dimarts, 24 de gener de 2017

L'albada desmitificada.

Resultat d'imatges de el amanecer es mentira
by Señor Salme
Pocas cosas han inspirado tanto a los poetas y a los artistas como el amanecer. Todos recordamos hermosos poemas o canciones relacionados con este momento del día, como La aurora de Nueva York, con sus cuatro columnas de cieno que de forma tan gráfica describió García Lorca en el poemario que dedicó a la ciudad de los rascacielos. El cine clásico también ha homenajeado al alba con películas como El amanecer, del director alemán F. W. Murnau, o Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda. Incluso tenemos un cóctel llamado Tequila Sunrise, con película homónima.

La realidad es que el amanecer no es más que una gran mentira. Para empezar, la denominación de este momento del día en muchos idiomas hace referencia a la salida del sol, o a su elevación en el cielo. Esto tendría lógica en el modelo del universo de Ptolomeo, en el cual la Tierra es el centro y el Sol y los planetas giran a su alrededor. Pero gracias a Copérnico sabemos que es la Tierra la que gira alrededor de esta estrella, centro de nuestro sistema planetario. Lo correcto no sería decir la salida del sol, o sol naciente, sino avistamiento del Sol o giro de la Tierra. Admito que esta observación es ser muy quisquilloso, incluso que se podría argumentar que si el punto de referencia es la Tierra, para un observador sería el Sol el que se moviera, como de hecho parece que pasa. Pero hay algo más. El amanecer tiene una parte de espejismo.

Cuando metemos una caña en el agua, nos da la sensación de que está quebrada. Esto se debe a la refracción de la luz. La parte sumergida la vemos a través de la superficie acuosa. Al pasar del agua al aire, cambia de dirección debido a la diferencia de la velocidad de la luz en los dos medios, por eso parece que esté rota, ya que recibimos la luz en diferentes ángulos. Algo parecido ocurre con el amanecer y el ocaso, ya que, al pasar del vacío del espacio a la atmósfera, la luz también sufre un proceso de refracción y su dirección se curva, por lo que la posición que vemos del Sol en el cielo en esos momentos es aparente y no real. De la misma manera que cuando hace calor parece que haya charcos en la carretera. En este caso, el espejismo se debe a la diferencia de temperatura entre el aire que está en contacto con el asfalto y el que se encuentra en capas superiores.

Y luego está el tema de los colores tan característicos y hermosos. La luz visible no es más que radiación electromagnética, igual que los rayos X o las ondas de radio. La diferencia es que nuestros ojos son capaces de detectar solo una parte de esas ondas. De hecho, cada longitud de onda de la luz visible corresponde a un color determinado, y la luz blanca es la mezcla de todos los colores. En condiciones normales, el cielo es azul debido a que la atmósfera actúa como un prisma y es capaz de descomponer la luz blanca que viene del Sol. Los gases de la atmósfera absorben y emiten preferentemente las ondas más cortas, que corresponden al color azul y violeta. En el amanecer y en el ocaso el cielo se presenta de color rojo debido a que, por la posición relativa entre la Tierra y el Sol, la luz recorre más espacio de atmósfera. Por ese motivo, la absorción es mayor y abarca a otras longitudes de onda, quedando solo la luz residual, de color rojo o anaranjado. Si no hubiera atmósfera, al mirar al cielo solo veríamos el vacío estelar salpicado de estrellas. Siento restar romanticismo, pero la belleza del amanecer no es más que un conjunto de ilusiones ópticas, quizá por eso algunos le quitamos solemnidad y lo solemos recibir dormidos.

J.M. Mulet, El amanecer es mentira, El País semanal 22/01/2017


¿El cielo puede ser verde?

Este fenómeno lo popularizó Julio Verne en su novela de 1882 El rayo verde, en la que dice que el último destello del día siempre es de color verde. El fenómeno es real, pero se limita a un mínimo destello que se debe a la misma refracción de la luz y al ángulo que adopta durante unos segundos. En el amanecer y en el ocaso, en la zona intermedia entre el cielo azul y el cielo rojo, también puede aparecer una mínima capa de color verde, intermedia entre los dos, pero hay que tener buena vista para distinguirla.

