Interaccions humà-algoritme.

Imatge trobada amb la cerca visual


En la medida en que clasifican, procesan y realizan predicciones a partir de los datos, los algoritmos son políticos porque hacen que el mundo aparezca de un modo y no de otro. Muchos grupos se han dado cuenta de que las estructuras sociales están condicionadas por la decisión en favor de ciertos indicadores y criterios de valoración, incluidos los procedimientos automatizados.

Una vez que se hace pública la computación, los usuarios de alguna manera la domestican utilizándola de diversas maneras, subvirtiéndola incluso o reelaborándola (pensemos en el intento de los usuarios de gamificar el Google’s PageRank Algorithm). En este sentido, los algoritmos no son lo que crean los programadores sino también lo que los usuarios hacen de ellos cada día. El algoritmo configura el modo como se comportan los usuarios, pero, al mismo tiempo, lo que el algo­ritmo hace está condicionado por el input que recibe de los usuarios. La gente no solo obedece, sino que resiste, subvierte y transgrede el trabajo de los algoritmos, lo redesarrolla para objetivos que no coinciden con aquellos para los que fue ­diseñado.

Los algoritmos son entrenados para navegar en un conjunto masivo de datos haciendo uso de determinados conceptos o variables clave predefinidos, como “solvencia crediticia” o “individuo de alto riesgo”. El algoritmo no define estos conceptos por sí mismo; los seres humanos –desarrolladores y científicos de datos– eligen a qué conceptos recurrir, al menos como punto de partida inicial. Son las decisiones previas en torno a estas categorías las que tienen que ser revisables por la ciudadanía. Seguramente no se pueden aplicar a las decisiones algorítmicas los mismos criterios que valen para las decisiones humanas, pero sí que cabe situarlas en el espacio deliberativo en el que se sopesan decisiones y argumentos.

Las ideas de trasparencia y comprensión tienen todavía unas connotaciones de pasividad y no terminan de dejar un espacio para la intervención expresa de los afectados por las decisiones. El contenido de la explicación debe estar orientado no solo a la inteligibilidad de los usuarios, sino a posibilitar su intervención. El valor de la regulación de la transparencia de la inteligencia artificial consiste en generar conocimiento y suscitar el debate sobre la tecnología, motivar a los individuos a impugnar las decisiones basadas en ella y –a la larga– reforzar la aceptación social de la nueva tecnología. Como ocurre en la democracia en general, al contestar las decisiones algorítmicas, nosotros los que contestamos no arruinamos la tecnología, sino que contribuimos a aumentar su legitimidad.

Daniel Innerarity, La gente en la inteligencia artificial (III), La Vanguardia 11/04/2026

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