El Menó: contra la pedagogia sofística.

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Si adopta, usted, lo que exponemos a continuación y, en el caso de que se dedique a la enseñanza o a la crianza, se lo enseña a sus alumnos o a sus hijos, se habrá procurado a sí mismo y les habrá regalado a ellos uno de los mayores bienes, la lección más importante, la clase más necesaria, la verdadera pedagogía, la primera y más fuerte defensa de la razón fuerte. No le quepa ninguna duda. No hay más opciones: es esto o el fraude.

Lo que sigue es sencillo de entender, invulnerable a la sofística y causa en quien lo acepta múltiples efectos beneficiosos, pues le obliga a trascender la idiotez, a estudiar, a soportar la contrariedad, a relacionarse de forma sana y noble con quienes repelen el fraude, le preserva de un buen número de corrupciones, alimenta su curiosidad y le mantiene expectante, siempre dispuesto a la aventura. Y no cuesta dinero. Y son cuatro páginas.

Lo aprendimos en el Menón de Platón

En este diálogo, Platón establece el siguiente caso: Sócrates se enfrenta dialécticamente a Menón —un sofista discípulo de Gorgias— para tratar de determinar qué cosa es la virtud. Sucede que, a cada respuesta que da Menón, Sócrates le ofrece un contraargumento que destruye por completo lo que Menón sostenía y este, que no es ningún cínico, ve la mayor fortaleza de Sócrates, acepta sus réplicas, pero sigue intentando resolver la cuestión hasta que llega al punto de reconocer su incapacidad para dar con una definición verdaderamente operatoria de virtud:

«Me siento torpe en el alma y en la boca, y no acierto a contestarte. Y eso que habré pronunciado mil veces un montón de discursos acerca de la virtud y ante un gran auditorio, y exitosamente, según a mí me parecía. Pero ahora, ni siquiera sé decir en qué consiste».

Sócrates, mediante el método dialéctico, ha llevado a cabo la pars destruens, la trituración de los sofismas de Menón, y éste, en lugar de atrincherarse en sus formulismos, reconoce la mayor potencia de sus razones y renuncia a los argumentos que había esgrimido. Pero, ¿qué ha sucedido, exactamente? Pues que Sócrates ha llevado a Menón a un punto cero, a reconocer que no sabe qué es la virtud:

«Tú muy posiblemente lo sabías [qué era la virtud] hasta que entraste en contacto conmigo, pero, lo que es ahora, das la sensación de ignorarlo».

Menón se tenía por hábil en la discusión y conocedor de la realidad material de la virtud, pero Sócrates le ha demostrado que aquel conocimiento no era más que retórica. De no haberse sometido a esta pars destruens (a la destrucción de los sofismas que tenía por definiciones fuertes), Menón jamás habría podido acceder a ningún conocimiento, pues habría permanecido atrapado en la retórica. Esto es lo que Sócrates le hace ver.

El caso es que ahora, a partir de este nivel cero, habiéndose desprendido de engaños y apariencias, Menón puede iniciar el camino del conocimiento, que, para Platón, tiene que ver con la anamnesis, con la teoría de la reminiscencia, pero este es un asunto que aquí no vamos a tratar.

Acto seguido, Sócrates le pide a Menón que haga comparecer a su esclavo. Se presenta el esclavo y Sócrates le pregunta si sabe griego, requisito fundamental para que, en aquella circunstancia, se dé con éxito la educación. A continuación, por medio de una serie de preguntas, Sócrates desarrollará la pars destruens (lograr que el esclavo también advierta que no sabe nada) y, a partir de entonces, Sócrates conducirá al esclavo nada más y nada menos que al conocimiento de unas materias que exceden lo que a priori cabría esperar que un esclavo pudiese llegar a comprender. Esta es la pars construens, el segundo movimiento: primero tienes que ver y aceptar que no sabes, que aquello que sostenías no era un conocimiento fuerte, tienes que ser honesto y reconocer que has estado hablando de algo que desconocías y, entonces, consciente de que estás en ese punto cero de conocimiento, empezar a aprender, a construir, sobre una base más sólida, un conocimiento más fuerte.

Al rico Menón, discípulo de Gorgias y hábil sofista, Sócrates lo sitúa en un nivel cero de conocimiento.

Al simple esclavo, Sócrates le hace ver que también se encuentra en un nivel cero de conocimiento, pero, gracias al despliegue de una verdadera educación, lo lleva a conocer los límites de la aritmética y a advertir la necesidad de desbordarla para adentrarnos en el mundo de las ideas, de las abstracciones, de la Geometría, y llegar a resolver cuestiones de mayor importancia.

Todo esto se logra mediante un ejercicio que consiste en calcular cuántos pies se tendrían que sumar a un cuadrado de dos pies de lado (2 x 2) para obtener el doble de superficie (pasar de 4 a 8). El esclavo, siguiendo el principio de proporción directa, sugiere que habría que añadir 2 pies más a los 2 pies del lado del cuadrado (si 2 x 2 nos daba 4, hagamos 4 x 4 y lograremos 8). El problema es que, al añadir 2 pies al lado de 2 pies, si cerramos el cuadrado, obtenemos, no el doble (8), que es lo que se pretendía, sino el cuádruple (16). Veremos que el problema tampoco se resuelve añadiendo un solo pie al lado de 2 pies (3 x 3), pues, al cerrar el cuadrado, el área que resulta es de 9. Al final, Sócrates conduce al esclavo a que este advierta la necesidad de dar un salto a la abstracción, que, en este caso, se presenta en forma de número irracional (√2): la solución del problema se encuentra en el cálculo de la diagonal (hipotenusa), que impone la necesidad de contar con los números irracionales. Hemos pasado de la Aritmética, a la Geometría.

