Contra l'hipercriticisme.


Formar ciudadanos críticos es la principal misión educativa, pero cuidado con formarlos tan criticones que, por exceso de suspicacia, queden inhabilitados para ver lo bueno que tienen delante. La cultura —eso que los griegos llamaron paideia— se ha entendido siempre como el universo de ideales colectivos que cohesionan una sociedad y que cada generación debe transmitir a la siguiente. El tracto intergeneracional podría interrumpirse ahora a causa de la desconfianza de una ciudadanía instalada en un estado de permanente escamamiento. Hasta el más simple es hoy, sin saberlo, un acendrado representante de la filosofía de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud) y hace suyas las tesis de El hombre unidimensional aun sin haber leído a Marcuse. Nadie menos ingenuo que el hombre de la calle pues sobrado sabe que la cultura en su conjunto es y sólo es y sólo puede ser ideología explotadora, alienante voluntad de dominación, represor súper-yo. El vocabulario puede variar, pero el argumento insiste siempre en remitir la totalidad de los acontecimientos del mundo a una única causa: la conspiración de un club selecto de villanos bien avenidos contra el sufrido ciudadano. Los conjurados —los ricos, los poderosos, los privilegiados, el sistema, los de siempre— mueven los hilos de la historia a su favor. Todo cuanto ocurre —la globalización, el movimiento del 15-M, las revoluciones árabes, las leyes educativas, la telebasura, las multinacionales, el fútbol, Internet, la filantropía, el primer presidente negro de Estados Unidos— es interpretado infaliblemente como avances de su plan de dominación universal. Hasta los aparentes retrocesos (la actual crisis del capitalismo) se revelan como ardides para más rotundas victorias. Los ciudadanos no pasamos de marionetas. Inútil todo progreso moral, ellos siempre ganan. Sólo nos queda la lucidez de reconocerlo. De acuerdo —nos decimos—, somos esclavos pero no estúpidos: al menos los hemos desenmascarado. Y en ese minuto caemos en el melancólico fatalismo de quien ya nada espera a la vez que abrimos las compuertas de nuestro merecido desprecio al canalla. Buscamos instituciones bien identificables para dedicarles nuestro odio más exquisito, como el Parlamento, los partidos, los sindicatos, los jueces, los bancos, el Tribunal Constitucional, la UE, las comunidades autónomas, aunque siempre que es posible preferimos personificar nuestro dolor: el Rey, los políticos, los empresarios, los intelectuales, los actores… Ya se ve que con este imaginario colectivo flotando en el aire cualquier apelación a una paideia como decantación de un ideal cívico es puro vaniloquio puesto que la sola insinuación de un posible idealismo es percibida como música celestial o, aún peor, como sarcasmo por nuestros escépticos oídos.

Ya sé que el derrotismo es de buen tono porque sugiere que uno está suficientemente informado como para haber perdido las ilusiones infantiles. ¡Curioso el prestigio de la desilusión y el desprestigio del iluso! Sucede, sin embargo, que la filosofía de la sospecha, tan lúcida, es ella misma demasiado simple porque pretende reducir la rica realidad de lo existente a una sola causa explicativa, válida para todos los casos. Señala una verdad esencial —la tendencia del poder a hacerse poder absoluto—, pero yerra al elevarla a criterio interpretativo único, el cual, además, al ser siempre el mismo, acaba acunando la pereza mental del intérprete. Las sociedades democráticas modernas son tan abiertas y plurales que, por su propia complejidad, no se dejan someter a un solo dueño. No hay un Poder, sino muchos, divididos, descentralizados y fragmentados, que persiguen intereses contrapuestos y que con más frecuencia rivalizan que cooperan entre sí. Esta poliarquía crea espacios para la libre iniciativa individual. Sin duda, el ciudadano democrático es más libre y más culto, en promedio, que en todas las etapas anteriores; si la conciencia crítica es algo más que el hipercriticismo indiscriminado, debe admitir que las democracias contemporáneas, herederas de la Ilustración, constituyen el punto más alto en la historia moral de la humanidad.

La premodernidad miró al pasado, donde se hallaba la edad de oro y los preclaros modelos de la Antigüedad; la modernidad, que inventó la idea de progreso, ha mirado siempre hacia el futuro; ha llegado el momento de empezar a apropiarse también del presente y de cuidarlo. La esperanza de vida, las rentas per capita y el bienestar material proporcionado por la tecnociencia han crecido exponencialmente en los últimos tiempos; ya existen instituciones que garantizan derechos y libertades, distribución de la riqueza, prestaciones asistenciales, participación democrática, solución pacífica de conflictos, libre mercado y opinión pública en el marco de un sano relativismo; y sobre todo, vemos cómo se extiende el principio igualitario a aquellos grupos (pobres, enfermos, niños, ancianos, mujeres, homosexuales, discapacitados, presos, disidentes, extranjeros) que habían estado tradicionalmente discriminados. Todo esto hace que, si el velo de la ignorancia imaginado por Rawls se aplicara, no a una intemporal sociedad justa, como él hace, sino a la historia universal, no habría nadie que, ignorando su posición en cada una de las etapas históricas, no eligiera la presente para vivir. El don que más nos falta es el de saber gozar. Sintámonos afortunados de haber nacido en esta época igualitaria y pronunciemos en su honor ese “gran sí a todas las cosas” que aúlla Nietzsche en El Anticristo. Los filósofos de la sospecha desdeñarían seguramente los Juegos Olímpicos de Londres como una variedad más de esa sociedad del espectáculo que Guy Debord denunció. A mí, en cambio, la ceremonia de inauguración, con esos variopintos deportistas de todos los países del mundo entrando en el estadio al compás de la música, me hizo soñar con la utopía cosmopolita de unos pueblos que —como quería Schiller— permutan la guerra por el juego.

Amor al presente no significa presentismo, la necia autocomplacencia en lo propio. Nadie dice que esto sea el paraíso y además la virguería puede fácilmente malograrse, como evidencia la devastadora crisis actual que amenaza con llevarse consigo el tinglado entero. Pero es mucho lo ya conseguido: haríamos bien en pararnos a pensar en ello con frecuencia y recordar que, comparativamente, nosotros, los contemporáneos, somos los mejores.

Javier Gomá Lanzón, Somos los mejores, Babelia. El País, 10/11/2012

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