dissabte, 25 de març de 2017

Vivim en una simulació?



Un principio importante de cualquier epistemología social razonable dice que el porcentaje de ideas que son absurdas entre las ideas que suenan absurdas es extremadamente elevado. Naturalmente, un montón de ideas de las que sonaban absurdas han terminado mostrándose acertadas (por ejemplo, la idea de la evolución de especies diferentes a partir de un antepasado común, la idea de que la tierra es un planeta que gira en torno a una estrella, la idea de que la materia está formada por átomos, etc.), pero por cada una de estas "victorias del ingenio contra el sentido común", miles de afirmaciones absurdas han existido y existirá. Esto significa que no te estás comportando como un estúpido reaccionario cuando tildas instintivamente una idea como "estúpida" si ves claramente que contradice al sentido común, sino sólo que tu cerebro está poniendo en práctica un sano escepticismo. Las afirmaciones extravagantes requieren pruebas extraordinarias, y tu escepticismo natural sólo tiene permitido batirse en retirada cuando se empiezan a presentar dichas pruebas.

Desgraciadamente, bastantes filósofos, en su noble y legítima tarea de poner a prueba los límites del sentido común, han trastabillado a menudo con la recomendación que acabo de poner en negrita, interpretándola más o menos como que "las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extravagantes". Más de un milenio al servicio de la teología, engendrando una serie inacabable de argumentos extraordinariamente sagaces y sutiles sobre la existencia y las propiedades de dios, de los ángeles, de los demonios, de los santos y de las almas, ha dejado seguramente en algunos de nuestros filósofos más capaces una tendencia imborrable a tomarse un poquitín demasiado en serio algunas conjeturas extravagantes. Tampoco tenemos que olvidar que, en lo que se refiere a cuestiones de hecho, las "pruebas extraordinarias" no pueden provenir más que de hallazgos empíricos, y en especial de la confirmación de predicciones acertadas pero muy implausibles. Un argumento meramente verbal, por muy sofisticado que parezca, no puede nunca servir de algo que no sea una tautología. Por tanto, la probabilidad de que un filósofo apoye una idea-que-suena-absurda sólo porque resulta "sexy", más que porque haya razones válidas para apoyarla, tiende a ser probablemente mayor que lo que imaginas.

Pido perdón por haber comenzado en un tono tan escéptico, pero creo que es un aviso necesario antes de abordar un tema tan cargado de vehemencia intelectual como el que he escogido para esta entrada. Desde luego, Nick Bostrom o Elon Musk no han sido los primeros en dar popularidad a la tesis de que el mundo que experimentamos puede ser una especie de ficción. En la tradición de la filosofía occidental, tanto Platón como Descartes son famosos por sugerir algo así, el primero con su "mito de la caverna", y el segundo con su "genio maligno". Pero la idea tiene aún una tradición más antigua en Oriente (p.ej., el "velo de Maya"). La popularidad actual de la conjetura de que vivimos en una realidad ilusoria debe mucho, por supuesto, a la creciente industria de los juegos de ordenador y a los aparatos de realidad virtual, así como a su difusión en películas como Matrix o Desafío total. Podríamos decir que, hacia el principio de este siglo, el mundo estaba maduro para recibir algún intento de dignificación intelectual de esta moda. ¿Y qué podría ser mejor que una prueba lógica o matemática? Por supuesto, si tenemos en cuenta que gran parte de la audiencia potencial de este argumento son friquis de la tecnología, ese tipo de prueba será mucho más aceptable que un balbuceo cuasi-ininteligible sobre la ontología de los simulacros elaborado por un pedante filósofo continental. Nick Bostrom, por entonces un joven y prometedor filósofo analítico con una fuerte base lógica y matemática, tuvo éxito en proporcionar justo lo que el mundo estaba esperando.

El argumento de Bostrom, muy resumido, es el siguiente. O bien es extraordinariamente improbable que la humanidad (u otra forma de vida inteligente) evolucione hasta alcanzar la capacidad de crear "perfectas simulaciones cósmicas" (quizá porque tiendan a extinguirse antes de ello), o bien existe algo (un tabú cultural, p.ej.) que impedirá llevar a cabo esas simulaciones, o bien las dos hipótesis anteriores son falsas y por tanto, en algún momento futuro, alguna civilización lo suficientemente sofisticada decidirá implementar un número astronómico de tales simulaciones. Parece que las dos primeras hipótesis pueden ser descartadas como muy implausibles, consideradas como leyes sin ninguna excepción, y por lo tanto es prácticamente seguro que, en algún momento de la historia del universo, alguna civilización alcanzará la capacidad de realizar "perfectas simulaciones cósmicas" casi sin límite (pensemos, p.ej., en ordenadores cuánticos, cuyos bits capaces de llevar a cabo trillones de operaciones simultáneamente), tal vez con el objetivo de "observar" y "experimentar" lo que sucede en dichas simulaciones, o tal vez por pura diversión. Ahora bien, esto implica que, si existen o existirán billones de universos perfectamente simulados, la probabilidad de que el universo que estamos observando sea "real" es ridículamente pequeña en comparación con la probabilidad de que sea uno de esos billones de simulaciones.