Els subproductes (Juan Antonio Rivera, vídeo).

El món possible després de la "robotlució".


Año 2037. La gran mayoría de los trabajos relacionados con el transporte, la administración o la producción industrial han sido ocupados por robots. El aumento del crecimiento económico ha sido excelente. No hay ningún problema para pagar las pensiones a una población muy envejecida y las arcas del Estado permanecen saneadas y con superávit. El gran problema es que la tasa de desempleo llega a niveles que rondan el 50%, si bien la manutención de tanto parado se solucionó implantando una renta básica universal. A pesar de que se han creado multitud de nuevos puestos de trabajo y aunque gran parte de los políticos siguen buscando fórmulas para bajar el desempleo, la reconversión laboral ha sido imposible y el desempleo generalizado ha pasado a ser algo completamente cotidiano.

La brecha económica y social ha aumentado. Los afortunados que supieron subirse al carro de larobolución, aquellos que consiguieron mantener su puesto de trabajo mejoraron muchísimo su calidad de vida. Trabajando con robots que no tenían que dormir ni descansar, a los que no había que pagar un salario, que no se ponían enfermos ni pedían bajas por maternidad y que, para colmo, producían muchísimo más que sus predecesores humanos, las ganancias crecieron sustancialmente. Aunque el reparto de la riqueza siguió siendo tan injusto como siempre (el empresario se seguía llevando casi la totalidad del pastel), una tajada algo mayor les correspondió a ellos (eso sí, su jornada laboral sigue tan larga como siempre. Las predicciones de Keynes, definitivamente, no se cumplieron).

En consecuencia, la estratificación social ha cambiado: seguimos teniendo el pequeño porcentaje de superricos de siempre (un poco más ricos aún que antes), pero a cierta distancia les sigue una nueva clase social: los workers, aquellos que trabajan. Después viene algo parecido a la antigua clase media pero sin trabajo: los jobless (también llamados despectivamente laggards: rezagados). La clase pobre, afortunadamente, ha desaparecido casi por completo en los países desarrollados.

El problema de una sociedad que ha conseguido vencer el hambre, la pobreza, y gran parte de las enfermedades (la esperanza de vida casi llega a los cien años y creciendo), es buscar un sentido a la vida de toda la población jobless. La prensa ha llamado a este asunto el V-problem (void problem: el problema del vacío): ¿Qué hacer cuando no tienes nada que hacer? En sociedades como la nuestra, en las que el sentido de la vida ha estado muy ligado a la ocupación laboral, se temió un brote de angustia y vacío existencial de imprevistas, pero siempre nefastas, consecuencias. Entonces, los jobless, dieron cuatro respuestas al sinsentido:

