La concepció del temps de les ànimes modernes.
Toda sociedad humana necesita mitos más o menos supersticiosos sobre su
pasado y su futuro: una memoria y una prospectiva compartidas (esta palabra se
estima muchísimo) en cuya zona de juntura quepa un presente que merezca ser
recordado, que cumpla lo que se vaticinó para él y que incite a imaginar
ilusionadamente el porvenir. Las ciencias humanas y sociales deberían esforzarse
por desmontar tales leyendas y mirarlas con el mayor distanciamiento y sarcasmo
posibles, pero durante estos 20 años daba la impresión de que historiadores,
pensadores y otros estudiosos tenían por oficio construir mitos más que
examinarlos y echar constantemente leña al fuego para que las lealtades atávicas
no cesasen de hervir ni un momento.

Debe destacarse, sin embargo, que la obsesión por el pasado constituía solo
una de las dos caras de la moneda. La otra mostraba un seguro porvenir de
abundancia, capaz de convertir las glorias del pretérito en materia de consumo
cultural y sus desdichas en motivo de reclamación, un mañana luminoso donde el
desasosiego y el agobio serían sustituidos por toda clase de fascinantes retos.
Se suponía que un futuro así nos lo habíamos ganado a pulso y formaba parte de
nuestros derechos, pero las creencias que una época infatuada tiene sobre su
porvenir suelen volverse muy grotescas cuando el mañana imaginado se evapora.
Aquel futuro de clase media a la altura de los tiempos, pragmática, hipotecada y
filistea, dinámica y sin prejuicios, tan orgullosa de sus objetos de consumo
como de la excelencia que implicaba el disfrutarlos, era una tenebrosa
pesadilla, aunque a su final no le ha seguido ningún despertar lúcido, sino tan
solo confusión sonámbula. (...)
En el futuro estaba escrita una prosperidad creciente que nos pondría, por
fin, en la primera fila del progreso, con toda aquella salmodia de la superación
de las caducas soberanías nacionales, llamadas a disolverse en una red de
dependencias recíprocas, tan inevitable como promisoria y apasionante. De qué
clase de red se trataba (y de qué tipo de pesca) nos hemos dado cuenta con la
incredulidad que debe de sufrir el pez cuando está a punto de ser sacado del
agua. Pero si lo único que cupiese desear para el día de mañana fuese la vuelta
a los momentos anteriores al desastre —aquella belle époque en la que
no quedaba un solo trozo de costa ni de pasado sin aprovechar—, se habría venido
abajo la idea que la época moderna tiene sobre su propia historia, y eso no
puede consentirse en absoluto. En circunstancias así, el pasado se volverá, sin
remedio, tan poco deseable como el porvenir.
La creencia de que la ruina presente constituye una crisis y, por tanto, una
ocasión para que se den logros que en tiempos normales habrían sido
inverosímiles no es patrimonio exclusivo de quienes aprovechan el momento para
siniestras reformas estructurales. Es, en realidad, lo que cualquier alma
moderna sabe sobre el curso de los tiempos, aunque el pudor la lleve a callarlo.
Los modernos hemos sido instruidos para no poder formarnos ninguna imagen de un
tiempo detenido, coagulado o estancado, y tampoco vuelto hacia atrás. Tenemos
miedo de las tribulaciones que nos esperan porque (en contra de lo que decimos)
sabemos que la historia avanza por medio de desastres y no nos gusta tener que
ser precisamente nosotros quienes sirvamos de combustible a semejante
maquinaria.
Es cierto que podríamos tratar de desengancharnos de la noción del tiempo que
se nos viene enseñando desde la escuela, pero esa posibilidad no está seriamente
a nuestro alcance. Pocos querrían dejar de competir con los mejores, cambiar los
euros por pesetas, llevar una vida mediterránea casi periférica y descubrir, por
fin, en el sueño de la aceleración de los tiempos una pesadilla tan siniestra
como aburrida. Poquísimos quisieran tomarse en serio una alternativa así (a
pesar de ser la única honrosa) y el resultado es que ya no cabe tener ninguna
visión clara del trozo de tiempo en que se está. Aunque no es agradable verse en
el umbral de una inmolación segura, el detener la máquina inspira todavía más
terror, de manera que lo único que resta es prescindir, mientras dure la
tormenta, de toda imagen del tiempo propio y del tiempo en general.
Emigrar al otro extremo del mundo, no esperar una pensión como las antiguas,
pagar por servicios públicos antes gratuitos, jubilarse después, ganar menos y
trabajar más, tener menos médicos, enfermeros, maestros y profesores no son,
aparentemente, bienes que deban celebrarse, pero el dogma de que los tiempos no
dan nunca marcha atrás es más poderoso que cualquier juicio adverso sobre los
males de la época. Como de esto no se puede dudar ni en broma, debe vaticinarse
que, a la larga, triunfará el convencimiento de que nuestras aparentes
desgracias fueron signos de la llegada de un mundo no peor, sino (aquí está lo
decisivo) solo distinto y, desde luego, más eficiente y trepidante. Quizá las
angustias presentes serán un día conmemoradas con la debida solemnidad, aunque
no con cargo al erario público (que habrá dejado de existir tiempo atrás), sino
por alguna empresa dedicada a la gestión rentable de la memoria histórica. Para
entonces, el tiempo habrá vuelto a ser visto conforme a una imagen coherente,
según está mandado.
Merece la pena, sin embargo, reparar en una pequeña lección de todo lo
anterior: la verdad de los tiempos solo se manifiesta cuando sus imágenes se
vienen abajo y todavía no han llegado las que han de sustituirlas. Antes y
después reinará, no hay duda, la mentira, y esto es lo más cierto que sobre los
tiempos cabe saber. Puede que dentro de poco ya sea tarde para aprenderlo.
Antonio Valdecantos, Sin imagen del tiempo, El País, 03/11/2012
http://elpais.com/elpais/2012/09/19/opinion/1348070520_127190.html
http://elpais.com/elpais/2012/09/19/opinion/1348070520_127190.html
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