talent, motivació i mèrit és com reivindicar solidaritat amb una marató per la pobresa. En tots dos casos existeix el perill d'individualitzar el problema, socialitzar la solució i discriminar la població.

Sara Moreno, Més cultura de l'esforç?, Ara, 29/05/2012

dilluns, 28 de maig de 2012

James Randi: les raons de les creences irracionals.


James Randi
No hay misterio que se le resista. “Uri Geller sólo sabe cuatro trucos. Cualquier buen ilusionista conoce entre treinta y cuarenta que hace extraordinariamente bien”, sentencia. Él desenmascaró al psíquicoisraelí en el programa de Johnny Carson en 1973. Capaz de simular cualquier presunto poder paranormal,James Randi (Toronto, 1928) ofrece desde hace años un millón de dólares a quien demuestre ver el futuro, hablar con los muertos, mover objetos a distancia… o que la homeopatía funciona. A los 83 años, visitó Bilbao a mediados de mayo invitado por el Círculo Escéptico, la Universidad de Deusto y El Correo, con el patrocinio de i2basque.

-¿Qué llevó a un mago de éxito, como The Amazing Randi, a dedicarse a investigar lo paranormal y desenmascarar charlatanes?

-En el siglo XIX, hubo un gran ilusionista británico, John Nevil Maskelyne, que fue el patriarca de una estirpe de magos que se dedicó a poner a prueba a los espiritistas, a quienes aseguran que hablan con los muertos. Los Maskelyne demostraron ante los tribunales que los mediums eran unos farsantes. Y los espiritistas fueron condenados a abandonar Reino Unido. Fue una gran victoria. Pero a gran parte del público no le importó porque quería creer. De hecho, la gente no sólo quiere creer, sino que tiene la necesidad de creer. Necesita lo que yo llamo woo-woo.

-¿Lo irracional?
-Sí. Hay gente que lo necesita. Luego, llegó Harry Houdini y también se tomó muy en serio la denuncia de los mediums. Era consciente del gran daño que hacen a la gente. Muchos espectadores de sus shows le decían que creían en el espiritismo, y él les explicaba que sólo eran trucos. Yo estoy muy orgulloso de haber seguido los pasos de Houdini.

-Ha sido su heredero como cazacharlatanes y también como ilusionista, como escapista.
-Sí, sí… He hecho lo mismo que Houdini y Maskelyne. Lo mismo. Hace poco, recibí en California una gran distinción del Castillo Mágico, una muy famosa fraternidad de magos. Me galardonaron por mi trayectoria profesional. Fue en un gran teatro de Los Ángeles lleno de ilusionistas. Al agradecer el premio, aproveché la oportunidad para recordar que la Sociedad de Magos Americanos, de la que fue presidente Harry Houdini, y la Hermandad Internacional de Magos tuvieron en su momento sendos comités dedicados a la lucha contra el ocultismo en los medios.

-¿Cuándo fue eso?

-Antes de la televisión. En cuanto llegó la televisión, ésta magnificó enormemente todo lo paranormal, y los magos dejaron esa faceta de denuncia del engaño a un lado. No volvieron a hacerlo. Por eso, en el escenario y ante mis colegas en Los Ángeles, levanté mi mano derecha con el dedo índice extendido y dije: “Harry Houdini siguió esa tradición de denuncia del fraude iniciada por otros magos. Vosotros debéis hacer lo mismo”.

-¿Cómo reaccionaron?
-Una mitad se quedó callada, no aplaudió. No les entusiasmó la idea. Pero la otra mitad se acercó a mí, me abrazó y me dijo que sí, que hay que hacer eso. Así que la fraternidad de ilusionistas está dividida en dos, con una parte que cree que los mediums, adivinos y demás son magos como nosotros.

-Pero no lo son.

-No, no lo son. Causan mucho dolor y problemas emocionales a quien cree en lo woo-woo. Los magos debemos luchar contra eso, y también tienen que hacerlo los medios. Pero los medios, generalmente, traicionan al público dando por hecho que no pasa nada por hablar acríticamente de estas cosas, ya que nadie cree realmente en ellas… ¡Sí, hay gente que cree en ellas!

-Mucha.

-Sí, mucha, mucha gente necesita creer.

