Els reis filòsofs platònics.


... ¿por qué exige Platón que los filósofos sean reyes o reyes filósofos, si define a estos últimos como los amantes de la verdad, insistiendo, por otra parte, en que el rey debe ser «más valiente» y servirse de mentiras?

La única respuesta posible a esta pregunta es, por supuesto, la de que Platón piensa, de hecho, en algo muy distinto cuando utiliza el término «filósofo». Y, en verdad, vimos en el capítulo anterior que su filósofo no es el devoto buscador de la sabiduría, sino su orgulloso poseedor. Para Platón, el filósofo es el erudito, el sabio. Su programa exige, por lo tanto, el gobierno de los instruidos, la sofocracia, si se nos permite la expresión. A fin de comprender esta exigencia, antes debemos tratar de descubrir qué clase de funciones tornan conveniente que el gobierno del Estado platónico recaiga en un poseedor de conocimientos o, como dice Platón, en un «filósofo plenamente capacitado». Podernos dividir las funciones por considerar en dos grupos principales, a saber, las relacionadas con la fundación del Estado y las referentes a su preservación. (pág. 146)

La función primera y más importante del filósofo rey es la de fundar y dar las leyes a la ciudad. No es difícil comprender por qué Platón necesita a. un filósofo para esta tarea. Si el Estado ha de tener estabilidad, deberá ser una copia fiel de la divina Forma o Idea del Estado. Pero sólo un filósofo plenamente instruido en la más alta de todas las ciencias, es decir, la dialéctica, se hallará facultado para ver y copiar el divino original. Este punto recibe considerable atención en la pate de La República en que Platón desarrolla sus argumentos en favor de la soberanía de los filósofos. Los filósofos «aman la contemplación de la verdad» y un verdadero amante siempre quiere ver el todo, no solamente las partes. Así, el filósofo no ama, a diferencia de la gente vulgar, los objetos sensibles y sus «hermosos sonidos, colores y formas", sino que anhela «ver y admirar la naturaleza real de la belleza», vale decir, la Forma o Idea de la Belleza. De este modo, Platón confiere al término un nuevo significado, a saber, el de amante y observador del divino mundo de las Formas o Ideas. Es en este carácter como el filósofo puede convertirse en el fundador de una ciudad virtuosa: «El filósofo, que goza de la comunión con lo divino», puede sentirse «abrumado por la necesidad de materializar... su divina visión» de la ciudad ideal y de sus idea les ciudadanos. El filósofo es, pues, una especie de dibujante o pintor que tiene «lo divino por modelo». Sólo los verdaderos filósofos pueden «trazar el plan básico de la ciudad», pues son ellos los únicos capaces de ver el original y, por consiguiente, de copiarlo, «dejando que sus ojos vaguen de unlado a otro, del modelo al cuadro y nuevamente del cuadro al modelo». (págs. 146-147)

En su calidad de «pintor de constituciones» e! filósofo necesita la ayuda de la bondad y la sabiduría. Aquí añadiremos algunas observaciones con respecto a estas dos ideas y a su significación para e! filósofo en sus funciones de fundador de la ciudad. (pág. 147)

Para Platón, la sabiduría no como hemos visto, el conocimiento socrático de las propias limitaciones; tampoco significa lo que podríamos esperar normalmente, es decir, un caluroso interés en la humanidad y sus problemas, y una útil comprensión de los mismos. Los sabios de Platón, demasiado preocupados con los problemas de un mundo superior, «no tienen tiempo para bajar la mirada a los negocios de los hombres...; siempre tienen los ojos en alto, clavados en lo ordenado y lo medido». Lo que torna sabios a los hombres son los conocimientos adecuados: «Las naturalezas filosóficas son amantes de esa clase de aprendizaje que les revela una realidad que existe eternamente, sin extraviarse ni corromperse de una generación a otra». Al parecer, el tratamiento platónico de la sabiduría no logra llevarnos más allá del ideal de inmutabilidad. (págs. 147-148)

Los requisitos del sistema educacional como tal no pueden justificar la necesidad de filósofos en el Estado platónico, o el postulado de que los gobernantes deben ser filósofos. Claro está que eso sería muy distinto si la educación platónica persiguiera un objetivo individualista, aparte de su propósito de servir a los intereses de! Estado; por ejemplo, e! objetivo de desarrollar las facultades filosóficas por ellas mismas. Pero cuando se observa  e! miedo que tenía Platón de permitir toda aquello que guardase el menor parecido con e! pensamiento independiente, y cuando se advierte -como ahora- que e! objetivo teórico último de su educación filosófica era tan sólo el «conocimiento de la Idea de! Bien», incapaz de proporcionarnos una explicación articulada de esta Idea, se comienza a comprender que ya no es posible encontrar explicación alguna al problema. Y si se recuerda lo dicho en e! capítulo 4, donde vimos que Platón llegaba incluso a exigir ciertas restricciones en la educación «musical» de los atenienses, esta impresión se ve aún más fortalecida. La gran importancia atribuida por Platón a la educación filosófica de los magistrados sólo puede explicarse por otras razones i de carácter exclusivamente político. (págs. 148-149)

La sabiduría platónica es adquirida, en gran medida] con el solo fin de establecer un gobierno de clase político permanente. Se la podría definir como un «remedio» político, capaz de conferir facultades místicas a quienes lo adoptan, esto es, los médicos del Estado. (pág. 149)

Indica, más bien, que el problema se ha desplazado a otro terreno, planteándose ahora con respecto a las funciones políticas prácticas de! curador o médico. No es razonable pensar que Platón no haya perseguido algún propósito definido al idear su adiestramiento filosófico especializado. Debemos buscar, por consiguiente, una función permanente del gobernante, análoga a la función pasajera del legislador. La única esperanza de descubrir una función semejante parece residir en la esfera de la selección genética de la raza dominante. (pág. 149)

El mejor método para descubrir por qué es necesario confiar a un filósofo el gobierno permanente consiste en formularse la siguiente pregunta: ¿Qué le sucede a un Estado, según Platón, si no cuenta con el gobierno permanente de un filósofo? La respuesta de Platón es terminante: si los guardias del Estado, incluso los del perfecto, ignoran la sabiduría pitagórica y el Número Platónico, entonces la raza de los guardianes, y con ella el Estado, estarán condenados a degenerar. (pág. 150)

Karl R. PopperLa sociedad abierta y sus enemigos, Primera Parte, Ediciones Orbis, Barna,

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