divendres, 31 de maig de 2013

La fiabilitat dels experts.

 


Que los expertos no son mucho más fiables que algunos procedimientos mecánicos de solución de problemas, o incluso que el afamado chimpancé tirando dardos, la bruja Lola o el Pulpo Paul, no es un hallazgo nuevo. El compañero Lluis Orriols nos dejó hace unos días una buena reflexión sobre la fialibilidad de los expertos y otros primates superiores, a propósito de la investigación de Tretlock sobre la falibilidad de los expertos políticos. Lluís asociaba sus resultados con nuestras cuitas presentes, esas para las que los especialistas parecen poner su faro cada uno donde les parece, que se diría que no se sabe cómo no nos la hemos dado si no fuera porque, en fin, ya es tarde para eso. Los datos acumulados por Tetlock (que, al menos yo, he conocido gracias a Lluís) envían un mensaje que, si no es insólito, sí llega especialmente alto y claro. Aunque unos más que otros, los juicios expertos se estrellan contra los datos. En este caso, el dardo va dirigido a los llamados, en el mundo de lengua inglesa, pundits de la política (incluyendo economistas, sociólogos, politólogos, historiadores, periodistas, gente que no se sabe de dónde viene y enterados en general). ¿Cómo de grave es este asunto? El problema tiene muchas caras, yo quiero sugerir algo relacionado con el proteccionismo, las barreras de acceso al conocimiento y la jerarquía social, que me parece que no se subraya siempre.

Aunque la reacción no siempre está articulada, a los académicos les suele parecer que, a menudo, lo que ofrecen los expertos de la política es el consejo como forma de literatura, o incluso como arte escénico. Se diría que lo que venden no es “crédito” sino placeres relacionados con la conversación, con la compañía -real o virtual- y con la ansiedad de inteligencia. Los juicios expertos nos facilitan la satisfacción de detestar a los contrarios con renovadas razones, el gusto de asentir ante la reacción compartida, puede que desde la tripa, el placer de repetir la ocurrencia que (ya en ese instante) nos parece obvia y profunda, la vanidad de entender cosas que pensamos que otros no entienden… Y predecir, porque predecir es intrínsecamente dichoso. Sobre todo, al menos en mi mundo cultural, cuando se trata de “la va a cagar”, expresión que me parece que condensa bien el rencoroso sarcasmo del país.

Ante esto, los profesionales del ramo muchas veces nos vemos a nosotros mismos pidiendo paso, defendiendo que es posible hacerlo mejor, que aquí opina cualquiera, y encima se forra. En la Universidad hay quien se amarga mucho por eso (y por muchas otras cosas, pero también por eso). De hecho, el libro de Tetlock ¿no es sino un gigantesco ejercicio académico, de un profesor, para mostrar que se puede ser un experto mejor? No voy a negar que yo también me irrito si alguien dictamina impunemente, y con solemnidad de quien se las sabe todas, sobre cosas que creo conocer, o simplemente sobre cosas que me parecen discutibles. Pero no es el oficio lo que debe marcar la diferencia; si acaso, el método: la transparencia del razonamiento, la consideración de alternativas, la apertura a la crítica, la verificabilidad de los datos...

Los juicios expertos de los médicos son superados, al menos en algunos casos comprobados, por procedimientos estadísticos de diagnóstico (y, a veces, por sus asistentes, en teoría no cualificados); los que se ganan la vida aconsejando cómo elegir carrera son incapaces de predecir cómo les va de hecho a distintas personas en distintas carreras; los consejeros matrimoniales no resisten ningún test riguroso; y así  es todo. De los análisis olfativos de encuestas electorales tendría que dedicar un artículo completo. Y es una pena meter a Krugman y sus euroaugurios aquí, como nos invita a hacer Lluis Orriols en primer lugar, pero es lo que hay. Con una salvedad importante, para los que le están agarrando ese rencor a los economistas (aunque después de todo Krugman, precisamente él, se suele librar): no es evidente que Krugman escriba como economista, no conozco a ningún economista (o, para el caso, a ningún filólogo clásico ni a ningún ingeniero de caminos) que sea capaz de llegar a una conclusión sólida y relevante sobre su campo de estudio cada día, ni cada mes. No es que deje de ser economista, entiende la economía varios cientos de veces mejor que yo, pero cuando escribe sus columnas se supone que está opinando. Porque de la mala economía solo nos puede librar la buena economía, no la santa indignación (ni la cultura general), y así es como sucede normalmente, mientras que de las opiniones erróneas podemos intentar aprender a librarnos solos.

Una recomendación que Orriols recoge de Tretlock es la de distinguir entre Erizos y Zorros: “El zorro sabe muchas cosas, el erizo una muy grande”. (En realidad, la distinción nos llega de Isaiah Berlin, quien la empleaba para clasificar autores: Platón frente a Aristóteles, Montaigne frente a Proust… Como documenta la Wikipedia, proviene de Arquíloco y la transmite Erasmo. Pero aquí la tenemos).  Me parece que, aplicada a los enterados de la política y la economía, los términos se proponen para diferenciar a quienes, aprendido su manejo, solucionan todo con el martillo, de quienes tienen una caja de herramientas con formas y numeraciones diversas.

Si fuera así, que fácil sería. Yo prefiero insistir, ya lo he sugerido,  en cuánto puedo saber de su método. Eso sí, las opiniones son opiniones y deben pagarse a precios privados, dependiendo de la audiencia. En España se puede llegar a tertuliano tanto siendo listísima como de una imbecilidad asombrosa, por méritos profesionales como por villanías, o simplemente por la cara. Me parece bien, es lo que hay, habla bien del país. En un país más deferente con la jerarquía hay que ser alguien para opinar, aquí no. Por otro lado, sin embargo, quien pida nuestra confianza más allá de la opinión, debería mostrar cómo llega a sus conclusiones. Dicho de otra forma, ni erizos ni zorros, salvo que no haya más remedio, yo procuraría elegir a quienes no sustentan sus juicios, precisamente, en su experiencia.

Solo puede ser parcialmente casual que a los expertos públicos se les llame pundits en inglés, que es el término clásico en la India para los eruditos de casta superior, a veces con competencia religiosa, de confort personal añadido al consejo legal. Defender la experiencia es defender la jerarquía, el conocimiento no transmisible, basado en circunstancias irrepetibles, la cooptación en el gremio de quienes pueden sacar una renta de sus juicios… Y lo compramos, no hay duda, incluso si viene adobado de inefable intuición.

