dimecres, 31 de desembre de 2014

Primats que s'emborratxen.


 

Los ancestros del ser humano ya celebraban con alcohol. Charles Darwin pensaba que el ser humano es el único animal que, a diferencia de otros monos, después de beber brandy y agarrarse una borrachera lo haría de nuevo. Aquí se equivocó, porque compartimos esa afición por la intoxicación con otros primates y varios animales más. 

La primera vez que los humanos consumieron alcohol, probablemente fue como lo hacen los animales, a través de frutas que caen al suelo y fermentan por sí solas, produciendo un alcohol de baja graduación. Puedes ver este tipo de "botellones" accidentales en la sabana africana, donde varios animales se reúnen para consumir los frutos del árbol de la marula a la vez. Las consecuencias del alcohol en su organismo son muy parecidas a las que nosotros sufrimos: fallos en la locomoción, caídas y finalmente somnolencia. Al día siguiente también tienen resaca. 

Pero hay otra manera de viajar aún más hacia el pasado y descubrir las raíces de esta tendencia. Se trata de comparar genes y comprobar cuándo se adaptaron nuestros cuerpos para producir enzimas que metabolizan el etanol. Comparando a varios mamíferos, la enzima en cuestión llamada ADH4, aparece con una mutación genética hace 10 millones de años aproximadamente. El cambio sugiere que "en la dieta de los primeros homínidos, se fue incrementando el consumo de alcohol poco a poco", afirma el autor del estudio Matthew Carrigan. Esto significa que fue justo en las primeras etapas de nuestra adaptación a la vida en el suelo de la selva cuando se produce la transformación.

Pero para los Homo Sapiens nunca es suficiente y "una vez que se familiarizaron con el efecto buscaron la intoxicación frecuente", cree el arqueólogo Patrick McGovern, considerado el Indiana Jones de las bebidas alcohólicas. Otros autores apuestan por los usos medicinales del alcohol, como antibiótico o como alimento para enriquecer sus dietas. 

Aunque de manera probable grupos reducidos de cazadores-recolectores lo habrían hecho a pequeña escala previamente, McGovern cree que la innovación de beber bajo demanda ocurrió hace 10.000-9.000 años a.C. en China, extendiéndose rápidamente hacia otros lugares de Asia y Europa. Los restos más antiguos de bebida han sido encontrados en el fondo de recipientes de barro y contenían en su composición un 10% de alcohol. Se trata de una especie de hidromiel. 

La manera en que se "destilaba" es muy interesante porque se practica aún hoy en día en algunas zonas del planeta. Se trata de masticar los frutos o granos de una planta para romper los almidones y así convertirlos en azúcar. Luego los escupen a un recipiente y vuelta a empezar. Tras un periodo de reposo para que se produzca la fermentación, tienes la bebida lista. 

Pero después de ese descubrimiento perdemos el rastro y las siguientes evidencias nos llevan hasta el actual país de Irán hace 4.000 años aproximadamente, en las montañas de Zagros, donde ya se consumía cerveza. Por la misma época surgen también pruebas de producción de vinos en cuevas de Armenia. 

Más recientes, hace poco menos de 2.000 años, en Mesopotamia, elaboraron grabados sobre piedras que hacen referencia a jarras de cerveza y la existencia de una aparente asociación del alcohol con comportamientos inmorales. En los jeroglíficos y papiros egipcios también se representa la bebida y algunas recomendaciones sobre uso. Por ejemplo, el uso de pajitas hechas de barro para evitar que se colaran insectos en la boca. 

En conclusión, a veces tengo la misma impresión que tuvo Pablo Picasso al ver los bisontes sobre los techos de la cueva de Altamira: "Todo está inventado y lo de ahora parece decadente".

Pablo Herreros, El origen de las borracheras, Yo, mono, 27/12/2014

La vida, la geometria i Interstellar.






Interstellar ha vuelto a poner a la ciencia ficción en el punto de mira de la cultura pop. Claustrofobia en medio de un ágora infinita. Una película fabulosa, para derramar lágrimas de emoción con un Matthew McConaughey impresionante en su personaje de Cooper, encerrado en una historia épica. Una película que tiene todos los ingredientes necesarios para encandilar al público: hay una distopía terrestre junto a una utopía de las estrellas, la esperanza de un mundo mejor en otro punto de la galaxia desde una Tierra que languidece, ¿entonces hablamos de una disto-utopía?

