Quan el ciutadà esdevé un hooligan.
La pensadora Martha Nussbaum lleva años advirtiendo de que las democracias pueden ser erosionadas por el mal uso político de las emociones . No porque las emociones deban desaparecer –algo tan imposible como indeseable– sino porque cuando se cultivan deliberadamente sentimientos negativos como el miedo o el desprecio hacia determinados grupos, el espacio racional de la democracia se estrecha. El ciudadano deja de serlo para convertirse en hincha o en hooligan . En la multitud, en el grupo, la racionalidad individual se diluye y lo que domina es la sugestión pasional. La masa siente más, pero piensa menos. Lo inquietante es que hoy esas masas no necesitan reunirse en una plaza, un patio de colegio o un estadio porque viven conectadas en redes que incrustan en sus cabezas un amplificador que les anula toda autonomía . La antipolítica contemporánea ha aprendido esa lección con rapidez. Estamos asistiendo a una forma de guerra cognitiva donde conquistar el territorio ya...