dimarts, 26 de juliol de 2011

Casualitat lògica.

Acostumbrado a la originalidad, Johan Cruyff aceptó el número 14 cuando nadie más lo usaba y le pareció magnífico fumar un cigarrillo en el descanso del partido.

Sus logros son tan incuestionables como su capacidad de reinventar el lenguaje. George Steiner ha dicho que un lugar común es una verdad cansada. En consecuencia, un disparate puede ser una verdad precipitada. Cruyff es el gran precipitado del fútbol: tiene razón antes de que sepamos lo que quiso decir.

No es posible ejercer esta conducta sin temple de profeta. El Flaco no admite la duda ni el error: "Estoy en contra de todo hasta que tomo una decisión; entonces estoy a favor. Me parece lógico".

Algunos famosos hablan de sí mismos como próceres, en tercera persona. Cruyff es distinto; habla de tú para referirse a sí mismo: Dios vive en el corazón de los creyentes. Para el iluminado holandés, las otras religiones no tienen cabida en el campo, y da una prueba empírica: todos los jugadores se persignan al salir al campo; si Dios les hiciera caso, solo habría empates.

Cruyff criticaba más a sus mejores futbolistas porque debían asumir una responsabilidad mayor. Juzgó que Bergkamp no se tomaba en serio por ser guapo y lo hizo entrenar entre dos defensas que le recordaron las desventajas de tener cara. Cuando Koeman fue operado, exigió estar junto al cirujano, por si hacía falta un milagro.

Su pasión parlanchina viene de 1966. Georg Kessler, entrenador de Holanda, lo convenció de que Alemania e Inglaterra habían llegado a la final en Wembley porque eran los que más hablaban en la cancha. Desde entonces es un comunicador desbocado. Nadie ha podido callarlo y no acabaremos de interpretarlo. La sociedad lingüística Onze Taal (Nuestro Idioma) le dedicó un número de su revista y Edwin Winkles revisó su trayectoria en un singular tratado de filología futbolística: Escuchando a Cruyff.

Al llegar a España, El Flaco pensó que perdería fluidez si reparaba en el género de los sustantivos. Decidió que "todos los palabras" fueran masculinos (salvo "mujer" y "chica"). Así evitó el horror de titubear.

Amante de la paradoja, ha lanzado axiomas incontrovertibles: "Si no marcas a un jugador, no puede desmarcarse". Gerd Müller anotaba de un solo toque, pero no sabía burlar contrarios: obligado a controlar el balón era un palmípedo.

La idea de dejar solo a un delantero es discutible. Más sensata es la propuesta de que el árbitro lleve el silbato en la mano y no en la boca para que piense antes de marcar. Esta sabia consideración proviene de alguien con el silbato en la boca.

Otra obsesión cruyffiana es el empleo del tiempo. El partido depende de segundos decisivos, pero no hay modo de localizarlos: "Cada segundo puede ser un momento".

El error es la comicidad de Dios. Una de las expresiones más conocidas de Cruyff es "gallina de piel", superior a la común "piel de gallina".

El fútbol existe para ser discutido y le debe enormidades al hijo de un vendedor de naranjas que dignificó la camiseta de Orange.

Cuando Sergi Pàmies lo fue a ver al campo, Cruyff lo recibió sentado en el balón: "Estoy en mi oficina", dijo.
De ahí han salido inolvidables aforismos. Uno de ellos resume los misterios del fútbol: "La casualidad es lógica".

Juan Villoro, La oficina de Cruyff, El País, 23/07/2011

Sísif i la crisi de la democràcia actual.

No teman. No voy a hacer un llamamiento a la revolución. En lo que a Europa se refiere, la revolución se produjo por última vez en el siglo XX, y por cierto en plural, con los resultados conocidos, entre los que estuvieron contrarrevoluciones y genocidios. Se trata más bien, desde el interior de toda la sociedad, de formular, como entre tanto hacen muchos ciudadanos, preguntas reivindicativas: ¿es asumible aún un sistema capitalista que se prescribe forzosamente a la democracia, en el que la economía financiera se ha separado en gran parte de la economía real, aunque la amenace una y otra vez con crisis de fabricación doméstica? ¿Deben seguir siendo válidos para nosotros artículos de fe como mercado, consumo y beneficio, sustitutivos de la religión?

Para mí, en cualquier caso, es evidente que el sistema capitalista, fomentado por el neoliberalismo y sin alternativa, tal como se nos presenta, ha degenerado en una maquinaria de destrucción del capital y, lejos de la economía social de mercado en otro tiempo exitosa, solo se complace en sí mismo; es un Moloc, asocial y no refrenado eficazmente por ninguna ley.

Por eso se plantea la pregunta: la forma de Estado que hemos elegido, es decir, la democracia parlamentaria, ¿tiene aún la voluntad y la fuerza necesarias para apartar esa desintegración que la invade? ¿O en lo sucesivo deberá relegarse al terreno de lo optativo cualquier intento de reforma, de someter a control a los bancos y su forma de manejar el capital -es decir, de obligarlos a trabajar para el bien común- con la frase hasta ahora habitual "eso, en el mejor de los casos, solo puede resolverse globalmente"?

Una cosa me parece segura: si las democracias occidentales demuestran ser incapaces de hacer frente con reformas fundamentales a los peligros reales inminentes y a los previsibles, no podrán soportar lo que en los próximos años resultará ineludible: crisis que empollarán otras crisis, el aumento irrefrenable de la población mundial, los flujos de refugiados desencadendos por la falta de agua, el hambre y el empobrecimiento, y el cambio climático fabricado por el hombre. Sin embargo, una desintegración del orden democrático haría surgir -de lo que hay suficientes ejemplos- un vacío que podrían ocupar fuerzas cuya descripción rebasa nuestra imaginación, por mucho que seamos gatos escaldados y estemos marcados por las consecuencias todavía visibles del fascismo y el estalinismo.

¿Exagero? Si lo hago, no lo suficiente. Con ayuda de solo algunos ejemplos había que hacer visibles los puntos ciegos. Que no faltan. Además habría que quejarse del poder de los consorcios en el ámbito de la prensa, de las inefables tertulias de la televisión pública y del oportunismo hoy socialmente aceptable, tal como se difunde a diario con la tinta fresca. Sin embargo, de eso ustedes, a quienes se recomienda más o menos insistentemente una "información equilibrada", como suavizante, pueden hablar con más precisión.

Más bien parece apropiado citar otra vez al santo patrón de esta conferencia. Cuando yo era joven, y durante los primeros años de la posguerra trataba de orientarme en un entorno destruido por el desvarío ideológico, se me presentó la variedad francesa del existencialismo. Estaba casi de moda dárselas de existencialista y vestirse de oscuro. Y especialmente era la disputa entre Sartre y Camus la que salpicaba por encima de la frontera, llegando a los talleres de la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, en la que yo aprendía mi primera profesión de escultor, y donde provocaba debates que, naturalmente, eran muy enconados. La ignorancia no impedía apasionarse y vociferar. Solo más tarde me decidí por Camus. Me impresionó su visión del hombre rebelde, es decir, su defensa de la oposición permanente. Cuando más o menos a mediados de los cincuenta apareció El mito de Sísifo en traducción alemana, fueron sus frases las que me mostraron el camino. Por ejemplo, la definición de felicidad: "Hace del destino un asunto del hombre, que debe ser resuelto por los hombres". A la que se añade la hermosa certeza: "Las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas".

divendres, 22 de juliol de 2011

De l´Estat democràtic a l´Estat de mercat clientelar i privat.


Desde que el año pasado el presidente Zapatero abjuró del gasto social para abrazar el evangelio del ajuste fiscal, sus votantes le están propinando un merecido castigo electoral (ayer en los comicios locales, mañana en las generales) por lo que no deja de suponer una traición a la voluntad popular. Pues en última instancia, el giro estratégico adoptado por el Gobierno implica dejar de gobernar al servicio de los ciudadanos para pasar a plegarse al poder inapelable de los mercados. Sin embargo, en esto Zapatero no es el único culpable, pues los demás gobernantes han hecho lo mismo. Casi todos han renunciado a su soberanía ejercida en representación de sus electores para pasar a obedecer los dictados de una nueva soberanía supraestatal que emerge del llamado consenso de los mercados, según se puede comprobar estos días con la crisis europea de la deuda soberana. Y esta traición de nuestros gobernantes es lo que mejor explica tanto el declive de la socialdemocracia, que ha sido expulsada del poder incluso en sus feudos nórdicos, como el descrédito de la democracia tout court, dada la desconfianza que hoy abrigan los ciudadanos respecto a sus propias castas políticas, que por todo Occidente se están ganando a pulso el severo castigo que sin duda merecen.

