18 idees sobre l'actual ultradreta.





Una: populismo es culto a la tradición. Spam político. Diletantismo organizado. Puro fracking político, un bazar de simplicidades que confunde a un adversario con un enemigo del pueblo. Para todo problema complejo tiene una respuesta clara, simple —y falsa—. Y es, por naturaleza, hostil a la pluralidad intrínseca de la democracia.

Dos: es también adoración a la tecnología para ahorrarse al intermediario. Irracionalismo, rechazo de la Ilustración y viva la libertad, carajo. Los populistas forman parte de una especie de Internacional reaccionaria y tienen ingentes recursos financieros, con el apoyo de un buen puñado de plutócratas. Pagan generosamente por sus favores, pero ya veremos hacia dónde evoluciona su alianza con los tecnoligarcas. Musk ha ido de la mano de Trump y después ha abrazado a Farage, a AfD, a Milei, a Bolsonaro, a Bukele. Pero ya se ha emancipado, al menos a medias, de Trump: los piratas tecnológicos solo son fieles a la bandera con las dos tibias y la calavera. La internacional ultra es pura fuerza bruta, engaño y disrupción caótica, y ha tenido un aliado en los magnates de las plataformas, pero cuando la IA sea lo suficientemente fuerte también puede tener la tentación de dejarles de lado. Primero amaron a Davos, y Silicon Valley era tirando a progre. Se fueron derechizando. Luego abrazaron a los extremos. Pero el fin último de las grandes tecnológicas no es la política. ¿Qué harán los populistas cuando descubran el engaño, además de ladrar?

Tres: su leitmotiv es la acción por la acción; pensar es una forma de castración, la duda es sospechosa, la cultura es aún más sospechosa. “Muera la inteligencia”. “Muera el bando de los matices”. “Muera la equidistancia”. No les gusta la tibieza: les gusta el conflicto, generar incertidumbre, rozar el caos con la punta de los dedos. Equidistante es un insulto tan terrible como el mejor de los de Cervantes: “cuesco de dátil”. Woke, derechita cobarde, feminazi, nazionalista, filoetarra, la lista es interminable. Charnego y botiflertambién se dicen mucho entre los populistas indepes. Lo decían incluso antes de ser populistas. Y antes de ser indepes.

Cuatro: los ultras rechazan el espíritu crítico. “A la menor duda, ninguna duda más” era el lema del fundador del Movimiento Cinco Estrellas. En casa, los desacuerdos son alta traición; cualquier diferencia con el líder es altísima traición. La democracia es una aldea Potemkin, pero la democracia interna dentro del partido es un chiste.

Cinco: hay que explotar el miedo a la diferencia. Son racistas por definición.

Seis: buscan a su público en las clases medias frustradas por la crisis o la humillación política. Y evolucionan para pescar cada vez más votos en los caladeros de la clase obrera: “Dos millones de desempleados más son dos millones de inmigrantes más”, decía Jean-Marie Le Pen hace unos años; eso jamás se lo escucharán a su sucesora, Marine Le Pen, mucho más lista y por lo tanto más peligrosa.

Siete: son etnonacionalistas, son antielitistas, pero sobre todo son antipluralistas.

Ocho: están obsesionados con las conspiraciones, siempre con el objetivo de aliñarse un buen enemigo, casi siempre con un estilo paranoide, muy a la americana.

Nueve: tienen complejo de Armagedón, están obsesionados con el conflicto permanente, con la guerra eterna. “La culpa es de los extranjeros” (Trump, Le Pen, Orbán); “La culpa es de los españoles” (Junts, ERC, en ocasiones Bildu); “La culpa es de los catalanes” (Vox, a veces —solo a veces— el PP). La culpa, siempre y en todo lugar, es del otro.

Diez: a menudo son machistas, homófobos y partidarios de un extraño culto al heroísmo pecholobo. 

Once: sus líderes son capaces de interpretar “la voluntad común del pueblo”, con una neolengua que suele buscar el descoyuntamiento de lo político y lo ideológico, y eso les hace inmunes a la refutación empírica y al fact checking. El “pueblo real” y la “mayoría silenciosa” siempre quieren lo que ellos dicen, y punto. “El pueblo soy yo”. Imponen la verdad política, una sola narrativa, una sola versión de los hechos, la que mejor les sostenga en el trono. El populista no debate la historia: la dicta. Y si hace falta olisquea los sondeos para adaptarse al fluir de la sociedad: las ideas dan igual, las contradicciones dan completamente igual, lo único que importa es mandar. La prensa engaña, las instituciones conspiran, los ojos fallan y los hechos se vuelven líquidos. Hasta el punto de que se pone a llover en la investidura de Trump, pero el presidente electo dice con rotundidad: “No está lloviendo”. Y directamente, alehop, la gente cierra sus paraguas.

Doce: tienden a la falsificación deliberada de la verdad, y eso suele esconder un propósito de dominación.

Trece: buscan colonizar el Estado (funcionarios, policía, jueces, servicios secretos) si hace falta con clientelismo de masas. Haider, el ultra austriaco, se hizo famoso repartiendo billetes de cien euros.

Catorce: cuando gobiernan son aún más clientelistas, son corruptos, se dedican a la supresión de la sociedad civil crítica y tarde o temprano provocan conflictos institucionales de gran calibre.

Hay quien cree que para evitarlo son imprescindibles los cordones sanitarios. Hay quien cree que no, que esos cordones solo les hacen crecer porque les permiten ir siempre a la contra: en los países escandinavos y en los Países Bajos han entrado en los Gobiernos y han sufrido cierta erosión. Tengo mis dudas, pero me decanto por la necesidad del cordón sanitario. La otra posibilidad es un “cuanto peor, mejor”.

Quince: parte de su éxito surge de las promesas incumplidas de la democracia, de su falta de eficacia. Quieren ser imanes para los descontentos sin partido, y hay una definición del mundo actual que es exactamente esa: un descontento sin partido. Y son puro horror vacui de la política: okupan los espacios que dejan los partidos tradicionales. La política, dice Daniel Innerarity, se adentra en una zona de señalización insuficiente: donde antes había evidencias ahora hay paradojas, y los populistas están cómodos en ellas con sus recetas facilonas y simplificadoras, aunque sean más falsas que un billete de tres euros.

Dieciséis: son una amenaza para las instituciones pero saben utilizarlas a su favor: no les verán desdeñar las subvenciones públicas cuando las reciben, por mucho que critiquen “las paguitas” de los demás. En el fondo hay que involucrarlos en el debate público para combatirlos; no hay que excluirlos, porque se crecen, pero tampoco correr tras ellos.

Diecisiete: su tendencia al drama —con el estilo lingüístico de los tabloides amarillistas— persigue justificar el estado de excepción permanente propio de las posdemocracias, de las cada vez más habituales democracias de fachada. Pero son un espejismo basado en una idea del inevitable Carl Schmitt, que dejó escrito en letras de bronce que la política es la capacidad de definir el estado de excepción. 

Y dieciocho: les gustan los referéndums, esas hojas de parra de las democracias que suelen esconder dejación de responsabilidades, para reafirmar que las banderas que ellos elijen son “la voluntad del pueblo”. Ay, Cataluña.

Claudi Pérez, "El pueblo soy yo": 18 ideas para entender el populismo utra, El País 02/06/2026

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