La psicologia social contra les multituds urbanes.



Como resumen de lo dicho hasta aquí, recordad cómo los desarrollos teóricos expuestos hasta aquí y procurados desde la escuela sociológica de Durkheim y Mauss o procedentes de la izquierda revolucionaria tienen en común que se sostienen a partir de la superioridad ontológica atribuida a lo colectivo sobre lo individual y, más en concreto, en la confianza en la creatividad y la inteligencia no consciente que emergen del comportamiento no planificado de conglomerados humanos en acción, por encima de las que resultan de la actividad calculadora de individuos y organizaciones. Esa visión, fundamentada en el principio mayor que reconoce la trascendencia de lo social sobre lo individual choca con otras perspectivas que se fundan en la inmanencia del individuo, tal y como queda instaurada como núcleo mismo del mundo moderno desde Descartes y la revolución puritana. La psicología de masas y la relectura en su seno de la noción de público vinieron a constituir reacciones teóricas ante la amenaza que para los valores del sujeto individual, soberano y consciente, suponía el creciente protagonismo de las multitudes urbanas, especialmente las levantiscas.

Esta alarma ante el enseñoramiento de las muchedumbres era compartida también por quienes recogían el testigo de la vieja tradición aristocrática que, desde las eras clásicas –Platón, Tácito, Cicerón, Salustio, Filón...–, había venido insistiendo en la distancia irrevocable entre las élites y la plebe. Eran castas intelectuales parecidas las que ahora debían asistir al espectáculo, pavoroso para ellas, de las grandes convulsiones revolucionarias que acompañan los procesos de urbanización e industrialización a lo largo del siglo XIX –entre ellas en especial la Comuna de París de 1871– y culminan en las grandes insurrecciones obreras de las primeras décadas del siguiente siglo, una de las cuales, la de Rusia en 1917, consigue por primera vez derrocar el poder instituido y hacerse con el control de la nación. Esas catervas desbocadas que osaban obstaculizar las dinámicas de apropiación capitalista del mundo e impedían el control gubernamental sobre las ciudades eran vistas por las clases dominantes y sus intelectuales como una especie de abominación a través de la cual se hacía manifiesto no sólo el resquebrajamiento de lo que quedaba de la vieja y añorada comunidad primaria, sino también la inviabilidad de los valores morales que la civilización burguesa había asignado al individuo como nuevo rey de la creación. La multitud era, desde tal perspectiva, contemplada como objeto que negaba al sujeto, una cosificación que le permitía o le obligaba a renunciar a su capacidad de raciocinio y le eximía de toda responsabilidad ética.

El desdén contemporáneo hacia las multitudes urbanas lo encontramos en la raíz de toda una línea de producciones teóricas que arrancan en el pensamiento contrarrevolucionario francés de la primera mitad del XIX: Bonald, Chautebriand, de Maistre; en España Donoso Cortés. Esa primera crítica moderna a las masas hemos visto que encuentra su formalización teórica de la mano de la primera psicología de masas, que establecería las bases positivas para una ciencia de las multitudes en condiciones de determinar qué hacía de ellas esa hidra a la que al mismo se despreciaba y se temía. Es de ese tipo de nuevo agregado humano —las masas— del que el lenguaje político de la modernidad hablará permanentemente en tanto que pesadilla que convierte las ciudades en ingobernables, puesto que en ellas se expresa una fuerza elemental y torpe, abandonada a periódicos estallidos de irracionalidad, cuya naturaleza y mecanismos era perentorio dilucidar. En gran medida, pues, bien diríamos que la redención moral de la masa, el rescate de su estolidez crónica y la liberación de su esclavitud respecto de sus propias pasiones, su conversión, en una palabra, en sujeto soberano dotado de voluntad racional, están entre los principales objetivos de la Modernidad como proyecto.

En el estado en que se manifiestan habitualmente, las masas no sólo son detestadas desde todas las modalidades de aristrocraticismo, que sólo las contemplan como destinadas a la obediencia mediante la  mezcla de disciplina y embeleso que se les impone desde personalidades superiores. También son incompatibles con el propio proyecto de la democracia representativa, basada en su origen, como se sabe, en la autonomía de las conciencias iluminadas por la fe y la gracia en la elección del propio camino moral, es decir en la imagen calvinista del ciudadano cristiano, origen y materia prima del pensamiento político moderno. Como una amenaza ante la primacía del individuo, toda la tradición republicano-liberal del XIX aprovecha la mínima oportunidad para expresar su desconfianza hacia ese nuevo ente político colectivo que ha irrumpido en escena con fuerza en las ciudades y cuyo rasgo es precisamente que está compuesto por sujetos que de pronto han devenido entidades sin consciencia de sí. Piénsese en la aversión que sentía hacia el populacho organizado un teórico fundamental para el pensamiento liberal como Tocqueville, tal y como vemos reflejado en diversos comentarios de su segundo volumen de La democracia en América. Lo mismo por lo que hace a John Stuart Mill, que expresa aquí y allá en su obra preocupación viendo como el poder no está en manos del individuo, sino de las masas, que han acabado imponiendo su veleidosa voluntad a los gobiernos.

