divendres, 2 de desembre de 2016

Shadenfreude.

Resultat d'imatges de sonrisa maliciosa

Imagine que su grupo de amigos está planeando pasar un fin de semana en una casa rural, pero resulta que en esa casa no hay sitio para todos. Usted se entera de que sus amigos se han reunido y han decidido por votación que usted es uno de los que no irán. Le han excluido. ¿Cómo se sentiría? Seguramente mal. Quizá muy mal. En las relaciones sociales hay pocas cosas que duelan tanto como sentirse excluido, menospreciado o rechazado por los demás. A casi todo el mundo le ha pasado alguna vez, en la familia, la escuela, los amigos, el deporte, el trabajo o la política. Prueba del dolor que producen esas situaciones es que muchas de ellas quedan indeleblemente grabadas en la mente, de tal modo que pasan a formar parte de la memoria autobiográfica de las personas.

¿Por qué duele tanto la exclusión social? Los neurocientíficos han estudiado lo que pasa en el cerebro de las personas cuando se sienten socialmente rechazadas. Ya hace algunos años que un grupo de psicólogos y economistas de las universidades de Nueva York y la Rutgers de Nueva Jersey publicaron en la revista Science un interesante trabajo que intentaba explicar la extraña conducta de quienes en las subastas públicas apuestan cantidades superiores a lo razonable. Mediante la conocida técnica de la resonancia magnética funcional decidieron observar cómo se activaba el cerebro de 17 personas en el transcurso de juegos que simulaban situaciones de competencia social como las que se dan en una subasta pública. De ese modo observaron que los individuos que tendían a apostar más de lo razonable solían ser los que, además de haber perdido apuestas anteriormente, cuando perdían se les activaba más de lo normal su estriado, una región del cerebro relacionada con procesos mentales de gratificación o recompensa.

Aunque las teorías económicas clásicas suelen relacionar ese tipo de comportamientos con la alegría de poder ganar o con la aversión al riesgo, los autores de dicho trabajo propusieron una explicación no incompatible con las anteriores pero más interesante: la contemplación de la pérdida en un contexto social, es decir, lo humillante que puede resultar el verse derrotado en público y sentirse por ello devaluado por los demás. Así, el “sobreapostar” sería una reacción emocional natural, quizá equivocada, pero tendente a evitar el posible malestar ocasionado por nuevas derrotas públicas. Algo así como una huida hacia adelante, podríamos decir.

Pero la sorpresa mayor llegó con un estudio complementario, también de exclusión social, donde un grupo de científicos, esta vez de las universidades de California en Los Ángeles y de Sydney en Australia, observaron que a los jugadores de baloncesto a los que sus compañeros no les pasaban pelotas (algo de lo que se ha quejado también recientemente el jugador de fútbol madrileño Cristiano Ronaldo) y decían sentirse por ello ignorados y excluidos se les activaba en sus cerebros la corteza cingulada anterior, es decir, la misma área del cerebro que se activa con la sensación de sufrimiento que acompaña al dolor físico de cierta intensidad y duración. Parece entonces que el cerebro reacciona frente a la exclusión social produciendo sentimientos muy parecidos a los que tenemos cuando se daña físicamente nuestro cuerpo.

¿Cómo reacciona entonces quien se siente excluido o derrotado? Generalmente ese duro sufrimiento dificulta el razonamiento de quien lo padece para asumir si fuera el caso su propia responsabilidad en la exclusión, por lo que lo más habitual que suele ocurrir es que el excluido acabe generando inconfesables sentimientos de envidia y rencor, cuando no de odio, hacia quienes considera verdaderos responsables de su fracaso. Precisamente por eso, lo más especial llega con el tiempo, cuando el considerado culpable de la exclusión fracasa, pues es entonces cuando aparece en todo su esplendor la imagen especular de la envidia y el rencor: la alegría y el regodeo del excluido o menospreciado por el fracaso de su oponente, de su derrotador. Es ese un sentimiento para el que los alemanes han inventado un término que ya ha sido adoptado también en otras lenguas:Shadenfreude (alegría maliciosa). Es ese tipo de alegría que uno siente cuando al empollón de la clase le suspenden una asignatura, cuando al listo de la oficina o del laboratorio le rechazan una idea o la publicación de un trabajo, o cuando al rival político, especialmente si es del mismo partido, no le van bien las cosas. Es, en buena medida, lo que sienten los hinchas del Barça cuando pierde el Madrid, o los del Madrid cuando pierde el Barça.