Ahora bien, haríamos mal en culpar a los gobernantes actuales en exclusiva, pues la incierta deriva de nuestras democracias hacia un nuevo régimen político de dominación de mercado ya viene de antiguo. Y más precisamente cabe situar su inicio en la sustitución de las fuentes de financiación de los Estados democráticos, que en la era keynesiana procedían mayoritariamente de los impuestos tributarios y desde la restauración del monetarismo en los ochenta se financian sobre todo con emisiones de deuda pública en los mercados internacionales. Pero debe notarse que su respectivo criterio discriminador es antitético, pues los impuestos directos se recaudan con efecto progresivo (gravando en mayor medida los ingresos más elevados) mientras que el coste del crédito externo (o prima de riesgo) es eminentemente regresivo, de acuerdo con el evangélico efecto Mateo: a quien tiene (como Alemania) más se le dará, y a quien no tiene (como Grecia) todo le será quitado. Es la ley del más fuerte, como antítesis del principio democrático de igualdad ante la ley. Un injusto desequilibrio de mercado que la eurozona debería corregir para garantizar su futura estabilidad. Pero el liderazgo alemán no parece interesado en lograrlo porque la prolongación de la crisis reduce el coste de su propia deuda, en perversa aplicación de la teoría del riesgo moral.

Semejante modelo de financiación pública con cargo a deuda, y ya no con cargo a impuestos, pareció funcionar en un comienzo con gran eficacia política, pues deparó grandes rendimientos electorales sobornando a las clases medias con paulatinas rebajas de la presión fiscal. Pero el tiempo ha revelado que se trató de un regalo envenenado, pues la financiación pública con cargo a deuda externa pronto empezó a generar graves efectos perversos, en cuanto el endeudamiento público creció lo suficiente como para formar una burbuja especulativa de realimentación circular que pasó a quedar fuera de control. Es lo que ha ocurrido desde 2010, cuando la burbuja de la deuda soberana de las democracias occidentales ha terminado por estallar, colocando a los Estados deudores bajo el poder fáctico de los mercados acreedores.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, ante su incapacidad de presionar al régimen chino que atesora la mayor parte de los bonos de la deuda estadounidense, lo expresó muy bien: "¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?". Y si la hiperpotencia resulta impotente para ejercer su poder ante su principal acreedor externo, ¿qué margen les queda a las demás potencias de rango medio endeudadas hasta las cejas, lo que las deja inermes en manos de unos mercados financieros que no vacilan en dictarles sus propias reglas acreedoras? Todo ello sin que los ciudadanos puedan oponer resistencia, pues la voz y el voto de la soberanía popular se revelan impotentes ante el poder soberano de los prestamistas externos. De ahí que hoy la democracia se gobierne en respuesta no a las demandas ciudadanas sino a las demandas de los mercados, expresadas por la prima de riesgo de la deuda externa.

Como es evidente, esto debilita la autonomía política de los Gobiernos para reducirlos a la impotencia, contribuyendo a extender e intensificar los efectos más indeseables de la globalización. Pero eso no es lo peor, pues mucho más grave resulta la creciente desnaturalización del orden democrático, que ha pasado a quedar subsumido bajo un emergente nuevo orden mercantil. En resumidas cuentas, los mercados le han expropiado su poder al pueblo (al demos), para privatizarlo en exclusivo beneficio de los acreedores privados. Así, la calidad de la democracia ya no se mide hoy por la legitimidad de sus resultados políticos sino por el valor de mercado de su deuda soberana. Y de este modo, la democracia ya no representa el autogobierno del pueblo sino la sumisión contra natura del Gobierno civil a los mercados externos, subvirtiendo así la relación entre poder democrático y soberanía popular.

En efecto, la democracia moderna se basaba en un pacto fiscal, un contrato social establecido entre el Estado y los ciudadanos, por el cual estos se obligaban a pagar impuestos a cambio de que aquel se comprometiese a reconocer, proteger y garantizar los derechos universales: civiles, políticos y sociales. Mientras que hoy en cambio ese pacto fiscal está siendo sustituido por otro pacto clientelar, por el cual los ciudadanos se ven excusados de pagar impuestos (directos) a cambio de que el Estado se vea eximido de universalizar derechos, que quedan reservados en exclusiva a la clientela privada del gobernante deudor. Pero con ello el Estado ya no pertenece a todos los ciudadanos titulares de derechos sino solo a sus acreedores internos y externos. Hemos pasado de una democracia de ciudadanos-contribuyentes a otra seudodemocracia de clientes-acreedores, donde lo que cuenta ya no es el título público de ciudadanía que permite ejercer derechos sino el título privado de deuda pública que permite exigir pagos al Gobierno deudor. Y el Estado social y democrático de derecho, obligado a rendir cuentas ante los electores (accountability), deja paso a un Estado de mercado clientelar y privado, que solo rinde cuentas ante sus acreedores.

Pero en esta democracia en almoneda los ciudadanos no se reconocen porque ya no pueden considerarla propia. Ya no es una democracia de derechos que te pertenecen de forma inherente sino una democracia de deudas que se adquieren pero cuyo pago se aplaza, sobre todo cuando la hacienda pública cae en la insolvencia bajo las coyunturas de crisis. En consecuencia, los ciudadanos desertan de la democracia en quiebra, desentendiéndose de sus deberes cívicos para pasar a explotarla con cínico afán de lucro como si fuera un negocio privado. Y de esta adulteración contra natura surgen las demás secuelas que pervierten la democracia de mercado actual (corrupción política, sectarismo populista, crecimiento de la desigualdad, recorte de la protección social, privatización de los servicios públicos, falsificación mediática de la realidad, represión de libertades a cambio de seguridad...), dando excusa a los ciudadanos para refugiarse en el nihilismo y la insolidaridad.

Sin embargo, no todo está perdido. La eclosión y el auge del movimiento de indignados del 15-M que reclaman la refundación democrática acaba de demostrar que yes, we can: nosotros, el pueblo, podemos interpelar de tú a tú a cualquier poder ajeno. Y si resulta posible desafiar el poder de los propios Gobiernos, ¿por qué no habría de ser posible hacerlo también con el poder de los mercados externos?

Enrique Gil Calvo, En poder de los mercados, El País, 21/07/2011

Els indignats i el perill de l´antipolítica.

De totes les reaccions a les agressions als nostres parlamentaris, la més breu, rabiüda i oportuna va ser la de l'antic conseller d'Educació Ernest Maragall: "Deixeu treballar la democràcia!". En canvi, no m'ha agradat la línia de resposta governamental, que per condemnar sense pal·liatius la violència ha salvat fins al ridícul els indignats . Certament, la violència física és una línia que mai no s'havia d'haver travessat. Però és d'una gran ingenuïtat pensar que es pot destriar amb precisió qui són els violents i qui els pacifistes, com si fossin aigua i oli. Aquesta idea dels indignats bons i dels indignats dolents ha estat l'argument de defensa dels mateixos indignats , molt hàbil, però equívoc. Al capdavall, impedir el pas a algú, apropiar-se de l'espai públic, censurar el pensament que no encaixa o impedir l'ús d'una llengua que no és la de l'Estat també són formes de violència, que, per cert, s'han tolerat a les acampades.

El problema de fons que plantegen els indignats , des del meu punt de vista, no és el de la violència física. El més greu és el discurs visceralment antipolític -de la política parlamentària, formal, representativa, s'entén- que propaguen amb estratègies populistes. És a dir, malgrat totes les inconsistències argumentals de fons, els indignats coincideixen en una cosa: la voluntat d'obstaculitzar el conjunt del sistema social i polític, com si qualsevol persona que tingui un càrrec representatiu o alguna responsabilitat institucional, per aquest sol fet, ja hagi de ser un còmplice en potència de tots els mals del món. És, doncs, un moviment contra el govern i contra els parlamentaris, contra els alcaldes i els regidors, sense distinció de partit, però també contra els directors d'hospitals, els rectors d'universitats, els gerents d'empreses i probablement i al pas que anem contra els caps d'equipaments culturals. I, si no fos perquè els necessiten, anirien contra les cares públiques dels mitjans de comunicació, perquè també s'hi podrien indignar . L'atac a la democràcia representativa, per tant, no es limita al que s'ha vist aquesta setmana a la rodalia del Parlament de Catalunya, sinó a l'agressió que també s'ha exercit, posem per cas, sobre els consells de govern de les universitats catalanes boicotejant les seves reunions per impedir que prenguessin decisions democràtiques.

Antipolítica, doncs, que es converteix en desgovern. I l'instrument per trobar adhesions no és altre que fomentar la desconfiança total en les institucions. Enfonsar-les, trencant el punt feble sobre el qual descansa tot l'edifici social. Una societat desconfiada és una societat amb aluminosi, que és el que som ara. I és en aquest marc de desconfiança que el populisme triomfa i es torna agressiu. En una pancarta d'un indignat adreçada als polítics es podia llegir: "Nosaltres som el poble. Que no ho heu entès?". La força d'aquest "nosaltres" la mantenen perquè no té cap cara, perquè és -aparentment- anònim. Aquest fals anonimat, la suposada manca de líders, d'intermediaris o de portaveus, és imprescindible per a la supervivència de la mobilització. Així, es pot crear la ficció d'una superioritat moral col·lectiva que troba el seu fonament en no considerar-se responsable de res i en sentir-se víctima innocent de tots els poders establerts. Els bons i els dolents, una altra vegada.

