Una segona guerra freda.


En la época de eufemismos que siguió al desplome de los regímenes del campo socialista, el capitalismo, así tal cual, apenas se nombraba: nos valíamos de términos como era global, mundialización, sociedades poshistóricas, economía de mercado, mundo libre... Asimismo, y puesto que el comunismo había quedado bajo los escombros del Muro y de su propia historia represiva, las alternativas críticas preferían calificarse como antisistema, antiglobalización y un largo anti-todo hasta arribar al estatuto de indignados.

Pero esos eufemismos ya han rebasado, con creces, su fecha de caducidad. Y es, en semejante circunstancia, cuando emergen con intensidad estos indicios que alternan el comunismo primitivo y la democracia participativa, el socialismo utópico y la autogestión colectiva, las pulsiones igualitarias y las posibilidades totalitarias.

Tan lejos del PCUS y tan cerca de Blanchot, estos usos comunistas parecen devolver la palabra maldita a su semántica primigenia: "comunismo", afirmaba el escritor francés, no es otra cosa que "crear comunidad". En esa cuerda, aparecen pensadores como Ranciere o Badiou, Groys o Jean-Luc Nancy. (Una antología, Democracia en suspenso, editada por La Fabrique, en Francia, y por Casus Belli, en España, aborda el asunto desde esta perspectiva).

Tal vez por todo esto, el más extravagante de los autores neocomunistas, Slavoj Zizek, ha intentado rebajar la tensión a los manifestantes de Occupy Wall Street: "¡No somos comunistas!". Así habló desde su tribuna.

Si bien estos destellos comunistas, ya lo hemos visto, no tienen como referentes a los regímenes de corte soviético (ni al actual modelo chino o los comunismos periféricos supervivientes a 1989: Vietnam, Cuba, Corea del Norte), se da el caso de que tampoco pueden mirar hacia la socialdemocracia (el Estado de bienestar ha sido el segundo damnificado en la escala de demoliciones posteriores al derrumbe del Muro). Es más, crece la sensación de que la socialdemocracia solo funcionó, en la guerra fría, como un capitalismo de rostro humano para enfrentar al sistema comunista, de modo que ahora resulta innecesaria.

Más bien, las sociedades occidentales parecen vivir, a nivel doméstico, lo que hace un par de décadas se concebía como un conflicto geopolítico. Tratamos con una segunda guerra fría en la que ni el Estado puede realizar su dominio en la sociedad, ni la sociedad quiere realizar su alternativa en el Estado. Cada parte juega en su campo y su único punto de encuentro no son las instituciones políticas sino el mercado. Un mercado que, dicho sea de paso, es salvado, pero no intervenido, por sus garantes; y es utilizado, pero no demolido, por sus críticos. Un mercado que ha roto su binomio con la democracia como el tándem idóneo del liberalismo.

Iván de la Nuez, El comunista manifiesto, El País, 11/11/2011
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