  1. Los antidepresivos y drogas de diverso índole han avanzado muchísimo, de modo que muchos han optado por una vida de placeres artificiales. El absurdo vital se compensa con un hedonismo potenciado con los nuevos avances de la farmacología. El soma de Huxley es ya una realidad, pero mucho mejor: prácticamente, puedes elegir el estado de ánimo en el que quieres estar en todo momento. Las macrofiestas en donde la música se mezcla felizmente con los psicotrópicos son ahora mucho más comunes que antaño. De hecho hay gente que vive durante años en una fiesta ininterrumpida. Son los everlastings. Las opciones de ocio han aumentado salvajemente: el cine, los videojuegos y la realidad virtual se han fusionado para brindar experiencias alucinantes como, por ejemplo, películas en las que, realmente, tú eres el protagonista. Hay restaurantes virtuales en los que puedes elegir en qué parte del mundo o qué paisaje quieres que envuelva tu mesa. Además, la alta cocina se ha fusionado con la avanzada farmacología consiguiendo platos increíbles: orgasmos con sabor a ostras, cerdo agridulce (sí, la comida china se ha impuesto) que hace que te rías, o los supersutiles (y de precios prohibitivos) pollo gong bao con sabor a verano, o la sopa dewonton que sabe a juventud. La humanidad jamás ha gozado de tantas alternativas de diversión al alcance de tantas personas.
  2. Luego están los russellianos. Al igual que afirmaba el filósofo británico Bertrand Russell, piensan que es una bendición haberse liberado del trabajo (que consideraban alienante), ya no tanto para el hedonismo salvaje como para otros quehaceres más elevados. Los russellianos se dedican al estudio, a la ciencia, al arte, a la política o a la filosofía, al voluntariado solidario o al ocio cultural: van al teatro o a la ópera, visitan museos, viajan… También hacen multitud de actividades de vida saludable: pasean, hacen deporte, van a la montaña…
  3. Los prayers (rezantes): a pesar del ocaso de las grandes religiones en Occidente (el Islam fue el último en caer), y del tenaz esfuerzo del humanismo laico por terminar con ellas, han surgido nuevas formas de religiosidad, si bien constituyen grupos muy minoritarios en comparación con los everlastings y los russellianos. Habitualmente son formas sincréticas de religiones clásicas y orientales (hay una moda muy popular de rescatar religiones antiquísimas ya extinguidas), dándose originales mezclas como, por ejemplo, los nimai (o luminosos) quienes integran el chiismo imaní y el hinduismo advaita, con algunos elementos tomados del shintoismo japonés. Europa y Norteamérica están plagadas de sectas de lo más variopinto: desde los vedantas cristianos seguidores de Mithra, hasta los renovados adoradores de Brahatmanariyú (quien ahora es una especie de deidad digital que fluye por Internet).
  4. Y por último los llamados voids (podría traducirse como vacíos) o, despectivamente, wastes (desechos): grupos de nihilistas que no han conseguido encontrar el sentido ni en el ocio ni en el russellianismo. Yacen tirados en los parques, vuelven a escuchar música de Nirvana y de los Smashing pumpkins y tienen una altísima tasa de suicidio. Fenómenos como los hikikomori, o casos similares de aislamiento y fobia social, son muy habituales en todas las capitales europeas. También son tristemente habituales los suicidios colectivos: decenas de personas planifican todo por Internet (hay muchas webs dedicadas a ello y los gobiernos no dan abasto a cerrarlas), quedan en un bonito lugar alejado de las ciudades y mueren tras la ingesta de pentobarbital, que se consigue hoy muy fácilmente en la red (ellos querían hacerlo con el monóxido de carbono de los tubos de escape de sus coches como se hacía en Japón a principios de siglo, pero se encontraron con que ahora todos los coches son eléctricos). Sin embargo, aunque constituyen un problema social e incluso de salud pública, no son un grupo mayoritario en comparación con los otros dos grandes. A pesar de que muchos predicadores del apocalipsis vaticinaron una crisis existencial sin precedentes históricos, la verdad es que no ha ocurrido o, al menos, no lo ha hecho en tal medida.
Post scríptum: esta es una hipótesis de un posible futuro que me ha parecido especialmente literario. No obstante, con respecto a la robolución, creo que, después de un tiempo problemático de incertidumbre y desempleo, se conseguirá la reconversión laboral y no habrá ninguna renta básica universal (a lo sumo algunas rentas mínimas para sectores especialmente frágiles). Unos puestos de trabajo se extinguirán (como ya lo hicieron los de limpiabotas, curtidor, afilador, sereno, telefonista, etc.) y surgirán otros nuevos (como los actuales youtubers, personal shoppers, diseñadores de apps, etc.) que aún desconocemos. En la sociedad ya se han incorporado muchas veces avances tecnológicos que presagiaban la pérdida de empleo y, al final, no llegaron a tanto (por ejemplo, el mismo ordenador). En cualquier caso, lo que, evidentemente, hay que hacer son políticas para afrontar competitivamente estos nuevos cambios (cambios en el sistema educativo, en la fiscalidad, en la legislación laboral… y, por supuesto, en las mentalidades) ¡Traed robots a España ya!

