L'àngel que portem a dintre (Steven Pinker)
En libros como La tabla rasa y Cómo funciona
la mente, me he ocupado a fondo del concepto de “naturaleza humana”,
cuestión que se relaciona de manera muy directa con la de la violencia.
¿Tendemos o no los seres humanos de manera innata a la violencia? La cuestión se
remonta a Hobbes y Rousseau, cuyas ideas antitéticas discuto a fondo. En los
libros que he citado antes, lo primero que he tenido que hacer es adelantarme a
quienes niegan la existencia misma de la naturaleza humana. Progresistas y
pacifistas rechazan frontalmente la idea, porque según ellos aceptar una cosa
así equivale a decir que la violencia es algo inherente a la condición humana, y
por tanto algo de lo que jamás nos podríamos librar. Los instintos violentos
serían algo que llevamos impreso en los genes, en la sangre, en el cerebro.
Según los partidarios de esta idea, aceptar la existencia de la naturaleza
humana equivale a negar toda posibilidad de cambio, pero el argumento es
erróneo. La existencia de una naturaleza humana en toda su complejidad supone
que junto a los instintos que nos impulsan a ser violentos, hay instintos de
signo contrario (los ángeles que llevamos dentro). Todo depende de qué lado de
nuestra naturaleza acabe siendo más influyente. La violencia no ha sido un
elemento constante a lo largo de la historia. Ha habido periodos históricos más
violentos que otros. Con anterioridad a la aparición del Estado, nuestros
antepasados se veían involucrados en toda suerte de conflictos armados, y el
número de muertes violentas era muchísimo más elevado que hoy. Las estadísticas
nos permiten documentar un descenso vertiginoso en el número de homicidios
cometidos desde la Edad Media hasta nuestros días. Se ha abolido una enorme
cantidad de prácticas bárbaras, como las torturas y ejecuciones públicas. En
resumen, que el hecho de que los niveles de violencia no sean constantes es
perfectamente compatible con la teoría que sostiene la existencia de la
naturaleza humana. Cuando publiqué mis conclusiones en un blog, empecé a recibir
cartas de numerosos especialistas e investigadores procedentes de diversas
disciplinas que se apresuraron a decirme que los datos que manejaban
corroboraban mi sospecha de que la violencia había ido declinando a lo largo de
la historia. Empecé a atar cabos. Yo no era consciente de que los niveles de
muerte en guerra habían declinado tanto desde el final de la guerra fría. No era
consciente del descenso de los niveles de abusos infantiles y violencia
doméstica. No me había dado cuenta de que desde 1945 no ha vuelto a haber una
sola guerra entre las grandes potencias, algo insólito en la historia. Todo eso
planteaba un enigma que me parecía importante investigar.
El hecho de que yo crea en la existencia de una naturaleza
humana no me convierte en conservador. Creo que estamos dotados de un aparato
cognitivo de signo abierto capaz de concebir ideas nuevas acerca de cómo
organizar nuestras vidas. Hemos creado instituciones como los Gobiernos, todo
cuanto guarda relación con la literatura, numerosas formas de conocimiento,
instrumentos como la prensa, las bibliotecas, las universidades y otras muchas
manifestaciones del temperamento humano. Creo que la idea de progreso es
compatible con la creencia en la existencia de la naturaleza humana.
Hay que tener en cuenta, además, que Kant sí
creía en la existencia de la naturaleza humana, con todos sus defectos. Sus
argumentos a favor de la paz resultan valiosos precisamente porque no son
románticos ni éticos. No decía: “La paz es buena, por tanto, seamos pacifistas”.
Era perfectamente consciente de que para alcanzar la paz es necesario
implementar un sistema que reduzca los incentivos que arrastran a las naciones a
la guerra. No sirve de nada transformar mi espada en un arado si mi vecino no
hace lo mismo, porque en ese caso estoy abocado a convertirme en su víctima.
Kant era lo suficientemente cínico como para comprender que el pacifismo
unilateral no lleva a la paz. A esta percepción clarividente se suman varias
sugerencias sumamente prácticas, como su defensa de la democracia, aunque él no
empleaba ese término, sino republicanismo. Kant defendía la idea del comercio
como vehículo de paz. Si tus intereses están entremezclados con los de tu vecino
el riesgo de enfrentamiento disminuye. Otras ideas sumamente avanzadas que
preconizó fueron la formación de una comunidad internacional de naciones y el
cultivo de la hospitalidad universal. También defendió la idea de que no hubiera
ejércitos permanentes, aunque no prevaleció. Lo esencial es que comprendió que
la solución para acabar con las guerras era estructural, no ética.
(La idea de una Paz Capitalista) Es una idea herética, que me ha causado regocijo
comprobar que procede de Noruega y Suecia, lo cual le otorga una cierta
legitimidad. En mi opinión se trata de una constatación empírica, que no guarda
ninguna relación con cuestiones ideológicas. Los datos empíricos dan a entender
que los países capitalistas son menos proclives a embarcarse en guerras. Que
alguien de mi generación, forjado en los ideales de la década de los sesenta,
con su fuerte sentimiento antibelicista, diga algo así, puede resultar chocante.
Para mi generación capitalismo y guerra eran nociones intercambiables, pero las
estadísticas dan a entender que la idea no es ningún despropósito. Desde que
China, que no es un país democrático, se hizo capitalista a finales de los
ochenta, no se ha vuelto a ver involucrada en ninguna guerra. Si el objetivo es
ganar dinero, no reparar injusticias ancestrales, no la gloria nacional ni la
venganza en nombre del honor patrio, la guerra pasa a un segundo plano. No digo
que los datos que avalan esa hipótesis sean incontestables, pero creo que es una
hipótesis digna de tenerse en cuenta. En ese sentido, me parece altamente
significativo que la Unión Europea haya sido recientemente galardonada con el
Premio Nobel de la Paz.
El movimiento a favor de los derechos de los animales es
el mejor indicador de lo mucho que se ha avanzado en el camino que lleva hacia
una disminución gradual de la violencia en el mundo. Se trata de un indicador
importante porque en este caso las víctimas no están en condiciones de
defenderse. Velar por los derechos de los animales es cuestión de razón pura, de
pura empatía. Es el mejor ejemplo posible de cómo los ángeles que llevamos
dentro pueden influir de manera beneficiosa en nuestro comportamiento.
Eduardo Lago, Hacia el fin de la crueldad. Entrevista a Steven Pinker, Babelia. El País, 10/11/2012
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352470952_766370.html
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352470952_766370.html
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