Antes de entrar a analizar los pasos de esta argumentación, te invito a reflexionar sobre un argumento algo parecido. Como dijo una vez Bertrand Russell, es estrictamente imposible refutar la conjetura de que el mundo ha empezado a existir hace justo cinco minutos en el estado en el que se encontraba en ese preciso momento. ¿Implica esto que es igual de probable que el universo observable haya comenzado a existir hace justo 5 minutos, y que haya comenzado a existir en el Big Bang, más o menos hace 13.500 millones de años? Quizá estés tentado a responder que no, pero imagina que, en vez de considerar sólo esas dos opciones, producimos una serie astronómicamente grande de conjeturas alternativas: que el mundo haya empezado a existir hace 5 minutos, o hace 5 minutos y un nanosegundo, o hace 5 minutos y dos nanosegundos, etc., etc. Hay un número astronómicamente alto de posibles momentos en los que el mundo podría haber empezado a existir "tal como era entonces", y por lo tanto, parece que la conjetura de que empezó a existir justo en el Big Bang tiene una probabilidad microscópicamente baja de ser verdadera.

Nuestra inteligencia se retuerce (con buenas razones) contra esta conclusión, porque la enorme magnitud del número de conjeturas estúpidas que hemos producido artificialmente no hace que cada una de ellas sea ni un microgramo menos estúpida de lo que era cuando sólo teníamos dos conjeturas (una de ellas estúpida, y la otra no). Y la combinación de un número astronómico de conjeturas estúpidas parece que no deja de ser bastante estúpida. Pensamos, simplemente, que es extremadamente más probable que el universo observable empezara a existir con el Big Bang, que no que empezase a hacerlo en cualquier momento posterior "tal como era justo entonces". Y nuestra principal razón para pensar así es que las leyes de la física no tendrían mucho sentido en caso contrario.

Espero que este último argumento sirva para quitarle un poco del encanto a la "magia de los grandes números" en la que la tesis de Bostrom quiere fundamentarse. En la próxima entrada ofreceré contra-argumentos más detallados, relacionados con el contenido de las premisas del de Bostrom.

Jesús P. Zamora Bonilla, Por qué casi seguro que NO vivimos en una simulación (1), Escritos sobre gustos 24/03/2017

divendres, 24 de març de 2017

Per què pregunten els nens?



Cuando tenía alrededor de cuatro años formulé a mi madre una de mis primeras preguntas “¿por qué?”: “Mamá, ¿por qué vive Pippo debajo del agua?” Mamá me explicó que Pippo, nuestro pez de colores, era un pez, y que los peces viven debajo del agua. Esta respuesta me dejó insatisfecho, por lo que seguí preguntando: “¿Por qué viven los peces debajo del agua? ¿Podemos nosotros vivir debajo del agua?” Mamá respondió que los peces respirar extrayendo oxígeno del agua que los rodea; las personas no pueden vivir debajo del agua. Pregunté entonces algo aparentemente sin relación: “¿De qué está hecho el hielo?”. El hielo está hecho de agua, Matteo”. Dos días después se encontró a Pippo en nuestro congelador.

Como la mayoría de los niños de cuatro años, me sorprendía con las cosas que ocurrían a mi alrededor. Tan pronto como comencé a hablar empecé a preguntar por qué suceden las cosas. Esto molestaba a los adultos frecuentemente. Pero cuando querían responder a mis preguntas, sus explicaciones me ayudaban a imaginar qué ocurría si las cosas fuesen diferentes. Mis conclusiones eran completamente erróneas algunas veces (como el pobre Pippo comprobó en carne propia). En cualquier caso, errores y explicaciones guiaron mi descubrimiento del mundo: estaba haciendo ciencia antes de empezar a ir al colegio, y lo estaba disfrutando también.

¿Qué es una buena explicación? ¿Y cómo lo podemos saber? Los filósofos de la ciencia han respondido a estas cuestiones tradicionalmente concentrándose en las normas que rigen la práctica explicativa de los científicos, evaluando estas normas sobre la base de sus intuiciones en una serie de casos que implican supuestas explicaciones.