Hay ciencia, de la buena, de esa profunda y misteriosa que nunca me he cansado de ver en los fabulosos episodios de Star Trek, la de los wormholes y la de los agujeros negros, con ese espacio tiempo doblado sobre sí mismo hasta el infinito, hay drama familiar padre-hija y padre-hijo, hay un recurso al amor como fuerza invisible, hay escenas misteriosas y escenas evocadoras, paisajes de belleza espectacular, un teseracto de tintes borgianos y robots geométricos dotados de inteligencia artificial, capaces de expresar humor en cantidades humanas. Ese robot. Esa inteligencia artificial. Ese humor. Ese sarcasmo. 

Confieso que el sentido del humor del robot TARS me cautivó. Era una manera, brillante, certera, de presentar el triunfo de la inteligencia artificial como modelo de la mente humana. La posibilidad de acceder al sarcasmo, al humor, a los trucos de la mente, como señal de comportamiento inteligente. Y, sin embargo… Inmediatamente pensé en 2001, la genial película de Stanley Kubrick, así que, al día siguiente me dispuse a verla por enésima vez. Les recomiendo que también lo hagan.

Sabía lo que buscaba: a HAL9000, la computadora perfecta, con ese ojo rojo que lo observa todo, capaz de leer los labios de los astronautas, capaz de hacernos creer que está razonando, elucubrando un plan que va más allá de los confines de sus algoritmos y heurísticas programadas. Pero lo que conmueve en 2001 es ver cómo HAL acaba cantando con esa voz queda, perdiendo poco a poco sus módulos de memoria y de razonamiento lógico: «Daisy, Daisy, give me your answer true…», cayendo irremediablemente en la oscuridad del miedo existencial: «Will I dream, Dave, will I dream…?». La computadora fría, calculadora, acaba aterrorizada al comprender que ella también falla y debe enfrentarse a la muerte. Y esos sueños existenciales me llevaron de cabeza a Blade Runner, a recordar las ovejas eléctricas soñadas por los replicantes androides de Philip K. Dick, y de ahí a las teorías cognitivas de embodiment hay solo un paso.

Me explico, esto va de geometría, pero vayamos por partes. Voy a dejar que sea Sheldon Cooper, el otro Cooper, no el de Interstellar, quien me dé una excusa para viajar por un bucle que nos infiltre en el intrincado mundo ficticio, ciencia imaginada, de 2001 y Blade Runner a partir de un metaajedrez de dimensiones aumentadas.

Por si no conocen a Sheldon, baste decir que cuando Sheldon quiere integrarse con sus amigos intenta usar el sarcasmo. En su personalísima inteligencia entiende que el sentido del humor es un signo que le acercará a comprender mejor a la humanidad. Sheldon es un superdotado y, con su conquista del sarcasmo, su memoria fotográfica, su autismo proclamado y su capacidad para jugar juegos complejos, nos lo echa a la cara en cada momento (a nosotros y a sus compañeros de The Big Bang Theory).

Sheldon, claro está, juega al ajedrez. Se trata del metaajedrez que aparece en la legendaria serie Star Trek. Una variante tridimensional, que se juega en tres planos distintos de 4×4 casillas con cuatro planos extra de 2×2 casillas, para configurar las 64 casillas de un tablero normal. Los diferentes niveles de los tableros que se separan y se mezclan hacen que la complejidad perceptual del juego aumente. Es una variante de juego mucho más complicada, jugada a la perfección por Mr. Spock, epítome del razonamiento lógico, y por Mr. Data en Next Generation, un androide que, en su búsqueda personal para descubrir la emoción a través del arte y del propio humor, nos recuerda de manera alarmante al propio Sheldon.

Como quintaesencia del comportamiento inteligente, el ajedrez aparece en secuencias que ya son míticas dentro del imaginario colectivo de los entusiastas del cine futurista. En ellas, los protagonistas aparecen enfrascados en medio de partidas que señalan una causa común para un efecto también común: quien juega al ajedrez muestra un comportamiento inteligente. Es un reflejo de años de experiencia en el juego y un homenaje a la complejidad de sus movimientos y al tesón de sus jugadores. El ajedrez une a 2001 con Blade Runner y nos deja con Insterstellar preguntándonos qué le pasa a TARS, ¿por qué no juega al ajedrez?

