divendres, 30 de setembre de 2016

Contra la família (Aristòtil-Locke).


Resultat d'imatges de contra la familia

La oposición oíkos-pólis estará en juego en gran parte de las grandes teorías políticas. Hobbes, que no en vano representa el fin del aristotelismo político, consecuentemente con su monarquismo afirmará la identidad de naturaleza de los poderes de la familia y del Estado, el poder es uno, y se ejerce de modo instrumental, al servicio de un mero sobrevivir, de garantizar la seguridad. Esa pérdida de especificidad de las categorías políticas se encuentra, con un enfoque distinto, en su coetáneo R. Filmer. A uno y otro se opondrá J. Locke, que, siguiendo en este punto la influencia republicana, señalará la diferencia esencial entre el poder «natural» de la familia, de carácter paternal, el poder despótico, que se cierne sobre la vida misma del individuo, y el poder político, que exige acuerdo, consentimiento, convenio. Con todo, Locke sigue proyectando sobre la pólis elementos del oíkos al introducir un cambio extraordinariamente significativo en la definición del sujeto político pues ya no lo hará por referencia al lugar del lógos en el individuo, sino en relación a la propiedad. Los niños quedan excluidos porque aún no están en condiciones de cuidar de su propiedad, por lo que se justifica el poder paternal; y el poder despótico se justificaría porque los derrotados perderían todo derecho de propiedad. El poder político es el resultado del lógos de propietarios para la seguridad de sus bienes. 

Si bien se observa la historia, las luchas sociales, en buena parte, no han consistido sino en un combate en contra del poder en el oíkos, tanto en su sentido restringido como amplio, y contra su proyección en la política. La esclavitud cuestionada por Rousseau y abolida por Robespierre; las luchas de las «clases domésticas», de siervos y trabajadores por romper con la «loi de famille», de la que hablaba Montesquieu, e ingresar en una ciudadanía plena; el feminismo; o el cuestionamiento del viejo régimen en el interior de la empresa. Ver el magnífico libro de A. Domènech: El eclipse de la fraternidad, Crítica, Barcelona, 2004

nota 21 de

Jorge Álvarez YagüezLa categoría de política. Aclaraciones desde la perspectiva de un clásico republicano, Isegoría nº 39, julio-diciembre 2008, pàgs. 311-333

La igualtat, element essencial de la pólis (Aristòtil).

Resultat d'imatges de el roto igualdad política
El Roto
La igualdad es elemento esencial de la pólis, no significa para Aristóteles nivelación de fortunas, sí el que no existan grandes diferencias que fomenten el conflicto y los vicios; tampoco pertenencia a una misma clase; ni igualación de funciones. Igualdad no es uniformización. Lo que se da en la ciudad es «igualdad en la reciprocidad», esto es, un cumplimiento por turno, no al mismo tiempo, de las funciones primordiales de gobernar y ser gobernado. En la ciudad se da la armonía de la concordia, la presen-cia de la amistad (philía), sin la cual la ciudad no se mantiene unida, pero ello no significa la reducción de la ciudad a un sujeto, a una voluntad, la del padre, como en la casa, o la del individuo. Hay en Aristóteles una valoración positiva de la pluralidad y la diversidad, ligada a las co-munidades complejas y amplias, constituidas por muchos logoi. Una multiplicidad, pues, que tampoco signifique dispersión o fragmentación, como ocurre ya en el ethnos o nación, o en ciudades que rebasen ya tal número que sea imposible que las gentes se conozcan y por tanto se pierda su carácter de koinonía. Ni la unidad homogénea de la familia, ni la desintegración de las grandes agrupaciones, en ese punto medio se sitúa la comunidad política (koinonía politiké).

Jorge Álvarez YagüezLa categoría de política. Aclaraciones desde la perspectiva de un clásico republicano, Isegoría nº 39, julio-diciembre 2008, pàgs. 311-333

La pólis no pot ser governada como es governa una família (Aristòtil).

