Frankenstein, una mena de collage humà.

No cabe duda de que el doctor Victor Frankenstein fue impulsado por la ambición y la intuición para construir su criatura: un ser vivo capaz de pensar, sentir y expresar emoción. Esta hazaña detona una pregunta inevitable: ¿qué era el monstruo de Frankenstein, una obra de arte o una obra científica? Se podría argüir que la criatura era una obra de arte avant garde, cuya forma desconocida representaba una afrenta directa al canon establecido. O quizá, en efecto, se trataba de un producto de la investigación científica, una figura precursora de la ingeniería genética: una innovación que se adelantó a su tiempo. Una entidad tan bizarra que despertó la aversión de quienes la percibieron como una amenaza pavorosa, una abominación de la naturaleza que causó una violenta reacción en quienes la vieron o escucharon hablar de ella. Aunque se sentía orgulloso del éxito de su criatura, el doctor Frankenstein era consciente del dilema moral que entrañaba. Tenía remordimientos, ya que estaba convencido de que su manipulación de la naturaleza había sido inmoral y con resultados desastrosos. En la introducción a su novela, Mary Shelley expone sus ideas:
Mi imaginación, desatada, me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una viveza muy superior a los límites habituales de la ensoñación. Con los ojos cerrados pero con la aguda visión mental vi al pálido estudiante de artes impías, arrodillado junto al ser que había ensamblado. Vi el horrendo fantasma de un hombre tendido y luego, por obra de un ingenio poderoso, lo vi manifestar signos de vida y agitarse con movimientos torpes y semivitales. Debía ser espantoso, pues sumamente espantoso sería el resultado de todo esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo. El éxito aterraría al propio artista, que huiría horrorizado de su obra.
Muchos años después esto halló eco en el doctor Robert Oppenheimer,
responsable de fabricar la bomba atómica, cuando expresó su angustia por lo que
había hecho: “Creamos algo, un arma terrible, que alteró abrupta y profundamente
la naturaleza del mundo. Creamos algo que, acorde con todos los parámetros del
mundo en que crecimos, es malévolo.” Al estallar la primera bomba atómica,
Oppenheimer citó las antiguas palabras del Bhagavad Gita: “Ahora me he
convertido en la muerte, el destructor de mundos.”
Desde la óptica científica, la intuición de Frankenstein fue clarividente.
Nuestra habilidad para clonar cosas vivas, crear nuevas formas de vida mediante
la manipulación genética y emplear armas de destrucción masiva suscita preguntas
morales y éticas de suma importancia. La historia de cómo el doctor Frankenstein
intenta crear vida es una poderosa metáfora de nuestras aspiraciones y hazañas
culturales. En su calidad de creador, inventor y fenómeno cultural, el hombre
posee muchos atributos, y el más notable lo constituyen sus logros en el arte y
la ciencia. Ambas son empresas creativas con connotaciones morales y estéticas
que se entrecruzan y tienen muchos paralelismos; ambas son producto del profundo
sentido de asombro y curiosidad con que nacemos; ambas comparten la imaginación,
la visión y la inspiración como requisitos, pero su diferencia básica radica en
los objetivos que persiguen. Mientras que el arte es subjetivo y paradójico y se
basa en o está influido por emociones, gustos y opiniones personales, la ciencia
es un empeño objetivo cuyos juicios no dependen de tales inquietudes. El arte no
se puede medir, cuantificar o demostrar, rasgos indispensables para el ejercicio
de la ciencia. La experimentación empírica lleva a descubrimientos nuevos y
prácticos que son el fundamento de toda investigación científica. Esos
descubrimientos van en aumento y se apoyan en precedentes, observaciones y
evidencias comprobables con el fin de examinar y explicar los procesos de la
naturaleza y los mecanismos del mundo en que vivimos.
La ciencia, la tecnología y sus inventos son operaciones que cuentan con un
progreso lineal y pueden ser verificadas. Su uso es utilitario y se aplica a
asuntos prácticos; sus soluciones dependen de la teoría y la lógica. Por su
lado, el arte acepta y explota la ambigüedad, el azar y lo aleatorio como partes
de su proceso –un anatema para la ciencia en el pasado– y renueva su vigor
mediante la mutación. Además, al contrario de la ciencia, elude una definición
precisa. La filosofía se halla en un punto intermedio entre el arte y la ciencia
en el sentido de que intenta dilucidar a través del análisis racional por qué
poseemos facultades como el libre albedrío, el razonamiento y el lenguaje. Sin
embargo, la filosofía es conjetura y, al igual que las del arte, sus
vacilaciones no se pueden probar y nunca entregan conclusiones demostrables: sus
avances son más bien adaptaciones al raciocinio y el comportamiento
contemporáneos. Al pensar sobre cómo se piensa, la filosofía establece
postulados y teorías que a menudo son refutaciones deductivas de especulaciones
que otras filosofías propusieron.
