dijous, 17 de març de 2016

Tot i recordant Hilary Putnam.

Hilary Putnam
La filosofía es hoy más bastante impopular en América. Dice Marco Rubio, con su característica falta de elegancia: “Necesitamos más soldadores y menos filósofos”. El Gobernador Pat McCrory de Carolina del Norte también señala la filosofía como una disciplina que ofrece “carreras inútiles” que no ofrecen “ninguna oportunidad de conseguir empleos para la gente”. En todo el país existe un entusiasmo sin freno por las disciplinas llamadas STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas), que parecen tan rentables. Aunque todas las humanidades sufren desdén, la filosofía es la que atrae especial atención negativa, quizás porque además de parecer inútil, también parece vagamente subversiva, una amenaza a los sensatos valores tradicionales.

Éste no ha sido siempre el caso. A lo largo de su historia en Europa, la filosofía ha sido una y otra vez objeto de críticas por parte de las fuerzas de la tradición y de la autoridad. La fundación de América, sin embargo, fue diferente: los fundadores eran hombres de la Ilustración, impregnados de las ideas y de las obras de Rousseau, Montesquieu, Adam Smith y de los antiguos griegos y romanos, especialmente Cicerón y los estoicos romanos. Como hombres de la Ilustración, se enorgullecían de regirse por la razón y la argumentación en lugar de por la tradición no examinada. Su independencia intelectual y su pensamiento teórico fueron de gran utilidad a la hora de establecer una nueva nación. Hemos caminado mucho desde entonces, nos hemos alejado mucho de esas raíces, y no en la buena dirección.

El 13 de marzo, América perdió a uno de los más grandes filósofos jamás producido por esta nación. Hilary Putnam murió de cancer a la edad de 89 años. Aquellos de nosotros que tuvimos la suerte de conocer a Putnam como mentorados, colegas y amigos, recordamos su vida con una profunda gratitud y amor, ya que Hilary no fue solo un gran filósofo; fue también un ser humano de una generosidad extraordinaria, que realmente quería que las personas fueran ellas mismas, y no sus acólitos. Pero también es interesante, en medio de nuestro duelo, reflexionar acerca de la carrera de Hilary y lo que indica sobre lo que es la filosofía y lo que puede ofrecer a la humanidad. Porque Hilary era una persona de una brillantez sin igual, pero también estaba convencido de que la filosofía no era solo para individuos con un don especial. Como dos de sus filósofos favoritos, Sócrates y John Dewey (y, añadiría yo, como aquellos fundadores americanos), pensaba que la filosofía era para todos los seres humanos: un toque de atención para despertar la humanidad en todos nosotros.

Putnam fue un filósofo que abarcó una amplitud increíble. Como él mismo escribió: “Cualquier filosofía que pueda resumirse en pocas palabras, debe expresarse en esas pocas palabras." Y en su prolífica carrera, Putnam elaboró relatos detallados y creativos de las grandes cuestiones de un rango amplísimo de áreas de la filosofía. De hecho, no había habido ningún filósofo desde Aristóteles que hubiera realizado aportaciones creativas y fundacionales en todas las siguientes áreas: lógica, filosofía de las matemáticas, filosofía de la ciencia, metafísica, filosofía de la mente, ética, pensamiento político, filosofía de la economía y filosofía de la literatura.

Y Putnam añadió al menos dos áreas a esa lista, de las que Aristóteles no se ocupó, concretamente, filosofía del lenguaje y filosofía de la religión. (Filosofía de la religión porque era un judío religioso y entendía que el judaísmo requería una vida de crítica perpetua). En todas estas áreas, también, compartió con Aristóteles una profunda preocupación: que no se distorsionara la cuestión un tanto desordenada de la vida humana para hacerla encajar en las demandas de una teoría excesivamente simple. Lo que Putnam llamaba “todo ese alboroto de las acciones humanas” deben ser el contexto en el que la teoría filosófica hace su trabajo.