Si alguien puede vender algo, lo que se dice venderlo, apelando a su propia intuición, creo que solo pueden pasar dos cosas, o que la gente lee demasiado poca literatura (lo que podría satisfacer nuestro apetito de irracionalidad, de modo que pidamos matemáticas para los asuntos prácticos), o que en el fondo somos jerárquicos y creemos en los seres superiores.

Pero sin llegar al extremo de la intuición, el problema del valor de la experiencia individual creo que es el siguiente. De hecho está correlacionada con la capacidad de entender y solucionar problemas, aunque a veces débilmente, y es difícil de fingir, por lo que puede servir como señal honesta de esa capacidad. Y nosotros necesitamos señales porque no podemos, en general, distinguir a quien sabe de quien no sabe.  Distinguir zorros que parecen sabérselas todas de testarudos erizos puede ser una forma superior de señalización (el erizo no puede evitar serlo) pero no es suficiente. El juicio experto es un problema de confianza. Lo mejor es que nos convenzan teniendo razón, pero si no podemos averiguarlo, lo segundo mejor es saber qué hacen para tener razón. Lo que demostró el famoso Nate Silver en las últimas elecciones americanas es que las matemáticas, aunque son difíciles, no están cerradas a nadie, y pueden batir con claridad a quienes dicen basarse en su larguísima experiencia.  Con las personas, como con las instituciones, el “déjeme usted a mí que yo sé lo que hago”, es mejor en dosis reducidas.  No necesitamos una ley de transparencia para los expertos, aunque tendría su punto, pero sí mejores prácticas como consumidores.

Una sociedad igualitaria y competitiva puede tener payasos dando opiniones, pero no debería cegarse ante los atavíos exteriores de los bramanes, ni los pelucones de los abogados, ni las togas de los profesores, ni las batas de los médicos, ni la sagezza que algunos dicen poseer como don, o como el resultado de una vida diferente a las nuestras, en general, más larga e interesante. Hay que confiar, pero sobre todo de quienes no les moleste que le pregunten ¿y tú, cómo lo sabes? 

Alberto Penadés, ¿Y tú, como lo sabes? Por qué confiar en los expertos, el diario.es, 30/05/2013

article Lluis Orriols:
http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/Expertos-orangutanes_6_130246986.html

El feixisme financer i Portugal.

Muchos se preguntan sobre lo que está pasando en la sociedad portuguesa para que personalidades, actores políticos y organizaciones sociales estén dejando de lado sus divergencias para unirse en acciones de lucha contra el actual Gobierno y sus políticas de austeridad. Las razones son varias y los niveles de convergencia son diversos, lo que significa que la fuerza de esta convergencia tal vez resida en crear condiciones para redefinir las divergencias democráticas en un nuevo ciclo político que se aproxima. He aquí algunas de las razones:


El nuevo antifascismo. La democracia portuguesa está suspendida porque las decisiones políticas que afectan más decisivamente a los ciudadanos no se derivan de sus propias elecciones ni respetan la Constitución. Ha estallado un conflicto fundamental entre los derechos de la ciudadanía y las exigencias de los “mercados” financieros, y ese conflicto se está  decantando a favor de los “mercados”. Las decisiones formalmente democráticas son substantivamente imposiciones del capital financiero internacional para garantizar la rentabilidad de sus inversiones, teniendo para eso a su servicio a las instituciones financieras multilaterales, al Banco Central Europeo, a la Comisión Europea, al euro y a los Gobiernos nacionales que se dejaron chantajear.

Al contrario que el fascismo histórico, el actual fascismo financiero, en vez de destruir la democracia, la despoja de cualquier fuerza para poder hacerle frente y la transforma en una monstruosidad política: un Gobierno de ciudadanos que gobierna contra los ciudadanos; el Gobierno legitimado por los derechos de los ciudadanos que ejerce violando y destruyendo esos derechos.

La defensa de la democracia real exige una unión del tipo de aquella que unió a las fuerzas antifascistas que tanto lucharon por la democracia que tuvimos hasta hace poco y que conquistamos hace menos de 40 años. Porque el fascismo es diferente, son también diferentes las formas de lucha. Pero lo que está en los objetivos es lo mismo: construir una democracia digna de su nombre.

De la alternancia a la alternativa. La crisis financiera de 2008 significó el fin de lo que en la posguerra vino a llamarse  “capitalismo democrático”, una convivencia siempre tensa entre los intereses de los interesados en maximizar sus lucros y los intereses de los trabajadores en tener salarios justos y trabajo con derechos. La convivencia fue el resultado de un pacto por el cual los trabajadores renunciaron a las reivindicaciones más radicales (el socialismo) a cambio de concesiones del capital (tributación y regulación) que hicieran posible el Estado social o de bienestar.

Este pacto comenzó a entrar en crisis después de los años 70, pero se colapsó definitivamente con la crisis de 2008, no sólo por el modo en que fue resuelta, sino también por el modo en el que fue “resolvida”: a favor del capital financiero que la creó, que, en vez de penado y regulado, fue rescatado y liberado para reponer rápidamente su rentabilidad y los bonos de sus agentes.  Los partidos políticos con vocación de gobierno se distinguieron en la posguerra por su forma de gestionar el pacto. En eso consistió la alternancia. Desde 2008 tal pacto dejó de existir y por eso la alternancia dejó de tener sentido.

En Portugal, la firma del memorando de la troika selló el fin del pacto y de la alternancia que hacía de él un pacto democrático. A partir de ahora, en vez de alternancia, es necesario buscar una alternativa. Las divergencias en el interior de la coalición del Gobierno nada tienen que ver con la alternativa y muestran que la alternancia a la alternancia (con los mismos partidos o con alguno de ellos y el PS) sería la reproducción, en forma de farsa, de la tragedia que vivimos.

La alternativa implica decidir entre la lógica del capitalismo financiero y la lógica de la política democrática. En este momento, las dos lógicas son inconciliables. Los demócratas portugueses convergen en la idea de que la democracia debe prevalecer y saben que para que eso ocurra son necesarios actos de desobediencia hacia las exigencias de los “mercados”,  lo que ciertamente va a conllevar alguna turbulencia social y política, cuyos costes deben ser minimizados. Por encima de todo habrá que enfrentarse a la intimidación y a la manipulación del miedo, a los drones con los que los “mercados” destruyen sin costes los derechos de los ciudadanos. La desobediencia puede asumir varias formas, pero todas conllevan asumir que la deuda, tal como existe, es impagable e injusta, porque no se puede liquidar a un país para liquidar una deuda.

Optar por la democracia es la alternativa, pero el modo de llevarla a la práctica no es unívoco, como nada es unívoco en democracia. O sea, la alternativa engloba, en sí, alternativas. Y aquí surgen las divergencias que van a definir el nuevo ciclo político.

