dilluns, 28 de març de 2016

La incapacitat humana d'aprendre del passat i preveure el futur.



El aprender de la historia no es algo que los humanos hagamos de forma natural, un hecho que se hace patente en las interminables repeticiones de expansiones y recesiones de los mercados modernos que se han configurado de idéntica manera. Por historia me refiero a las anécdotas, no a las teorías históricas, es decir, el historicismo a gran escala que pretende interpretar los acontecimientos con teorías que parten del descubrimiento de ciertas leyes en la evolución de la historia: el tipo de hegelianismo e historicismo seudocientífico que lleva a afirmar cosas como el final de la historia (es seudocientífico porque se extraen teorías de los acontecimientos del pasado sin tener en cuenta el hecho de que esas combinaciones de acontecimientos pueden deberse al azar; no hay forma de verificar las aseveraciones mediante un experimento controlado). (…)

Tenemos suficientes pistas para creer que nuestra dotación humana no fomenta la transferencia de experiencias de forma cultural, sino mediante la selección de los que tienen determinados rasgos favorables. (…)

No hay nada malo en que una persona que asume riesgos sufra un contratiempo, siempre que acepte que asume riesgos en vez de decir que el riesgo que está asumiendo es muy pequeño o no existe. Resulta característico que los operadores bursátiles que han fracasado piensen que sabían lo suficiente sobre el mundo como para rechazar la posibilidad de que el acontecimiento adverso tuviera lugar: no había valor en el hecho de que asumieran esos riesgos, sólo ignorancia. He observado muchas analogías entre los que fracasaron en el crack de la Bolsa de 1987, los que fracasaron en la fusión de Japón en 1990, los que fracasaron en la debacle del mercado de bonos en 1994, los que fracasaron en Rusia en 1998 y los que fracasaron comprando acciones del Nasdaq en 2000. Todos hicieron afirmaciones en el sentido de que “esta época es distinta” o que “su mercado era distinto” y ofrecían argumentos intelectuales aparentemente bien construidos (de naturaleza económica) para justificar sus afirmaciones; eran incapaces de aceptar que la experiencia de otros estaba ahí, a disposición libre y gratuita de todos, con libros que detallan las caídas en todas las librerías. (…)

Con una mentalidad de burbuja pensamos que seríamos capaces de saber cuándo se está haciendo historia; creemos que la gente que, por ejemplo, fue testigo de la crisis de la Bolsa de 1929 sabía en aquel momento que estaba viviendo un acontecimiento histórico preciso y que, si estos acontecimientos se repitiesen, también sabría lo que estaría ocurriendo. Para nosotros la vida parece una película de aventuras, ya que sabemos anticipadamente que algo importante va a ocurrir. Resulta difícil imaginar que la gente que fue testigo de la historia no sabía en ese momento lo importante que era el momento. De alguna manera, todo el respeto que pudiéramos tener por la historia no parece traducirse bien en nuestro tratamiento del presente. (…)

Las cosas siempre son evidentes cuando ya han ocurrido. (…) Cuando se mira al pasado, el pasado siempre será determinista, puesto que sólo se produjo una única observación. Nuestra mente interpretará la mayoría de los acontecimientos, no recordando los anteriores, sino los posteriores. Imagine que hace un examen sabiendo las respuestas. Aunque sabemos que la historia va hacia delante, resulta difícil darse cuenta de que la vemos hacia atrás. ¿Por qué es así? (…) Nuestra mente no está diseñada para comprender cómo funciona el mundo sino, más bien, para alejarnos rápidamente de los problemas y procrear. Si estuviera hecha para que comprendiéramos las cosas, tendría una máquina que mostraría la historia pasada como en un reproductor de vídeo, con una correcta cronología, y nos ralentizaría tanto que tendríamos problemas para funcionar. Los psicólogos llaman a esta sobreestimación de lo que uno sabía en el momento en que se produjo el acontecimiento, debido a la información posterior, e sesgo de la retrospectiva, el efecto de “lo supe todo el tiempo”.

(…) Un efecto más vicioso de ese sesgo de la retrospectiva es que los que son muy buenos prediciendo el pasado pensarán que son muy buenos para predecir el futuro y confiarán en su capacidad de hacerlo. Ésta es la razón por la que los acontecimientos como los del 11 de septiembre de 2001 nunca nos enseñan que vivimos en un mundo en el que los acontecimientos importantes no son predecibles: incluso el colapso de las Torres Gemelas parece que era previsible entonces.


Nassim Nicholas Taleb, ¿Existe la suerte? Las trampas del azar, Booket, Barna 2009