La Shadenfreude se acrecienta además en el rencoroso agorero que acierta en su pronóstico sobre el próximo o futuro fracaso de su oponente malhechor y lo ve como una reivindicación personal de su posición. Puede corresponderse con el “cuanto peor para él, mejor para mí”, frase que según algunos se atribuye a Vladimir Lenin en relación con sus rivales y la política de su tiempo. La Shadenfreude es también una de las mayores fuentes de hipocresía, porque, el que la tiene, aunque está contento en su interior, se muestra aparente y falsamente preocupado. Así, puede decirle a su oponente cosas como “es una pena que te hayan rechazado el trabajo, pues era muy bueno” o “qué lástima que hayáis perdido, pues habéis jugado muy bien” o también “es una pena que te hayan salido tantas arrugas, aunque no te sientan mal del todo”. Igualmente, muchas veces oímos a los políticos considerar un error ciertos comportamientos de sus adversarios y lamentarse por ello en sus expresiones, cuando en realidad están encantados de que lo sean, pues eso les beneficia. Y es que las lágrimas de cocodrilo son un producto de la mente humana que no escasea en nuestras competitivas sociedades.

Ignacio Morgado Bernal, Por qué duele tanto el rechazo, El País 30/11/2016

Cervell, intimitat i veritat.



Resultat d'imatges de cerebro y verdad

Curiosamente, la pregunta que suele plantearse a los eticistas es la de cuáles son los límites éticos en la investigación sobre el cerebro y en la aplicación de los hallazgos. Un guion que se repite en todos los acontecimientos científicos, como si la ética fuera una especie de linier sádico, empeñado en descalificar a los científicos cuando la pelota traspasa la línea de lo permitido.

Pero, afortunadamente, las cosas no son así, sino muy diferentes. El primer principio de cualquier ética respetable es el de beneficiar a los seres humanos, a los seres vivos en su conjunto y a la naturaleza, y cuanto más progresen las diversas ciencias en ese sentido, mejor habrán cumplido su tarea. Que, a fin de cuentas, es la de beneficiar. Por eso tiene pleno sentido que trabajen conjuntamente ciencias y humanidades con el fin de conseguir una vida mejor.

Ojalá avancemos en la prevención de enfermedades como la esquizofrenia, el alzhéimer, las demencias seniles, la enfermedad bipolar o la arteriosclerosis; podamos mantener una buena salud neuronal hasta bien entrados los años, mejorar nuestras capacidades cognitivas, precisar más adecuadamente la muerte cerebral, tratar tendencias como las violentas. Ojalá en la educación podamos servirnos de conocimientos sobre el cerebro que permitan a los maestros actuar de forma más acorde al desarrollo de ese órgano, extremadamente plástico; un asunto del que se ocupa con ahínco la neuroeducación.

Ocurre, sin embargo, que cuando las investigaciones y las aplicaciones científicas ponen en peligro la vida, la salud o la dignidad de las personas o el bienestar de los animales se hace necesario recordar que no todo lo técnicamente viable es moralmente aceptable. Que “no dañar” es igualmente un principio inexcusable en todas las actividades humanas, también en las científicas. Para muestra, un botón.

Hace unos días los medios de comunicación informaban de que Miguel Carcaño, el asesino confeso de Marta del Castillo, iba a ser sometido a una prueba neurológica, conocida como “test de la verdad”, a través de la cual podrían leerse sus respuestas cerebrales. Una prueba de este tipo plantea un problema moral y legal, porque no es lícito introducirse en la intimidad de una persona, en este caso a través de su cerebro, sin su consentimiento. Y, en efecto, los medios informaban de que, según la abogada de Carcaño, este había accedido voluntariamente a someterse a la prueba. Esta es una de las muchas cuestiones éticas que se plantean en ámbitos como el de las neurociencias: que no es lícito introducirse en la intimidad de una persona sin su consentimiento expreso. Tampoco ante presuntos terroristas, un aspecto bien importante en la neuroseguridad.