La Europa real y la Europa ideal. Las divergencias inciden en tres temas: articular o no la desobediencia hacia el capital financiero con la permanencia en el euro; centrar los esfuerzos en renegociar la posición en la UE o en abrirse a nuevos espacios geopolíticos; y, dado que el fin de esta UE es una cuestión de tiempo, luchar o no por alguna otra inequívocamente sujeta a la lógica de la democracia. Como es propio de una transición de paradigma, todas las posiciones conllevan riesgos y no siempre será fácil calcularlos.

Pero incluso en las divergencias hay alguna convergencia: la actual UE está totalmente colonizada por la lógica de los “mercados”; la profundización de la integración en curso se está haciendo a costa de las democracias de la Europa del Sur; sería mejor que las posiciones de desobediencia fuesen tomadas por varios países organizadamente.

La lucha política extra-institucional. Los partidos políticos de izquierda son los más tímidos en este proceso de convergencia porque tienen demasiados intereses puestos en el actual ciclo político y temen por su futuro. Tienen dificultades para admitir que, si no asumen riesgos, están condenados a ser el barniz democrático de las uñas del fascismo financiero. El dilema al que se enfrentan es serio: si van de la mano de un movimiento social que apunta hacia un nuevo ciclo democrático, pueden estar suicidándose; si no lo hacen, serán vistos como parte del problema que enfrentamos y no como parte de la solución, corriendo el riesgo de, en el mejor de los casos, volverse irrelevantes, lo cual es otra forma de suicidio.

Ante este dilema -que todos debemos comprender-, los ciudadanos y las ciudadanas no tienen otro remedio sino salir a la calle para reclamar la caída del Gobierno y forzar a los partidos de izquierda y centro-izquierda a asumir riesgos, ayudando a minimizar los costes sociales y políticos de la turbulencia política que se aproxima sin tener en cuenta los cálculos partidistas. Estamos, tal vez, entrando en un momento fuerte de la democracia participativa, sirviendo de fuente revitalizante de la democracia representativa. De las instituciones que sobreviven a la suspensión de la democracia, a los demócratas portugueses apenas les queda alguna esperanza en el Tribunal Constitucional. Por el respeto que les merece la institución de Presidencia de la República, prefieren no decir nada sobre su actual inquilino.

Boaventura de Sousa Santos, Manifiesto por el cambio, Público, 31/05/2013

Es pot eliminar el mal gust?

¿Papa, per a què serveix això que hi ha a sobre del moble? Per fer bonic, fill meu. Ja, ¿i per què no en fa? Òbviament, el papa no va saber què contestar. No és fàcil definir el que és bonic. Però ¿i el que és lleig? L'exposició Böse Dinge (Coses horribles), organitzada el 2010 pel Museu de l'Objecte de Berlín i ara exposada a Hamburg, és el que pretén. El punt de partida és una cambra dels horrors amb 50 de les 900 peces seleccionades fa cent anys per Gustav Pazaurek. Aquest il·lustre membre del Deutscher Werkbund va escriure un informe titulat Bon i mal gust en les arts aplicades. El seu eslògan: «Si volem discernir què és el bon gust, primer hem d'eliminar el mal gust». I allà va començar la seva peculiar col·lecció, que la present exposició actualitza amb uns quants espantalls més recents.

El primer argument que ve al cap és que sobre gustos no hi ha res escrit. A la qual cosa l'arquitecte Federico Correa contestaria ràpidament: «Això és que vostè ha llegit poc». Efectivament, si hi ha una cosa que intriga la humanitat des de fa segles i que ha sabut acumular literatura és la recerca de la bellesa. Però trobar-la resulta difícil, i per això aquesta exposició ha escollit la via fàcil i oposada, ensenyar lletjor. Encara que fer aquesta selecció resulta compromès, algunes peces suposadament horroroses t'acaben agradant, no em fa vergonya de confessar-ho. ¿No tindria més valor mullar-se assenyalant allò que qualifiquem de bell? Oscar Tusquets ho va deixar clar al seu sagaç assaig De lo feo, poco se aprende. No perdem el temps. A la Primavera del Disseny de 1993 es va presentar una exposició més intel·ligent: ¿Per què no funciona? Allà es recollien coses, potser belles, però que defraudaven respecte de la seva suposada funció. El missatge venia a ser: «No pretenguis ser bell, sinó bo». I visca els lletjos si funcionen.


Juli Capella, ¿I per què no en fa?, El periodico.cat, 30/05/2013

Humor con sentido.

Hay que reconocer que tiene gracia tratar de definir el humor, dado que más bien consiste en atreverse con los límites, quebrarlos, desenvolverse entre ellos, merodearlos, convivir con lo que siempre es fronterizo, y provocarlos, y desconcertarlos y sorprenderlos. Es cuestión de no dejar que se establezcan con rigidez, ni permitir quedar atrapados por un perfil preestablecido. Y en ello habita como una posibilidad lo inaudito, lo inesperado, la capacidad de creación que destella en la inteligencia, lo que la desborda y sin embargo es tan suyo. Siempre conlleva un desplazamiento, una suerte de dislocación.

En definitiva, el humor es un modo peculiar y singular de inteligencia y de sensibilidad. Y es suficiente carecer de esta última para que la inteligencia se desvanezca. Ni es incompatible con la seriedad ni se opone a ella y, desde luego, ni basta ni es aconsejable la frivolidad o el descaro para considerar que por sí solos denotan sentido del humor. En todo caso, podrían significar su ausencia.


Ángel Gabilondo, Con sentido del humor, El salto del Ángel, 31/05/2013
http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2013/05/con-sentido-del-humor.html

Michel Serres: Pulgarcita.



Antes de enseñar algo a alguien, es necesario al menos conocerlo. ¿Quién se presenta hoy en la escuela, en el colegio, en el liceo, en la universidad?

Este nuevo escolar, esta nueva estudiante no vio nunca un ternero, una vaca, un chancho ni una nidada. En 1900, la mayoría de los humanos del planeta trabajaban en la labranza y el pastoreo; en 2011 en Francia, y lo mismo ocurre en países análogos, sólo existe el 1% de campesinos. Hay que ver en ello, sin duda, una de las rupturas más fuertes de la historia desde el Neolítico. Nuestras culturas, referidas en otros tiempos a las prácticas geórgicas, cambiaron de repente. Así y todo, en el planeta, seguimos comiendo de la tierra.


Aquella o aquel que presento a ustedes ya no vive en compañía de los animales, ya no habita la misma tierra ni tiene la misma relación con el mundo. Ella o él sólo admira una naturaleza arcádica, la del tiempo de ocio o del turismo.

