La perspectiva del computisme.
El gusto, tanto como proceso fisiológico como preferencia estética, es subjetivo. Es contextual y pertenece al individuo. En la cocina inteligente, al igual que en tantas otras iniciativas tecnológicas, este tipo de experiencia intrínsecamente personal se uniformiza (y debe uniformizarse) y se hace repetible. En otras palabras, el gusto debe convertirse en datos —transformarse en lo que el filósofo Albert Borgmann denominó un «dispositivo» que abstrae los medios y proporciona los fines con poca o ninguna intervención humana—, de modo que el esfuerzo humano (y, con él, la autonomía del cocinero aficionado) quede eliminado. Pero un horno no puede saborear. No tiene ni idea de lo que significa «darle un toque» a algo con un soplete de propano. Como escribe el diseñador Nitzan Hermon en su Substack, preguntarse si un algoritmo puede comprender algo subjetivo es un error de categoría, como preguntarle a una piedra qué películas le gustan. Es imposible experimentar el sabor de una cereza sim...