Ese compromiso lo llevó a oponerse a muchas modas de su tiempo: porque la filosofía es muy dada a modas simplificadoras y reductivas, desde el positivismo lógico a una moda posterior de modelación computacional de problemas filosóficos. Putnam conocía la física como prácticamente nadie más en el campo, y por eso también sabía que resultaba fatal reducir la filosofía a la física: la filosofía es una disciplina humanística. (Recuerdo un curso maravilloso y profundamente contracultural que dio en Harvard, en los días en los que el positivismo lógico estaba justo empezando a decaer, con el título “Conocimiento no-científico”. Cubría conocimiento ético, conocimiento estético y conocimiento religioso y Putnam mostró la locura de imaginar que el reduccionismo físico pudiera sustituir a esas asignaturas normativas). Su independencia de las modas también lo llevó a interesarse mucho por los antiguos griegos, esos que les parecían estúpidos a los positivistas pero que en realidad ¡tuvieron algunas ideas que no estaban mal! Aprendió griego antiguo para trabajar seriamente sobre Aristóteles y argumentó que Aristóteles tenía importantes ideas sobre la relación mente-cuerpo que los pensadores contemporáneos debían tomar en cuenta.

Al mismo tiempo, y de nuevo como Aristóteles, Putnam nunca cedió al irracionalismo, nunca adoptó una actitud escéptica o desdeñosa con respecto a la teorización filosófica porque, como subrayó, el intento de ordenar nuestro mundo mediante el trabajo de la razón es uno de los aspectos más profundos y más ubicuos en el alboroto de la vida humana. Creía que siempre tendemos no solo a la falta de orden y a la falta de atención, sino, peor, a la capitulación ante formas de autoridad y de presión y que el trabajo de la filosofía era necesario para contrarrestar estas tendencias dañinas.

La mayoría de los filósofos hablan mucho sobre seguir la argumentación, pero tarde o temprano caen en el dogmatismo, defendiendo una postura bien conocida a todo coste, sin importar qué argumentos nuevos puedan aparecer. Lo glorioso del modo de hacer filosofía de Putnam residía en su absoluta vulnerabilidad. Precisamente porque realmente seguía la argumentación a donde lo llevara, cambiaba de opinión con frecuencia, y el hecho de que el camino lo llevara a cambiar no era para él motivo de angustia sino un proceso profundamente delicioso, la evidencia de que era lo suficientemente humilde como para ser digno de su propia racionalidad. Una vez, a finales de los años 70, dio una clase de metafísica en Harvard con sus colegas Nelson Goodman y W. V. O. Quine. Los otros dos tenían posturas muy distintas a la de Putnam y argumentaban bien. Putnam empezó a emocionarse cada vez más por el debate – tanto que más de una vez desapareció de alguna reunión departamental para pasear por los pasillos con Goodman. Al final de ese cuatrimestre, en su Discurso Presidencial ante la American Philosophical Association expresó un elegante argumento contra sí mismo – un tanto en el espíritu de Goodman, aunque no exactamente.

Una vida regida por la razón siempre fue y es difícil. A todos nosotros, seamos ignorantes de la filosofía o profesores universitarios de filosofía, nos resulta más fácil seguir un dogma que pensar. Lo que la vida de Hilary Putnam ofrece a nuestra agitada nación es, me parece a mí, un noble paradigma de una voluntad permanente de someterse uno mismo a la crítica de la razón. Nuestro país, fundado por amantes de la argumentación, se ha convertido en el juguete de retóricos y animadores (personajes que Platón conocía pero que muy bien). En este día en el que hemos perdido a uno de los gigantes de nuestra nación, pensemos sobre esto. 

Martha C. Nusbaumm, En defensa de la filosofía: Recordando a Hilary Putnam
[Esto es una traducción del artículo aparecido en The Huffington Post el 14 de marzo de 2016. Traducción de Ellen Duthie.]