En 2001, dentro de una nave grandiosa que se dirige a Júpiter, el astronauta Frank Pool juega al ajedrez ni más ni menos que contra HAL, la computadora infalible que nunca ha cometido un error… es la escena cumbre de la inteligencia artificial en el cine. Es la escena que prepara al espectador para lo que le espera: descubrir a un HAL calculador, capaz de todo. No hay que olvidarse de que estamos en 1968, unas fechas en las que las máquinas no podían ni hacer tablas con un jugador de club. La primera vez que un programa de ajedrez logra ganar una partida de torneo a un gran maestro sucedió veinte años después. Fue contra el GM danés Bent Larsen, que se confió ante el programa Deep Thought, el abuelo de Deep Blue, que diez años más tarde ganaría el match a Gary Kasparov, en 1997. Todo esto, que se veía venir en los años sesenta, lo representa el director Kubrick a la perfección, dotando a HAL de una «mente» artificial que no da ninguna chance a Dave, anunciando mate en tres en una posición presumiblemente jugada por el propio Kubrick, entusiasta del juego.

Y así aparece, años después, Blade Runner. La belleza de los replicantes es su intelecto superior y el genio de Ridley Scott es mostrar cómo esa belleza fluye desde el cuerpo, perfecto, atlético, de fuerza robótica. Una belleza que contrasta con los juguetes de Sebastian, el genio biólogo de la corporación Tyrrel. O con el propio Tyrrel, el gran genio creador, con su cuerpo enjuto y sus gafas ciclópeas. En Blade Runner, la genialidad de Sebastian y de Tyrrel se encierra en una partida de ajedrez. Pero el embodiment de los replicantes va más allá. En una escena clave se nos muestra al replicante Roy obligando a Sebastian a hacer una jugada que llame la atención en la partida entre Sebastian y Tyrrel. La escena se desarrolla en torno a una de las partidas clásicas más conocidas de la historia del ajedrez, denominada «La Inmortal», que se jugó en Londres en 1851 entre Anderssen y Kieseritzky. La partida se llama así por los numerosos sacrificios que lleva a cabo Anderssen, incluido un sacrificio final de dama que termina por encerrar al rey negro, llevando a las blancas al triunfo. Es la quintaesencia del ajedrez romántico.

Desde el punto de vista ajedrecístico, la escena deja un poco que desear, no así su significado. El replicante le sopla a Sebastian una jugada que no tiene respuesta buena de las negras; es un sacrificio de dama seguido de mate en una jugada, algo que no es difícil de ver, pero que tanto Sebastian como Tyrrel, dos supuestos genios del juego, no parecen comprender. No importa, la belleza está en Roy, que busca la llave para trascender su vida limitada. El resto, el futurismo decadente de Los Ángeles, Harrison Ford que se lleva a la chica, la lluvia, los ojos sintéticos, y la imponente Daryl Hannah con sus ojos pintados de negro, forma parte de nuestra memoria colectiva.

Por supuesto no son las únicas (ni las primeras ni las últimas) oportunidades en las que el ajedrez hace su aparición en una película para mostrar la inteligencia de sus jugadores. Hay algo intrínsecamente profundo, humanamente intenso en el juego del ajedrez que destila comportamiento humano, del bueno, del inteligente y permite emplearlo como lenguaje universal, como metáfora de lo humano desde el pasado al futuro, desde la mítica del Shá que se sorprende del crecimiento exponencial de los granos de trigo sobre las 64 casillas al futuro de cohetes espaciales y viajes en el tiempo, donde, curiosamente, el juego sigue vivo. 

Los replicantes, jugadores de ajedrez, son la encarnación de la inteligencia artificial. Rodney A. Brooks, investigador del MIT, expresó la necesidad de esa encarnación para el comportamiento inteligente diciendo que los elefantes no juegan al ajedrez, porque hay una geometría de la inteligencia. Entre lo incorpóreo del HAL de 2001, representado por su penetrante ojo rojo, y la geometría perfecta del TARS de Interstellar, existen los replicantes que personifican la realidad del comportamiento inteligente, la necesidad de un cuerpo humano, la identificación de la biología con el funcionamiento de la mente. Es lo que, en las ciencias cognitivas se denomina embodiment. Es lo que hace que el proceso esté supeditado al patrón, a los confines de la carne, a las restricciones de la física. Nuestras neuronas y nuestras glías, nuestro cráneo y nuestros músculos, nuestras mitocondrias y nuestros neurotransmisores, nuestros brazos y piernas, nuestros corazones. Y es por eso que la geometría dice mucho del fenómeno de la vida, la mediatiza, le da un valor, un parámetro desde el que operar. Por eso Dave consigue desconectar a HAL. Roy, el androide, juega con HAL, la máquina, y mate inevitable. 