Però com a les armes, al populisme el carrega el diable. És fàcil de manipular, de dirigir des de l'ombra, de guiar amb quatre frases brillants que enlluernen el pensament feble. Des de la superioritat moral de no ser responsable de res, es poden escriure frases lapidàries que d'aquí a poc temps seran reproduïdes en llibres de paper cuixé per editorials molt progres. "Els nostres somnis no caben a les vostres urnes": pura antipolítica de núvol de sucre. La coartada del populisme és la pretesa espontaneïtat, que ara es disfressa de xarxa social. Sí, és cert, les xarxes socials esquerden els poders establerts i les seves censures. Però amb tant de vigor o més menteixen, difamen i mobilitzen ànimes de càntir que es deixen guiar pels nous poders difusos. Aquest dimecres, sense anar a buscar altres exemples, el populisme va servir d'escut a vells coneguts antiglobalitzadors i a presumptes llibertaris que ja fa anys que són a l'ofici i que se solen expressar de manera calculadorament i astutament violenta. Què esperaven?

Per deixar treballar la democràcia cal que se la defensi sense ambigüitats. L'antipolítica, el descrèdit de la democràcia, la desconfiança generalitzada, el populisme irresponsable -i els que li riuen les gràcies- són més perillosos que la violència física a cap parlamentari. La història en dóna prou exemples.

Salvador Cardús, Deixem treballar la democràcia, Ara, 19/06/2011

La crisi i l´esquema Ponzi.


Ayer hicieron cuatro años del inicio de la crisis más profunda y larga desde la Gran Depresión. Sin visos de final. Por ello se la ha denominado Gran Recesión o Segunda Gran Contracción del capitalismo. Aquel 17 de julio de 2007 el quinto banco de inversión de EE UU, Bearn Stearns, anunciaba la valoración cero de dos de sus fondos de alto riesgo que habían invertido grandes cantidades en las hipotecas locas. Poco después, Bearn Stearns dejaba de existir, adquirido por J. P. Morgan (tercer banco de EE UU) con la ayuda de la Reserva Federal.

La crisis comenzaba con un gigantesco esquema Ponzi: ¿cómo llamar si no a un proceso por el que a un trabajador que ganaba tan solo 20.000 dólares al año se le concedía una hipoteca sin una señal y sin tener que pagar nada durante los dos primeros años de la misma, para que comprase una casa de 300.000 dólares, y luego juntar esa hipoteca con otras cien en bonos a los que las agencias de calificación de riesgos concedían la valoración más alta (triple A), para vendérselos a bancos y fondos de pensiones de todo el mundo?

Desde entonces, la Gran Recesión ha pasado por las más diversas fases, a cada cual más dañina (crisis hipotecaria, incremento del precio de las materias primas y del petróleo, falta de liquidez y solvencia de los bancos, hundimiento de la economía real con la multiplicación del desempleo y el empobrecimiento de las clases medias, y explosión de la deuda soberana europea), sin que la aparente superación de cada una de ellas haya significado que sus problemas se han resuelto sino que han pasado a segundo orden ante la emergencia de otro más urgente.

Si hubiese que poner mojones a esta crisis, el primero sería la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 (la única vez que las autoridades han aplicado su máxima favorita de que cada palo aguante su vela y han dejado caer a una gran entidad financiera, causando el pánico de los mercados). El segundo hito sería la mayor estafa financiera de la globalización causaoda por un solo hombre, Bernard Madoff, que se entregaba a la justicia en diciembre de 2008, reconociendo un quebranto de 65.000 millones de dólares a través de otro esquema Ponzi cuyo engaño había durado varias décadas. El esquema era parecido, por ejemplo, al siguiente: una persona poseía un inmueble por valor de 15 millones de dólares; lo hipotecaba por 10 millones a un tipo de interés del 4% y los gastos de mantenimiento de esa hipoteca eran de 400.000 dólares anuales. Si invertía estos 10 millones obtenidos de la hipoteca con Madoff, este le aseguraba un beneficio de, por ejemplo, el 12% independientemente de las condiciones del mercado. La diferencia de ocho puntos entre los gastos de mantenimiento y los beneficios suponía 800.000 dólares anuales.

El plan era perfecto siempre que continuaran entrando inversores codiciosos en la bicicleta de Madoff. Pero esta se detuvo. Bernie Madoff no era un outsider de las finanzas sino "uno de los nuestros", era perseguido por algunos de los principales inversores del mundo para que gobernase sus finanzas personales.

El tercer y último mojón de la historia, por ahora, es la intervención de Grecia a principios de mayo del año pasado, seguida por Irlanda y Portugal, y los problemas con la deuda soberana de casi todos los países del Eurogrupo. En estos momentos se estima que más o menos el 40% de la eurozona, en uno u otro grado, tiene problemas con la prima de riesgo, y se buscan soluciones para salir de ellos.

Conviene regresar a los compromisos que se asumieron en cada una de las etapas de la crisis. Por ejemplo, al documento titulado Nosotros los líderes, que salió de la primera cumbre del G-20 en Washington, en 2008, convocada bajo la máxima de Sarkozy: "Deberíamos replantear el sistema financiero desde cero, como en Breton Woods".

Su lectura produce melancolía. Las ansias reformistas, estimuladas por la necesidad de salir del hoyo, han desaparecido del mapa. No ha habido intentos, ni siquiera retóricos, de refundación del capitalismo sino el reconocimiento de una derrota muy poco democrática: la política iba a reformar los mercados y son ellos los que han reformado a la política.

Joaquín Estefanía, Cuatro años ya..., El País, 18/07/2011

La impotència de l´esquerra.

El fracaso de la izquierda europea ante la ofensiva del neoliberalismo nunca ha sido más patente que hoy. La crisis actual del capitalismo financiero tendría que haber provocado desde hace mucho tiempo su debacle. Sin embargo, allí donde la izquierda europea gobierna está obligada a hacerlo todo para salvarlo. Hay en ello algo propiamente surrealista. ¿Por qué ironía de la historia la izquierda se encuentra, como el médico, en la cabecera de un sistema que supuestamente debe combatir en nombre del progreso y de la justicia?
El electorado de izquierdas, desconcertado por este viraje, o gira hacia la derecha populista o se refugia en la abstención política. La revolución neoconservadora ha emprendido desde los años ochenta la demolición sistemática del modelo del Estado social, adquirido en reñidas luchas históricas y con grandes sacrificios de movimientos obreros del siglo XX. En Europa, esta ofensiva ha sido acompañada por la izquierda bajo el pretexto falaz de la construcción europea. La socialdemocracia, y más aún el social-liberalismo, sometiéndose a este modelo, han tirado por la borda sus ideologías socialistas, sus valores más fundamentales de solidaridad; en el mejor de los casos (Alemania, España, Francia) han defendido unas políticas de privatización ocultas tras unas redes sociales para proteger a los más débiles; en el peor de los casos (blairismo) se han convertido en punta de lanza de la reacción ultraliberal, cuando no han simple y llanamente desaparecido (Italia).
Pero la crisis actual del modelo liberal europeo pone hoy al desnudo la impotencia de la izquierda: no solo no puede oponerse a la ofensiva del liberalismo, que quiere siempre más privatizaciones, sino que está ahora sin proyecto, sin programa y ha perdido, salvo en los países del norte, el apoyo de las clases populares. Convertido en el partido de las clases medias, ya ni siquiera es capaz de protegerlas, puesto que estas padecen en todas partes la devaluación de sus estatus social, que atribuyen en general a la fiscalidad creciente de las políticas públicas. Y es por ello que se vuelcan progresivamente a la derecha, siguiendo así a una gran parte del electorado popular. Al final, está evidentemente la extrema derecha europea, que cosecha en todas partes los frutos envenenados de esta deriva.
El resultado de la pérdida de identidad de la izquierda está aquí: a fuerza de haber apostado por la economía liberal, se ve arrastrada por la "derechización" de la sociedad. Pero la verdad es que la sociedad vira a la derecha porque la izquierda liberal no es percibida como una alternativa. Si el electorado se pronuncia ahora cada vez con más indiferencia por la derecha o la izquierda no es por elección ideológica, sino más bien por despecho hacia unas políticas que se parecen como dos gotas de agua. La izquierda ya no marca la diferencia.
Le hará falta tiempo para hallar un nuevo aliento. Puesto que, contrariamente a la derecha, necesita ofrecer un proyecto que supere el orden existente. Debe representar la esperanza de un mundo mejor. Para aquellos que no se resignan a la desaparición de la izquierda (posible, como en Estados Unidos), el primer deber es identificar bien los problemas históricos a los que está confrontada. El material conceptual clásico de la izquierda apenas sirve ya; el paso a una civilización globalizada, el papel estructurador de las nuevas tecnologías inmateriales (Internet), la irrupción del principio de responsabilidad en la gestión del medio ambiente, la disolución de las viejas relaciones de clase y la formación de nuevas estructuraciones sociales, el ascenso de las potencias emergentes y de sus clases medias, y otros muchos factores más, imponen la elaboración de nuevos paradigmas, mucho más complejos que aquellos que sirven solamente, como hoy, para conquistar el poder.
Más allá de este trabajo necesario y riguroso de comprensión del nuevo mundo, hay al menos tres condiciones previas para la construcción de una futura izquierda.
En primer lugar, la autocrítica. La izquierda debe interrogarse sobre sus equivocaciones, no para culpabilizar a las generaciones que la han llevado al abismo, sino para no repetir los mismos errores: es un deber de memoria necesario para su propia identidad y para el pueblo. Los partidos socialistas europeos deben someterse a un serio examen de conciencia, puesto que cargan colectivamente con la responsabilidad del fracaso frente al liberalismo destructor del Estado social. ¿Cómo puede ser que la izquierda haya dejado instalarse una economía mundial potencialmente delincuente, con un "sistema bancario a la sombra" (Shadow Banking System), que, por medio de los activos tóxicos, representa más de 650.000 millardos de dólares? ¡Eso es 10 veces el PIB mundial! Mientras que se pide a los asalariados más débiles, a los funcionarios que defienden el servicio público, a las clases medias que cargan con la parte más grande de los impuestos, a los obreros endeudados y devaluados, a los jóvenes abandonados en el camino de la vida, que paguen para salvar ese sistema delincuente. En efecto, la izquierda no ha instaurado este sistema, pero ¿qué ha hecho para combatirlo desde hace 30 años? Sin autocrítica, no habrá aggiornamento de la izquierda.
En segundo lugar, la definición del campo de valores de la izquierda y de su proyecto histórico: ¿sigue siendo una fuerza de transformación de la sociedad? ¿Se trata de hacer funcionar "bien" el capitalismo, o de emancipar a la sociedad? ¿Hacia dónde? ¡No es concebible que unos partidos que se dicen "socialistas" no sepan lo que puede ser un socialismo del siglo XXI! Los pueblos quieren un proyecto humano de solidaridad colectiva; el mero consumo infinito de las mercancías no puede ser este proyecto: se haga lo que se haga, nunca será más que un medio de existencia. ¿Qué significa pues hoy una sociedad "socialista" mediante la democracia? ¿Qué sentido tiene? La izquierda europea debe enunciar su proyecto y asumirlo con franqueza. No debe avergonzarse de su identidad.
Por último, la toma de conciencia de la revolución que se ha producido en las mentalidades. Lo que han demostrado tanto la primavera árabe como el magnífico ejemplo del 15-M español es la irrupción masiva de la demanda ciudadana en la elaboración del interés general por parte de las mismas poblaciones. Es la crítica a la forma partido, que ha perdido su legitimidad a consecuencia de la sordera y la arrogancia respecto a las aspiraciones profundas de las fuerzas más vivas de la sociedad.
Eso no significa el fin de los partidos, puesto que una sociedad democrática sin partidos es una sociedad totalitaria, no democrática, sino que los partidos deben cambiar, en su forma como en su función. En su forma, para aprender a cristalizar las aspiraciones populares democratizando su relación con el pueblo, rechazando su consideración únicamente como una masa de electores manipulables; en su función, definiendo unos programas realistas y realizables. Ser un partido que escucha y no miente: puesto que la exigencia de ética está en el corazón de la política democrática moderna. Sin una reforma en profundidad de su visión del mundo, de sus métodos de acción y de sus medios de funcionamiento, la izquierda europea corre el riesgo de patinar durante mucho tiempo aún. Pero desgraciadamente ese tiempo no está vacío: lo pagan muy caro los más débiles, que sufren los costes de un sistema económico cruel y simplemente indigno de una humanidad civilizada.
Sami Naïr, ¿Adónde va la izquierda europea?, El País, 14/07/2011

