Spinoza i la llibertat religiosa.
La primera edición del Tratado Teológico-Político, escrito en latín y
publicado en Ámsterdam por Jan Rieuwertsz entre finales de 1669 y comienzos de
1670, tenía, sin embargo, como lugar de edición Hamburgo y como editor Heinrich
(Henricum) Künraht [1]. No figuraba el nombre del autor. Constaba como
subtítulo: «Que contiene diversas disertaciones que muestran cómo la libertad de
filosofar puede garantizarse sin perjuicio de la Piedad y la Paz del Estado, y
que no puede destruirse sin que se destruyan también la propia Piedad y Paz
estatales».
Los Estados de Holanda
tomaron nota de la decisión del Tribunal y nombraron una comisión para que
estudiara el caso pero no tomaron medidas. Es probable que los regentes, que
gobernaban la Asamblea Provincial, se mostraran reacios a prohibir un libro que
no estaba escrito en holandés. También es posible que interviniera el Gran Pensionario Jan
De Witt, que ejercía un férreo control sobre los Estados [6]. En cualquier caso,
los sínodos continuaron presionando a las autoridades municipales y provinciales
sin demasiado éxito pues, durante los primeros años de la década de 1670, se
podía comprar en las librerías de las ciudades importantes, aunque con
discreción [7].
La situación cambió
radicalmente a raíz de la invasión de Holanda por las tropas de Luis XIV, en la
primavera de 1672. La caída y muerte de Jan De Witt y la consiguiente wetsverzetting (transformación legal profunda)
acabó con la era de la «verdadera libertad». El 19 de julio de 1674, el Tratado Teológico-Político, junto con otros
«libros socinianos y blasfemos» como el Leviatán, fue prohibido por las autoridades
políticas de la provincia de Holanda [8].
La traducción al
holandés de Glazemaker no apareció hasta 1693, mucho tiempo después de la muerte
del filósofo. Spinoza había logrado in
extremis, a comienzos de 1671
[9], detener la edición que
su editor Rieuwertsz había preparado sin su consentimiento. La conmoción y la
oleada de repulsa que el Tratado Teológico-Político había desatado no
hacían aconsejable sacar una traducción [10]. Además, el hecho de que el libro
no estuviera escrito en holandés permitía a Spinoza esquivar la suerte de los
hermanos Koerbagh.
El Tratado Teológico-Político se inscribe en el
marco de las tensiones político-religiosas que enfrentaron al Gran Pensionario de Holanda, Jan De Witt, con los
calvinistas intolerantes así como con los partidarios del príncipe de Orange,
deseosos de instaurar una monarquía absoluta. Abanderado del partido de los
regentes, los grandes comerciantes,
tolerantes, republicanos y pacifistas, De Witt defendía el liberalismo comercial
y la libertad de pensamiento que los propios intereses comerciales y la
prosperidad económica holandesa, así como la proliferación de sectas religiosas,
reclamaban.
Supuestamente De Witt y
Spinoza estaban en el mismo bando, el de los valores republicanos y la libertad
de pensamiento. La alabanza al sistema político holandés con que comienza el
Tratado Teológico-Político [11] tiene,
pues, todos los visos de ser una táctica por parte de Spinoza para asegurarse su
apoyo, y arremeter con mayor libertad contra los
predicadores.
Pero el filósofo holandés
sospechaba con razón que sus ideas podían resultar demasiado «escandalosas»
[12], de ahí el mensaje explícito —sin duda dirigido a De Witt [13]— con el que
termina el prefacio:
Yo no escribo nada que no lo
someta gustosísimo al examen y juicio de las supremas potestades de mi patria.
Si juzgaran, en efecto, que alguna de las cosas que digo, se opone a las leyes
patrias o que dificulta la salvación pública, la doy desde ahora por no dicha
[14].
Su objetivo de atraerse a
las autoridades civiles tuvo éxito sólo a medias. Como ya he señalado, los
Estados Generales de Holanda no llegaron a intervenir ante las demandas de los
sínodos [15], pero el filósofo no logró el apoyo incondicional que seguramente
esperaba [16]. El Gran Pensionario no sólo se negó a recibir a Spinoza [17]
y a respaldar sus ideas públicamente, sino que condenó el escrito [18] (a
pesar de lo cual la mentalidad popular les asoció inexorablemente)
[19].
Decididamente Spinoza había
llegado demasiado lejos. El compromiso de De Witt con la libertad era limitado.
Aunque estaba a favor de la tolerancia, la libertad religiosa y la «libertad de
filosofar», el Gran Pensionario apoyaba la
hegemonía de la Iglesia Reformada, y se negaba a suprimir todas las censuras y
prácticas restrictivas impuestas a los disidentes intelectuales y religiosos
[20]. Desaprobó el Tratado
Teológico-Político que, no lo olvidemos, defendía un Estado
democrático y podía representar una amenaza para el régimen y para la propia
sociedad, al cuestionar el sistema de castigos y recompensas que sustentaba el
orden social [21].
