Turing: la intel.ligència o la capacitat d'enganyar.
Podemos describir este problema imaginando un juego, que llamaremos “imitación”.
Hay tres jugadores: un hombre (A), una mujer (B) y un juez (C), que puede ser hombre o mujer. El juez se sienta en un cuarto aislado, sin poder ver a los otros. El objetivo del juez es determinar quién de los otros dos jugadores es el hombre y quién es la mujer. Él los conoce simplemente como X e Y, y al final del juego tendrá que declarar “X es A [el hombre] e Y es B [la mujer]” o “X es B [la mujer] e Y es A [el hombre]”. El juez puede hacer preguntas a X e Y, como por ejemplo:
Hay tres jugadores: un hombre (A), una mujer (B) y un juez (C), que puede ser hombre o mujer. El juez se sienta en un cuarto aislado, sin poder ver a los otros. El objetivo del juez es determinar quién de los otros dos jugadores es el hombre y quién es la mujer. Él los conoce simplemente como X e Y, y al final del juego tendrá que declarar “X es A [el hombre] e Y es B [la mujer]” o “X es B [la mujer] e Y es A [el hombre]”. El juez puede hacer preguntas a X e Y, como por ejemplo:
C: ¿Podría X decirme la longitud de su pelo?
Ahora bien, supongamos que X sea el hombre. El objetivo del hombre en este juego es engañar al juez, llevándole a la identificación equivocada. Su respuesta podría ser, por tanto, “Mi pelo es rizado y mis pelos más largos miden más o menos 20 centímetros”.
Para que las voces no ayuden al juez en la identificación, los jugadores deberían escribir sus respuestas, preferiblemente a máquina. La situación ideal consistiría en comunicar a través de un teletipo. Como alternativa, puede haber un intermediario repitiendo las preguntas y las respuestas. El objetivo de B es ayudar al juez para que haga la identificación correcta. Su mejor estrategia es probablemente decir la verdad. Podría añadir comentarios como “yo soy la mujer, no le escuches a él”, pero esto no ayudará mucho, dado que el hombre también podría añadir los mismos comentarios.
La versión del test que se encuentra normalmente publicada es diferente en un punto sólo
aparentemente menor, en cuanto no considera el juego con tres personas A, B y C
(una de las cuales es, en una segunda fase, subrepticiamente remplazada por un
ordenador), sino con dos personas (B y C) y un ordenador (A). El juez tiene que
determinar quién es quién (¿o que es qué? ¿quién es qué?). Se trata de un cambio
sutil pero determinante.
Es interesante, por ejemplo, que en el test original la inteligencia se
determina como capacidad de engañar. El papel de A, en la parte del test con dos
personas, es engañar al juez, haciéndole pensar que A es la mujer. Turing podría
haber decidido remplazar B con el ordenador (la mujer, que tiene que ayudar al
juez), pero no lo hizo. Umberto Eco escribió que un sistema semiótico es
verdaderamente un lenguaje sólo cuando se pueda usar para mentir. Turing parece
implicar algo parecido: la inteligencia es verdaderamente tal sólo cuando se
puede usar para engañar.
El elemento de engaño del test es importante también porque nos indica que,
para que el test tenga sentido, la máquina inteligente no puede ser demasiado
abstracta. No debe simular una inteligencia cualquiera, sino a un hombre que
simula ser una mujer. Podemos imaginar, en un mundo utópico en que los
ordenadores inteligentes sean algo tan prosaico como una thermomix, un juez
enfadado tras haber fallado otra identificación: “Oye...¡estás haciendo trampa!
Has remplazado al hombre con una inteligencia artificial femenina. ¡Claro que no
conseguía adivinar!” ¿Tiene sentido hablar de inteligencia masculina y femenina?
Si hablamos de razonamiento lógico-racional, o de capacidad de manipular
conceptos abstractos, claramente no. Por tanto el test de Turing nos permite
deducir que estas capacidades no constituyen la verdadera inteligencia. La
inteligencia no es una capacidad abstracta, un añadido que podemos separar de
nuestra existencia humana o de nuestro cuerpo físico. Existimos en dos sexos y,
basándonos en este hecho biológico, hemos creado la compleja estructura cultural
del género, una de las muchas estructuras que nos determinan en cuanto
individuos. Algo que no incluya la experiencia del género (o una simulación,
pero, ¿cuál es la diferencia entre una experiencia y su simulación
fenomenológicamente completa?) no es una inteligencia en el sentido que nosotros
damos a la palabra.
