Pintar la realitat.

La tendencia a creer que de lo que se trata es de copiar lo que hay para repetir exactamente lo que ya sucede, entendiendo que lo que decimos o hacemos sólo es verdad si se adecúa o adapta a lo que ya existe, tiene no poco de inadecuado. Y de ingenuo. Pintar nos enseña a mirar no sólo lo que ya se ve. Y menos aún a reducir todo cuanto hay o existe a lo que notamos o anotamos. En última instancia, ver algo es no limitarse a lo que se da por visto. Es imprescindible aprender a distinguir y a discernir. Y puestos a imitar, a comprender que no basta simplemente con reduplicar lo que consideramos el original, y que semejanza y convención conviven. 


Y más aún, que no hemos de reflejar como en una mente-espejo aquello que en el espejo-mente ya vemos y con lo que supuestamente coincide. Sin imaginación, sin fantasía, sin creación, en realidad ni siquiera vemos. Por eso, precisamente la vista es un sentido. Sin sentir, no se ve. No hay educación del sentido ni del sentimiento sin educación de la mirada. Pero no se logra simplemente mirando. Se precisa otro hacer. Y pintar es no quedarse en los perfiles. El eidos ni es mera apariencia ni pura indumentaria, ni mera impresión. Es un decir bien concreto, pero tiene en cuenta el aspecto para incorporarlo a un espacio definido. Aprender a concentrarse en él, a fijar la mirada, a considerar la tarea con esmero exige no sólo arte, sino asimismo oficio, competencia, preparación, dedicación. Es cuestión de no quedarse únicamente en lo dicho, ni de limitarse a sugerir. Es aprender a desplegar haciendo a la par nuevos pliegues, a abrir generando otras y enigmáticas posibilidades. Pintar no es únicamente parecer, es asimismo aparecer provocándose a sí mismo. Por eso, se aprende tanto al enseñar a pintar.

Ángel Gabilondo, La buena pinta, El salto del Ángel, 15/01/2013
 http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2013/01/la-buena-pinta.html

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