-¿Por qué tanta gente necesita creer en el espiritismo, la telepatía, la astrología, los ovnis…?
-Por miedo. En mi opinión, la gente cree en lo paranormal por miedo. A la mayoría le da miedo la muerte. Yo no creo que haya nada que temer de la muerte. Es parte de la vida; es el cierre de la vida. Y, si has tenido una buena vida y estás contento con lo que dejas atrás, con tu familia y amigos, te sentirás muy satisfecho. Debes hacer todo lo posible por alcanzar ese objetivo. Es lo que intento, es mi elección y no la quiero imponer a nadie. Espero trabajar hasta el último momento y, cuando cierre los ojos por última vez, hacerlo con una sonrisa. A mucha gente le gusta creer en lo woo-woo porque, así, puede creer en la vida después de la muerte. Es lo que está en el fondo, la idea de que nunca morimos y de que viviremos eternamente en el Cielo, el Infierno o donde sea que vayamos.

-Pero antes de nacer tampoco existíamos y eso no supone un problema.

-Sí. Es algo muy difícil de entender para alguien racional, pero nunca me río de quien cree en la vida después de la muerte. Nunca les calificaría de tontos. Trato de ser compasivo y comprenderles.

-Hay quien cree en un dios y en la vida eterna porque le consuela, y no intenta imponer nada a nadie.

-Así es. Martin Gardner era teísta y un gran intelecto. No creía en el Cielo, el Infierno y todas esas cosas; pero encontraba consuelo creyendo en una fuerza superior y eterna que gobierna el Universo. Cuando hablábamos de ello, me decía mirándome a los ojos: “Randi, tú tienes muy buenos argumentos contra todas las majaderías y, en particular, contra la existencia de una deidad. No tengo ningún argumento para replicarte, pero he elegido creer porque me hace la vida más llevadera”. Si mi querido viejo amigo Martin Gardner sentía consuelo con esa creencia, le aplaudo. Ni era estúpido ni ingenuo; sólo se sentía mejor. Estaba su derecho.

-El problema es cuando alguien intenta imponer sus creencias al resto, ¿no?

-Exacto. Ése es el problema.

-¿Ha tenido alguna vez creencias sobrenaturales?

-Que yo recuerde, nunca he creído en nada woo-woo. Ni de niño. Es algo difícil de explicar para mí porque fui un niño prodigio. No fui a la escuela. Obtuve un permiso especial y pude educarme por mi cuenta. No tuve ni tutores. Vivía entre el museo y la biblioteca pública de Toronto, siempre rodeado de libros y haciendo preguntas a gente mayor que yo. La escuela me aburría; me quedaba dormido en clase.

-Cuando, en 1974, fundó con sus amigos Isaac Asimov, Carl Sagan, Martin Gardner, Ray Hyman y Paul Kurtz el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones Paranormales (CSICOP), ¿sospechaba que podía ser el germen de un movimiento racionalista mundial?

-Sí, lo sospechaba.

-Así que, en el fondo, es vidente.

-Jajajaja… Sí, soy un woo-woo. En serio, ambicionaba que fuera así. De hecho, me ofrecieron la presidencia del CSICOP, pero la rechacé porque pensé que debía ocuparla un académico, y sugerí que eligiéramos a Paul Kurtz, un filósofo de renombre en Estados Unidos. Nunca aspiré a ese puesto.

-¿Prefería estar en primera línea?

-Es lo que he intentado hacer. Cuando actuaba como mago, había espectadores que me decían que habían consultado a adivinos. Yo les intentaba explicar que no había nada prodigioso en lo que habían vivido, que todo eran trucos; pero estaban enfermos, necesitaban creer en lo sobrenatural. En aquella época, no me dedicaba profesionalmente a destapar fraudes. En un momento dado, decidí que, cuando cumpliera 60 años, me retiraría de los escenarios y me dedicaría a eso y a dar conferencias, que es por lo que he venido a Bilbao.

-Su amigo Martin Gardner decía que “una de las mejores maneras de aprender algo sobre cualquier rama de la ciencia es descubrir en qué se equivocan sus chiflados”. ¿Ha aprendido usted algo de la lucha contra la charlatanería?

-No. No me acuerdo dónde, Martin dijo una vez que yo sabía más de ciencia que cualquier científico que él conociera. La clave es que yo conozco los fundamentos básicos de la ciencia y no soy un especialista. Hay científicos que saben mucho de su campo, pero nada de otras ramas de la ciencia. Por eso, por ejemplo, pueden no saber nada de psicología y amplificar los efectos de los woo-woo.

-En 1998 y por encargo de John Maddox, director de la revista Nature, visitó el laboratorio del inmunólogo francés Jacques Benveniste para comprobar si las pruebas experimentales que éste había encontrado sobre la memoria del agua, fundamental para que la homeopatía funcione, eran tales. ¿Qué hace un mago en un laboratorio?