Vive en la ciudad. Sus predecesores inmediatos, más de la mitad de ellos, andaban por los campos. Sin embargo, como se ha vuelto sensible al entorno, contaminará menos; es más prudente y respetuoso de lo que éramos nosotros, adultos inconscientes y narcisos.

Ya no tiene la misma vida física, ni hay la misma cantidad de gente, porque la demografía saltó de pronto, en el lapso de una sola vida humana, de 2 a 7 mil millones de humanos; vive en un mundo lleno.

Aquí, su esperanza de vida llega hasta los 80 años. El día de su casamiento, sus bisabuelos se habían jurado fidelidad por apenas una década. Si él o ella viven juntos, ¿jurarán lo mismo por 65 años? Sus padres heredaron alrededor de los 30, ellos esperarán a la vejez para recibir ese legado. Ya no conocen las mismas edades, ni el mismo matrimonio, ni la misma transmisión de bienes.

Al partir a la guerra, con la flor en el fusil, sus padres ofrecían a la patria una esperanza de vida breve; ¿correrán ellos a la guerra de la misma manera, con la promesa de seis décadas por delante?

Desde hace sesenta años, intervalo único en la historia occidental, ni él ni ella conocieron guerra alguna; en breve, tampoco sus dirigentes y sus maestros.

Al contar con una medicina por fin eficaz y, en la farmacia, con analgésicos y anestésicos, sufrieron menos, desde un punto de vista estadístico, que sus predecesores. ¿Tuvieron acaso hambre? Religiosa o laica, toda moral se reducía a ejercicios destinados a soportar un dolor inevitable y cotidiano: enfermedad, hambruna, crueldad del mundo.

Ya no tienen el mismo cuerpo ni la misma conducta; ningún adulto supo inspirarles una moral adaptada.

Mientras que sus padres fueron concebidos a ciegas, su nacimiento es programado. Dado que la edad promedio de la mujer para el primer hijo ha avanzado 10 o 15 años, los padres de los alumnos cambiaron de generación. En más de la mitad de los casos, esos padres se divorciaron. ¿Dejaron acaso a sus hijos?

Ni él ni ella tienen ya la misma genealogía.


Mientras que sus predecesores se reunían en clases o anfiteatros homogéneos desde el punto de vista cultural, ellos estudian en el seno de un colectivo en el que conviven diversas religiones, lenguas, orígenes y costumbres. Para ellos y sus maestros, el multiculturalismo es de rigor. ¿Durante cuánto tiempo más podrán seguir cantando, en Francia, la vil “sangre impura”* de algún extranjero?

No tienen ya el mismo mundo mundial, ya no tienen el mismo mundo humano. Alrededor de ellos, las hijas y los hijos de inmigrantes, llegados de países menos opulentos, vivieron experiencias vitales inversas a las de ellos.

Balance temporario. ¿Qué literatura, qué historia comprenderán, felices, sin haber vivido la rusticidad de las bestias domésticas, la cosecha de verano, diez conflictos, cementerios, heridos, hambrientos, patria, bandera ensangrentada, monumentos a los muertos…, sin haber experimentado, en el sufrimiento, la urgencia vital de una moral?

Michel Serres, Pulgarcita, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2013


* Alusión al verso del estribillo de la Marsellesa “qu’un sang impur/ abreuve nos sillons [que la sangre impura/ riegue nuestros surcos]”. [N. de la T.]

dijous, 30 de maig de 2013

Experts en retallades.

 


Si el Gobierno nombra un grupo de expertos para que estudie la reforma de las pensiones, ¿a qué conclusión creen ustedes que llegará? Exacto, a que hay que recortarlas. Rajoy no necesitaba un grupo de expertos, necesitaba una coartada, a ser posible de carácter científico, para demostrar que no se encontraba en el lugar del crimen el día de autos. Las coartadas científicas, ya lo vamos viendo, sirven para cometer atropellos repugnantes. Viene a ser lo del celador que se cargaba a los ancianos para que no sufrieran. Dice que daba gusto verlos ahí, tan muertos, en paz al fin consigo mismos, con el mundo. 

Resulta que, según los expertos, para mantener la sostenibilidad del sistema de pensiones hay que inyectarle un poco de ácido, una porción de líquido desincrustante, un detergente corrosivo. Si entendemos por sostenibilidad de un sistema su cualidad de sostenible, significa que vamos a cambiar una sostenibilidad buena por otra mala. En la mala, y por poner un ejemplo, las pensiones no se actualizarán de acuerdo a la subida del pan. Se trata de desincentivar a los ancianos, por naturaleza insolidarios, para que se mueran de una vez y dejen de ser una carga, coño, para el contribuyente honrado. ¿Qué hemos conseguido, de hecho, durante los años en los que su renta subía por encima del IPC? Que se agarraran como lapas a la vida. 

Todo esto no se puede decir así, con la crudeza que está empleando un servidor, incluso aunque no ocurriera nada, que con los actuales niveles de resignación tampoco ocurriría. Por eso mismo, es muy de agradecer que este Gobierno de ricos, colocado ahí por la banca preferentista para proteger a las clases altas y a los defraudadores, y pese a no necesitar excusa de tipo alguno para cometer sus atropellos, culmine el de las pensiones parapetándose tras un grupo de sabios sí señor. 

Juan José Millás, Sabios, sí señor, El País, 31/05/2013

La tecnologia davant d'un món que avança cap el colapse.




Gran parte del mundo, y en particular los que hemos dado en llamar países desarrollados, se rigen por un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo. Según los economistas oficiales el crecimiento económico constante es necesario y deseable, y contribuye a mejorar las condiciones de vida de toda la población. Efectivamente, para que el sistema capitalista funcione necesita crecer constantemente. Hay que aumentar continuamente la demanda. Tiene que aumentar la producción. La recesión es la eterna y gran pesadilla de los economistas.

Desde la publicación de “Los límites del crecimiento” (1972), el informe encargado por el Club de Roma que predecía un colapso de la civilización si no se tomaban medidas preventivas, son muchas las voces que han denunciado que esta huida hacia adelante conduce a la humanidad irremisiblemente hacia el abismo. Según “Los límites del crecimiento”, en el peor escenario el colapso podría llegar para el 2015. Afortunadamente, todo parece indicar que hemos evitado ese peor escenario, pero en ausencia de un replanteamiento radical del sistema productivo, podríamos haber pospuesto el desenlace unas pocas decenas de años.