El género es sólo uno de los determinantes de nuestra subjetividad, sólo uno
de las componentes necesarias para un ser inteligente. El test de Turing apunta
directamente a esta e indirectamente a muchas más. No sabemos bien cuáles son
las componentes de nuestra humanidad que definen nuestra inteligencia: ¿el
trauma de haber nacido? ¿la consciencia de la muerte? No lo sabemos. Se trata de
un tema filosófico importante, en que la inteligencia artificial no se interesa
mucho.
Un último aspecto del test, y sin embargo uno de los más importantes, es la
presencia del juez. El ordenador no se considera inteligente si puede hacer algo
extraordinario como ganar al campeón mundial de ajedrez, sino si aparece
inteligente al juez durante una conversación corriente. La inteligencia del
ordenador existe sólo en relación con la inteligencia humana: el juez no se
puede remplazar con una máquina. Un corolario de esta observación es que cuanto
menos inteligente sea el juez, tanto más inteligente parecerá el ordenador.
Consideremos el caso de un juez tan torpe que la única manera que tiene de
decidir es lanzar una moneda. Con este juez, cualquier ordenador será
inteligente, ya que el juez adivinará más o menos la mitad de las veces,
independientemente de que A sea el hombre o la máquina.
Por tanto, el test de Turing nos abre dos posibilidades para crear máquinas
inteligentes: podemos hacer que los programas sean cada día más complejos y
sofisticados, o hacer que la gente lo sea menos. La segunda posibilidad es mucho
más presente y amenazante de lo que podríamos pensar. Muchas industrias, no
consiguiendo producir máquinas verdaderamente inteligentes, están intentando
simplificar a sus clientes. Así tenemos cámaras con identificación automática de
caras (o, incluso, de sonrisas) y aplicaciones multimedia que corrigen
nuestras imágenes para hacerlas mejores --en realidad uniformándolas y
creando una cultura en que se desanima la creatividad--. Tenemos sistemas
de reconocimiento del habla que nos entrenan a hablar con frases cortas y con
estructura sencilla. Tenemos
programas de traducción que no respetan la personalidad de las diferentes
lenguas --por ejemplo confundiendo el uso de la forma pasiva, favorecido por el
inglés, con la forma impersonal, más usada en los idiomas latinos--. El lenguaje
que los dispositivos inteligentes nos están imponiendo se acerca de
manera preocupante a la neolengua descrita por Orwell en su novela
1984. En la medida en que el pensamiento depende del lenguaje y en que sólo
podemos tener ideas si hay un lenguaje en que tenerlas, simplificar y banalizar
el lenguaje supone simplificar y banalizar a las personas.
Tras una conversación sobre este tema, el informático australiano Neville
Holmes me envió este Limerick (poema humorístico de cinco versos originario de
Inglaterra), que resume la condición humana frente a las nuevas máquinas
inteligentes:
There once was a man who said, Damn
It is borne upon me that I am
An
engine that moves
In predestinate groves
I am not even a bus. I am a
tram
(Mi traducción: "Una vez un hombre me dijo, Joder/Me estoy dando cuenta que
soy como/Un vehículo que se mueve/en una ruta predeterminada/No soy ni siquiera
un autobús, soy un tranvía". He probado algunos traductores automáticos
disponibles, pero siempre introducen errores al traducir poemas.)
El sueño de sustituir al Demiurgo, de
construir las vida (o la inteligencia) con nuestras manos, es tan viejo como la
humanidad; lo podemos seguir desde Homero hasta el Golem y a los autómatas de la
primera modernidad, desde el calculus ratiocinator de Leibnitz hasta la
máquina de Turing. Se trata de un sueño que, probablemente, siempre será parte
de nosotros. Pero, sobre todo hoy, es fácil caer en un banal entusiasmo sobre la
tecnología, olvidando que ninguna tecnología es inocente o neutral. Las máquinas
que creamos también nos modifican a nosotros. Hay que recordarlo, hoy que tan
viva es la tentación de promover dispositivos inteligentes banalizando
a las personas, haciéndolas menos complejas y más homogéneas.
Turing, una persona decididamente no banal, y dolorosamente no homogénea, nos
lo reclama.
Simone Santini, El test de Turing y la inteligencia humana, El año de Turing, 08/11/2012
Comentaris