Nuestras mentes han emergido como resultado del proceso evolutivo durante millones de años; gracias a todo ello y a pesar de todo ello, fruto de una gran mezcla de contingencias y casualidades, hemos surgido nosotros, los sapiens, unos primates imberbes y singulares. En la historia de la humanidad han surgido gigantes del pensamiento, del arte y de la música como Gödel, Escher y Bach o el admirable Stephen Hawking, a quien la ciencia y la ficción de Interstellar debe tanto, y quien, en un memorable episodio de The Big Bang Theory ridiculiza a Cooper, el otro, cerrando así el eterno y grácil bucle por el que nos adentramos (¿mencioné que el apellido de Leonard, con quien juega Sheldon al meta-ajedrez no es otro que Hofstadter?). 

Diego Rasskin Gutman, La geometría inteligente de Interstellar ..., jot down, 24/12/2014

Sóc una filla de Stalin.


 

Com la majoria de vosaltres, segur: som una anomalia històrica. Enceto el 2015 amb una constatació que, ni que m’ho hagués dit l’oracle, no hauria cregut mai: he tingut sort, hem tingut molta sort. Vaig néixer a mitjan segle XX, en ple franquisme i, tot i així, he tingut fortuna, perquè llavors, gràcies a la guerra freda, mal m’està dir-ho, se’m va donar la possibilitat de beneficiar-me, ens hem pogut beneficiar, del moment singular, potser únic, en què la història va començar a donar-se el gust de ser, almenys a Occident, més igualitària. I sense armes a les mans.


Vaig poder estudiar a la Universitat, cosa que fins aleshores no havia fet ningú de la família. Tot i ser noia, vaig poder iniciar una vida fora de Saidí, que a casa no em necessitaven ni per collir alfals, que aleshores encara se’n feia i jo en collia, ni encara menys per a la collita de cereals. Començava la maquinització del camp. Mon germà, cinc anys més gran, s’hi va quedar, a ell sí que el necessitaven. Només que hagués estat a l'inrevés, que jo hagués estat la gran, potser hauria estat empesa a casar-me al poble amb algun bon mosso disposat a ajudar el pare amb les noves màquines, el tractor, la segadora i tota la pesca. Hi havia pressa per modernitzar-se, potser el pare no hauria volgut esperar més.

La nostra vida, ara que he fet els seixanta i mon germà està a punt de fer-ne seixanta-cinc, ha estat molt més amable que la dels pares, a Barcelona jo, a Saidí ell. Molt més diferent, i ja ho havia estat molt, de la dels pares respecte dels seus, i no només per la guerra del 36. Hem tingut sort, molta sort. Vides diferents, les nostres com la de tants de vosaltres, que ara s’unifiquen en aquesta constatació paradoxal: hem tingut la fortuna de ser una anomalia històrica que qui sap quan es repetirà.

Dic paradoxal perquè no em refereixo a històries de vida d’èxit tal com el present les entén. Sé l’èxit que he tingut i mon germà sap l’èxit que té, però no és cap èxit que el present certifiqui. En el seu cas, la collita de fruita del 2014 ha estat la més dolenta –que vol dir la més mal pagada– dels últims anys, i fa molt que un agricultor no treu rendiments de la seva feina, ja que ha d’anivellar despeses. L’any que hem deixat enrere, ni això. Com s’ho pot fer la família d’un pagès jove?, es pregunta mon germà. Cert, els joves han deixat de tenir la nostra sort. Ell i la seva dona ja estan de tornada, el noi treballa a Barcelona i no li cal emigrar, la feina està feta. Hem tingut sort.

A voltes etzibo, a ell i a les amistats, a boca de canó: Som fills de Stalin. Els meus interlocutors s’espanten. Vade retro, satànic! Ve-t'ho aquí la sonada, em diuen els seus ulls, es vendria una orella per una frase. Però els ulls em diuen també: què diantre vols dir? Quan ho explico, la meva gent fa que sí amb el cap: si no hagués estat per Stalin no hauríem tingut Estat del benestar, sense el temor a allò soviètic el capital no hauria tolerat el laborisme al poder a la Gran Bretanya i, sense més ni més, no hauria arribat a la conclusió, que es va dir guerra freda en el món militar com en el civil, que més valia fer algunes concessions humanistes que no pas exposar-se al predicament que aleshores encara tenien els supervivents vencedors de la batalla de Stalingrad.