El arte funciona como el clima: sus vicisitudes siguen algunos patrones
generales al igual que las estaciones pero se caracteriza por ser impredecible,
inestable y errático. Se dice que solo el paso del tiempo destilará y validará
la calidad y el mérito de cada obra de arte. Esto, no obstante, no es totalmente
cierto: la apreciación del arte varía porque está sujeta al temperamento y la
sensibilidad cultural de cada sociedad. Aunque se puede considerar que el arte
no envejece, ya que tiene la capacidad de comunicarse con nosotros a lo largo de
milenios, existen numerosas obras de relevancia que no se han descubierto o han
sido olvidadas o bien aguardan ser reconocidas. En nuestra época, el arte
aborigen y tribal, ignorado desde mucho tiempo atrás o circunscrito al campo del
interés antropológico, fue revivido repentinamente como una fuerza expresiva; su
potencial inherente se liberó para convertirse en una influencia vital del arte
del siglo XX.
Al contrario de la ciencia, el arte se debe pensar en términos no de progreso
sino de metamorfosis y mutación. Se puede creer que el arte que se practica y
goza hoy día es una especie de actualización del arte del pasado, pero en
realidad siempre se trata del mismo fenómeno que se manifiesta en distintos
idiomas y contextos. Esto no quiere decir que el arte sea ahistórico, ya que las
obras artísticas tienen una influencia acumulativa sobre sus sucesoras. Los
movimientos artísticos avanzan en patrones cíclicos que son renovados o
absorbidos por otras culturas gracias al mestizaje, y los artistas se basan en
el ejemplo y la experiencia de sus antecesores al generar nuevos procedimientos
y prácticas que con el tiempo se consolidan y terminan por formar parte de la
tradición. Eventualmente el pulso de la tradición se debilita y se disipa en el
lugar común, detonando otra vez la renovación y la regeneración. En la ciencia
los nuevos hallazgos logran que los viejos se vuelvan redundantes, pero esto no
ocurre en el arte. Lo que el tiempo diluye en el arte es el contexto en el que
se creó, afectando sin remedio nuestra percepción: algo semejante a lo que
sucede al leer literatura traducida, ya que los matices del original pierden
lustre o se extravían.
Las formas que adoptan las expresiones artísticas cambian a través de las
épocas y varían entre las diversas culturas, a tal grado que podría parecer que
no están relacionadas. Pero el arte posee un hilo común donde y cuando sea que
se manifieste, y, aunque se expresa en diferentes formatos y estilos, es nuestra
manera de procesar experiencias y la materialización palpable de nuestra
humanidad. Da configuración y sentido a nuestro ser y al mundo que nos rodea de
acuerdo con la estética y la sensibilidad de cada sociedad.
El sendero que lleva de lo ignoto a lo familiar comienza con un golpe de
reconocimiento. Un cuadro seminal del siglo XX, Las señoritas de
Aviñón de Pablo Picasso, se juzgó como una obra fallida, vergonzosa y hasta
grotesca. Esta pintura hereje y subversiva fue una negación, una afrenta a todas
las ideas establecidas sobre belleza y contenido pictórico e impactó por igual a
admiradores, críticos y colegas cercanos. Incluso Henri Matisse, compañero
iconoclasta, expresó su indignación y dijo que se trataba de una broma. Durante
los siguientes treinta y nueve años, el cuadro permaneció en buena medida sin
ser visto ni conocido. Con todo, sirvió como el catalizador que dio origen al
cubismo y por ende condujo a repensar el arte moderno. Picasso lo calificó
después como su primer exorcismo pictórico. Hoy es considerado una obra
maestra.
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Leonardo da Vinci fue una mezcla excepcional de artista y científico, un
dechado de virtudes en ambas disciplinas. Pintor de talento prodigioso,
ingeniero, anatomista e inventor, encarnó la capacidad del hombre para la proeza
intelectual y artística. “¡Eureka!”, el grito de Arquímedes al anunciar un
súbito relámpago de comprensión, sintetiza la emoción que provoca el
descubrimiento intuitivo de una verdad científica. Un supuesto golpe en la
cabeza causado por una manzana llevó a Isaac Newton a dar con el concepto de la
fuerza de gravedad. Albert Einstein, por su parte, afirmó que la teoría de la
relatividad se le reveló en un sueño: declaró que era “lo suficientemente
artista como para acudir con libertad a [su] imaginación”, una evidencia de la
inspiración y de cómo, lo mismo en el reino de la física y las matemáticas que
en el arte, la intuición cumple un papel central.
