dimecres, 31 d’agost de 2011

Quins són els veritables pares de la independència de Catalunya?

Heribert Barrera
Sobre la mort d’Heribert Barrera s’han fet tota mena de consideracions i lloances, sempre justes en un home de la seva edat i, sobretot, del seu comprimís constant amb el país. Per això m’han semblat especialment valuoses les opinions del jove Xavier Monge, candidat per Barcelona de les CUP en les darreres eleccions municipals. En el seu Twitter (aquesta màquina demoníaca inventada per fabricar penediments) va recordar el pensament de Barrera envers els immigrants i els homosexuals, reflectit en el llibre d’Enric Vila Què pensa Heribert Barrera (Proa, 2001). Va bé que les generacions s’interpel·lin i rebutgin de les venerables ments del passat allò que és caduc. Un catalanisme que tingui, encara que sigui petitíssima, una flaire d’etnicisme ens pot portar a calamitats com la d’aquesta Plataforma feixista que patim un dia sí i l’altre també. El gest de Monge, no sé si prou pensat o fruit del cansament que produeix la unanimitat, ha estat el propi d’aquesta nova mena de polítics que no ho són pas. Barrera, un home forjat en la disciplina del partit, segurament tampoc entendria gaire la nostra societat flonja i escumosa.

Quan jo era nen, la meva escola va portar de visita Ventura Gassol, poeta i polític que surt a la foto al costat de Companys quan el president va tenir la seva ocurrència del 1934. Ens va parlar amb una retòrica estranya, d’un país fantasmagòric. Crits, frases en vocatiu, impostació, grans paraules. Una manera de veure el món com, a vegades, era la del finat: sòlida i sense escletxes. Una manera de veure el món d’esquerres, sí, però immerses en la moral burgesa. Progressista però amb una fe monolítica en l’Estat nació cohesionat ètnicament que avui fa una mica riure.

Barrera, però, va tenir l’encert i l’empenta de tornar en ple franquisme, tot i que encara pertanyia a aquella Catalunya desapareguda entre bombes i afusellaments. Era una mena, i disculpin, de Joan Capri de la política. Pessimista i tossut però amb prou fe en el país per encapçalar la mani del 10 de juliol arran de la sentència del Constitucional sobre l’Estatut.

Però si jo em vaig fer periodista no va ser pas per reflexionar sobre la contingència sinó per poder fruir de l’anècdota. I per això em vaig quedar amb la proposta de l’alcalde Trias de dedicar un carrer a Barrera. Cap objecció, i ara! Però, si tal com diu el Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, cada dia estem més a prop de la independència, hauríem de posar una mica de seny a l’hora de repartir el nomenclàtor de la capital de la nova república.

Perquè Barcelona tampoc no és tan gran i els carrers bons els haurem de reservar per als autèntics pares de la independència. El que em temo és que, si ens decidíssim a ser sincers, haurem de dedicar avingudes, places i rotondes als veritables autors de la nostra llibertat. Una avinguda Perdo Jota, un bulevard Jiménez Losantos, o potser un parc del Tribunal Constitucional, seria el que, en honor a la veritat, hauríem de fer. Perquè no em negaran que aquests personatges han lluitat en pro de la independència amb una eficàcia notabilíssima. Catalunya arribarà a ser un estrany cas de secessió atiada per la metròpolis. I el carrer Heribert Barrera potser acabi fent xamfrà amb el d’Intereconomía, tot traçant un mapa precís de la Catalunya d’avui. Una Catalunya que, a desgrat del que pensava el malaguanyat Barrera, serà mora i marieta o no serà.

Antonio Baños, Defensa els carrers, Público, 30/08/2011

Quantificar, un dels objectius principals de la ciència.

Murray Gell_Mann
Se habla a menudo de la conversión de la cantidad en calidad, y no sólo en los tratados de economía, sino también al estudiar ciertas “propiedades emergentes” en las que el conjunto no es la mera suma de las partes. Pero la ciencia se preocupa muy especialmente por recorrer el camino complementario (que no contrario): el que va de la calidad a la cantidad. Es decir, el camino de la cuantificación señalado por la famosa consigna galileana: “Hay que medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es”. Cuantificar fenómenos y características de los que sólo se tiene una noción cualitativa ha sido siempre –y sigue siendo– uno de los principales objetivos de la ciencia.

Consideremos, por ejemplo, el concepto de complejidad. Todos tenemos una idea de lo que es simple y lo que es complejo, pero ¿se puede medir la complejidad? La informática ha introducido definiciones como “complejidad computacional” y “complejidad algorítmica”, que tienen que ver con el tiempo mínimo de computación que requiere la resolución de un problema. Pero, como ha señalado Murray  Gell-Mann, a menudo estas estimaciones no se corresponden con lo que habitualmente se entiende por complejidad.

Según el descubridor de los quarks, la complejidad efectiva de un sistema tiene que ver con sus aspectos no aleatorios, es decir, con sus regularidades, y por lo tanto podría medirse, de forma aproximada, por la longitud de una descripción concisa de dichas regularidades (lo cual, si bien libera al concepto de complejidad de su confinamiento informático, lo mantiene en el marco de la teoría de la información).

Pero la cuestión de la complejidad es, como no podía ser de otra manera, sumamente compleja, y para abordarla en profundidad es necesario recurrir al fundamental concepto de “sistema complejo adaptativo” introducido por el propio Gell-Mann. Un sistema complejo adaptativo es capaz de adquirir información sobre su entorno y sobre su propia interacción con dicho entorno, identificando regularidades que le permiten elaborar un modelo de actuación eficaz. Los seres vivos son los más claros ejemplos de sistemas complejos adaptativos, aunque no los únicos. Y los seres humanos representamos, de momento, el más alto grado de complejidad, al menos en algunos aspectos; un grado que nos permite definir la complejidad misma, pues, como dice Gell-Mann: “La complejidad de un sistema está relacionada con la descripción de sus regularidades por parte de otro sistema complejo adaptativo que lo observa”.

