Màquines girardianes.
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Hui sugiere que estas máquinas no son inocentes. Justamente, como se vio en el caso de máquina schmittiana, las máquinas son esencialmente políticas. Por eso, me gustaría pensar un poco más allá de Hui y pensar un modelo adicional: las máquinas girardianas. René Girard fue un filósofo francés que realizó buena parte de su carrera en los Estados Unidos. A lo largo de sus textos, Girard habla (casi obsesivamente) de una única teoría, la teoría mimética.
En pocas palabras, para Girard, el deseo es mimético: se quiere lo que quiere el otro. Se quiere lo que quiere el otro porque lo quiere el otro. Pero en este espejismo libidinal se termina odiando al otro, que funcionó como modelo del deseo. Para Girard, este es el origen de los conflictos y de la violencia. Cuando todos empiezan a desear lo mismo surge la violencia, todo se confunde. La única forma de reestablecer el orden es sacrificando a un chivo expiatorio. Alrededor de esta víctima, la sociedad vuelve a unificarse. Girard encontró esta estructura mimética en la raíz de diferentes expresiones culturales: mitos, tragedias, novelas. En realidad, para Girard, este es el mecanismo que yace en el corazón de toda la cultura occidental.
Ahora bien, ¿qué son las máquinas girardianas? Las máquinas girardianas son máquinas cuyo algoritmo no se basa ni en un mecanismo precodeado ni en el aprendizaje a partir de grandes cantidades de datos. Son otra forma de estructura cibernética. La máquina girardiana también se alimenta de deseos y sentimientos, como lo hace la máquina humeana. Sin embargo, mientras que la máquina humeana moviliza una gran cantidad de deseos en diferentes direcciones y los cuantifica, la máquina girardiana ve el deseo como la máquina del poder. El poder es la capacidad de controlar el deseo.
Las máquinas capitalistas siempre se han alimentado del deseo y han alimentado el deseo. Sin embargo, se puede decir que funcionaban, en su forma liberal y neoliberal, a partir de la cuantificación del deseo como máquinas humeanas: el precio de la mercancía es un input que traduce el deseo. La autorregulación del mercado es, en este sentido, humeana. La lógica girardiana, en cambio, es la lógica de las metamáquinas (las máquinas que regulan el resto de las máquinas). Las lógicas metamaquínicas no se preocupan por cualquier tipo de deseo, sino por lo que Girard llamó el deseo mimético.
La diferencia entre el deseo humeano y el deseo mimético es estructural. En un sistema humeano, un producto se vuelve más deseable mientras más se lo compra (es la lógica de la frecuencia y el clickbaiteo). En un sistema girardiano, un producto se vuelve más deseable porque otros lo desean (es la lógica de la imitación social). Son estructuras similares, pero una es individualizadora y la otra organizadora. La lógica de las redes sociales es girardiana, no humeana. El algoritmo no calcula solo lo que vos querés: calcula lo que querés porque otros lo quieren, triangulariza tu mirada. Por eso también no es completamente kantiana (es decir, autonóma: que se da ley a sí misma).
Y aquí viene el punto crucial: el deseo mimético es cibernético. Se retroalimenta. La envidia no es un estado estable, es un bucle. El deseo crece porque crece el deseo del otro, y el deseo del otro crece porque crece el tuyo. Este bucle puede amplificarse hasta la destrucción mutua.
En su obra más tardía, la presencia del Apocalipsis se hace cada vez más evidente en Girard: se le abren las puertas al Apocalipsis cuando la violencia mimética se intensifica hacia los extremos. Pensemos en un conflicto bélico en el que ambos partidos intentan disuadir al otro. Siguiendo la lógica del regateo de Thomas Schelling en su libro The Strategy of Conflict (1960): el que está más loco puede ganar en una situación de negociación. Si lográs convencer a tu oponente de que estás dispuesto a saltar al precipicio, sos el ganador. Ahora bien, si los dos competidores están “locos”, la escalada de violencia es inevitable. Girard, en su libro Clausewitz en los extremos, aplica este análisis a la carrera armamentista contemporánea y concluye que Clausewitz ya no alcanza: la guerra se ha vuelto recíproca e ilimitada.
Dentro de la historia occidental, el mecanismo que buscó desarticular el conflicto mimético fue la lógica del chivo expiatorio y, sobre todo, la lógica cristiana. El mensaje del cristianismo, según Girard, consiste en revelar la inocencia del chivo expiatorio (el objeto de la violencia sacrificial). El cristianismo supone, en ese sentido, el fin del sacrificio. Pero eso nos lleva a otra pregunta.
¿Pueden las máquinas sacrificar?
Empezamos hablando de la inteligencia artificial y terminamos hablando de máquinas sacrificiales. Las máquinas sacrificiales podrían ser aquellas capaces de sacrificar (y soy cuidadoso en este término).
Se pregunta si las máquinas son capaces de pensar. Pero tal vez una pregunta más interesante sería si las máquinas son capaces de sacrificar. Primero en un sentido heurístico: sacrificar algo en pos de algo, decisiones económicas calculables, sacrificar un gasto en pos de otro gasto. Esto puede entrar dentro del conductismo esperable de las máquinas. El utilitarismo lidia con estos problemas cuando habla de variaciones del trolley problem: sacrificás a uno para salvar a cinco. Es sacrificio calculable.