Comenzando con el trabajo de Carl G Hempel en los años sesenta, los filósofos de la ciencia han desarrollado tres modelos de explicación principales. Según el modelo de cobertura legal de Hempel, las explicaciones son argumentos que demostrarían que lo que se está explicando se sigue lógicamente de una ley general. Por el modelo de cobertura legal si un pregunta “¿Por qué un determinado mástil de bandera arroja una sombra de 10 metros de largo?”, una buena respuesta debería citar las leyes de la óptica, la altura del mástil, y la posición del Sol. Esta explicación es buena porque “demuestra que, dadas las circunstancias concretas y las leyes en cuestión, el que el fenómeno ocurriese era algo esperable”.

Otra aproximación es el modelo unificacionista, que dice que las buenas explicaciones aportan un relato unificado que puede aplicarse exhaustivamente a muchos fenómenos diferentes. La teoría de la gravedad de Newton y la teoría de la evolución de Darwin son explicaciones maravillosas porque poseen un enorme poder unificador. Estas teorías apelan una y otra vez a unos pocos principios básicos que pueden dar cuenta de una gran cantidad de fenómenos. Así, las teorías unificadoras reducen a un mínimo el número de lo que el biólogo Thomas Huxley llamó en 1896 “incomprensibilidades fundamentales”.

El modelo mecánico causal es quizás el más popular entre los filósofos. Dice que las explicaciones buenas ponen de manifiesto piezas componentes y actividades que hacen que las cosas pasen. Si uno pregunta:¿Por qué se rompió la ventana?”, una buena respuesta es: “Porque alguien le tiró una piedra”. O si uno pregunta: “¿Cómo llega la sangre a todas las partes del cuerpo?”, una buena respuesta debería incluir información acerca del corazón, los vasos sanguíneos y el sistema circulatorio y sus funciones.

Estos modelos capturan la forma de muchas buenas explicaciones. Sin embargo, los filósofos no deberían asumir que exista un solo modelo verdadero de explicación y que se deba tomar una decisión sobre qué modelo nos dice qué es realmente una buena explicación. Es decir, muchos asumen que un modelo explicativo “talla única” se ajusta a todas las áreas de investigación. Esta asunción significa que los filósofos han ignorado a menudo la psicología del razonamiento explicativo.

Dar una buena respuesta a una pregunta “¿por qué?” no es solo una abstracción filosófica. Una explicación tiene funciones cognitivas en el mundo real. Fomenta el aprendizaje y el descubrimiento y las buenas teorías explicativas son vitales para navegar por el entorno sin problemas. En este sentido, una explicación es lo que se conoce como un acto de habla, que es una unidad de emisión que realiza una cierta función en la comunicación. Evaluar cuando alguien realiza este acto de habla con éxito debería tener en cuenta la psicología del razonamiento explicativo y su sutil sensibilidad al contexto. Una labor estupenda en la psicología de la explicación demuestra que tanto las leyes, como la unificación y los mecanismos causales tienen un lugar en la psicología humana, trazando distintos conceptos que se activan dependiendo de la audiencia, intereses, creencias previas y el entorno social.

Los resultados de la psicología también ponen de manifiesto una sorprendente similitud entre los razonamientos explicativos de niños y científicos. Tanto niños como científicos observan el mundo intentando encontrar patrones, buscando violaciones sorprendentes de esos patrones e intentando comprenderlas basándose en consideraciones explicativas y probabilísticas. Las prácticas explicativas de los niños sugieren un conocimiento único de la naturaleza de una buena explicación.

Los modelos de explicación deberían calibrarse con datos acerca de la práctica explicativa real desde la psicología, pero también desde la historia y sociología de la ciencia. La misma conclusión aplica a otros temas tradicionales estudiados por los filósofos de la ciencia como la confirmación, los cambios de teorías y el descubrimiento científico, donde demasiado a menudo la especulación filosófica abstracta ofusca los fundamentos cognitivos de la ciencia. Los estudios de base experimental de la explicación nos dicen claramente algo importante acerca de cómo la gente explica, qué encuentra explicativamente valioso, y cómo las prácticas explicativas cambian a lo largo de la vida. Si todo niño es un científico nato los filósofos de la ciencia harían bien en prestar más atención a la psicología de la explicación, y en concreto a las preguntas “¿por qué?” y al razonamiento explicativo de los niños. Conseguirán una comprensión más matizada de qué constituye una buena explicación.