Pero, ¿por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?

Según un buen número de investigadores, porque todos esos órganos son irrelevantes en comparación con el cerebro. Somos —dicen— nuestro cerebro. Él crea las percepciones, la conciencia, la voluntad, y tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo. Trasplantarlo no presenta más problemas que los técnicos, porque donde va el cerebro de una persona va esa persona. Así las cosas, siguen afirmando estos científicos, actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás.

Sin embargo, tal vez las cosas no sean tan simples y por eso otros investigadores hablan del “mito del cerebro creador”, de que no es el cerebro el que crea nuestro mundo.

Regresando al caso de Carcaño, el médico que supervisó la prueba de la verdad aclaraba que recibe ese nombre porque la persona sometida a ella no puede mentir. Según él, las respuestas cerebrales son automáticas y, por tanto, no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia. De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.

Parece, pues, que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio.

Adela Cortina, ¿Somos nuestro cerebro?, El País 04/04/2014
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Daltònia, l'arxipèlag.

The Island of the Colorblind.

Pingeland es un atolón de Micronesia cuya naturaleza juega con todos los tonos de verdes y azules imaginables. Pero esta imagen es un ejercicio de fantasía conseguido con cámara infrarroja que nos traslada a una historia real que parece un cuento. A finales del siglo XVIII, un tifón barrió la isla y acabó con la mayor parte de su población. El rey, que tenía un gen que causa daltonismo, fue uno de los supervivientes y el padre de muchos hijos que, con el paso del tiempo, transmitieron su herencia genética a habitantes de esta localidad aislada, donde la mayoría sufren visión pobre y son incapaces de distinguir los colores. La fotografía nos lleva a imaginar cómo perciben ellos su paraíso.

Pingeland, la isla de los daltónicos, El País semanal 28/11/2016

Quan les màquines decideixen soles.

Resultat d'imatges de el roto máquinas
El Roto

26 de septiembre de 1983, los sistemas de defensa de la Unión Soviética alertaron de un ataque con misiles trans­oceánicos procedente de Estados Unidos. Al constatar que eran solo cinco misiles, el teniente coronel Stanislav Petrov estimó que debía tratarse de un error –“nadie inicia una guerra nuclear con solo cinco misiles”, dijo después– y decidió no activar el protocolo de defensa que habría significado un apocalipsis atómico de dimensiones planetarias. ¿Qué hubiera pasado si, en vez de Petrov, el encargado de tomar la decisión hubiera sido un ordenador?

La inteligencia artificial avanza a pasos acelerados, y con ella los dilemas derivados de dejar que las máquinas decidan por nosotros. Y no solo en el terreno militar. El tema de los coches que se conducen solos suscita hoy grandes controversias. ¿Es lícito que sea el propio coche el que decida lanzar a sus ocupantes por un barranco si con ello salva la vida a los escolares que en ese momento cruzaban la carretera? ¿Qué significa exactamente que una máquina decida?

Una máquina solo decide aquello para lo que ha sido programada, explica Ramón López de Mántaras, director del Instituto de Inteligencia Artificial del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Si ha sido programada para jugar al ajedrez lo hace, y lo hace bien, pero no tiene la menor idea de que está jugando.

Por ejemplo, dos coches autónomos que salen de fábrica con el mismo software –uno que, entre otras cosas, les permite distinguir entre una persona y un árbol– pueden incorporar datos nuevos acerca de los objetos con los que se van encontrando –distintos tipos de persona y distintos tipos de árbol–. Si a partir de este aprendizaje, y en una situación concreta, uno de los coches es capaz de reconocer a una persona y el otro no, pueden llegar a tomar decisiones diferentes. Pero siempre según la tarea para la que fueron programados. Lo que una máquina no puede hacer es contextualizar. No tiene pensamiento consciente y por tanto no puede hacer lo que hizo el coronel Petrov, ya que él utilizó su sentido común. Se está investigando en cómo dotar a una máquina de sentido común, pero estamos a años luz de alcanzar algún resultado.