Según Nadler, el Tratado Teológico-Político no fue sólo fruto del
dolor causado por la muerte en prisión, en 1669, de Adriaan Koerbagh, ni
siquiera la respuesta a las crisis políticas de finales de los años sesenta,
sino la culminación de un largo proceso de reflexión sobre el Estado, la
religión, la tolerancia y la libertad [22].
El objetivo del escrito,
como queda reflejado en una carta de Spinoza a Oldenburg [23], era triple. Por
un lado, el filósofo se proponía limpiar su nombre de la acusación de ateo que
empañaba su reputación. Dado que, en la época, el término se aplicaba a los
disolutos, licenciosos y libertinos, el autor del Tratado, que llevaba una vida ejemplar e
irreprochable, debía sentirse particularmente molesto y ofendido por el
tratamiento [24].
Pero además, se trataba de
defender la libertad de pensamiento y de expresión, permanentemente amenazada,
coartada y amordazada por unos teólogos calvinistas [25] a los que el filósofo
ataca sin miramientos, con una vehemencia desconocida [26] en sus restantes
obras, y con una carga de amargura y de aflicción
indisimulada.
Los verdaderos cismáticos
son aquellos que condenan los escritos de los demás e instigan al vulgo
presuntuoso contra los escritores, y no estos escritores, que las más de las
veces sólo a los doctos se dirigen, y sólo a la razón llaman en su auxilio
[27].
Por muy racional que Spinoza
fuera, la muerte de su amigo, víctima de la intolerancia y de la falta de
libertad, debió de suponer un golpe terrible para él, que se sumaba a su propia
excomunión [28], al intento de apuñalamiento [29], y a la tragedia de Uriel da
Costa [30]. Su ataque a los teólogos, que le «tendían por todas partes
asechanzas», como escribe a Oldenburg [31], era parte de una estrategia
defensiva que buscaba acabar con una trayectoria vital marcada por la represión,
la persecución, el hostigamiento, y el continuo acoso por parte de los fanáticos
de turno, siempre al acecho para lanzarse sobre él al menor indicio de
visibilidad.
No es, pues, extraño que la
libertad fuese para él una exigencia vital, una necesidad básica sin la cual su
vida, dedicada a la filosofía y a la búsqueda de la verdad, quedaba desvalida. Y
es que pocos autores han estado tan necesitados de libertad como Spinoza porque
probablemente ninguno haya carecido tanto de ella. Y, sin embargo, vivía en el
país más libre y tolerante de Europa, que garantizaba la libertad de conciencia
[32], prueba por excelencia de su excepcionalidad.
Si, como se ha dicho,
Spinoza dedica cuatro largos años [33] a escribir el Tratado Teológico-Político, aparcando durante ese
tiempo su búsqueda de la verdad, es decir, su
dedicación a la filosofía, es porque la situación política se estaba volviendo
cada día más comprometida. De ahí el tercer objetivo del Tratado Teológico-Político: combatir a los
predicadores intolerantes y minar su autoridad. Para ello Spinoza utiliza una
táctica fulminante, la de socavar su fuente de legitimidad, las Sagradas
Escrituras, en cuyo nombre acosaban, denunciaban, y perseguían a los disidentes,
y presionaban al poder político.
En la primera parte de la
obra, la teológica, el filósofo holandés lleva a cabo una completa labor de
demolición del Antiguo Testamento, demostrando que, lejos de ser la palabra de
Dios, no es más que una colección de mitos, parábolas y fantasías [34] escritos
por diversos profetas y autores desconocidos, a lo largo de un dilatado período
histórico. Fábulas y ficciones que persiguen una finalidad concreta, la de
enseñar sencillas verdades morales a un pueblo inculto e ignorante como el
judío. Spinoza desvela las incoherencias internas de los textos [35], las falsas
cronologías, así como su carácter histórico fruto de unas exigencias sociales y
culturales determinadas, iniciando de este modo la moderna exégesis
bíblica.
Aún así, según Spinoza, el
código moral que encierra el Antiguo Testamento sigue teniendo validez. El
problema es que los teólogos lo han sepultado bajo una avalancha de ritos,
supersticiones y prejuicios que impiden a los hombres gobernarse por su razón y
obstaculizan su «libertad de filosofar» [36]. Spinoza desvela su esencia y sus
enseñanzas fundamentales, que se resumen en siete dogmas, la creencia en un
único Dios, supremo, justo y misericordioso, omnipresente y todopoderoso, en la
vida ultraterrena, la salvación y la condenación eternas, y el amor al prójimo.
Pero si quisiéramos extractar aún más ese credo mínimo, esos «dogmas de la fe
universal», tendríamos simplemente que hablar de amar a Dios y al prójimo [37].
A eso se reduce la fe [38].
Es ese amor al prójimo lo
que constituye, según Spinoza, el valor de la religión, que cumple el cometido
de impulsar entre los hombres la justicia y la caridad, es decir, promueve
elementales reglas morales. Lo que cuenta, por consiguiente, es su función
social. Pues la religión no consiste en creencias sino en obras y, al ser las
creencias un asunto personal, no pueden ser impuestas por ninguna autoridad.