-Cuando trabajas en un pequeño laboratorio, financiado por el Gobierno y tienes el empleo garantizado, quieres hacer las cosas bien. Por eso, si tu jefe dice que tienes que encontrar algo, lo encuentras. Por supuesto. Repitieron todo lo que habían hecho delante de nosotros, del comité de expertos dirigido por John Maddox. Y vimos que no habían hecho el experimento en condiciones de doble ciego. Para explicarlo sencillamente, el doble ciego implica que nadie conectado con el ensayo, excepto quien codifica las muestras, sabe qué es cada una de ellas. No lo habían hecho…

-Pero eso es ciencia básica.

-Sí. Ciencia básica. Repitieron el experimento cómo tenían que haberlo hecho desde el principio y las pruebas de la memoria del agua desaparecieron. Todo había sido un fallo de protocolo. En vez de ser simples observadores, los científicos habían interferido en el experimento y proyectado sus deseos en los resultados, que se esfumaron con el doble ciego. Estas cosas pasan.

-Por cierto, ¿la homeopatía funciona?

-No. Por supuesto que no. Los homeópatas cogen una sustancia, puede ser un veneno muy potente, y mezclan una parte de ella con nueve de agua. Luego, agitan la mezcla; ellos llaman a ese proceso sucusión. Obtienen entonces una dilución de una parte en diez, 1DH. No usan eso. Cogen una parte de esa mezcla, la disuelven en nueve partes de agua y obtienen una dilución 2DH. Y siguen repitiendo el proceso, y el principio activo cada vez está más diluido, hasta que no queda ni una molécula. Si repites la operación veintitrés veces, la posibilidad de que haya en el preparado una molécula de la sustancia original es prácticamente cero, y la mayoría de los productos homeopáticos son diluciones superiores a 30DH. La homeopatía es nada.

Randi sorprende con una lucidez y una rapidez de reflejos envidiables. Sigue siendo el mismo bromista que conocí hace veinte años, siempre dispuesto a reír y a hacer reír. Un tipo afable a más no poder. Lo opuesto a la imagen que dan de él los embaucadores. Los móviles se esfuman cuando está cerca para aparecer, milagrosamente, bajo una de sus axilas. Tras un día agotador, posa sonriente con sus anfitriones y se despide de ellos uno a uno antes de retirarse a su habitación para seguir trabajando en su autobiografía, que quiere publicar a finales de año y sumará a una producción literaria indispensable en la que destacanFlim-flam! Psychics, ESP, unicorns, and other delusions (Fraudes paranormales, 1982), The magic of Uri Geller (1982), The faith healers (1987), The mask of Nostradamus: the prophecies of the world’s most famous seer (1990) y An encyclopedia of claims, frauds, and hoaxes of the occult and supernatural(1995). Promete seguir en el tajo hasta el final y, cuando llegue el momento, quiere “cerrar los ojos por última vez con una sonrisa”.

-¿Qué es lo que más le inquieta?

-Que en el siglo XXI haya gente que viva mentalmente en el XIV, que esté anclada en el pasado, que no tenga la mínima noción de cómo funcionan las cosas -la televisión, la electricidad…-, ni le interese; pero, al mismo tiempo, viva enganchada a lo woo-woo.

-Demostró hace décadas que Uri Geller y el telepredicador Peter Popoff, que decía curar con el poder divino, eran sendos fraudes. Sin embargo,ellos siguen ganando mucho dinero engañando a la gente con los mismos trucos. ¿No le resulta frustrante?

-Sí. Uri Geller sólo sabe cuatro trucos de magia. ¡Cuatro trucos! Cualquier buen ilusionista conoce entre treinta y cuarenta que hace extraordinariamente bien. Geller, sólo cuatro y muy simples. ¡Cualquiera puede hacer lo que él hace! Pero sigue presentándolo como algo más que magia, como algo woo-woo.

-Popoff, un sanador espiritual de quien descubrió que en vez de Dios era su mujer la que le chivaba por radio información sobre sus víctimas cuando actuaba en grandes teatros, sigue también viviendo de ello.

-Sí. Sólo cambió el nombre de su ministerio, pero sigue haciendo lo mismo, simulando curar a la gente con el poder divino. Le desenmascaré en el show de Johnny Carson, en la NBC, lo vieron por televisión millones de personas, lo reflejaron los principales periódicos y ahí sigue. Los woo-woo son como patos de goma, por mucho que los hundas, salen a flote.

-Y mediums como John Edwards y Anne Germain engañan a la gente diciendo obviedades que supuestamente les cuentan sus parientes desde el Más Allá.

-Los mensajes de los mediums son tan obviamente falsos… Los espíritus hablan como niños pequeños. Los mediums dicen cosas como: “Tu madre te quiere y te echa de menos”. Nunca: “Tu madre dice que jamás te amó, que te odia”. Y todos los muertos se comunican desde el Cielo; ninguno desde el Infierno. La gente no se para a pensar en ello porque no quiere aprender, quiere creer.