Pese a estas advertencias, los economistas oficiales insisten en continuar por la vía del crecimiento, argumentando que es la única solución posible y mostrando una fe inquebrantable en que los desarrollos tecnológicos serán capaces de resolver los problemas que el crecimiento origina. La solución a su entender estriba en mejorar la eficiencia de los procesos industriales y agropecuarios para aumentar la producción disminuyendo el coste (tanto económico como, y principalmente este último, medioambiental). Pero el aumento de la eficiencia no puede ser la solución a largo plazo: un planeta finito no puede dar cabida a un crecimiento ilimitado. El crecimiento, acompañado de mejoras en la eficiencia, puede ser aguantable a corto plazo. Pero nunca será sostenible a largo plazo. De ahí que el físico Stephen Hawking inste a los gobiernos a continuar la exploración del universo con la esperanza de encontrar un planeta de repuesto. Al predecir que la humanidad no podrá prolongar su existencia sobre la tierra otros mil años, sin embargo, Hawking se muestra extremadamente cauto.

En su libro “ Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen” (2005), Jared M. Diamond documenta de forma rigurosa el papel de la sobreexplotación de recursos en la desaparición de diversas sociedades a lo largo de la historia – de los vikingos de Groenlandia a los Anasazi del suroeste de Estados Unidos, pasando por la civilización que erigió las imponentes cabezas de piedra de la Isla de Pascua. Diamond también discute ejemplos de gestión exitosa de los recursos. Desgraciadamente, si bien su análisis demuestra que el colapso es evitable, la comparación de nuestra sociedad con aquellas que han colapsado en el pasado muestra que los síntomas de que nos dirigimos hacia el abismo son cada vez más claros y alarmantes.

Son cada vez más numerosas las iniciativas orientadas a evitar un colapso medioambiental global. Entre ellas cabe destacar la sustitución del proceso de producción lineal tradicional, en el que los bienes de consumo (ropa, electrodomésticos, coches o teléfonos móviles) se producen, se usan y se tiran, por una economía circular en la que los productos se diseñan desde un principio con la idea de reconvertirlos en productos distintos al finalizar su vida útil. Hay que tener en cuenta que, con el modelo vigente de producción lineal, los materiales que se “reciclan” se degradan progresivamente en cada ciclo de reciclado (por lo que el proceso también se conoce como infraciclado) por lo que estos materiales de gran valor deben ser desechados al cabo de unos cuantos ciclos. La idea base de la economía circular consiste en evitar el infraciclado para no tener que desechar los recursos naturales limitantes. Otra iniciativa en boga es el decrecimiento, que propone reducir el consumo de bienes superfluos entre las clases más favorecidas para que los grupos con más necesidades puedan aumentar su tasa de consumo sin tener que aumentar la productividad a nivel global.

Estas iniciativas, sin embargo, son a día de hoy minoritarias. Para evitar que la erosión medioambiental se haga irreversible es necesario fomentarlas, y debemos igualmente buscar soluciones tecnológicas que reduzcan la sobreexplotación de los recursos en lugar de continuar desarrollando tecnologías que incrementan la sobreexplotación – tales como extracción de recursos en lugares cada vez más inaccesibles (extracción de crudo en Alaska, el Ártico o mar abierto) y con métodos cada vez más contaminantes o peligrosos (uso de mercurio para la extracción de oro, fracking, extracción de tar sand o energía nuclear “con protección barata”).

La comunidad científica tiene diversos compromisos hacia la sociedad. Por un lado, debe esforzarse por mejorar la eficiencia de los sistemas productivos y minimizar su impacto ambiental. Por otro lado, debe analizar las posibles consecuencias de la degradación del medio ambiente. La sociedad debe tener acceso a los resultados obtenidos por la comunidad científica – o al menos a los resultados de trabajos financiados con subvenciones públicas – a través de revistas especializadas y de divulgación. Pero no es la comunidad científica la que debe decidir hacia dónde se dirige la sociedad. No es la comunidad científica la que debe decidir si queremos asumir los costes y riesgos de continuar las políticas de crecimiento. Tampoco son los políticos, ni los economistas, los que deben tomar esta decisión. Es el conjunto de la sociedad el que tiene que reflexionar sobre estos temas y tomar decisiones. Para ello, se necesitan políticos responsables que trabajen honestamente por la sociedad, y si es necesario informen a ésta de los riesgos de las distintas políticas económicas y de medio ambiente, tal y como hayan podido ser evaluados por estudios objetivos, y nunca dirigidos por los intereses lucrativos de unos pocos.

Miquel Ángel Rodríguez Gironés/Jordi Moya/Luis Santamaría, ¿Qué esperamos de una sociedad tecnológica?, Ciencia Crítica. el diario.es, 29/05/2013

La veritat de les masacres a indígenes.


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Esta semana en Brasil sucedió un hecho clave para su historia. Tras 45 años perdido o creído extinto, reapareció un tristemente célebre informe sobre las atrocidades cometidas contra los indígenas de Brasil entre los años cuarenta y sesenta por parte de los terratenientes y el propio Servicio de Protección Indígena (SPI). 


El conocido como Informe Figueiredo, presentado en 1967 por el fiscal Jader de Figueiredo Correia, describe las torturas, los robos de tierras, los envenenamientos, las violaciones y el genocidio de las tribus indígenas. Algunas de estas comunidades desaparecieron o quedaron al borde de la extinción. Cuando se hizo público el documento de 7.000 páginas hubo un gran revuelo internacional por las brutalidades que describía. Dio pie a una investigación que acabó con 134 funcionarios acusados de cometer más de un millar de crímenes de toda índole. Apenas una cuarentena fueron destituidos y ninguno fue a prisión.

ImagesPoco después de salir a la luz, el informe supuestamente quedó destruido en un incendio. Se achacó a la dictadura una maniobra para hacer desaparecer el documento, en un intento de echar tierra sobre el escándalo y de paso lavar la imagen de muchos latifundistas aliados del régimen. Sin embargo, 45 años después el texto fue hallado en el Museo del Indio de Brasil.

Entre las atrocidades recogidas en el informe, se describe la “masacre del paralelo 11”, en la que se arrojó dinamita desde un pequeño avión sobre una comunidad de indígenas Cinta Larga. Treinta indígenas murieron, y solo dos sobrevivieron para contarlo. También se da cuenta del envenenamiento de cientos de indígenas con azúcar mezclada con arsénico, y brutales métodos de tortura como aplastar lentamente los tobillos de las víctimas con un instrumento conocido como el “tronco”.