Poco importa, por lo tanto, concebir a Dios como fuego, espíritu, luz o
pensamiento, poco importa admitir el libre albedrío o creer que todo está
determinado, poco importa aceptar o no la existencia de un más allá donde se
premia a los buenos y se castiga a los malos [39]. Las autoridades religiosas y
los poderes públicos sólo tienen competencia sobre los comportamientos sociales.
En consecuencia, la libertad de filosofar tiene que ser
respetada.
La fe, por tanto, deja a
cada uno la máxima libertad de filosofar para que cada uno pueda pensar sobre todas las cosas lo que le parezca
conveniente [40].
Según Michael A. Rosenthal,
no hay que ver en ese credo de siete dogmas que resume la esencia del Antiguo
Testamento ninguna intención espuria de crear una nueva religión de la razón, ni
una religión cívica [41], ni desde luego de abolir las religiones reveladas.
Pues lo único que buscaría el Tratado
Teológico-Político sería ratificar la validez de los textos sagrados,
a pesar de las contradicciones que encierran [42]. Validez que, como hemos
visto, no reside en su contenido teológico sino en su función social. La
religión continuaría siendo necesaria pues los hombres son incapaces de llevar
una vida racional y siguen encadenados a sus pasiones. Y Spinoza no tendría más
remedio que admitirlo.
Pero esta lectura de un
Spinoza defensor de las Escrituras choca con la opinión unánime de sus
contemporáneos, que concibieron el Tratado
Teológico-Político como un escrito ateo, así como de numerosos
autores actuales (Leo Strauss, Yirmiyahu Yovel, Stephen B. Smith, Jonathan
Israel, etcétera). En mi opinión, Rosenthal está equivocado pues la finalidad de
Spinoza, al desplegar ante los ojos de los fieles el contenido de las
Escrituras, no es otra que denunciar las prácticas y enseñanzas de unos
predicadores que violan sistemáticamente el mensaje fundamental de los textos
sagrados, es decir, el deber de practicar la justicia y amar al prójimo. El
objetivo del Tratado Teológico-Político
sería, por lo tanto, el de acotar a la caridad con el prójimo la esfera
de deberes exigibles a los fieles, con el fin de salvaguardar la libertad de
pensamiento y expresión.
Es cierto que, si el
capítulo XIV del Tratado Teológico-Político
ha dado pie a lecturas tan opuestas, es porque destila una cierta
ambigüedad. Hay ciertamente unanimidad entre los investigadores a la hora de
concebir los siete dogmas como la «esencia» de las Escrituras. La cuestión está
en esclarecer si dicho credo, por muy vaciado de contenido teológico y por muy
cargado de moral que esté, es obligatorio para todos los ciudadanos del
Estado, como deduce Rosenthal, o sólo para los fieles. A mi juicio, esta segunda
interpretación es la correcta.
Porque, como sostiene Leo
Strauss [43], Spinoza no admite para sí —ni para los individuos racionales— unos
dogmas que sólo le parecen útiles para los hombres comunes. Como declara en su
carta a Willen van Blijenbergh, «los filósofos y todos aquellos que están por encima de la ley […] practican la
virtud, no como una ley, sino por amor, porque es lo más excelente»
[44].
Las religiones reveladas son
efectivamente útiles para todos aquellos individuos —y Spinoza cree que son la
mayoría— que no se guían por criterios racionales [45]. Pero sólo para ellos. Porque quienes se rigen por la
razón, los sabios o filósofos, no necesitan la fe para obrar bien, ni
estímulos ni amenazas exteriores para ejercer la justicia y la piedad [46]. La
virtud es en sí misma su recompensa.
Religión y filosofía son,
pues, dos esferas estrictamente separadas [47], como Spinoza declara
repetidamente y como queda de manifiesto en el título del capítulo XIV que
venimos comentando [48]. Y el cometido de la religión no reside en buscar la
verdad, sino tan sólo en predicar la piedad y la justicia. Su reino es el de la
obediencia, la sumisión y el sometimiento, en suma, el de la imaginación y lo
no-racional. Por el contrario, el ámbito de la filosofía es el de la libertad y
la razón [49].
Aunque Spinoza desearía que
todos los hombres pudieran abandonar el ámbito de la fe, que les mantiene
cautivos y dependientes [50], es consciente de que es una guerra perdida de
antemano. Ante la hegemonía de las pasiones, al racionalista no le cabe más que
admitir la necesidad de la religión para los individuos no racionales, es decir,
para la mayoría de la
sociedad.
Esto muestra claramente a
quiénes y por qué razón es necesaria la fe en los relatos de las Sagradas
Escrituras. Se ve, clarísimamente en efecto, que el pueblo, cuyo genio grosero es incapaz de percibir
las cosas de un modo claro y distinto, no puede absolutamente prescindir de esos
relatos [51].
Porque, al ser el vulgo «incapaz de percibir las cosas de un modo
claro y distinto» [52], «necesita no sólo el conocimiento de la Escritura, sino
pastores, ministros de la Iglesia que le den una enseñanza proporcionada a la
debilidad de su inteligencia» [53]. Sólo el sabio queda liberado
[54].
