Enfocament neuromolecular i visualització de la ment (Nikolas Rose)

Un enfoque neuromolecular. Este es el primer elemento. Lo que esto significa es bastante claro. El cerebro es hoy en día contemplado como un órgano entre otros órganos, cuyos elementos, procesos y estructura se pueden concebir en términos de sus propiedades físicas, químicas y atómicas. La transmisión de los impulsos nerviosos se comprende al nivel de la sinapsis, a ese nivel de actividades en las diminutas vesículas que controlan cómo se desprenden y se absorben los neurotransmisores que se comunican a través del espacio sináptico. El propio cerebro puede ser diseccionado, por lo menos mentalmente, a partir de sus elementos moleculares, y las alteraciones perceptivas, cognoscitivas y emotivas pueden entenderse a partir de procesos a este nivel molecular, en principio como variaciones en el seno de estos sistemas moleculares. Estos cambios implican transformaciones realmente fundamentales. Las variaciones normales y las patológicas —esto es: altibajos normales en el estado de ánimo, y aquellos que tomamos como característicos en enfermedades como la depresión— se habían entendido históricamente de dos modos distintos. Dicho de forma más sencilla, se trataba de la diferencia entre características y estados. Si yo tengo una tendencia melancólica, esto se ha considerado convencionalmente como una característica personal. Es objeto de la psicología. Si soy una persona generalmente alegre y de repente sucumbo a una depresión, esto se considera un estado patológico que podrá ser curado a través del conocimiento y las técnicas de la medicina. Es una enfermedad y por ello objeto de atención psiquiátrica.

Junto a esta distinción, se produjo una división disciplinar fundamental entre ciencias psicológicas (no médicas) y ciencias psiquiátricas (médicas). Esta división fue establecida en el siglo XX: la psicología se ocupa de características y la psiquiatría se ocupa de estados patológicos. Pero hoy en día ambos pueden comprenderse exactamente en los mismos términos. Tanto las alternaciones normales como las patológicas pueden entenderse del mismo modo, a saber, como alteraciones en el funcionamiento de los sistemas moleculares. También desaparece otra distinción crucial en la historia de la psiquiatría, a saber, la distinción entre trastornos funcionales y trastornos orgánicos. Un trastorno psiquiátrico orgánico es aquel en que puede indicarse una lesión, algún tipo de daño en el cerebro. Un trastorno funcional era aquel que no tenía un correlato orgánico. Pero hoy en día tal distinción parece borrosa pues parece que teniendo todos los trastornos su raíz en el cerebro tienen entonces correlatos neurobiológicos, están favorecidos por procesos neurobiológicos. En definitiva, ciertamente, todo está en el cerebro.


Visualizar la mente. Hace unos pocos años, un artículo de investigación titulado «El escáner cerebral que puede leer las intenciones de la gente» causó un auténtico revuelo. Afirmaba que podía usarse un escáner del cerebro para saber si alguien tenía la intención o no de llevar a cabo una tarea antes de llevarla realmente a cabo. En otras palabras, era posible leer sus pensamientos, sus intenciones, a partir de los modelos de activación visualizados a través del escáner cerebral antes de que ellos mismos fueran conscientes de haber concebido la intención. Se afirmaba que la intención era ahora una cuestión cerebral y no una cuestión de la conciencia. Por supuesto era un disparate sacar esta conclusión a partir de dicho caso particular. Los experimentadores sometieron algunas personas —creo que exactamente seis— a un escáner cerebral y les pidieron que, al ver dos números, hicieran una de estas dos cosas: o bien sumar, o bien restar. A continuación, los investigadores revisaron si los sujetos habían sumado o restado y retrospectivamente compararon estas decisiones con el escáner. Y los escáneres parecían mostrar una diferencia entre las personas que eligieron sumar y las que eligieron restar. De modo que, de haber observado el escáner con anterioridad, se podría haber predicho la decisión de los sujetos de sumar o restar. No es que esto tenga mucho que ver con las intenciones en la vida cotidiana pero sin embargo el artículo armó un gran revuelo. Un neurocientífico de prestigio llegó a decir que el experimento tenía consecuencias éticas importantes y que los neurocientíficos deberían empezar a tenerlo en cuenta. Otro importante neurocientífico lo puso en relación con el film Minority Report en el que los individuos son arrestados antes de cometer el crimen: según él, somos «sonámbulos en una sociedad Minority Report». Como ya he dicho, es absurdo sacar conclusiones de experimentos tan forzados. Pero la reacción nos indica que —al menos según la percepción popular y según los desatinados comentarios de algunos científicos— ya es posible visualizar el cerebro vivo dentro de nuestros cráneos mientras lleva a cabo tareas de pensamiento, deseo, intención, afecto. Parece que se sostiene que cada uno de estos procesos mentales puede ser visualizado en modelos identificables en un aparato de imagen de resonancia magnética funcional. Parece que la mirada del neurocientífico es capaz ahora de penetrar la mente. No deseo entrar en detalles acerca de la imagen neuronal, aunque habría mucho que decir sobre las interpretaciones que generan las imágenes que proporciona una IRMF (Imagen por Resonancia Magnética Funcional). Los sociólogos de la ciencia han acertado en señalar las presuposiciones que operan en el movimiento interpretativo entre los indicadores de oxidación sanguínea en tres dimensiones, tal como se miden en un escáner cerebral, y las imágenes coloreadas que nos son cada vez más familiares. Por supuesto estas imágenes son artefactos y en el scanner cerebral hay muchas presuposiciones que, usando un término de Bruno Latour, podríamos llamar «black boxed». Todo ello no es relevante ahora para mi argumento. Lo que sí es relevante es que ya no parece posible dudar de que la mente tenga una base física. Al ver este tipo de imágenes, ¿cómo dudar de que efectivamente la mente debe tener una base física? En realidad este tipo de trabajos plantean múltiples problemas técnicos y epistemológicos. Pero esto es lo de menos. Lo que importa es el estatuto de verdad que este tipo de imágenes parece haber adquirido.

Nikolas Rose, La neurociencia y sus implicaciones sociales, en El transfondo biopolítico de la bioética, Anna Quintanas eds. Documenta Universitaria, Girona 2013

Transcripción del seminario que el autor realizó en la Universidad de Girona el 7 de octubre de 2011 (sesión tarde)

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