"Cada segon neix un nou idiota" (P.T. Barnun).
Creer es más fácil que no creer, implica menos tiempo y menos esfuerzo, sobre
todo en esta época donde la información copa todos los espacios públicos y
domésticos, y todo lo que hace el ciudadano es dejarla entrar, y permitir que
influya en su punto de vista y en sus decisiones. En ese mar de datos,
desprovistos de su contexto, que bulle cada minuto en las pantallas del
ordenador o del teléfono móvil o la televisión, se nos dicen un montón de cosas
en las que hay que creer, o no, como si se tratara un dogma de fe, porque van
avaladas y amplificadas por un medio de comunicación serio, o por una
institución solemne como la banca o el Estado.
La credulidad de esa gran masa que consume información cada minuto, es una de
las piezas clave de la crisis económica. Desde luego que la banca abusó de su
clientela, pero también la clientela tiene la responsabilidad de haber creído,
de haber tenido fe en el banco en lugar de reflexionar sobre la conveniencia de
obtener dinero tan fácilmente. (...)
Cada día recibimos información para creyentes, datos que apelan más a la fe
que a la ciencia, en todos los campos y disciplinas de la existencia. Se nos
informa de las bondades indiscutibles de la comida orgánica, sin presentarnos
nunca un análisis riguroso, con pruebas, resultados y estadísticas, para que
podamos reflexionar y decidir, y con base en esa misma credulidad, en esa
ausencia flagrante de contexto y de relato, se nos habla, con menos sensatez que
autoridad, de lo nefastos, o no, que resultan para la infancia los juegos
electrónicos; de la importancia, o no, de amamantar a los niños, hasta los tres,
seis u ocho meses; también se nos informa, por escrito o en una tertulia
radiofónica, de lo perjudicial que resulta la cercanía del teléfono móvil para
ciertos órganos vitales, y se nos venden como rigurosamente ciertos, aunque no
lo sean, los ingredientes que aparecen en el empaque del cereal, o de la
bollería industrial o de los refrescos, y de paso se nos habla de las
propiedades cancerígenas que adquiere el agua recalentada por el sol dentro de
un botellín de plástico convencional. (...)
Todo esto es información para creyentes, datos que no resisten el análisis y
que circulan por esa franja gris, donde nada es mentira ni verdad, en la que los
listos se mueven como peces en el agua.
Los creyentes servimos a todos los niveles y nuestra credulidad resulta
especialmente gravosa en un momento crítico como este, en el que los idiotas que
nacemos cada segundo, tendríamos que ser absolutamente escépticos ante esa
información abstracta, y convenientemente opaca, que se nos administra todos los
días como, por ejemplo, los indicadores económicos, las cifras del rescate
financiero, el ahorro que suponen los recortes, las medidas que se están tomando
para paliar la crisis y los años que nos va a tomar recuperarnos, y ya montados
en ese saludable escepticismo, deberíamos pedir que alguien nos explique los
detalles de la independencia de Cataluña, un proyecto para el que la fe no
parece instrumento suficiente.
Los ciudadanos requerimos más datos que nos permitan entender lo que está
pasando, porque estos temas tan graves no podemos enfrentarlos con la
tranquilidad y la ingenuidad de los creyentes.
Jordi Soler, Los creyentes, El País, 04/11/2012
http://elpais.com/elpais/2012/10/28/opinion/1351448752_590490.html
http://elpais.com/elpais/2012/10/28/opinion/1351448752_590490.html
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