Pero, más allá de ese código
moral que, al predicar el amor al prójimo, facilita la convivencia y cohesiona a
la sociedad, las creencias religiosas son un asunto privado [55], incluso para el pueblo.
Puesto que cada uno tiene
por sí mismo el derecho de pensar libremente, incluso
sobre la religión, y no se puede concebir que alguien pueda perderlo,
cada hombre tendrá también el supremo derecho y la suprema autoridad
para juzgar libremente sobre la religión
[…] y emitir un juicio sobre ella
[56].
Con su alegato a favor de la
libertad religiosa, Spinoza no sólo arrebataba a los teólogos buena parte de su
autoridad, circunscribiendo su jurisdicción esencialmente a límites morales,
sino que, además, apuntaba su diana contra los Estados (prudentemente
denominados monárquicos) que instrumentalizan la religión y la usan como un arma
para mantener sometido al pueblo, contra los regímenes que apelan al más allá, a
la esperanza y al temor a los castigos eternos, para afianzar su
poder.
El gran secreto del régimen
monárquico y su máximo interés consisten en mantener engañados a los hombres y
en disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo con el que se les
quiere controlar [57].
Tales métodos que, en vez de
sofocar, alimentan las sediciones [58], no pueden tener cabida, según el
filósofo, en un Estado libre. El aviso para navegantes no podía echarse en saco
roto. Jan De Witt y el partido de los regentes estaban obligados a leer entre
líneas que su obligación y responsabilidad exigían salvaguardar la libertad
[59], por muchas presiones e injerencias que sufrieran por parte de los
predicadores. El Tratado Teológico-Político
les recordaba, en efecto, que los teólogos les estaban disputando una parcela de
sus derechos de soberanía [60].
El pulso entre el poder
político y los grupos más intolerantes de la Iglesia Reformada venía de lejos.
Una de las razones por las que el De Cive
de Hobbes había sido tan bien acogido entre los republicanos holandeses
era porque proclamaba el poder absoluto del Estado frente a las Iglesias. En ese
clima de permanente tensión entre los regentes y los teólogos calvinistas, la
obra hobbesiana proporcionaba argumentos al partido de los regentes. Pero la
publicación en holandés del Leviatán, en
1667, produjo una reacción contraria. La apuesta de Hobbes por la monarquía
absoluta encerraba una amenaza potencial para el régimen republicano, al
facilitar munición ideológica a los seguidores del Príncipe de Orange, deseosos
de instaurar una monarquía absoluta. Tres años más tarde de la publicación en
Holanda del Leviatán, Spinoza se apresuraba
a rebatir a Hobbes declarando, en la segunda parte del Tratado Teológico-Político, que el régimen más
natural y más conforme con la razón era el democrático.
He preferido […] esta forma
de gobierno, porque me parecía la más natural y la más aproximada a la libertad
que la naturaleza concede a todos los hombres. En ella nadie transfiere a otro
su derecho natural, de manera que no pueda participar en las deliberaciones en
el porvenir, sino que este poder reside en la mayoría de toda la sociedad de la
cual él constituye una parte [61].
Puede sorprender, sin
embargo, que Spinoza prefiriera la democracia [62] al sistema aristocrático
holandés, defensor de los valores republicanos, la tolerancia, y la libertad de
pensamiento y expresión. Y más extraño aún puede resultar su opción por un
régimen inexistente en la Europa de las grandes monarquías absolutas, salvo en
los cantones suizos de los que el filósofo probablemente ni siquiera había oído
hablar.
Pero su defensa de la
democracia se deriva del fin que atribuye
al Estado, que no es otro que garantizar la libertad
individual.
De los fundamentos del
Estado a que nos hemos referido más arriba, se deduce evidentemente que su fin
último no es dominar a los hombres ni acallarlos por el miedo o sujetarlos al
derecho de otro, sino, por el contrario, libertar del miedo a cada uno para que,
en tanto que sea posible, viva con seguridad, esto es, para que conserve el
derecho natural que tiene a la existencia, sin daño propio ni ajeno. Repito que
no es el fin del Estado convertir a los hombres de seres racionales en bestias o
en autómatas, sino, por el contrario, que su espíritu y su cuerpo se
desenvuelvan en todas sus funciones y hagan libre uso de la razón sin rivalizar
por el odio, la cólera o el engaño, ni se hagan la guerra con ánimo injusto. El
fin del Estado es, pues, verdaderamente la libertad
[63].
El telón de fondo de este
párrafo y el punto de referencia inevitable es Hobbes. A él se refiere Spinoza
de manera recurrente –aunque implícita—, y es contra el Estado hobbesiano —que
sólo cumple su misión haciéndose temer y ahogando los derechos políticos [64] y
la libertad de expresión [65]— contra el que se alza el filósofo holandés. Pues,
a diferencia de Hobbes, el fin del Estado no radica para Spinoza en salvaguardar
la vida de los individuos a costa de convertirles
en bestias o autómatas, es decir forzándoles a la obediencia y a la sumisión
[66]. Spinoza va más allá al atribuir al Estado, no solamente la misión de velar
por la seguridad física de sus súbditos,
sino también por la intelectual respetando
su derecho a vivir según los dictados de su razón.
