Quan l'amor romàntic sobreviu.








Algunas de estas actitudes podrían relacionarse con las concepciones del amor romántico que todavía inundan los productos culturales –en la música, en el cine y las series– y los entornos de estos jóvenes. Aunque muchos dicen no querer tener hijos, cerca de la mitad de jóvenes se muestra de acuerdo con postulados ligados al amor romántico, y no se han observado diferencias significativas por género. Por ejemplo, tanto ellos como ellas muestran apoyos similares a las afirmaciones de que “el amor implica la entrega absoluta” y “la pareja es un proyecto para toda la vida” –ambas en torno al 50%–. Y lo más significativo aquí es que la adhesión a estos postulados va aumentando en los jóvenes pese a la fuerza del feminismo y a los cambios sociales como la mayor visibilidad de las no monogamias y otras formas de relacionarse. Desde el 2017 el aumento ha sido de 20 puntos porcentuales aproximadamente.

El feminismo ha hecho mucho trabajo para desmontar estos ideales románticos porque es el envoltorio que posibilita no solo que parezca legítimo abusar, sino también quedarse en relaciones abusivas. Durante décadas, la entrega incondicional y el ideal de pareja monógama y para toda la vida fueron parte de un horizonte que nació asociado a la cultural burguesa –en términos materiales y culturales– y que luego se extendió a las clases populares. Precisamente, este modelo que se consolidó en el siglo XIX, no solo situó el amor como fundamento moral del matrimonio, sino que también redefinió la familia como un espacio privado y emocional atravesado por la división de roles de género. En ese marco, la intensidad afectiva y la centralidad de la pareja acabaron legitimando formas de dependencia y facilitando que el control y la violencia se perciban como expresiones del vínculo amoroso. Hoy parece un ideal que, aunque ha mutado considerablemente, sigue vivo.

Que se sostenga depende en buena medida de las producciones culturales que encuentran en esa temática un nuevo “universal” que, junto con la familia, pueda vender las producciones culturales estadounidenses en todo el planeta. Eva Illouz señaló hace décadas que la cultura mediática amplifica representaciones de amor totalizante, y eso ha cambiado de manera solo relativa. Hoy hay más diversidad en las narrativas emocionales, pero el contenido de las redes sociales, las letras de las canciones o las series todavía configuran un ecosistema que refuerza la adhesión simbólica a ideales románticos incluso cuando las prácticas reales son más fluidas. Se han derribado muchas barreras, pero la idea de la pareja como un asidero frente al miedo o a la indeterminación de la vida contemporánea podría incluso estar reforzándose. La generación que más usa ese ecosistema, los más jóvenes, es también la que más declara creer en el amor absoluto respecto a cohortes más mayores.

Sin embargo, hay que seguir huyendo de la lectura catastrofista. Por un lado, porque estas jóvenes, se declaren o no feministas, han sido atravesadas por las conquistas de un movimiento social que ha conseguido sus mayores victorias en la transformación cultural. Muchas de ellas van a ser menos tolerantes con estas actitudes de control. Pero también porque las condiciones materiales empiezan a ser muy favorables. Los datos más recientes ya indican que, en varios países, las jóvenes tienen menos desempleo e incluso salarios más altos. Según un informe del Injuve, hoy, el 56,3 % de las mujeres jóvenes emancipadas dice aportar más ingresos al hogar que sus parejas, y el cambio ha sido muy rápido, en 2008 era un 30 %. Es evidente que, más allá de la cuestión cultural, cuando la dependencia material se desliga de la pareja es más fácil escapar de relaciones de maltrato.

Además, los datos son algo ambivalentes: esos mismos jóvenes que puntúan más alto en indicadores de control son también los que más defienden la comunicación abierta y sincera como base de una relación sana –el 82 %–, la igualdad de derechos y responsabilidades en la pareja –77 %– y el respeto sobre el espacio individual –72 %–. En el Barómetro de 2023, el informe advertía contra una lectura simplista y señalaba que “esto no basta para afirmar categóricamente que la juventud española es cada vez más reaccionaria ni que la violencia de género en la juventud se ha disparado”. Lo que sucede es que nos encontramos en un momento muy ambivalente con una fuerte reacción que es muy visible y que cuenta con espacios que, aunque no sean mayoritarios, están muy movilizados. Aunque puede parecer nueva, lleva organizándose desde los años setenta del pasado siglo como respuesta a los movimientos sesentayochistas, entre ellas el feminismo. Pero recordemos que lo hizo porque las luchas por la libertad de las mujeres y de las personas LGBTIQ+ estaban configurando un nuevo sentido común. Pese al aparente empuje de las ideas antifeministas y reaccionarias, ese nuevo sentido común igualitarista no solo triunfó sino que, de una manera sustantiva, no tiene marcha atrás. Lo indican los propios datos. En los estudios los jóvenes que rechazan el feminismo como etiqueta defienden mayoritariamente la igualdad entre géneros como un valor compartido. Las conquistas culturales del feminismo han permeado tan profundamente los consensos básicos que hoy se sostienen incluso entre quienes no se reconocen en el movimiento que las hizo posibles.

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