Resultat d'imatges de la nación como una gran familia

Si ahora tomamos el conjunto, a tenor del examen aristotélico hecho de las relaciones que se dan en el seno del oíkos, vemos cómo en este medio se da un dominio por una parte despótico, por otra, regio, y, por una tercera aristocrático o, sólo muy impropiamente, político. La única relación horizontal, eminentemente política no es central. Visto en su conjunto, entonces, la administración de la casa es un régimen muy distinto del gobierno de la ciudad, y en ningún caso debiera confundirse, como empezaba Política afirmando. Vemos además, que en él impera siempre uno, el padre-amo-marido, así que globalmente se aproximaría a una monarquía, «el gobierno doméstico es una monarquía (ya que toda casa es gobernada por uno solo)» (1255b, 19).

Por otra parte, Aristóteles reacciona frente a los intentos de Platón de cortar una pólis por el patrón de la familia. No cree que sea propio de la pólis, por ejemplo, la unidad estricta que podría encontrarse en aquella. La pólis requiere de cierta unidad, efectivamente, pero no sin pluralidad. Una unión excesiva, al modo de la existente en el oíkos, le parece a Aristóteles reductora para los fines de la ciudad, haría de ella en todo caso «una ciudad inferior» (1263b, 34), «pues la ciudad es por naturaleza una multiplicidad (pléthos)» (1261a, 18). Pretender unificarla la convertiría en una comunidad distinta, y «al hacerse más una, se convertirá de ciudad en casa y de casa en hombre, ya que pode-mos decir que la casa es más unitaria que la ciudad y el individuo más que la casa». Aristóteles nos advierte claramente contra la pretensión de adoptar como ideal esa unidad que hace de la comunidad política un único sujeto político, ideal que ha recorrido el pensamiento político desde Platón hasta hoy. «De modo que, aun cuando alguien fuera capaz de hacer esto, no debe-ría hacerlo, porque destruiría la ciudad» (1261a, 21-22). (...)

Las características de la pólis son muy distintas a las del oíkos y no es en él donde el gobierno político habrá de hallar su referencia. La política no puede concebirse según los rasgos de la administración de la casa. Es cierto, que hubo un tiempo en que las ciudades se gobernaban al modo de la casa, reconoce Aristóteles, esto es, se regían monárquicamente, pero esto no era sino resultado de un momento primitivo en su desarrollo, de su falta de diferenciación, o, como en el caso de los bárbaros, debido a su especial naturaleza y costumbre de sometimiento. «Ésta es también la razón de que al principio las ciudades fueran gobernadas por reyes, como todavía hoy los bárbaros: resultaron de la unión de personas sometidas a rey, ya que en toda casa reina el más anciano y, por lo tanto, también en las colonias, cuyos miembros están unidos por el parentesco» (1252b, 19-22). Cuando tenemos verdaderas ciudades, de individuos no unidos por parentesco, plurales, con gentes de clases distintas, con funciones diversas; comunidades realmente superiores en las que quedan inmersas las casas y los individuos encuentran en ella su fin, entonces, es muy otro el gobierno que le corresponde. Ya no puede ser la monarquía, apropiado para la relación de quienes aún no tienen un lógos desarrollado, como era el caso de los niños. En esto nos basamos para excluir como no político el gobierno paternalista o monárquico. «El gobierno doméstico es una monarquía (ya que toda casa es gobernada por uno solo), mientras que el gobierno político es de libres e iguales» (1255b, 19-20).

Jorge Álvarez YagüezLa categoría de política. Aclaraciones desde la perspectiva de un clásico republicano, Isegoría nº 39, julio-diciembre 2008, pàgs. 311-333

La connexió entre igualtat i llei (Aristòtil).

