El retorn de Marx.
Marx, como otros autores clásicos, consideraba que las reglas de juego del
capitalismo, y en particular el motor de la competencia, obligaría a las
empresas a luchar entre sí incrementando la explotación sobre sus trabajadores.
Al fin y al cabo el objetivo de las empresas es mantener o ampliar espacios de
rentabilidad, para lo cual es necesario sobrevivir en la selva de la guerra
competitiva. Si una determinada empresa se despista y se muestra menos belicosa
en esa tarea, por ejemplo subiendo salarios, las empresas rivales pueden tomar
la delantera y aprovechar para rebajar sus costes en relación a la empresa en
cuestión. Esos menores costes se traducirán en mayores ventas y en consecuencia
en mayores beneficios, asumiendo que los compradores prefieren el producto más
barato al más caro. Sabedora de este hecho, la empresa tendrá que reaccionar
tratando de reducir sus costes al nivel de sus rivales. Es decir, volviendo a
bajar los salarios. La amenaza es desaparecer en tanto que empresa.
| Karl Marx |
Por estas razones apuntadas, Marx y los clásicos consideraban que la
tendencia del salario era a alcanzar un nivel de mera subsistencia. La coerción
de la competencia llevaría a todas las empresas a alcanzar equilibrios de
mercado donde el salario estuviera totalmente deprimido y con ello se
mantuvieran condiciones de precariedad absoluta para los trabajadores. Dado que
además la coerción de la competencia también obligaba a reinvertir los
beneficios empresariales, Marx sumaba a la predicción de los salarios de
subsistencia la famosa advertencia de que el capitalismo estaba cavando su
propia tumba al aplicarse la ley de la tendencia decreciente de la tasa de
ganancia.
Pero el desarrollo del sistema capitalista, bajo la tendencia de la
concentración y centralización (empresas cada vez más grandes formando
monopolios u oligopolios), junto con el ascenso al poder de partidos
socialdemócratas y la aplicación de reformas que tenían como objetivo paliar las
consecuencias de dicho desarrollo, mostraron una realidad histórica bien
diferente a la que Marx había predicho. Las tesis de los revisionistas como
Bernstein aparecían triunfantes en la creencia, aparentemente demostrada, de que
el capitalismo podía domesticarse para evitar el negro oscuro que predecía el
marxismo original.
Lo cierto es que la emergencia de las grandes empresas formando monopolios
consiguió neutralizar la dinámica competitiva que, según Marx, debería haber
conducido a salarios de subsistencia para los trabajadores. En un
entorno de monopolio no es necesario luchar por reducir los costes laborales y
en consecuencia se pueden compartir ciertos espacios de ganancia con los
trabajadores si las instituciones, como el Estado, presionan para que así sea.
El problema que puede emerger tiene más que ver, como apuntaron los autores
neomarxistas (Sweezy, Foster, Magdoff), con la acumulación de ganancias por
parte del capital que no puedan encontrar espacios de inversión (tesis del
subconsumo). En cualquier caso, en ese marco de falta de competencia, los
salarios no tienden hacia niveles de subsistencia. La socialdemocracia y el
Estado del Bienestar pueden sobrevivir, si bien a costa de la sobrexplotación de
recursos naturales y de los países en desarrollo.
Sin embargo, entre los ochenta y los noventa la caída del llamado socialismo
real y la crisis de las organizaciones de izquierdas condujo a la hegemonía
neoliberal y a la puesta en marcha de políticas económicas que promovían la
libre circulación de capitales por todo el mundo. Estaba en marcha un nuevo
estadio de globalización financiera y productiva, donde la competencia volvía a
tener un lugar central en la actividad económica.
Las empresas de todos los países desarrollados, incluso aquellas que habían
mantenido por mucho tiempo sus monopolios, tuvieron que entrar de nuevo en el
tablero de la lucha competitiva. Y ese nuevo marco condujo de nuevo a la
vigencia de la dinámica propia del capitalismo y, en consecuencia, a la validez
de la predicción original de Marx. En todas partes las empresas luchaban por
reducir sus costes laborales para poder vencer en una competición que ahora les
enfrentaba con empresas de todo el mundo. Este sigue siendo nuestro contexto
actual. El llamado capitalismo salvaje o capitalismo sin máscara.
Este marco de libre competencia mundial trasciende a los Estados y, en
consecuencia, anula de facto la capacidad de la socialdemocracia de poder
enfrentar esa dinámica a través de la actividad parlamentaria. Es decir,
incapacita a las instituciones estatales para domesticar el capitalismo.
Cualquier intento de alcanzar a nivel estatal políticas reformistas
conduce necesariamente a una pérdida de competitividad de las empresas
nacionales, lo que se traduce en mayores tasas de desempleo. He ahí el
actual drama teórico y la confusión ideológica de los partidos políticos
socialdemócratas en toda Europa, más allá de sus resultados electorales, al
tener que enfrentar el dilema de precariedad o paro. Es decir, salarios de
subsistencia o desempleo.
La socialdemocracia tiene que elegir entre aspirar a vencer en la lucha
competitiva, aceptando un modelo de sociedad basado en salarios de subsistencia,
o mantener nichos reformistas construyendo de nuevo monopolios, bien porque
temporalmente domina tecnológicamente a partir de una determinada estructura
productiva (modelo alemán) o bien porque introducen medidas proteccionistas que
le aíslan de la lucha competitiva (modelo de capitalismo occidental de
posguerra).
En un contexto de globalización financiera y productiva, estadio al que
tiende siempre el capitalismo, Marx recupera su vigencia y sus tesis se
reafirman. Al capitalismo le sobran, en este contexto, todos aquellos elementos
que obstaculizan la posible victoria en una lucha competitiva. Dicho de otra
forma, al capitalismo le sobran actualmente los servicios públicos y los
derechos laborales. Y ante eso reaparece el viejo dilema de escoger entre un
modelo de sociedad bárbaro y un modelo de sociedad alternativo. Y ese modelo
alternativo sólo puede constituirse fuera del espacio capitalista, fuera del
capitalismo.
Alberto Garzón, Réquiem por la socialdemocracia, Economía para pobres. Público, 09/11/2012
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