William Hazlitt (1778-1830): sobre la moda (1).

William Hazlitt


La moda es una extraña mezcla de contradicciones, de simpatías y antipatías. Existe sólo cuando participa de ella un número reducido de personas y su esencia se destruye cuando se transmite a un número superior. Es una lucha continua entre «la gente profana» para aventajar o igualar a los demás en la carrera de las apariencias mediante la adopción, por parte de algunos, de símbolos tan externos y fantásticos como llamar la atención y despertar la envidia o la admiración del espectador, y que tan pronto como se dan a conocer y se exponen a la mirada pública con este fin son acertadamente copiados por la multitud –servil rebaño de imitadores que no desean quedar rezagados de quienes les superan en apariencia externa y pretensiones–, y sin previo aviso se hunden después en el descrédito y el desdén. Así pues, la moda vive únicamente en una rutina constante de innovación vertiginosa y vanidad sin sosiego. Estar anticuado es el peor delito del que se puede acusar a una capa o a un sombrero. No parecerse a nadie es una crítica sobradamente humillante; correr el peligro de ser confundido con alguien de la chusma es peor. La moda comienza y termina siempre por las dos cosas que más aborrece: la singularidad y la vulgaridad. Es el proceso perpetuo de establecer y repudiar una pauta determinada del gusto, de la distinción y del refinamiento cuyo único fundamento y autoridad es la elegancia predominante en ese momento, que ayer era ridícula por nueva y mañana será aborrecible por común. Es una de las cosas más nimias e insignificantes. No puede ser duradera, pues depende del cambio y de la variación constantes de sus propios disfraces de arlequín; no puede ser verdadera, pues si lo fuera no dependería de la inspiración del capricho; debe ser superficial, para producir un efecto inmediato en la multitud boquiabierta; y frívola, para aceptar que su existencia sea usurpada a placer por todos aquellos que siguiendo la moda aspiran a distinguirse del resto del mundo. Nada es en sí misma, ni de nada es señal, sino de la simpleza y la vanidad de los que la tienen por su mayor orgullo y adorno. Ejerce el más fuerte dominio sobre las mentalidades más débiles y estrechas, sobre aquellos cuya vaciedad no imagina nada digno de elogio excepto lo que piensan otros y cuya vanidad les induce a restringir el concepto de excelencia a ellos mismos y a los que son como ellos. Lo que es verdadero o hermoso en sí mismo no lo será menos por ser único. Lo que es bueno para todas las cosas será mejor si es ampliamente difundido. Pero la moda es el resultado inútil de la vana ostentación y del exclusivo egoísmo: es arrogante, trivial, afectada, servil, despótica, mezquina y ambiciosa, precisa y fantástica, todo al mismo tiempo, no atada a ninguna norma y obligada a atenerse a todos los caprichos del momento. «La moda de hace una hora se mofa de quien la lleva.» Es una esencia sublimada de la veleidad, del capricho, de la vanidad, de la extravagancia, de la ociosidad y del egoísmo. Piensa únicamente en no ser contaminada por el uso vulgar, avanza con curvas y quiebros como una liebre y recurre a los trucos más ruines para evitar que le den alcance los sabuesos comunes que la persiguen constantemente. Se las ingenia para mantener sus exigentes pretensiones, no por la dificultad de lograrlas, sino por la rapidez y la naturaleza efímera de los cambios. Es una suerte de distintivo convencional o un pasaporte tácito para entrar en los círculos selectos que debe ser variable (como la marca al agua de un billete) para que no lo falsifiquen quienes carecen de la enseña de la sociedad distinguida; si la prueba de admisión a todos los privilegios de este refinado y volátil ambiente se basara en un mérito real o en un logro extraordinario, quedarían excluidos demasiados aspirantes impertinentes, obtusos, ignorantes, superficiales, advenedizos y admiradores de sí mismos para que los pocos que salieran airosos de la prueba fueran capaces de mantener entre sí un comportamiento aceptable. Si la moda fuera, digamos, distinguirse por la virtud, sería difícil dar o seguir el ejemplo, pero esto reduciría los aspirantes a un pequeño número (no la parte más a la moda de la comunidad) y le conferiría un aspecto muy singular. O si el patrón establecido fuera la excelencia en un arte o una ciencia, se evitaría también eficazmente la imitación vulgar, pero se evitaría igualmente que imperase la impertinencia. Se formaría un oscuro círculo de virtù y también de virtud, trazado dentro del círculo establecido de la moda, pequeña provincia de un poderoso imperio; el ejemplo de la honradez se propagaría lentamente y el saber aún habría de presumir de pertenecer a una respetable minoría. Sin embargo, tales logros remotos y poco cortesanos ¿de qué servirían a los grandes y a los nobles, a los ricos y a las mujeres hermosas, sin el éclat, el alboroto y las tonterías propios de aquello que todo el mundo sigue y admira por igual? Lo real y lo sólido nunca podrán ser la moneda corriente, al servicio diario de la vanidad y la moda. Debe ser lo falso, lo ostentoso, lo elegante por fuera y sin valor intrínseco, lo que está al borde de la afectación más indolente, lo que se puede poner y quitar a sugerencia de la extravagancia más deliberada, y a lo que, a través de todas sus fluctuaciones, no se puede dar una razón posible, ¡pero que es la última ridiculez que está en boga! La forma del tocado, si es plano o se eleva (bucle sobre bucle) varios pisos con la ayuda de horquillas y pomadas, el tamaño de un par de hebillas con gemas de vidrio, la cantidad de cordones de oro en un chaleco bordado, la manera de tomar una pizca de rapé o de sacar el pañuelo del bolsillo, el ceceo y la pronunciación afectada de ciertas palabras, la manera de decir Me’m por Madam,el Tam y el ‘Pain honour de Lord Foppingtoncon una serie de frases habituales de visita y sentimientos insustanciales clasificados para el momento, eran lo que antes distinguía a la multitud de damas y caballeros refinados de la multitud de sus inferiores. Esos signos y aditamentos de distinción tuvieron su momento, y posteriormente fueron reemplazados por otros igualmente perentorios e inequívocos. Pero en este constante cambio de opinión, un disparate suele expulsar a otro, una bagatela que por su frivolidad específica adquiere un ascendiente momentáneo y sorprendente sobre la anterior. Ninguna deformación notable de la apariencia o del comportamiento ha dejado de convertirse en «el signo de una gracia interna e invisible». Las imperfecciones fortuitas son un pretexto para ocultar los defectos reales. La pintura, los lunares postizos y los polvos fueron en otro tiempo sinónimos de salud, limpieza y hermosura. La obscenidad, la irreligión, los leves juramentos, el exceso de bebida, el juego, la afeminación en un sexo y los aires de amazona en el otro, todo está de moda mientras dura. 

William Hazlitt, El placer de odiar 1826, NorteSur, Barna octubre 2009

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