Fer la guerra a la guerra.

La violencia humana, es decir, la violencia de unos seres humanos contra otros, constituye desde el origen de los siglos la reocupción mayor de los líderes religioses, morales y políticos que han reflexionado sobre la difícil convivencia social. Por una parte, el destino del hombre es la vida en sociedad y tal forma de existencia es su verdadero "estado de naturaleza" (en contra de loa que por razones pedagógicas fingió creer Rousseau). Pero esa misma proximidad humana parece imponer la agresión de los unos por los otros. ¿Razones? Cualquiera en general y ninguna en particular: ambición, miedo, concupiscencia, despecho, fervor político o religioso ... Casi todos o sencillamente todos los motivos que nos llevan a vivir juntos nos vuelven en muchas ocasiones unos contra otros. Por lo visto no podemos dejar de vivir en sociedad (decir que la vida humana es social es ya una redundancia), pero una de las consecuencias directas de esta sociabilidad es la agresión intraespecífica, la violencia contra nuestros semejantes. Convivir implica no sólo conmorir, sino en demasiadas ocasiones conmatar.


¿Tendremos, pues, que desesperar de hallar remedio contra este viejo estigma de nuestra especie, que cada época considera especialmente grave en su momento hisórico cuando lo cierto es que lo ha sido en todos? ¿No ha de servir el progreso -si es que podemos seguirlo bautizando positivamente así- más que para perfeccionar la armas de exterminio en lugar de propiciar instituciones e ideologías pacificadoras? En cualquier caso, sabemos por lo menos que los mejores de cada época se han esforzado, si no por extirpar totalmente el mal, al menos por amortiguar al máximo sus causas y sobre todo por disipar la verosimilitud de sus coartadas. Puede que cierta dosis de violencia nunca pueda ser borrada del cóctel humano, que está compuesto necesariamente de muchos ingredientes dulces y otros tantos amargos. Pero las manifestaciones colectivas de vilencia, los propósitos aniquiladores que encienden a las masas y alimentan propósitos de exterminio globales, impersonales casi, al servicio de los intereses o delirios de unos cuantos ... eso es lo que la civilización debe combatir para ganarse la honra en su nombre. 

El filósofo chino Mencio (que vivió en el siglo IV antes de Cristo) fundó su ética en la conciencia de humanidad (ren) definida como ese sentimiento que en cada hombre considera insufrible el padecimiento que afecta a otros seres humanos. En nuestra tradición coincidieron con su criterio Rousseau, Schopenhauer y muchos otros.La tarea que hoy se nos presenta no ha de desesperarnos por la pervivencia de las matanzas, sino reforzar en lo posible esta línea de pensamiento que se rebela contra ellas, apoyando cuantas instituciones -nacionales o internacionales- apunten hacia la ampliación simepre frágil, simepre insuficiente, del enfoque humanizador. Mientras el comercio de armas siga siendo uno de los prósperos negocios mundiales -como ha denunciado en su más reciente informe Amnistía Internacional- y mientras países democráticos y supuestamente amantes de la paz (entre ellos, ay, el nuestro, no lo olvidemos) fomenten la industria bélica y vendan sin escrúpulo armas de destrucción o tortura a las peores dictaduras o pueblos enfrentados, nuestro derecho a pronunciar sin sonrojo la palabra "humanidad" seguirá estando en entredicho. 

Combatir la violencia colectiva es el verdadero objetivo progrsista del siglo que viene (siglo XXI): hay que hacer guerra contra la guerra, como dijo un viejo socialista al comienzo de nuestra centuria (siglo XX).

Fernando Savater, La violenta humanidad, El País semanal, 08/091996

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