"Són coses de la política".


Días atrás asistí, por casualidad, a una conversación entre dos políticos de partidos distintos. En tiempos recientes, uno de ellos había atacado al otro despiadadamente. "Si en algo te ofendimos, de verdad que lo siento, porque nosotros siempre te hemos tenido en muy alta consideración, pero ya sabes, son cosas de la política". Las ofensas no eran menores, mediaban acusaciones completamente infundadas de delitos e irregularidades graves. Pero son cosas de la política. Ahora que la política parece haber tocado fondo a los ojos de los ciudadanos y que tanto se habla de la necesidad de regenerar y recuperar la política, habría que empezar por desterrar la gran coartada: "son cosas de la política".

Sabemos perfectamente que la política es la lucha por el poder político y que, en estos combates, solo se conoce el interés propio frente al interés del otro. Pero la democracia tiene entre sus tareas la de poner límites a los abusos de poder. La excusa "son cosas de la política" es una puerta abierta a los excesos. ¿Qué significa esta expresión? Sencillamente, la suspensión en el campo de la política, de los criterios morales y de los criterios de verdad que rezan en cualquier orden de la vida. La mentira, la calumnia o la injuria, que son figuras que forman parte de lo socialmente inaceptable, adquieren por esta vía -"cosas de la política"- carta de naturaleza en la vida democrática. El que las practica no solo lo hace sin ningún escrúpulo personal, porque da por supuesta la suspensión de la moral, sino que habla con absoluto desprecio por la verdad porque de lo que se trata no es de hacer un juicio justo sino de demoler al adversario. La inmunidad parlamentaria tiene razón de ser para garantizar una libertad de expresión sin cortapisas, imprescindible para el buen funcionamiento de la democracia, pero si se interpreta frívolamente genera efectos lamentables.

El problema principal de una democracia basada en la impunidad del "son cosas de la política" es que debilita la función deliberativa. El objeto de los debates no es la verdad ni la confrontación de las ideas para mejorar la toma de decisiones, sino que es simplemente la desfiguración del adversario. En realidad, se nos está pidiendo a los ciudadanos que aceptemos que la democracia parlamentaria es un espectáculo teatral en que Gobierno y oposición se pelean, como forma de sublimar la tensión de la conflictividad social, sin pretensión alguna de hacer un diálogo constructivo. Y desde luego mucho menos de confrontar ideas y buscar acuerdos en el diagnóstico de los problemas para mejor orientar las decisiones. Si ha de ser así, sería exigible que el espectáculo fuera de mejor calidad. Si de verdad se quiere reformar la política empecemos por reflexionar sobre esta cuestión: ¿es realmente posible acabar con la coartada "son cosas de la política"? ¿Se puede aspirar a un debate político en que cada cual defienda sus posiciones con tanta firmeza como sea necesario pero sin sobrepasar nunca el respeto al adversario? Para ello se necesitan ideas y coherencia. Porque el tren de la política empieza a descarrillar en el momento en que lo que vale para descalificar al adversario es una injuria cuando cae sobre nosotros; lo que es intolerable cuando lo hace al adversario merece la presunción de inocencia cuando lo hacemos nosotros -la primera persona del plural es norma en política para subrayar siempre la confrontación con los otros. Comisiones de investigación que nunca llegan a la verdad porque pretenden establecerla por mayoría; debates que nada aclaran porque los hechos no cuentan para nada; acusaciones graves sin fundamento; descalificaciones que se sabe que son objetivamente falsas, y la desmoralizante sensación de que de nada sirve tener razón: es el resultado de "las cosas de la política".

Pero hay más: la coartada "son cosas de la política" debilita a los propios responsables políticos porque quiebra la confianza. Se da por supuesto que cualquier mensaje político está adulterado por el interés propio y el prejuicio contra el adversario. ¿Y el interés general dónde queda? En la medida en que las diferencias políticas son menores y que las alternativas políticas se desdibujan, en unas democracias en que todos pugnan por el centro, olvidando a menudo que el centro es la fruta que madura cuando has hecho el pleno de los tuyos, la agresividad fatua aumenta. Con lo que el espectáculo se hace más incomprensible todavía. Por qué se pelean tanto, dice la gente, si al final hacen casi lo mismo.

Josep Ramoneda, Las cosas de la política, El País, 19/07/2011

Tot és per culpa dels mercats?

