dimarts, 9 de desembre de 2014

Humor intel.ligent.






Hay un aspecto del debate sobre ciencias, humanidades y “tercera cultura” (debate tan vinculado, entre nosotros, a Paco Fernández Buey) en el que no sé si se repara lo suficiente.

Si uno se dedica a la física de partículas o la cosmología –la Física a secas, vaya–, puede situarse subjetivamente en el asombro y venerar la armonía del cosmos. Por ahí se puede llegar pronto a la “religión cósmica” de Einstein, spinoziano en eso: un sentimiento religioso que “resulta difícil explicar a los que no lo experimentan, porque no implica una idea antropomórfica de Dios; el individuo siente la vanidad de los deseos y las ansias humanas, y la nobleza y el orden maravilloso que se revela en la naturaleza y en el mundo de las ideas”.[1]

Pero si uno se dedica a la biología, admirar la nobleza y el orden maravilloso en la naturaleza ya no resulta tan sencillo, y el estado de ánimo predominante quizá no resulte tan luminoso. La biosfera es al fin y al cabo un lugar conflictivo donde impera la “ley de los peces” (como decía el antiguo pensador hindú Kautilya) y el depredador persigue al depredado. Aun así, cabe refugiarse en la importancia de las dinámicas de simbiosis y cooperación que destacó la eminente bióloga Lynn Margulis, y en su estela, entre otros, Paco Puche.[2]

Lo malo adviene si uno se dedica a las ciencias sociales y humanas. Ahí, mirar de frente la realidad –como tiene que hacer cualquier investigadora, cualquier científico— se torna mucho más duro. El anthropos –y sobre todo el varón de la especie— resulta ser un animal ambiguo, capaz de grandes crueldades, tentado por la hybris, proclive a la xenofobia, empantanado en empeños de dominación. Un hueso duro de roer: lo que a veces se llama “pesimismo antropológico” es con frecuencia un intento de lanzar una mirada fría y objetiva sobre realidades humanas básicas… al menos durante los últimos cinco mil años.[3]

Se explica que la tentación del autoengaño, en las y los cultivadores de las humanidades y las ciencias sociales, sea comparativamente intensa. Para proteger su visión luminosa de la realidad, el físico no necesita distorsionarla; el biólogo, probablemente, un poco; el sociólogo y el filósofo bastante más.

Jorge Riechmann, ¿sabes aquel que se juntan un físico, un biólogo y un filósofo ...?, tratar de comprender, tratar de ayudar, 09/12/2014



[1]Albert Einstein, “Religion and science”, New York Times Magazine, 9 de noviembre de 1930. Ahora en Albert Einstein: el libro definitivo de citas, Plataforma Editorial, Barcelona 2014, p.  331.
[2] Indaguemos en este asunto de la cooperación, sugiere Paco Puche. “La primera sorpresa aparece en los mismos orígenes de la vida: un paso fundamental desde los organismos provistos de células sin núcleo (procariotas, reino formado por bacterias) al de los organismos con células nucleadas (eucariotas, todos los demás reinos), se dio por la fusión de bacterias que desarrollaron una relación de simbiosis, hace unos 2.000 millones de años. Esta gran división en el mundo vivo, fruto de una simbiosis, es la división fundamental de los seres vivos. En el principio fue la cooperación, no el verbo ni la acción.
El sesenta por ciento de la historia de la vida corresponde a estas bacterias en solitario, por eso lo han inventado casi todo: la fermentación, la fotosíntesis, la utilización de oxígeno en la respiración, la fijación del nitrógeno atmosférico y la transferencia horizontal de genes. El resultado ha sido ‘un planeta que ha llegado a ser fértil y habitable para formas de vida de mayor tamaño gracias a una supraorganización de bacterias que han actuado comunicándose y cooperando a escala global’, sentencia Margulis, y concluye diciendo que ‘la vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación’. El mundo de la vida esbacteriocéntrico.” Paco Puche, “¿La última llamada? Sí… pero el cartero siempre llama dos veces”, entrada en el blog “Última Llamada” de eldiario.es, 6 de octubre de 2014. Puede consultarse en http://www.eldiario.es/ultima-llamada/ultima-llamada-cartero-siempre-veces_6_310128995.html
[3]Incluso ahí, uno puede combatir la misantropía con consideraciones de la siguiente clase: “Hablemos de nuestros primos evolutivos: los chimpancés y los bonobos. Ambas especies son las más próximas al homo sapiens, con ellas compartimos la mayor parte de nuestros genes. Los chimpancés tienen un comportamiento jerárquico y violento, los bonobos son, por el contrario, pacíficos y resuelven sus disputas manteniendo relaciones sexuales. Tenemos afinidades cercanas a ambos parientes pero, siguiendo a Frans de Waal, podemos saber que ‘comparaciones recientes de ADN muestran que humanos y bonobos compartimos un microsatélite relacionado con la sociabilidad que está ausente en el chimpancé’; y en las primeras sociedades humanas ‘en algún momento la empatía se convirtió en un fin en sí mismo: pieza central de la moralidad humana (…), nuestros sistemas morales refuerzan algo que es en sí parte de nuestra herencia. No están transformando radicalmente el comportamiento humano: sencillamente potencian capacidades preexistentes’.
En este contexto se explican las neuronas espejo, existentes en primates y en humanos, que permiten hacer propias las acciones, sensaciones y emociones de los demás. Constituyen la base neurológica de la empatía, lo que demuestra que somos seres profundamente sociales. Por eso el psicobiólogo Michael Tomasello ha podido afirmar que ‘las hazañas cognitivas de nuestra especie, sin excepción, no son productos de individuos que obraron solos sino de individuos que interactuaban entre sí. (…) El origen de la cultura se deriva del hecho de que los seres humanos se hayan puesto a pensar juntos para llevar a cabo actividades cooperativas’.
Desde esta perspectiva es posible entender la atrevida afirmación de los economistas Gintis y Bowles, para referirse a nuestros ancestros recolectoras-cazadores, como la época de los ‘cien mil años de solidaridad’. Porque a la vista de los relatos de los antropólogos y de los restos arqueológicos, se puede inferir que en estos pueblos originarios se cultivaban valores básicos como la igualdad, la democracia, el ‘panteísmo’, la vida sencilla y la buena vida. Tenemos mucho que aprender…” Puche, op. cit.