La gestió interessada dels greuges.
Aquí no estamos hablando de guerra, todo lo más de una guerrilla de los
botones. Pero no nos engañemos. Salvando las distancias históricas, y la lógica
de la historia que quiere que los acontecimientos que se produjeron primero como
tragedia se repitan ahora como farsa —según la sentencia de Marx en El 18
Brumario de Luis Bonaparte, enmendando la observación de Hegel sobre el
repetirse de los acontecimientos históricos—, una vajilla carísima ya se ha
roto. Citaré otra vez a Pla, con perdón: “El mayor drama que la Guerra Civil
proyectó sobre este país no ha sido ni la miseria, ni el miedo, ni el cambio de
léxico, ni la despersonalización general: fue la quiebra de la amistad, la
liquidación de la confianza”.
| Josep Pla |
La quiebra de la amistad ya se ha producido, y no por el cepillado de un
Estatut concebido ya precisamente a tal objeto, por más que esa falsedad se
repita otras diez mil veces hasta que parezca una verdad goebbelsiana. Entre
esas mentiras, la supuesta animosidad de “Madrit” hacia los catalanes. Por más
que la repita Rubert de Ventós, al que en el foro le trataron, cuando era
senador, “como a un colonizado”, es falsa de toda falsedad, como sabemos todos
los que hemos vivido alguna vez en la capital, aunque no como senadores. No hace
tantos años en toda España ser catalán era disponer de un plus —no siempre
justificado, por cierto-—de eficacia, de trabajo, de seriedad y de modernidad. A
condición claro, de no ir por ahí diciendo “yo soy catalán y vosotros unos
borricos mesetarios”. Siempre había sido así. Siempre.
Pero ahora he constatado que ya no. Ahora, con esa permanente quejumbrosa
ofensa, ese victimismo exigente, esa xenofobia regional, esa lluvia de agravios
y ofensas a los andaluces gandules, a los extremeños miserables, a España la
ladrona cuando no “genocida cultural”, con esos escupitajos y amenazas y quema
de banderas y bramidos futboleros y modositas chulerías de Mas, que aquí ni
siquiera percibimos como ofensas, o que si las percibimos nos hacen gracia
porque las pronuncia un radiofonista de CiU contra Federico Losantos (“¡habría
que colgarle!”), pero que serían piedra de escándalo y motivo de rasgarse las
vestiduras si fueran en dirección contraria, se ha producido el resquemor. La
gente ya no se fía. El aura se ha perdido.
Se ha quebrado la amistad, y a algún imbécil le parece un asunto
insignificante…
Ignacio Vidal-Folch, La quiebra de la amistad, El País, 10/11/2012
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/11/09/catalunya/1352493075_252376.html
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