George Soros
¿É s cert que hi ha especuladors que poden arribar a enfonsar una moneda nacional important? Sí, és absolutament cert: el dia 16 de setembre del 1992, per exemple, el financer George Soros va canviar prop de 10.000 milions de dòlars en lliures esterlines i va provocar una fluctuació sísmica en l'economia britànica. El govern anglès va haver de devaluar la lliura un 20%, i el senyor Soros es va embutxacar més d'un milió de dòlars en qüestió de minuts. ¿És cert també que hi ha grans corporacions que actuen malintencionadament i fan variar el preu de tota mena de productes de primera necessitat? Sí, és igualment cert: només cal que pensem en les batzegades planetàries que van provocar determinades decisions de l'Organització de Països Exportadors de Petroli (OPEP) als anys setanta. ¿I és cert que algunes decisions econòmiques en principi benintencionades poden arribar a tenir efectes catastròfics semblants, en la mesura que el seu abast és mundial? Sí, és dramàticament cert: pensem què va passar fa ben pocs anys amb la producció massiva de biocombustibles, que van fer encarir de manera brutal productes alimentaris de primera necessitat.
Deixo els exemples perquè no acabaríem mai, però la conclusió és evident: jugar amb els mercats d'una manera o d'una altra -els tres exemples que hem posat tenen una naturalesa ben diferent- sempre comporta un risc. És ben lícit i raonable que els governs es preocupin per aquestes qüestions i tinguin una actitud vigilant i responsable. Fins aquí, crec que tots hi estaríem d'acord. El problema és que les coses són molt més complicades, perquè el mercat -equívoca abstracció!- és alguna cosa més que George Soros, l'OPEP i totes les reunions de peixos grossos amb barret de copa, monocle i havà que vulguin.
Com que hem començat amb un to interrogatiu, continuem-hi. Centrem-nos, per exemple, en el mercat immobiliari, lligat inexorablement, via hipoteca, amb el financer. No es tracta d'un mercat qualsevol, sinó del centre indiscutible d'aquesta crisi. ¿Vostè coneix algú que fa cinc o sis anys fos segrestat per un director de sucursal bancària i, amb una pistola al cap, signés una hipoteca davant d'un notari? Jo tampoc. ¿A vostè li sona algú que, en el mateix període, renunciés a obtenir unes sucoses i de vegades quasi delirants plusvàlues en la compravenda d'un habitatge en nom del bé comú? No em sona gens, a mi. ¿I sap algun cas de persones que hagin triat el seu lloc de residència no en funció de les seves expectatives i necessitats personals sinó en nom del reequilibri territorial? Segur que n'hi deu haver alguna, però és evident que no és la norma. Els mercats també són això. No s'hi val, per tant, a caricaturitzar un problema endimoniadament complicat tot dibuixant quatre senyors que encenen els seus cigars amb bitllets de 500 euros i que dominen el món i els destins dels que hi vivim.
La persecució de l'especulació a gran escala, la que altera el preu de béns i serveis bàsics, hauria de ser implacable, en la mesura que afecta negativament el gruix de la població. Un tipus que genera fam a còpia d'acumular i retenir productes de primera necessitat hauria de rebre un càstig exemplar. Ara bé: ¿què passa amb aquelles conductes col·lectives i generalitzades que acaben provocant terratrèmols semblants? Era prou evident, per exemple, que les famílies que fa uns anys van demanar hipoteques al 120% sobre un valor còmicament sobretaxat s'acabarien enxampant els dits. La pregunta pertinent és: ¿l'Estat hauria hagut d'intervenir en aquell mercat? Potser el problema és que ja ho havia fet. Si la gent prenia aquella decisió irracional era, en part, pel substanciós estímul de la desgravació fiscal. Parlant d'intervenir i de regular: el mercat més vigilat del món és el de la droga, i ja en veuen els resultats. La part positiva de la crisi econòmica -potser l'única- és que ens farà replantejar una pila de coses. Molt de compte, però, a l'hora de fer-ho passar tot pel broc gros.
Ferran Sáez, Els mercats, Ara, 22/07/2011

dijous, 21 de juliol de 2011

De la Metafísica al Big Brother.


... el resultado de la modernidad, según Heidegger, pero también según muchos filósofos de otras tendencias, es la disolución de la metafísica; es decir, de la idea de que haya una estructura estable del ser, un fundamento último que capta la razón y sobre el que funda su propio conocimiento objetivo del mundo. La crítica de la ideología (vemos el mundo según unos esquemas condicionados por nuestra historia, nuestros intereses, etc.) y el descubrimiento de la variedad de culturas han erosionado de forma decisiva (algunos lo niegan) la idea de un conocimiento definitivamente fundado. Heidegger, además, sentó las bases para considerar la metafísica como violencia: cada intento de encontrar el fundamento último es siempre también una pretensión de acallar las preguntas, de imponer una autoridad que no se discuta. Y aún más: la idea de objetividad aplicada al ser hace imposible la existencia y la libertad humanas, que son siempre apertura e historicidad. Un mundo en el que impera la idea del ser como objetividad es aquel en el que también el hombre se reduce a un objeto, haciendo de él una parte del mundo que se ha vuelto calculable y previsible, la sociedad del “gran Hermano”.

 
Gianni Vattimo, Pensamiento débil, teología fuerte, ABC CULTURAL, 30/10/1999

Superar la tirania de la intimitat.

by Ouka Leele

Basándome en unos párrafos de Descartes me refería en pasadas columnas al perezoso y conservador yo forjado en la huida de la confrontación (en el caso de Descartes confrontación con una todopoderosa  voluntad de engañar, un Dios "que dedica toda su industria a engañarme"), frente al sujeto del pensar,  que  repudia tanto la situación de ser engañado como la sumisión que ello conlleva. Sugería que el yo, que consideramos una suerte de reducto inexpugnable es en realidad un constructo, la expresión quintaesenciada de un conjunto de aspectos que configuran lo que consideramos esfera íntima de nuestra vida. De ahí que  la sospecha en relación al yo sería útil que se extendiera al concepto mismo de intimidad. Si el pensamiento fértil tiene como condición necesaria el superar la tiranía del yo, quizás deba  con mayor generalidad superar la tiranía de la intimidad.

"Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de la familia". Así presenta el diccionario de la Academia el término intimidad...en su segunda acepción, pues  la primera es la de amistad íntima, dónde el calificativo hace referencia a lo más interior o interno.

Hay como general acuerdo  que lo íntimo constituye un ámbito  que ha de ser respetado. Pero desde luego hay serias divergencias respeto a las fronteras de la intimidad. Recuerdo que en Francia se consideraba de mal gusto preguntar a alguien por su voto, por considerar que la decisión respecto al mismo habría de ser tomada en meditación consigo mismo, y ello fueran cuales fueran las actitudes políticas de la persona en cuestión, sobre las cuales no existía ningún tabú y hasta era convencional el expresar profusamente.

Obviamente esta polaridad entre las convicciones políticas, que pueden ser exteriorizadas por ser consideradas públicas,  y la decisión íntima de tal o tal voto se diluye en ocasiones. En un régimen totalitario se exterioriza una cosa aunque se piense otra...íntimamente.

Cabe  incluso que se llegue a invertir la situación: votar lo que todo el mundo sabe que se vota, mientras que lo que realmente se piensa en materia de político es impublicable, reservado para sí o en todo caso expuesto "a vista de pocos, familiar y domésticamente" o sea de manera privada.

La intimidad, aleatoria pues dependiente de normas y relaciones de fuerzas cambiantes  se halla en todo caso  amenazada, cuando el entramado social tiene fuerza para hurgar en las conciencias, por ejemplo torturando, o mediante instrumentos como la obligatoria confesión. Instrumento este último para abolir las fronteras de la intimidad mucho más  eficaz que la fuerza, como bien sabe el poder vaticanista, al menos desde la revolución ignaciana, que marca a hierro las conciencias para que sólo en la desnudez de la confesión quepa la reconciliación con uno mismo.

Si el desvelo de la intimidad ajena ha sido una constante (sea por procedimientos inquisitivos, coercitivos sin tapujos o persuasivos en apariencia), no lo es menos el deseo de tal exteriorización. Complicidad dialéctica bien conocida por los publicistas,  paradigma de lo cual es que para determinada  casa de prendas de vestir se haya elegido el término intimissimi.

En cualquier caso, más o menos reducida en su espectro, la intimidad del otro es un reducto de la alteridad.  Si la intimidad del otro no fuera tabú no habría deseo de franquearla y si la intimidad propia no fuera el ámbito de la identidad no la protegeríamos de la incursión ajena.

Sentimos que la intimidad es nuestro ser, ocultado  en ocasiones por la urgencia de adecuarse a circunstancias ajenas, adecuarse al guiñol social determinado por relaciones de fuerza afectivas, económicas, etcétera. Podemos estar reconciliados con este ser íntimo o por el contrario considerarlo vil, cobarde o  impostor, mas en todo caso experimentamos que acompaña todas nuestras representaciones del mundo y marca el papel más o menos cambiante  que nos asignamos en él.

Todos sospechamos que el impulso que nos lleva a comer un helado es en realidad un acto de mera obediencia. La cosa no es muy diferente tratándose de la degustación de un vino, o de la emoción fetichista provocada por una prenda que luce el eventual partenaire sexual.  Nuestra vida es ya como una piel reducida a poros por los que se infiltra esa modalidad del mal que es la reducción de toda cosa a mercancía. Somos lo que deseamos y deseamos lo que está mandado. Y sin embargo...es imposible que siempre haya sido así. La apertura originaria al mundo, el momento en que el in-fante  da paso al ser de pensamiento y de lenguaje, no consiste en mediatizar las cosas por el valor sino el mediatizar las cosas por las palabras. De tal apertura queda en cada uno de nosotros necesariamente un rescoldo. Hacer que reviva este rescoldo, restaurar el momento en que  la exhaustiva porosidad de nuestra superficie sea infiltración de las palabras,  a la vez que apuesta por la dignidad propia (la inmersión redentora expresada en la metáfora del pozo artesiano) es apuesta por la realización colectiva, redención de uno mismo en una práctica modificadora del nudo relacional que es siempre el hombre. Uno en la pólis, es decir, cabalmente ciudadano.

