La febre pamfletària.
Empecemos por Stéphane Hessel, que hace un par de años publicó un libro breve
y conminatorio: ¡Indignaos!. Tenía 93 años, había nacido el mismo año
de la revolución bolchevique y acarreaba una larga historia como combatiente de
la resistencia francesa, superviviente de los campos de concentración y redactor
de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos en 1948. ¡Indignaos!, publicado
por Destino, se convirtió de inmediato en un best seller. No era un
panfleto más, sino el panfleto que todo joven debía blandir frente al secuestro
de la política por parte de los poderes financieros.

Cuando salió este libro, ya circulaban en España otros textos que enfrentaban
el presente con imaginación, profundidad y, en caso de necesidad, vitriolo para
aderezarlos.
Es el caso de La Economía no existe, de Antonio
Baños (2009) o Fin de ciclo, de Isidro López y Emmanuel Rodríguez
(2010). El hecho de que estuvieran publicados por Ediciones
del lince o Traficantes
de sueños, demostraba no sólo un cambio de perspectiva generacional o
conceptual, sino también un desplazamiento editorial. En medio de la marea,
intentaban marcar una diferencia que iba desde el precio de los ejemplares hasta
el enfoque de los temas, pasando por el diseño y el formato de las
presentaciones.
Paradójicamente, ¡Indignaos! dinamitó esa tendencia editorial -todos
los grandes grupos fueron a la caza de su Hessel- y funcionó asimismo como
compuerta. Una vez abierta, la avalancha desbordó las librerías con incontables
imitadores abonados al libro anti-sistema, el manifiesto de urgencia, el libelo
de batalla… Si esto ocurría con las ediciones de papel, el revival del panfleto
en Internet fue, literalmente, inabarcable.
Desde que Marx y Engels lanzaran en 1848 el Manifiesto Comunista, la madre de todos los panfletos,
y medio siglo más tarde Zola esgrimiera el Yo acuso, este género con raíces en el libelo romano
no había conocido una remoción tan brutal.
Para funcionar, el panfleto debe obedecer a unas claves. Se da por sentado
que desvele una verdad oculta y que se lance contra el poder (aunque la figura
del panfleto oficial tiene larga historia). Se sobrentiende que sea efectivo y
hasta autoritario: ¡Uníos!-¡Reacciona!-¡Actúa!-¡Yo
acuso!-¡Indignaos!-¡Comprometeos! Más que responder a las dudas, sobre todo debe
disiparlas. El panfleto es a la política lo que la autoayuda a la psicología.
Ofrece un oasis y una certeza. No hay buen panfleto que no resulte euforizante.
Aunque no le falten buenas intenciones, el panfleto es perfecto para los
oportunistas. Y si bien es verdad que el género nos ha proporcionado alguna obra
maestra, hurgando un poco nos percatamos de que las que califican como tal son,
en realidad, textos travestidos. El contrato social es un panfleto
disfrazado de ensayo como el Manifiesto Comunista es un ensayo
disfrazado de panfleto.
La fiebre panfletaria ha conseguido modificar el criterio editorial del
ensayo. Así que no pocos editores –con el “potencial de venta” y no la toma del
Palacio de Invierno en su horizonte- se han lanzado en tromba por un género que
le ofrece al lector una confirmación y no una perplejidad. A partir de ahí, las
montañas de libros con esa autoayuda ideológica cuyo cóctel mezcla sin problemas
a Paulo Coelho con la lucha de clases.
Que el Manifiesto Comunista siga siendo el panfleto más vendido,
deja sin embargo en dificultades esa apuesta comercial. ¿Tanto remar para llegar
al punto de partida?
Por el momento, el verdadero damnificado del apogeo del panfleto no ha sido
el capitalismo, sino el ensayo: un texto armado con interrogantes tiene todas
las de perder ante un texto que se parapeta entre signos de admiración. Las
certezas venden más que las dudas; regla básica del panfleto y también, por
cierto, del mercado contemporáneo.
Iván de la Nuez, Autoayuda política, Babelia. El País, 10/11/2912
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