Carlo Frabetti, Complejidad, Público, 17/07/2011

dimarts, 9 d’agost de 2011

La vaga d´esdeveniments i la visita del Papa.

Je vous parle d'un temps
Que les moins de vingt ans
Ne peuvent pas connaître...


Fue el incorregible Jean Baudrillard, con su proverbial sentido del escándalo, quien resucitó la fórmula de Macedonio Fernández "huelga de acontecimientos" para caracterizar mediante ella el periodo de estabilidad experimentado por el llamado "mundo libre" (Europa Occidental y Estados Unidos) desde el final de la II Guerra Mundial hasta el 11 de septiembre de 2001 (11-S). La ocurrencia es acertada solamente en el sentido de que pone inmediatamente de relieve que los sucesos que el mundo moderno considera "hechos históricos" (porque hacen historia o pasan a la historia) tienen como modelo privilegiado a la guerra, y por tanto una fase de paz más o menos prolongada puede provocar esa impresión de que, en términos históricos, "no pasa nada". Esta impresión es sin duda muy frustrante para los espectadores que esperan ver una película de acción (como quizá lo esperaba Baudrillard) y se encuentran con cintas neorrealistas o de la nouvelle vague, pero resulta tan agradable para las poblaciones forzadas a trabajar como extras en los documentales bélicos que, como es bien sabido, la protección contra la violencia armada es uno de los más arcaicos motivos por los cuales los mentados civiles nos avenimos a cumplir las muchas obligaciones que el Estado nos impone o, dicho más suavemente, es una de las fuentes de legitimación del poder estatal.

Hay, pues, muchas razones para desconfiar de los "grandes acontecimientos", que Zaratustra tildaba de "salados, embusteros y poco profundos", y hasta para celebrar su huelga general. Para empezar, hay que desconfiar de que, pese a su nombre, se trate en verdad de hechos "históricos", puesto que su grandeza consiste casi siempre en su supuesta capacidad de señalar el comienzo o el fin de algo (preferentemente,una era o una época), de indicar, como suele decirse, un antes y un después de ellos. Y los historiadores, que salvo deshonrosas excepciones patrias son gente sensata, tienen el suficiente sentido común como para saber que no es así -con gran estruendo de cohetes y altavoces de alcance mundial que anuncian el asunto en grandes pancartas y titulares a cuatro columnas- como comienzan o terminan los periodos históricos. Y es que, por desgracia, los acontecimientos, en el momento en el que acontecen, no suelen llevar sobre ellos la inscripción "ojo, se trata de un gran acontecimiento que abre un tiempo diferente". Al contrario, y como ocurre a la Guerra Civil española que ahora cumple 75 años, es a medida que el tiempo nos va separando de ellos y que se van convirtiendo en objeto de relatos novelescos, películas, reportajes, documentales, biopics, canciones y exposiciones temáticas como se tornan narraciones míticas que se superponen a la historia -que a menudo es una mezcla informe de masacre, mezquindad y algún brillo fortuito de nobleza-, estableciendo en ella coordenadas de sentido y de sensibilidad que permiten a las gentes "ubicarse" superficialmente en su tiempo y sentirse parte de él ("¿Dónde estabas cuando estalló el 23-F, o cuando cayó el muro de Berlín, o cuando se derribaron las Torres Gemelas?"); y es entonces cuando devienen realmente "grandes acontecimientos", es decir, cuando -fetichizados, magnificados, poetizados y mitificados- se convierten en enormes depósitos pasionales de donde muchas comunidades obtienen réditos emocionales en términos de identificación, de autosatisfacción y de autoafirmación, en pivotes de alineamiento y movilización electoral para aglutinar a los partidarios o estigmatizar a los adversarios, y eventualmente en grandes negocios editoriales, artísticos, simbólicos, culturales, cinematográficos, literarios o discográficos. Y cuando esto sucede todo el mundo está tan complacido con los "grandes acontecimientos" que el trabajo intelectual, que a menudo consiste en deshacer ese enredo de lo poético y lo histórico, si no completamente imposible, sí que resulta inútil y poco agradecido. A lo mejor es por eso que las "humanidades" están de capa caída en el sistema educativo.

Pero, sea como fuere, la idea de que los acontecimientos han vuelto al trabajo tras el 11-S es tan tautológica como problemática. Sin duda, los atentados terroristas -desde Al Qaeda hasta los brutales y recientes sucesos de Noruega- se apropian tiránicamente de las portadas de los informativos. Con ellos solo pueden competir las noticias económicas (y eso cuando, como en los últimos tiempos, reverdecen los laureles del crash de 1929) y los encuentros deportivos, pues ambos conservan el prestigio de la facticidad. Las primeras (aunque en ellas la diferencia entre hecho y ficción desafía a veces la finezza de un Arcadi Espada) han heredado de los "hechos de armas" la sustancia del valor, cuyas cotizaciones se leen hoy en los diarios financieros como antaño los partes de guerra con los avances y retrocesos de los contendientes y las listas de bajas y prisioneros, que también actualizaban las cuantías de los valores en liza. Sin embargo, los hechos que Baudrillard echaba de menos eran sobre todo acontecimientos políticos, y las guerras que cínicamente añoraba eran guerras entre Estados (a veces combinadas con guerras civiles por el control de un Estado), acordes por tanto a la concepción de la "historia universal" cuyos protagonistas fueron los Estados-nación que hicieron del mundo el teatro de operaciones de las "relaciones internacionales". En cambio, lo que hoy se cotiza como "acontecimiento", tanto en su dimensión polémica como económica, carece por completo de la solidez argumental de la historia universal: esta fue una de las grandes falacias del concepto de George Bush Jr. de "guerra contra el terrorismo" (War on terror), como muestran una y otra vez las dificultades para encontrar salidas siquiera militarmente comprensibles a las invasiones de Afganistán e Irak.