Víctor Gómez Pin, Obediencias: la intimidad como reducto, El Boomeran(g), 11/07/2011
http://www.elboomeran.com/blog-post/6/11018/victor-gomez-pin/obediencias-la-intimidad-como-reducto/


La incompetència del votant.

Ramon Folch



No sóc partidari del despotisme, però estic inquiet pel creixent nivell d'incompetència dels votants. Per construir una democràcia sòlida cal un enorme esforç d'educació que doni elements de judici a les majories, solidesa cultural al ciutadà. Però mentre això no passi hem de prendre alguna mesura, perquè la quantitat de decisions equivocades, democràticament preses, pot ser enorme. Els infants no voten perquè no tenen prou criteri. Avui, més que abans, el criteri no s'adquireix només amb l'edat. Les majories legitimen les decisions, però no en garanteixen l'encert.

Ramon Folch, "Inquieta la incompetencia del votant", entrevista de Tomàs Delclós, Quadern de Catalunya. El País, 21/07/2011

http://www.elpais.com/articulo/paginas/Inquieta/incompetencia/votant/elppor/20110721elpbqcpag_1/Tes?print=1

El vot com a refugi.

Cada dia resulta més clar que la democràcia que tenim, i que sembla que tindrem, és bàsicament electoral. Jo sempre havia pensat que les eleccions lliures i periòdiques eren precisament el mínim d'una democràcia, el seu punt d'arrencada, i que llavors, entre tots, havíem d'anar construint una societat amb més llibertat, més igualtat i més fraternitat (faig servir expressament aquestes expressions).

Es veu -m'hi oposaré sempre- que les coses no van així. Els ciutadans queden progressivament reduïts a la condició de súbdits: els toca pagar -pagar-ho tot tres vegades- i han d'abandonar qualsevol expectativa d'un futur menys conflictiu, més humà. Aquest drama, però, no el viu només la ciutadania sinó que abraça les institucions públiques i els estats. Els interessos econòmics privats-especulatius i potser mafiosos- compren, venen i lloguen estats sencers. Estan fent una cacera despietada de tot el que és públic. Estan subhastant el present i el futur de tots.

D'aquí a ben poc, el poble ja només podrà votar. Llavors, però, ja no tindrà sentit que voti. Els que no creuen en la democràcia encara es refugien precisament en el fet d'haver estat votats, com si això fos tot. S'hi refugien quan volen fer creure que, perquè han estat votats, qualsevol decisió seva ja és legítima. Doncs, no. Estan legitimats per prendre decisions, però no qualsevol decisió, llevat que vulguin imitar els governs autoritaris.

Però també es refugien en els vots obtinguts per esquivar l'acció de la justícia, com si fossin intocables. Així dinamiten la separació de poders que defineix la democràcia.

Si els demòcrates no reaccionen, aviat comprovaran el resultat de la subhasta i del vot submís: s'haurà imposat la tirania, potser amb rivets democràtics.

Josep-Maria Terricabras, Contra la democràcia subhastada, El Periódico de Catalunya, 20/07/2011

L´esperança de ser motor immòbil.


Como suele decirse, no te casas sólo con la persona amada sino con su familia y al conocer ésta conoces también, por vía refleja, la tuya propia: aquí el conocimiento redunda en autoconocimiento porque el contraste ilumina la esencia. En mi caso, al intimar con mi familia política, tan activa, dinámica y servicial, comprendí hasta qué punto la que formábamos mis padres y hermanos era, en comparación, de costumbres excéntricas. Por ejemplo, en mi casa era normal, después de comer, que cada uno se llevara un libro al salón de estar y que permaneciéramos todos sentados en muelles sofás y sillones leyendo horas y horas a pesar del ruido que producía el televisor encendido al que nadie prestaba atención. Pasado mucho tiempo, quizá toda la tarde, uno de nosotros, cansado, se levantaba para desentumecerse los músculos y en ese minuto le llovían al desprevenido encargos de todos los demás: "Ya que te has levantado..." (y seguían solicitudes de la cocina, el dormitorio o el garaje). Eran los tiempos felices en que nos dejaban ser la perfecta encarnación del Dios aristotélico: ese "motor inmóvil" que, sin moverse, moviliza a todos los entes a su alrededor. En suma, descubrí que mi familia es decididamente sedentaria. Y a mucha honra.

Estar sentado. Sentarse, sentirse. Me siento y al punto se abre la flor flagrante de mi intimidad, de la que gozosamente tomo posesión. Comparece ante mí el mundo entero y me embriaga una pasión poética y abstracta que no remite a un objeto concreto sino a esa totalidad en presencia. Cuando somos jóvenes creemos que podemos apresar el mundo en una única imagen o plan de acción, mientras que, después, la experiencia nos enseña que la realidad se compone de fragmentos que no se dejan ensamblar y vemos las cosas separadas donde antes las veíamos juntas. La juventud es, pues, sintética, y la madurez analítica: de ahí el placer de sentarse y tratar de recomponer esos trozos sueltos de lo real para, como hace el arte, restituirlos a su unidad originaria, donde son eternamente jóvenes. A veces me siento junto a la ventana y contemplo en la calle peatones y coches en agitación incesante, desplazándose sin parar. Mientras me arrellano en mi amena poltrona el espectáculo urbano me inspira una meditación filosófica: "¿Adónde irá toda esta gente? ¿No eran felices donde estaban? ¿Están seguros de estar mejor en el lugar de destino?". Y me acuerdo del inicio del libro II de De rerum natura, cuando Lucrecio contempla desde la altura, sin inquietarse, cómo se afanan los mortales "buscando un camino a su vida sin rumbo". Su maestro, Epicuro, que hizo del placer -en el sentido de gozo o alegría de vivir- el meollo de su ética y recomendaba no tanto vivir muchos días sino vivirlos buenos y placenteros, distinguía entre dos clases de placeres, los cinéticos (movimientos del alma como el amor o el deseo) y los catasténicos, inmóviles o pasivos, y recomendaba intensamente cultivar los segundos.

Entre ellos, el placer de sentarse a la mesa. Junto al recogimiento de quien se halla sentado en soledad hay que poner el goce de compartir comida y bebida con amigos. En la comensalidad está el origen de la sociabilidad humana. Entre los más grandes progresos de la humanidad se halla la decisión de determinados pueblos, hace casi 10.000 años, de hacerse sedentarios para dedicarse a la agricultura. Esos pueblos nómadas, guerreros y bárbaros, cambiaron las armas por el arado y así nacieron las ciudades y, con la urbanización de la tierra, la urbanidad, la cultura y la civilización occidental. Desde entonces los hombres gustan de reunirse en torno a una mesa bien servida porque ese placer de estar sentados juntos es una forma de celebración de la vida. El simposio griego es sólo una de sus más nobles manifestaciones.

Hoy se nos exhorta por todas partes a que seamos dinámicos y "energéticos" y a tener el mayor número posible de experiencias: amar muchas mujeres, viajar por muchos países, probar paraísos artificiales, atreverse con excesos nocturnos y en general mudar, anhelar novedades y sorpresas, romper rutinas. Ahora bien, una cosa es acumular experiencias (en plural) y otra tener auténtica experiencia de la vida (en singular) y esto último no depende de entregarse a una trepidación vital más o menos atolondrada. Hombres de rutinas, que apenas salieron de su pequeña población natal, fueron Sócrates, Tintoretto y Kant, y pese a ello, nadie negará que los tres conocieron hondamente lo esencial humano, aunque hay que decir que el primero fue culo de mal asiento. Muchas veces las rutinas son las precondiciones del gozo. No hay viaje semejante al de autopertenecerse ni experiencia más profunda que la de vivir y envejecer con plena consciencia de hacerlo, y esto es privilegio del homo sedens. Goethe escribió: "En el principio era la acción" para contradecir el evangelio de san Juan, que empieza diciendo: "En el principio era el logos". Yo pienso que está sobrevalorado el ciego activismo y sin duda prefiero Patmos a Weimar. Porque cuando me siento exclamo: "Et in Arcadia ego" y me figuro que pocos son los males que hay que temer estando en esa deliciosa posición.

Envejecer es un inconveniente, pero, entre tantos aspectos negativos, hay uno muy esperanzador: la perspectiva de volver a ser motor inmóvil como en mi infancia. Afortunadamente, nadie pretende que los viejos sean hiperactivos. Tantos años afectando un activismo dinámico que en realidad no poseo, aprovecharé mi ancianidad para sentarme a mi sabor, sin reproches. Y cuando trate de imaginarme cómo sería una vida eterna, recordaré la imagen que una vez evocó el olvidado Eugenio D'Ors, quien confiaba verse a sí mismo algún día "sentado en una nube haciendo dulces objeciones al creador", siendo, por supuesto, lo más interesante de esta bienaventuranza la expectativa de permanecer sentado por los siglos de los siglos.

Javier Gomá Lanzón, Tú esperas sentado, Babelia. El País, 16/07/2011

Els ideals maten la democràcia.

Benajmin Constant
La actuación de los genéricamente denominados "indignados" suscita, una vez transcurrido más de un mes de su comienzo, una serie de reflexiones.