La pregunta más perturbadora es si las máquinas son capaces de sacrificar al humano, no solo a la vida en tanto cantidad calculable, sino al humano mismo, a lo humano. Y si nosotros somos capaces de construir máquinas que hagan eso.
La máquina kantiana es justamente la máquina que niega rotundamente, categóricamente, el sacrificio inhumano. La idea de una Constitutional IA empleada por Anthropic tiene tintes kantianos. La paz perpetua de Kant es la propuesta de un algoritmo político que hace del principio de humanidad su condición innegociable. “Actúa de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca simplemente como un medio”. El imperativo categórico no es un algoritmo cerrado, es precisamente la negación de que toda decisión sobre lo humano pueda reducirse a un algoritmo.
Girard vuelve a estar presente en estos tiempos. No sólo por la importancia de su filosofía, sino porque algunos de sus “estudiantes” se han vuelto figuras particularmente importantes. Estoy hablando aquí de Peter Thiel, J.D. Vance e incluso Alex Karp, quienes asistieron a las clases de Girard en Stanford. Si bien no puede decirse que estos tres personajes sean comparables o que encarnen, mucho menos que se identifiquen de lleno, con la filosofía de Girard, se podría hacer el ejercicio de pensarlas desde lo que me gustaría llamar “girardianismo oscuro”.
En Machine and Sovereignty, Hui señala que el vitalismo político schmittiano se reproduce en el presente a través de figuras como Peter Thiel y Nick Land, exponentes de la derecha neorreaccionaria. Thiel, en “The Straussian Moment” (2007), lee el 11 de septiembre como la refutación definitiva del liberalismo ilustrado: la demostración de que la política real se juega en el terreno de la excepción, no de las normas. Palantir Technologies, la empresa de análisis de datos y vigilancia que Thiel fundó con Alex Karp, provee infraestructura para ese tipo de decisión: identificar excepciones, designar enemigos, procesar información a una velocidad que excede la deliberación democrática.
Sin embargo, el girardianismo oscuro no es sólo una reversión del vitalismo; es el girardianismo del sacrificio de lo humano. Bajo la máscara del humanismo prometeico se esconde el girardianismo oscuro. El girardianismo oscuro no se queda en el primer momento de Girard (lo que Girard llama la lógica sacrificial o mitológica) sin avanzar hacia el cristianismo. Por el contrario, el girardianismo oscuro avanza de lleno por el cristianismo, lo atraviesa, lo acelera. Para el girardianismo oscuro la redención debe realizarse por medio de la aceleración; la administración de la redención es la administración de las fuerzas sacrificiales. El monopolio del sacrificio por medio de una tecno-teología política. La tecnoteocracia sacrificial es la administración del genocidio. Pero aquí la diferencia con la máquina hobbesiana, es decir, mecanicista, es crucial: el aparato de captura de la soberanía cognitiva no se concibe como un soberano absoluto, sino como un CEO, una monarquía a la Curtis Yarvin, donde el espacio central no está dado por Dios, o por la Voluntad General, sino por el deseo soberano que moviliza el mérito (teocracia secularizada).
Decíamos, no se trata meramente de decisionismo llevado al extremo; este dark Girard es cibernético: se retroalimenta del deseo. Esta es quizás la diferencia más importante entre un deseo humeano y un deseo mimético. El deseo mimético es cibernético porque se retroalimenta del deseo. El deseo humeano: un producto se vuelve más deseable mientras más se lo compra. El mecanismo girardiano: un producto se vuelve más deseable porque otros lo desean. El girardianismo oscuro opera sobre esta segunda lógica (y la radicaliza). La única forma de salir de esta repetición es romper con la lógica de la imitación. Son precisamente los contrarians, es decir, los inversores-creativos quienes pueden ver más allá.
“Our earliest encounters with learning are through mimicry. But at some point, that mimicry becomes toxic to creativity. Some never make the transition from a sort of creative infancy. Much of what passes for innovation in Silicon Valley is, of course, something less—more an attempt to replicate what has worked or at least was perceived to have worked in the past. This mimicry can sometimes yield fruit. But more often than not it is derivative and retrograde. The best investors and founders are sensitive to this distinction and survive because they have actively resisted the urge to construct imperfect imitations of prior successes.”
Karp y Zamiska, The Technological Republic (2025).
El girardianismo oscuro, extraña paradoja, menosprecia al deseo de la masa por su carácter mimético, o bien podríamos decir, memético. Los “mejores inversores”, son los que se alejan del mimetismo. Ciertamente, la lógica capitalista vive del deseo, lo necesita y, en buena medida, vampiriza la pululación de nuevos deseos. Quien administra el deseo mimético no desea más que su propio deseo (es el único que está por fuera del bucle, el único que ve el mecanismo sin estar atrapado en él). Es la posición ambigua del sacerdote sacrificial en los mitos que Girard analizó: los sacerdotes y reyes suelen ser los inmoladores; ellos, al igual que los chivos expiatorios, son los que sobresalen de la masa. En ese sentido, los girardianos oscuros se pretenden ocultar esta ambigüedad y presentarse únicamente como dadores de paz.
Fernando Wirtz, La filosofía detrás de la IA ..., 421 05/06/2026

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