En 1969, en un artículo titulado Genocidio que apareció en el Sunday Times británico, el cronista Norman Lewis escribió: "Desde el fuego y la espada al arsénico y las balas: la civilización ha enviado a seis millones de indígenas a la extinción". El artículo motivó a un pequeño grupo de personas a fundar Survival International ese mismo año. De acuerdo con la ONG Survival, el informe será considerado por la Comisión Nacional para la Verdad de Brasil, que investiga las violaciones de derechos humanos que tuvieron lugar entre 1946 y 1988. 
Fernando Gualdoni, Memoria de una masacre indígena, Dejémonos de Historias, 30(05/2013

Com ensenyar mitjançant les emocions.

En una ocasión se hizo un experimento muy interesante. El experimento consistió en mostrar a unos estudiantes vídeos de profesores dando una clase que ellos (los estudiantes) nunca habían visto u oído antes. Y se les pidió que durante la exposición de la clase, y a ciertos intervalos de tiempo, puntuaran, sobre una escala de valores ya estudiada, las capacidades de estos profesores en cuanto a su calidad docente y habilidades para evocar la atención, el interés y el atractivo de la clase. La escala de valores ya había sido utilizada previamente por otro grupo diferente de estudiantes que recibieron clases de estos mismos profesores durante un período de 6 meses. El estudio mostró que los nuevos estudiantes, al muy poco tiempo, minutos, tras comenzar a escuchar, ver y oír a los profesores ya dieron puntuaciones muy similares a las dadas por los estudiantes que, previamente, tuvieron clases con ellos. Y esto indica algo claro y sorprendente. Y es que, en general, cualquier alumno, ya desde el mismo comienzo de la exposición del profesor, elabora una primera impresión que le permite intuir que va a tener un profesor bueno, regular o malo. Este estudio mostró que los profesores reconocidos como excelentes generan en quien escucha un cierto acercamiento emocional, una empatía provocada, al menos en parte, por sus gestos, las cualidades de su voz y la entonación de las palabras. Pero sin duda hay más ingredientes que adornan la excelencia de estos profesores como por ejemplo, dicen algunos, los silencios entre la exposición de conceptos importantes y el énfasis puesto poco después en los mismos, la construcción de las frases y su contenido y en definitiva, un cierto aire mágico que le lleva a comunicar bien y crear una cierta facilidad de acercar y hacer entender bien los contenidos de su mensaje.

Lo curioso de todo esto es que estas cualidades, que adornan a un profesor excelente, son detectadas casi por todos los alumnos. Son cualidades que, por supuesto, generan las más varias opiniones pero que todas parecen converger en etiquetar de excelente el trabajo de estos profesores. Algunas opiniones son estas. "Yo creo que es cómo trata los temas. No lo sé. Pero es un tío capaz de transformar algo que sería casi aburrido en algo interesante". "Yo encuentro siempre atractivo lo que dice". "Es un profesor que llega". "La verdad es que estoy deseando siempre asistir a su próxima clase". "Comienzo la clase tomando apuntes pero termino no haciéndolo sin darme cuenta. Simplemente escucho". "A mi me resulta muy fácil aprender lo que dice aun sabiendo que es un tema complicado". Sin duda que son muchos los ingredientes que, como he apuntado ya, adornan las clases de estos profesores y en particular, en la Universidad, el conocer en profundidad las materias que enseñan y en expandir más allá de esas materias aspectos que facilitan su comprensión. Pero sin duda que el ingrediente principal que engancha al alumno es la emoción. 

Y esto último lo avala otro experimento que consistió en pedirle a un actor que impartiera una clase a un grupo de alumnos. Al actor se le pidió expresamente que la clase tuviera un alto tono emocional y que fuera impartida con entusiasmo, pero con poco contenido académico e incluso que intentara dejar poco claros o difusos algunos conceptos claves de la clase. Cuando más tarde se le pidió a los alumnos que valoraran la clase en una escala de puntuaciones, la calificación fue muy buena. Esto claramente indica que el componente de comunicación, de emoción, fue muy importante aun en detrimento de la comprensión de parte del contenido, materia de la clase. Y esto cobra hoy un fundamento sólido en lo que conocemos acerca de cómo funciona el cerebro. Y es que no hay razón sin emoción pues la maquinaria neuronal que alberga la corteza cerebral y genera conocimiento a través de lo que se aprende y memoriza lo hace con ideas que vienen ya impregnadas de emoción. No se piensa o se hace un argumento sobre un árbol o un caballo de modo aséptico, desprovisto de colorido emocional. Antes al contrario. Los abstractos de árbol o caballo con los que se puede construir un discurso racional, ya vienen pintados emocionalmente (de un modo inconsciente) de bueno o malo, de placer o dolor. Y es así como se construye el pensamiento y toda nuestra razón, incluidas las decisiones, aun pequeñas, que tomamos todos los días. De ese útil que es la emoción, bien administrado, se saca hoy una de las muchas lecciones que enseña la neuroeducación.

Francisco Mora, La emoción y los profesores excelentes, El Huffington Post, 30/05/2013

Axiomes bàsics de l'independentisme.

 


A veces hablamos como hablamos, y eso nos lleva a simplificar las expresiones”. De este modo quiso justificar Francesc Homs, portavoz de la Generalitat, una falsedad repetida durante meses por los nacionalistas: que el Tribunal Constitucional alemán había establecido un límite fiscal del 4% al déficit de los länder. Como si se tratara de un despiste circunstancial sobre un asunto opinable y no de una consigna de meses sobre números y sentencias. No es la única vez que descubrimos que la economía del nacionalismo se sostiene en mentiras sin escapatorias. También sucedió con otro mantra, este de menor tráfico y con más esquinas: el Principio de Ordinalidad, según el cual es consustancial a los Estados federales que las transferencias de nivelación no alteren el orden de las federaciones por recursos tributarios per capita o por habitante ajustado.

No eran calentones de tertuliano borrachín, sino tesis precisas puestas en circulación a sabiendas de su falsedad y que, sin molestarse en sopesarlas, un día sí y otro también repetían con fervoroso convencimiento periodistas propicios y académicos rebosantes de ardor patriótico espontáneo o engrasado. De esas que, en condiciones normales de cultura democrática, conducen a dimisiones, rectificaciones y ostracismo profesional.

Pero la economía moral del nacionalismo es discutible no solo por los procedimientos sino también por sus fundamentos. Recordemos lo básico: las fronteras de los Estados democráticos enmarcan perímetros de justicia y democracia. Podemos exigirnos el compromiso con las decisiones y, si lo hemos acordado, imponernos redistribuciones. En esa superposición entre justicia y democracia se sostiene el germen igualitario que asociamos al ideal ciudadano. De fronteras afuera solo caben acuerdos que respondan a la capacidad de negociación y a beneficios de trato. No redistribuimos con los alemanes ni decidimos con los suizos. Ni siquiera se nos ocurre reprocharles que ignoren nuestros intereses o sus evasiones fiscales. Ni la justicia ni la democracia entran en consideración.