La primera y más llamativa (aunque quizás no sea la más importante) es la de que se están confundiendo tanto en el discurso como en la práctica dos ideas no equivalentes: las de violencia y fuerza. La actuación de los indignados se reclama como esencialmente pacífica o no violenta, lo cual es cierto pero insuficiente. Porque puede no ser violenta y, sin embargo, estar utilizando la fuerza (o a "las vías de hecho", como se dice gráficamente), y de esta manera estar siendo ilegal. Ocupar sin autorización espacios públicos, realizar colectivamente cencerradas o abucheos, o impedir en masa el cumplimiento de decretos judiciales legítimos es usar de la fuerza, por mucho que no sea violenta. Y conviene decirlo, porque la fuerza no es un argumento aceptable en democracia salvo cuando la utiliza la autoridad legítima.

La fuerza encarnada en la multitud tiene un atractivo poderoso. Hay en nuestra cultura una especie de atavismo genético que lleva a apreciar a una multitud como algo necesariamente bueno y justo, sobre todo cuando se trata de personas jóvenes y humildes. La reunión física en público de muchas personas suscita un sentimiento de comunión real de espíritus y cuerpos que subyuga tanto al participante como al observador. Probablemente, porque convierte una comunidad meramente imaginada (la sociedad) en un ente palpitante y real.

Por el contrario, la idea de que varios millones de personas han acudido un mismo día a realizar el repetitivo acto de votar de manera ordenada no despierta en nuestra mente sino una sensación de rutina aburrida. Mientras que ver y oler a 200.000 personas en las calles nos maravilla e ilusiona, porque nos parece que es el pueblo (nada menos que el pueblo) el que pasa en persona por la calle. Nuestra cultura política adolece de nostalgia de pueblo o, dicho de otra manera, de inmadurez democrática.

Una cosa es la prudencia, otra el goût démocratique. Probablemente es prudente no disolver por la fuerza convocatorias colectivas (tolerancia), pero no es democrático ensalzarlas y ver en ellas un valor superior al del ciudadano que se queda en su casa y se limita a votar a sus representantes. Si la ciudadanía toda ocupase la calle y se pusiera a discutir y reclamar allí sus derechos, descubriríamos de inmediato que así no funciona, y tendríamos que inventar reglas, estructuras, jerarquías y rutinas para que la voluntad del pueblo se realizase. Es por eso por lo que resulta estúpido reinventar la democracia a estas alturas. Y jalearlo.

Tampoco se compadece la democracia bien entendida con el persistir durante mucho tiempo en la presencia masiva en las calles sin proponer al mismo tiempo reivindicaciones concretas que puedan ser procesadas por el Estado de derecho. Una de dos: o se efectúan peticiones concretas que sean reconocibles y tratables por los cauces democráticos instituidos (la reforma), o se sitúa uno fuera de esos cauces y se reclama la ruptura del sistema (la revolución).

Lo que no cabe es un tercer género, en el que se ocupa la calle con unas reivindicaciones que de puro genéricas son improcesables por el sistema político y se pretende al mismo tiempo que ese sistema proporcione respuesta al movimiento. Así lo único que se hace, en realidad, es socavar la legitimidad del sistema mismo aunque sin el coste de proponer un recambio, lo cual es la vía fácil del populismo.

Deconstruir un Estado de derecho poniendo de relieve sus fallos es fácil, pero constituye una irresponsabilidad el hacerlo si al mismo tiempo no se propone algún remedio concreto para su reconstrucción.

Hace dos siglos que un perspicaz pensador político observó que, en un régimen liberal, la reivindicación de grandes principios o abstractos ideales (justicia, libertad, fraternidad, etcétera) no lleva sino a la destrucción irreparable de la democracia. Porque esta no tiene respuesta para una petición tan general y grandilocuente.

Si se pretende pasar revista al sistema completo a la luz de la justicia absoluta, por ejemplo, el sistema democrático se hunde en el descrédito, porque ningún sistema imperfecto por definición puede soportar ese examen. Por eso, decía Benjamín Constant, en democracia sólo cabe reivindicar "principios intermedios", es decir, metas limitadas y concretas que puedan ser perseguidas por las instituciones sin poner en cuestión el sistema mismo. Vamos, que es mejor no pedir "justicia" u "otro mundo", sino la modificación de la Ley Hipotecaria.

Por eso, y a pesar de que suene a conservador, al movimiento de los indignados hay que recordarle que está obligado a concretar sus reivindicaciones, en lugar de recrearse de manera un tanto infantil en su capacidad de presencia callejera o en su indignación. Que está obligado a transformar este sentimiento en propuestas procesables por la democracia. De lo contrario, no conseguirá una "democracia real" (sea eso lo que sea), sino empeorar un poco más la que existe. Y no hay otra.

José María Ruiz Soroa, Fuerza y violencia, El País, 21/07/2011

Facebook, la teranyina.


Internet es una tecnología y Facebook un programa que la usa. Las tecnologías surgen de equis necesidad, y los programas, de equis propósito. Si de veras necesitamos de muchos amigos, si realmente nos resulta indispensable localizar a la novia de ayer o al compañerito de primaria, adelante… ¡Facebook!

Cuando siendo adolescente pateaba las calles de una gran ciudad y ejercitaba la concentración mental para asesinar al director de mi escuela, solía detenerme en los escaparates de las librerías. Un libro que estaba en todas llamaba mi atención: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie.

A pesar del exultante cintillo que lo recomendaba (¡millones de copias vendidas!), nunca lo compré. Me bastó abrirlo y leer la primera recomendación para constatar que la obra iba contra mis ideales: No critique, ni condene, ni se queje.

En el ciberespacio hay redes y… telarañas. Internet es una red (de redes), y Facebook una telaraña (de personas). Internet vincula, Facebook captura. Ambos sistemas enlazan. Sólo que Internet fue diseñada con fines públicos y Facebook, así como el libro de Carnegie, manipula lo público con fines privados.

¿Qué ideología profesaban los jóvenes de la Universidad de Stanford que a finales de los sesenta exploraban las potencialidades de la red? Digamos que el proverbial pragmatismo de la elitista democracia yanqui los invitó a responder una puntual petición del Pentágono: crear un sistema de comunicación descentralizado, capaz de resistir un ataque nuclear.

Como el proyecto no mencionaba que el sistema evitara la censura (o que se inspirara en la igualdad de derechos entre las fuentes de información), el Estado no reparó si los investigadores apoyaban la guerra de Vietnam o acudían a recitales para cantarle We shall overcome a Ronald Reagan, gobernador de California. Licencias del american way, que no volverán.

Internet fue concebida con el espíritu desinteresado de una comunidad de científicos, y Facebook surgió de la traición de Mark Zuckerberg a los amigos que, junto con él, diseñaron el programa para hacer amigos. Una historia que Ben Mezrich contó en Multimillonarios por accidente (Planeta, 2010) y que los reacios a la lectura pueden apreciar en La red social, la buena y simplona película de David Fincher (2010).

Zuckerberg es el dueño de Facebook (el hombre del año según la cavernícola revista Time), y Peter Thiel (inventor del sistema de pago electrónico PayPal) opera como piedra angular de su ideología. Por motivos de espacio, remito a Google el perfil de este ciberdinosaurio del mal. De mi lado, me detengo en René Girard (1925), filósofo y antropólogo francés, y alter ego de Peter Thiel.

En julio de 2008, en una revista de la derecha mexicana que presume de libre (y no menos manipuladora que Time), se dijo que “…la teoría antropológica de René Girard empieza a ser considerada la única (sic) explicación convincente sobre los orígenes de la cultura”. ¿Cuál sería esta ignota teoría? Nada menos que la vapuleada mímesis del deseo que, según Girard, configuramos gracias a los deseos de los demás.

Las piruetas intelectuales de Girard rinden tributo a sicólogos racistas, como Gustave Le Bon (1841-1931), y encajan en la mentalidad de tipos como Thiel: la gente es esencialmente borrega y se copia una a otra sin mucha reflexión. El sitio Resistencia Digital (RD) puso el ejemplo de la burbuja financiera: cuando Bill Gates compró parte de las acciones de Facebook, los tigres de Wall Street dedujeron que valía 15 veces más.

El segundo inversionista de Facebook se llama Jim Breyer (miembro de la junta de Walmart) y el tercero es Howard Cox, de In-Q-Tel, ala de inversión en capital de riesgo de la CIA. El Proyecto Censurado (iniciativa de la Universidad de Sonoma State, California, que ventila los temas que ocultan los medios) dice que la FBI recurre a Facebook en remplazo de los Infragard creados durante el primer gobierno de W. Bush: 23 mil microcomunidades o células de pequeños comerciantes patrióticos, que ofrecen los perfiles sicopolíticos de su clientela.

Facebook y su experimento de manipulación global acabaron con las teorías conspirativas. Por izquierda y derecha, millones de personas, que en principio estiman la democracia y la libertad (valores que para Thiel son incompatibles), parecen no reparar en que la privacidad es un derecho humano básico.