La composición y el comportamiento de la luz y los colores que produce al
pasar por un espectro es un fenómeno científico muy bien comprendido dentro de
la física. Lo que resulta inexplicable es que la interacción instintiva de
diversos colores en una pintura pueda tener efectos emotivos y sensuales; la
facultad del color para activar sentimientos estéticos innatos que yacen en lo
más profundo de nosotros continúa siendo un misterio. Al igual que los acordes
compuestos de notas musicales o las palabras que crean un poema, los colores
juegan entre sí y resuenan en nuestros sentidos. Números, fórmulas y ecuaciones
poseen una armonía o belleza particular que dispara en los matemáticos una
emoción visceral que los conduce a soluciones que de otro modo quedarían en la
penumbra. Una antigua noción filosófica, la “música de las esferas”, percibió la
armonía y la proporción en el movimiento de estrellas y planetas, distinguiendo
patrones de formas y resonancias que generaban sonidos cósmicos vinculados a las
órbitas. La idea de que el tono y la escala de una nota musical estaban en
proporción al peso de un martillo al golpear un yunque o a la extensión de una
cuerda punteada consiguió que Pitágoras descubriera las propiedades matemáticas
de la música. La música es quizá la más emotiva y abstracta de las artes, la que
tiene una relación más estrecha con las matemáticas, que a su vez son la más
poética de las ciencias.
La leyenda que narra la aptitud de Orfeo para encantar e hipnotizar con su
música a las bestias salvajes halla eco en la película La novia de
Frankenstein, donde vemos cómo el monstruo es hechizado por un sonido
melodioso al que se muestra receptivo. Atraído por la música que escucha salir
de una cabaña en el bosque, el monstruo decide entrar y hace amistad con el
habitante, un violinista ciego ajeno a su extraña apariencia. La música
tranquiliza y deleita a la criatura; los dos personajes entablan una relación
afectuosa, beben y fuman juntos. Inevitablemente los perseguidores del monstruo
lo localizan y atacan; en la cabaña se desata un caos que redunda en el incendio
y la muerte del músico.
En la misma película el doctor Frankenstein jura renunciar a sus
experimentos, se retracta y hace un pacto fáustico con un colega, el doctor
Septimus Pretorius, para crear a la compañera que el monstruo le exigía.
Pretorius ya había hecho criaturas humanas en miniatura, dotadas de raciocinio y
habla y vestidas con trajes de época, gracias al hallazgo de un proceso
presuntamente “orgánico”. Una de ellas es una pequeña bailarina de ballet que,
para molestia del doctor, se mueve solo cuando suena la “Canción de primavera”
de Mendelssohn. Otra, una sirena diminuta, fue resultado de “un experimento con
algas marinas”. Incapaz de lograr que estos homúnculos felices tengan un tamaño
real, Pretorius ha debido recurrir a la ayuda de Frankenstein, cuyas técnicas
dependen de la electricidad para dar la chispa vital –algo que quizá insinúa la
chispa divina– a su criatura. La novia creada por los dos científicos, por
supuesto, mejora el esfuerzo anterior de Frankenstein: luce un exótico peinado
adornado por un rayo que la hace ver como si acabara de insertar el dedo en un
contacto eléctrico. Ambas criaturas despliegan emociones y sentimientos; la
belleza de la novia embruja de inmediato al monstruo, cuyos intentos por
demostrar ternura son recibidos por los gritos de ella, que siente repugnancia
por el desagradable aspecto que él ofrece y terror por el filón agreste que
percibe en su naturaleza.
Frankenstein, la novela de Mary Shelley, es una parábola sobre el
peligro que entraña jugar a ser Dios. Fue un éxito instantáneo, y se convirtió
en un mito a escala global a través de las películas rodadas en los años
treinta. La interpretación de Boris Karloff se ha vuelto la imagen que define al
monstruo y el modelo de todas las recreaciones posteriores, eclipsando el
original más matizado de Shelley al acentuar la condición salvaje de la
criatura. La novela brinda una versión más compasiva del monstruo: retrata su
fragilidad, su sensibilidad y su tormento interior al enfrentar la hostilidad
constante que lo rodea. Shelley lo describe como un ser muy articulado y capaz
de expresar su confusión y remordimiento por los actos atroces que se ve
obligado a cometer.