Resultat d'imatges de ley e igualdad

Importa subrayar el punto, la conexión interna entre ley e igualdad. Donde se da una relación vertical fija, de mando-obediencia, no se necesita un nómos al que ajustarse; éste o, mejor, su ausencia, está en la voluntad del mando mismo: «Por eso no permitimos que nos mande un ser humano, sino la razón» (1134a, 35-36). La justicia política excluiría una relación de pertenencia, sólo se daría entre pares, donde uno no pertenece al otro. En la relación de pertenencia no se requeriría un nómos que mediase; la injusticia en términos absolutos es ahí imposible. «La justicia del amo (despotikón díkaion) y la del padre (patrikón) no es la misma que la de los gobernantes, aunque es semejante. En efecto, no hay injusticia, de un modo absoluto, respecto de lo propio, y la propiedad y el hijo, hasta que llega a una edad determinada y se hace independiente, son como partes de uno mismo, y nadie se perjudica así mismo deliberadamente. Por eso no hay injusticia ni justicia política en esas relaciones: quedamos, en efecto, en que esa clase de justicia era según ley (katá nómon), y en que tienen ley de un modo natural aquellos que son iguales en el mando y la obediencia» (EN, 1134b, 8-15)

Jorge Álvarez YagüezLa categoría de política. Aclaraciones desde la perspectiva de un clásico republicano, Isegoría nº 39, julio-diciembre 2008, pàgs. 311-333

Allò pròpiament polític, segons Aristòtil.

Resultat d'imatges de lo político según aristóteles
Aristòtil

¿Qué es lo propiamente político?

En primer lugar, el gobierno político se refiere a seres libres. Se excluye pues de la condición de ciudadano toda situación de esclavitud.

En segundo lugar, lo político hace referencia a la igualdad, a seres iguales.

En tercer lugar, la relación política no es instrumental, como sí lo es la despótica, la que se da entre seres de distinta naturaleza, entre amo y esclavo, alma y cuerpo. Entre seres iguales, que poseen lógos la relación sólo puede ser la propia a esa condición, la que une un lógos a otro, dialógica o comunicativa. 

En cuarto lugar, y unido indisolublemente a las dos características anteriores, en el gobierno político se alternan las funciones de gobernante y gobernado, como corresponde a seres libres e iguales. El mando no está siempre en las mismas manos, y todo ciudadano debe saber obedecer la ley y también establecerla. 

En quinto lugar, política y justicia van de consuno. Recordemos la íntima vinculación más arriba apuntada entre la propiedad distintiva del ser humano, la posesión de la palabra, de lógos, el sentido de lo justo y la pólis. Además, como también ha quedado registrado, entre se-res iguales debe mediar la referencia a la ley. En una relación que ya no es de per-tenencia ha de buscarse la justicia, pues con respecto a lo que es de uno no se pue-de cometer injusticia. Como acabamos de ver, así como de los ciudadanos es carac-terística esencial deliberar y juzgar, la justicia, nos dice Aristóteles «es cosa de la ciudad» (1253a, 37).

En sexto lugar, es consustancial a lo político que el gobierno no sea a conveniencia de un elemento particular, esté encarnado éste en un sólo hombre o en algunos.

En séptimo lugar, la unidad que intenta la política no excluye la pluralidad. No busca la configuración de una comunidad que se comporte como una familia, o como un solo individuo. Busca, efectivamente, concordia y amistad, pero no sin diferencias, multiplicidades.

Por último, política va unido a excelencia, a virtud como corresponde a una comunidad superior, que no busca el simple vivir, la satisfacción de las necesidades vitales, sino un vivir bien, la felicidad, «una vida perfecta»(1281a, 34). La comunidad política no es, como antes se-ñalamos, una mera alianza para evitar daños, aspira a lo mejor.

Jorge Álvarez Yagüez, La categoría de política. Aclaraciones desde la perspectiva de un clásico republicano, Isegoría nº 39, julio-diciembre 2008, pàgs. 311-333

La política exclou la dona (Aristòtil).