¿Resulta conveniente pensar en dotar a una máquina de total autonomía en según qué campos? A día de hoy, explica López de Mántaras, cuando vemos en las noticias que un dron ha matado a un terrorista, suele haber una persona detrás que tomó la –controvertida– decisión. Hay programas que detectan comportamientos amenazantes, como el de un hombre por la calle con un fusil, pero aún no se utilizan porque se equivocan mucho. ¿Qué pasa si se tratara de un niño con un rifle de juguete?

Javier Argüello, Máquinas que piensan y deciden, El País semanal 01/12/2016

Per què volem creure? (vídeo).

Una història del futur.



Un futuro habitado por una masa de inútiles bajo el yugo de una élite de semidioses dopados con biotecnología. Si su nieto no forma parte del grupo de privilegiados lo más probable es que sea un parado crónico. La culpa de su crisis laboral no será de un chino que demuestra ser más productivo en la jungla de la globalización, sino de un ordenador. Pero, tranquilo, la frustración que sentirá él va a ser anestesiada con una nueva fe predicada desde el púlpito de Silicon Valley, pastillazos... y quizás vídeos de gatitos.

Así es el mañana que aventura al ser humano Yuval Noah Harari, posiblemente el antropólogo más influyente de este siglo.

«No predigo el futuro. Me limito a plasmar las distintas posibilidades que ofrece», puntualiza el intelectual. Esta frase es su defensa en el juicio de la posteridad, como si necesitara protegerse de la imagen que proyecta de superestrella del ensayo pop que ha seducido a Obama, Bill Gates y Mark Zuckerberg con sus provocaciones. Harari (Haifa, 1976) es ante todo una especie de la mitológica Casandra que nos advierte de los peligros que acechan a la Humanidad y las posibilidades reales de que nuestro futuro sea una distopía.

No se encuentra muy bien por culpa de un catarro. Harari es un hombre deapariencia frágil, exquisitamente educado, judío mizrajim (de origen libanés aunque nacido en Israel), homosexual y vegano. Antes de empezar a conversar, se llega a un acuerdo para no hacer la sesión de fotos en la calle para no agravar su destemplanza bajo la lluvia de Madrid.


P. Como representante que soy, al menos por comparecencia, de la próxima raza de los 'inútiles' que vivirán en el lumpen laboral, querría preguntarle si esa división social se realizará sin violencia.

R. Este cambio es inevitable. Los taxistas, los médicos o los traductores perderán sus empleos víctimas de la sofisticación de los coches autónomos, robots de diagnóstico y un traductor de Google mejorado. Son sólo unos ejemplos, pasará con muchas profesiones. Esto no quiere decir que no surjan nuevos trabajos, pero será difícil reciclar a gente con empleos tradicionales y convertirlos en diseñadores de mundos futuros. 

P.Históricamente las sociedades con mucha población poco productiva se han derrumbado. 

R. Alimentar a la población no será en este caso un problema gracias a la tecnología. Sí lo será dotar de sentido a las vidas de todas esas personas. Algunos expertos apuntan a que la realización colectiva pasará por juegos informáticos de realidad virtual y el uso de drogas y medicinas capaces de manipular el estado mental. Eso no es una profecía. En la actualidad ya lo hacemos para tratar el estrés, el Trastorno por Déficit de Atención (TDA) y la depresión. Ésta última es una epidemia global que va a más. Es probable que en 50 años la mayoría de la gente consuma drogas.

Los antepasados de los superhumanos, aquellos que dominarán a los inútiles, rinden culto a Harari, el autor de moda entre el establishment mundial, de Silicon Valley a la Casa Blanca. Primero este catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén contó todo lo que nos ha pasado en Sapiens, un ensayo sobre la evolución humana que vendió 300.000 ejemplares en un país de ocho millones de habitantes. De Israel saltó a Europa y América para vender otro millón de copias de una obra que combina antropología, historia y biología. Hoy charla con PAPEL sobre lo que podría pasarnos, una visión de un futuro sin hambres ni guerras ni pestes que ha descrito en Homo Deus (Editorial Debate). De él salen palabras como inmortalidad, cyborgs y dataísmo en un tono que a veces suena más a profeta bíblico (con más plagas que milagros) que al joven ateo que hizo el doctorado en Oxford sobre tácticas militares de la Edad Media

P. Dios ha muerto, Marx ha muerto... Y además usted es un relativista. Sin embargo el ser humano siempre ha necesitado guiarse por alguna creencia trascendental. 