Tal derecho exige que el
Estado no recurra a la religión para reforzar la obediencia y apuntalar el orden
social, sino que salvaguarde la libertad de pensamiento y
expresión.
A pesar de que Spinoza
sostiene, al igual que Hobbes, que el soberano —sea cual fuere la forma de
Estado — tiene en teoría [67]— derecho a
todo [68], y hasta puede gobernar con violencia y dar muerte a los ciudadanos
por causas baladíes [69], niega que, en la
práctica, pueda hacer uso de ese derecho. Aunque el filósofo holandés no discute el derecho del
Estado, sí cuestiona su utilidad.
No pudiendo hacerse tales
cosas sin gran peligro de todo el Estado, podemos negar lógicamente que tengan los soberanos poder
absoluto para estas y otras cosas semejantes y, por consecuencia, un derecho absoluto
[70].
Así, por muy absoluto que
sea un Estado, el individuo conservará siempre una parcela de derechos
irrenunciables.
Si los hombres pudieran ser
privados de su derecho natural de suerte que, en lo sucesivo, no pudieran nada sin el consentimiento de quienes
detentan el derecho supremo, éstos podrían reinar impunemente sobre los súbditos
de la forma más violenta, cosa que no creo le pase a nadie por la mente. Hay que
conceder, pues, que cada uno reserva muchas parcelas
de su derecho [71].
Pues nadie —insiste Spinoza—
puede renunciar a sus derechos hasta el punto de dejar de ser hombre [72], ni
ningún Estado puede situarse por encima del individuo y ahogar sus
libertades.
Aunque Spinoza no piensa aún
en términos de división de poderes y admite que el poder del soberano es
absoluto —Locke no publicará su Ensayo sobre el
gobierno civil hasta 1690, victoriosa ya la revolución de 1688 e
instalado en el trono Guillermo de Orange— no hay que dejarse llamar a engaño.
El carácter absoluto del Estado spinozista no va en detrimento de los súbditos,
cuyas derechos son en la práctica
inviolables, sino del excesivo poder de los teólogos calvinistas. A pesar
de que algunas de las formulaciones de Spinoza pueden inducir a pensar que es
partidario de una democracia con poderes absolutos —y de ahí los puentes que
algunos investigadores han tendido con Rousseau [73]— ambas formas de democracia
son opuestas.
El reconocimiento de una
esfera de libertades individuales irrenunciables, que el Estado tiene que
respetar [74], es la piedra de toque que separa a Spinoza de los pensadores
republicanos, como Maquiavelo y más tarde Rousseau [75], y le vincula a los
teóricos liberales [76]. En efecto, Spinoza, como Kant, como Tocqueville, y como
los restantes autores de la familia liberal, convierte a la libertad individual
en el eje de su pensamiento, y concibe el Estado como un mero instrumento [77] y
a la democracia como un simple medio —aunque el mejor— para dotar al individuo
del marco de seguridad y libertad que posibilita su autorrealización.
Autorrealización que se enmarca en la esfera de la vida privada, lejos de los
avatares de la política.
Pero, aunque las metas que
persiguen los seres humanos sean de índole individual, se alcanzarán más
fácilmente si cuentan con el respaldo, la complicidad y la comprensión del resto
de la sociedad [78]. La ética spinozista es una ética solidaria y democrática —a
pesar de sus tonalidades elitistas— que concibe el conocimiento y la búsqueda de la verdad como una vía abierta a
todos los que quieran explorar el duro camino de la perfección. Y cuantos más
sean éstos, mejor para todos.
Este es, pues, el fin al que
tiendo: adquirir tal naturaleza (el verdadero bien) y procurar que muchos la
adquieran conmigo; es decir, que a mi felicidad pertenece contribuir a que otros
muchos entiendan lo mismo que yo […] (Por eso es necesario) formar una sociedad,
tal como cabría desear, a fin de que el mayor número posible de individuos
alcance dicha naturaleza con la máxima facilidad y seguridad
[79].
El Tratado Teológico-Político termina con un canto
al pacifismo y al cosmopolitismo, fuentes de la prosperidad y el crecimiento de
Ámsterdam, donde viven en la mayor concordia «los hombres de cualquier secta y
de cualquier opinión» [80].
Notas
1. Steven Nadler, Spinoza, Acento, Madrid, 20004, p.
367.
2.
Nadler,
Spinoza, op. cit., p.
399.
3.
En carta
a Oldenburg, Spinoza habla de los «estúpidos» cartesianos que, aunque decían
simpatizar con él, no cejaron de denigrar su obra para alejar las sospechas de
coincidir con ella, Correspondencia, edición de
Atilano Domínguez, Alianza, Madrid, 1988, carta 68, p.
377.
4. Nadler, Spinoza, op. cit., p.
400.
5. Nadler, Spinoza, op. cit., p.
401.
6.
Lo que
no significa, como veremos, que estuviera de acuerdo con el contenido del libro.
