Què es pot dir de l'experiència?

 


Aducir experiencia para limitarse a aplicar los mecanismos que en su momento pudieron ser eficaces es tan insensato como no tenerlos en cuenta. La experiencia es tal solo si efectivamente se reactiva en cada ocasión. No es un conjunto de recetas ni de soluciones previamente establecidas que han de aplicarse con independencia de la travesía y del peligro que siempre comportan. Dicho alcance no se agota en la evidente vinculación etimológica (per eo, periculum, experiri). La experiencia es un modo de conducirse, de encaminarse, de proceder. Si puede considerarse un método es precisamente en este sentido. Presuponer que uno la tiene por el mero hecho de permanecer en algo es confundir durar con vivir. Dicen que es un grado, pero desde luego no es un depósito del que extraer aplicaciones a mano.

No está claro que en cualquier caso la experiencia garantice la capacidad de afrontar ciertos desafíos, si por ello se entiende que propicia la inteligencia y la determinación. También puede ser una buena excusa para una continua referencia a la sensatez como coartada para la parálisis. Sin embargo, eso no supone que no aprendamos, que no extraigamos consecuencias, que no tengamos en cuenta lo vivido y sus efectos, que no vaya constituyéndose todo un caudal de posibilidades puestas a prueba que han mostrado su valía y evidenciado el alcance y los límites de nuestro valor. En última instancia, la buena experiencia agudiza la escucha y reorienta la mirada. Eso no implica que tenga lugar con el simple transcurso del tiempo. A veces no pasa de ser un modo de olvidar. O de recordar, pero no una celebración y ejecución de la memoria, una apropiación de lo que en cada ocasión nos entrega.

Tal vez sea mucho pedir experiencia del porvenir, pero en cierto modo de eso se trata, de ser capaz de hacer que lo pasado no quede fijado, sino de que nos atraviese abriéndose y abriendo nuevas posibilidades. Y para ello se requiere no estar prendido de lo ya sucedido. Y menos aún de considerarlo insuperable. Y todavía aún menos de creer que lo que uno ya ha vivido se habrá de reproducir una y otra vez de modo similar. Y en el colmo, considerar que todos han de acatar lo que uno ha experimentado por sí mismo, lo que lo convertiría en algo irrefutable. No cabría ni búsqueda, ni sueño, ni deseo que no estuviera ya poseído por el supuesto saber de quien se habría apoderado no ya de la experiencia, antes bien de la posibilidad de otras experiencias. La innovación consistiría en obedecer. La experiencia no se comportaría como una potencia, sino como un poder.

La necesidad de apreciar la experiencia como conocimiento exige no reducirla a lo que nos ha pasado, como si de ese solo hecho se dedujera algo distinto de lo que simplemente ha sucedido. Es el modo de saberlo y de vivirlo, de considerarlo, lo que puede llegar a constituir la base de alguna suerte de innovación susceptible de incidir en lo que nos ocurre u ocurra. Entre otras razones porque la experiencia es, a juicio de Hegel, un “movimiento dialéctico”. Y un movimiento precisamente de la conciencia, que “ejerce en ella misma”, con lo que no se limita a ser un foco de intención o de acción, sino un modo de relación entre el ser y el saber. De manera que el movimiento alcanza no solo al objeto sino al saber, y hasta el punto de que “a partir de él, le surge a ella el nuevo objeto verdadero”. Y eso “es lo que propiamente se llama experiencia”. Solo así se producirá cierta luz para conocer algo adecuadamente. Invocar la experiencia sin hacerla, esto es, sin llegar a ser en cierto modo otro, es tanto como ignorar el conocimiento que puede procurarnos.

La desconsideración puede conducir al extremo de que argüir la propia experiencia pretenda ser el argumento para que no sea hecha, como si fuera indiferente del saber que procura y como si este saber fuera independiente del sujeto. Más aún, como si lo sabido no exigiera una relación, o como si los efectos fueran en todo caso idénticos. Esto no supone que no quepan las advertencias, los consejos y las precauciones, pero cuando el saber parece sustentarse en ellos, cuando no reducirse a los mismos, el conocimiento viene a ser lo conocido, pero concretamente “lo conocido, por ser conocido, no es reconocido”. Cosas de Hegel.

No está mal que se requiera experiencia, pero sorprende que, incluso para empezar, todo se supedite a ella. No está mal que se aprecie, que se considere, pero no ha de desprenderse de eso que no sea precisamente el tenerla lo que haya conformado toda una serie de hábitos o de costumbres no necesariamente aconsejables. Siempre cabe la sospecha de que la experiencia sirve más para relativizar los errores que para evitarlos. Mantener la pasión y la curiosidad, incluso alguna inocencia, la voluntad y la determinación para abordar los requerimientos de la propia vida y del tiempo presente es imprescindible, en todo caso, para que la experiencia nos diga algo, ya que por sí misma no es precisamente muy elocuente.

No hemos de olvidar la tan traída consideración de Anatole France: “Su experiencia, como tantas veces sucede, le hizo desconocer la verdad.” O la estimación de Nietzsche para quien la verdad es “una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos”, un conjunto de “relaciones humanas, realizadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente” y que, si se consideran firmes, canónicas y vinculantes tras un prolongado uso, es porque llegan a ser ilusiones que han olvidado que lo son, “metáforas gastadas y sin fuerza sensible”. Ello implica dejarnos de ingenuidades a la hora de dar por supuesto el don de la experiencia.

No se trata de eludir la experiencia. En definitiva, nada es en verdad sabido sin ella. Es cuestión de otorgarle todo su alcance y de no limitarla, y menos aún de enclaustrarla en una visión que malentendería el empirismo, al considerarlo al margen de la subjetividad o de los procesos de subjetivación. O de determinadas prácticas. Es un intercambio, no indiferente respecto de las relaciones del sujeto con su entorno. Tiene algo de situación, y no se limita a ser algo individual. Por eso es más propicia a ser compartida que a ser impuesta.

Precisamente por ello, la experiencia convoca a una acción. Habríamos de hablar entonces de un espacio de experiencia, más que de un cúmulo de consecuencias para su aplicación. Ello nos lleva a desconfiar de quienes la invocan para desactivar. O para imponer su criterio amparados en su propia vivencia y reclamando asentimiento. La gran coartada de que no aceptarla sumisamente resultaría imprudente o improcedente, cuando no desaconsejable, escudándose en lo que ya nos ha sucedido, suele ser en muchas ocasiones un modo poco sofisticado de no escuchar, ni a los otros ni a la posibilidad de que ocurra algo diferente.

Por otra parte, la arrogancia de desconsiderar la experiencia no es sino una muestra de ignorancia. No lo es menos estimar que uno no precisa de ella, o que ya tiene suficiente, o que sabe lo que merece la pena saberse, o que los demás no tienen qué aportarnos, o lo dicen mal, o no convenientemente, lo que confirmaría que hemos de abrir no solo el conjunto de lo que conocemos, sino el ámbito de posibilidades y de formas de hacerlo. No es lo mismo la experimentación que la experiencia, pero no han de ignorarse los lazos que las pueden vincular, sobre todo en la tarea de nuestra propia constitución. También aún en cierto modo estamos por venir. Salvo que nos encontremos inmejorables.

Ángel Gabilondo, La experiencia del porvenir, El salto del Ángel, 20/12/2013

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