Quizá por ello el poder estatal tiene hoy serias dificultades para legitimarse ofreciendo protección contra esos ataques de sentido difuso o contra los desastres económicos causados por las obligaciones que esos mismos Estados han contraído con sus acreedores, obligaciones que anteceden y superan a las que tienen con sus ciudadanos contribuyentes. En consecuencia, las noticias que aparecen en los informativos bajo el rótulo de "política" son casi siempre historietas tan intrascendentes como previsibles que raramente superan el interés de una querella de personalidades enfrentadas en un patio de vecinos provinciano.

La última evidencia de este decaer de los acontecimientos es la aparición, desde hace ya más de una década, y por vía de anglicismo, del término evento como sustituto de "acontecimiento", para designar una clase concreta de ficciones colectivas diseñadas específica y metódicamente como espectáculos, es decir, con la previa garantía de que en ellas nunca puede pasar nada. Es casi seguro que la organización de "grandes eventos" deriva del ámbito de la empresa privada: un "evento" es una suerte de espectáculo privado que se monta para establecer o mejorar la imagen de una marca comercial, para aumentar la "fidelidad" de los clientes hacia un producto mercantil o de los empleados con respecto a su propia compañía, siendo completamente indiferente tanto su contenido como su marco, con tal de que sean lo suficientemente vistosos. Pero ha conseguido exitosamente colonizar los espacios públicos ("la noche de los teatros", "la noche de los museos", "la noche de los investigadores", "la noche en blanco" y un interminable etcétera) en las grandes celebraciones conmemorativas, creando una ilusión de participación colectiva y rellenando con su infinitamente inflada y frenética proliferación de actos la igualmente infinita vacuidad de acontecimientos políticos de la vida pública. Sin ir a buscar más lejos otros ejemplos sangrantes, la Jornada Mundial de la Juventud que, a falta de olimpiadas, se le viene encima a la ciudad de Madrid en estos días, es un perfecto ejemplo de "gran evento": catequesis en polideportivos y auditorios, el Papa cruzando la Puerta de Alcalá en su Papamóvil, vía crucis con pasos de Semana Santa llegados de todos los rincones de España, actuaciones musicales combinadas con plegarias a la Virgen en el aeródromo de Cuatro Vientos, carpas para adorar el santísimo sacramento y encuentro del Santo Padre con los santos voluntarios en el Ifema, es decir, en el recinto madrileño dedicado a las ferias y exposiciones comerciales.

Una mente suspicaz podría incluso llegar a pensar que esta eventualización hinchada de su propio vacío que domina nuestro tiempo es una de las causas que impiden la incidencia de genuinos acontecimientos políticos capaces, si no de escribir la historia, sí al menos de interrumpir por un momento su paródica e inacabable agonía.

José Luis Pardo, Grandes eventos, El País, 08/08/2011

Andrés Escobar, la mirada d´un condemnat.

René Higuita cometió el pecado de ir a "La Catedral". No se trataba de la iglesia, sino de la cárcel donde estaba Pablo Escobar, el narcotraficante que había sido propietario del Independiente y del Atlético Nacional de Medellín.

La popularidad del capo dependía de la filantropía en un país marcado por la desigualdad y de su apoyo al fútbol de barrio. La venta de cocaína permitió que los campos pobres recibieran lujosas líneas de cal. De ahí salieron los integrantes del histórico Nacional. En 1989, bajo las órdenes de Maturana, el equipo verdiblanco conquistó la Copa Libertadores, algo nunca logrado por un club colombiano.

Escobar asistía a los partidos con el aire de un vendedor de telas al que le ha ido bien. Era un asesino salvaje, pero recibía trato preferente en los negocios y en la Federación Colombiana de Fútbol.

Cuando cayó en desgracia, Higuita le mostró lealtad. El portero que se especializaba en salir del área, fue demasiado lejos. Visitó la cárcel, intercedió en el rescate de un secuestro y fue detenido. No estaría en Estados Unidos'94.

Después de 28 años, Colombia volvía al Mundial con una selección que había perdido un partido de 26. Valderrama dormía la siesta al patear prodigios; Asprilla y Valencia anotaban goles de técnica brasileña; Escobar recordaba a Beckenbauer; era el Caballero de las Canchas.

En Italia'90 el equipo había perdido por capricho. Higuita intentó un dribling fuera de su área y permitió que a sus 38 años el camerunés Milla disfrutara de una magnífica prejubilación.

Ahora ganaban como lo hacen los desadaptados, con una originalidad que no existe donde el triunfo es una costumbre. En el Monumental de River derrotaron 0-5 a Argentina y fueron aclamados por los rivales.
Con sus melenas rizadas y sus barbas hirsutas, parecían bucaneros en busca de buen ron. El presidente Gaviria los seguía a todas partes para mostrar que su país era algo más que narcotráfico. El pasaporte más inspeccionado del siglo XX se había vuelto carismático.

No le faltó fantasía a esa selección: le sobró realidad. Otros capos imitaron a Escobar: El Mexicano se hizo de Millonarios y Miguel Rodríguez, del América de Cali. El blanqueo de dinero y las apuestas acompañaron los triunfos colombianos.

En vísperas del Mundial, el hijo de tres años de un jugador fue secuestrado. Contra Rumanía, el portero suplente se comió un gol de 35 metros de Hagi y el partido terminó en 1-3. El futuro se decidiría ante Estados Unidos. Pocas veces un partido se ha disputado con mayor tensión. Maturana tardó en alcanzar a sus jugadores en el vestuario. Cuando lo hizo, llegó llorando. Había recibido amenazas de muerte y le exigían que retirara a un jugador. Obedeció, seguro del riesgo que corrían.