Ver Jonathan Israel, Radical Enlightenment. Philosophy and the Making of
Modernity 1650-1750, Oxford University Press, Nueva York, 2002, p.
275.
7.
Según
Israel, el Tratado Teológico-Político nunca
circuló libremente en Holanda. Ése es un mito carente de todo fundamento.
Israel, Radical Enlightenment. Philosophy and
the Making of Modernity 1650-1750, p. 276.
8.
Nadler, Spinoza, op. cit., p.
433.
9.
Spinoza,
Correspondencia, op. cit., carta 44
a Jarig Jelles del 17 de febrero de 1671, p. 292.
10.
Israel, Radical Enlightenment. Philosophy and the Making of
Modernity 1650-1750, op. cit., p. 278.
11.
«Viendo,
pues, que nos ha caído en suerte la rara dicha de vivir en un Estado, donde se
concede a todo el mundo plena libertad para opinar y rendir culto a Dios según
su propio juicio, y donde la libertad es lo más apreciado y lo más dulce…».
Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Alianza, Madrid, 1986, p. 65.
12. Ver
Spinoza, Tratado
Breve, edición de Atilano
Domínguez, Alianza, Madrid, 1990, II, 18, p.
138.
13.
Sobre
las relaciones Spinoza-De Witt, algunos investiga-dores han sugerido que Spinoza
era el «alma máter» que impulsaba el liberalismo de De Witt, y otros que De Witt
apoyaba económicamente a Spinoza por sus ideas innovadoras. No obstante, no hay
indicios de contactos entre ambos, aunque es cierto que tenían amigos y
conocidos comunes. Herbert Rowen, que examinó exhaustivamente los papeles de De
Witt, no encontró nada que probara dicha relación. Popkin se muestra escéptico
en este tema y califica de «románticas» las tesis que sostienen posibles
vínculos entre ambos. Richard H. Popkin, Spinoza,
Oneworld, Oxford, 2004, pp. 142 y 143 nota 77.
14.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Alianza, op.
cit., prefacio, pp. 72-73.
15.
Israel, Radical Enlightenment. Philosophy and the Making of
Modernity 1650-1750, op. cit.,
p. 277.
16.
El
«mito» de las relaciones Spinoza-De Witt a las que me he referido antes, así
como el de la pensión que éste último habría concedido a Spinoza, habría sido un
invento de su biógrafo Jean-Maximilian Lucas. Nadler, Spinoza, op. cit., p.
353.
17.
Según
Nadler, De Witt desaprobó hasta tal punto las ideas democráticas de Spinoza que,
después de leer el Tratado
Teológico-Político, se negó a entrevistarse con él: «Cuando Spinoza
se enteró de que su Excelencia había desaprobado su libro, le envió un emisario
a fin de concertar con él una entrevista. Pero la respuesta de su Excelencia fue
que no deseaba en modo alguno verlo atravesar su puerta». Citado por Nadler,
Spinoza, op. cit., p.
350.
18.
De Witt
habría calificado a Spinoza de «bellaco que merecería la cárcel». Citado por Israel, Radical Enlightenment. Philosophy and the Making of
Modernity 1650-1750, op. cit., p. 278.
19.
En los
libelos que proliferaron en 1672, a raíz de la muerte de Jan de Witt, se
describe el Tratado Teológico-Político como
«forjado por el judío renegado en el infierno, en compañía del diablo», y se
acusa al Gran Pensionario de haber
permitido su publicación. K.
O.
Meinsma, Spinoza et son cercle, Vrin, París, 1983, pp.
406-439.
20.
Nadler, Spinoza, op. cit., p.
350.
21.
Israel, Radical Enlightenment. Philosophy and the Making of
Modernity 1650-1750, op. cit., pp.
277-278.
22.
Nadler,
Spinoza, op. cit., p.
243.
23.
Spinoza,
Correspondencia, op. cit., carta 30, p.
231.
24.
Meinsma,
Spinoza et son cercle, op. cit., p.
397.
25.
Ibídem.
26.
«Son
realmente Anticristos aquellos que persiguen a los hombres de bien y amantes de
la justicia, simplemente porque disienten de ellos y no defienden los mismos
dogmas de fe que ellos». Spinoza, Tratado
Teológico-Político, Alianza, op.
cit., p. 312.
27.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, Madrid,
2007 (4.ª ed.), cap. XX, p. 132.
28.
Sobre la
excomunión, ver Meinsma, Spinoza et son cercle,
op. cit., p. 124. En Nadler, Spinoza,
op. cit., pp. 173 ss.
29.
Ver
Meinsma, Spinoza et son cercle, op.
cit., p. 123.
30.
Ver, por
ejemplo, Gabriel Albiac, La sinagoga vacía. Un estudio
de las fuentes marranas del espinosismo, Hiperión, Madrid, 1987, pp. 183 ss.
31.
Spinoza,
Correspondencia, op., cit., carta
68, p. 377.
32.
El
tratado de la Unión de Utrecht, de 1579, que dio lugar a las Siete Provincias
del Norte de los Países Bajos reconocía, en efecto, la libertad de conciencia.