Santiago Sánchez-Migallón Jiménez, Robolución y void problem, La máquina de von Neumann 22/01/2017

El missatge central de "Camelia y la filosofía" (Juan Antonio Rivera vídeo).

El futur ja ha arribat.

Que viene el futuro

En la antigüedad, según dicen, el tiempo se experimentaba como si fluyese desde el pasado —un pasado de perfección culminante, una edad de oro— hacia un presente que representaba una degradación y que tenía que pagar una deuda constante a ese pasado para no desprenderse definitivamente de él; una deuda de memoria, de culto y de palabra para intentar retrasar la llegada de un nefasto futuro anunciado, un futuro de destrucción natural y cultural que precedería a un nuevo comienzo de la rueda del tiempo. La llegada de los tiempos modernos se vivió en buena medida como una liberación del presente con respecto a esa deuda impagable con el pasado y con los antepasados, una revolución contra el curso cíclico y repetitivo de las estaciones que abría la puerta a un futuro no programado, foco de temores y de esperanzas. Pero no se tardó mucho en convertir al presente moderno en un tiempo de nuevo hipotecado, obligado a pagar una deuda infinita, esta vez al futuro, a los descendientes y a las consecuencias, que forzaba a sacrificar la herencia del pasado y el modesto capital de lo actual en el ara de un porvenir de excelencia sublime y justicia cumplida. El retraso en la llegada de este futuro prometido se soportaba gracias a la confianza en que el curso del tiempo estaba regido por una fuerza sobrehumana equivalente a un destino, la ley del progreso que garantizaba que, a fuerza de acumular esfuerzos, el futuro sería necesariamente mejor que el presente.

Pero hubo un momento en el cual los acontecimientos históricos —principalmente las guerras mundiales y las crisis económicas— hicieron casi imposible esta confianza y se quebró la fe en el progreso como regla de la sucesión temporal de las acciones humanas. Según los militantes de un nuevo credo filosófico conocido como “realismo especulativo”, lo que ha ocurrido en nuestros días es que el futuro se ha independizado completamente del presente, es decir, ha dejado de ser el resultado o la consecuencia del progreso acumulado por el pasado y el presente y se ha convertido en el auténtico foco autónomo desde el cual mana el tiempo, y el presente y el pasado ahora se definen con respecto a él. Como ocurre con esos sofisticados productos financieros llamados “derivados”, es el futuro —el valor de futuro “inventado” de un modo puramente especulativo— lo que fija el valor del presente y lo que puede dejarlo definitivamente arrinconado como “cosa del pasado” o mantener viva su vigencia. El futuro es en cierto modo más “real” que el presente y que el pasado, pues es quien decide el sentido y la duración de estos últimos, pero a la vez es algo puramente ficticio, que no se ha dado nunca “de hecho” y que podría no darse jamás.

Parece, en efecto, cosa de locos. ¿Cómo puede lo que es ficticio por definición (porque aún no existe), lo que no puede ser nunca totalmente anticipado, funcionar como algo “más real que la realidad” y someter a sus “fantasías” la facticidad de lo existente y de lo subsistente? De hecho, este “realismo” sólo puede pensarse con el auxilio de la ficción, especialmente de la ficción distópica en la tradición de 1984, Un mundo feliz o Mad Max. No sabemos cómo habría sido el mundo del arte si los dadaístas hubieran triunfado en términos absolutos (¿o es que lo han hecho y no nos hemos percatado?), pero podemos imaginar un mundo en el que triunfe absolutamente lo que Yuval Noah Harari llama el dataísmo (la nueva religión de los datos, especialmente de los big data que sólo pueden manejar y procesar algunas de las grandes empresas de la comunicación), el intento de reducir la vida a procesamiento de información y a una serie de algoritmos predecibles que, sin necesidad de conciencia, podrían conocer a los organismos mejor de lo que ellos se conocen y prever “especulativamente” su comportamiento futuro. Uno de los corolarios de este dataísmo es, según Harari, que los humanos, considerados como individuos, podrían perder interés y valor desde el punto de vista económico y militar, salvo una pequeña élite de humanos “mejorados”. Y esto, dice Harari, sería compatible con la economía de mercado y con la tecnología científica, pero no con la democracia liberal. De modo que no solamente ocurriría que el futuro habría sustituido al presente como fuente de valor, sino que, como decía Günther Anders, el hombre se habría quedado obsoleto como medida de la política, de la economía, de la guerra o de la ciencia, pues sus capacidades resultan superadas por las de las máquinas inteligentes. En cualquier caso, la distopía parece haber sustituido a la utopía como género literario “futurista”.