Matteo Colombo, Por qué los niños preguntan "por qué" y qué constituye una buena explicación, Cuaderno de Cultura Científica 23/03/2017

Sobre el autor: Matteo Colombo es profesor ayudante en el Tilburg Center for Logic, Ethics, and Philosophy of Science y en el departamento de filosofía de la Universidad de Tilburg en los Países Bajos.



Texto traducido y adaptado por César Tomé López a partir del original publicado por Aeon el 1 de febrero de 2017 bajo una licencia Creative Commons (CC BY-ND 4.0)

dijous, 23 de març de 2017

El desenvolupament del llenguatge.



A pesar del idioma que hablemos o nuestra cultura, se piensa que las personas pasamos por las mismas etapas de desarrollo del lenguaje a aproximadamente la misma edad. En este artículo podrás encontrar las etapas por las que pasan los niños en el proceso de adquisición del lenguaje, además de la edad aproximada a la que pasan a cada etapa. También podrás ver una descripción de lo que sucede en cada estadio.

Para adquirir el lenguaje es necesaria la maduración del sistema nervioso, cierto desarrollo cognitivo y desarrollo socio-emocional, ya que el niño solo aprenderá a hablar si está expuesto al lenguaje (Gross, 2005).

Hay un consenso general en relación a las tres grandes etapas del desarrollo del lenguaje, por las cuales el niño avanza de manera gradual (Gross, 2005):


I. Etapa prelingüística (0 a 12 meses): los bebés nacen sin saber hablar, aunque hacen sonidos variados con sus órganos vocales, incluido el llanto, que suele ser el sonido dominante, e incluso los padres aprenden a discriminar los diferentes tipos de llanto. Para el primer mes los niños aprender a distinguir entre fonemas y otros sonidos, aunque a veces suenen muy parecidos. Se piensa que esta habilidad perceptual puede ser innata (Gross, 2005).

Dentro de esta etapa tenemos el prebalbuceo (0-2 meses) donde predominan las vocalizaciones reflejas y gorjeos (como el ya mencionado llanto); y el balbuceo donde, de los 3 a 6 meses predomina el juego vocal y luego (de los 6 a los 10 meses) la imitación (Navarro Pablo, s.f.)

Aunque los niños comienzan produciendo unos pocos fonemas, rápidamente producen casi todos los fonemas existentes, pertenezcan o no a su lengua nativa (expansión fonética). Aproximadamente a los 9-10 meses comienza la contracción fonética: ahora los fonemas utilizados serán solo los correspondientes al lenguaje del entorno. Los niños sordos dejan de balbucear a esta edad, probablemente debido a falta de retroalimentación de su propia voz (Gross, 2005).

Ya a los 4 meses pueden leer labios y discriminar sonidos. Mas o menos a esas edad comienza la etapa del balbuceo. No se trata de una imitación de los sonidos que escucha de los adultos, por que utiliza sonidos de diversos lenguajes. Los niños sordos también balbucean, sugiriendo que la natura permite una gama de fonemas antes que el contexto moldee el lenguaje. Muchos de los sonidos del balbuceo son pares de vocales-consonantes (da-da, ma-ma, ta-ta). Luego de un tiempo, el balbuceo se convierte en sonidos y entonaciones del entorno y, a los 10 meses, un oído entrenado puede identificar el lenguaje de la casa (Myers, 2006).

II. Etapa de una palabra (12 a 18 meses): El niño produce su primera palabra al año aproximadamente, sin embargo el balbuceo continúa por alrededor de 6 meses más. El niño entenderá más palabras de las que produce (Gross, 2005).

Al cumplir el año, la mayoría de los niños pasan a la etapa de una palabra: han aprendido que los sonidos tienen significado y tratan de utilizarlos para comunicarse. Al principio, las palabras suelen contener una sola sílaba y probablemente solo las personas más cercanas al bebé, lo entiendan (Myers, 2006).

III. Etapa de oraciones de dos palabras. Esta última se divide en Estadio 1 de gramática, que va desde los 18 hasta los 30 meses y se caracteriza por ser un lenguaje telegráfico, es decir que la producción e imitación de oraciones es simple (Gross, 2005).

Aproximadamente a los 18 meses pasan de aprender una palabra por semana a 1 palabra por día. Antes de los 2 años suelen entrar a la etapa de las dos palabras, es decir que empiezan a formar oraciones simples de dos palabras, por esta razón también se caracteriza al lenguaje como “discurso telegráfico” en esta etapa (Myers, 2006).

Aunque los niños de 18 meses pueden decir entre 3 y 50 palabras, su vocabulario receptivo es mayor que el productivo, es decir que entienden más palabras de las que pueden producir (Weiten, 2001).