Com més països de l’Est europeu envaïa Stalin a partir del 1956 a Hongria, més sort anàvem tenint per aquesta banda d’allò que va ser anomenat el teló d’acer. Sí, francament, a mi tampoc em fa cap gràcia retrospectiva, però així va anar la cosa.

Un cop aclarida la nostra filiació soviètica, que els déus ens perdonin, la conversa acostuma a derivar cap a un argument no sé si dir-ne paradoxal, també. La nostra generació, les nostres generacions, que som més d’una, té en conseqüència el deute de tornar el favor històric. Tenim doncs una responsabilitat gran, em deien l’altre dia en converses diferents dos bons amics que han estat en política institucional recent. I tant que la tenim. I tant, també, que les generacions afortunades ho saben i ho fan, estan tornant el favor històric tant com poden.

No dic tant com podem perquè no estic jubilada. Ho poden i ho fan tants jubilats i prejubilats que es fan càrrec no tan sols de la família jove i no tan jove que no se’n surten sinó també de l’acció directa que permet canviar algunes coses, sigui la frustrada operació a Sarrià de convertir un racó del parc de l’Oreneta en urbanització de luxe, que han frustrat uns quants veïns jubilats i jubilades, com impedir que passi el mateix o similar amb la torre Garcini al Guinardó.

Per no parlar de tantes altres accions directes comunitàries de tota mena que porten a bon terme els sortats històrics. Som els fills de la guerra freda, som les filles de l’Estat del benestar que un dia va existir. En donem fe.


Mercè Ibarz, Sóc una anomalia històrica, El País, 31/12/2014

El govern del present.

forges
El título de este artículo es, también, el título de un imprescindible libro de Daniel Innerarity, catedrático español de filosofía política y social en la Universidad del País Vasco. En su texto, Innerarity analiza cómo las sociedades modernas se relacionan (mal) con el tiempo, y precisamente, con la noción de futuro. Innerarity diagnostica que las sociedades actuales están ancladas en el presente, casi cegadas por él, y que son incapaces de siquiera pensar en cómo será o debiera ser el futuro. Ya en sus primeras páginas sentencia: «Buena parte de nuestros malestares y de nuestra escasa racionalidad colectiva se deben al hecho de que las sociedades democráticas no se relacionan nada bien con el futuro. De entrada, porque todo el sistema político y la cultura en general están volcados sobre el presente inmediato y porque nuestra relación con el futuro colectivo no es de esperanza y proyecto, sino más bien de precaución e improvisación».

Pero la idea de futuro no estuvo siempre tan ausente de la visión de mundo, del conjunto de opiniones, creencias y valores que tenían las sociedades contemporáneas. Es más, el futuro era un poderoso estímulo para el cambio social, fueran reformistas o revolucionarias. El futuro era el derecho por conquistar el espacio temporal en el que nuestros objetivos, convertidos en retos por la acción política, podían transformarse en conquistas y derechos. Durante todo el siglo XIX y principios del XX, la noción de futuro sustentó el concepto de progreso y, como tal, fue uno de los pilares de la corriente de pensamiento que se conoció como positivismo. Su creador, Auguste Comte, nacido en la turbulenta Francia de finales de siglo XVIII —tan solo 9 años después de la Toma de la Bastilla y un año antes del Golpe de Estado del 18 de Brumario de Napoleón Bonaparte— desarrolló su pensamiento en base a su deseo de que la sociedad alcanzase, alguna vez, un orden estable. Su frase «El amor por principio, el orden por base, el progreso por fin» se convirtió en leit motiv de buena parte de la intelectualidad del siglo XIX —preocupada por la modernización, el crecimiento económico y el orden interno— e incluso inspiró el lema que aún conserva la bandera brasilera: Ordem e Progresso.