No se disputaba un partido sino un juicio. El marcador representaba una sentencia. El impecable Andrés Escobar se barrió con precipitación y produjo un autogol. No olvidaremos su mirada al ponerse de pie. La mirada del condenado.

En Medellín quiso dar la cara ante su gente. Fue ultimado afuera de una discoteca. Una chica lo acompañó al hospital, le sostuvo la mano y le habló con afecto. El Caballero fingió escucharla, demostrando que los héroes colombianos solo tenían permiso para ganar en la imaginación.

Juan Villoro, Los héroes que no debían ganar, El País, 02/08/2011

dilluns, 8 d’agost de 2011

Alexandre Kojève, la fi de la història i el turisme de masses.

Alexandre Kojève
A mitjans dels anys vint del segle passat un jove emigrat rus, Alexandre Kojève, es va enamorar a Berlin de Cécile Shoutak, una dona casada de bona família que tenia dotze anys més que ell. Per intentar posar sordina a l'escàndol, el germà del marit de Cécile, Alexandre Koyré, va visitar Kojève. No va trigar gaire a adonar-se que valia molt més que el seu germà. En acabar la visita va invitar la parella a traslladar-se a París. Koyré va col·locar Kojève a l'École Pratique des Hautes Études, on aviat començà a impartir un seminari sobre La fenomenologia de l'esperit , de Hegel. Entre els seus alumnes hi havia Bataille, Queneau, Aron, Lacan, Merleau-Ponty, Breton, Weil i un llarg etcètera.

La tesi central de Kojève era que la fenomenologia de Hegel es concloïa amb l'anunci de la fi de la història. Per bé d'entendre el que volia dir, ens hem de remuntar fins a la batalla de Jena, perquè sota el mateix cel que va donar la victòria als canons de Napoleó, Hegel estava redactant les darreres pàgines de La fenomenologia de l'esperit . Hi va posar el punt final -diuen- quan l'emperador entrava victoriós a la ciutat. Si la seva obra relatava la veritat de la història, aquell era el capítol que definia el futur. Tot el que quedava per fer era expandir les idees de Napoleó, "el gran professor de dret constitucional amb càtedra a París".

Sovint Hegel rememorava en les seves classes la famosa resposta que l'emperador va donar a Goethe quan li va preguntar si encara era possible escriure una tragèdia al voltant de la idea de destí. "Per què volem ara el destí? La política és el nostre destí!". Kojève va creure, però, que Hegel s'havia equivocat d'un segle i mig. La fi efectiva de la història no l'havia imposat Napoleó, encara que havia obert el seu darrer moviment dialèctic. La fi té lloc amb el triomf definitiu de l'economia sobre la política o, el que és el mateix, de les demandes de confort sobre les preocupacions metafísiques. En aquest sentit, Stalin era l'autèntica figura final per la seva decisió de conduir Rússia amb mà de ferro fins als est àndards de vida dels Estats Units. El capitalisme nord-americà era el futur del comunisme. Els russos de Stalin i els xinesos de Mao no eren res més que americans pobres corrent desesperadament per assolir els nivells de vida del seu model. En la seva essència, els Estats Units i la Unió Soviètica eren el mateix. L'únic gran marxista del segle XX era Henry Ford.

El 1945, convençut de que la història estava escrivint el seu darrer paràgraf, Kojève va canviar les classes de filosofia per una feina de funcionari al ministeri d'Economia i Finances. Desitjava conèixer de primera mà el desenllaç. Com que despatxava amb freqüència amb Pierre Mendès-France, Jean Monnet i Robert Schuman, va ser un testimoni privilegiat del naixement de la Comunitat Econòmica Europea. Va morir d'un atac de cor, en el transcurs d'una reunió del Mercat Comú, el 4 de juny del 1969.

Al meu parer, Kojève també es va precipitar en aixecar l'acta de defunció de la història. Si hi ha final, no està representat ni per Napoleó ni per Stalin, sinó per les hordes de turistes que recorren la Rambla desafiant la metafísica climatològica, convençudes que, si podem fer turisme, també podem portar impunement tot el que som a qualsevol racó del món. El 1950 Kojève li confessava per carta al seu amic Leo Strauss: "Potser en l'estat final no hi hagi ja éssers humans en el nostre sentit històric de ser humà. L'autòmat està satisfet (esports, erotisme, art, etc.). I el malalt està tancat".

Però 9 anys després d'aquesta carta, va viatjar al Japó i, contra tot pronòstic, va conèixer un temps que semblava indemne a l'erosió històrica, el de la cerimònia del te, l'ikebana, els bonsais, el teatre i, sense adonar-se'n, es va enamorar d'una geisha molt jove. Llavors va escriure: "L'amor es caracteritza pel fet d'atribuir sense raó un valor positiu a l'ésser amat". Va morir, doncs, amb la mateixa gana d'història i i la mateixa desraó que tenia a Berlín.

Gregorio Luri, La fi de la història, Ara, 07/08/2011

dimarts, 2 d’agost de 2011

La ficció supera l´escriptura.