Resultat d'imatges de mujer y política

La relación entre marido y esposa se trata de una relación entre seres libres, que poseen logos, capacidad deliberativa, y no incompleta. Es manifiesta, pues, su diferencia con respecto al esclavo y a los hijos; no le corresponde, por consiguiente, una relación despótica (esclavos) ni tampoco regia (hijos). Debería corresponderle un gobierno adecuado a una relación entre iguales. La consecuencia no podría ser otra, pues, que la de calificar esta relación como una relación política, ya que «el gobierno político es de libres e iguales» (eleuthéron kai ison) (1255b, 20). Y así lo hace Aristóteles, pero no sin vacilaciones ni total coherencia. «El padre y marido gobierna a su mujer y a sus hijos como a libres en ambos casos, pero no con la misma clase de autoridad (arkhés): sino a la mujer como a un ciudadano (politikós) y a los hijos como vasallos (basilikós)» (1259b, 39-41). Pero Aristóteles no es totalmente congruente en este punto: «En efecto, salvo excepciones antinaturales, el varón es más apto para la dirección (egemonikóteron) que la hembra, y el de más edad y hombre ya hecho, más que el más joven y todavía inmaduro. Pues bien, en la mayoría de los regímenes de ciudadanos (politikais arkhais), estos alternan sucesivamente en las funciones de gobernante y gobernado (pues son iguales en cuanto a su naturaleza y no difieren en nada); sin embargo, cuando uno rige y el otro es regido, se procura establecer una diferencia mediante el atavío, los tratamientos y los honores, como lo dio a entender Amasis con su ejemplo del lavapiés. La relación del varón respecto de la hembra es siempre de esta manera» (1259b, 1-10). Como vemos, la igualdad queda rebajada, desde el momento en que uno de los cónyuges aparece como naturalmente (phýsei) superior al otro, el hombre a la mujer, y en consecuencia, en el mismo grado quedaría desvirtuado el carácter político de la relación (1). (...)

La proximidad de la condición de la mujer al varón no acaba, por tanto, de incluirle en la relación propia de iguales. Por ello no nos sorprende que en un momento dado Aristóteles califique el gobierno del marido sobre la esposa no de político como se hacía en Política I, sino de aristocrático: «El gobierno del marido sobre la mujer es manifiestamente aristocrático (aristocratiké), puesto que el marido manda conforme a su dignidad (kat’axían) y en aquello que debe mandar; todo lo que cuadra a la mujer se lo cede a ella» (EN, 1161a, 32-34). Y en referencia a la amistad, que le sirve igualmente a Aristóteles para diferenciar regímenes, nos dice que la existente entre el marido y la mujer «es la misma que la de la aristocracia» (EN, 1161.ª, 22-23). (...)

La diferencia entre hombre y mujer convierte en no totalmente apropiado el gobierno político entre ellos; la diferencia de la mujer con respecto a niños y esclavos, excluye el gobierno despótico y el regio. De ahí esta decantación por el gobierno aristocrático, más conforme a un gobierno entre impares, en el que no hay turno en la función de mando y obediencia. Sólo en el gobierno político se da además de la condición de libertad, la de igualdad y alternancia de las funciones de gobernante y gobernado.

Jorge Álvarez YagüezLa categoría de política. Aclaraciones desde la perspectiva de un clásico republicano, Isegoría nº 39, julio-diciembre 2008, pàgs. 311-333


(1) Sorprende cómo la opinión o el prejuicio extendido puede también con el gran genio, cómo un atento observador, de método de naturalista, sostuviese sobre la mujer ideas como la de que tenía menos dientes que el varón, o que si se miraban a un espejo durante la menstruación éste se teñía de rojo. Por otra parte, es conocida la teoría de De generatione animalium de que la mujer sólo es causa material de la generación, siendo el varón la causa formal, eficiente y final. Según esto, la mujer sería tan sólo un instrumento del hombre para la generación.

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