Sin embargo, en el siglo XX, repleto de guerras, crisis y todo tipo de ismos, la fe en el progreso se fue apagando poco a poco. Ilusiones del Progreso de Georges Sorel y El Malestar en la Cultura de Sigmund Freud son solo algunos ejemplos de cómo el escepticismo respecto al progreso comenzaba a dominar la escena intelectual. La conciencia del futuro comenzaba a desaparecer… El paradigma de esta fusión entre presente y futuro lo encontramos, probablemente, en la teoría del fin de la historia de Francis Fukuyama, quien supuso, a principios de los noventa, que, con la caída del comunismo, el debate ideológico se había extinguido para dejar paso a la democracia liberal como la única opción viable. Una teoría que dilataba el presente y dejaba muy poco espacio a la idea de futuro. El presente ganaba la batalla.

La sociedad actual se encuentra gobernada por el presente. Innerarity, en su libro, denuncia una tiranía del presente y un preocupante olvido del pasado. Se impone lo inmediato, lo breve y rápido le gana a lo denso y lento, la cantidad a la calidad. La memoria, además, se diluye y el sentimiento de compromiso con los trascurrido y recorrido se desvanece. «No he parado ni un minuto» es la frase recurrente que refleja una ocupación constante, sin pausa ni silencios. Son los tiempos líquidos de Zygmunt Bauman: «El corto plazo ha reemplazado al largo plazo y ha convertido la instantaneidad en ideal último. La modernidad fluida […] disuelve, denigra y devalúa su duración». La comunicación instantánea, las relaciones fugaces, la obsolescencia programada, la Ley de Moore… todos síntomas de que vivimos la dictadura del presente. En política se advierte en el creciente electoralismo del juego democrático, el ritmo político también se acelera. Con todo esto, el presente, sobreestimado e idealizado, se convierte, tal vez, en el principal enemigo del futuro.

Pero el pasado puede también, en algunas circunstancias, entorpecer la relación de las sociedades con el tiempo futuro. Aunque necesario, el estudio del pasado no puede, ni debe ocupar todas nuestras energías temporales. Las políticas de la memoria —siendo ejemplo paradigmático el Programa Memorias del Mundo de la Unesco— sirven para aprender del pasado y, en muchas ocasiones, permiten que se haga justicia, pero no pueden ser el único móvil de la política. Si nos obsesionamos con el pasado, corremos el riesgo de descuidar el presente y olvidar la existencia de un futuro. Demasiado ocupados en el pasado, podemos movernos en el presente solo por inercia y ser incapaces de proyectar un futuro, porque como dijo Edmund Burke alguna vez: «Nunca puedes planear el futuro a través del pasado».

Por otra parte, las metáforas que solemos utilizar para hablar del futuro nos demuestran que pensar el futuro genera optimismo. El futuro está siempre adelante, mientras que el pasado está detrás, el futuro se sueña, mientras que el pasado se recuerda, el futuro se construye, mientras que el pasado se reconstruye. El futuro se conquista, el pasado se defiende. Al futuro avanzamos, anclados en el pasado retrocedemos o quedamos inmóviles. Es necesario, pues, que recuperemos el futuro si queremos recuperar la ilusión ciudadana. Necesitamos volver a pensarlo, a imaginarlo, a construirlo. El reto del futuro: su promesa, su horizonte, su trayecto, su desafío…, es una poderosa energía movilizadora para redoblar y reactivar cualquier proyecto político.

Hay que entender, finalmente, que la política no puede solamente administrar el presente, ni solamente recordar el pasado, ni tampoco solamente pensar el futuro. En palabras de Innerarity: «La tarea principal de la política democrática es la de establecer la mediación entre la herencia del pasado, las prioridades del presente y los desafíos de futuro». La clave está, como en todo, en encontrar el equilibrio… y en este caso, el equilibrio de la política que conmueve y remueve. Decía el poeta revolucionario León Felipe: «Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos y a tiempo». Pues eso, vayamos hacia el futuro, sin olvidar, defendiendo los presentes como escalones de un nuevo horizonte, pero sin detenernos ni mirar excesivamente atrás. Hagamos de la política que crea y avanza hacia el futuro la nueva poesía vital para generaciones de personas que en todo el mundo, también en Ecuador, aspiran a una sociedad más justa y sostenible.

Antoni Gutiérrez-Rubí, El futuro y sus enemigos, El Telégrafo (Ecuador), 28/12/2014


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Quan la vida es converteix en el bé suprem? (Lipovetsky).