R. Sin duda, por eso creo que en el futuro habrá un auge de tecnorreligiones surgidas en Silicon Valley. Éstas harán las mismas promesas que las religiones tradicionales, pero con una diferencia importante: el paraíso no estará detrás de la muerte, sino en la vida.

P.Eso ya lo intentó el comunismo...

R. Marx y Engels nos dijeron que no esperáramos al cielo y fundaron la primera tecnorreligión de la historia. Pero su aplicación fue un fracaso. El nuevo paraíso se basará en la informática y la biotecnología. Hay mucha gente en Silicon Valley que se toma muy en serio lo de alcanzar la inmortalidad a través de la Inteligencia Artificial. Imagine cuando eso se consiga: si alguien ofrece un paraíso en vida, mientras las religiones competidoras lo ofrecen en el más allá, es más que probable que la primera opción resulte más seductora, ¿no? 

P.Habla del fin de la muerte gracias a los avances médicos, pero hace pocas semanas un artículo publicado en la revista 'Science' explicaba que la comunidad científica fija en 125 años el límite de la vida humana...

R. Leí ese artículo que usted menciona y es cierto que nuestro límite biológico está en esa edad. Hasta ahora la ciencia médica se ha limitado a evitar una muerte prematura... Eso se puede ver cómo en pocas décadas las estadísticas de mortalidad infantil han caído espectacularmente. Si curamos el cáncer o el Alzheimer viviremos hasta nuestro límite. El objetivo futuro será utilizar la ingeniería genética para rediseñar el cuerpo humano. Se podrán rejuvenecer órganos, usar células madre, crear vida inorgánica y convertirnos en cyborgs. O incluso trasladar la conciencia humana a los ordenadores y vivir para siempre. Dudo de algunas de estas ideas, aunque sé que hay profesores muy competentes que trabajan en su desarrollo. Sí estoy seguro que cuando se pueda derrotar a la muerte, evolucionaremos y seremos una entidad mucho más diferente respecto al homo sapiens de lo que somos hoy nosotros respecto a los chimpancés.

P.¿Entonces el diseño inteligente se impondrá a la evolución?

R. Exacto. Después de 4.000 millones de años de evolución natural, desarrollaremos humanos ayudados por ordenadores y vida inorgánica. Podría ser la mayor revolución de la historia de la biología, un impulso para plantearnos de verdad la vida fuera de la Tierra. En la actualidad, colonizar otros planetas con nuestras características biológicas es una quimera.


Si hay algo que aleja a Harari de los grandes autores de la ciencia-ficción es el tema de la conciencia. La evolución de los ordenadores ha desarrollado una capacidad de cálculo brutal, si bien en ningún momento se ha producido una evolución sentimental. Robots y algoritmos no van a reproducir nuestros conflictos morales. No tendrán que ser regidos con las hermosas leyes de la robótica que inventó Isaac Asimov ni debatirán emocionalmente como el Nexus 6 de Blade Runner para confundirse como lágrimas en la lluvia. Nada de poesía. Solamente datos.

El dataísmo ya está llamando a la puerta. Según Harari, podría conquistar el mundo y reducir a cenizas al humanismo. Supongamos que nuestra concepción del universo radica en flujos de datos y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de información. Los organismos son algoritmos bioquímicos, nada más. Para formar parte de este universo estamos dispuestos a renunciar a nuestra privacidad y, sobre todo, a nuestro concepto de individuo. Vamos, usted va a pasar a ser un microchip y dejar de ser Pepe Pérez, y sus experiencias sólo tendrán valor si son compartidas en las redes.

P. Lo más inquietante del dataísmo para mí es que pretende acabar con lo que podría llamarse soledad elegida. ¿De verdad placeres individuales como leer un libro, cantar en la ducha o el onanismo acabarán siendo pasto de las redes sociales?

