Els mitjans, els fabricants de pors.



Los vehículos privilegiados del miedo, sus demiurgos, son los medios de comunicación de masas  (prensa, radio, televisión, Internet, cine), que hablan para una audiencia universal. Los medios se centran en los peores escenarios, se recrean en incidentes cautivantes y poco representativos, que se convierten en sucesos altamente disponibles u salientes para la sociedad, aunque sean riesgos que la mayoría de la gente nunca enfrente (baja probabilidad) –muerte por terrorismo o por enfermedad de las vacas locas-. Este fenómeno ha sido estudiado ampliamente con respecto a delitos violentos en extremo inusuales. Más aún, este tipo de fijación de la noticia en el “peor escenario” se acompaña de la exigencia de respuesta de medidas legales (por ejemplo, reformas del código penal y de la ley penal del menor en los caos de Marta del Castillo o Sandra Palo).

Pero además, para propagar el mensaje del miedo, los medios de comunicación trabajan tanto con “malas noticias” sobre lo que ya ha ocurrido como con “malos anuncios” de posibles sorpresas escalofriantes que podrán llegar a ocurrir (todo lo malo es susceptible de empeorar).

El miedo es el motor de la narración y, si es preciso, se han de maquillar los contenidos como espectáculos o atracciones escandalosas, para provocar la expectación del espectador (sensacionalismo). Se produce una verdadera “construcción mediática del acontecimiento”,(…)

Más aún, si no se producen esos accidentes, conflictos, novedades o toda clase de desastrosas emergencias, se inventan, se fabrican. Para ello se hinchan y exageran noticias normales y previsibles hasta convertirlas en revelaciones sensacionales, acentuando su carácter novedoso, imprevisto e insólito (el info-show) –por ejemplo, nevadas copiosas unos días de invierno o el enésimo partido de fútbol del siglo.

A todo esto añadamos una estrategia perversa en el ámbito de la comunicación: la táctica de “mostrar para ocultar”. Enseñando verazmente determinados sucesos o situaciones para la vida de la gente –tal es el caso del voyeurismo y exhibicionismo que impera actualmente en los talk-shows: retazos de vida, exhibiciones sin tapujos de experiencias vividas, a menudo extremas- . Es la estrategia de la banalización, de la vacuidad y de la dramatización. Se escogen temas para los informativos que no “molesten” (calabazas gigantes, la fórmula para la felicidad, … “notas de color”). La anécdota se convierte en el paradigma del periodismo contemporáneo. Junto a los tópicos y las declaraciones oficiales forman el grueso de la mayoría de grandes reportajes. También el ruido, la sobreinformación y la exageración. Por no hablar de la homogeneización, falta de riesgo y miedo de lso profesionales y de los medios, el abuso de las noticias de agencia –las grandes agencias determinan los asuntos noticiables- y la escasa elaboración propia de contenidos. Como decía Pierre Bordieu, para saber lo que uno va a decir hay que saber lo que han dicho los demás.

¿Y por qué operan así los medios de comunicación de masas? ¿Por qué devienen en “fabricantes de miedo”?

      En primer lugar, por interés económico: los casos llamativos, sean o no representativos, atraen la atención y aumentan los niveles de audiencia. Es aquello de good news, no news. Así, los medios se interesan por esa realidad hecha de novedades, innovaciones (artefactos, tecnologías), sucesos accidentes, conflictos y supuestos desastres.
 
   En segundo lugar, los grupos privados bien organizados trabajan con mucho ahínco para promocionar la atención pública hacia determinados riesgos en particular. Unos grupos pueden ser altruistas (por ejemplo, ONG ambientalistas); otros, enteramente guiados por su propio interés lucrativo. En ambos casos, sin embargo, la estrategia es compartida: seleccionar y publicitar un incidente para volverlo prominente para el público (intenso, vívido y saliente emocionalmente), de modo que la cuestión de la probabilidad quede obviada. Los terroristas mismos son el ejemplo más extremo en la utilización de sucesos de alta visibilidad.

Así los grandes conglomerados empresariales de la comunicación marcan la agenda informativa, señalan los miedos y ajustan las únicas respuestas disponibles . D este modo se fabrica un pretendido consenso y la opinión pública resultante no es más que la opinión dominante que conforma actitudes y comportamientos, en la medida en que amenaza con el aislamiento a los discordantes. Los medios de comunicación colaboran y participan de una espiral del silencio donde se establece un punto de vista como dominante y se silencian todos los demás.

Txetxu Ausín, El poder de los miedos; ¡perdón! De los medios, Claves de razón práctica, Marzo/Abril 2014, nº233

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