El Roto

Cuando el ser individual se define cada vez más por su relación con las cosas, cuando la búsqueda de dinero, la pasión por el bienestar y la propiedad son más importantes que el estatuto y el prestigio social, el concepto del honor y la suceptibilidad agresiva se debilitan, la vida se convierte en valor supremo, se debilita la obligación de no perder la dignidad. Ya no es vergonzoso no contestar una ofensa o una injuria: una moral del honor, origen de duelos, de belicosidad permanente y sangrienta, ha sido substituida por una moral de la utilidad propia, de la prudencia donde el encuentro del hombre con el hombre se realiza esencialmente bajo el signo de la indiferencia. Si en la sociedad tradicional el otro aparece de entrada como amigo o enemigo, en la sociedad moderna, se identifica generalmente con un extranjero anónimo que ni merece el riesgo de la violencia. «Posesión de uno mismo: evita los extremos; cuida de no tomar demasiado a pecho las ofensas, pues nunca son lo que parecían al principio», escribía Benjamín Franklin: el código del honor ha dejado paso al código pacífico de la «respetabilidad», por primera vez en la historia, se constituye una civilización en la que no está prescrito mantener desafíos, en la que el juicio del otro importa menos que mi interés estrictamente personal, en la que el reconocimiento social se disocia de la fuerza, de la sangre y de la muerte, de la violencia y del-desafío. Más generalmente el proceso individualista conlleva una reducción de la dimensión del desafío interpersonal: la lógica del reto, inseparable de la primacía holista y que durante milenios ha socializado a los individuos y a los grupos en un encaramiento antagonista, sucumbe poco a poco para convertirse en una relación antisocial. Provocar al otro, burlarse de él, aplastarlo simbólicamente, este tipo de relaciones está condenado a desaparecer cuando el código del honor deja paso al culto del interés individual y de la privacy. A medida que se eclipsa el código del honor, la vida y su conservación se afirman como ideales primeros mientras que el riesgo de la muerte deja de ser un valor, pelearse ya no es glorioso, el individuo atomizado se pelea cada vez menos y no porque esté «autocontrolado», más disciplinado que sus antepasados, sino porque la violencia ya no tiene un sentido social, ya no es el medio de afirmación y reconocimiento del individuo en un tiempo en que están sacralizadas la longevidad, el ahorro, el trabajo, la prudencia, la mesura. El proceso de civilización no es el efecto mecánico del poder o de la economía, coincide con la emergencia de finalidades sociales inéditas, con la desagregación individualista del cuerpo social y el nuevo significado de la relación interhumana a base de indiferencia. 


Con el orden individualista, los códigos de sangre se abandonan, la violencia pierde toda dignidad o legitimidad social, los hombres renuncian masivamente al uso de la fuerza privada para resolver su desacuerdos. Así se aclara la función verdadera del proceso de civilización: tal como demostró Tocqueville, a medida que los hombres se retiran en su esfera privada y no se preocupan más que de sí mismos, reclaman al Estado para que les asegure una protección más vigilante, más constante de su existencia. Esencialmente el proceso de civilización aumenta las prerrogativas y el poder del Estado: el Estado policial no es sólo el efecto de una dinámica autónoma del «monstruo frío», es deseado por los individuos aislados y pacíficos, aunque sea para denunciar regularmente su naturaleza represiva y sus excesos. Multiplicación de las leyes penales, aumentos de los efectivos y de los poderes de la policía, vigilancia sistemática de las poblaciones, son los efectos ineluctables de una sociedad en la que la violencia es desvalorizada y en la que simultáneamente aumenta la necesidad de seguridad pública. El Estado moderno ha creado a un individuo apartado socialmente de sus semejantes, pero éste a su vez genera por su aislamiento, su ausencia de belicosidad, y su miedo de la violencia, las condiciones constantes del aumento de la fuerza pública. Cuanto más los individuos se sienten libres de sí mismos, mayor es la demanda de una protección regular, segura, por parte de los órganos estatales; cuanto más se rechaza la brutalidad, más se requiere el incremento de las fuerzas de seguridad: la humanización de las costumbres puede pues interpretarse como un proceso que busca desposeer al individuo de los principios refractarios a la hegemonía del poder total, y al proyecto de poner a la sociedad bajo la tutela del Estado.(pàgs. 193-195).


Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Anagrama, Barna 1986

Societat de la transparència i societat del rendiment (Byung-Chul Han)



 
En la manca de perspectiva no es forma cap ull central, cap subjectivitat central o sobirania. Mentre que els habitants del panòptic de Bentham són conscients de la presència constant del vigilant, el que habiten en el panòptic digital es creuen que estan en llibertat.

La societat de la transparència segueix exactament la lògica de la societat del rendiment. El subjecte del rendiment està lliure d’una instància exterior dominadora que l’obligui al treball i l’exploti. Ell és el seu propi senyor i empresari. Però la desaparició de la instància dominadora no condueix a una llibertat real, ja que el subjecte del rendiment s’explota a si mateix. L’explotador és alhora explotat. Actor i víctima coincideixen. La pròpia explotació és més eficaç que l’explotació estanya, ja que va acompanyada del sentiment de llibertat. El subjecte del rendiment se sotmet a una coacció lliure, generada per ell mateix. Aquesta dialèctica de la llibertat es troba també a la base de la societat del control. La pròpia il·luminació és més eficaç que la il·luminació estranya, ja que va unida al sentiment de llibertat.

(“La societat del control”)

Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, Herder, Barcelona 2013

Exemplarietat i vocació (Javier Gomá).






Javier Gomá: Conviene distinguir entre los ejemplos reales de la experiencia, que pueden ser positivos o negativos, y la ejemplaridad, que es un ideal, es decir, un deber-ser y en consecuencia, como tal, no existe, no es, no se da en la experiencia, no tenemos contacto sensible con él. Nadie encarna la ejemplaridad porque nadie, en este mundo imperfecto, personaliza la perfección del ideal. Ahora bien, los ejemplos concretos son la vía de acceso a la verdad, y cuando se trata de la verdad moral esto es especialmente cierto. Qué es lo honesto, lo decente, lo recto, lo justo, lo valiente, lo generoso se hace intuible y aprehensible a través del ejemplo personal, aunque no seamos capaces de verbalizar esos conceptos. El ejemplo muestra esa capacidad de hacerse evidente sin necesidad de definirlo. De manera que los ejemplos positivos y negativos que nos rodean constituyen la escuela de nuestra educación sentimental. Y entre esos ejemplos, despliegan particular influencia aquellos que poseen autoridad, como los padres o los docentes. Toda educación consiste en trasmitir un modelo de lo humano, un prototipo de excelencia. Proto-tipo significa sello (typos) originario. Educar es imprimir un sello en el alma de los educandos. Un educador, en el sentido integral del término, es quien, por ser un buen ejemplo de ese sello, sabe replicarlo en los demás. En un sentido más limitado, restringido ya a ciertas disciplinas, un buen docente, a mis ojos, es quien sabe comunicar, no tanto conocimiento, como amor al conocimiento: no historia de la literatura sino amor a la literatura.

La vocación remite al desarrollo orgánico de un principio interno más que a la reacción frente a estímulos externos. Y, en efecto, no recuerdo haberme encontrado nunca a una persona, real o histórica, que se me haya presentado como un modelo integral y pleno para mí o sobre la que yo me haya dicho a mí mismo: “quiero ser como ella”. Esto no me ha ocurrido. Podría citar a varias personas que me han abierto perspectivas, me han alentado, me han inspirado, me han orientado, me han acompañado, me han ayudado a encontrar mi camino. Pero no una persona que haya sido ella misma mi camino. Aunque a esta constatación le añadiría dos precisiones. La primera, que sí han existido muchas personas, vivientes, históricas o imaginadas, que me han servido de contraejemplo –todos aquellos que me parecía que caían en el patrón del romanticismo- y que han ejercido sobre mí una gran influencia, aunque sea inversa. Representaban lo que no quería. Y en segundo lugar, que en esa búsqueda del propio camino estoy convencido de que, de forma patente o latente, he emulado a otros que antes que yo han intentado lo mismo. Por último, fuera del fenómeno de la vocación, que objetivamente debe considerarse una anomalía vital, la relación maestro-discípulo, una relación en la que el segundo ve en el primero realizado (aunque sea con las imperfecciones propias de lo real) el ideal de humano, es y seguirá siendo la expresión suprema de la educación, como Nietzsche nos recuerda en Schopenhauer como educador: “Tus verdaderos educadores y formadores te revelan cuál es el auténtico sentido originario y la materia fundamental de tu ser”.

José Luis Coronado, Entrevista a Javier Gomá , INED 21,  28/12/2014