En el estadio 2 de gramática, que va de los 30 meses en adelante, el lenguaje crece rápidamente y también las oraciones se hacen más complejas y largas (Gross, 2005).

Una vez superada la etapa de las dos palabras, el niño comienza a construir oraciones más largas y, al llegar a edad escolar, ya comprende frases complejas y hasta el doble sentido. El interés en la ambigüedad del lenguaje indica el desarrollo de la conciencia metalingüística (Myers, 2006, WeIten, 2001).

Se considera que el desarrollo del lenguaje se detendrá si un sujeto permanece aislado durante el período crítico de adquisición, es decir los primeros 5 a 7 años de vida. Este suele ser el caso de los niños sordos que no experimentaron el lenguaje de señas en los primeros años y también está el conocido caso del niño salvaje de Aveyron (Myers, 2006).

Alejandro Alonso, Etapas del desarrollo del lenguaje, Psyciencia 21/03/2017


Fuentes:

Gross, R. (2005), Psychology, the science of mind and behaviour 5th edition. Hodder Arnold Publication

Myers, D. (2006) Psicología 7ma edición. Editorial Médica Panamericana: Madrid


Written, W. (2001), Psychology. Themes and variations Fifth edition. Wadsworth Thomson Learning: EE.UU.

El domini del 'pathos' i la posveritat.



Como apuntaban los latinos, no hay nada nuevo bajo el sol. Todo lo que se está diciendo sobre la posverdad estaba ya escrito en El Arte de la Retórica, la genial obra de Aristóteles que se adelantó en casi 25 siglos a lo que ahora llamamos modernidad.

En realidad, el sabio griego no concibió su reflexión como un tratado para los filósofos, sino que parece que se trata de notas, de una especie de manual práctico que fue confeccionando para sus alumnos del Liceo ateniense.

Cuando Aristóteles reivindicó la importancia de la retórica, ésta se hallaba muy desprestigiada por los usos y abusos de sofistas como Gorgias e Isócrates, a los que el maestro de Alejandro Magno despreciaba como demagogos, es decir, como agitadores del pueblo.

Los sofistas empleaban el lenguaje para manipular la verdad al servicio del poder o de los ricos. Por eso, Aristóteles estaba empeñado en devolver la dignidad a la palabra, siendo perfectamente consciente de los peligros de la posverdad que latía en la filosofía idealista de Platón y algunos de sus discípulos, empeñados en negar la observación empírica de los fenómenos.

Zenón de Elea, discípulo de Parménides, llegó a sostener que el movimiento no existe y que jamás el veloz Aquiles podría recorrer la distancia que le separaba de la tortuga, lo cual exasperaba a Aristóteles, que se consideraba un científico que extraía sus conclusiones de la mirada sobre la realidad.

Aristóteles sostenía que la retórica era un contrapunto de la dialéctica, que él entendía como las reglas del razonamiento abstracto. Para el oriundo de Estagira, la retórica era, literalmente, "la técnica para persuadir". Y como tal, estaba integrada por tres elementos: el logos, el ethos y el pathos. El logos era el propio pensamiento, la coherencia interna del discurso. El ethos incluía la sabiduría, la credibilidad y la convicción del hablante. Y el pathos consistía en la apelación a los sentimientos del que escucha, que Aristóteles consideraba esencial porque explicaba el éxito de los sofistas.

No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que los líderes populistas de nuestros días, muy especialmente Donald Trump, son maestros en el dominio del pathos. Dicen lo que el público quiere oír y manejan la información para manipular al electorado. En este aspecto, superan en mucho a los políticos convencionales, que no saben sacar rendimiento al poder de las palabras.

Trump recurre continuamente a la utilización de vocablos cargados de emotividad para conectar con su público y defender sus iniciativas. Pero carece de ethos, que es la cualidad fundamental de un orador.

Como subraya Mark Thompson, el editor del New York Times, lo que estamos viviendo es una profunda crisis de la retórica política, porque se ha producido un vaciamiento de palabras como libertad, igualdad o tolerancia, cuyo desgaste ha generado un nuevo significado.

Ello se sustenta en muchas causas que van desde el impacto de la crisis económica a la falta de ejemplaridad de los dirigentes, pero no podremos entender lo que está sucediendo a nuestro alrededor si no profundizamos en ese arte de la retórica, que es una vía para alcanzar la felicidad, en palabras del propio Aristóteles, que ya estaba de vuelta antes de que nosotros empezáramos a recorrer este camino que nos parece tan peligroso.

Pedro G. Cuartango, Todo está ya dicho, el mundo.es 20/03/2017

Democràcia, deliberació i votació.



Argumento:
1. Las personas tienen desacuerdos ideológicos irresolubles.