Atrapados en la cultura neoliberal (auténtica red de redes), gobiernos, instituciones y usuarios le entregan a Facebook redes de contacto, relaciones, nombres, apellidos y fotografías que se prestan al reconocimiento facial, la geolocalización móvil, la estadistica ideológica y los perfiles de mercado y sicológicos.

En ese sentido, Facebook es un subproducto ideológico de la imparable metástasis totalitaria que se expande en Estados Unidos. En lugar de las ambidextras obsesiones del púdico George Orwell, Facebook se nutre de la profecía que Jack London describió en El talón de hierro (1908): la instauración de un Estado policiaco, plagado de alcahuetes anónimos.

Jorge Steinleger, La ideología Facebook, La jornada, 20/07/2011

Cervesa: localisme contra cosmopolitisme.

En un episodi fantàstic dels Simpsons, Bart es dedica a dissenyar frases per a samarretes. Una d’elles porta escrit: “Actua globalment, eructa localment”. La paròdia era sobre una frase molt pròpia dels noranta, quan el terme glocal (global + local) va ocupar la centralitat de diversos debats públics. La globalització semblava imparable llavors i tant partidaris com detractors del procés van explotar a fons l’eix local-global per crear tota mena de discurseria sociopolítica.

Aquest tema ha tornat a l’actualitat gràcies al combat ferreny entre la publicitat de dues companyies de cervesa. Una humida guerra conceptual que ha esclatat quan San Miguel ha replicat amb una campanya massiva el ja clàssic anunci d’estiu de la Damm. No es tracta de saber quina refresca més, és una lluita intel·lectual dins el vell debat entre la globalitat i el poder local.

San Miguel aposta per aquest gran moviment burgès anomenat cosmopolitisme. Un pensament que malda per un món globalitzat a partir del low cost, els restaurants moderns de cuina vietnamita i els iPhones. Es tracta d’una ideologia que veu en el consumisme una oportunitat d’anorrear les diferències culturals, religioses i de costums. Pels cosmopolites, el territori és només un decorat, una escenografia. A l’anunci veiem el protagonista passant d’Istanbul a Moscou sense despentinar-se, perquè el mercat global i les elits fan que, més enllà de l’aspecte monumental, tots els llocs del món siguin el mateix. Per exemplificar aquesta tesi, qui millor que Delafé y las Flores Azules, el grup emblema dels no indignats. Delafé ha estat una banda que ha lluitat tradicionalment per una visió no conflictiva de la realitat. Per un ideari petitburgès ple d’ordre i optimisme, de progrés basat en el consum intern i el turisme. Un cant al jovent que estiueja a Phuket, viu a Berlín, compra a Londres i balla a Barcelona. Cerveza de un lugar llamado mundo és, doncs, el lema palmari de Mahou-San Miguel, una empresa amb un potent imaginari madrileny (tot i els seus orígens fabrils a Lleida) que vol exorcitzar qualsevol localisme provincià.

Tot el contrari és el que ha fet la casa Damm, de matriu catalana, que ha decidit crear l’equivalent estiuenc de les bombolles de Freixenet. Es tractava d’influir en la proclamació de la cançó de l’estiu i vincular vacances i amors caniculars a la marca. Damm aposta per la localització a partir del seu eslògan: Mediterràniament. El Bulli i Ferran Adrià ens avisen de la seva fe en el terroir. Si a San Miguel tot el món viu igual, amb Damm ens diuen que al Mediterrani es viu com enlloc. La visió de Damm, d’un aire federalista molt coixetià, podria semblar més antiglobi que la rival, però no ens enganyem: la Mediterrània de Damm no és la mar que acull la primavera àrab. És un espai on uns marmitons de cuina més aviat tòtils desaprofiten la seva oportunitat de treballar al Bulli per estar de festa, tot demostrant així la poca competitivitat del precariat local.

Entre el globalisme sanmi­guelià i el municipalisme de la Damm, ha aparegut, vet-ho aquí, un nou i sorprenent eix: el tema nacional, posat sobre la taula per Moritz en regalar una ampolla als eurodiputats en defensa del català. Un tercer espai mediàtic on el conflicte sí que és visible i determinant i que ve a completar la sensibilitat conceptual del bevedor de cervesa aquest estiu de misèria.

Antonio Baños, Beu globalment, rota localment, Público, 19/07/2011

dilluns, 18 de juliol de 2011

Quanta acceleració pot suportar un ésser humà?

Un dels principals problemes que tenim els humans és l'acceleració del temps provocada per les noves tecnologies. Quan parlem del temps hem de distingir sempre entre el temps i la duració, com feia Henri Bergson. La duració és el temps subjectivament viscut. El que fa que una sobretaula de tres hores se'ns faci inacabable per l'avorriment dels comensals o que se'ns faci molt curta perquè hi ha hagut bon menjar i bona conversa. El temps es pot mesurar científicament; la duració no, és una sensació personal. Amb les noves tecnologies s'ha accelerat el temps en dues direccions: perquè es fan més coses amb menys estona (i per tant, fem moltes més coses per hora que abans) i perquè aquesta dinàmica ens fa viure en la sensació que anem accelerats.

Conseqüència d'això és que ha canviat la nostra relació amb el present. Vivim en un present continu, no hi ha passat -que fa nosa- ni futur -que és obscur-; vivim en un present en moviment permanent. I aquesta sensació genera angoixa. El sociòleg alemany Hartmunt Rosa ho diu d'una altra manera: el present és l'espai de temps en què l'horitzó de l'experiència i l'horitzó de l'expectativa coincideixen. I afegeix: aquest espai cada cop és més curt. El present se'ns escapa. I això fa vertigen, perquè encara que el present sigui sempre un instant entre el passat i el futur, era molt confortable la sensació de duració del present. Aquella duració que arribava a la seva màxima expressió en una llarga tarda de tedi voluntari. En el tedi hi ha un regust d'eternitat. Una de les raons del malestar per l'acceleració és que genera la sensació que ens apropem a la mort al galop.

Avui dia tothom diu aquesta frase horrible: estic estressat. I n'hi ha que s'estressen amb ben poc. Però tanmateix és l'expressió de la incòmoda relació amb una duració artificialment accelerada. Fins on pot aguantar la bèstia humana aquesta pressió? És un simple problema d'adaptació? O estem en un moment de ruptura en la història de l'espècie? El vendaval de l'acceleració ens atrapa. Tots coneixem gent molt ocupada, acostumada a agendes impossibles, que ja no té accés al temps lent. Són persones que fins i tot el cap de setmana necessiten anar a cop de calendari atapeït perquè ja són presoners de l'infernal temps accelerat i tenen por d'intentar escapar-se'n. El filòsof alemany Rüdiger Safranski ho formula així: "L'evolució accelerada menysprea l'experiència de la vida, provoca nous conflictes socials i origina en les persones la por de deixar d'estar connectat. Quanta acceleració pot suportar l'ésser humà? Com es pot aconseguir una relació més raonable amb el temps?"

Totes les experiències de la vida -estimar, pensar, conversar, inventar, crear, menjar, jugar, treballar, desitjar, dormir- necessiten el seu temps. Una de les conseqüències d'aquesta acceleració -i de les angoixes que l'acompanyen- és que no els donem els temps que els corresponen. L'obsessió pel rècord substitueix el plaer i el gust per la cosa ben feta. Què és la vida bona si no dedicar a les experiències el temps que requereixen?

Josep Ramoneda, La vida bona, Ara, 17/07/2011

divendres, 15 de juliol de 2011

Campions, campions, oè, oè, oè ...

Para evitar que la gente tome las armas en una crisis como esta hay que mantener el miedo de las clases medias a perder sus modestas propiedades, y no llamar nunca a las cosas por su nombre. Como ya advirtió Orwell en su 1984, la neolengua es esencial para el control de la población.

Nacho Escolar denunciaba aquí el otro día esta manipulación del lenguaje, que ahora llama copago a lo que en realidad es repago. Una manipulación que empezó hace mucho tiempo, cuando los ciudadanos fuimos reducidos a consumidores, los trabajadores convertidos en recursos humanos y el despido dulcificado con las siglas ERE. El paro dejó de ser consecuencia de ese despido, para convertirse en un fenómeno atmosférico que se produce cuando no hay suficiente flexibilidad laboral, un caramelo sugus que evita la palabra esclavismo.

Si un niño tuviera que dibujar los famosos mercados financieros, seguro que dibujaba a Darth Vader y su rostro de hierro. De eso se trata, de dar mucho miedo, de que el ataque de los mercados provoque en quien lee la noticia terror, llanto y rechinar de dientes. Que nadie nunca quiera estar en el centro de una tormenta financiera, con sus huracanes, sus olas de 20 metros y la sensación de ser insignificantes, de que moriremos ahogados.

Por eso, cuando llega el ministro de turno y dice que bajará los sueldos, que congelará las pensiones, y que privatizará los servicios públicos para protegernos de la tormenta y evitar el temible ataque de los mercados, la gente no sólo no se rebela, sino que da las gracias a la siempre vigilante agencia Moody’s y a nuestros bancos, atléticos y saludables, que han superado como buenos campeones las pruebas de resistencia.

Antonio Orejudo, Uhhh, uhhh, uhhh, Público, 15/07/2011