Aunque, para decirlo todo, también hay entre estas obras de filosofía de anticipación o de especulación sobre futuros algunas que conservan una carga utópica (es decir, que se sitúan especulativamente en un futuro alternativo al capitalismo). Contra lo que pudiera pensarse, no solamente los emprendedores aguerridos ven en las crisis oportunidades, sino que esa visión es un tópico de todas las filosofías modernas de la historia: ya en el siglo pasado, los marxistas se apresuraban a advertir ante los primeros indicios de cada crisis económica que se trataba de la última crisis, de la crisis definitiva del capitalismo, que, como el lector recordará, ha construido las armas de su propia destrucción y las ha puesto en manos de aquellos que han de ser sus sepultureros. Y así, con ocasión de esta crisis económica, se ha producido todo un género literario que podríamos denominar poscapitalismo, que también es un género de ficción dedicado a especular con un escenario del que haya desaparecido ese gran monstruo. Pero incluso en esas obras, la pars destruens —la descripción de la distopía capitalista— es, como en una película de espías y conspiraciones, mucho más apasionante que la de su alternativa poscapitalista, siempre amenazada esta última por la sombra de esos otros totalitarismos nada especulativos del siglo XX que, sin necesidad de dataísmo ni algoritmicismo ni literatura de ficción anticipativa, trataron a los seres humanos desde el punto de vista económico y militar como si su individualidad les importase un bledo, descontando la de unos pocos humanos selectos, lo cual no solamente amenazó a la democracia liberal, sino que de hecho la suprimió durante casi un siglo. ¿A qué se debe esta seducción del desastre, que recuerda a esas fases de la cultura popular en las cuales, como recordaba en cierta ocasión Umberto Eco, las masas se identifican con los grandes malvados (Fantomas o Fu Manchú) en lugar de hacerlo con los héroes salvadores?

En un tiempo como el nuestro, que se cree liberado de toda mitología, bien pudiera ocurrir que el último mito que subsistiese fuese el del capitalismo. Es decir, la creencia en que hay un “sistema” que organiza el mundo y le confiere sentido. No importa que sea un sentido profundamente irracional e incluso moralmente perverso, el caso es que es capaz de dotar a la historia humana de un motor interno e infalible (la “economía”) que puede explicarlo todo: las bancarrotas, las contradicciones, las revoluciones, el terrorismo, la xenofobia, el cambio climático, las migraciones masivas, la anorexia, la depresión o los viajes interestelares. La distopía tiene, en este sentido, un efecto tranquilizador (al menos hay un Gran Hermano contra el que luchar). Aunque ellos no hayan sido sus únicos forjadores, este mito sigue recibiendo una buena parte de su fuerza de las poderosísimas metáforas poéticas de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, en donde se dibuja esa imagen ciclópea de un gigante capaz de engullir todo lo que parecía exterior a él y fagocitarlo, alimentándose de sus propios estropicios y dando lugar, en su apoteosis final, a una nueva humanidad poshistórica.