Libertad forjada en la lucha de independencia contra la Corona -española, que
promovió lazos de unión entre las distintas sectas y sentó las bases de una
tolerancia que haría de las Siete Provincias del Norte, pero sobre todo de
Holanda, tierra de acogida para los disidentes, en el marco de Estados
caracterizados por la rigidez y dureza de la Inquisición, como
España.
33.
Ver
Atilano Domínguez, «Spinoza», Fernando Vallespín (ed.),
Historia de la Teoría política, 2, Alianza, Madrid, 1990, p. 318.
34.
Spinoza
cuestiona, por ejemplo, que el Pentateuco fuese escrito por Moisés, que sus
preceptos fuesen de origen divino, que los judíos fuesen una nación superior o
el pueblo elegido, etcétera.
35.
Ver, por
ejemplo, Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Alianza, op. cit., cap. VII, p.
205.
36. La
fe, dice Spinoza, ya no es más que «credulidad y prejuicios». Pero unos
prejuicios «que transformaban a los hombres de racionales en brutos».
Tratado
Teológico-Político, Alianza, op. cit., prefacio, p.
67.
37.
«Todo el
culto de Dios y su obediencia consiste únicamente en la caridad y la justicia, o
sea, en el amor del prójimo». Spinoza, Tratado
Teológico-Político, Tecnos, op.
cit., cap. XIV, p. 52.
38.
«La fe
no exige tanto la verdad como la piedad». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Tecnos, cap. XIV, p.
53.
39.
Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Tecnos, op. cit., cap. XIV, pp.
52-53.
40.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. XIV, p. 54. La cursiva es
mía.
41.
Una
religión cívica que tendría grandes similitudes con la «religión del ciudadano»
de El contrato social. Ver Jean-Jacques Rousseau, Le contract social, en Oeuvres
Complètes, Gallimard, París, 1964, III, p.
468
42.
Michael Rosenthal,
«Spinoza’s Dogmas of the Universal Faith and the Problem of Religion», Philosophy&Theology, 13, 1, 2001, pp.
56-57.
43.
Según
Leo Strauss, existe un abismo entre los sabios y la multitud en Spinoza. Ver
La critique de la religión chez Spinoza ou Les
fondements de la science spinoziste de la Bible. Recherches pour une étude du
«Traité théologico-politique», Les Éditions du Cerf, París, 1996, p.
277.
44.
Spinoza, Correspondencia,
op. cit., carta 19 a Willen van
Blijenbergh, p. 171. La cursiva es mía.
45.
«Sé
también que es tan imposible que el vulgo se libere de la superstición como del
miedo (pues)… no se guía por la razón, sino que se deja arrastrar por los
impulsos». Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Alianza, op. cit., prefacio, p.
72.
46.
«A quien
da a cada uno su derecho, sólo por miedo al poder público, obedeciendo a una
autoridad extraña y bajo la presión del mal que recela, no se le puede llamar
justo. Al contrario, el que da a cada uno su derecho, porque conoce la razón de
las leyes y su necesidad, obra con cuidado constante, no por voluntad extraña,
sino por la propia, y merece realmente el nombre de justo». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. IV, p. 17.
47.
«Entre
la fe y la filosofía no hay comercio ni afinidad al-guna, lo cual no puede
ignorar nadie que conozca el principio y -fundamento de estas dos facultades que
realmente discrepan en absoluto». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. XIV, p. 53. La cursiva es
mía.
48.
«Qué sea
la fe y qué los fieles; se determinan los fundamentos de la fe, y después se la
separa de la filosofía». Spinoza, Tratado
Teológico-Político, Tecnos, op.
cit., p. 46.
49.
«El fin
de la filosofía no es otro que la verdad». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. XIV, p.
53.
50.
«La
finalidad de las ceremonias fue, pues, ésta: que los hombres no hicieran nada
por decisión propia, sino todo por mandato ajeno y que con sus acciones y
consideraciones dejaran constancia de que no eran autónomos, sino totalmente
dependientes de otro». Spinoza, Tratado
Teológico-Político, Alianza, op.
cit., cap. V, -p. 160.
51.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. V, p. 40. La cursiva es
mía.
52.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. V, p. 140.
53.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. V, p. 141.
54.
«El
hombre que vive en la soledad no está obligado a ponerlas en práctica». Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. V, p. 38.
55.
«Hay que
dejar a todo el mundo la libertad de opinión y la potestad de interpretar los
fundamentos de la fe según su juicio». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Alianza, op. cit., prefacio,
p. 70.
56.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Alianza, op.
cit., cap. VII, p. 218. La cursiva es mía.
57.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Alianza, op. cit., prefacio, p.
64.
58.
«Esa
misma libertad puede y debe ser concedida, sin menoscabo de la paz del Estado y
del derecho de los poderes supremos, y […] no puede ser abolida sin gran peligro
para la paz y sin gran detrimento para todo el Estado». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Alianza, op. cit., prefacio, p.
71.
59.
«Quienes
detentan la potestad estatal […] son los únicos garantes del derecho y de la
libertad». Ibídem.
60.