... La ficción es muy anterior a la literatura y mucho más universal y más importante que ella. Narradores extraordinarios no han escrito nunca. A lo largo de la mayor parte de la historia humana, ni siquiera han sabido que existía la escritura, ni la han necesitado. La escritura tiene unos cinco mil años, y su fin primordial no fue la transmisión de historias, sino el registro de bienes almacenados y de transacciones comerciales. Los mismos comerciantes que desde hace muchos millares de años llevaban de un lado a otro conchas perforadas, puntas de flechas de pedernal, bloques de lapislázuli o de ámbar, llevarían también consigo historias escuchadas o vividas en territorios lejanos que tendrían siempre una parte de maravilla y otra de familiaridad. Hace unos años, en una exposición sobre la Ruta de la Seda en el Museo de Historia Natural de Nueva York, había una sala en la que podían olerse las especias y los perfumes que transportaban las caravanas, y junto a ella otra en la que se escuchaban historias que llegaron a Occidente de la India y de China siguiendo los mismos caminos: fábulas de animales, leyendas de criaturas y viajes fantásticos. En las novelas del ciclo de los Snopes, Faulkner inventa un personaje que es al mismo tiempo narrador ambulante y vendedor y mecánico de máquinas de coser, V. C. Ratliff. Las vidas de las familias campesinas están muy poco comunicadas entre sí: es Ratliff, en su viejo Ford T, quien va de un lado a otro diseminando los relatos que fortalecen la comunidad gracias a una malla de hilos narrativos. Hace muchos años que no leo Cien años de soledad, pero los dos personajes de los que tengo un recuerdo más claro son narradores ambulantes, buhoneros de mercancías y de historias: el gitano Melquíades y Francisco el Hombre, que tiene uno de los nombres más formidables de la literatura del siglo XX en español, junto al Pepe el Romano de García Lorca.

Las grandes historias no son muchas, y tienen siempre algo de la sólida simplicidad de las mejores herramientas, a las que el tiempo y el uso desgastan mejorándolas, como mejoran los años los rasgos firmes de una cara. Las grandes historias permanecen idénticas a sí mismas por muchas veces que se cuenten y son distintas y originales en cada narración, igual que las grandes canciones. Muchas son inmemoriales: muy pocas han nacido de la imaginación exclusiva de un escritor y han cobrado vida más allá de los libros en las que fueron contadas por primera vez. (...) 

Pero no creo que haya una historia más primitiva, más angustiosa, más idéntica siempre a sí misma que la de los niños perdidos que sucumben al engaño de un adulto tenebroso, o de un adulto digno de toda confianza que de repente se transforma en un monstruo. Escribo esto y me acuerdo de los cuentos que escuchábamos los niños y los que nos contábamos entre nosotros y también de ese motivo simple e hipnótico de Peer Gynt que silba Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf. La niña sola, que juega en la calle, a la que se le acerca el desconocido, tímido y amable, casi necesitado, en un tenebrismo de ángulos de cámara expresionistas, en una de esas ciudades abstractas que en otros tiempos se reconstruían en los estudios de cine. Una teoría científica es el destilado de una serie suficiente de observaciones y experimentos; en una ficción duradera cristalizan en un solo relato muchas experiencias diversas que tienen una médula común. No hay cultura en la que no existan ficciones porque en la ficción se concentran lecciones valiosas para la supervivencia, igual que en un friso de animales prehistóricos pintados en una cueva se concentran siglos, milenios de observación imprescindible de los animales de los que depende la existencia colectiva. El cuento del niño o de los niños perdidos, del adulto familiar y repentinamente monstruoso, del desconocido que va de paso y ofrece un regalo, es la alarma universal ante un peligro que nunca ha cesado; es el saber heredado de la experiencia que los niños se transmiten entre sí con más eficacia que cuando las historias de miedo se las cuentan los padres. (...)

Que hay monstruos y pozos y castillos de irás y no volverás es una lección que los cuentos llevan milenios enseñándonos.

Antonio Muñoz Molina, El miedo de los niños, Babelia. El País, 30/07/2011

La família avui.


Es difícil, por no decir imposible, encontrar una institución más mostrenca, opresiva y anacrónica que la familia actual. La misma veneración sagrada con la que sus defensores la tratan, da idea de la que se nos viene encima. En medio de una sociedad laica, construida siglo a siglo, en busca de la libertad, la familia sigue entronizada como una piedra bendita a la que se atribuye, tanto en los fascismos como en cualquier régimen autoritario, la categoría de célula de la sociedad. Una sociedad compuesta acaso por células familiares o células madre que operan como recias sucursales del orden, las obligaciones jerárquicas, el vínculo de sangre y cosas así.

Estar en familia resguarda, no cabe duda. Estar en la familia encarcela, no hay la menor vacilación. Una familia en sentido amplio, una fratría o un campamento de amigos serían una familia sana y actual pero la otra familia, la estricta familia, lleva en su seno un paralizante riego sanguíneo que impone, por ese conducto venoso (venenoso) respetos, órdenes y subordinaciones que en nada tienen que ver con el proyecto de ser individuos enteros. Seres íntegros para lo que sea y no seres demediados, dirigidos y humillados por la institución.

No es amor lo que construye una familia en la mayoría de los casos sino, sencillamente, cemento hormonal, herencia burguesa. No es, de ninguna manera, afinidad electiva lo que produce ese artefacto, bendecido por los Papas, una y otra vez.

El Papa bendice a la familia porque si antes obtenía su cénit rezando juntas y emitiendo una felicidad de purpurina dominical, ahora acoge a los parados, da socorro a los divorciados, ayuda a la hipoteca del que empieza a trabajar y, encima, los resigna económicamente a todos. Con estos elementos funcionales, monetarizados y beatos, la familia hace las veces de un banco natural sin intereses, sin comisiones, todo en nombre de la parentela.

¿Un querido y hasta divertido familiar? Esto ya importa menos porque la familia pertenece a la prehistoria del amor cortés y seriamente se cimentaba en intereses ajenos a la voluntad personal. No había que quererse para casarse ni para tener hijos, no había que reunirse por ganas de disfrutar una conversación. Sencillamente, la familia operaba como una máquina cuya característica fundamental, determinante y eficiente, era crear lazos que además de ensartar a los sujetos bajo un patriarcado, convertía esa autoridad, a la manera divina, en indiscutible trueno de Dios.

