Michel Serres: Pulgarcita.



Antes de enseñar algo a alguien, es necesario al menos conocerlo. ¿Quién se presenta hoy en la escuela, en el colegio, en el liceo, en la universidad?

Este nuevo escolar, esta nueva estudiante no vio nunca un ternero, una vaca, un chancho ni una nidada. En 1900, la mayoría de los humanos del planeta trabajaban en la labranza y el pastoreo; en 2011 en Francia, y lo mismo ocurre en países análogos, sólo existe el 1% de campesinos. Hay que ver en ello, sin duda, una de las rupturas más fuertes de la historia desde el Neolítico. Nuestras culturas, referidas en otros tiempos a las prácticas geórgicas, cambiaron de repente. Así y todo, en el planeta, seguimos comiendo de la tierra.


Aquella o aquel que presento a ustedes ya no vive en compañía de los animales, ya no habita la misma tierra ni tiene la misma relación con el mundo. Ella o él sólo admira una naturaleza arcádica, la del tiempo de ocio o del turismo.

Vive en la ciudad. Sus predecesores inmediatos, más de la mitad de ellos, andaban por los campos. Sin embargo, como se ha vuelto sensible al entorno, contaminará menos; es más prudente y respetuoso de lo que éramos nosotros, adultos inconscientes y narcisos.

Ya no tiene la misma vida física, ni hay la misma cantidad de gente, porque la demografía saltó de pronto, en el lapso de una sola vida humana, de 2 a 7 mil millones de humanos; vive en un mundo lleno.

Aquí, su esperanza de vida llega hasta los 80 años. El día de su casamiento, sus bisabuelos se habían jurado fidelidad por apenas una década. Si él o ella viven juntos, ¿jurarán lo mismo por 65 años? Sus padres heredaron alrededor de los 30, ellos esperarán a la vejez para recibir ese legado. Ya no conocen las mismas edades, ni el mismo matrimonio, ni la misma transmisión de bienes.

Al partir a la guerra, con la flor en el fusil, sus padres ofrecían a la patria una esperanza de vida breve; ¿correrán ellos a la guerra de la misma manera, con la promesa de seis décadas por delante?

Desde hace sesenta años, intervalo único en la historia occidental, ni él ni ella conocieron guerra alguna; en breve, tampoco sus dirigentes y sus maestros.

Al contar con una medicina por fin eficaz y, en la farmacia, con analgésicos y anestésicos, sufrieron menos, desde un punto de vista estadístico, que sus predecesores. ¿Tuvieron acaso hambre? Religiosa o laica, toda moral se reducía a ejercicios destinados a soportar un dolor inevitable y cotidiano: enfermedad, hambruna, crueldad del mundo.

Ya no tienen el mismo cuerpo ni la misma conducta; ningún adulto supo inspirarles una moral adaptada.

Mientras que sus padres fueron concebidos a ciegas, su nacimiento es programado. Dado que la edad promedio de la mujer para el primer hijo ha avanzado 10 o 15 años, los padres de los alumnos cambiaron de generación. En más de la mitad de los casos, esos padres se divorciaron. ¿Dejaron acaso a sus hijos?

Ni él ni ella tienen ya la misma genealogía.


Mientras que sus predecesores se reunían en clases o anfiteatros homogéneos desde el punto de vista cultural, ellos estudian en el seno de un colectivo en el que conviven diversas religiones, lenguas, orígenes y costumbres. Para ellos y sus maestros, el multiculturalismo es de rigor. ¿Durante cuánto tiempo más podrán seguir cantando, en Francia, la vil “sangre impura”* de algún extranjero?

No tienen ya el mismo mundo mundial, ya no tienen el mismo mundo humano. Alrededor de ellos, las hijas y los hijos de inmigrantes, llegados de países menos opulentos, vivieron experiencias vitales inversas a las de ellos.

Balance temporario. ¿Qué literatura, qué historia comprenderán, felices, sin haber vivido la rusticidad de las bestias domésticas, la cosecha de verano, diez conflictos, cementerios, heridos, hambrientos, patria, bandera ensangrentada, monumentos a los muertos…, sin haber experimentado, en el sufrimiento, la urgencia vital de una moral?

Michel Serres, Pulgarcita, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2013


* Alusión al verso del estribillo de la Marsellesa “qu’un sang impur/ abreuve nos sillons [que la sangre impura/ riegue nuestros surcos]”. [N. de la T.]

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