«Tuve
que indicar también los prejuicios acerca del derecho de
las supremas potestades; son muchos, en efecto, los que tienen la insolencia de intentar arrebatárselo». Spinoza, Tratado Teológico-Político, Alianza, op. cit., prefacio, p. 65. La cursiva es
mía.
61.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, op.
cit., Tecnos, cap. XVI, p. 63.
62.
La
influencia de Van den Enden, el ex jesuita que le inició en el conocimiento de
los grandes textos políticos, fue probablemente determinante en su apuesta por
la democracia. Van den Enden mantenía, en efecto, posiciones muy democráticas.
Ver, por ejemplo, Nadler, Spinoza, op.
cit., p. 153.
63.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, op.
cit., Tecnos, cap. XX, pp. 124-125.
64.
Hobbes,
Leviatán, Editora Nacional, Madrid, 1983,
capítulo XVIII, p. 272.
65.
La única
limitación a la libertad de expresión afecta a los «heréticos y cismáticos» que
enseñan opiniones que incitan al odio. Spinoza, Tratado Teológico-Político, op. cit.,
Tecnos, cap. XIV, p. 54. Aunque una libertad tan grande pueda conllevar algunos
inconvenientes, un buen gobierno debería adoptar una actitud permisiva pues el
intento de regular todo mediante leyes «más bien irrita los vicios que los
corrige».
66.
«Como el verdadero fin de las leyes sólo suele resultar claro a unos pocos,
mientras que la mayoría de los hombres son casi completamente incapaces de
percibirlo y están muy lejos de vivir de acuerdo con la razón, los legisladores
[…] han procurado sujetar, en la medida de lo posible, al vulgo como a un
caballo con un freno». Spinoza, Tratado
Teológico-Político, op. cit., Alianza, cap. IV,
p. 137.
67. Spinoza, Tratado Teológico-Político, op. cit.,
Tecnos, cap. XVII, p. 71
68. «Aunque se admita, por
tanto, que las supremas potestades tienen derecho a todo…». Spinoza, Tratado Teológico-Político, op. cit.,
Alianza, cap. XX, p. 409.
69. Ibídem. Ver mi
artículo «Spinoza, Rousseau: dos concepciones de democracia», Revista de Estudios Políticos, abril-junio 2002,
p. 99.
70. Spinoza, Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. XX, pp. 123-124. La cursiva es
mía.
71.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Alianza, op. cit., cap. XVII, p. 351. La cursiva es
mía.
72.
Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Tecnos, op., cit., cap. XVII, p. 71. La frase la recogerá Rousseau
en El contrato
social.
73.
Madeleine Francès, «Les reminiscences spinozistes dans le Contract social de Rousseau», Revue Philosophique, CXLI, 1951.
74.
«Quienes
detentan la potestad estatal, tienen derecho a cuanto pueden y son los únicos
garantes del derecho y la libertad […] Más, como nadie puede privarse a sí mismo
de su poder de defenderse, hasta el punto de dejar de ser hombre, concluyo de
ahí que nadie puede privarse completamente de su derecho natural, sino que los
súbditos retienen, por una especie de derecho de naturaleza, algunas cosas, que
no se les pueden quitar sin gran peligro para el Estado. De ahí que, o bien les
son concedidas tácitamente o ellos mismos las estipulan con quienes detentan la
potestad estatal». Spinoza, Tratado
Teológico-Político, Alianza, op.
cit., prefacio, p. 71.
75.
Rousseau
y, en general, los autores republicanos no tienen reparos en sacrificar algunos
derechos individuales en nombre de los intereses de la comunidad. De ahí los
límites impuestos en El contrato social a
la libertad de expresión y de reunión. Ver Jean-Jacques Rousseau, Le contract social en Oeuvres Complètes, Gallimard, III, p.
371.
76.
Ver mi
libro La ilusión republicana. Ideales y mitos,
Tecnos, Madrid, 2008, pp. 214
ss.
77.
El pacto
mediante el cual se constituye el Estado «no puede tener fuerza alguna, sino por
razón de su utilidad, quitada la cual, el pacto mismo desaparece y se convierte
en nulo». Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Tecnos, op. cit., cap. XVI, p.
60.
78.
«Sin la
ayuda mutua, los hombres viven necesariamente en la miseria y sin poder cultivar
la razón». Spinoza, Tratado Teológico-Político,
Alianza, op. cit., cap. XVI, p.
334.
79.
Spinoza,
Tratado de la reforma del entendimiento,
Principios de filosofía de Descartes, Pensamientos metafísicos, edición
de Atilano Domínguez, Alianza, Madrid, 1988, p.
80.
80.
Spinoza,
Tratado Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. XX, p. 131.
María José Villaverde Rico, Introducción al Tratado Teológico-político de Spinoza,
He aquí el fragmento
del excelente estudio preliminar de la profesora María José Villaverde Rico de
la Universidad Complutense de Madrid dedicado, en particular, al Tratado
teológico-político de Spinoza, en Baruch Spinoza,
Tratado
teológico-político. Tratado político, Tecnos, Madrid, 2010,
432 pp.
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