La història i la mirada de Tucídides.
| Tucídides |
Si le preguntamos a cualquier persona occidental hoy en día sobre el paso del tiempo, seguramente nos dibuje una línea recta. Una flecha que avanza desde un origen (difuso pero necesario) hacia un final que, aunque incierto, se imagina como superación, mejora o culminación. Esta intuición, aparentemente natural, es en realidad el resultado de una larga sedimentación cultural. No siempre pensamos el tiempo así. Hubo un momento en que el tiempo no era una flecha, sino un círculo.
En el mundo grecorromano, el tiempo se comprendía desde la experiencia directa de la physis: el brotar y perecer de todas las cosas. Las estaciones, los ciclos agrícolas, el nacimiento y la muerte, el auge y la decadencia de las ciudades. Todo parecía responder a un ritmo recurrente, a una cadencia que no avanzaba hacia ningún fin último, sino que retornaba sobre sí misma. El cosmos era orden y belleza precisamente porque era regular, porque lo que había sido volvería a ser. En este horizonte, la historia no tenía un sentido progresivo, ni una dirección moral: era más bien un campo de inteligibilidad práctica.
En Tucídides, esta concepción alcanza una forma especialmente interesante. Su relato de la Guerra del Peloponeso no pretende moralizar ni ofrecer redención alguna, sino mostrar patrones de comportamiento humano que, dada la naturaleza constante del hombre, tenderán a repetirse. La historia, así, no enseña un destino, sino una recurrencia. Es útil no porque nos diga hacia dónde vamos, sino porque nos entrena a reconocer lo que vuelve. El pasado no es superado: es reactivado.
Frente a esta circularidad, la irrupción del pensamiento hudeocristiano introduce una mutación decisiva: el tiempo se vuelve lineal. Ya no se trata de ciclos naturales, sino de una narración con principio, desarrollo y final. La historia comienza ex nihilo, con la creación, y adquiere desnsidad con la caída: la expulsión del Edén inagura la condición histórica del ser humano. A partir de ahí, todo se orienta hacia un acontecimiento central (la venida del mesías) y hacia una promesa futura: la redención final.
Esta linealidad no es meramente cronológica, sino profundamente moral. El tiempo se carga de sentido porque está inscrito en un plan providencial. El sufrimiento deja de ser simplemente un hecho para convertirse en algo justificable: tiene un lugar dentro de una economía de salvación. La historia ya no es repetición, sino espera. Y esa espera transforma la mirada: los hechos no valen por sí mismos, sino por su posición respecto a este fin último.
Con la modernidad, esta estructura lineal se seculariza, pero no desaparece. En Georg Wilhem Friedrich Hegel, la historia se convierte en el proceso racional mediante el cual el Espíritu alcanza progresivamente la conciencia de su libertad. En Karl Marx, esa teleología adopta una forma materialista: la historia avanza a través de contradicciones hasta desembocar en la superación de la alienación y la instauración de una sociedad sin clases. Incluso cuando Dios desaparece, la estructura permanece: hay dirección, hay progreso, hay sentido.
Es en este contexto donde surge la sospecha postmoderna: tal vez la historia no tenga un sentido intrínseco. Tal vez seamos nosotros quienes, retrospectivamente, proyectamos coherencia sobre una sucesión de acontecimientos contingentes. (...)
Y aquí se abre una posibilidad filosófica crucial para el presente (y, en particular, para el análisis geopolítico): recuperar, al menos parcialmente, la sensibilidad antigua. No para negar la historia, sino para desmitificar su supuesta dirección. Si el tiempo no garantiza progreso, entonces el pasado deja de ser una etapa superada y vuelve a ser un repertorio activo de formas, conflictos y dinámicas.
(...) Lo que cambia son los actores y los contextos; lo que persiste son ciertas lógicas: la lucha por el reconocimiento, el miedo, la ambición, la necesidad de seguridad. En este sentido, la mirada de Tucídides sigue siendo sorprendentemente actual: el futuro se parecerá a lo que ya ha ocurrido, no porque esté predeterminado, sino porque la naturaleza humana mantiene constantes estructurales.
Así, frente a la ingenuidad de una historia concebida como progreso inevitable, y frente al nihilismo de una historia sin sentido alguno, cabe una tercera vía: entender la historia como campo de recurrencias significativas. No avanzamos necesariamente hacia lo mejor, pero tampoco estamos condenados a la pura repetición ciega. Podemos aprender, no para escapar del pasado, sino para habitarlo.
Ximo Palau Marzá, Una lectura del imperialismo contemporáneo desde Platón y Aristóteles, aion.mx 24/05/2026
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