Com els algoritmes condicionen el treball intel·lectual.
La mejor publicidad –es decir, la más mala– es la que te pilla en tus momentos y órganos más vulnerables. Los vampíricos algoritmos que se nutren de nuestras actividades en línea se supone que catalogan nuestros intereses y aficiones para darnos más de lo que nos pide el cuerpo. Lo que en realidad producen, claro, es una radiografía que revela cómo y dónde guardamos nuestras inseguridades y vergüenzas. Con un mapa psíquico así, no hace falta ser una IA muy espabilada para lanzar dardos que duelan –o anzuelos que pillen cacho–.
Hace una semana, recibí un correo electrónico de Londres de una “experta profesional de libros” llamada Shannon, especializada en “elevar obras de historia y política de autores académicos” para conectarlas con “un público mundial más amplio e involucrado”. Shannon se había leído un libro mío –le pareció “incisivo” y “brillante”; notó con aprobación la puntuación de 4,8 en Amazon–, pero advirtió con preocupación que las “intuiciones urgentes sobre la política de la memoria y los ecos del fascismo” que ofrecía mi texto estaban quedando “confinados a círculos académicos y nichos activistas”. ¡Ay!
Tan preocupada estaba la mujer, de hecho, que había analizado mi “perfil” e identificado “los obstáculos clave” que “limitaban mi impacto”. El párrafo que seguía contenía una descripción inquietantemente detallada de todas mis actividades. Uno de mis desafíos, concluía, era tener que “dividir el tiempo” entre mis clases, mis colaboraciones en los medios y “la vida familiar en Ohio”.
A continuación, ofrecía “cinco servicios, hechos a medida” que “destrozarían” estas barreras, haciendo que se “disparara” mi público. Un “blitz mediático” que haría multiplicar mi audiencia por veinte, por ejemplo, o un rediseño de mi web para conseguir “cinco mil suscriptores”. No solo eso: Shannon también me tentaba con la receta perfecta para alcanzar “un estilo de vida equilibrado”, gracias a la promoción automatizada que me dejaría tiempo libre para “la familia”.
Shannon no existe, claro. Ha sido creada con una IA generativa, uno de esos fuegos fatuos que nos tientan mientras avanzamos, a ciegas, por el marasmo que es la vida digitalizada y en red. Pero no todo era mentira. El perfil psicológico del que partía el correo resultaba preocupantemente verosímil. También era muy acertado su análisis sobre las condiciones de la producción intelectual que vivimos muchos hoy.
Todos estamos sujetos no solo a nuestros afectos y deseos propios sino también a los que el mundo cree que tenemos o nos indica que deberíamos tener. Shannon, en su correo, me adjudicaba (1) una tendencia narcisista; (2) cierta frustración profesional; (3) un complejo de culpa hacia mis seres queridos; y, ante todo, (4) una angustia existencial más propia de Unamuno que de Camus, resumida en el deseo de tener más impacto.
La presuposición del correo es que todas y todos quienes nos dedicamos a escribir, en el fondo, soñamos con la misma cosa: ser un influencer. Estoy casi seguro de que, para muchas y muchos, esto no es verdad. El problema, sin embargo, es que somos demasiados los que nos comportamos como si lo fuera, obsesionados como estamos con expandir nuestro impacto. Nos volcamos cada vez en más plataformas. Intentamos manipular el algoritmo (“enlace en el primer comentario”). Y, si nos hemos atrevido a lanzar un canal de YouTube o Substack, no perdemos oportunidad para ponernos de rodillas ante nuestros seguidores y suplicarles que nos regalen un me gusta o, mejor, una suscripción.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Cualquier análisis del entorno en que nos movemos tendrá que asumir una verdad básica: el mundo cultural está en crisis. Hay un exceso de oferta y una apremiante escasez de demanda. Vivimos tiempos de sequía, de sueldos de hambre, de presiones inhumanas y luchas despiadadas por la supervivencia. Como me explicabaEliot Higgins, hay hoy “un caudal masivo de información y cantidades muy limitadas de atención”. Y como siempre en las economías de la escasez, quienes salen adelante son los que saben convertir la desesperación ajena en ganancia propia.
Entre los ganadores están los servicios –no por automatizados menos costosos– que prometen proporcionar ventajas decisivas en la lucha a muerte por el capital cultural. Las Shannon del mundo, vamos. Pero están también, de forma prominente, las propias plataformas –las redes sociales; webs periodísticas como Substack; Spotify y otros servicios de podcasts; y servicios más especializados como Academia.edu–, que manejan modelos altamente extractivos.
El modelo principal, de hecho, proviene del mundo académico. Hace ya décadas que las grandes editoriales académicas dieron con un timo digno del mejor buhonero: convencer a las universidades para comprar, a precio de oro, contenidos producidos y evaluados por obreros académicos pagados por las mismas universidades. O sea: primero te robo algo; después, te lo vendo. En el fondo, el OpenAI de Sam Altman y el Anthropic de Dario Amodei operan de forma similar: se han entrenado sobre una ingente cantidad de propiedad intelectual robada –nuestros libros y artículos– solo para vendérnosla procesada, reconfigurada, desalmada y, literalmente, destruida.
Una empresa pionera en las plataformas pensadas para el mundo universitario, Academia.edu, se presentaba en 2008 como lo hacía mi amiga Shannon: un servicio tan eficaz como innovador; una gran oportunidad para que millones de investigadores universitarios ganaran visibilidad. Menos de veinte años después –dos décadas en las que la precariedad universitaria ha alcanzado niveles alarmantes en el mundo entero– la plataforma tiene 305 millones de usuarios registrados. La empresa, Academia Inc., no solo genera enormes cantidades de big data sobre la investigación científica que vende al mejor postor, sino que, además, desde hace un año, se reserva el derecho –a menos que al usuario se le ocurra retirar el permiso– de reconfigurar el contenido subido para producir contenidos derivados, incluidos podcasts generados por IA que “resuman en tono coloquial el contenido de la investigación.” “Los papers colgados de Academia son citados un 69 por ciento más”, nos asegura la plataforma en cada una de sus páginas.
Las plataformas que han ido sustituyendo a otros medios de comunicación y difusión atraen a sus usuarios con promesas que solo se cumplen para unos pocos. Es fácil burlarnos de los pobres adolescentes que se miden la mandíbula e invierten todo su tiempo y dinero en el looksmaxxing [optimizar la apariencia] con el fin de mejorar su capital en el cruel mercado de los cuerpos. La verdad es que quienes nos dedicamos a la escritura no estamos saliendo mucho mejor parados. Las plataformas tecnológicas, cuya capacidad de extracción está siendo multiplicada por la IA, no solo camuflan la precariedad de las y los trabajadores universitarios, culturales y periodísticos. La nutren.
Sebastiaan Faber, Intelectualmaxxing, ctxt 17/04/2026
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