Las hazañas de héroes y villanos ficticios echan raíces en la imaginación
popular a través de los relatos; son metáforas que representan deseos,
ambiciones o prejuicios. Entre los arquetipos clásicos están el sabio, el
embaucador, el mago, el vengador, el demonio y el científico loco. En la época
moderna abundan los ejemplos: Tarzán es una expresión bastante obvia de la
supremacía blanca, el hijo de un aristócrata –por supuesto– que domina a las
bestias de la jungla. Superman, modesto y sin pretensiones, un típico caballero
errante, derrota a las fuerzas del mal cuando se le provoca. El doctor Fausto
vende su alma al diablo a cambio de conocimiento y poderes sobrenaturales,
mientras que Dorian Gray canjea la suya por la juventud eterna y una vida
hedonista. Metrópolis, la película de Fritz Lang de 1927, llevó por
primera vez al cine el prototipo del científico loco en la figura de Rotwang, el
genio malévolo cuyas máquinas sustentan la ciudad subterránea y que inventa una
manera de clonar a la heroína, o al menos su versión rencorosa.
Quizá el personaje de la ficción moderna que mayor influencia ha recibido de
las estrategias de la ciencia es Sherlock Holmes, un héroe atípico cuya destreza
es más mental que física. En aquella época había aumentado la conciencia pública
de los avances y beneficios de la ciencia, y la noción de una era del hombre
científico flotaba en el aire. El personaje de Sherlock Holmes, más
sapiens que homo, encajó perfecto con esta apreciación. Su
genio para la deducción y el análisis lógico lo volvió una figura emblemática
que encarnaba la idea de la metodología científica: resolver un crimen era como
resolver una ecuación matemática. Su observación precisa y su capacidad de
identificar y localizar pistas ocultas, basándose en la inferencia y la
asociación para dar con la solución correcta –y en su caso
siempre asombrosa–, remitían a los procedimientos del científico. Tocar
el violín fortalecía sus reflexiones y contribuía a que su mente se concentrara.
Y un poco de cocaína lo ayudaba a enfocar mejor.
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En la década de 1790, el descubrimiento del galvanismo permitió creer en la
facultad de liberar fuerzas vitales mediante la electricidad. Los experimentos
del doctor Luigi Galvani mostraron que la electricidad aplicada a los tejidos
nerviosos de animales diseccionados causaba espasmos en los músculos. En sus
conversaciones con Lord Byron y Percy Shelley, Mary Shelley expresó esta idea:
“Quizá un cadáver podría ser reanimado; el galvanismo ha dado pruebas de dicha
posibilidad. Quizá los elementos que componen una criatura se podrían fabricar,
unir e inyectar de calor vital.” El galvanismo se desarrolló después como
terapia de choques eléctricos; en la ficción, sin embargo, el método empleado
por los científicos locos fue la electricidad, a la que el público lego
adjudicaba poderes místicos.
Establecido en 1890, el uso de la silla eléctrica añadió una connotación
negativa a los beneficios positivos que la gente veía en esta nueva fuente de
energía. La chispa de la vida también podía ser la chispa de la muerte. Los
experimentos de Nikola Tesla con la electricidad, y en especial su invento de
grandes esferas y espirales de cobre que generaban campos eléctricos con
altísimos niveles de voltaje descargados en un estallido de relámpagos similar a
un despliegue pirotécnico, inspiraron las escenas espectaculares de las primeras
películas de Frankenstein. La metáfora de la electricidad como fuente de una
energía mítica fue remplazada posteriormente en la imaginación colectiva por la
radiación, los rayos láser y la transmutación.
De haber sido un mero resultado del logro científico, el monstruo de
Frankenstein se habría reducido a un robot, un humanoide capaz de seguir
instrucciones, realizar tareas, hacer cálculos y aun proceder de acuerdo con
ellos. Pero no habría podido tener sentimientos, humores o emociones que
impulsaran sus actos, vínculos amistosos con seres humanos ni la habilidad para
sostener una charla inteligente. La idea del autómata tiene su origen en
antiguas mitologías; los muñecos humanoides hechos con partes móviles eran
comunes en muchas culturas. Hombres como Aristóteles y Leonardo concibieron
figuras mecánicas más sofisticadas, y a partir del siglo XVIII la exhibición
pública de autómatas se volvió un entretenimiento popular. El legendario Golem
judío, un monstruo antropomórfico creado de una sustancia inerte similar al
barro y dotado de vida gracias a la magia, era un patán torpe que podía cumplir
tareas con ímpetu pavloviano pero no mucho más. Se comportaba igual que un
robot. La fascinación por los autómatas mecánicos y el Golem rondaba de seguro
la mente de Mary Shelley cuando escribió su novela.