R.Soy el primer interesado en valorar la soledad, pero el mundo ha cambiado ya delante de nuestros ojos. A mi sobrina le encanta ver en internet jugar a otros niños. Cuando lo descubrí, no me lo podía creer. ¿Por qué no jugaba ella, que seguro que es más divertido?, me preguntaba. Los jóvenes se graban todo el rato y lo exhiben. Quien tenga hijos pequeños lo comprueba cada día. Recuerdo que en los noventa se puso de moda entre los adolescentes escribir un diario. La idea era proteger la intimidad, incluso algunos venían con candado. Hoy todo es diferente, un crío escribe un blog o una entrada en Facebook porque quiere que le gente le lea.

P. ¿Qué ocurrirá cuando existan algoritmos tan poderosos que calculen perfectamente los intereses y prejuicios de cada votante?

R. Me temo que tanto en economía como en política los seres humanos perderemos nuestro poder. Eso es terrible porque el Estado y las élites nos van a ver como prescindibles. En el siglo XX los políticos invertían en hospitales y carreteras, incluso los dictadores, porque necesitaban a la gente ya fuera como votantes, soldados u obreros para las fábricas. Actualmente se ve más claramente en algunos campos, como el bélico: con la tecnología y el profesionalismo el valor militar de un ciudadano es prácticamente cero. Y en política sólo hay que ver el apoyo que han obtenido Donald Trump y los populismos europeos. Esto es una señal de que la gente empieza a ser consciente de su pérdida de influencia y busca rebelarse.

P. Si las estructuras políticas actuales no son capaces de procesar rápidamente toda la información que hay, ¿quién lo hará? Si quedara en manos privadas, ¿es necesario vigilar, como advierten analistas como Evgeny Morozov, el mercadeo de nuestros datos desde Silicon Valley?

R. No veo que empresas como Google o Facebook sean malas en sí. Para mí el problema es que el sistema político no hace su trabajo. No hay ningún partido que piense en el futuro de la humanidad. Pongamos el caso de Rusia. Hace 100 años Lenin tenía una visión futurista y disponía de una tecnología pobre. Pensó en cómo crear una sociedad nueva y en destruir la que encontró. Hoy Vladimir Putin cuenta con una tecnología mucho más sofisticada que Lenin, aunque su mayor ambición se reduce a intentar recuperar para Rusia el imperio de los zares. Hay que entender que la política ha perdido la capacidad de tener visiones con sentido de la humanidad, aunque fueran equivocadas y crueles.

P. Los gobiernos aún no tienen una postura clara sobre internet.

R. Resulta que la mayor revolución de la historia reciente no ha salido de ningún programa político. Las principales decisiones sobre la Red (intimidad, seguridad, mercado laboral...) no han sido tomadas en parlamentos, sino por ingenieros y empresarios que no representaban a nadie. La política se ha alejado totalmente de la tecnología. En los próximos 50 años, la Inteligencia Artificial y la ingeniería genética serán determinantes en nuestras vidas, pero nadie las menciona, ni siquiera en unas elecciones tan importantes como las recientemente celebradas en Estados Unidos. ¡La tecnología más sofisticada citada en campaña fue la relacionada con los emails enviados por Hillary Clinton desde un servidor equivocado!

P. Esa noticia es una muestra más de la velocidad informativa y de lo difícil que es para el consumidor discernir cuál es la información realmente útil.

R. En el pasado, el rey o el abad del monasterio guardaban los libros bajo llave y su acceso era muy restringido. Ahí anidaba el poder de la élite: ellos eran los únicos que sabían leer. La censura de hoy no limita la información como antes, sino funciona con una estrategia contraria: avasallar a la gente con datos. El poder de los que mandan radica en saber qué se puede pasar por alto y qué es lo importante entre tanta información. Esto lo demuestra la actitud del consumidor común de internet. Se mete en la Red a ver vídeos de gatitos cuando podría estar accediendo fácilmente a publicaciones de expertos sobre, por ejemplo, el calentamiento global, algo mucho más relevante en su vida que los gatos. Pero no lo hace.

Jorge Benítez, entrevista con Noha Yuval Harari: Inmortalidad, cyborgs y dataísmo: el futuro según Harari, Papel. El Mundo 01/12/2016