La religió és la gramàtica oculta de tot allò pensat i dit.
En cierto momento del proceso de secularización, algunos países juzgaron que la supresión de los estudios teológicos en las universidades civiles era un requisito modernizador obligado. No se había cumplido un mes de la revolución de septiembre de 1868, cuando un decreto suprimía las tres facultades de Teología que subsistían en España (en la Universidad Central y en Salamanca y Sevilla, con siete profesores en la primera y cinco en cada una de las otras dos). Al Estado, decía el decreto ministerial con argumentos que suenan muy actuales siglo y medio después, le “compete únicamente cumplir fines temporales de la vida” y debe, por tanto, “permanecer extraño a la enseñanza del dogma y dejar que los diocesanos la dirijan en sus seminarios con la independencia debida. La ciencia universitaria y la teología tienen cada cual su criterio propio, y conviene que ambas se mantengan independientes”. En aquel entonces, las universidades públicas de varios lugares de Italia se habían adelantado a España, y las de Francia la secundarían no mucho después. Conviene añadir, sin embargo, que no ocurrió lo mismo ni en Alemania ni en el mundo anglosajón, donde todavía en nuestros días perviven la Theologische Fakultät (evangélica o católica) y la School of Divinity, sin que nadie se escandalice por ello.
Contra lo que a primera vista parece, la supresión de los estudios religiosos en las universidades civiles es (con las excepciones alemana y austríaca) un fenómeno católico y bien católico. Puede que gran parte de la opinión pública española se dé por contenta con la manera de razonar imperante en 1868, pero los resultados están muy lejos de ser saludables. Cuando las universidades civiles rehúyen el estudio de la religión, es posible que el prurito laicista se salga con la suya, pero el ceder en exclusiva tales enseñanzas a los establecimientos confesionales produce resultados no siempre felices. La religión es la gramática oculta, inconsciente como toda gramática, de la mayor parte de lo pensado y dicho, y el examen de esta circunstancia debería estar en el centro de las ciencias humanas y del pensamiento. Las huellas de la religión se pueden encontrar en todas partes y no solo en los lugares sagrados, y lo sagrado no les quita su condición de huella.
Puede que los estudios de Ciencias de las Religiones implantados hace poco en alguna universidad española no congreguen a un número desmesurado de alumnos, y eso permitirá siempre, como es natural, argüir que dichas ciencias son caras y ociosas, y suprimirlas precipitadamente en aras de una administración rigurosa de los caudales públicos. Es cierto que algunas enseñanzas no serán nunca multitudinarias (no lo serán, por ejemplo, los dobles grados en Matemáticas y Física, estudios hiperselectivos que, con toda razón, nadie se propone eliminar), pero es probable que quienes sigan con provecho el grado en Ciencias de las Religiones tengan una capacidad de influencia muy superior a lo sugerido por su modesto número, y esto no deberían ignorarlo los gestores universitarios, a veces demasiado fascinados por la ciencia lúgubre antes referida. Hay estudios gregariamente seguidos que se consumen en su propia nadería y estudios minoritarios cuyos efectos se multiplican de manera insospechada.
La religión está en el centro de las ciencias de la cultura si lo que en estas se quiere enseñar son las raíces del malestar humano y no un compendio de audioguías turísticas. Cuando decimos que algo es un calvario, que alguien está cargando con una cruz o que lo que ha hecho fulano es lavarse las manos no empleamos frases hechas que pudieran sustituirse por otras, sino que estamos participando sin querer en la migración de lo religioso desde lo literal a lo figurado, y lo cierto es que los mortales habitamos un mundo de imágenes en el que actuamos como figuras evanescentes, harto propensas a desdibujarse. También quien cree que la verdad es lo producido por la técnica y lo conveniente para la economía se vale de palabras que alguna vez fueron religiosas, con capas de significado que alguien debería saber desentrañar. No es necesario que sean millones. Basta con que haya unos pocos (quizá poquísimos) que nos libren de la ceguera y de la estupidez. En realidad, la conciencia lúcida de las cosas suele ser el resultado de la acción de muy pocos, que además no constituyen una élite exquisita, sino que pasan la mayor parte de la vida peleando para no ser eliminados por motivos de conveniencia más o menos bárbara. El papel de las religiones en nuestras vidas no es un asunto cómodo de examinar ni de asimilar, y seguramente su noticia producirá toda clase de malestares, pero necesitamos esa conciencia para no ser unos idiotas perfectos o, por lo menos, para que nuestra inevitable idiotez se mantenga entre los límites del decoro y deje abiertas algunas grietas por las que, llegado el caso, pueda infiltrarse algún agente exterior.
Antonio Valdecantos, Conocer la religión para poder conocernos, El País 16/04/2026

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