Las ideas nuevas y la innovación acorde con la sensibilidad en curso fomentan
la vitalidad cultural, mientras que el poder del hábito nos ata a costumbres
rígidas que al congelarse producen una tradición de prácticas atrofiadas. La
rutina y el convencionalismo impiden la renovación. La capacidad de ver el mundo
desde ópticas múltiples resulta esencial para una cultura vigorosa, ya que la
exime de la fatiga de lidiar con formas enquistadas que se han vuelto práctica
común. La visión y la imaginación permiten revitalizar la experiencia estética y
apuntar hacia nuevos horizontes. La comparación y la perspectiva generan mayores
grados de percepción, del mismo modo que conocer otro idioma nos deja
profundizar en el entendimiento de nuestra lengua materna.
El concepto del collage, el ensamblaje de distintos materiales al
yuxtaponerlos y acomodarlos en una composición coherente, fue una de las
propuestas fundadoras del arte moderno. El monstruo de Frankenstein, un mutante
improvisado con órganos y partes de cuerpos, era una especie de
collage humano al que se le dio vida. Podríamos preguntarnos si acaso
nunca envejecería, ya que empezó a existir como un adulto hecho y derecho, y
fantasear sobre lo que podría haber revelado durante la terapia en el diván de
Freud (otro doctor F). ¿Habrá sido asexual como los ángeles? ¿Necesitaba dormir
o tenía insomnio? ¿Soñaba con ser apuesto para así acabar con la agresión que
padecía? ¿Se negaba a aceptar su mala forma de vestir? Debe de haber sufrido de
depresión; no podía tener memorias reprimidas, ya que no podía recordar su
infancia. Carecía de padres y por ende del complejo de Edipo. Si hubiera sido
tolerado, si su naturaleza no hubiera sido maltratada por la incomprensión
maliciosa, qué gran historia habría podido contar: un relato fantástico que nos
habría dado una valiosa idea de su experiencia cuasi humana.
En Las metamorfosis de Ovidio, Orfeo habla del talentoso escultor
Pigmalión y de la hermosa estatua de marfil que talló: tan hermosa, de hecho,
que terminó por enamorarse de ella. La adornó con joyas deslumbrantes y telas
finas, señales de su adoración. Movida por las súplicas y las ofrendas del
escultor y halagada –uno imagina– al ver que la belleza sin par de la estatua se
asemejaba a la suya, la diosa Afrodita concedió el deseo de que la efigie
cobrara vida. Mientras la acariciaba y llenaba de besos, Pigmalión sintió que
los brazos y las piernas de la estatua se suavizaban y animaban y, claro está,
la oyó proclamar su amor por el que la había creado. Esta historia es una
metáfora de cómo el artista, apasionado y obsesionado por sus creaciones, puede
alcanzar la trascendencia y el logro personal a través del arte.
Al dejar que la imaginación alce el vuelo, el arte nos permite reinterpretar
constantemente nuestra naturaleza sin las ataduras de la razón y crear una
auténtica obra artística mediante una red de asociaciones dispares. Admitir
visiones y perspectivas alternativas posibilita que ampliemos nuestra
experiencia al adoptar y aceptar lo desconocido, lo extraño y lo
extraordinario.
Al subtitular su novela El moderno Prometeo, Mary Shelley encarnó
una parábola clásica –equiparable a la de la manzana de Eva– de cómo los dioses
castigan la curiosidad y la búsqueda de conocimiento insaciables. Todas estas
historias emblemáticas tienen una moraleja y junto con las fábulas y los cuentos
de hadas constituyen alegorías de situaciones arquetípicas, a algunas de las
cuales no les vendría mal cierta actualización.
Mientras deambula por el bosque, un joven leñador oye una voz plañidera que
surge de la maleza. Se agacha y descubre un sapo que le dice: “En realidad no
soy un sapo sino una hermosa princesa condenada por una bruja malvada a vivir en
este cuerpo hasta que un hombre me bese y rompa el hechizo. Por favor, bésame y
acaba con esta maldición que debo soportar.” El leñador recoge el sapo, lo mira
a los ojos y se lo guarda en un bolsillo. “Pero, buen leñador –suplica el sapo–,
¿por qué no me besas?” El joven hace una pausa y luego responde: “Es que en este
mundo hay muchas princesas, pero ¿un sapo parlante?”
Brian Nissen, Las secuelas de Frankestein, Letras Libres, Octubre 2012
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