Leyendo este tipo de literatura contemporánea de anticipación filosófica surge, de cuando en cuando, la pregunta acerca de si el término poscapitalismo no podría entenderse también de otra manera. No como la descripción especulativa de un futuro humano que recuperase la edad de oro perdida por los antiguos, sino —más modestamente— como la posibilidad de pensar los problemas que nos preocupan sin recurrir a estos términos (“el sistema”, “el comunismo”, “el capitalismo”), que en la lucha ideológica se arrojan al bando enemigo como proyectiles simbólicos, pero que son muy poco nutritivos intelectualmente. Son, como se dice hoy, “significantes vacíos” que se ponen en circulación para que sus usuarios los llenen con todo lo bueno o todo lo malo que puedan concebir en el mundo, pero que carecen de utilidad cuando de lo que se trata es de abrirse camino conceptualmente en ese mismo mundo. Quizá fuera una tarea estimulante, no para una filosofía del futuro, sino para el futuro de la filosofía, la de aprender a pensar sin esa imagen del Gran Enemigo Omnisciente y Omnipotente que, como Saturno, no deja de devorar a sus hijos. Si la filosofía y las ciencias sociales han de buscar alguna alternativa, quizá no se trate tanto de una alternativa al capitalismo como a esas maneras de pensar las cosas que dificultan su conocimiento, aunque ello resulte menos tranquilizador que la distopía. Algún trabajo habrá que dejarles a los guionistas de series televisivas.

José Luis Pardo, Que viene el futuro, Babelia. El País 23/01/2017

Lakoff i l'estratègia futura de l'esquerra.


Resultat d'imatges de george lakoff don't think of an elephant


Para entender las lenguas viperinas, hablemos con lingüistas. Y con científicos cognitivos. Pero los hemos ninguneado. Los demócratas frente a Trump —y, en general, los intelectuales frente a los populistas— hemos aplicado la lógica cartesiana convencional: datos serios frente a emociones primarias, verdad frente a posverdad.

Políticos y analistas hemos diseccionado escrupulosamente la realidad. ¿Cuáles son las políticas que preocupan a los ciudadanos: sanidad, educación, las consecuencias económicas del Brexit? Hemos intentado seguir las encuestas. Los populistas han intentado cambiarlas.

Y han tenido éxito. Porque Trump y otros políticos instintivos conocen mejor cómo funciona el cerebro humano que sus sesudos contrincantes. Es la tesis del lingüista George Lakoff quien, durante años, ha tratado infructuosamente de influir en la estrategia del Partido Demócrata. Sus mensajes son sencillos. Haríamos bien en escucharlos también a este lado del Atlántico.

La primera clave es dibujar el marco del debate. No caer en el encuadre del adversario, como cuando atacamos con datos objetivos propuestas alocadas de cerrar las fronteras o construir muros. Al atacar, nos sometemos a su marco de discusión. Si no queremos algo, no lo discutamos. Si te digo: “No pienses en un elefante” (título de uno de los libros de Lakoff), lo que haces es pensar en… un elefante. Hablemos pues de burros o mariposas. De lo que nos interese. ¿Cómo?

Ahí viene la segunda recomendación: plantea los asuntos con valores, no con hechos. Por ejemplo, en lugar de defender una ley o regulación que los populistas quieren eliminar, apela a la necesidad de proteger a los ciudadanos frente a las eventualidades. No digas que quieres mantener un determinado status quo legal o constitucional. Di que quieres proteger a los ciudadanos.

Repítelo. Y vuélvelo a repetir. 20.000 veces. Esa es la tercera lección. Las repeticiones nos aburren, pero solo al 2% de nuestro cerebro. El restante 98% es pensamiento inconsciente. Y a ese le gusta más la repetición que el caramelo a un niño.

Así ha llegado Trump a la Casa Blanca. Así debería salir.

Víctor Lapuente, 20.000 lenguas, El País 24/01/2017

Com fer atractiu l'ensenyament de la filosofia? (Juan Antonio Rivera, vídeo).