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El cuadrado, en rojo, de 2 pies nos da un área de 4.

El cuadrado, en verde, de 4 pies nos da un área de 16.

El cuadrado, en azul, de 3 pies nos da un área de 9.

Pero hay otro cuadrado, en naranja, el que resulta de trazar las 4 diagonales de los 4 cuadrados de 2 pies. Para calcular su área, la Aritmética ya no basta, debemos acudir a la Geometría, echar mano del Teorema de Pitágoras y despejar la √2, que nos dará un número irracional (1,41421356237…).

En palabras de Javier Sánchez Tortosa, que, en El culto pedagógico (2018), ha analizado de forma muy fecunda esta obra y ve en el Sócrates del Menón al «personaje que sienta las bases de la enseñanza», lo que se desprende de este ejercicio es que Sócrates:

«Lo eleva [al esclavo] al nivel de los seres libres simplemente por el hecho excepcional de tratarlo como al ser racional que es, es decir, despojado virtualmente de sus particularidades psicológicas en el ejercicio de la racionalidad crítica y combativa, en el acto de geometrizar».

«Es la geometría la que permite el paso a operaciones aritméticas de mayor complejidad, y será el problema de los números irracionales el que permitirá el salto de la aritmología pitagórica a la teoría platónica de las formas».

«El esclavo abandona sus cadenas en el acto mismo de trazar la diagonal del cuadrado con la que resuelve el problema. El esclavo deja de ser esclavo en ese proceso, y sólo en ese proceso, igual que el déspota disfrazado de orador ha dejado también de serlo».

Volvemos al Menón para insistir en la importancia de ese punto cero en el que es preciso situarse para poder avanzar en la adquisición de un conocimiento verdadero:

«[Sócrates] ¿Te das cuenta de nuevo, Menón, de en qué punto se encuentra ya el muchacho [se refiere al esclavo] en el camino de la reminiscencia? […] ¿Y no se encuentra ahora en mejor posición con respecto al problema que no sabía resolver? […] ¿Y piensas que habría intentado investigar y aprender aquello que, sin saberlo realmente, creía saber, si antes no se hubiera dado de bruces ante esa dificultad y, dándose cuenta de que no sabía, le hubiera venido el deseo de saber?».

Y ahora, a partir de aquí, se desarrolla la pars construens:

«[Sócrates] Con todo, pretendo observar e indagar contigo cuál es su naturaleza [de la virtud] […] Y ya que estamos de acuerdo en que hay que investigar sobre lo que no se sabe, ¿quieres que tratemos de indagar conjuntamente qué es la virtud?».

Esta alusión al «averigüemos juntos» rescata el componente psicológico, porque no todo lo psicológico debe neutralizarse, ni mucho menos. De hecho, las condiciones para que se dé de forma exitosa la conducción (ducere) hacia el conocimiento, es decir, la educación, exigen una disposición de ánimo de signo amistoso y amabilidad en el trato:

«Y si quien pregunta es uno de esos sabios que gustan de disputar y contender, le contestaría: “Dicho queda por mi parte, y si no estoy en lo cierto, tarea tuya es examinar mi conocimiento y refutarlo”. En cambio, si quisiéramos discutir de forma amistosa, como tú y yo ahora, sería preciso dar una respuesta más amable y más argumentada».

No hay que darles ningún margen al energúmeno y al enemigo; hagan ellos con nuestras respuestas lo que quieran, con ellos no hay nada que discutir. La educación, en este sentido, exige una proximidad que tiene que ver, de forma insoslayable, con lo afectivo.

Conclusión

Este diálogo contiene la lección más importante, la clase más necesaria y la verdadera pedagogía. No es que no haya nada mejor, es que no hay más opción: o es esto o el fraude. Y un fraude que, como señala Jesús G. Maestro, implica, demás, un mezquino ensañamiento:

«Servirse la literatura para timar al prójimo es algo acaso tan infame como servirse de la medicina para privar de vida a un ser humano contra su voluntad y conocimiento. Porque limitar a alguien una vida inteligente es uno de los mayores actos de crueldad y vileza que pueden darse en este mundo» (El fracaso de la felicidad, 2026).

El sofista Menón puede engañarse y perder el tiempo porque tiene dinero, pero su esclavo no: esto es lo que explica Platón y el argumento que nosotros esgrimimos para defender la necesidad de proporcionar a los alumnos una educación verdaderamente emancipadora. Las clases medias y bajas no pueden permitirse no saber. Platón muestra en este diálogo que, gracias a contar con un buen maestro —Sócrates—, el esclavo es capaz de pasar de la Aritmética a la Geometría, de la proporción directa a las ideas abstractas y superar a su amo, a Menón. Lo que aprendemos de este diálogo es que con dinero puede uno dedicarse a perder el tiempo, pero que, si a quien no tiene dinero le quitas la fuerza emancipadora que nos procura el conocimiento, lo condenas a permanecer en la pobreza, la esclavitud o cualquier otra modalidad de dependencia o impotencia.

El esclavo aprendió con Sócrates (verdadero maestro), no con Menón (sofista). Lo que se daba entonces también se da hoy. Si no le sobra el dinero, mire, usted, bien quién le enseña y quién enseña a sus hijos, y tenga siempre presente que quien nos quita el saber nos quita la libertad.

Ramón de Rubinat Parellada, La lección más importante, la clase más necesaria, la verdadera pedagogía, Browstone España 20/04/2026

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