2. La democracia, aun si establece un margen amplio para la deliberación y el acuerdo, apela al voto como mecanismo para tomar decisiones colectivas ante desacuerdos irresolubles.

3. La ideología no es una mera reputación, no es un mecanismo para ahorrar costes de información. La ideología contiene valores y principios que nos permiten formarnos una idea global sobre los asuntos públicos. La ideología es una forma de organizar nuestras opiniones sobre la política.

4. La ideología no viene determinada ni por los genes ni por el interés económico. Es más bien una cuestión de carácter moral.

5. Las diferencias ideológicas proceden de nuestra distinta sensibilidad hacia las injusticias.

6. Las personas de izquierdas tiene una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas y por eso desarrollan un sentimiento de superioridad moral. 

7. El exceso de moralidad en la política, típico de la izquierda más radical, lleva a intentar realizar la justicia a toda costa, aun si eso supone un coste social enorme. 

8. En la derecha, como reacción, se desarrolla un sentimiento contrario, de superioridad intelectual ante cualquier propuesta de un cambio profundo. 

9. El mayor idealismo moral de la izquierda explica la frecuencia de sus conflictos internos, de sus rupturas y escisiones. 

10. La socialdemocracia como programa de cambio encarna el compromiso más acabado entre moralidad y eficacia políticas. La socialdemocracia entra en crisis cuando desequilibra ese compromiso en detrimento de su compromiso moral con la justicia. 

¿Por qué existen los desacuerdos ideológicos? ¿Por qué hay gente que está a favor del reparto de la riqueza, del intervencionismo estatal, del aborto y de la lucha contra el cambio climático, mientras que otros piensan justo lo contrario sobre todos estos temas? En ocasiones, parece que los desacuerdos no se limitan a lo que debería hacerse, a las políticas que habría que llevar a cabo, sino que alcanzan incluso a la manera en que percibimos la realidad. De este modo, y a pesar de que todos estos asuntos sean cuestiones de hecho, los desacuerdos sobre la magnitud del cambio climático, la autoría de los atentados del 11-M, el legado político de la transición española o las consecuencias de una subida del salario mínimo están en buena medida teñidos de ideología.

Hasta tal punto es así que personas con ideologías distintas parecen vivir en mundos diferentes, sin que quepa establecer unos consensos mínimos en torno a los cuales organizar un debate político en el que las partes sean capaces de hacerse cargo de las opiniones de los demás. Llevando las cosas un poco al límite, podría concluirse que las personas más ideologizadas viven en un cierto solipsismo político, en el sentido de que solo son capaces de procesar información que sea congruente con sus valores, principios y visión del mundo.

La extrema pluralidad de fuentes de información y opinión que existe gracias a internet contribuye paradójicamente a agravar esta tendencia. Hoy en día es muy fácil filtrar la información y los argumentos de manera que encajen con nuestros puntos de vista, confirmándolos y reforzándolos. Los grupos sociales que comparten idénticos postulados vendrían a ser algo así como mónadas leibnizianas, incomunicadas entre sí. Los miembros de cada uno de estos grupos tienen sus diarios digitales de referencia (aquellos de los que se fían), amigos o seguidores en las redes sociales con una filosofía política similar (aquellos que valen la pena) y hasta pareja y familia que compartan las mismas premisas ideológicas (aquellos con los que cabe desarrollar una vida en común).

Los psicólogos han analizado los mecanismos mediante los cuales tendemos a buscar información que confirme nuestros prejuicios y a evitar aquella otra que los ponga en peligro. Se trata del fenómeno de la “opinión interesada”. Hasta cierto punto, tiene sentido que obremos así: si cuestionáramos en cada momento todas nuestras ideas, caeríamos en un estado de parálisis decisional y cognoscitiva. No podríamos estar seguros de nada ni seríamos capaces de tomar decisiones. Parece necesario, pues, mantener el núcleo duro de creencias a salvo de un asalto continuo por parte de quien piensa de forma radicalmente diferente a la nuestra. Aun siendo verdad que debemos mantener ciertas ideas al abrigo de la duda corrosiva, no debe olvidarse que cuando la “zona blindada” se hace demasiado grande, la persona acaba cayendo en el dogmatismo en el terreno intelectual y en el fanatismo en el político.

Un ejemplo típico de los sesgos que se producen en el procesamiento de la información es el de los escándalos por corrupción. Una misma conducta recibe calificativos muy distintos en función de quién la protagonice. Si es el partido rival, pensaremos que se trata de algo injustificable, sin atenuantes de ningún tipo, que demuestra la falta de principios de aquellos que piensan de forma diferente a la nuestra. En cambio, si lo mismo ha sucedido en el partido con el que nos identificamos, atribuiremos las acusaciones a una cacería de los medios o a una turbia maniobra para debilitar al partido; en el mejor de los casos, se admitirá la gravedad de los hechos, pero no se los juzgará con la misma severidad que cuando afectan a los otros.