-Y llora y sufre mientras el médium sonríe y hace caja. ¿No le parece un espectáculo obsceno, repugnante?

-Sí. Es repugnante. Nosotros grabamos secretamente a uno de esos mediums hablando en el camerino después del espectáculo y se reía de la gente a la que había engañado.

-¿Existe lo paranormal?

-La Fundación Educativa James Randi ofrece, desde hace años, un millón de dólares a quien demuestre cualquier poder extraordinario en condiciones controladas. ¿Por qué, ahora mismo, no hay decenas depsíquicos a las puertas de este hotel para aspirar a ese premio? ¿Es que ninguno de ellos quiere un millón de dólares? Si son capaces realmente de hacer lo que dicen, no hay forma más fácil de ganar un millón. ¿Por qué ningún espiritista de los que hablan con los muertos en la tele está aquí? Si tú dices que tocas el violín y yo te ofrezco un millón de dólares si me lo demuestras, ¿qué haces?, ¿te niegas a tocarlo porque no estás interesado en ganar un millón de dólares? Cualquiera no interesado en ganar tan fácilmente un millón, tiene un problema mental.

-O gana mucho más simulando algo que no hace.

-Exactamente.

-¿Cree James Randi en algo?

-Sí, creo en Sofía Loren. Es una bruja, un ángel o algo así. ¡Cómo puede ser tan bella a su edad! Hace unos años, me crucé con ella en Florida. ¡Es algo asombroso! ¡Es una bruja!

-Imagine que yo creo en lo woo-woo, ¿podría usted convencerme de que tiene poderes extraordinarios, de que es capaz de leer la mente, hablar con los muertos, mover cosas a distancia, doblar cucharas mágicamente…?

-Sí, sí. Puedo crear la ilusión de todos esos efectos.

-Usted suele decir que es un mentiroso, ¿por qué tengo que creerle?

-Porque soy un mentiroso profesional. Los ilusionistas, como los actores, mentimos para entretener. Cuando un actor sube al escenario, simula ser otra persona. Si interpreta a Hamlet, no quiere decir que se crea el príncipe de Dinamarca. Simplemente, está repitiendo las palabras que Shakespeare escribió.

-Y un mentiroso profesional es el mejor para detectar a otro mentiroso, ¿verdad?

-Sí. No hay nada mejor que un ladrón para atrapar a otro ladrón.

-¿Ha visto la película Luces rojas?

-No, no la he visto.

-En Luces rojas, hay una escena calcada a su desenmascaramiento de Peter Popoff, pero yo no vi su nombre en los créditos. ¿Tuvo algún contacto con el director, Rodrigo Cortés, o alguien de su equipo?

-No, no lo tuve.

-En esa película, Sigourney Weaver interpreta a una escéptica investigadora de lo paranormal, al estilo de James Randi, que sostiene que hay dos tipos de dotados, los que creen tener algún poder y los que creen que no van a detectar sus trucos.

-Creo que la mayoría de los profesionales, de los que ganan mucho dinero, empezó creyendo que tenían poderes. Con el tiempo, se dieron cuenta de que no es así, pero de que podían ganar mucho dinero simulándolos. Y el dinero se gana tan fácilmente… Pero están haciendo mucho daño a la gente. La hacen sufrir y, en algunos casos, sus víctimas son personas con problemas mentales que debían tratar profesionales.

-Al margen de que sean unos desaprensivos, los mediums televisivos son muy inteligentes: explotan con gran habilidad el dolor humano.
-Sí, sí. Saben muy bien lo que hacen. Siempre suelo decir que no puedes tocar el violín por accidente. Tienes que aprender a tocarlo, tienes que estudiar, tienes que ser un profesional. Ellos son profesionales, en ese aspecto.

-¿Se puede hacer algo para frenar la superstición?
-Mi buen amigo Carl Sagan y yo hicimos en su día una propuesta a la Universidad de Cornell para que pusiera en marcha un curso de pensamiento crítico. Carl murió y no sé qué pasó al final con la idea. El procedimiento del pensamiento crítico debe enseñarse a los niños en la escuela a una edad temprana. Los niños suelen preguntar: “¿Cómo sabes que eso es verdad?”. Cuando no lo sabes, tienes que responderles que no lo sabes, pero que buscarás la respuesta con ellos. Hace falta más pensamiento crítico en la escuela.

Versión íntegra de la entrevista publicada originalmente en el suplemento Ciencia del diario El Correo

Luis Alfonso Gámez, "La gente cree en lo paranormal por miedo a la muerte", dice James Randi, magonia, 28/05/2012