La economía moral del nacionalismo desprecia esta trama democrática. Su axioma básico es: “Hay conciudadanos que no son iguales a nosotros”. Para confirmarlo, basta con examinar el trasunto normativo de su obsesión por las balanzas fiscales y los lemas en que cristaliza. El primero, “España no nos sale a cuenta”, solo se entiende desde la desconsideración de los “no nacionales”. Hay unos que sí importan y otros que no. Por eso el cálculo no se contempla entre catalanes, no se pregunta, por ejemplo, si a Barcelona le conviene compartir comunidad política con la pobre comarca de la Anoia. Si diéramos por bueno el trasfondo moral del lema, lo debido sería hacer una lista de ciudadanos “desechables”; para empezar, niños, descapacitados y ancianos. Si hacemos unas preguntas y otras no, si “entre nosotros” no se piden las balanzas es porque a los otros no se les considera nuestros iguales.


El segundo lema, “los catalanes pagamos demasiado al Estado”, asume que los impuestos que yo pago son de Cataluña. No los pago como ciudadano de un Estado de acuerdo con un marco constitucional que me proporciona derechos y libertades, sino como parte de una impreciso contribuyente fiscal: “los catalanes”. Con las mismas razones mi hermana o mis vecinos podrían apropiarse de mis cuentas para quejarse de lo que pagamos los Ovejero o los del Ensanche. Yo pertenezco a una familia, vivo en un barrio barcelonés y he nacido en Cataluña, pero, desde el punto de vista de mi condición de ciudadano, lo que incluye el entramado jurídico en el que se insertan “mis” impuestos, esas circunstancias tienen tan poca relevancia como mi condición de culé, miope o varón. Los miopes, que compartimos identidad biológica y hasta visión del mundo, borrosa, no somos sujetos fiscales. La igualdad solo se hace inteligible entre ciudadanos, no entre familias, tierras o aficionados deportivos.

El tercer lema es más sutil y merodea un argumento: “Hay que proporcionar un trato privilegiado a Cataluña, motor económico, porque, por goteo, los españoles se beneficiarán”. Los nacionalistas lo invocan como una justificación moral. Y no. Cuando ciertos liberales hacen uso de una idea parecida, sustituyendo “Cataluña” por “los ricos”, su defensa de la desigualdad es prudencial o instrumental, no normativa. No nos dicen que los privilegios estén bien, sino que debemos resignarnos a ellos porque, de ese modo, se consigue lo importante, la mejora de los desfavorecidos. El argumento, al final, se sostiene en la defensa de los ciudadanos en peor situación. A nadie se le ocurre invocar los privilegios como principio de justificación, consagrarlos en constituciones o estatutos (salvo quienes apelan a derechos históricos, pero esos, seamos serios, no razonan moralmente). La desigualdad acaso sea un estímulo para el comercio, como lo pueden ser el sexo y las comilonas, pero a nadie se le ocurre encabezar una constitución con los pecados capitales. Por cierto, también las descargas eléctricas o los latigazos resultan muy estimulantes para evitar acciones terroristas.

El trato diferencial no es un argumento político, público. Nadie en un Parlamento se atrevería a decir sin sonrojo: “Yo solo contribuyo si tengo un trato privilegiado”. Esa es la raíz última del desinterés nacionalista por una Cámara federal. Lo suyo son las negociaciones privadas y en trastienda, esas que están detrás de los distintos modelos de financiación que los nacionalistas propusieron, los demás acataron y, al poco tiempo, sus autores presentaban como tiránicas imposiciones. Sus propuestas no aspiran a ser aceptables en un marco democrático: ni por su contenido, en tanto buscan el trato diferencial, ni por sus principios, en tanto no entienden a los demás —sus intereses— como dignos de consideración, ni siquiera como interlocutores, como parte de su comunidad política.


El uso del “argumento” por los nacionalistas es particularmente torpe. No ya porque pretendan usar el privilegio como principio de justificación, sino porque, además, lo usan mal. Y es que si lo aceptamos, valdría para las personas, nunca para los territorios. Quienes invierten son los empresarios, no “Cataluña”. Si lo damos por bueno, el argumento lo único que justificaría es el trato favorable para los más adinerados, vivan en Marbella, Madrid o Girona.

Todo ese desorden moral se hace inteligible cuando se asume que los otros no son nuestros iguales. Las balanzas fiscales no son el punto de partida de ningún razonamiento, sino la conclusión del axioma irrenunciable del nacionalismo: unos son los nuestros y a los otros hay que mirarlos como extranjeros. Esa es la elección fundamental de quienes quieren levantar fronteras. En una suerte de xenofobia superlativa, no es que no quieran a los extranjeros como conciudadanos, es que quieren, además, a los conciudadanos como extranjeros. El mismo sostén de quienes invocan el derecho a decidir, a romper la comunidad de ciudadanos. Con la misma legitimidad, los que viven por encima de la Diagonal podrían constituirse en Ayuntamiento independiente. Sin que los demás barceloneses pudiéramos decir esta boca es mía. Y si aceptamos esos principios y ese derecho, resulta irrelevante el hecho, real o imaginario, de que “una mayoría esté de acuerdo”. El “derecho” a decidir por parte de esos barceloneses, su posibilidad, es previo a saber si existe una mayoría. La mayoría es, si acaso, el resultado del ejercicio de ese supuesto derecho, lo que se quiere averiguar. Lo decisivo es que, de entrada, unos han decidido que los de abajo no somos de los suyos ni tenemos vela en nuestro entierro.

Que estas cosas se les pudieran ocurrir a los de encima de la Diagonal sería casi normal. De eso iba la nobleza un 5 de mayo de 1789 en Versalles, de comer aparte. Se opuso el Tercer Estado en la sala del jeu de paume y comenzó la mejor andadura de la moderna democracia. Otra cosa es lo que cabe esperar de quienes dicen defender el ideal de ciudadanía, en especial de la izquierda. Cuando ICV y PSC caminan en compañía de CiU —a estos efectos sus programas son una copia mala del programa de CiU del año anterior—, en esta retórica de la “singularidad” confirman su desbarajuste intelectual. Quien levanta una frontera donde no existía le está diciendo al que queda al otro lado que no lo considera su igual, que no le alcanzan los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Han decidido hacernos extranjeros.