Sería simplista, con todo, considerar que los desacuerdos ideológicos son únicamente fruto de sesgos en el razonamiento y la percepción. Resulta fácil imaginar dos personas que, liberados de todo sesgo, pudieran tener profundas diferencias y que dichas diferencias fueran irresolubles: se trataría de diferencias basadas en valores últimos irreconciliables entre sí.

Hay pensadores que consideran que el ejercicio del diálogo racional permite llegar a acuerdos y consensos, por muy profundas que sean las diferencias de valores e intereses en origen. La democracia, desde este punto de vista, sería ante todo un conjunto de reglas que propicia el esfuerzo deliberativo, el esfuerzo conducente a una posición mutuamente compartida. No se trataría, como en una negociación, de encontrar un punto medio, un compromiso en el que las partes sientan que sus intereses quedan más o menos atendidos, sino de reconocer la parcialidad del punto de vista con el que se llegó al debate; una vez que las condiciones del diálogo forzasen la toma en consideración imparcial del asunto debatido, las personas alcanzarían una posición que, por la fuerza misma de la racionalidad, obligaría a todos a reconocer como aceptable.

Filosóficamente, se trata de una tesis muy atractiva. Conecta con el viejo anhelo socrático de descubrir la verdad, la justicia y la belleza mediante el diálogo. Dándole suficientes vueltas al objeto de disputa, es posible, según esta tesis, eliminar la parcialidad de nuestros planteamientos, elevándonos por encima de los mismos hasta arribar a una posición que obedece a las reglas de racionalidad presupuestas en la actividad dialogante; desde esa posición, todas las personas, con independencia de sus prejuicios ideológicos, sabrán entender, de forma unánime, cuál es la respuesta correcta.

Incluso si la tesis deliberativa fuera cierta en el plano teórico, podría no ser aplicable en la práctica. Supongamos, por ejemplo, que el tiempo disponible para tomar una decisión es limitado. ¿Qué sucedería si, ultimado el plazo, no se ha llegado a un acuerdo? No quedaría entonces más remedio que recurrir a un mecanismo expeditivo como la votación, con el objetivo de averiguar cuál de las posturas en liza encuentra más apoyos. Votar es una forma rápida y eficaz de resolver una controversia. 

Aunque no sea este el lugar para profundizar sobre la cuestión, creo que los desacuerdos ideológicos no son siempre superables, incluso cuando se dan condiciones deliberativas ideales y el debate lo realizan personas libres de toda distorsión en su pensamiento. Los valores últimos que inspiran nuestra vida son lo suficientemente potentes como para imposibilitar el acuerdo. Expresado en términos un poco más abstractos, estoy defendiendo que diferentes esquemas valorativos pueden ser inconmensurables. Así, cuando interactuamos con alguien que tiene principios totalmente ajenos a los nuestros, podemos anticipar la futilidad del ejercicio dialógico, renunciando de antemano al intercambio de argumentos. No nos molestamos en razonar, sabemos que no hay margen para el entendimiento.

Desde esta perspectiva, la democracia es un sistema institucional para tomar decisiones cuando las razones se agotan sin haberse alcanzado un acuerdo. Por supuesto, la democracia reserva un espacio amplio para el debate público, tanto en la sociedad civil como en las instituciones. En la sociedad civil, asociaciones, medios de comunicación, escuelas y universidades fomentan la deliberación sobre los asuntos políticos. En el ámbito de las instituciones, baste recordar que los parlamentos continúan siendo concebidos como foros deliberativos en los que el debate contribuye a refinar y mejorar los proyectos legislativos. Ahora bien, el elemento esencial en torno al cual gira la democracia es el de la votación, y no porque la votación tenga más valor que la práctica deliberativa, sino porque la votación es la instancia última en el proceso de toma de decisiones. Al final, tras haberse permitido una conversación colectiva sobre lo que debería hacerse, son los ciudadanos o sus representantes quienes terminan decidiendo mediante una votación que contabiliza el grado de apoyo popular a las diferentes alternativas en juego.

(continuará)

Ignacio Sánchez-Cuenca, 1. Desacuerdos ideológicos (La "superioridad" de la izquierda), ctxt 22/03/2017

dimecres, 22 de març de 2017

Keynes vs Hayek (documental)

Mapear internet.