Reflexiones análogas las encontraremos en otros grandes teóricos: Mosca, Pareto, Robert Michels, Scheller, T.S. Eliot..., siempre en ese mismo tono de añoranza de los viejos lazos comunitarios, ahora rotos, la derogación de los valores esenciales, así como de pesar ante la imposibilidad de la emergencia de individuos plenos bajo el peso de los principios y comportamientos unificadores que caracterizan el mundo moderno. Sin duda la obra más conocida de esa línea de pensamiento es La rebelión de las masas, publicada por Ortega y Gasset en 1917, en la que el pensador desarrolla su incomodidad ante el abigarramiento humano que conoce la vida en las ciudades, el gentío que se aglomera por doquier y lo invade todo, sin opinión, sin criterio, pero que, paradójicamente, recibe la posibilidad de imponer sus caprichos como forma de gobierno. Por masa no entiende Ortega sólo las muchedumbres revoltosas, sino, en general, la purria indiferenciada de personas sin opinión ni voluntad propias.

Por mencionar otro ejemplo más de esa sensibilidad a propósito de la amenaza de las masas para la instauración del yo autosuficiente como fuente de toda certeza última y núcleo de todo orden civilizado: Georg Simmel. Es Simmel, en  Cuestiones fundamentales de sociología (Gedisa), una obra de 1917, quien advierte de lo que llama "la tragedia sociológica", la inferioridad intrínseca de lo social respecto de lo individual, o cómo las cualidades más cultivadas, espirituales e incomparables del individuo hacen improbable cualquier forma de coincidencia, de mutua dependencia y menos todavía de unificación, al contrario de lo que ocurre con sus aspectos más sensitivos, mucho más proclives a generar una dinámica de semejanzas y contigüidades que, a su vez, exacerbada, desemboque en estados de "nerviosidad colectiva", y de ahí a la formación de masas activas. En su seno, el individuo se vería abducido por un estado de ánimo en que reconocería sentimientos dormidos en su propio interior, que, ahora, conforman una ola de frenesí que le arrastra y que le hace arrastrar a otros con él. En esas situaciones, sometido a leyes casi naturales incompatibles con la libertad, inhibidas la sensatez y la responsabilidad características del sujeto-individuo, quien Simmel presenta como sujeto-masa obtiene, como consecuencia paradójica de la obnubilación de su conciencia ética, una certidumbre acerca de los objetivos a cubrir y los enemigos a vencer que el individuo, dubitativo y contradictorio siempre como producto de su vocación de autoconsecuencia, de jamás. No son propias de las masas las vacilaciones propias del individuo, sus dudas, sus escrúpulos. Menos todavía sus ambigüedades. "La masa no miente, ni disimula", escribe.

Es en ese contexto y a partir de esa preocupación que vemos formulada aquí y allá en el pensamiento individualista occidental, que se procuran los principales ensayos teóricos a propósito de cómo hacer frente a un doble problema relacionado con el número de personas que están en condiciones de incidir en la vida política de la nación y de las que se supone que debería depender la coexistencia basada en la aceptación consensuada de normas racionales. Por un lado el de unas poblaciones cada vez más dilatadas y comprensivas a las que se invita a participar en el gobierno de sus propios asuntos al precio de que asuman una subjetividad autoconsciente, responsable y racional que se supone que no poseían, y, por el otro, la presencia física de esos mismos individuos desindividualizados, por así decirlo, que habitualmente se amontonaban de manera informe pululando por las calles, pero que, a la mínima oportunidad, generaban en esas mismas calles grandes coágulos humanos cuya acción podía llegar a ser devastadora. Uno de esos desarrollos teóricos es el provisto por Karl Mannheim, en especial en sus Ensayos de sociología de la cultura (Aguilar), de 1935, en donde establece como uno de los principios fundamentales de la democracia el del reconocimiento de lo que llama la "autonomía de las unidades sociales", en referencia al individuo como átomo de la sociedad, amenazado por la tendencia a una masificación que propicia la sociedad moderna que sólo puede ser combatida con la creación de "numerosas comunidades reducidas, que proporcionarían a todos sus miembros la oportunidad de llegar a conclusiones individuales importantes". Y una masificación, por otro lado, que, identificada con el caos y el desorden,  no es tan solo exterior, sino que aguarda en el interior de cada persona, por democratizada que esté, el momento de volver a emerger. En cuanto a las masas, también estarán siempre ahí, predispuestas a convertirse en lo que son a la menor oportunidad: "Y las masas permanecerán en calma y contentas mientras haya prosperidad... Pero el arreglo de cuentas llegará finalmente. Puede llegar de manera caótica, irracional; la sociedad puede tambalearse ciegamente desde un extremo a otro, puesto que las masas [....] actúan por impulsos meramente emocionales".


Manuel Delgado, La esfera pública o la elevación moral del hombre masa, El cor de les aparences, 16/12/2013

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