Este constructo que tanto hizo por articular espacios rurales y guanxis internacionales permanece ahora tanto como un estafermo para el amor como, todavía, un posible ingenio para el negocio.

Siempre, en las épocas de cambio como la actual, aparecen flotando conceptos e instituciones arrastrados por el naufragio del pasado, pecios inútiles o zombis de a actualidad. En esta institución bendita los yernos no aman a las suegras, o más bien las odian; los padres no entienden a los hijos, más bien los soportan; los hijos no saben como emanciparse de los padres y, en el intervalo, los explotan; los hermanos se ignoran o envidian entre sí y las parejas de los hermanos, salvo excepciones, ni se hablan. ¿El padre? ¿La madre? El padre, antes cabeza de familia, ha perdido su gloriosa potestad mientras la madre, paño de lágrimas de otros tiempos, apenas tiene un fin de semana libre para enjugar las penas. Y todo ello, en el caso de que unos y otros se encuentren lo bastante cerca como para reconocerse y saber quiénes son.

Los padres se declaran tan impotentes para comprender los intereses de los hijos como los hijos se reconocen a una distancia sideral del pensamiento paterno. Y no sólo porque haya llegado el diablo de Internet sino porque internamente, en el interior de la familia, no queda casi nada que comunicar. Los chicos tienen sus pandillas y los padres las cenas de matrimonios más sus amantes.

Los primeros rechazan pasar las vacaciones con los padres, las Navidades o el Fin de Año. Pero encima tampoco los respetan o necesitan espiritualmente. Definitivamente, los hijos no ven el momento de emanciparse y ese momento, ahora difícil, ayuda poco a que la relación sea cordial. Los padres desean proteger a los hijos y los hijos, muy pronto sienten como una insoportable humillación depender de los padres. No significa esto que no se quieran. O no se quieran a su manera. Prácticamente todo el mundo se quiere porque siempre es más grato amarse que aborrecerse. No significa pues que la familia cree un odio adicional. Crea el odio o el malquistamiento propio de vivir encerrados en un mismo piso personas que no han elegido al compañero y, encima, un señor o señora mayor pretende dar consejos y tener una razón superior.

Si el autoritarismo se soporta muy mal, todavía más aquel que se entromete en tu intimidad. Los chicos forman agrupaciones, se sienten apegados a las bandas o tribus urbanas, se hacen colegas de otros que no viven en los metros cuadrados inmediatos a su habitación. La fratría regresa sustituyendo a la jerarquía. Gracias a Dios. Dios mismo, sin ir más lejos, solo es una figura simpática cuando no es ni Padre ni Amo sino tan sólo un educado amigo más.

Vicente Verdú, Contra la familia, El País, 30/07/2011

Abundància i emergències alimentàries.


Vivimos en un mundo de abundancia. Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?

La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. Sequías, inundaciones, conflictos bélicos... contribuyen a agudizar una situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, pero no son los únicos factores que la explican.

La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años. Y, periódicamente, los medios de comunicación remueven nuestros confortables sofás y nos recuerdan el impacto dramático del hambre en el mundo. En 1984, casi un millón de personas muertas en Etiopía; en 1992, 300.000 somalíes fallecieron a causa del hambre; en 2005, casi cinco millones de personas al borde de la muerte en Malaui, por solo citar algunos casos.

El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Se señala a la sequía, con la consiguiente pérdida de cosechas y ganado, como uno de los principales desencadenantes de la hambruna en el Cuerno de África, pero ¿cómo se explica que países como Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padezcan hambrunas extremas? Evidentemente, los fenómenos meteorológicos pueden agravar los problemas alimentarios, pero no bastan para explicar las causas del hambre. En lo que respecta a la producción de alimentos, el control de los recursos naturales es clave para entender quién y para qué se produce.

En muchos países del Cuerno de África, el acceso a la tierra es un bien escaso. La compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros (agroindustria, Gobiernos, fondos especulativos...) ha provocado la expulsión de miles de campesinos de sus tierras, disminuyendo la capacidad de estos países para autoabastecerse. Así, mientras el Programa Mundial de Alimentos intenta dar de comer a millones de refugiados en Sudán, se da la paradoja de que Gobiernos extranjeros (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Corea...) les compran tierras para producir y exportar alimentos para sus poblaciones.

Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo. Historias parecidas se dieron no solo en países de África, sino también en América Latina y Asia.
La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. En Etiopía, el coste del trigo subió un 85% con relación al año anterior. Y en Kenia, el maíz alcanzó un valor 55% superior al de 2010. Un alza que ha convertido a estos alimentos en inaccesibles. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.

El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.

La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.

Volviendo al principio, ¿por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan solo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Como señalaba el relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter, en una entrevista a EL PAÍS: "El hambre es un problema político. Es una cuestión de justicia social y políticas de redistribución".

Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la "soberanía alimentaria", y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Tomando prestado uno de los lemas más conocidos del Movimiento 15-M, es necesaria una "democracia real, ya" en la agricultura y la alimentación.

Esther Vivas, Los porqués del hambre, El País, 30/07/2011

intolerància

Gotthold Ephraim Lessing
Sabíem la violència que podia generar l'antisemitisme i estàvem preparats. No se'ns escapava el mal que pot fer el fonamentalisme islàmic i estàvem vigilants. El que no ens esperàvem és que algú, reencarnant la figura del «guaita dels valors occidentals», perpetrés un atemptat com el d'Oslo en nom d'uns valors cristians amenaçats per les hordes islàmiques i marxistes.