Félix Ovejero, Economía moral del nacionalismo, El País, 30/05/2013

dimecres, 29 de maig de 2013

Malgrat Hawking, la filosofia encara no ha mort.

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Stephen Hawking
In 2010 Stephen Hawking, in The Grand Design, announced that philosophy was "dead" because it had "not kept up with modern developments in science, particularly physics". He was not referring to ethics, political theory or aesthetics. He meant metaphysics, the branch of philosophy that aspires to the most general understanding of nature – of space and time, the fundamental stuff of the world. If philosophers really wanted to make progress, they should abandon their armchairs and their subtle arguments, wise up to maths and listen to the physicists.

This view has significant support among philosophers in the English-speaking world. Bristol philosopher James Ladyman, who argues that metaphysics should be naturalised, and who describes the accusation of "scientism" as "badge of honour", is by no means an isolated case.

But there could not be a worse time for philosophers to surrender the baton of metaphysical inquiry to physicists. Fundamental physics is in a metaphysical mess and needs help. The attempt to reconcile its two big theories, general relativity and quantum mechanics, has stalled for nearly 40 years. Endeavours to unite them, such as string theory, are mathematically ingenious but incomprehensible even to many who work with them. This is well known. A better-kept secret is that at the heart of quantum mechanics is a disturbing paradox – the so-called measurement problem, arising ultimately out of the Uncertainty Principle – which apparently demonstrates that the very measurements that have established and confirmed quantum theory should be impossible. Oxford philosopher of physics David Wallace has argued that this threatens to make quantum mechanics incoherent which can be remedied only by vastly multiplying worlds.

Beyond these domestic problems there is the failure of physics to accommodate conscious beings. The attempt to fit consciousness into the material world, usually by identifying it with activity in the brain, has failed dismally, if only because there is no way of accounting for the fact that certain nerve impulses are supposed to be conscious (of themselves or of the world) while the overwhelming majority (physically essentially the same) are not. In short, physics does not allow for the strange fact that matter reveals itself to material objects (such as physicists).

And then there is the mishandling of time. The physicist Lee Smolin's recent book, Time Reborn, links the crisis in physics with its failure to acknowledge the fundamental reality of time. Physics is predisposed to lose time because its mathematical gaze freezes change. Tensed time, the difference between a remembered or regretted past and an anticipated or feared future, is particularly elusive. This worried Einstein: in a famous conversation, he mourned the fact that the present tense, "now", lay "just outside of the realm of science".

Recent attempts to explain how the universe came out of nothing, which rely on questionable notions such as spontaneous fluctuations in a quantum vacuum, the notion of gravity as negative energy, and the inexplicable free gift of the laws of nature waiting in the wings for the moment of creation, reveal conceptual confusion beneath mathematical sophistication. They demonstrate the urgent need for a radical re-examination of the invisible frameworks within which scientific investigations are conducted. We need to step back from the mathematics to see how we got to where we are now. In short, to un-take much that is taken for granted.

Perhaps even more important, we should reflect on how a scientific image of the world that relies on up to 10 dimensions of space and rests on ideas, such as fundamental particles, that have neither identity nor location, connects with our everyday experience. This should open up larger questions, such as the extent to which mathematical portraits capture the reality of our world – and what we mean by "reality". The dismissive "Just shut up and calculate!" to those who are dissatisfied with the incomprehensibility of the physicists' picture of the universe is simply inadequate. "It is time" physicist Neil Turok has said, "to connect our science to our humanity, and in doing so to raise the sights of both". This sounds like a job for a philosophy not yet dead.

Raymond Tallis, Philosophy isn't dead yet, The Guardian, 27/05/2013

Gilles Deleuze:les societats del control.


I. HISTORIA

Gilles Deleuze
Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (“acá ya no estás en tu casa”), después el cuartel (“acá ya no estás en la escuela”), después la fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico: la heroína de Europa 51 puede exclamar, cuando ve a unos obreros: “me pareció ver a unos condenados...”. Foucault analizó muy bien el proyecto ideal de los lugares de encierro, particularmente visible en la fábrica: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo efecto debe ser superior a la suma de las fuerzas elementales. Pero lo que Foucault también sabía era la brevedad del modelo: sucedía a las sociedades de soberanía, cuyo objetivo y funciones eran muy otros (recaudar más que organizar la producción, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición se hizo progresivamente, y Napoleón parecía operar la gran conversión de una sociedad a otra. Pero las disciplinas a su vez sufrirían una crisis, en beneficio de nuevas fuerzas que se irían instalando lentamente, y que se precipitarían tras la segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias eran lo que ya no éramos, lo que dejábamos de ser.


Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.

“Control” es el nombre que Burroughs propone para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales de día, la atención a domicilio pudieron marcar al principio nuevas libertades, pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas.

II. LÓGICA

Los diferentes internados o espacios de encierro por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares existe, pero es analógico. Mientras que los diferentes aparatos de control son variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo cual no necesariamente significa binario). Los encierros son moldes, módulos distintos, pero los controles son modulaciones, como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular del “salario al mérito” no ha dejado de tentar a la propia educación nacional: en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente tiende a reemplazar a la escuela, y la evaluación continua al examen. Lo cual constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa.

En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal. Kafka, que se instalaba ya en la bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en El Proceso las formas jurídicas más temibles: el sobreseimiento aparente de las sociedades disciplinarias (entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica su posición en una masa. Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador e individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño y cada uno de los animales- pero el poder civil se haría, a su vez, “pastor” laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par masa-individuo. Los individuos se han convertido en “dividuos”, y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes.

Es fácil hacer corresponder a cada sociedad distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas, relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida, que puede resumirse así: el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega frecuentemente a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos.

III. PROGRAMA

No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal.

El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones: la búsqueda de penas de “sustitución”, al menos para la pequeña delincuencia, y la utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de quedarse en su casa a determinadas horas. En el régimen de las escuelas: las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la “empresa” en todos los niveles de escolaridad. En el régimen de los hospitales: la nueva medicina “sin médico ni enfermo” que diferencia a los enfermos potenciales y las personas de riesgo, que no muestra, como se suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por la cifra de una materia “dividual” que debe ser controlada. En el régimen de la empresa: los nuevos tratamientos del dinero, los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se entiende por crisis de las instituciones, es decir la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro (¿podrán adaptarse o dejarán su lugar a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser “motivados”, piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.

Gilles Deleuze, Posdata sobre las sociedades de control, Christian Ferrer (Comp.)
El lenguaje literario, Tº 2, Ed. Nordan, Montevideo, 1991. Traducción: Martín Caparrós