Irrational man.





... cabe preguntarse si para garantizar el buen juicio, y en particular el juicio ético, basta con el mero conocimiento teórico de los principios y reglas morales. ¿Es el buen jucio asunto de la mera regla de la razón? ¿Hasta dónde llega el poder de ésta para sujetar la voluntad? Cuando se hace trampas la razón a sí misma, ¿cabe una instancia ajena a ella que la descubra? ¿Quién puede encontrar aún argumentos convincentes para sostener el intelectualismo moral?

La historia de Irrational man es un ejemplo de la fragilidad de la razón, la supuesta facultad humana que la filosofía ha llegado a idolatrar en ocasiones, como ya denunció Nietzsche con su vehemencia característica hace ya más de un siglo. Pero es innegable, «en honor a la verdadera filosofía» -Platón dixit-, que aún cabe mantener la vigencia del dilema: es la razón o la arbitrariedad, que esto en definitiva significa la irracionalidad. El hombre irracional, el personaje de la película que nos inspira esta reflexión, lo es porque rompe su sujeción a la normatividad que el ejercicio de la racionalidad presupone. Quiere decirse que el hombre no es racional por naturaleza. Esto forma parte del mito de la razón en el que -reconozcámoslo- la filosofía puede haber incurrido en ciertos momentos históricos y/o en ciertas propuestas de sus pensadores (empezando por el mismísimo Aristóteles). 

Los comportamientos de los seres humanos dependen de sus juicios y elecciones, que en la realidad empírica se ajustan a las leyes psíquicas espontáneas. De su mera prolongación ideal no surge la racionalidad en el juzgar y proceder de los individuos. Lo dice muy bien el profesor de ciencia cognitiva Massimo Piatelli Palmarini en su libro Los túneles de la mente:
Simplemente, «la» razón no es una «facultad» congénita, que actúa en nosotros de manera espontánea y sin esfuerzo. El juicio racional moviliza muchas facultades distintas, a veces en conflicto entre sí. La racionalidad no es, pues, un dato psicológico inmediato, sino más bien un complejo ejercicio que tiene que ser conquistado primero y mantenido después con un cierto coste psicológico. (…) la racionalidad ideal es ideal. El coste real (no sólo psicológico) de abandonarse a nuestras ilusiones cognitivas sería muy superior al coste psicológico de vencerlas.
 Subrayémoslo; la razón no es una capacidad natural sin más, una disposición innata, sino un desideratum del que -esto sí- somos conscientes por nuestro natural equipamiento cognitivo, pues todo niño mentalmente sano puede ejercer el juicio racional propio de su etapa de desarrollo psiquico. Quiere decirse que no somos individuos racionales, pero que podemos llegar a serlo teniendo como horizonte ese ideal que constituye una teoría universal de la racionalidad, supuesto que la razón o es común o no es razón. Esta es la base sobre la que se asienta el ser razonable, tan imprescindible como el ser racional para empezar a satisfacer las exigencias de la razón (ideal).

Así pues, la razón se ha de ejercer desde la consciencia de su complejidad y sus límites, que son naturales al hallarse enterradas sus raíces en el tan poco racional humus de nuestra psique, ese su abismo insondable. Esto nos exige ser realistas; tiene que ser la realidad -parafraseando a Kant- piedra de toque de la razón, y tiene que ser el contraste de razones con los demás el que ayude a mantener la salud de su juicio, ya sea en su vertiente teórica como en su vertiente práctica.

José María Agüera Lorente, 'Irrational man': Woody Allen ante el insondable abismo de la razón, Filosofía en la Red 22/11/2015

http://www.filosofiaenlared.com/2015/11/irrational-man-woody-allen-ante-el.html?spref=tw

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