És cert que el cristianisme té rere seu una llarga història de violència com bé reconeixia el Gran Inquisidor del gran escriptor rus Dostoievski a la seva obra Els germans Karamàzov davant un desvalgut Jesús de Natzaret que havia gosat tornar a la terra per recordar als seus que l'havien traït. L'antisemitisme, sense anar més lluny, ha cavalcat al llarg dels segles a cavall de les prèdiques eclesiàstiques que van arribar a oblidar que el mateix Jesús era jueu. Com asegura l'historiador Raul Hilberg, entre la sentència pontifical, pronunciada al segle IV quan el cristianisme era la religió de l'imperi, a saber, «no podeu viure entre nosaltres com a jueus», i el dictum nazi de «no podeu viure», hi ha una íntima i constant complicitat. També coneixem la relació entre el terrorisme etarra i els seminaris bascos dels anys 60, per no parlar de les simpaties etarres de molts capellans en el present. L'ombra de la violència de l'àmbit sagrat és allargada.

Amb tot, sorprèn aquesta exhumació del patriotisme cristià, que invoca Behring Breivik, l'autor dels atemptats de Noruega, per justificar o explicar la massacre portada a terme. Podem prendre'ns-ho com un excés retòric sense cap mena de fonament en la realitat i passar de llarg. Però hi ha una cosa que és indiscutible i que fa pensar: la creixent advocació del cristianisme per part de partits polítics ultraconservadors que cultiven amb gran entusiasme «valors occidentals» que casen de manera perfecta amb un determinat tipus de xenofòbia.

El cristianisme polític té en realitat dues ànimes ben diferents: pot ser universalista o bé pot ser provincià. Pot predicar la fraternitat universal i afirmar conseqüentment, com fa el protagonista del llibre Natán el Sabio -el cant més gran a la tolerància moderna gràcies a la ploma de Lessing- que «tots, abans que jueus, cristians o musulmans, som homes», o, pot posar a disposició dels corrents nacionalistes la tradició religiosa per apuntalar així polítiques de campanar. Pot posar l'accent en la doctrina social i propiciar d'aquesta manera polítiques socialment avançades o fer-ho en una implacable llei i ordre.

Sembla indiscutible que l'Església catòlica va mirar de situar-se després de la segona guerra mundial a la zona temperada del centre, promovent la democràcia cristiana. Espanya, amb el seu nacionalcatolicisme, era l'excepció a la regla. En la mesura que aquell centre ha anat secularitzant-se i és en l'extrema dreta on més s'aprecien els seus bons serveis, apareix el cristianisme més i més embolicat en aventures perilloses. Els espanyols que vam viure el malson de la dictadura franquista sabem molt bé que quan una política vol salvar la civilització occidental el que està defensant és el seu passat més intransigent i, per tant, la negació dels valors moderns que han fet el món molt més habitable. Aquesta civilització s'ha construït certament sobre el cristianisme, però negant o expulsant, com va fer Espanya, jueus i moriscos. El model va tenir èxit i es va imposar per tot arreu. Hi ha una novetat que no pot passar desapercebuda: fins ara la defensa d'Occident tenia per corol·lari la persecució del jueu i ja sabem què va suposar allò. Els moderns defensors d'aquesta mateixa civilització occidental amenaçada es declaren, no obstant, filosemites però islamòfobs. El joc és exactament el mateix. Busquen la complicitat del cristianisme per defensar el pitjor de la civilització occidental: ahir contra el jueu, avui contra el moro, demà contra qualsevol cosa diferent del prototip d'home occidental que cada grup s'inventi.

Són molts els països on han triomfat partits ultraconservadors en què podrien progressar personatges com és ara el terrorista noruec. Tots, però particularment els partits conservadors haurien d'estar alerta per no deixar-se contaminar. El populisme xenòfob que ha triomfat a Badalona o Alcalá de Henares hauria de fer sonar les alarmes a Espanya. Però en aquesta partida són les tres religions monoteistes les que més interès haurien de mostrar a combatre aquests idearis polítics perquè s'hi juguen molt. Deia que el cristianisme té com dues ànimes. No només ell. L'islam pot fer valer la seva generosa ètica de l'hospitalitat o el seu intransigent esperit identitari; el judaisme, bressol del reconeixement de l'altre, pot apostar per l'alteritat o per la negació de l'altre; el cristianisme, que va entregar al món la paràbola del bon samarità, pot prendre's seriosament la compassió o, contràriament, imposar la seva veritat a sang i foc. A aquestes altures, no sembla que, en conjunt i salvant excepcions, estiguin oferint la seva millor versió. Si no sempre poden impedir la violència política dels altres, sí que en canvi és a les seves mans desacreditar qui la faci en nom seu.

Reyes Mate, En nom de la civilització occidental, El Periódico de Catalunya, 01/08/2011

La mort ens deixa en offside.

Tener talento no basta: también hay que ser húngaro", dijo Robert Capa. No aludía al éxito, sino a su forma de ver la realidad.

En ciertos países el triunfo es un animal exótico. Cuando conocí al novelista Péter Esterházy me contó el momento más memorable de su familia: en 1986 su hermano Marton jugó en el Mundial de México contra el país al que daba más gusto vencer, la Unión Soviética. "Lo bueno fue que solo perdimos 6-0", dijo Esterházy con orgullo.

Otro hermano del autor de Pequeña pornografía húngara fue árbitro y él destacó como amateur. Su relación con las canchas ha dependido de fecundas desgracias: "Las derrotas acompañan al fútbol húngaro como las pulgas al perro. Los logros se vuelven sospechosos".

En 2006, con motivo del Mundial de Alemania, escribió una curiosa autobiografía: Deutschlandreise im Strafraum (Viaje por Alemania en el área penal). Ahí aborda la derrota más inesperada de todos los tiempos. En 1954 Hungría llegó a la final de Berna después de más de 30 victorias seguidas. Se enfrentaba a Alemania, a la que había vencido 8-3 en la primera fase. Esterházy tenía entonces cuatro años y aún recuerda el rostro de su padre ante el inverosímil resultado: Alemania 3-Hungría 2.