Decía Alberto Manguel en 1980 que nuestra pobre geografía, limitada a un puñado de continentes y mares, ya no era suficiente para la aventura, y que, después de haber puesto todo en orden y haber dibujado y bautizado cada valle y cada monte, viajar ya no consistía en descubrir, sino en confirmar la información de un mapa. Si esto era en 1980, calculen ahora. En teoría, ya no hay un solo punto de la superficie de la Tierra que permanezca oculto a la visión automática, global, exacta, permanente y nítida de los satélites. No es que todo el planeta haya sido ya cartografiado y nombrado, sino que además ya podemos verlo todo desde casa, mirarlo de verdad, directamente, sin necesidad de representaciones gráficas, en cualquier momento y desde cualquier lugar. Vivimos muy a gusto convencidos de que, por complicada que sea nuestra búsqueda o nuestra pregunta sobre el mundo, siempre habrá una pantalla que responda con imágenes verídicas y datos fiables. Pero esta suerte de hiper-certeza que nos ofrecen las máquinas de visión global como Google, no deja de ser un señuelo más con el que atraernos a un territorio infinitamente más grande, inestable, incierto e indocumentado que nuestro archiconocido mundo físico: la nebulosa de la Red. Aquí sí que yacen dragones, y muchos. Hoy el gran reto de la cartografía es mapear internet. ¿Pero es posible trazar el mapa de un espejismo? ¿Por dónde empezar?

En un pequeño texto escrito para la dOCUMENTA (13), Boris Groys afirmaba que internet jugaba ahora el mismo papel que tradicionalmente han cumplido la filosofía y la religión, es decir, regular nuestro diálogo con el mundo. Las instrucciones para ese diálogo las ponen los buscadores: nosotros les enviamos palabras y ellos nos devuelven contextos. Para Groys, un buscador de internet es una máquina filosófica que funciona a partir de palabras liberadas del yugo de la sintaxis, es decir, mediante la radical disolución de las jerarquías del lenguaje en la igualdad absoluta de todas las palabras. En una pregunta a un buscador, todos los términos tienen la misma importancia, como la tienen todas sus combinaciones.

Así que, para los creyentes en Google, la información es una suma de contextos, es decir, de espacios potenciales de significado a los que habría que saber dar sentido (o quitárselo). Umberto Eco, a quien le gustaba decir que en internet se puede aprender de todo menos la forma de aprender en internet, hablaba de buscar, filtrar, seleccionar y aceptar o rechazar, es decir, de ejercer el sutil arte de decidir qué vale la pena recordar y qué no. 

No parece tarea fácil para el flâneur digital, despreocupado y feliz con la sobreabundancia de pasajes y escaparates electrónicos que jalonan su deriva a través de distintas capas de realidad. En el caso de internet, Roland Barthes lo llamaría mejor efecto realidad, una suerte de espejismo cuya materia prima no es lo verdadero sino lo verosímil. Los señores de la Red, que conocen perfectamente el entramado de accesos, experiencias, identidades, afectos, deseos y fantasmagorías de nuestra vida digital, saben que la verosimilitud es el secreto para que no nos sintamos extraños ni desorientados, y nos la inyectan a través de la retórica del tiempo real, la alta definición y la redundancia informativa. Un coctel que a menudo es narcótico

Las mutantes imágenes abstractas que una enorme pantalla mostraba durante la pasada feria ARCO en “Ripple”, instalación reciente del artista Daniel Canogar para el stand de El País, eran precisamente generadas en tiempo real a partir del flujo ininterrumpido de información suministrado por los vídeos de noticias más vistos en la web del periódico. El inicial estado de alerta y atención que el espectador adoptaba ante la saturación informativa, pronto dejaba paso a una especie de claudicación en la que renunciaba a asimilar lo contemplado y simplemente se dejaba hipnotizar por su fulgor incomprensible. El aturdimiento suele ser una buena estrategia para evitar que nos preguntemos de dónde procede la abundancia, quién está detrás de ella, a qué obedece, cuáles son sus intenciones últimas. En el caso de internet, resolver esa pregunta sería una de las misiones de su cartografía. Como en aquellos terribles y lúcidos diagramas de Mark Lombardi que le costaron la vida.

Quizás haya quien piense que la cartografía ha quedado para vestir metáforas, pero ante la inmensa terra incógnita de internet, hoy la necesitamos más que nunca. Se trata de descubrir por fin quiénes son los dragones y dónde yacen escondidos. Y de aprender a mapear para no ser, obscenamente, mapeados.

Emilio López-Galiacho, ¿Cómo mapear un espejismo?, fronteraD 13/03/2017