El novelista ha vivido contra ese suceso: "Dediqué toda mi energía a erradicar de la historia del mundo esos noventa minutos". En otras palabras: atesoró la tragedia. Para consolarse, pensó que si la dorada horda magiar hubiera vencido, la dictadura comunista habría sido más feroz. Cuando conoció a Hidegkuti, titular de aquel equipo, le preguntó por la lluviosa tarde de Berna. "De eso ya no hay que hablar", dijo un hombre con la mirada nublada por el recuerdo. Más sincero fue el guardameta del equipo. Esterházy coincidió con él en una tertulia de televisión. Grosics le confesó: "No hay un solo día, Péter, entiéndeme bien, un solo día, en que no piense en ese partido".

Los fanáticos compensamos la realidad con desesperadas supersticiones. Para escribir su libro, Esterházy revisó las biografías de los participantes en el adverso milagro de Berna: tres alemanes y tres húngaros seguían vivos. ¡El partido se había empatado!

Uno de los sobrevivientes era Puskás. El gran artillero húngaro jugó lesionado en la final. Aun así, abrió el marcador y dos minutos antes de que acabara el partido anotó el empate, que fue invalidado por fuera de lugar.

"Con Puskás termina la época del juego y comienza la del entretenimiento". La frase dice mucho del valor que el novelista húngaro otorga a la calamidad. Puskás le parece el primer futbolista posmoderno en la medida en que deslumbró sin llegar a la meta: fue el mejor sin asumirlo. Ajeno a la recompensa, supo situarse en fuera de lugar.

La literatura se escribe desde los márgenes; es siempre extraterritorial. Nada más lógico que un escritor celebre a un outsider, el héroe desubicado en su hora grande.

Como tantas madres, la de Esterházy no entendía la regla del fuera de lugar. Esa omisión no podía perdonarse, no en esa casa: "Decidí explicársela en su lecho de muerte; era ahora o nunca. No me avergüenzo de ello".

La muerte nos deja en offside. Los genios de la tragedia y la ironía sobreviven en fuera de lugar.

Juan Villoro, La vida en fuera de lugar, El País, 30/07/2011

L´esperit és la interacció amb la matèria.

Hans Jonas
La definición de lo que se pueda entender por vida es complicada. Desde el punto de vista más filosófico,conceptual,hay una cierta idea de que el fenómeno vital va asociado a una especie de capacidad de autonomía respecto al entorno. Hay un filósofo que me gusta particularmente, Hans Jonas. Se formó con Heidegger y ha desarrollado una filosofía de la vida muy peculiar:la vida como un principio fundamental para entender el dinamismo de la materia. La vida nos aboca a separar lo que es la mente de lo que es el espíritu. A medida que se da la evolución,el espíritu va emergiendo,se va haciendo más presente conforme nos acercamos a nuestra propia especie. Si se mira la historia de la filosofía se ve que se dice que espíritu sólo hay en nuestra propia especie. Jonas lo niega. Para no separar lo que es la vida de lo que es la materia,quiere ver cierto espíritu balbuciente en el hecho de que un organismo,una simple bacteria (que no son tan simples) tenga una cierta capacidad de respuesta sensorial. Se puede decir que a eso no se le puede llamar espíritu,porque es muy mecánico,pero lo curioso de la dinámica de la vida es que se va haciendo progresivamente más compleja hasta que eso que denominamos espíritu va tomando unas proporciones hasta llegar a nuestra especie en la que tiene enorme trascendencia. Pero no es algo que aparezca de la noche a la mañana. Se puede,científicamente,incardinar en la propia evolución biológica. Lo único que necesitamos es un cierto cambio conceptual para hablar de manifestaciones del espíritu muy elementales desde los primeros momentos en que emerge la vida. Este es el pensamiento de Jonas. Él lo hace para superar el antagonismo entre mente y materia,mente y espíritu. En nuestra especie,las manifestaciones del espíritu,yo las llamaría manifestaciones de la mente,implosionan y explosionan. Somos seres que ejercitamos mucho la mente y sus propiedades están a la orden del día. Con nuestra mente hemos sido capaces de sacar adelante transformaciones muy importantes. Hay una cuestión que no está resuelta y fascina y que creo que en algún momento se podrá resolver:¿cómo nuestro espíritu,de una manera consciente,es capaz de mover la materia? Yo doy instrucciones a mi cuerpo para mover los dedos. Esto,filosóficamente,es un problema de primera magnitud. ¿Cómo algo que,en principio,es inmaterial tiene capacidad de ejercer una acción sobre la materia? El cerebro,una enorme red compleja de interacciones entre neuronas,una cierta entidad inmaterial,da instrucciones para que se movilice algo material. Pero lo que no podemos es decir que es algo propio de nuestra especie. Vuelvo a ponerlo en el contexto de la evolución. Otra cuestión es que tengamos más o menos la conciencia de que estas acciones se ponen en marcha por una entidad inmaterial. Yo digo (...) que el espíritu es la interacción de la materia. Es una frase muy fuerte que busca superar la dicotomía entre mente y materia y ponerlo todo en un contexto evolutivo. Los procesos de generación de las actividades superiores del cerebro,particularmente del cerebro humano,son producto de la evolución. No son algo exclusivo de nuestra especie. Se puede entender cómo se han producido estas categorías complejas. El pensamiento,las sensaciones amorosas,muchas actividades propias de nuestra especie admiten una lectura en el contexto de la dinámica de la vida de otros seres que no han alcanzado las cotas de espiritualidad que hayamos podido conseguir nosotros.,pero hay un cierto continuo.

Andrés Moya, "El sentit de la vida", entrevista a Andrés Moya, philosophytogo, 27/07/2011